Hoja nº 221
LOS AEROPUERTOS Y EL ESPÍRITU DE LA FRONTERA
El espíritu de la frontera es hediondo: huele a miedo, a recelo, a olvido de cosas, a timador, a prisa y a peligro.
Toda mi vida he odiado las fronteras.
Esta mañana he llevado a mi hijo al aeropuerto del Prat desde donde iniciaba su viaje a EE.UU y he vuelto a oler esas cosas del primer párrafo.
Le tengo más miedo a la aduana de San Francisco que a ningún otro avatar de su viaje.
En las fronteras se acumula lo peor de cada país y es, quizás, el punto de la Realidad donde es más evidente el hecho de que las leyes son in-humanas (escrito así). Los colores de la frontera son marrón y gris. Sucios.
No hay para mí mayor placer que cruzar las garitas vacías y ya destartaladas de las antiguas fronteras sin detener el coche y sin ver a los desharrapados policías que las custodiaban.
Sin embargo, tras los atentados islamistas del 11-S y el 11-M, los aeropuerts que eran cosmopolitas, modernos, estilosos, caros, tecnológicos... se han vuelto a disfrazar de cacheo y arbitrariedad, de marrón y gris, de guerra fría, de novela de John LeCarré.
No sabéis qué ira me produce eso...
El espíritu de la frontera es hediondo: huele a miedo, a recelo, a olvido de cosas, a timador, a prisa y a peligro.
Toda mi vida he odiado las fronteras.
Esta mañana he llevado a mi hijo al aeropuerto del Prat desde donde iniciaba su viaje a EE.UU y he vuelto a oler esas cosas del primer párrafo.
Le tengo más miedo a la aduana de San Francisco que a ningún otro avatar de su viaje.
En las fronteras se acumula lo peor de cada país y es, quizás, el punto de la Realidad donde es más evidente el hecho de que las leyes son in-humanas (escrito así). Los colores de la frontera son marrón y gris. Sucios.
No hay para mí mayor placer que cruzar las garitas vacías y ya destartaladas de las antiguas fronteras sin detener el coche y sin ver a los desharrapados policías que las custodiaban.
Sin embargo, tras los atentados islamistas del 11-S y el 11-M, los aeropuerts que eran cosmopolitas, modernos, estilosos, caros, tecnológicos... se han vuelto a disfrazar de cacheo y arbitrariedad, de marrón y gris, de guerra fría, de novela de John LeCarré.
No sabéis qué ira me produce eso...





