Hoja nº 251
MIGUEL TORRES AFINA EL SWING
Miguel Torres se mira en el espejo y se siente satisfecho de lo que ve: un impresionante tren superior, una mirada sabia y unas piernas relativamente cortas – sí – para la estatura, ni alta ni baja, que tiene.
Gira el torso para intentar verse la espalda y ese movimiento pone en marcha un complejo sistema de relaciones encadenadas: michelín aceptable, musculatura de los trapecios, tríceps alargados y poderosos, giro elástico, cuerpo perfecto para el golf.
Miguel Torres es un hombre que elabora teorías con cierta facilidad.
Miguel Torres tiene, aunque él no lo sabe, exactamente 26 teorías sobre aspectos diversos de la existencia humana, incluida una sobre los números de mal agüero.
Si usted le preguntara sobre deporte, Miguel Torres podría exponerle, por lo menos, dos teorías generalistas :
a) Deporte y opción sexual
b) Deporte de verdad vs. Juego
Si usted le pregunta, le dirá que el golf no es un verdadero deporte (lo que llamamos un deporte de verdad), sino un juego y, ya puesto, enlazará las teorías a) y b) y le dirá que es un juego más bien para hombres enclenques (ya me entiendes), jubilados o mujeres.
“…O, dicho de otra manera, si un tío pudiera jugar al rugby o al fútbol no se iba a meter en el golf…y si se mete será por algo.”
Miguel Torres siempre ha visto el golf como algo en lo que, de haber querido, habría destacado: no ha tocado un palo de golf en toda su vida –si exceptuamos una vez que su sobrino le derrotó en un mini-golf -, pero está seguro de que con unas cuantas clases y su físico perfecto para ese deporte (juego, en realidad), no puede tardar en destacar.
En ese momento concreto de su vida, a punto de salir de los 45 años, no tiene ni idea de lo que es un handicap, el grip y, mucho menos, lo que es chipear, pero confiado en su innata capacidad para asimilar los comentarios televisivos, decide, casi con displicencia, buscar un campo y empezar a tirar unas bolas.
Hay municipios en España que no poseen un campo de golf. Confiado en esa verdad incuestionable y para evitar pérdidas de tiempo, abre el navegador, teclea Google y, después, el nombre de su provincia y golf. Elige “páginas en español”, “Búsqueda en Google” y le aparecen 1.310.000 (de las que se muestran las diez primeras) referencias.
En un radio de 50 km hay 13 campos.
-¿Es usted médico? – pregunta la señorita que está detrás de un mostrador y delante de un expositor con bolas, guantes, gorras y zapatos.
- Esto…no. ¿Es obligatorio?
- No, señor. No es obligatorio…
- Entonces…
La señorita ratonea en el ordenador que no deja de mirar.
-Pero, socio no es…
-¿Socio? ¿Hay que ser socio? Yo sólo quería tirar unas bolas…
La señorita mastica chicle y continúa hechizada por la pantalla.
-¿Tiene usted hándicap?
-¿Quién? ¿Yo? No. Seguro que no.
-Ya.
La señorita mastica, ratonea y sonríe.-Usted lo que quiere son unas clases…
Miguel Torres, ya a la defensiva ante la idea de que un estúpido impedimento burocrático le impida formar parte, en un par de años, del equipo europeo de la Ryder Cup, traga saliva, piensa en el dinero que le va a costar (“Es un deporte de ricos…”) y asiente como despreocupado.
- Sí, eso. Un par de clases. O tres. Vaya…lo que haga falta.
La señorita teclea, mira la pantalla, enarbola un bolígrafo metálico y le dice:
-Tengo una hora para el martes a las siete y media…
-¿De la tarde?
La señorita sonríe, le mira, jajá, qué risa.
-Nooo…de la mañana. El martes 27.
-¿27? ¿No este martes?
La señorita vuelve a sonreír, jajá, apunta algo en un papelito y le dice:
-No olvide que si no tiene palos, se los podemos alquilar aquí.
La mañana es preciosa. El sol, a la izquierda, ilumina los verdes de los árboles, de las calles (“fairways” – piensa Miguel Torres), de la hierba alta (“el rough”), de los tees, de los green…Algunos pájaros cantan. “¡Qué campo más bonito…!”, piensa Miguel Torres mientras sigue la dirección que le han indicado para llegar al campo de prácticas…
7:23 Miguel Torres revisa por tercera vez la bolsa de los palos, el guante, los tees, la gorra Fitleist. A su lado hay un cubito de plástico azul con 200 pelotas.
7:24 Miguel Torres ignora si está bien visto fumar en un campo de golf y tiene el cigarrillo sin encender en su mano izquierda mientras trata de recordar el nombre de ese golfista americano que tiene bigote y fumaba…
7:29 Miguel Torres sigue sin recordar que el golfista se llama Sam Torrance.
7:31 “Esto es un escándalo. Ya son más de las siete y media y este tío no viene”
-¿Miguel?
MT se vuelve y se encuentra con un tipo bajito con un palo de golf en la mano y una gorra en la cabeza.
-¡Hola, soy Juan, el que te va a dar las clases…
-¡Ah, encantado!
-…¿has jugado alguna vez?
- No…supongo que unas partidas en el minigolf no se pueden considerar jugar…
Juan sonríe lo justo – hace nueve años que escuchó la broma por primera vez- y echa a andar.
Miguel Torres le sigue acarreando la bolsa de los palos que anda por los 14 kg de peso.
- Lo primero – dice Juan – es aprender a coger el palo. Lo que nosotros llamamos el grip. Mira es así…
Miguel Torres intenta esa manera tan anglosajona de agarrar y, después de pequeñas correcciones, logra un grip aceptable.
La primera media hora transcurre sin sobresaltos. Juan no deja que Miguel Torres golpee todavía la bola.
- Ahora fíjate en cómo lo hago yo…
Juan, el profesional, con un hierro 6 en las manos, hace un swing rápido sin esfuerzo aparente y manda la bola hacia unos cartelitos que indican la distancia. Aparentemente, ha hecho unas 160 yardas, porque, como es sabido, en el golf se mide por yardas.
-Ahora tú… Recuerda: las piernas abiertas…
- Sí, ya, ya…Lo tengo.
Profesionalmente, coloca la bola sobre la piececilla de plástico que llaman tee y se yergue mirando un horizonte 60 yardas más allá de donde está la bola de Juan.
-No hagas el swing completo…Por ahora, solo tienes que darle.
Miguel Torres tiene ahora una perfecta conjunción de cuerpo y mente: en su mente se ve a sí mismo en plano general corto. En cámara lenta, un infografo dibuja en amarillo la curva, airosa, que va a describir su palo, tanto en el movimiento de subida como de bajada. En realidad se trata solo de seguir esa línea amarilla a la vez que se proporciona el máximo impulso en el momento del encuentro con la bola.
Oye su propia respiración, pían los pájaros, el tiempo se detiene, sus músculos se cargan de energía potencial y, de repente, en menos de un segundo, esa energía se transforma en cinética.
El impacto es portentoso.
Miguel Torres ha acabado el swing en esa airosa postura con el palo detrás de su hombro izquierdo y la mirada en el límite del campo de prácticas.
Pasan dos segundos hasta que se da cuenta de que Juan, está en el suelo doliéndose de la cabeza y de que su bola rueda todavía a unas seis yardas de distancia de la cabeza de Juan.
Al volante de su coche Miguel Torres reflexiona sobre su primera jornada golfística.
En realidad, el problema es que le pegó demasiado fuerte a la bola. Si hubiera sido béisbol, habría sido un golpe cojonudo.
Béisbol. Aquí no juega ni dios al béisbol. Seguro que, con su pegada, aquí destacaría. ¡Quién sabe si incluso formar parte del equipo olímpico…!
Miguel Torres nunca se pone límites demasiado cercanos.
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Si a alguien le apetece leer la primera de las aventuras deportivas de Miguel Torres, puede seguir este enlace.
Miguel Torres se mira en el espejo y se siente satisfecho de lo que ve: un impresionante tren superior, una mirada sabia y unas piernas relativamente cortas – sí – para la estatura, ni alta ni baja, que tiene.
Gira el torso para intentar verse la espalda y ese movimiento pone en marcha un complejo sistema de relaciones encadenadas: michelín aceptable, musculatura de los trapecios, tríceps alargados y poderosos, giro elástico, cuerpo perfecto para el golf.
Miguel Torres es un hombre que elabora teorías con cierta facilidad.
Miguel Torres tiene, aunque él no lo sabe, exactamente 26 teorías sobre aspectos diversos de la existencia humana, incluida una sobre los números de mal agüero.
Si usted le preguntara sobre deporte, Miguel Torres podría exponerle, por lo menos, dos teorías generalistas :
a) Deporte y opción sexual
b) Deporte de verdad vs. Juego
Si usted le pregunta, le dirá que el golf no es un verdadero deporte (lo que llamamos un deporte de verdad), sino un juego y, ya puesto, enlazará las teorías a) y b) y le dirá que es un juego más bien para hombres enclenques (ya me entiendes), jubilados o mujeres.
“…O, dicho de otra manera, si un tío pudiera jugar al rugby o al fútbol no se iba a meter en el golf…y si se mete será por algo.”
Miguel Torres siempre ha visto el golf como algo en lo que, de haber querido, habría destacado: no ha tocado un palo de golf en toda su vida –si exceptuamos una vez que su sobrino le derrotó en un mini-golf -, pero está seguro de que con unas cuantas clases y su físico perfecto para ese deporte (juego, en realidad), no puede tardar en destacar.
En ese momento concreto de su vida, a punto de salir de los 45 años, no tiene ni idea de lo que es un handicap, el grip y, mucho menos, lo que es chipear, pero confiado en su innata capacidad para asimilar los comentarios televisivos, decide, casi con displicencia, buscar un campo y empezar a tirar unas bolas.
Hay municipios en España que no poseen un campo de golf. Confiado en esa verdad incuestionable y para evitar pérdidas de tiempo, abre el navegador, teclea Google y, después, el nombre de su provincia y golf. Elige “páginas en español”, “Búsqueda en Google” y le aparecen 1.310.000 (de las que se muestran las diez primeras) referencias.
En un radio de 50 km hay 13 campos.
-¿Es usted médico? – pregunta la señorita que está detrás de un mostrador y delante de un expositor con bolas, guantes, gorras y zapatos.
- Esto…no. ¿Es obligatorio?
- No, señor. No es obligatorio…
- Entonces…
La señorita ratonea en el ordenador que no deja de mirar.
-Pero, socio no es…
-¿Socio? ¿Hay que ser socio? Yo sólo quería tirar unas bolas…
La señorita mastica chicle y continúa hechizada por la pantalla.
-¿Tiene usted hándicap?
-¿Quién? ¿Yo? No. Seguro que no.
-Ya.
La señorita mastica, ratonea y sonríe.-Usted lo que quiere son unas clases…
Miguel Torres, ya a la defensiva ante la idea de que un estúpido impedimento burocrático le impida formar parte, en un par de años, del equipo europeo de la Ryder Cup, traga saliva, piensa en el dinero que le va a costar (“Es un deporte de ricos…”) y asiente como despreocupado.
- Sí, eso. Un par de clases. O tres. Vaya…lo que haga falta.
La señorita teclea, mira la pantalla, enarbola un bolígrafo metálico y le dice:
-Tengo una hora para el martes a las siete y media…
-¿De la tarde?
La señorita sonríe, le mira, jajá, qué risa.
-Nooo…de la mañana. El martes 27.
-¿27? ¿No este martes?
La señorita vuelve a sonreír, jajá, apunta algo en un papelito y le dice:
-No olvide que si no tiene palos, se los podemos alquilar aquí.
La mañana es preciosa. El sol, a la izquierda, ilumina los verdes de los árboles, de las calles (“fairways” – piensa Miguel Torres), de la hierba alta (“el rough”), de los tees, de los green…Algunos pájaros cantan. “¡Qué campo más bonito…!”, piensa Miguel Torres mientras sigue la dirección que le han indicado para llegar al campo de prácticas…
7:23 Miguel Torres revisa por tercera vez la bolsa de los palos, el guante, los tees, la gorra Fitleist. A su lado hay un cubito de plástico azul con 200 pelotas.
7:24 Miguel Torres ignora si está bien visto fumar en un campo de golf y tiene el cigarrillo sin encender en su mano izquierda mientras trata de recordar el nombre de ese golfista americano que tiene bigote y fumaba…
7:29 Miguel Torres sigue sin recordar que el golfista se llama Sam Torrance.
7:31 “Esto es un escándalo. Ya son más de las siete y media y este tío no viene”
-¿Miguel?
MT se vuelve y se encuentra con un tipo bajito con un palo de golf en la mano y una gorra en la cabeza.
-¡Hola, soy Juan, el que te va a dar las clases…
-¡Ah, encantado!
-…¿has jugado alguna vez?
- No…supongo que unas partidas en el minigolf no se pueden considerar jugar…
Juan sonríe lo justo – hace nueve años que escuchó la broma por primera vez- y echa a andar.
Miguel Torres le sigue acarreando la bolsa de los palos que anda por los 14 kg de peso.
- Lo primero – dice Juan – es aprender a coger el palo. Lo que nosotros llamamos el grip. Mira es así…
Miguel Torres intenta esa manera tan anglosajona de agarrar y, después de pequeñas correcciones, logra un grip aceptable.
La primera media hora transcurre sin sobresaltos. Juan no deja que Miguel Torres golpee todavía la bola.
- Ahora fíjate en cómo lo hago yo…
Juan, el profesional, con un hierro 6 en las manos, hace un swing rápido sin esfuerzo aparente y manda la bola hacia unos cartelitos que indican la distancia. Aparentemente, ha hecho unas 160 yardas, porque, como es sabido, en el golf se mide por yardas.
-Ahora tú… Recuerda: las piernas abiertas…
- Sí, ya, ya…Lo tengo.
Profesionalmente, coloca la bola sobre la piececilla de plástico que llaman tee y se yergue mirando un horizonte 60 yardas más allá de donde está la bola de Juan.
-No hagas el swing completo…Por ahora, solo tienes que darle.
Miguel Torres tiene ahora una perfecta conjunción de cuerpo y mente: en su mente se ve a sí mismo en plano general corto. En cámara lenta, un infografo dibuja en amarillo la curva, airosa, que va a describir su palo, tanto en el movimiento de subida como de bajada. En realidad se trata solo de seguir esa línea amarilla a la vez que se proporciona el máximo impulso en el momento del encuentro con la bola.
Oye su propia respiración, pían los pájaros, el tiempo se detiene, sus músculos se cargan de energía potencial y, de repente, en menos de un segundo, esa energía se transforma en cinética.
El impacto es portentoso.
Miguel Torres ha acabado el swing en esa airosa postura con el palo detrás de su hombro izquierdo y la mirada en el límite del campo de prácticas.
Pasan dos segundos hasta que se da cuenta de que Juan, está en el suelo doliéndose de la cabeza y de que su bola rueda todavía a unas seis yardas de distancia de la cabeza de Juan.
Al volante de su coche Miguel Torres reflexiona sobre su primera jornada golfística.
En realidad, el problema es que le pegó demasiado fuerte a la bola. Si hubiera sido béisbol, habría sido un golpe cojonudo.
Béisbol. Aquí no juega ni dios al béisbol. Seguro que, con su pegada, aquí destacaría. ¡Quién sabe si incluso formar parte del equipo olímpico…!
Miguel Torres nunca se pone límites demasiado cercanos.
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Si a alguien le apetece leer la primera de las aventuras deportivas de Miguel Torres, puede seguir este enlace.





