Pequeño ente vampírico: la angustia

La verdad, no entiendo un carajo! Voy a la
universidad, hago algo que,
desafortunadamente o no (ya no lo sé)
elegí. Me peleo con los
horarios y hago piruetas, cábalas y
estadísticas sober todo lo que tendría que i
irme bien y no me sale. No lo entiendo...
¿Tan bajo está ya el umbral de mi ambición?
¿Qué hice el otoño anterior? Ah sí, esperar. Esperé que llegaran los cambios, y llegaron sí, en forma de bolas de fuego. Empezaron quemando los cimientos que sujetaban la casa, más tarde, prendieron los dormitorios; del espacio privado, al común, del espacio público a los cuartos privados. Y de repente, todo cayó. Sobrevolaban las cenizas sobre la casa y planeaban sobre nosotros el hollín del fuego. Gris, negro, blanco, horror. Un pequeño holocausto personal llevado a un pequeño problema doméstico. Insignificante problema, potenciación de las penas. Un nudo entre la garganta y el estómago, que ronronea y se queda a gustito en la solapa de mi respiración.
Y aun no entiendo nada. Espero y podría llorar, pero al corazón aun no le llegó la pena, porque la sangre la arrastra lenta. Late alegremente en contradicción con lo irracional, y nace la angustia.





