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Guisante on-line
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y entre medio un guisante
Guisantes FOTOgénicos
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M, la mujer sin nombre


Un zapato aquí, un par de calcetines sobre la impresora, el otro zapato debajo del sofá... Una montaña de ropa, papeles, libros y elementos fuera de contexto se amontonan en los espacios de la habitación. M sale disparada al cuarto de baño tras oir el despertador. No le da tiempo a ducharse, así que sólo se lava la cara y se echa colonia a litros. Se pone los primeros pantalones que encuentra, en la encimera de la cocina, busca los zapatos y los complementos, se siente como Audrey Herpburn en Desayuno con diamantes, pero con menos glamour, sin gato y sin nada en los bolsillos. Llama al ascensor mientras se pinta los labios y se repeina dándose los últimos toques, aun tiene la sombra de las legañas en la piel. Espera al ascensor, inútil espera, hace tres días que no funciona, se maldice por ser tan despistada y baja las escaleras a toda pastilla, atropellando al pasar a vecinos, perros de vecinos y polvo. Le echa una moneda a Juan (el quiosquero) y coje El Pais.

M no tiene más de 26 años, estudia (a veces) y trabaja (a menudo), vive en un pisito del barrio de Gracia que comparte con tres personas más porque la vida de hoy no alcanza, bueno, a M no le alcanza. Este mes casi no ha podido pagar la tarjeta mensual del bus: saluda al conductor y se sienta en una de las sillas “reservadas” para gente mayor, embarazadas, lesionados y tullidos en general. No son más de las doce del mediodía, le rujen las tripas y se moriría por un café. Saca del bolso su móvil y lo enciende, introduce el código PIN y hace una llamada: El teléfono móvil al que llama está apagado o fuera de cobertura en este momento. M maldice cada segundo hirviente de actividad que transcurre a su alrededor. “Supongo,-se dice-, que el amor te hace sentir este choque polifónico como si fuera la peor de las vergüenzas”, no quiere hacerse pesada, “pero ahora él verá que tiene una llamada perdida y empezará a hacerse preguntas”. Siempre argumenta, gesticulando las manos con suavidad, que las relaciones sociales son como comerse un kiwi a primera hora de la mañana. Ese primer contacto lleno de pelusilla, que le provoca una alergia espantosa en el borde de las cutículas; luego ese sabor ácido tan desagradable, que se cuela por las papilas gustativas de tu paladar, te masacran a pequeños pinchazitos y te hace crujir los nervios. Luego es dulce, saludable, bueno. Y finalmente... lo echas y lo desechas. ¡Asquerosa humanidad!

M grita en silencio, un primer plano entre ausencias de luz, un chillido entre nubes ruidosas, M grita tanto que se deshincha su cuerpo, desaparece entre estruendosas notas en equilibrio, M solloza y siente que la graganta se le hace tiras de piel, M... “¿se encuentra bien, señorita?” Un anciano de pelo blanco y olor a jabón de lavanda, la mira fijamente, le tiende la mano, y le habla echándole el aliento a la cara. Huele a viejo pero le recomforta y se despeja: “Sí, muchas gracias, me he mareado, creo yo. ¿quiere usted sentarse?” El viejo la mira y le sonríe rechazando su pregunta con un “mejor no hija, que tengo la cadera lesionada y si me siento ya no me puedo levantar”. M se ríe del viejo, M se ríe del vacío que se le abrió a sus pies, de repente, sin saber por qué. Agradece que el señor estuviera allí, siempre quiere que la despierten de las pesadillas. “Las pesadillas me atromentan, sabe usted señor?” “Mi hija, ¿quieres decir que son pesadillas? ¿no será que te duele el alma?”. Juraría a pies juntillas que el jabón de lavanda es Heno de Pravia. Mira el reloj, se afloja la bufanda y relaja los hombros. El autobús lleva un rato parado y M llega tarde, bastante tarde, llega casi cuarenta minutos tarde. “¿Eso es muy tarde?” Intuye que ya no la cojeran para la entrevista, pero “vivo en las afueras puede colar a cualquiera si pongo cara de niña buena”.

“La realidad dicen, supera la ficción pero creo que a veces la ficción, supera la realidad con creces”. Parece ser que M nunca había visto un muerto de verdad, “exceptuando los muertos de los telediarios. Aquellos muertos con el rostro de siempre, nacidos sólo para enseñar la muerte a los vivos. Multitud de series de televisión hacen cola para mostrar con más detalle los entresijos de las vísceras humanas”, pero nunca pensó que se parecería a aquello. En medio de las circumvalaciones que rodean Barcelona dos coches, uno encima del otro, cual postura de pareja copulante, en las comisuras de la desgracia, hileras de humo. M se quedó fascinada con la escena de terror que estaba viendo. Se amparaba en el cristal del autobus y se quedaba observando hasta que se empañaba con el vaho. Los policias que controlaban el tráfico le explicaron al conductor lo sucedido, lo suficientemente alto como para que su reputación y su protagonismo resonaran, cual eco, en ese infierno dantesco y morboso. Un choque trasero provocado, por lo visto, por el odio vengativo y innato de animal que llevamos dentro, “una riña de enamorados” comentó el policia-sarcástico. M había tenido relaciones varias, algunas turbias, otras truculentas y otras de ensueño,
-“pero en ninguno de los casos había pensado en ensañarme con alguno de ellos calentando el motor del vehículo a 160Km/h y empotrándome contra el coche del amante. Éste, que conducía uno de los dos coches rojos, había salido propulsado a veinte metros de distancia, y antes de que los del SAMUR cubrieran su cuerpo inherte, brotó de su sangre el último respiro de vida. Por lo tanto, mil disculpas, (llego tarde, lo sé) pero hasta que el autobús no se puso de nuevo en marcha, ya habían pasado cuarenta minutos”.
 
Comentario:
Joder nena! ara entens el que et dic quan et dic que això que escrius és especial? I a més, ara et fots, t'ho escriuré al blog perque se't quedi enganxat aquí per sempre. Fote't! Per cert, sembla que ja estàs acabant d'arreglar l'habitació nova a totes aquestes històries, no?
No