logotipo

img_google
Hojas para la Supresión de la Realidad
Destrucción de la realidad mediante la creación de otra más interesante.
Acerca de
Jesús Alonso Ruiz. Ateo y pescador de perlas. Nacido en Guadalajara (España)
Sindicación
 
Hoja nº 262
VIAJE A ITALIA / 1

Lo que viene a continuación es un diario personal del viaje a Italia con 56 alumnos y tres compañeros profesores. No menciono a los alumnos salvo de manera circunstancial y colectiva y a mis compañeros, lo justo: entiendo que su viaje es de ellos y que no tengo derecho a compartirlo con mis lectores.
En la próxima entrega aparecerá un enlace a una presentación que contendrá el texto y las fotos.

GÉNOVA

Domingo 28 de mayo. 21:50 de una noche calurosa.
El grupo se ha dividido buscando lugares donde den de comer a 60 bocas.
Como estaba harto de andar, he decidido meterme en un restaurante chino con muy mala pinta situado en una calleja con peor pinta aún. Pero, ya saben, me va la marcha.
Cuando se lo he propuesto a mis compañeros, con buen juicio, se han negado en redondo a acompañarme, así es que continúan su camino mientras yo me dirijo a esa entrada iluminada con una bombilla de 20 vatios o menos.
Llamarlo restaurante resultaría, sin duda, excesivo.
Una tele emite imágenes de un telediario chino: se ven ambulancias y el locutor se parece demasiado a Urdacci como para que sea casual. Sin saber por qué, lo interpreto como un signo de buen augurio.
20 metros cuadrados, seis mesas con manteles de hule y ni un caucásico a la vista. Los clientes tienen pinta de vivir a varias yardas en el interior del otro lado de la ley, pero no me arredro.
Un chino enorme y malencarado me arroja la carta que atrapo con elegancia: fui base.
Todo lo que se anuncia en ella me gusta, pero me inclino por una ensalada y unas verduras a la plancha ya que, en caso de duda, resulta difícil estropear cualquiera de los dos platos.
No hay servilletas, pero al chino colosal se le insinúa una sonrisilla cuando le pido Tsin Tao, una de mis cervezas favoritas. El único problema es que la botella que me trae contiene 66 cl (¡nada menos!) del líquido elaborado por la afamada cervecería fundada por alemanes en la ciudad china del mismo nombre.
Cuando al final de la comida le pido una copita de Mei Kwei Lu, el chino ciclópeo sonríe casi abiertamente.
Vuelvo al barco sin novedad.

VERONA

Tras un viaje cómodo, recorremos los doscientos y pico de quilómetros que separan Génova de Verona.
La visita obligada en esta ciudad es a la casa de Julieta. ¿Recuerdan? Los amantes de Verona: concretamente, la chica.
Es una sensación delirante la de visitar la auténtica casa falsa de un personaje literario que no ha existido nunca. O sea, como visitar el 221b de Baker Street o la casa de Caperucita Roja (¿A qué esperan en cualquier pueblo con bosque para montar un itinerario desde la casa de Caperucita a la de la abuela?).
La razón aducida por el avispado propietario del inmueble no puede ser más peregrina: la casa que se visita perteneció a una tal familia Capello y, como es notorio, de Capello a Capuleto no hay casi nada.
Comemos en un restaurante de la plaza de Ercole (Hércules después de suprimir las haches en italiano: orto, ospedale…).
Sin yo saberlo, pido una ensalada hercúlea con la que no puedo acabar a pesar de la ayuda de Gemma.
A las tres y media cogemos el autobús para irnos a Venecia.

VENECIA, OH, VENECIA

Venecia de noche
Venecia me recibe con el ceño fruncido: lloviendo y con frío a pesar de que minutos antes lucía un sol mediterráneo.
Dos horas antes hemos llegado a Lido de Jesolo y dejado las maletas en el hotel Metropol.
Tenemos prisa porque a las nueve tenemos una cena pagada en el restaurante De la Valiglia, en la calle Fabbri, ya saben, cerca de San Marcos.
Nunca he visto servir con más celeridad: en apenas veinte minutos no habían ventilado a los 60 comensales.
Cuando salimos, no obstante, ya es noche cerrada.
Nos hemos ido a pasear por la Venecia nocturna: se la nota cansada, harta de tanto trajín por sus calle, fondamente, ponti, sotoportegui, campi y el resto de denominaciones imposibles que tienen sus vías terrestres y sus espacios.
Pero está guapa. Más guapa que de día, como esas mujeres mundanas que nunca lucen más que cuando acaba la soirée en casa del embajador de Chile o de Turquía y se les ha corrido un poquito el rímel..
Hace frío, como siempre que vengo, pero Venecia me – nos – subyuga como si fuera la primera vez que la pisamos. Siempre somos vírgenes de Venecia.
Cogemos el último vaporetto y volvemos a Jesolo.
Los chicos están cansados y nosotros más. Ambos dormimos el sueño de los justos: sin agitaciones ni pesadillas.

Venecia de día
Hay tres causas para el hundimiento progresivo y fatal de Venecia: sus escaparatistas, los turistas y las palomas.
Aunque, pensándolo bien, todo se reduce a los turistas: si desapareciesen como por milagro, los escaparatistas tendrían que buscar nuevos lugares para extender el horror y el mal gusto y las palomas, sin el alimento que le proporciona su especie parasitada (el turista) tendrían que buscarse la vida como cualquier otro pájaro y ya sabemos lo dura que es la lucha por la supervivencia.
Entonces Venecia sería otra vez el refugio perfecto para artistas y demás pirados que son los que se la merecen.
No perdáis tiempo en señalarme los errores de mi argumentación. Los conozco, pero me puede el deseo.

LIDO DI JESOLO

Entre Salou y una competición de pesca se encuentra Lido di Jesolo.
Las calles están formadas por tiendas que ofrecen sus cebos a los viandantes. La competencia es feroz y eso me permite regatear (cosa que no sé hacer, pero el señor me lo puso a huevo) para comprarme un sombrero.
Los tenderos tienen el rictus agrio que produce la avidez de dinero.
No obstante, me permití entrar en una tienda de ropa a probarme chaquetas. La dependienta (sutilmente vigilada por el dueño) era ucraniana pasada por Alemania.
Marc y yo nos lo pasamos bien inventando razones para no comprar y como la chica no era la dueña, estuvo simpática.
A todo esto, la noche se cubría con un manto de oscuridad, como escribiría cualquier idiota que no supiese escribir.

BOLONIA

A todos nos suena Bolonia del atentado (que en realidad fueron tres: en 1974, 1980 y 1984) de la estación de ferrocarril. Lo que ya no nos sonaba es que fuera una ciudad tan preciosa: ciudad de calles con soportales, palacios, torres torcidas y casas color tierra de Siena.
Cuando enfilamos la Via de la Independenza tuve un déja vu: en Huelva hay una calle tan parecida que me parecieron la misma. La ilusión se disolvió porque en Bolonia no huelen las calles a gambas a la plancha.
Comemos en un restaurante estupendo nuestra primera comida decente del viaje.
Lo adelanto ya: todas las comidas, que teníamos previamente pagadas se compusieron de macarrones y pollo. Hemos acabado mismamente hasta ellos, sí.

A Bolonia hemos ido de rebote, ya que había un hueco de tiempo entre Lido y Florencia: Montse y Gemma han tenido la bendita ocurrencia de que fuéramos.
Al día siguiente partimos hacia Florencia. Los Uffici aguardan.
 
Comentario:
Me pareciò muy interesante su paseo y la manera en que la describe,sobre todo me llamò la atenciòn que conociò la casa de la familia Capulleto,(obra),no sabìa que ella existìa,bueno le saludo y espero me pueda escribìr alguna vez.
mary
 
Comentario:
Puffffffff, llevaba leídas no sé cuántas líneas y la compra del sombrero -recordemos, fin último del viaje a Italia- no terminaba de aparecer. Me tenía inquieto el asunto porque en alguna ocasión he viajado a Santander (ya, ya sé que no es lo mismo, ¡claro que no es lo mismo!) a comprar una boina y me preguntaba yo si la asociación viaje-tocado es susceptible de ser tratada como patología. Aunque claro, si no soy el único...
No