La Sinuosa Odisea de la María de Alcozares
La devoción que aquel pueblo tenía por María era, cuanto menos, curiosa. Diríase que exageradamente curiosa, si tenemos en cuenta que María tenía solo 19 años y que se trataba de una de las chicas que el club de alterne de las afueras del pueblo tenía a bien
alquilar de lunes a domingo.
Nadie sabía con seguridad de dónde venía, y Mariano, el dueño del "Galaxia" no estaba por la labor de aclarar tan interesante enigma. Pero una cosa era cierta: desde que María había llegado a Alcozares la economía del pueblo había crecido de manera exponencial. Lo que
amenazaba con convertirse en un pueblo fantasma demostraba, día a día, síntomas de una recuperación que excedía lo asombroso. El parquecito central lucía más verde que nunca, y el ayuntamiento por fín había podido permitirse asfaltar la Calle Mayor (sutilmente menos
diminuta que las demás). Y todo gracias al blanco de la piel de María, y a los cigarrillos de los turistas que visitaban la localidad.
El número que María realizaba cada noche era verdaderamente atípico. A eso de las doce de la noche, cuando, por regla general, el "Galaxia" estaba abarrotado de lugareños, japoneses y gente de la capital, la joven comenzaba el baile. Completamente desnuda, mostrando las apetitosas elipsis de unos pechos perfectos, tersos y blancos como la cuajada, la joven salía al vetusto escenario. Movimientos hipnóticos, sensuales, impensables para la gente del
pueblo hacía tan solo unos meses. Pura belleza. Puro sexo. Pura vida. Hombres y mujeres comulgaban del momento, celebrando la belleza, la juventud y el cuerpo de María.
Se daban casos en que las esposas acudían acompañando a sus maridos, tan impacientes como ellas por ver el espectáculo una vez más.
El caso es que, cada noche, la representación alcanzaba su paroxismo cuando, al tocar la música a su fin, los parroquianos (y parroquianas) menos vergonzosos acudían a apagar sus
cigarrillos y puros en la blanca e inmaculada piel de María, que en ningún momento demostraba sentir dolor alguno. Su cuerpo comenzaba a poblarse de marcas rojizas, quemaduras
que la vestían ante decenas de personas que la observaban esperando ver un lágrima o una mueca de desagrado que nunca llegaba.
La noche siguiente, todos aquellos que habían dejado su marca en María volvían a buscarla, pero, invariablemente, de noche a noche, todas las marcas habían desaparecido por completo del cuerpo de la muchacha, cuya piel volvía a lucir, virgen y suave.
Sin embargo, una noche, alguien no volvió a comprobar si su marca seguía en el cuerpo de María. Probablemente, porque sabía que era así.
(Continuará en breve en "La Cabeza de Chema")
alquilar de lunes a domingo.
Nadie sabía con seguridad de dónde venía, y Mariano, el dueño del "Galaxia" no estaba por la labor de aclarar tan interesante enigma. Pero una cosa era cierta: desde que María había llegado a Alcozares la economía del pueblo había crecido de manera exponencial. Lo que
amenazaba con convertirse en un pueblo fantasma demostraba, día a día, síntomas de una recuperación que excedía lo asombroso. El parquecito central lucía más verde que nunca, y el ayuntamiento por fín había podido permitirse asfaltar la Calle Mayor (sutilmente menos
diminuta que las demás). Y todo gracias al blanco de la piel de María, y a los cigarrillos de los turistas que visitaban la localidad.
El número que María realizaba cada noche era verdaderamente atípico. A eso de las doce de la noche, cuando, por regla general, el "Galaxia" estaba abarrotado de lugareños, japoneses y gente de la capital, la joven comenzaba el baile. Completamente desnuda, mostrando las apetitosas elipsis de unos pechos perfectos, tersos y blancos como la cuajada, la joven salía al vetusto escenario. Movimientos hipnóticos, sensuales, impensables para la gente del
pueblo hacía tan solo unos meses. Pura belleza. Puro sexo. Pura vida. Hombres y mujeres comulgaban del momento, celebrando la belleza, la juventud y el cuerpo de María.
Se daban casos en que las esposas acudían acompañando a sus maridos, tan impacientes como ellas por ver el espectáculo una vez más.
El caso es que, cada noche, la representación alcanzaba su paroxismo cuando, al tocar la música a su fin, los parroquianos (y parroquianas) menos vergonzosos acudían a apagar sus
cigarrillos y puros en la blanca e inmaculada piel de María, que en ningún momento demostraba sentir dolor alguno. Su cuerpo comenzaba a poblarse de marcas rojizas, quemaduras
que la vestían ante decenas de personas que la observaban esperando ver un lágrima o una mueca de desagrado que nunca llegaba.
La noche siguiente, todos aquellos que habían dejado su marca en María volvían a buscarla, pero, invariablemente, de noche a noche, todas las marcas habían desaparecido por completo del cuerpo de la muchacha, cuya piel volvía a lucir, virgen y suave.
Sin embargo, una noche, alguien no volvió a comprobar si su marca seguía en el cuerpo de María. Probablemente, porque sabía que era así.
(Continuará en breve en "La Cabeza de Chema")





