Hoja nº 88
HISTORIA VERÍDICA DEL DERVICHE GIRÓVAGO Y LA PELUQUERA
Hace ahora doce años fui testigo de unos acontecimientos de los que, por variadas circunstancias, no he podido hablar hasta hoy.
La piadosa muerte de dos de los personajes que protagonizaron este episodio ha venido a concederme licencia para, finalmente, poder contar al mundo esta historia. Esta es tal y como la rescata mi memoria, tal y como la embellece mi olvido.
Corría el mes de septiembre de 1993, cuando la Compañía Nacional de Derviches de Turquía llegó a la ciudad de X (aquí omito el nombre de la ciudad para evitar suspicacias) como uno más de los actos de índole cultural que configuraban el IV Festival de Tardor de Barcelona (¡Vaya, se me escapó!).
La compañía estaba formada por 12 derviches, un director, un funcionario de contrataciones y un Sheik.
Los derviches - como se sabe - son monjes sufíes quienes, a sí mismos, se dan el nombre de "gente de la Realidad” (ahlul-haqîqah), entre otros.
El día del estreno, Abu Hamid Al-Gazzali, uno de los doce derviches, salió a pasear por las Ramblas de la ciudad de X (omito, etc.),
A la altura de la calle de Y, se cruzó con una chica que trabajaba en Llongueras y que, en ese momento, había sido enviada a un recado por su jefe (incidentalmente, diremos aquí que el tal jefe, que era de G, tenía bastante mal carácter lo que hacía que sus subordinados le considerasen gilipollas).
En el momento de cruzarse, Abu Hamid, que era un hombre santo, tuvo un sobresalto: la peluquera de Llongueras era la personificación de la hurí con la que había estado soñando desde los once años.
El hecho lo conmovió de tal manera que, a despecho de su aspecto y de la ignorancia del idioma, se atrevió a dirigirse a la tal muchacha.
Comoquiera que sus esfuerzos para hacerse entender eran baldíos, el azar o la necesidad hicieron que yo presenciara esa escena y por mis conocimientos de árabe clásico, me ofreciera a ayudarlo a comunicarse con la tal muchacha ejerciendo de trujamán o intérprete.
La muchacha (cuyo nombre, como habrán notado, no he escrito) empezó a temerse lo peor al ver a aquel nativo (yo) intentar ayudar a un moro (Abu Hamid) vestido con un gorro muy raro.
Más tarde me confesaría que sospechó que le estábamos dando el timo del Derviche y el Intérprete, muy conocido en X donde se ha producido varias veces.
Omito ahora todo lo que aquel día pasó y los subsiguientes: baste saber que Abu Hamid dejó la compañía, abjuró de su fe y se quedó a vivir en X con la muchacha que, por cierto, siguió trabajando en Llongueras sin hacerle mucho caso a Abu Hamid.
El ya ex-derviche se puso a trabajar en la construcción y así estuvo durante años y años tratando de ganarse el favor de la muchacha: se apostaba en la esquina de la calle de la muchacha, le enviaba poemas sufíes, la invitaba a tomar el té...
La muchacha, por su parte, no le hacía el menor caso y acabó casándose con un portero de discoteca moreno y racista que se llamaba Alex (Alejandro, pero en más cosmopolita).
Cuando Abu Hamid se enteró de la boda fue presa de la desesperación: había abandonado su fe porque había confundido el mero deseo carnal con el amor, olvidando así todo lo que el propio sufismo le había enseñado.
Entonces, un día, la policía le pidió los papeles y Abu Hamid en un control rutinario en el Raval y, tras un corto proceso administrativo, acabó de nuevo en Turquía.
Hace escasos días llegó a mi conocimiento la noticia de que Abu Hamid había vuelto a X (omito aquí, etc) y había intentado ponerse en contacto con la muchacha. Alex lo pilló hablando con ella y le golpeó la cabeza con un taburete y a ella le arreó doce navajazos. Después, como haría cualquier hombre de bien, se tiró al metro.
Sirva esta historia como ejemplo de los peligros que se esconden detrás de eso que los cantautores y Bisbal llaman amor.
Hace ahora doce años fui testigo de unos acontecimientos de los que, por variadas circunstancias, no he podido hablar hasta hoy.
La piadosa muerte de dos de los personajes que protagonizaron este episodio ha venido a concederme licencia para, finalmente, poder contar al mundo esta historia. Esta es tal y como la rescata mi memoria, tal y como la embellece mi olvido.
Corría el mes de septiembre de 1993, cuando la Compañía Nacional de Derviches de Turquía llegó a la ciudad de X (aquí omito el nombre de la ciudad para evitar suspicacias) como uno más de los actos de índole cultural que configuraban el IV Festival de Tardor de Barcelona (¡Vaya, se me escapó!).
La compañía estaba formada por 12 derviches, un director, un funcionario de contrataciones y un Sheik.
Los derviches - como se sabe - son monjes sufíes quienes, a sí mismos, se dan el nombre de "gente de la Realidad” (ahlul-haqîqah), entre otros.
El día del estreno, Abu Hamid Al-Gazzali, uno de los doce derviches, salió a pasear por las Ramblas de la ciudad de X (omito, etc.),
A la altura de la calle de Y, se cruzó con una chica que trabajaba en Llongueras y que, en ese momento, había sido enviada a un recado por su jefe (incidentalmente, diremos aquí que el tal jefe, que era de G, tenía bastante mal carácter lo que hacía que sus subordinados le considerasen gilipollas).
En el momento de cruzarse, Abu Hamid, que era un hombre santo, tuvo un sobresalto: la peluquera de Llongueras era la personificación de la hurí con la que había estado soñando desde los once años.
El hecho lo conmovió de tal manera que, a despecho de su aspecto y de la ignorancia del idioma, se atrevió a dirigirse a la tal muchacha.
Comoquiera que sus esfuerzos para hacerse entender eran baldíos, el azar o la necesidad hicieron que yo presenciara esa escena y por mis conocimientos de árabe clásico, me ofreciera a ayudarlo a comunicarse con la tal muchacha ejerciendo de trujamán o intérprete.
La muchacha (cuyo nombre, como habrán notado, no he escrito) empezó a temerse lo peor al ver a aquel nativo (yo) intentar ayudar a un moro (Abu Hamid) vestido con un gorro muy raro.
Más tarde me confesaría que sospechó que le estábamos dando el timo del Derviche y el Intérprete, muy conocido en X donde se ha producido varias veces.
Omito ahora todo lo que aquel día pasó y los subsiguientes: baste saber que Abu Hamid dejó la compañía, abjuró de su fe y se quedó a vivir en X con la muchacha que, por cierto, siguió trabajando en Llongueras sin hacerle mucho caso a Abu Hamid.
El ya ex-derviche se puso a trabajar en la construcción y así estuvo durante años y años tratando de ganarse el favor de la muchacha: se apostaba en la esquina de la calle de la muchacha, le enviaba poemas sufíes, la invitaba a tomar el té...
La muchacha, por su parte, no le hacía el menor caso y acabó casándose con un portero de discoteca moreno y racista que se llamaba Alex (Alejandro, pero en más cosmopolita).
Cuando Abu Hamid se enteró de la boda fue presa de la desesperación: había abandonado su fe porque había confundido el mero deseo carnal con el amor, olvidando así todo lo que el propio sufismo le había enseñado.
Entonces, un día, la policía le pidió los papeles y Abu Hamid en un control rutinario en el Raval y, tras un corto proceso administrativo, acabó de nuevo en Turquía.
Hace escasos días llegó a mi conocimiento la noticia de que Abu Hamid había vuelto a X (omito aquí, etc) y había intentado ponerse en contacto con la muchacha. Alex lo pilló hablando con ella y le golpeó la cabeza con un taburete y a ella le arreó doce navajazos. Después, como haría cualquier hombre de bien, se tiró al metro.
Sirva esta historia como ejemplo de los peligros que se esconden detrás de eso que los cantautores y Bisbal llaman amor.
Comentario:
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Historia ejemplarizante como pocas...
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¿Cuando quedamos en la sombrerería, Rosario?
Comentario:
Donde puse "de el", evidentemente, puse un gazapo... así pues, léase "del"
Comentario:
Eso demuestra que "el amor cuando no muere, mata" y que el amor perjudica seriamente la salud.
El Gran Viajero, puedo regalarte cuantos sombreros virtuales quieras para que te los quites cuando gustes.
Por mi parte me quito la pamela cada vez que me paseo por las palabras de el Bachiller D. Jesús y no Luis como algunos se empeñan en llamarle (releñes, pardiez, recorcholis y puñetas).
El Gran Viajero, puedo regalarte cuantos sombreros virtuales quieras para que te los quites cuando gustes.
Por mi parte me quito la pamela cada vez que me paseo por las palabras de el Bachiller D. Jesús y no Luis como algunos se empeñan en llamarle (releñes, pardiez, recorcholis y puñetas).
Comentario:
Felicidades!!!!!!
El mejor "post" (como tú eres tan purista con el idioma... no sé cómo se dice post en español -inculto de mí) que he leído en tu bitácora (ésta sí la sé).
Este cuento es mejor que la mayoría que haya leído publicados por ahí de autores reconocidos, francamente....
El mejor "post" (como tú eres tan purista con el idioma... no sé cómo se dice post en español -inculto de mí) que he leído en tu bitácora (ésta sí la sé).
Este cuento es mejor que la mayoría que haya leído publicados por ahí de autores reconocidos, francamente....
Comentario:
No me quedan ya sombreros para quitarme.





