Los tíos, esos grandes desconocidos (Pt. II)
Pensaba hacer un post más alegre, ya tocaba. Además, he estado toda la semana de buenas. Pero el cruel destino o la Ley de Murphy han hecho que las tornas cambien completamente: han dado un giro de ciento ochenta grados.
Pongamos que eres una tía (si ya naciste en modo femenino, perfecto, me entenderás sin problemas y si no, imagínate que lo eres y trata de comprender).
Llevas dos años rallada por el mismo tío. Un tío que tienes que compartir con otra casi todo el tiempo que dura esta historia, en la que no érais los únicos protagonistas, como debería ser; en la que vosotros no érais los únicos damnificados por los errores que cometísteis (sí, es cierto: nadie te puso una pistola en la sien y te obligó a estar con él mientras tenía novia, pero no sabes exactamente si tú le querías tanto como afirmas o más bien te obsesionaste enfermizamente).
Además, cuando lo que hubiera entre vosotros está ya herido de muerte, en sus últimas y entrecortadas respiraciones antes de expirar, te intenta manipular para que pienses que todo lo malo que sucede entre vosotros es culpa tuya y que eres tú la paranoica, la que está perdiendo la razón por momentos: "estás cuesta abajo y sin frenos por el camino hacia la perdición..."
Un tío que se va volviendo cada día más cruel consigo mismo y con los demás, más despiadado, más frío. Va cambiando poco a poco sin que tú te des cuenta. Hasta que, un buen día, se produce una explosión, un detonante que hace que la venda que cubría tus ojos caiga: ni él era tan perfecto ni tú eras tan egoísta.
Te conviertes en una ex-ingenua, en una ex-manipulada y te da rabia mirar atrás y darte cuenta de que mucho de lo que hacía simplemente era para su propio beneficio, sin tenerte en cuenta a tí... ni a ella, por qué no decirlo.
Aquel detonante, por llamarlo de alguna manera, te deja hecha polvo, pero aprendes de este tipo de situaciones dándote las ostias contra muros invisibles que no llegas a ver hasta que es demasiado tarde. Es la mejor manera para que la lección se quede bien grabada en tu retina: sabes que a partir de ahora vas a hacer todo lo posible para que no se vuelva a repetir.
Lo peor de todo es descubrir que, aunque te las haya hecho pasar putas, no puedes odiarle, y que él siempre estará allí, ocupando un lugar que tal vez se ganara a pulso en su día, pero que ya no tiene mérito. Sabes que jamás le será arrebatado aquel hueco dentro de tí por nada ni nadie.
Todo drama acaba mal, y vuestra historia siempre fue una tragedia desde el principio.
Te quedas sola, llorando en la penumbra, sentada en las escaleras. Las manos temblorosas, los ojos gritando de rabia, gritando de un dolor del que no se siente en la piel.

Te culpas a tí misma en principio por reaccionar a todo tan espontáneamente, sin pararte a pensar unos segundos, reflexionar, "siempre fuiste una impulsiva".
Repasas una y otra vez los diálogos mantenidos pocos minutos antes con el que creías el mejor ser humano sobre la faz de la tierra.
Y descubres que esa mirada que te contemplaba brillando en la oscuridad jamás la vas a poder olvidar por su frialdad, porque aquellos ojos azules como el hielo decían que no valías nada, porque, a la que antes observaban con ansia y deseo ahora miran
como si fuese una completa extraña.
Te das cuenta que, los labios que tanto has deseado besar día tras día durante años y que tantas veces has juntado a los tuyos ahora pronuncian palabras envenenadas con odio, ira. Maldiciéndote, haciéndo trizas tus esperanzas, tus sueños... tu mundo se viene abajo.
Duele que te menosprecien, pero más si quien lo hace para tí es lo máximo. Si ocupa un pedestal; si te importa verdaderamente lo que opine de tí.
Él ha de marcharse. Intenta estrecharte contra sus brazos, conmovido por tus lágrimas, pero tú no puedes tan siquiera levantar la cabeza para mirarle a sus bonitos ojos por última vez.
No permites que te abrace: tiemblas y no puedes dejar que vea tu debilidad con más nitidez aún. Ya te has humillado bastante durante todas las crisis que se produjeron en su día.
Así que le dejas marchar. Esta será la última vez que veas al que una vez creíste digno de tener aquello que tú tanto valoras y que pocos tendrán de nuevo.
Llamas a una amiga. Te intenta consolar. Lo consigue a medias. Te habla de un amigo suyo de toda la vida. Veremos qué ocurre con él...
Tratas olvidar a un cabronazo que no te merece, como ya os he contado, pensando: "si él me ha dejado sin escrúpulos por otra, ¿por qué voy a estar mi en casa amargándome la existencia, cuando puedo ligarme al primero que pase por mi lado?"
Aviso a tod@s los que penséis así: como ya podríais imaginar, no funciona en absoluto.
Lo he comprobado, creedme.
El único consuelo que me queda es... simplemente saber que ya he dejado el pasado atrás; al menos en cuanto a chicos se refiere. Miro al futuro cercano escéptica, expectante y sinceramente, sin muchas esperanzas. Pero desde luego, con muchas ganas de que, en próximos posts os esté hablando de algo alegre, que ya toca.
La Modestia
He de agradecer la idea de este post a mi amigo Javi. Hoy me ha dado qué pensar, mientras iba hacia mi casa en el puñetero autobús que siempre pelea contra el tráfico enemigo tratando de impedir mi regreso a casa a una hora civilizada.
La verdad es que este tema da para unos cuantos posts, pero espero poder sintetizar todo lo que pienso en unas cuantas líneas. Allá va:
Resulta que cuando tenía doce años y estaba en sexto de primaria, en el colegio nos hicieron rellenar un test de esos que tratan de preveer si, dentro de unos lustros, estarás lúcido y cuerdo, o para encerrarte en un psiquiátrico, esquizofrénico perdido, maníaco sexual o si serás una persona normal y corriente (es decir, con momentos esporádicos de locura transitoria seguidos de largos periodos de estabilidad emocional).
Pues cuando trajeron los resultados la tutora se sorprendió muchísimo conmigo. Las conclusiones que sacaron fueron que me salía con creces de la media "de toda la historia del colegio" en cuanto a subidones de autoestima se refiere.
Esto provocó que yo fuera motivo de meticuloso estudio por parte de mis docentes en las semanas posteriores.

Yo no recuerdo si hice trampas en las respuestas porque me aburría ó si realmente tenía unos aires de diva que no me los quitaba ni la Maraya Caraya...
...pero, tanto si era una cosa como la otra, se me bajaron los humos en cuanto empecé la secundaria.
Pasé a ser de las "margis" de clase porque consideraba que no era demasiado "guay" como para pertenecer a esa reducida secta de niñatas pijas sin personalidad y sin escrúpulos.
Pasé al lado oscuro: siendo una persona vergonzosilla, introvertida, a la que le gustaba pasar desapercibida, misteriosa, callada.
Pero sobre todo, modesta. La modestia me caracterizaba; incluso cuando comencé a aprobar las asignaturas con más nota que la media de la clase (que quede claro: SÓLO en secundaria).
Luego me di cuenta que podría cantar bien si me esforzaba. Por alguna extraña razón la cual no me pararé a meditar, entonaba bien y los gorgoritos me salían sin que tuviera que forzar la voz demasiado. Desde aquel momento (unos trece años) no paré de cantar. Yo sola, en mi habitación, cuando mis padres no estaban porque me daba verguenza que me oyeran.
Y practicaba, durante horas que se transformaron en años, y mejoraba. Y hoy por hoy canto más que aceptablemente, pero ni me he presentado a OT ni estoy loca por querer hacer una carrera en vez de lanzarme a la aventura de "¿qué multinacional tendrá el honor de contratarme para mi próximo disco de ventas escandalosas?". No. Sigo siendo en parte la misma chica que cuando comecé la ESO.
Modestia, sí, una muy buena dosis corre casi siempre por mis venas. No me gusta ir fardando de que canto con más nivel del que lo hace tu vecino cuando se ducha, como harían otr@s (y sin asistir a clases, que conste). No me gusta ir de diva por la vida porque ví tan de cerca esa actitud en determinada persona (una de mis ex-amigas) y me asqueé tanto de ella que intento dirigir siempre mi manera de actuar hacia el sentido contrario. No deseo parecerme a esta persona para nada.
Porque si nos ponemos todos así, decidme a dónde iríamos. Y no, no os confundáis: tampoco voy con la cabeza agachada esperando que los demás me pasen por encima como podría ocurrir antes.
Ya he aguantado bastante. Una cosa es la modestia, que lo veo casi como una virtud, sin fingimientos, sin soberbia, sin echarle el morro que a veces debería a la vida y sin creerme mejor que determinada persona porque yo tengo "x" y él ó ella no.
Pero, ¿sabéis qué os digo? Que me gusto tal y como soy (psíquicamente hablando, claro) porque he sufrido muchísimo (crisis profundas de valores, de identidad, profundos debates internos) y la única recompensa a las lecciones que me ha dado el destino ha sido la de tener la experiencia, la sabiduría y la madurez necesarias para poder llegar a ser como soy hoy en día.
Y eso no lo cambio por nada.
Sin toda la mierda que un día me afectó (y por desgracia a veces me sigue afectando) no sería quién soy: con todo lo bueno y todo lo malo que conlleva esto.
Por si os lo estáis preguntando los que no me conocéis personalmente, no soy como la mayoría. Tampoco soy una antisocial que desprecia las congregaciones de gente (aunque en mi pueblo sí, pero eso es otra historia).
Soy una conclusión, un popurrí de soluciones que he ido hallando a cada problema que he podido superar.
Y nunca me ha ido mal del todo con la modestia. Me gusta ser así, la gente aprecia mi cualidad, (o como lo queráis llamar) y no tengo porqué cambiarlo, ya que sobre todo es un rasgo de mi personalidad del cual estoy muy orgullosa.
Otra cosa es que, como bien Javi me ha dicho, confunda en ocasiones excesiva modestia con baja autoestima. Es algo que siempre he tenido en unos niveles demasiado bajos, una especie de "asignatura pendiente conmigo misma" (salvo la excepción que he relatado al principio) y que puede estar estrechamente ligada a mi tal vez, en ocasiones, excesiva modestia.
No hablemos ya del terreno físico. El nivel de autoestima que tengo, según Javi, se nota hasta en mi forma de vestir, de moverme, de actuar, de hablar...
¿Qué tal vez debería abrir ambas puertas (cuando las haya) al entrar y salir de un sitio porque yo lo valgo y soy demasiado "fashion" como para hacerlo sólo por una? Pues, como de momento quepo por ésa, seguiré entrando a los sitios por la misma de siempre, sin usar las dos.
Y mira que me podría haber dado por tomar el camino contrario: el creerme muy diva. Una ex-amiga me contó que se burlaban tanto de ella por su físico en el colegio que un día se encerró en su habitación y estuvo repitiendo delante del espejo para ella misma:
"Soy guapa. Soy guapa".
No salió de su cuarto hasta que se lo creyó de verdad. Puede que parezca una buena terapia. Puede que resulte una tontería, pero desde aquel día se convirtió en una creída, una prepotente y una falsa. Es decir, el anti-ejemplo de lo que quiero intentar hacer llegar a través de mis palabras.
Porque me despido de vosotr@s intentando daros un consejo: hace falta un poco de honestidad en esta vida. No siempre lo valemos. Como casi todas las cosas en el mundo, la modestia es algo que está mal repartido: unos con mucha y otros con poca.
Así que, os pido desde aquí que os lo penséis antes de fardar de algo.
La verdad es que este tema da para unos cuantos posts, pero espero poder sintetizar todo lo que pienso en unas cuantas líneas. Allá va:
Resulta que cuando tenía doce años y estaba en sexto de primaria, en el colegio nos hicieron rellenar un test de esos que tratan de preveer si, dentro de unos lustros, estarás lúcido y cuerdo, o para encerrarte en un psiquiátrico, esquizofrénico perdido, maníaco sexual o si serás una persona normal y corriente (es decir, con momentos esporádicos de locura transitoria seguidos de largos periodos de estabilidad emocional).
Pues cuando trajeron los resultados la tutora se sorprendió muchísimo conmigo. Las conclusiones que sacaron fueron que me salía con creces de la media "de toda la historia del colegio" en cuanto a subidones de autoestima se refiere.
Esto provocó que yo fuera motivo de meticuloso estudio por parte de mis docentes en las semanas posteriores.

Yo no recuerdo si hice trampas en las respuestas porque me aburría ó si realmente tenía unos aires de diva que no me los quitaba ni la Maraya Caraya...
...pero, tanto si era una cosa como la otra, se me bajaron los humos en cuanto empecé la secundaria.
Pasé a ser de las "margis" de clase porque consideraba que no era demasiado "guay" como para pertenecer a esa reducida secta de niñatas pijas sin personalidad y sin escrúpulos.
Pasé al lado oscuro: siendo una persona vergonzosilla, introvertida, a la que le gustaba pasar desapercibida, misteriosa, callada.
Pero sobre todo, modesta. La modestia me caracterizaba; incluso cuando comencé a aprobar las asignaturas con más nota que la media de la clase (que quede claro: SÓLO en secundaria).
Luego me di cuenta que podría cantar bien si me esforzaba. Por alguna extraña razón la cual no me pararé a meditar, entonaba bien y los gorgoritos me salían sin que tuviera que forzar la voz demasiado. Desde aquel momento (unos trece años) no paré de cantar. Yo sola, en mi habitación, cuando mis padres no estaban porque me daba verguenza que me oyeran.
Y practicaba, durante horas que se transformaron en años, y mejoraba. Y hoy por hoy canto más que aceptablemente, pero ni me he presentado a OT ni estoy loca por querer hacer una carrera en vez de lanzarme a la aventura de "¿qué multinacional tendrá el honor de contratarme para mi próximo disco de ventas escandalosas?". No. Sigo siendo en parte la misma chica que cuando comecé la ESO.
Modestia, sí, una muy buena dosis corre casi siempre por mis venas. No me gusta ir fardando de que canto con más nivel del que lo hace tu vecino cuando se ducha, como harían otr@s (y sin asistir a clases, que conste). No me gusta ir de diva por la vida porque ví tan de cerca esa actitud en determinada persona (una de mis ex-amigas) y me asqueé tanto de ella que intento dirigir siempre mi manera de actuar hacia el sentido contrario. No deseo parecerme a esta persona para nada.
Porque si nos ponemos todos así, decidme a dónde iríamos. Y no, no os confundáis: tampoco voy con la cabeza agachada esperando que los demás me pasen por encima como podría ocurrir antes.
Ya he aguantado bastante. Una cosa es la modestia, que lo veo casi como una virtud, sin fingimientos, sin soberbia, sin echarle el morro que a veces debería a la vida y sin creerme mejor que determinada persona porque yo tengo "x" y él ó ella no.
Pero, ¿sabéis qué os digo? Que me gusto tal y como soy (psíquicamente hablando, claro) porque he sufrido muchísimo (crisis profundas de valores, de identidad, profundos debates internos) y la única recompensa a las lecciones que me ha dado el destino ha sido la de tener la experiencia, la sabiduría y la madurez necesarias para poder llegar a ser como soy hoy en día.
Y eso no lo cambio por nada.
Sin toda la mierda que un día me afectó (y por desgracia a veces me sigue afectando) no sería quién soy: con todo lo bueno y todo lo malo que conlleva esto.
Por si os lo estáis preguntando los que no me conocéis personalmente, no soy como la mayoría. Tampoco soy una antisocial que desprecia las congregaciones de gente (aunque en mi pueblo sí, pero eso es otra historia).
Soy una conclusión, un popurrí de soluciones que he ido hallando a cada problema que he podido superar.
Y nunca me ha ido mal del todo con la modestia. Me gusta ser así, la gente aprecia mi cualidad, (o como lo queráis llamar) y no tengo porqué cambiarlo, ya que sobre todo es un rasgo de mi personalidad del cual estoy muy orgullosa.
Otra cosa es que, como bien Javi me ha dicho, confunda en ocasiones excesiva modestia con baja autoestima. Es algo que siempre he tenido en unos niveles demasiado bajos, una especie de "asignatura pendiente conmigo misma" (salvo la excepción que he relatado al principio) y que puede estar estrechamente ligada a mi tal vez, en ocasiones, excesiva modestia.
No hablemos ya del terreno físico. El nivel de autoestima que tengo, según Javi, se nota hasta en mi forma de vestir, de moverme, de actuar, de hablar...
¿Qué tal vez debería abrir ambas puertas (cuando las haya) al entrar y salir de un sitio porque yo lo valgo y soy demasiado "fashion" como para hacerlo sólo por una? Pues, como de momento quepo por ésa, seguiré entrando a los sitios por la misma de siempre, sin usar las dos.
Y mira que me podría haber dado por tomar el camino contrario: el creerme muy diva. Una ex-amiga me contó que se burlaban tanto de ella por su físico en el colegio que un día se encerró en su habitación y estuvo repitiendo delante del espejo para ella misma:
"Soy guapa. Soy guapa".
No salió de su cuarto hasta que se lo creyó de verdad. Puede que parezca una buena terapia. Puede que resulte una tontería, pero desde aquel día se convirtió en una creída, una prepotente y una falsa. Es decir, el anti-ejemplo de lo que quiero intentar hacer llegar a través de mis palabras.
Porque me despido de vosotr@s intentando daros un consejo: hace falta un poco de honestidad en esta vida. No siempre lo valemos. Como casi todas las cosas en el mundo, la modestia es algo que está mal repartido: unos con mucha y otros con poca.
Así que, os pido desde aquí que os lo penséis antes de fardar de algo.
¿Por qué? [Reflexión Filosófica] (Pt. I)
Veamos... sé que los pocos que os metéis aquí (y los poquísimos que me dejáis un mísero comentario) queréis leer historias graciosas, divertidas, recreando en vuestra mente cómicas escenas sobre lo que me haya sucedido a mí ó a mi familia.
Pero hoy no va a ser así (al menos no va a ir con esa intención, si os reís, pues vale, mientras no os oiga...).
Y es que mi temática parece ir así: un post risión, un post rallante.
El primero lo hago por diversión; el segundo casi por necesidad, aunque me joda hacerlo, pero últimamente... no sé. Algo me pide que lo haga, así que os jodéis los pocos que pretendéis visitar este coso en busca de leer algo gracioso y sin sentido.
Pues eso; llevo un par de días con el síndrome premenstrual atrasado, viviendo entre un cóctel de hormonas vagando perdidas por mi cuerpo, y afectando mi mente, haciéndome pensar (si es que lo hago) de manera irracional e ilógica por la vida.
Un par de días medio triste y rallada, asqueada y desmotivada incluso habiendo comenzado una nueva etapa de mi existencia que parece prometedora.
La cuestión es: ¿por qué? Bueno, nadie lo sabe, y a la vez yo lo sé.
Al menos eso creo, lo intuyo. Sé que algo me falta, creo oír por dónde van los tiros y qué es aquello que tanto anhelo y ansío.
Pero no lo puedo comprar, ni lo venden en ninguna tienda. Tampoco se encuentra tan fácilmente; es más, ni siquiera se encuentra... se supone que viene solo, que cualquier día vendrá a mí: el día menos pensado (no, esto no es un estúpido anuncio de compresas).
Y dejad que os diga que mucha de la gente que conozco no tenéis por qué quejaros; es más, sin siquiera daros cuenta hacéis a los demás sentirnos como una mierda, miserables... alardeáis de vuestra fortuna sin pararos a pensar que la persona que os escucha lo hace deseando poseer tan sólo la milésima parte de la esencia de vuestro tesoro. No os cansaréis nunca de repetir lo afortunados que sois a la más mínima ocasión que se presente.
Y llega un momento en el que desconoces qué decir ó como sentirte porque cuando alcanzas tu límite sabes que tu cabeza estallará, que tu paciencia ya no es tan maleable, que la envidia nunca fue buena compañera, que tus deseos nunca fueron cumplidos; tan siquiera escuchados.
Y vuelves a preguntarte: por qué.
Mientras tratas de prestar atención a las vanales conversaciones que se producen a tu alrededor, no dejas de darle vueltas al tema. Esa es otra cosa que me saca de quicio: ¿por qué los que se supone se preocupan por tí y te tienen un mínimo de aprecio no dejan que le des vueltas a la cabeza?
Es algo que realmente nunca llegaré a entender... ¡si todo el mundo lo hace! Incluso los que aseguran lo contrario, incluso los que dicen que no es bueno y que no lleva a ninguna parte, incluso los que intentan prohibírtelo.
Sin rallarte todo sería mucho más aburrido y tendría menos emoción porque al comerte el tarro empeoras las situaciones más simples, volviéndolas complejas, haciéndote la vida más difícil, y por tanto más interesante.
Porque necio es el que me quiera negar que lo complicado atrae al género humano. Todos nos sentimos atraídos por lo prohibido, por lo misterioso, por lo desconocido, por lo extraño, por lo que escapa a nuestro control.
Si, de antemano, podemos anticipar el final de cualquier cosa que ocurra en nuestra vida, aunque sea un ínfimo detalle, no vale la pena seguir por aquel camino.
Es mucho más emocionante la intriga, el suspense, la incertidumbre y nos hace mantenernos alerta ante el más que probable siguiente movimiento de nuestro rival en el apasionante juego que estemos llevando a cabo sin apenas percatarnos, sin pararnos a pensar que tal vez estemos cometiendo negligencia, pecado ó error.
Y toda la vida funciona así. A la mayoría de las personas no les gusta que les ofrezcan su vida en una bandeja de plata, y que todo vaya según lo previsto. Si consigues tus metas con el sudor de tu frente, estoy segura de que disfrutarás mucho más, aunque por el camino hayas tenido que sufrir ó desquiciarte.
Otra cuestión sería plantearme por qué hay personas a las que la suerte les sonríe, cuando de sobra se nota que apenas lo merecen. Tú crees merecerlo, pero eres invisible, pasas desapercibida mientras observas como el de al lado se cubre de gloria sin pararse un segundo a saborearla, a aspirar su perfume, a apareciarla... simplemente se dispone a devorarla como un ave de rapiña, pensando que nunca se les acabará la bendición que les ha sido concedida. Aunque quizá tengan razón y hayan de disfrutarla antes de que se agote.
La injusticia es otra de las obtusas y puntiagudas espinas que me encuentro en el camino a la felicidad relativa, y que me hacen plantearme un por qué del que nunca obtengo respuesta.
Quizá sea yo, verde de envidia, la única que me planteo estas cuestiones. Pero qué queréis que os diga: soy humana. No soy perfecta. Muchos me han llamado egoísta con argumentos válidos sobre los que someterse, envidiosa también lo soy, aunque pocas veces lo reconozco.
No seguiré enumerando mis defectos, ya que no tengo pocos, pero dicen que el primer paso es admitirlo y querría cambiarlo, sinceramente deseo tener predisposición a hacerlo y ojalá algún día me provea de la fuerza de voluntad que requiere ese esfuezo.
No es poco lo que pretendo exigirme y lo que poco a poco, todos los días, trato de recordarme, para no seguir cayendo en la espiral en la que me veía inmersa, de la que es difícil escapar.
Es tarde en la madrugada, tengo clase mañana y ha comenzado un programa de radio que me encanta. Por ello os dejaré a los pocos que me leáis. Sois los mejores. Gracias por leer estas líneas. Son pura terapia, os lo aseguro.
Pero hoy no va a ser así (al menos no va a ir con esa intención, si os reís, pues vale, mientras no os oiga...).
Y es que mi temática parece ir así: un post risión, un post rallante.
El primero lo hago por diversión; el segundo casi por necesidad, aunque me joda hacerlo, pero últimamente... no sé. Algo me pide que lo haga, así que os jodéis los pocos que pretendéis visitar este coso en busca de leer algo gracioso y sin sentido.
Pues eso; llevo un par de días con el síndrome premenstrual atrasado, viviendo entre un cóctel de hormonas vagando perdidas por mi cuerpo, y afectando mi mente, haciéndome pensar (si es que lo hago) de manera irracional e ilógica por la vida.
Un par de días medio triste y rallada, asqueada y desmotivada incluso habiendo comenzado una nueva etapa de mi existencia que parece prometedora.
La cuestión es: ¿por qué? Bueno, nadie lo sabe, y a la vez yo lo sé.
Al menos eso creo, lo intuyo. Sé que algo me falta, creo oír por dónde van los tiros y qué es aquello que tanto anhelo y ansío.
Pero no lo puedo comprar, ni lo venden en ninguna tienda. Tampoco se encuentra tan fácilmente; es más, ni siquiera se encuentra... se supone que viene solo, que cualquier día vendrá a mí: el día menos pensado (no, esto no es un estúpido anuncio de compresas).
Y dejad que os diga que mucha de la gente que conozco no tenéis por qué quejaros; es más, sin siquiera daros cuenta hacéis a los demás sentirnos como una mierda, miserables... alardeáis de vuestra fortuna sin pararos a pensar que la persona que os escucha lo hace deseando poseer tan sólo la milésima parte de la esencia de vuestro tesoro. No os cansaréis nunca de repetir lo afortunados que sois a la más mínima ocasión que se presente.
Y llega un momento en el que desconoces qué decir ó como sentirte porque cuando alcanzas tu límite sabes que tu cabeza estallará, que tu paciencia ya no es tan maleable, que la envidia nunca fue buena compañera, que tus deseos nunca fueron cumplidos; tan siquiera escuchados.
Y vuelves a preguntarte: por qué.
Mientras tratas de prestar atención a las vanales conversaciones que se producen a tu alrededor, no dejas de darle vueltas al tema. Esa es otra cosa que me saca de quicio: ¿por qué los que se supone se preocupan por tí y te tienen un mínimo de aprecio no dejan que le des vueltas a la cabeza?
Es algo que realmente nunca llegaré a entender... ¡si todo el mundo lo hace! Incluso los que aseguran lo contrario, incluso los que dicen que no es bueno y que no lleva a ninguna parte, incluso los que intentan prohibírtelo.
Sin rallarte todo sería mucho más aburrido y tendría menos emoción porque al comerte el tarro empeoras las situaciones más simples, volviéndolas complejas, haciéndote la vida más difícil, y por tanto más interesante.
Porque necio es el que me quiera negar que lo complicado atrae al género humano. Todos nos sentimos atraídos por lo prohibido, por lo misterioso, por lo desconocido, por lo extraño, por lo que escapa a nuestro control.
Si, de antemano, podemos anticipar el final de cualquier cosa que ocurra en nuestra vida, aunque sea un ínfimo detalle, no vale la pena seguir por aquel camino.
Es mucho más emocionante la intriga, el suspense, la incertidumbre y nos hace mantenernos alerta ante el más que probable siguiente movimiento de nuestro rival en el apasionante juego que estemos llevando a cabo sin apenas percatarnos, sin pararnos a pensar que tal vez estemos cometiendo negligencia, pecado ó error.
Y toda la vida funciona así. A la mayoría de las personas no les gusta que les ofrezcan su vida en una bandeja de plata, y que todo vaya según lo previsto. Si consigues tus metas con el sudor de tu frente, estoy segura de que disfrutarás mucho más, aunque por el camino hayas tenido que sufrir ó desquiciarte.
Otra cuestión sería plantearme por qué hay personas a las que la suerte les sonríe, cuando de sobra se nota que apenas lo merecen. Tú crees merecerlo, pero eres invisible, pasas desapercibida mientras observas como el de al lado se cubre de gloria sin pararse un segundo a saborearla, a aspirar su perfume, a apareciarla... simplemente se dispone a devorarla como un ave de rapiña, pensando que nunca se les acabará la bendición que les ha sido concedida. Aunque quizá tengan razón y hayan de disfrutarla antes de que se agote.
La injusticia es otra de las obtusas y puntiagudas espinas que me encuentro en el camino a la felicidad relativa, y que me hacen plantearme un por qué del que nunca obtengo respuesta.
Quizá sea yo, verde de envidia, la única que me planteo estas cuestiones. Pero qué queréis que os diga: soy humana. No soy perfecta. Muchos me han llamado egoísta con argumentos válidos sobre los que someterse, envidiosa también lo soy, aunque pocas veces lo reconozco.
No seguiré enumerando mis defectos, ya que no tengo pocos, pero dicen que el primer paso es admitirlo y querría cambiarlo, sinceramente deseo tener predisposición a hacerlo y ojalá algún día me provea de la fuerza de voluntad que requiere ese esfuezo.
No es poco lo que pretendo exigirme y lo que poco a poco, todos los días, trato de recordarme, para no seguir cayendo en la espiral en la que me veía inmersa, de la que es difícil escapar.
Es tarde en la madrugada, tengo clase mañana y ha comenzado un programa de radio que me encanta. Por ello os dejaré a los pocos que me leáis. Sois los mejores. Gracias por leer estas líneas. Son pura terapia, os lo aseguro.





