Hoja nº 250
Un nuevo experimento literario del Bachiller Alonso
Hoy: la pequeña literatura o literatura a lña manera de una redacción del bachillerato.
La columna de la última página de El Pais (así sin tilde) tipo evocación del pasado.
Misa
Los hombres, vestidos de negro, con camisa blanca y sin corbata, echan un pitillo a las puertas de la iglesia de San Antonio mientras, dentro, el cura se desgañita en el sermón.
Es el día del Carmen, la fiesta de los pescadores, pero ni ese día los hombres de la mar permanecen en los duros bancos de madera de la nueva iglesia mientras el cura lanza feroces admoniciones contra los peligros de la vida moderna
La Iglesia la levantaron hace poco con las aportaciones de los armadores y no pocos marineros de tripulación. Todavía se comenta quién dio y quién no dio.
Las mujeres con mantilla y olor a nardo y a Maderas de Oriente están muy quietas con las manos en el regazo. Solo los ojos se mueven como radares para detectar los movimientos en los bancos de los niños en pantalón corto y las niñas con falditas plisadas.
El sermón acaba, los hombres entran avisados por el ruido de la gente al arrodillarse para la consagración y empieza la parte interesante de la misa: la comunión. Después, solo es limpiar el cáliz y la patena y acabar con el "Ite, missa est".
La cola de la comunión recorre el pasillo central: primero los niños y las niñas con la mirada baja y actitud de no haber roto un plato, los mamones. Detrás van las mujeres de moño enhiesto, algo delante de las más ancianas.
Apenas dos o tres hombres entran en la fila. No deja de maravillar que ninguno de ellos haya confesado antes de la misa. ¿Serán tan puros? ¿Han aguantado toda una semana sin tener pensamientos impuros, sin mentir, sin robar, amando a Dios sobre todas las cosas?
Tras la comunión, con el armonio tocado por el sacristán emitiendo vagos retazos de música improvisada, todo se acelera.
Hay un runrún que no acaba hasta que el cura, vestido de verde y plata, se vuelve y los despide.
"¡Deo gratias!" responde la congregación y los niños salen como si fuera la hora del recreo.
Hay baile vermú.
Los marineros, en las tascas a las que van desde siempre, aprovechan y acaban con las cajas de cerveza El Águila porque esa misma noche, a las dos de la madrugada, vuelven a salir para la mar.
Las conversaciones giran sobre lo mal que va la pesca. Apenas comen en casa cuando vuelven a los chigres esperando, entre carajillos y copas de ponche masculino, que llegue la hora de la procesión.
La mayoría de ellos pesca una buena trompa antes de procesar.
Por eso son pescadores.
Hoy: la pequeña literatura o literatura a lña manera de una redacción del bachillerato.
La columna de la última página de El Pais (así sin tilde) tipo evocación del pasado.
Misa
Los hombres, vestidos de negro, con camisa blanca y sin corbata, echan un pitillo a las puertas de la iglesia de San Antonio mientras, dentro, el cura se desgañita en el sermón.
Es el día del Carmen, la fiesta de los pescadores, pero ni ese día los hombres de la mar permanecen en los duros bancos de madera de la nueva iglesia mientras el cura lanza feroces admoniciones contra los peligros de la vida moderna
La Iglesia la levantaron hace poco con las aportaciones de los armadores y no pocos marineros de tripulación. Todavía se comenta quién dio y quién no dio.
Las mujeres con mantilla y olor a nardo y a Maderas de Oriente están muy quietas con las manos en el regazo. Solo los ojos se mueven como radares para detectar los movimientos en los bancos de los niños en pantalón corto y las niñas con falditas plisadas.
El sermón acaba, los hombres entran avisados por el ruido de la gente al arrodillarse para la consagración y empieza la parte interesante de la misa: la comunión. Después, solo es limpiar el cáliz y la patena y acabar con el "Ite, missa est".
La cola de la comunión recorre el pasillo central: primero los niños y las niñas con la mirada baja y actitud de no haber roto un plato, los mamones. Detrás van las mujeres de moño enhiesto, algo delante de las más ancianas.
Apenas dos o tres hombres entran en la fila. No deja de maravillar que ninguno de ellos haya confesado antes de la misa. ¿Serán tan puros? ¿Han aguantado toda una semana sin tener pensamientos impuros, sin mentir, sin robar, amando a Dios sobre todas las cosas?
Tras la comunión, con el armonio tocado por el sacristán emitiendo vagos retazos de música improvisada, todo se acelera.
Hay un runrún que no acaba hasta que el cura, vestido de verde y plata, se vuelve y los despide.
"¡Deo gratias!" responde la congregación y los niños salen como si fuera la hora del recreo.
Hay baile vermú.
Los marineros, en las tascas a las que van desde siempre, aprovechan y acaban con las cajas de cerveza El Águila porque esa misma noche, a las dos de la madrugada, vuelven a salir para la mar.
Las conversaciones giran sobre lo mal que va la pesca. Apenas comen en casa cuando vuelven a los chigres esperando, entre carajillos y copas de ponche masculino, que llegue la hora de la procesión.
La mayoría de ellos pesca una buena trompa antes de procesar.
Por eso son pescadores.





