Hoja nº 127
TRES BREVES NOTAS PARA LA HISTORIA DEL MUNDO
Tal y como figuran en los diarios gastronómicos del bachiller Alonso.
2 de abril de 1996
Tortas de aceite y Lázaro Carrete ( coincidencias)
El Domingo de Resurrección de la Semana Santa del año pasado, estuve en Castilleja de la Cuesta. Mientras seguía la procesión de los “azules” (o los “rojos”, ya no lo recuerdo) el azar me llevó a la Calle Real, justo delante de la fábrica de tortas de aceite “Inés Rosales”.
Tuve la misma sensación que experimenté al ver en persona a Fernando Lázaro Carreter. Yo había estudiado desde niño en sus libros de Lengua Española y verlo – debió ser en 1972 ó 73, con motivo del estreno de “Los persas”, de Esquilo por el Aula “Juan del Enzina” de la Universidad de Salamanca -, me produjo una intensa sensación de irrealidad, de esa irrealidad de estar delante de alguien que, para mí, estaba fuera del mundo ordinario, que era mi maestro (sigue siéndolo), que sólo existía en la portada de los libros, libre de carne mortal y de miserias.
Ya sé que las experiencias no son comparables, pero el hecho de estar en la Calle Real, delante de la modesta fachada tras la que se elabora uno de mis dulces permanentes y fundacionales, me produjo sensaciones casi idénticas.
Hay una razón más profunda que vincula uno y otro hecho, que une a mi maestro de las letras con un dulce: yo leí mi primer libro a los cinco años (entonces era posible, ya no), a la vez que comía – costumbre que mantengo- tortas “Inés Rosales”.
El libro era “El capitán de la D’Jumna”, de Emilio Salgari
2 de mayo de 1996
In vino veritas
Estoy muy lejos de ser un dipsómano. Estoy, incluso, lejos de considerar que los dipsómanos son divertidos; pero no dejo de estar fascinado por lo que los bebedores dicen de ellos mismos y del objeto de su devoción. Pocos epígrafes en los diccionarios de citas o en las inesperadas páginas de alguna revista contienen tan alto grado de ingenio o humanidad que los que se refieren al vino.
Las hay a favor y en contra. Estas últimas son casi siempre melancólicas y proferidas por algún pobre diablo que confunde el placer de beber con la enfermedad de beber.
Nuestra cultura es griega y latina, se asienta sobre pámpanos de vid, sobre aceitunas y sobre pan. Nuestra cultura enseña (o debería enseñar en estos tiempos de deseducación) a comer y a beber bien, no sólo con moderación, sino con gracia.
Casi sin excepción, los detractores del vino (el vino como metonimia o metáfora de todas las demás bebidas espirituosas) son anglosajones o, por mejor decir, esos que en los EE.UU. se llaman WASP (white, anglo-saxon, protestant), miembros de la Liga de la Templanza y, a la vez, de la Asociación Nacional del Rifle.
En el sur sociológico, es decir, en el mundo donde no se bebe para emborracharse ni se come para engordar, podemos permitirnos decir como Marcial: Possum nil ego sobrius (No puedo hacer nada si estoy sobrio) con la conciencia de que nadie entenderá que quiere decir que hay que estar siempre borracho para hacer algo serio.
Un poco más lejos va Séneca (que era senequista, ya saben) cuando ante la tesitura de erigirse en juez moral, percibe la sutil diferencia entre el problema y sus síntomas: Non faciet ebrietas vitia, sed protrahit (La embriaguez no crea los vicios, no hace más que ponerlos en evidencia). Comparemos esa sentencia de Séneca con esta otra del escritor inglés Joseph Addison: El vino trueca la indiferencia en amor, el amor en celos y los celos en enajenación y locura, donde lo último (enajenación y locura) se hace consecuencia de lo primero (el vino). ¿No está más cerca de nosotros Séneca que Addison? Como mucho, en esta controversia entre el vino como causa o como excusa estoy dispuesto a admitir que el vino nos hace ser más atrevidos o nos presta una coartada para hablar de aquello que, sin él, no nos atrevemos a hacer o decir. Yo he usado ese truco al menos un par de veces.
La sentencia que encabeza estas líneas (Con el vino se dice la verdad), puede ser extraordinariamente ácida: después de un reconocimiento médico, un periodista preguntó a Frank Sinatra que cómo estaba, “Muy bien”, contestó, “aunque los médicos han encontrado algo de sangre en mi riego alcohólico” y, en la misma línea de alcohol y sangre, Sid Vicious, el bajista de Sex Pistols contestó a la pregunta de cuál era su grupo sanguíneo con un demoledor “J.&B. con hielo”, en referencia a Justerini y Brooks, esos benefactores de la Humanidad.
10 de noviembre de 1995
Geografía culinaria.
Durante mi infancia hubo dos o tres estupefacciones que me estuvieron persiguiendo sin que me atreviese a preguntar a nadie para salir de ese estado. Una de ellas era de índole matemática y es que no conseguía averiguar qué cantidad era un millón. Yo enfocaba el problema mediante este par de premisas:
medio millón = quinientas mil
un millón = ?
Debo decir, en honor a la verdad, que tardé cierto tiempo en descubrir cuál era la falacia de ese razonamiento.
La segunda versaba sobre teología y gastronomía. ¿Por qué – me preguntaba – los enemigos del alma son mundo, demonio y carne? ¿Por qué no el huevo o el pescado? La verdad es que mi estupefacción estaba bastante justificada ya que nadie nos contó nunca lo del mundo y la carne, y, naturalmente, asociábamos esa carne a la prohibición de los viernes y la Cuaresma y, ya de paso, a la bula que mi madre iba a comprarle al padre Conejo: juro que el párroco de la Puebla de Guzmán se llamaba así.
La tercera estupefacción me la provocaba una estación de ferrocarril. Cuando viajábamos desde Huelva a Guadalajara en aquellos trenes que invertían casi un día en el trayecto, nos parábamos en una estación cuyo letrero – yo buscaba siempre con la mirada los letreros de las estaciones – decía: Illán de Vacas-Cebolla.
Yo supuse siempre que había en Toledo un pueblo que llevaba ese nombre tan extraño e incomprensible para mí. Illán de Vacas-Cebolla.
Si surgía el tema en alguna conversación, lo ponía siempre como ejemplo de pueblos con nombre raro y se unía a Bollullos de la Mitación y a Rodrigatos de Obispalía, que eran mis otros favoritos.
Más tarde supe que el nombre de la estación correspondía, en realidad, a dos pueblos de la provincia de Toledo: Illán de Vacas y Cebolla, lo que, no sé por qué, me parecía menos raro.
Pasaron los años y los avatares del servicio militar me hicieron trabar amistad con Arturo, que vive en Talavera de la Reina. En alguna conversación surgiría el tema y seguramente le contaría mi pequeña anécdota, ya que esos pueblos no están demasiado lejos de Talavera. Arturo me contó entonces algo realmente curioso y es que Cebolla pertenece a un grupo de pueblos toledanos comestibles, al menos desde la ensalada al postre: Cebolla, Pepino, Ciruelos, Membrillo, Villamiel y, hasta si me apuran, Almendral de la Cañada, Mora, El Castañar, Ajofrín y Parrillas.
Me dicen que, a pesar de los nombres, ni en Cebolla, ni en Pepino hay huerta, que son pueblos de secano. No me extraña. Hasta es posible – la toponimia es una disciplina sorprendente – que la razón por la que esos pueblos se llamen así, no tenga que ver nada con el significado de los nombres actuales, sino que hayan surgido de algún capricho de la gramática histórica (Toro, en Zamora, proviene de Villagotorum, villa de los godos y León, de Legio Septima, séptima legión).
Estoy seguro que el resto de provincias españolas está lleno de pueblos con nombre gastronómico, pero hasta que no tenga un par de centurias libres, no iniciaré una investigación al respecto.
Tal y como figuran en los diarios gastronómicos del bachiller Alonso.
2 de abril de 1996
Tortas de aceite y Lázaro Carrete ( coincidencias)
El Domingo de Resurrección de la Semana Santa del año pasado, estuve en Castilleja de la Cuesta. Mientras seguía la procesión de los “azules” (o los “rojos”, ya no lo recuerdo) el azar me llevó a la Calle Real, justo delante de la fábrica de tortas de aceite “Inés Rosales”.
Tuve la misma sensación que experimenté al ver en persona a Fernando Lázaro Carreter. Yo había estudiado desde niño en sus libros de Lengua Española y verlo – debió ser en 1972 ó 73, con motivo del estreno de “Los persas”, de Esquilo por el Aula “Juan del Enzina” de la Universidad de Salamanca -, me produjo una intensa sensación de irrealidad, de esa irrealidad de estar delante de alguien que, para mí, estaba fuera del mundo ordinario, que era mi maestro (sigue siéndolo), que sólo existía en la portada de los libros, libre de carne mortal y de miserias.
Ya sé que las experiencias no son comparables, pero el hecho de estar en la Calle Real, delante de la modesta fachada tras la que se elabora uno de mis dulces permanentes y fundacionales, me produjo sensaciones casi idénticas.
Hay una razón más profunda que vincula uno y otro hecho, que une a mi maestro de las letras con un dulce: yo leí mi primer libro a los cinco años (entonces era posible, ya no), a la vez que comía – costumbre que mantengo- tortas “Inés Rosales”.
El libro era “El capitán de la D’Jumna”, de Emilio Salgari
2 de mayo de 1996
In vino veritas
Estoy muy lejos de ser un dipsómano. Estoy, incluso, lejos de considerar que los dipsómanos son divertidos; pero no dejo de estar fascinado por lo que los bebedores dicen de ellos mismos y del objeto de su devoción. Pocos epígrafes en los diccionarios de citas o en las inesperadas páginas de alguna revista contienen tan alto grado de ingenio o humanidad que los que se refieren al vino.
Las hay a favor y en contra. Estas últimas son casi siempre melancólicas y proferidas por algún pobre diablo que confunde el placer de beber con la enfermedad de beber.
Nuestra cultura es griega y latina, se asienta sobre pámpanos de vid, sobre aceitunas y sobre pan. Nuestra cultura enseña (o debería enseñar en estos tiempos de deseducación) a comer y a beber bien, no sólo con moderación, sino con gracia.
Casi sin excepción, los detractores del vino (el vino como metonimia o metáfora de todas las demás bebidas espirituosas) son anglosajones o, por mejor decir, esos que en los EE.UU. se llaman WASP (white, anglo-saxon, protestant), miembros de la Liga de la Templanza y, a la vez, de la Asociación Nacional del Rifle.
En el sur sociológico, es decir, en el mundo donde no se bebe para emborracharse ni se come para engordar, podemos permitirnos decir como Marcial: Possum nil ego sobrius (No puedo hacer nada si estoy sobrio) con la conciencia de que nadie entenderá que quiere decir que hay que estar siempre borracho para hacer algo serio.
Un poco más lejos va Séneca (que era senequista, ya saben) cuando ante la tesitura de erigirse en juez moral, percibe la sutil diferencia entre el problema y sus síntomas: Non faciet ebrietas vitia, sed protrahit (La embriaguez no crea los vicios, no hace más que ponerlos en evidencia). Comparemos esa sentencia de Séneca con esta otra del escritor inglés Joseph Addison: El vino trueca la indiferencia en amor, el amor en celos y los celos en enajenación y locura, donde lo último (enajenación y locura) se hace consecuencia de lo primero (el vino). ¿No está más cerca de nosotros Séneca que Addison? Como mucho, en esta controversia entre el vino como causa o como excusa estoy dispuesto a admitir que el vino nos hace ser más atrevidos o nos presta una coartada para hablar de aquello que, sin él, no nos atrevemos a hacer o decir. Yo he usado ese truco al menos un par de veces.
La sentencia que encabeza estas líneas (Con el vino se dice la verdad), puede ser extraordinariamente ácida: después de un reconocimiento médico, un periodista preguntó a Frank Sinatra que cómo estaba, “Muy bien”, contestó, “aunque los médicos han encontrado algo de sangre en mi riego alcohólico” y, en la misma línea de alcohol y sangre, Sid Vicious, el bajista de Sex Pistols contestó a la pregunta de cuál era su grupo sanguíneo con un demoledor “J.&B. con hielo”, en referencia a Justerini y Brooks, esos benefactores de la Humanidad.
10 de noviembre de 1995
Geografía culinaria.
Durante mi infancia hubo dos o tres estupefacciones que me estuvieron persiguiendo sin que me atreviese a preguntar a nadie para salir de ese estado. Una de ellas era de índole matemática y es que no conseguía averiguar qué cantidad era un millón. Yo enfocaba el problema mediante este par de premisas:
medio millón = quinientas mil
un millón = ?
Debo decir, en honor a la verdad, que tardé cierto tiempo en descubrir cuál era la falacia de ese razonamiento.
La segunda versaba sobre teología y gastronomía. ¿Por qué – me preguntaba – los enemigos del alma son mundo, demonio y carne? ¿Por qué no el huevo o el pescado? La verdad es que mi estupefacción estaba bastante justificada ya que nadie nos contó nunca lo del mundo y la carne, y, naturalmente, asociábamos esa carne a la prohibición de los viernes y la Cuaresma y, ya de paso, a la bula que mi madre iba a comprarle al padre Conejo: juro que el párroco de la Puebla de Guzmán se llamaba así.
La tercera estupefacción me la provocaba una estación de ferrocarril. Cuando viajábamos desde Huelva a Guadalajara en aquellos trenes que invertían casi un día en el trayecto, nos parábamos en una estación cuyo letrero – yo buscaba siempre con la mirada los letreros de las estaciones – decía: Illán de Vacas-Cebolla.
Yo supuse siempre que había en Toledo un pueblo que llevaba ese nombre tan extraño e incomprensible para mí. Illán de Vacas-Cebolla.
Si surgía el tema en alguna conversación, lo ponía siempre como ejemplo de pueblos con nombre raro y se unía a Bollullos de la Mitación y a Rodrigatos de Obispalía, que eran mis otros favoritos.
Más tarde supe que el nombre de la estación correspondía, en realidad, a dos pueblos de la provincia de Toledo: Illán de Vacas y Cebolla, lo que, no sé por qué, me parecía menos raro.
Pasaron los años y los avatares del servicio militar me hicieron trabar amistad con Arturo, que vive en Talavera de la Reina. En alguna conversación surgiría el tema y seguramente le contaría mi pequeña anécdota, ya que esos pueblos no están demasiado lejos de Talavera. Arturo me contó entonces algo realmente curioso y es que Cebolla pertenece a un grupo de pueblos toledanos comestibles, al menos desde la ensalada al postre: Cebolla, Pepino, Ciruelos, Membrillo, Villamiel y, hasta si me apuran, Almendral de la Cañada, Mora, El Castañar, Ajofrín y Parrillas.
Me dicen que, a pesar de los nombres, ni en Cebolla, ni en Pepino hay huerta, que son pueblos de secano. No me extraña. Hasta es posible – la toponimia es una disciplina sorprendente – que la razón por la que esos pueblos se llamen así, no tenga que ver nada con el significado de los nombres actuales, sino que hayan surgido de algún capricho de la gramática histórica (Toro, en Zamora, proviene de Villagotorum, villa de los godos y León, de Legio Septima, séptima legión).
Estoy seguro que el resto de provincias españolas está lleno de pueblos con nombre gastronómico, pero hasta que no tenga un par de centurias libres, no iniciaré una investigación al respecto.
Comentario:
Jo! Me los he vuelto a leer, porque son de aquellos textos (como la buena música) que cuanto más los lees, más te gustan. Son increíbles. Pata negra (por aquello de lo gastronómico), ya lo decía yo.
El buen comer y el buen beber son uno de los tres puntales de la Felicidad (según la entiendo yo). Los otros son el sexo y dormir. Uno puede vivir con esas tres cosas en plena Felicidad (así, con mayúsculas). La percepción de las artes son la aguja que, transversalmente, engarza los tres puntales para alcanzar la Divinidad. Así, con mayúsculas.
Oscuro, gracias por todo.
El buen comer y el buen beber son uno de los tres puntales de la Felicidad (según la entiendo yo). Los otros son el sexo y dormir. Uno puede vivir con esas tres cosas en plena Felicidad (así, con mayúsculas). La percepción de las artes son la aguja que, transversalmente, engarza los tres puntales para alcanzar la Divinidad. Así, con mayúsculas.
Oscuro, gracias por todo.
Comentario:
El mío fue "Hombre Rico, Hombre Pobre" de Irwin Shaw, también más o menos por esa edad... hay que joderse!
Es una lástima que eso ya no ocurra. Y mi mayor recuerdo, "La Isla del Tesoro" con unos 7 añitos. ¡Dios, cómo disfruté!
Es una lástima que eso ya no ocurra. Y mi mayor recuerdo, "La Isla del Tesoro" con unos 7 añitos. ¡Dios, cómo disfruté!
Comentario:
Por cierto, no recuerdo si fue exactamente el primero (pero por ahí por ahí): La mujer del pirata de Emilio Salgari. Jejejeje...
Comentario:
¡Ay, las tortas de aceite! ¡Qué cosa más rica! Sigo comprando las de Inés Rosales desde que con cinco añitos mi abuela sevillana me aficionó a ellas.
Y, estoy de acuerdo contigo, con esa edad ¡leíamos libros! Mi madre nos enseñó a todos a leer (y otras muchas cosas) en casa. Cuando mi hermana pequeña empezó a ir al colegio, la profesora regañó a mi madre ¡por estropearla el método! Pero si la 'peque' con seis añitos ya leía los periódicos...
Y, estoy de acuerdo contigo, con esa edad ¡leíamos libros! Mi madre nos enseñó a todos a leer (y otras muchas cosas) en casa. Cuando mi hermana pequeña empezó a ir al colegio, la profesora regañó a mi madre ¡por estropearla el método! Pero si la 'peque' con seis añitos ya leía los periódicos...





