logotipo

img_google
.
Acerca de
Un ente bicéfalo, indescriptible, a medio camino entre la persuasión y la disuasión, atormentado por eternas dudas y por kilos de palitos de merluza. Sonando: "Hokey Pokey" de Ray Anthony
Sindicación
 
La Sinuosa Odisea de la María de Alcozares (Parte III)
Viene de:

- Parte 1

- Parte 2

PARTE III

Cuatro horas después, la marca de aquel anónimo cigarrillo seguía en
su sitio, pero las lágrimas habían sido sustituidas por miles de gotas
de lluvia que caían con fuerza sobre María. Mientras, la oscuridad
del camino parecía hacerse cada vez más densa y viscosa. Hacía ya
mucho tiempo que había perdido de vista el "Galaxia", y las luces del
pueblo habían quedado atrás mucho antes de que comenzara la tormenta.

El ajado abrigo de lana, preñado de agua, no ofrecía tanta protección
como María había previsto en un principio, cuando resolvió abandonar
el que había sido su hogar durante un período de tiempo que ella misma tenía algo difuso, pero había que seguir adelante. No importaba el barro ni la humedad. Solo el por qué.

La noche había comenzado mal. Mariano estaba de los nervios, y los
"fieles" que habían acudido al local no podían creer que el
espectáculo habitual (bebida-baile-quemaduras) fuese a cambiar por
primera vez desde que María empezó a mover sus curvas en
Alcozares. Poco sabían ellos de la implacable ola de tristeza que,
inexplicablemente, había hecho acto de presencia en el interior de una
María que empezaba a no reconocerse a sí misma.

Hasta aquel mismo día, María había intentado llevar lo de su amnesia
del modo más racional posible, no dejando que interfiriese con su día
a día. Era perfectamente consciente de que, cada noche, la mayoría de
sus recuerdos del día desaparecían junto con las quemaduras que tan
popular la habían hecho. Apenas alcanzaba a recordar tres o cuatro
cosas, como qué había desayunado, o cómo había acabado el culebrón de las cuatro de la tarde. Cosas sin importancia, pero que le servían de tenue ligazón con el mundo real.

Por eso, la quemadura en su pecho tan solo era una de las cosas ue la habían sorprendido aquella mañana. La otra era una imagen, recurrente y con un grado de nitidez tal que a María le horadaba los pensamientos como un taladro.

Aquel hombre. Aquellos ojos verdes. Aquel cigarrillo en su pecho.
Aquella sonrisa triste. Y después, la nada.

Aquella maldita imagen era la que la había impulsado a estar donde
estaba ahora, vagando sin rumbo, en algun lugar al sur del pueblo,
buscando unos ojos verdes y una sonrisa triste. Buscándolos sin saber muy bien por qué. y sin saber muy bien dónde.

Frente a María, un intenso haz de luz cortó la oscuridad, mientras un
lastimero bramido mecánico comenzó a fundirse con el sonido de la
lluvia. El autobús paró a unos cuantos metros de la joven. Un autobús
antiguo, cuadradísimo y veterano en mil viajes, a juzgar por su
cansado aspecto.

María se quitó el agua de los ojos. Tras el parabrisas, iluminado por
una tenue luz verduzca, el conductor parecía hacerle gestos.
María se acercó a la puerta lateral, que el conductor abrió accionando
una oxidada manivela.

- ¿Sube?

- ¿Adónde van? - preguntó María, empapada.

- ¿Acaso importa? - el conductor encendió un cigarrito

- No.

- Anda, suba. Este no es su sitio. Y no se preocupe...aquí todos
tenemos marcas. Pase hacia el fondo, creo que debe de quedar algun
asiento libre.

Ni la misma María pudo entenderlo en aquel momento, pero antes de
pensarlo ya había subido a aquel enorme cacharro y caminaba por su
pasillo central, como si toda su vida se hubiese preparado para hacer precisamente eso. Y lo que veía bajo aquella luz verde, a medida que
avanzaba, le resultaba tan inquietante como vagamente familiar...

Continua en breve en "La Cabeza de Chema"



No