Blogs.ya.com Quitar publicidad
Ríe o llora pero sobre todo, lee
Anécdotas, comeduras de tarro y pensamientos de una universitaria poco convencional.
Acerca de
Soy una estudiante de primero de Comunicación Audiovisual, que se toma la vida de forma un tanto distinta al resto del mundo. Me tachan de rara,excéntrica... pero sólo soy una incomprendida. Ahora, comienzo una nueva etapa de mi vida con ganas, llena de altibajos, emociones fuertes y sensaciones nuevas. No sé qué me deparará el futuro, pero el presente y el pasado estarán reflejados aquí, en mi blog. Espero ir mejorando mi forma de escribir en cada post. Y también espero que paséis un buen rato ojeándolo. Gracias por visitarme y bienvenidos.
Sindicación
 
Mis cinco hábitos extraños
Debido a vuestras "insistentes" peticiones por ver publicados mis Cinco hábitos extraños, os daré ese gustazo y esta semana, la temática de mi post será la que el mismo título indica:


1.- Me fijo bastante en qué mano usa en general la gente y para qué. Si estoy en clase o en un sitio donde escriben, es fácil darse cuenta de cuál es su mano predilecta, pero si están en el supermercado, en el parque paseando al perro o simplemente andando por la calle, el asunto se complica bastante.

(Sí, hasta ese punto llega mi aburrimiento soporífero).

Me gusta descubrir personas zurdas por el mundo (yo lo soy, con lo cual, después de haberos revelado este dato, si me queréis encontrar por algún casual, acabo de reducir vuestra búsqueda en alrededor de un 88%).

También voy por el mundo "denunciando" para mis adentros la discriminación que sufrimos día a día (porque somos una minoría discriminada,de ésa que no se ve, que no es tan llamativa como la racial, la sexual o la de tipo religioso): los tiradores para abrir las puertas de metro, el cacharro donde se mete el bono del autobús, el ratón ubicado siempre a la derecha del teclado (y así un largo etcétera) están hechas para la mayoría opresora diestra.

"Algún día los zurdos dominaremos el mundito"
(Ned Flanders).



2.- Miro a personas en el autobús o en el metro y me quedo largo rato vigilándoles, imaginando cómo serán sus vidas, inventándomelas improvisando sobre la marcha (ejemplos):

CASO 1: Una señorona, muy estirada ella, súper teñidísima de rubio platino, con joyas de oro en las manos, con abrigo de zorra (oops, perdón, de zorro) y requete-pintáa, se sienta cerca mía en el bule de vuelta a casa. Me la imagino llevando una vida cómoda, sin trabajar apenas, manteniéndose del sueldo de su marido, que debe tener más cuernos que un toro de lidia. Acaba de regresar de ver a su amante namber zrií por lo que vuelve a casa en el transporte público, mezclándose con la chusmilla para no levantar sospechas.

CASO 2: Un hombre con las manos hechas polvo y con la uña del dedo pulgar negra se sienta a mi lado. Tiene cara de estar abatido tras un duro día de trabajo. Me mira, al notar que yo le observo detenidamente. En seguida vuelve a girar la cabeza, al creer que he perdido el interés, pero yo sigo fijándome. Tiene pinta de... casado. No, divorciado. Con un par de hijos. El hombre no es nada guapo, pero tiene algo. Bueno, en su juventud seguro que lo tuvo. No sé. Me da pena. Hay algo en su lenguaje corporal que me transmite derrota, que ha dejado de luchar contra los obstáculos que día a día nos pone el destino delante. Definitivamente se ha rendido. Se resigna a esperar un cambio en su vida que no llegará solo. Tiene que poner de su parte, pero, hasta que no se dé cuenta de ello, permanecerá todo igual. Intenta fingir que no le importa, que no le afecta. Repentinamente, abandona el autobús. Otro día más de su vida se ha consumido.

Eh... un momento, un momento. No me miréis así, ¿vale? No tengo la culpa de llevar a cuestas mi yo de escritora las veinticuatro horas al día.

3.- Cuando llega un nuevo día, al sonar el maldito despertador de mi móvil, tengo que encontrar algún motivo para levantarme de la cama. Si pasan cinco minutos y no lo he hecho, estoy de mal humor para el resto del día. Normalmente las razones que busco para abandonar mi lecho son muy simples aunque convincentes.

Ejemplo:

Venga, Khia. Tú puedes. Si vas a ver a tus compañeros de clase, ya verás como lo pasarás bien con ellos (esto un lunes).

Venga, Khia, que tú puedes. Mañana será viernes y... vas a empezar a pensar qué pondrás en el blog este fin de semana (esto, deductiblemente, un jueves).

4.- Hablar sola por la calle, intercalando muchísimas palabrotas en mis monólogos. Esto lo hago cada día menos, pero, por ejemplo en verano, me oían los transeúntes hablar frecuentemente por entre las aceras cuando me tocaba sacar a Pitote (por si alguien no ha leído mi antiguo post, Pitote es mi perro) pronto por las mañanas tras una noche de juerga. Decía cosas como:

-Joder, me toca sacarlo otra vez. Debería estar durmiendo. Y la cabrona de mi hermana sobando en la cama. ¡Qué jodía! ¡Qué puto frío hace por la mañana, manda webos...!

5.- Aficcionarme a cosas tontas sin moderación. Primero fue ponerle motes a la gente, después, beber Nestea en cantidades industriales (aún conservo en 90% de este hábito que empecé a los catorce años). Luego vinieron los regalices, bollitos de chocolate, donuts, sudokus (hasta que aprendí bien cómo se hacían... tela, ¿eh?)... mi último vicio confesable son los blogs. Una moda que me está durando tres meses y que, por lo visto, no parece estar remitiendo en absoluto.
 
Pitote
Mi perro antes respondía a nombres como Txitxomeno, Sositomen, Okilico, Copro y otros que no voy a mencionar... nunca ha tenido un nombre normal, sí, lo sé, pero este es todavía peor (o más tronchante a la hora de exclamar en público si lo preferís).
Últimamente sólo acude cuando de tu boca sale esta palabra:

- ¡¡Pitote!!



Mi perro se llama (efectivamente, lo habéis averiguado) Pitote.
Es un nombre gracioso y como todos los nombres graciosos, éste también tiene su historia:

Okilico era en su juventud y sigue siendo en su madurez un perro muy follaor, non castratto (evidentemente) aunque igualmente gordo y muy salidorro. Todo peluche que veía se lo fornicaba y, claro, mi madre estaba un poco harta del tema: aquellos muñecos eran de mi hermana, que por aquel entonces contaba con ocho años de edad y no entendía por qué quedaban cubiertos de ese "liquidito viscoso" cuando el perro salía de su habitación ya saciado.

Por ello, mi madre decidió "sacrificar" un peluche gigante para que mi perro dejara los de mi hermana en paz.
Y la tónica siempre era igual: cuando llegaba la noche y Okilicos había cenado en abundancia, otra clase de apetito (el sexual) le sobrevenía y el pobre pedía a aullidos "la novia" (sobrenombre con el que se conoció al peluchín a partir de entonces).
Antes de que desfallecera por inanición de cópula, "la novia", oculta tras un armario hacía acto de presencia y, primero, se la trincaba para después mordisquearla y lamerla por todos lados.

Un año y medio después, "la novia" murió de desgaste.
Okilicos y su viril apéndice habían acabado con ella.
Pasó a mejor vida y el perro volvió a las andadas con los peluches de mi hermana. Ésta se volvió a quejar a mi madre, que vio pronto la solución: cogió el relleno de la anterior (algo así como las vísceras) y recompuso los restos con una "piel" nueva (la típica de borrego que se usa para hacer disfraces de pastorcitos a los niños). Después, bordó unos ojos azules y unos labios carnosos (para que resultara más atractiva, supongo) y... ahí estaba: "la novia 2", dispuesta a acceder a todos los caprichos sexuales de mi Okilicos.

Pero una noche, el que posteriormente sería conocido como Pitotes se pasó de la raya...

Después de cenar abundantemente, Okilicos pidió "la novia" como siempre acostumbraba hacer. Mi madre me pilló subiendo a mi habitación cuando me dijo:

-Khiaaaaa... bájale "la novia" al perroooo.

Total, que así fue. Hice un poco de rabiar a Okilicos antes de entregársela y después apagué la luz del pasillo exclamando:

-¡Os apago la luz para que tengáis más intimidad!

A continuación me fui con el resto de la familia a ver la tele. Pero Okilicos, dale que te pego con "la novia", no quería estar a solas, sino que se venía con nosotros a darnos la murga (o a darnos envidia, no sé), follándose a su "novia" en el salón. Tal vez quería que nos uniéramos a él en una especie de orgía multianimal...

Total, que pasaron unos minutos y tras los comentarios chorra iniciales, pasamos del perro. La película que echaban (no recuerdo cuál era) estaba interesante, así que no nos preocupamos más.

A las pocas horas, notamos que Okilicos estaba un poco raro. Hacía unos ruidos extraños.
Nos miramos entre sí para después echar un vistazo al perro.
Lo que vimos nos dejaría marcados para siempre...

- ¡Dios, miradle! Miradle, ¡qué pitote! -Repetía mi hermana una y otra vez.

Y la verdad sea dicha... menuda estampa. El pobre perro no podía meter su "cosa rosa" pa' dentro. Okilicos es pequeño y no levanta más que un par de palmos del suelo, pero aún así la tenía tan grande que la arrastraba, dejando a su paso una estela lechosa que manchaba todo el parqué.

-Mamá, ¿has visto eso? ¡Joder! - Le decía una y otra vez a mi madre.

Nos quedamos todos contemplando a Okilicos, haciendo un círculo a su alrededor y en silencio, como si estuviéramos formando parte de una especie de ritual zoofílico.

Cuando transcurrieron unos minutos, aún no se le bajaba el empalmamiento y el pobre ya no sabía que hacer. Mi hermana preguntaba preocupada:

-Mamá... ¿a Oki se le va a salir el pitote?

Mi madre mientras trataba de calmarlo; él practicaba una auto-mamada a su "cosa rosa" para ablandarla un poco y volver a enfundarla. Yo, sostenía el inalámbrico en mi mano derecha para, en caso de emergencia, llamar al veterinario.

Finalmente, no hubo que hacerlo. Su inmensa picha fue tragada por el cuerpecito de un pequeño terrier y no se atrevió a a asomar la cabeza en una semana.

Fuera coña ya, el pobre Okilicos lo pasó mal, pero desde ese día, comenzó a llamarse Pitote por la ya mencionada razón.

Esta palabra se ha convertido en un vocablo tan normal para mí que cuando voy por la calle paseando al perro y una madre con su hija se acercan y me preguntan:

-¡Qué mono! ¿Cómo se llama?

Yo respondo orgullosa:

-Se llama PITOTE.
 
Experiencias con viejos verdes [Pt. II]
Vuelvo esta semana con las pilas medio agotadas debido a la inminente cercanía de los exámenes, que me tienen como una condenada estudiando.
Pero estad tranquilos: pase lo que pase (a menos que me amputen ambas manos) siempre estaré aquí, maquinando los días de diario qué pondré en mi blog para más tarde escribirlo cada fin de semana.

En este caso, la continuación de mi post anterior quedó pendiente y por ello, continuaré mi relato…


Resulta que yo siempre me había reído de las amigas, conocidas y compañeras de clase a las que les había sucedido algo como esto (imaginad la situación):

“Chica menudita, que aparenta dieseis años pero tiene unos diecinueve, rubia de ojos azules va caminando sola en una calle muy conocida por su fama de albergar prostitutas.
De repente, nota que le vibra el móvil y se para, se echa a un lado de la acera y se dispone a mirar quien le está llamando.
Pronto se da cuenta que era un mensaje. Decide contestarlo y, mientras está en pleno tecleo caótico, un viejo verde, con una cara de vicioso que no podía con ella y unos ojos medio saliéndosele de las órbitas, se le acerca a esta chiquilla y le dice:

-¿Cuánto?

Ella decirle montarle un semi-pollo, es decir, le contestó gritando: <<¡Y tu madre, ¿cuánto cobra, cabrón?!>> mientras se alejaba de él a grandes zancadas.”


Como dije antes, cada vez que me contaban algo así, yo siempre me reía e iba difundiendo anécdotas como ésta por doquier.
Pensé que nunca me pasaría a mí.
¡Ay, que ilusa siempre he sido!


- Principios de diciembre, fin de semana, 17:00 h

La cosa marchó tal que así: había quedado con dos amigos míos en una de las calles más emblemáticas y conocidas de mi ciudad (pero muy próxima a la zona donde estas mujeres suelen trabajar, cerca del lugar en que asaltaron a la protagonista del relato anterior).

Esperaba con impaciencia a mis amigos, que todavía andaban comiendo en un restaurante cercano (¡yo y mi manía de llegar puntual a todas partes!).

Comencé a ponerme nerviosa, ya que en ese lugar había una gran cantidad de gente y odio las aglomeraciones. Además, aquellos a los que esperaba eran amigos muy recientes y no sabía si cuando les viera iba a ser capaz de reconocerles. Y podría tirarme allí esperando toda la vida.
Miré el punto bueno: al menos iba escuchando música de la mía, de la buena, con lo que se me hacía más amena la tarde.

Después de estar diez minutos parada en el mismo sitio, junto a una decena de personas que estarían aguardando la llegada de alguien que tampoco les recogía, me percaté que un viejo de unos sesenta y muchos años había estado rodeándome en extraños círculos que describía en torno a mi persona. Me miraba de una forma poco convencional, misteriosa, desafiante, penetrante, como si le hubiera hecho algo que le molestara.

Yo pasé de él siguiendo a lo mío, aunque no negaré que la situación no me pusiera nerviosa.
Estaba deseando que mis amigos aparecieran por allí y me rescataran.

Cuando creí que aquel misterioso personaje había desaparecido, bajé el volumen de mis auriculares por si se daba el caso de que mis amigos me vieran desde lejos y se les ocurriera gritar mi nombre.

En un momento dado, alguien me toca el hombro. Giro la cabeza pensando que vería un rostro conocido y no me equivoqué: era el viejo.

-¿Cuánto cobras, guapa?

Me quedé a cuadros. No pude decir nada, y eso que me encanta montar numeritos (lo reconozco). Pero esta vez me dejó seca. Lo único que pude hacer fue apartar su mano de mi hombro y asesinarle con la mirada.

Me distancié de su proximidad acongojante. Él seguía mirándome con los mismos ojos que antes, perversos, pervertidos.
Entonces me dio por pensar… llevaba puesto un abrigo negro nada ajustado hasta las rodillas, un pantalón vaquero más bien anchote por abajo, sin tacones y apenas iba maquillada. ¿Realmente parecía una puta? Además, ¡cumplí la mayoría de edad hace menos de un año, joder! Y la mayoría dicen que aparento dieciséis… pues bien vamos.

En cuanto vinieron mis amigos, el viejo desapareció. Les conté lo que acababa de ocurrir y se descojonaron. Acababa de ser víctima de lo que tantas chicas ya han experimentado, solo que ahora, cuando me cuentan algo similar o me recuerdan mi vivencia, ya no me hace tanta gracia.





-Mediados de noviembre, fin de semana, 06:30 h

Me acababa de marchar de una fiesta flipante, muy divertida y los efectos del alcohol aún hacían acto de presencia en mi cuerpo. Llevábamos caminando por el pueblo donde estábamos más de cuarenta minutos, buscando una parada de bus.

Íbamos cuatro: dos chicos y dos chicas, todos igual de narcotizados y muy dormidos.
Yo iba del brazo de mi mejor amiga, haciendo eses y gritando a los demás que les iba a cortar ciertas partes de su anatomía como no encontraran pronto la parada.

A unas cuantas decenas de metros de distancia, más adelante, caminaban los dos chicos, sin tener ni idea de a dónde puñetas nos estaban dirigiendo, pero aparentando conocer el camino.

Finalmente llegamos a una. Recuerdo que hacía mucho frío, pero al menos había asientos donde podríamos descansar nuestras posaderas.
Allí había un viejo más borracho que nosotros que se sentó en medio de mi amiga y yo.
La segunda fiesta a la que asistiríamos estaba a punto de comenzar.

Imaginaos la escena: los cuatro amigos cansados, aburridos y amuermados. Yo me había ido con ganas de juega, pero me estaba durmiendo debido a la falta de conversación. Mi mente, espesita como para comenzar una que mereciera la pena, y que los demás aceptaran de buena gana continuarla, desconectaba de la realidad.

El “buen hombre” que se sentó a mi lado fue soltando una serie de paridas en poco tiempo que me hicieron soltar una muy sonora carcajada.

-Oye, ¿te vienes al callejón aquél y echamos un polvo?

Ése fue el detonante de la gran anécdota del mes.

Por supuesto, creí que todo lo que soltaba por su bocaza nos lo decía a las dos, pero lo que no supe hasta horas después es que a mi amiga le había estado diciendo lindeces más brutas aún, en un muy bajo tono de voz y, la pobre, al estar bastante más hasta-la-polla de todo, decidió pasar de él, pero sin dejar de sentirse muy incómoda.

Sobre todo porque observaba con impotencia como yo le seguía el juego y ella no podía hacer nada para frenar aquella bola de nieve que caía por una cuesta empinada.

-Pues mire, porque ahora no tengo condones, que si no me iba con usted sin dudarlo, hombre… ¡no te jode!

Mis amigos masculinos se partían con mis contestaciones. Y seguimos así largo rato: el viejo y yo dialogando.

-¿Eres virgen?

-Hombre, vamos a ver, señor… eso no se pregunta. No me sea usted maleducado, que yo no le he preguntando cuánto le mide.

-Pues…

-¡No me apetece saberlo! ¡Cállese! –Decía partiéndome todo lo partible.


Pasaron los minutos. La gente se iba acumulando en la parada y yo seguía con el juego de a-ver-quién-dice-la-parida-más-burra con el viejo; me sentía como la protagonista del club de la comedia y con público bueno además.
Sólo faltaron los aplausos al final.

-Y qué llevas ahora mismo, ¿braga o tanguita?

-La verdad es que hoy me he puesto un tanga de encaje negro, pero creo que ha sido un error ya que creo que una faja reductora le pondría más a usted, fíjese.

-¡Qué dices! A mi me gustan los tangas. ¿Me dejas verlo?

-Pues va a ser que no, cariño
.

Creedme si os digo que antes de que saliera el sol había en la parada unas quince personas meándose con el diálogo que manteníamos aquel estúpido y yo. La situación no tenía desperdicio.

-Y tu amiga, ¿qué lleva debajo de esa minifalda? –Me preguntó refiriéndose a la chica con la que había ido a la fiesta ya que ella no le respondía.

-Pero bueno… –Contestó mi amiga medio indignada, medio incrédula.

-¿Por qué no se va a hacerse una paja a su casa? –Replicó uno de los amigos con los que estábamos –Deje en paz a las niñas, se lo estoy pidiendo por las buenas.


El viejo y yo seguimos un poco más con nuestras cosas.

-¿Te gustaría chupármela? Tengo diez euros por aquí.

-Créame: no estoy tan desesperada. Antes me pongo a lamer la acera.

-¿Habéis follado hoy? Yo aún no…

-No sabe cuánto lo siento, pero creo que no puedo ayudarle.

-Ya te he dicho que hay un callejón ahí detrás que está de puta madre…

-Pues vaya a comprobar que sigue tan bonito como usted lo pinta. Anda, corra, no vaya a ser que nos quiten el sitio.


Todo se jodió cuando el muy salido se puso a intentar meterle mano a mi amiga, que llevaba una minifalda.
En aquel momento, uno de los chicos (con toda la parada de testigo) intentó amedrentar al viejo para que se fuera.

-Mire, señor. No le voy a faltar al respeto porque es una persona mayor, pero le invito formalmente a que se vaya. Se ha pasado con las niñas y a ellas no las toca ni Dios, ¿se entera?

El viejo no le hizo ni puto caso y empezó a vacilarle.

-Cara de mono, cállate, gilipollas, que tienes cara de mono…

-¿Quiere que le pegue una hostia? No le voy a dar por respeto, ya se lo he dicho, pero se la está ganando, hombre, se la está ganando.


En ese momento entré yo de nuevo en escena. Se había pasado de la ralla: una cosa es vacilar verbalmente y otra muy distinta es meterle mano a mi mejor amiga. Se iba a cagar:

-Mire, señor. Tengo un dolor de pies acojonante por haberme venido a este pueblo con estas botas que me están matando. No me arrepentiré de haberlas traído porque como siga así voy a tener que meterle el tacón por el culo. Deje a mi amiga en paz o se lo meto hasta el fondo del ojete. No bromeo.



La gente de la parada se moría de risa. Yo le miraba seriamente a los ojos y esto hizo que el viejo se tranquilizara, aunque siguiera diciendo sus gilipolleces que ya no tenían gracia. Era cansino.

-¿Y vosotras dos estáis liadas? ¿Qué tal un trío?

-Oh, vamos, cállese –Clamamos mi amiga y yo al unísono.

-A la próxima se la carga, es que se la carga –Proclamaba una y otra vez mi amigo.


Unos minutos después, el autobús llegó y dejamos al viejo en la parada, al acecho de más jovencitas minifalderas. El descojone fue bastante serio y en clase no paramos de hacer referencias a esto durante una semana.

Aquí acaba mi anecdotario sobre este tema. Espero que os haya amenizado vuestra existencia leer estas líneas.
Me colmaría de felicidad el saber que al pasaros esta semana por aquí, dondequiera que estéis, os haya arrancado una sonrisa de vuestros labios.


PD: Contestaré a lo de los cinco hábitos extraños en mi siguiente post. Estáos atentos.
 
Experiencias con viejos verdes [Pt. I]
No, blogeros y blogeras, no malpenséis. El título del post no va porque me ponga como una moto especialmente el estar con especímenes que rocen la edad de la jubilación.

¡Es que ellos vienen a mí!

Comencemos mi relato (en realidad se divide en cuatro anécdotas que se relacionan entre sí con un denominador común: los viejos verdes que andan sueltos al acecho de jovencitas como yo, indefensas y vulnerables a sus múltiples ataques).



1.- Principios de noviembre, 17:00 h


Regreso de la universidad, cansada y jodida porque no ha sido un buen día. Por fin, tras recorrer tres paradas de metro y haberme matado por las escaleras mecánicas que separan la superficie terrestre de las infernales profundidades metropolitanas y hubiendo participando en una carrera de obstáculos urbanos que no sé si gané, consigo mi sitio preferido y me apoltrono allí.
El viaje en autobús resultaría relajante (al menos, después de lo anterior).

Confiaba en que nadie me acompañara, que ningún desconocido se sentaría a mi lado (aunque casi siempre tengo esa mala suerte y se me acopla algún espontáneo).
Pero instantes después observo con impotencia cómo un hombre de avanzada edad se acomoda cerca mío.

Hombre, tampoco me sentó mal, entendedme. Al fin y al cabo, apenas quedaban asientos libres por detrás y, si te pasas dos horas como mínimo en un bule todos los días, (como yo), sabrás de buena tinta que a los viejos lo que más les gusta es sentarse en los sitios del principio.

Los primeros veinte minutos bien. Me pongo a pensar en mis cosas y consigo evadirme del mundo que me rodea.
Un atasco monumental se avecina, pero apenas me importa porque ya he tenido bastante por el día aquel como para encima cabrearme por algo que no voy a poder solucionar, me ponga como me ponga.

Repentinamente, noto que el señor de avanzada edad (oséase, viejo) se inclina sospechosamente hacia mí y, por qué no mencionarlo, además estaba bastante entrado en carnes (flácidas y blancuzcas, para más información), con lo cual yo me apretujaba más y más hacia el lado de la ventana, en parte por la fuerza que él estaba aplicando sobre mi persona, en parte porque yo me quería separar de él lo máximo posible.

Pero llegó un momento en que no pude echarme más hacia la pared y me di por vencida. Supuse que el "pobre" hombre se estaba quedando dormido y que el cansancio y el peso de los años le podían, pero no...

En un determinado segundo, noto una mano más cerca de mi pierna derecha de lo que creía estaba. Parpadeé un par de veces pensando: "¿Se me habrán nublado las lentillas?" Pero no era así. Resulta que aquel cabrón quincuagenario (o de más edad) me estaba intentando meter mano de forma descarada, ahí, en medio de todo el autobús.

Me quedé tan impresionada que mis ojos por poco se salen de sus órbitas. No reaccionaba: estaba dejando que su asquerosa mano, repleta de manchas marrones, arrugas, callos y deformidades tocara mi muslo.



Además, se iba acercando a lo que va siendo una zona de mi anatomía donde la ingle pierde su casto nombre.

Pues bien, cuando estaba ya por ahí le dí una hostia que sonó flojo y le miré con cara de mala leche. No sé por qué hice aquello. Si nos fijamos en mi carácter, lo normal es que hubiera montado un numerito en el autobús, acordándome de la madre del viejo aquel (seguramente ya fallecida) y cantándole las cuarenta.

Pero no le dije nada. Me quedé mirándole con cara de "si tuviera aquí un bazoca, ni Arnold Schwarzenegger te salvaba de ésta, cabrón".
Y descubrí algo aún más horripilante: el muy ... bastardo tenía en la zona de la nariz venitas moradas, tan visibles y chocantes como son las varices de mi tía abuela, repulsivas, que me dieron arcadas, náuseas, ganas de potar y mil cosas más del estilo.

¡Qué asco! Encima de viejo (más de setenta y cinco años), cabrón y Mette-Manit, era desagradable a la vista (no os puedo describir para que os hagáis una ligera idea de cuánto era).

Así que cogí y me bajé del autobús en cuanto pude (ya que me éste impidió el paso hasta que quiso bajarse).

¿Queréis creerme si os digo que horas después aún tenía la sensación de su decrépita mano en mi muslo?




2.- Nochevieja, 2:15 h


No salí en Nochevieja, por tanto, no pude ser asaltada por ningún viejo verde...
... o eso creí yo.
Porque mirad qué feliz idea tuve al meterme a un chat aquél día y ponerme de nick "solitaria". Claro, las ofertas me llovieron a tutiplén como quien dice.
Había de todo: algunos más guarrillos (bastante normal):


-Oye, me han dicho que eres una putilla.

-¿Quién te ha dicho eso?

-Venga, confiésalo. Eres un huevo guarra.

-Creo que te has equivocado: el chat de cybersexo está en otro lado, justo debajo del de lesbianas.

-Guarrilla

-Si tú lo dices...




Otros se tiraban el rollo intelectual:


-¿Te gusta leer?

-Sí, no está mal.

-¿Y qué estás leyendo ahora?

-Ahora mismo nada, ¿y tú?

-Yo leo Historias Extraordinarias de Edgar Alan Poe, porque ya he terminado con La Iliada de Homero y toda la bibliografía de Kant. Además, no sé si te pasará a tí, pero no puedo concentrarme en la lectura si no escucho a Tchaikovsky de fondo.

-Hasta luego...


Algunos eran normalillos y otros paranoicos perdidos.

Y fíjate que me encontré a individuo de esta última categoría (y de las otras también, que conste) aquella misma noche, ¡qué casualidad!

(Soy gafe, por si alguien lo dudaba).

Total, se me presenta. Hablamos, muy majo, me pregunta cosas, le pregunto cosas, en algunas respuestas me tomo la libertad de darlas muy... generalizadas, por qué no decirlo. No suelo confiar en los desconocidos.

Y menos mal.

Me preguntó si tenía messenger y al final acabé dándoselo. No sólo me agrega a su cuenta sino que lo hace con todas las que tiene.

No entendí por qué, pero bueno, lo dejé pasar.

Me suelta de sopetón que tiene 40 años (sí, ya sé que se supone que este post va de viejos y tener cuarenta tacos no es ser viejo, pero éste sí que me pareció que lo era, al menos, por dentro. Y mucho).

A mí en un principio me dio igual, así que seguimos hablando como si nada.

Os escribo parte de la conversación:


- Pues me he tenido que tomar las uvas solo porque lo he dejado con mi novia, mi mujer me abandonó hace ocho años y lo estoy pasando fatal.

-¿Y eso? ¿Cómo es que te dejó tu novia?

-Pues es que la presión social ya era demasiado.

-¿Presión social? ¿Por qué dices eso?

-Porque sí. Teníamos que estar escondiéndonos de sus padres, de la gente, siempre a escondidas, en mi casa...

-Ella... era menor, ¿o qué?

-¿Pero tú de qué vas? Que yo no hice nada ilegal, ¿eh?

-Vale, vale. Perdona. ¿Entonces?

-Lo que pasa es que ella era bastante más joven que yo y... nada.

-Joer, pues lo siento.

-Ya.


Seguimos hablando durante unos minutos. Yo estaba tan a gusto cuando de repente suelta:


-Quiero que me contestes a una pregunta sinceramente.

-Claro, dispara.

-¿Tú estarías dispuesta a tener sexo con un hombre de mi edad?

(Yo, siempre suelo ser sincera y ésta vez no iba a ser una excepción)

-Pues la verdad es que no. A menos que se pareciera a Brad Pitt...

-¿Quéééé? ¿Pero cómo puedes decirme eso?

Bueno, bueno. En la hora que dije aquello. La conversación fue cada vez tornando a peor. Yo intentaba solucionarlo y él lo complicaba cada vez más. Iba saltando de una cuenta a otra, acusándome de discriminarle por edad, diciéndome que se había sentido humillado con mi respuesta, que se había sentido como alguien "asexual", es decir, alguien inservible para practicar sexo, que él no se quejaba de mí por tener menos años, que yo no podía rechazar a alguien así como así, sin haberle visto siquiera, que no estaba dispuesto a permitirlo...

Pues hombre, habiendo chavales de mi edad (o un poco más mayores, pero sólo un poco más) que me gusten o que me lo hagan pasar bien, no voy a ir buscando nada que no se me ha perdido haciendo saltos generacionales. Y menos si él podría ser mi padre.

No niego que no me pudiera enamorar de un hombre mucho mayor que yo, pero así de pronto, me sueltan de sopetón una pregunta así y contesto que no. Porque vosotros, ¿qué hubiérais respondido?

Llegó un momento en que le eché en cara que él sólo había contactado conmigo porque quería que hubiera rollo entre él y yo.

Él se defendía declarando que sólo quería mi amistad desde un principio, pero que yo se lo estaba poniendo difícil, que era mala persona, que no se encontraba nunca buena gente por internet...

Al final, cuando creí que se desconectaba del todo y que me dejaría en paz, abre sesión en su enésima cuenta y me dice:


-¿Sabes lo que me pide el cuerpo ahora? Denunciarte por discriminación por edad.

-¿Qué? ¿Estás mal o qué?

-Y cuidadito que no es el primer juicio que gano por estas cosas.

-Estás enfermo...

-Ojo con los insultos que me tienes hasta los cojones, ¿eh? Voy a localizar tu IP, hacer que investiguen a tus padres y les denunciaré, porque seguro que les falta alguna letra por pagar. Ya está: fraude a hacienda. Os vais a cagar.

-Oye, que mis padres son más honrados que tú, que no sabes una mierda sobre mí ni mi familia, cállate.


Luego le dejé sin admisión.



Seguiremos con otros dos casos de acoso en el siguiente post, que ya es tarde y me han ocupado bastante estos. Ya tenéis para rato. Seguro que estaréis pensando: "Ésto sólo le puede pasar a ésta tía".
Y tenéis razón.

Y a las mujeres (sobre todo jóvenes) que leáis este post, ya quedáis advertidas: cuidado con los viejos verdes. Están al acecho, aparecen de la nada, pueden ser agresivos, molestos, cara duras, pero, sobre todo, dan asco. Mucho asco.

 
Una noche de juerga (de las mías, surrealista [Pt. II])
Comenzaré el primer día del año (ya que no he salido en Nochevieja) contándoos cómo resultó ser una noche que se suponía sería un fiestorro y que pasó a convertirse en una más que surrealista velada repleta de rallamientos.

Llegué la primera cuando era la que más camino tuvo que recorrerse para plantarse en la casa de mi amiga Trify (que es de Cabo Verde, creo).
Nos saludamos y fuimos a comprar las bebidas, la comida y los hielos. Se gastó cerca de ochenta euros en los víveres que se irían consumiendo a lo largo de la noche: dos botellas de champán, Coca-Cola, Fanta, J&B, Martini...

A los pocos minutos aparecieron unas amigas suyas. Una era de padre chino y madre filipina, menudita y con una preciosa melena azabache.
Otra era de centro América, mulata y guapa, tocaya mía.
Una tercera con cara de no haber roto un plato, no sé de donde, tímida. La más simpática de todas.

Estuvimos hablando un poco, ayudando a la anfitriona a colocar las cosas, ultimando detalles...
Una hora después, empezaron a poner música tipo reggaetón y bachata (no lo aguanto aunque lo prefiero al bakalao) mientras bailaban al ritmo de la música. Conseguí que me enseñaran un par de pasos.
Nos vestimos, nos maquillamos y esperamos a que los demás comenzaran a venir.
Yo me puse un vestido negro con pedrería azul en el pecho, con muchos tirantitos cruzados en la espalda, bastante discreto, con unas medias negras y unas botas de "chúpame-la-punta" de color negro.
Me maquillé con sombra de ojos azul, mucha raya negra y me puse los labios color rosa fucsia... lista para arrasar xD.

Primero acudieron unos personajillos (ocho o diez pibes) a los que no hice mucho caso ni ellos a mí tampoco. Estaban apartados en un rincón mientras bebían y hacían de las suyas.
Luego comenzaron a intentar ligar con las que tenían novio.

Más tarde se encendieron un porro.
Luego otro.
Resultó que, en una fiesta de quince personas yo era la única que no fumaba nada.

Bebí poco: un martini con limón en toda la noche y no me apeteció seguir.
Comencé a aburrirme, cuando mi amiga me dijo que se iba a la calle a buscar a "mi negro". Yo la miré con complicidad y bajamos al frío helador de Navidad.

Y allí estaba, tal y como me prometió: rapero, alto, musculoso y... guapísimo.
No tardé en agradecérselo a mi amiga, que lo había hecho venir especialmente por mí y, en cuanto entramos por la puerta, no descansé hasta hacer saber a todo el mundo que ese hombrecillo era de mi agrado. Quería saber si tenía novia y si yo también era del suyo, y mis amigas comenzaron a hacele preguntas para averiguarlo.

"Oye, tienes una admiradora en la fiesta" Le decían continuamente.

Él preguntaba y nunca obtenía respuesta hasta que le dijeron que se llamaba Khia (pese a que les había dicho que se callaran, se lo confesaron y eso que tenía mucha verguenza como para lanzarme o hablar con él).
Con lo que, teníamos un problema porque había dos Khias en la fiesta (la chica mulata y yo).
El primo del "hombre-negro-guapo" y él mismo nos rifaban cuan meros objetos de feria, pero ninguna de las dos lo sabíamos.

En el pasillo crucé un par de palabras con su primo. Era majo. Habló de ir al Bash (una discoteca de música negra), de quedar algún día todos juntos, me preguntaba cosas...

Cuando me quise informar con una de las asistentes a la fiesta por el hombrecillo aquel, me dijo que era rarísimo, que se había liado con ella y que para llegar hasta ello el chico había actuado de una forma poco menos que extraña.
Aquello no me gustó precisamente y ni siquiera sé con qué intenciones me lo dijo (si buenas, en plan de aviso o malas en plan: "no me quites a mi hombre, zorra").

Pasaron las horas. Me aburría un montón y no sabía qué hacer. ¿Me liaría con él? Estaba bueno, pero, ¿habría algo más? Se supone que en los rollos no se tiene que ver eso, sino que tan sólo importa el físico.
Pero, ¿me habría vuelto exigente hasta ese punto? ¿o es que acaso estaría cohibida por mis sentimientos hacia otro chico?

Estaba rallada y a la vez ansiosa por que la noche terminara bien, ya fuera por méritos propios o en brazos de alguno.
Y me empecé a acordar del último chico del que creí que iba a acordarme.

Al final, conseguí armarme de valor para ir a por un poco de bebida (sé que suena a chorrada, pero ese tío me llamaba mucho la atención y cuando uno lo consigue, me pongo nerviosa por temor a cagarla).

Él -Hola, chica, ¿qué pasa?, ¿qué haces?
Yo -Pues nada. Intentaba servirme un poco de algo pero ya no queda nada.
Él -Oye, ¿tú cómo te llamas?
Yo -Khia, ¿por?
Él -Y aquí hay dos Khias, ¿no?
Yo -Sí. La otra está por allí.
Él -Y tú, ¿cuántos años tienes?
Yo - 18, ¿y tú?
Él -¡Joder, 18! Qué bien. 18 es la mejor edad.
Yo -¿Por? ¿Cuántos años creías que tenía?
Él -Sí, es la edad perfecta.
Yo -¿Cuántos creías que tenía?
Él -Pues... 16
Yo -Pues no, tengo 18, ¿y tú?
Él -¿Cuántos crees que tengo?
Yo -A ver, a ver... ¿21?
Él -¿21? No, pero tengo los que tú quieras que tenga.
Yo -No, en serio. Dime la verdad.
Él -Los que digas tú.
Yo -Pero no seas así...
Él -Venga, intenta otra vez.
Yo -¿23?
Él -Si tú quieres que tenga esos, esos tengo.

...

La conversación no iba para ninguna parte y mi cerebro de tía ya estaba empezando a maquinar cosas como: "menudo flipado", "éste quién se cree que es", "le van a ir dando por culo" y la lista sigue.
Al final me enteré que tenía 26. No le excluí por este hecho, sino porque en vez de decírmelo directamente, se lo fue callando y a mí no me gustan las personas así. Porque si nada más conocerme me quiere ocultar cosas... aunque solo fuera un rollo, me importa.

Pero no sé si pensé todo esto como escusa para ponerme una barrera. Si me hubiera dicho la verdad desde el principio, seguramente habría obtenido lo que fue a buscar a la fiesta, pero como fue así de estúpido... no se si, para no liarme con semejante bombón de chocolate, pensé en todo esto o si estaba poniendo trabas por otra persona en quien estaba pensando.

Siguió un periodo en el que, cada vez que me lo cruzaba era para preguntarme por su "admiradora", si sabía algo de ella. Me encargué de decirle a mi amiga Trify que ya no me molaba y los motivos.
No creo que entendiera jamás mi razonamiento por qué ya que ni siquiera lo sabía yo. Ni aún lo sé aunque no le doy muchas vueltas.

Al final, pasé completamente de él y me tumbé en la cama con unas cuantas personas más. Apagaron la luz y cuando estaba a punto de dormirme, entra mi amiga (la anfitriona) y nos dice a la otra Khia y a mí que saliéramos fuera. Nos dijo que el bombón de chocolate quería conmigo y su primo con ella.

Ambas dijimos que no queríamos nada con ninguno, aunque he de reconocer que me hizo ilusión que me prefiriera a aquella chica.

Unas horas después, me había apoltronado en el sofá. Escuchaba música, me levantaba cuando ponían lo que ellos llamaban funky.
Las amigas de Trify flipaban que una blancuzca como yo se supiera todoas las canciones de Brandy y compañía.
Trify no flipaba porque me conoció en el Bash y berrée todas las canciones que ponían.

Me sentía en un mundo surrealista, rodeada de bakalas, bailando con chicas negras con novios blancos, una blanca que le gustaban los negros tanto como a mí y un par de tíos buenos que no tenían nada en el cerebro.

Entré a la habitación de mi amiga e interrumpí a una recién llegada llorosa que se estaba preparando una raya de cocaína con la visa.
Un tímido "ui, perdón" se escapó de entre mis labios mientras me miraba con cara de asesina en serie.

El humo de los porros me estaba afectando, pero poco así que comencé a investigar qué había por allí. Un chico solitario de los del grupo de bakalas (que se fueron casi todos menos dos o tres) estaba sentado en otro sofá al lado del mío. Recordaba su nombre porque se llamaba como mi ex, así que tuve suerte y comencé una conversación con él. Sólo era la una y media de la mañana y, a partir de este momento, las horas se me pasaron más bien rápido.
El chico era majo, pero algo pedante y sobre todo, muy rallado consigo mismo.
Una conversación era tal que así:

Yo -A ver Luismi, ¿pero por qué no te va bien con las chicas?

Él -Todas huyen. Todas menos tú. Tú has sabido tener un par de ovarios frente a la vida. Lo veo en tus ojos.

Yo -No hablemos de mí, ¿vale? Háblame de tí. ¿Por qué eres tan inseguro?

Él -Tienes razón, tía. Soy un mierda. Se me nota en seguida, lo demuestras tú que no me conoces y ya lo dices. Soy una puta mierda. Llevo una puta vida de mierda y odio a la gente cabrona. Se ve que te hicieron daño pero has sabido mantenerte ahí. Te mereces lo mejor.

Yo -Ni siquiera has intentado cambiar tu suerte, ¿verdad? Siempre te has resignado.

Él -Joder, tía. Flipo. No sólo me escuchas en vez de salir corriendo, sino que encima me comprendes, atiendes y me aconsejas. Lo sabes todo, tienes respuestas para todo. Me has pillado. Eres sabia consejera.¿Sabes? Ahora mismo te daría un morreo, pero me caes bien. Eres una tía de puta madre y te mereces lo mejor.

...

Seguimos hablando y manteniendo una conversación "inteligente" durante varias horas.
Hasta que la cocainómana volvió y se le llevó a bailar house por un rato. El hombrecillo tenía un curioso modo de bailar: parecía que le estaban dando ataques epilépticos.

Mientras me descojonaba, observaba a los de mi alrededor. Cada uno iba a su bola, sin importarle nada en absoluto.
Mi amiga estaba bastante pedo. Los demás habían desaparecido.

Pero cuál fue mi sorpresa cuando vi aparecer al "negraco-alto-guapísimo" y encima descamisado, con la tableta de chocolate negro al 80% enseñándome su verticalidad plana y sus abdominales tan bien marcaditos.

En ese momento aparté la vista a un lado.
Desee que la tierra me tragase.
Desee no desearle.
Desee pensar en otra cosa y quitarme aquella bendita imagen de la cabeza.

Y lo conseguí. Ufff.

La cocainómana dejó a mi recién nuevo y rallado amigo en paz y se cebó conmigo.

Bailamos. Descubrí que tenía veinticuatro años y un pedo de la ostia.

Ella -¿Y tú, cuántos años tienes?

Yo -18.

Ella -Ains, ¡qué jovencita! Yo 24

Yo - ...

Conseguí que me dejara en paz por un rato y se centró en poner cachondo al personal masculino de la fiesta.
Huían de ella como podían. Ella se caía y hacía el ridículo mientras yo pensaba: "qué desperdicio de mujer".

Al poco rato, potó. Me tocó a mí recogerla el pelo y casi me puso perdida de vómito. La muy gilipollas siguió bebiendo, fumando, riendo y bailando.

Unos cuantos vómitos más, ella se acercó a mí. Me pidió que siguiéramos bailando. Yo pasaba. Me dolían los pies un montón. Pero repentinamente bajó su culo hasta quedar sentada en el suelo con los codos apoyados en el sofá. Yo me encontraba tumbada en él, creyéndome la dueña y señora al haberlo colonizado hacía media hora y tapada con una manta.

Estaba tan normal, balanceándo los pies al ritmo de la música cuando noté unas manos recorriendo mi brazo derecho. La chica estaba muy pedo y no le di más importancia. Pero aquellas manos se deslizaban sospechosamente hacia mi cara y aquello ya no me hizo tanta gracia. Menos aún cuando fueron a parar a mi pecho. En seguida se las aparté y me dediqué a hacerlo durante un rato más. Puse mis manos como lo haría Tutankamon en su sarcófago mientras me reía pensando: "ésto sólo me podía pasar a mí".
Huí como pude y corrí a preguntarle a mi amiga Trify si aquella mujer era lesbiana. No me importaba que lo fuera, pero sólo quería saberlo. Ella me contenstó que tan sólo andaba muy pedo y punto. Yo no me asusté más que lo justo. Me lo tomé a guasa.

El final de la fiesta lo pasé en la cama, a punto de dormirme oyendo a un peruano contando historias de miedo de su país, oyendo cómo potaba la chica aquella, y más tarde, cómo ayudaban a recoger la casa (yo pasé, lo reconozco, para eso no soy buena amiga, soy vaga) y más tarde, cómo se despedían. Yo hice más tarde lo propio, me vestí y me fui.

Aquí acaba una fiesta rallante, algo cargante y sobre todo, muy cansina que me esperé que fuera otra cosa cuando no lo fue para nada. Fue rara.

Desde aquel momento comencé a plantear cosas que el verano pasado ni siquiera pensé que se podrían llegar a plantear.
Hubo crisis en mi cerebro, desglose de personalidades. Una parte de mí decía: "¿Cómo coño no te has liado con ese tío tan guapo? A la mierda lo que él tuviera dentro de la cabeza" pero otra parte de mí decía: "Has hecho bien. Tienes a un macho ibérico español esperándote".