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Jaime no sabe de qué hablar
Cachitos de vida de un chico de 13 años. Se lee al revés. empezó el 27-1-05
Acerca de
Hola a todos. Jaime no es mi nombre, pero como si lo fuera. Escríbeme si ves que te pasan cosas parecidas a las mías.
Sindicación
 
Mi buró
Voy a ordenar mi buró. Es genial el buró. Y la palabra es mejor aún: buró. Es una de esas palabras (como blusa, en realidad, ahora me arrepiento de haberme metido con mi hermana) que ya casi nadie usa. Mis amigos dicen escritorio. Mi padre, buró. Pero es que mi padre tiene unas cosas… En fin, que viendo una peli antigua en la que salía Jimmy Stewart me enteré de que FBI son las siglas de Federal Boureau (buró) of Investigation, cosa que, si lo piensas, no tiene mucho sentido: Federal Escritorio de Investigaciones, sólo dios sabe porqué les llaman así a esos polis tan listos. Bueno pues mi buró era de Goyo, mi hermano, y cuando se fue de casa me dijo:
- Chaval, este buró tiene historia; una historia genial, pero inacabada. Lo bueno, para ti, es que eres tú quien tiene que acabar la historia. Así que… ¡tuyo es!
Y mío es desde entonces. Me lo regaló. Dice Montse que me lo dio por que no le cabía en su apartamento de la casa cuartel, pero lo dice por envidia. Sé que a ella le gustaba el buró de Goyo tanto como a mí. Mira, está lleno de sitios donde guardar cosas importantes, como papelitos. En este cajón, por ejemplo, están los ocho millones de cartas, aproximadamente, que he empezado a escribirle a Lola. El día que acabe una, y que reúna el valor suficiente para dársela, se va a enterar. Dice Miki que escribir cartas es de tarados. Que ya nadie escribe cartas. Que le mande mensajes (mensas, dice él) al móvil. Es lo que él hace. Manda poemas de esos que anuncian en la tele que cuestan 90 céntimos. Pero es que él tiene un móvil de contrato, no de tarjeta, como el mío, y su padre no le cotillea las llamadas, como el mío. Mi padre me da 10 pavos al mes para el móvil. Ahora bien, como yo no los gasto, porque desde hace semanas no sé dónde tengo el móvil, 10 pavos que tengo para cosas que realmente importan. Cuando me acuerde de alguna cosa de esas, la compraré. Iré con mi fajo de billetes de 10, en plan mafiosillo de película, y diré: me lo llevo.
 
1. ¿Nada? en común (1)
No tenemos nada en común. Nada. Me refiero a lo importante. Sí, vale, tenemos la misma edad, vivimos en el mismo pueblo, vamos al mismo instituto –la misma clase-, vamos juntos a natación… (vaya, pues unas cuantas cosas sí que tenemos en común). Pero creo que sabes lo que quiero decir. Ella es alta, más o menos delgadita, pijilla, tiene mogollón de hermanos, hermanas, primos, tíos y cosas así… luego lo de la ropa: viste de miedo, la nena, debe tirarse 4 o 5 horas todos los días para elegir la ropa. En eso la envidio. Primero, porque para dudar tanto hay que tener una buena cantidad de ropa. Y, además, eso significa que te importa la ropa que llevas. No como yo. Me pongo unos vaqueros, la camiseta que esté encima del montón, las zapas y ¡hala!, arreando.
Yo no soy alto. Ni ganas, de verdad. Ni especialmente delgado. Sólo tengo una hermana que hace como que me odia, y a mis primos hace como años que no los veo. Ni ganas. Luego está lo de ser simpático. Bueno, eso que en las películas americanas llaman popularidad. Ella es súper simpática, de verdad. Le cae bien a todo el mundo. Yo, ya sabes, no es que sea un tío vinagre, pero no soy tan popular. Se llama Lola, por cierto. Es la primera Lola que conozco que no es ni vieja, ni perro, ni gato.
Bueno, esto… es mi habitación. Debajo de ese montón de ropa sucia está mi cama. Ese enorme póster que está en la esquina, es de unos músicos viejísimos que le gustan a mi padre: Creedence Clearwater Revival, se llaman, vaya nombre. Miré en un diccionario y resulta que significa algo así como El Renacer De La Creencia En El Agua Clara, un nombre muy jipi, dice mi padre; un nombre muy cursi, digo yo. La música no es que te den ganas de vomitar, pero sí un poco de dolor de cabeza, si oyes más de cuatro canciones; es de esos grupos que hacen una canción buena y luego se copian a sí mismos todo el rato. Tengo el póster ahí puesto porque la foto es realmente bonita, con esos tipos que parecen leñadores con las guitarras colgando y esas letras tan retorcidas. Me refiero a las letras del poster, no a las letras de sus canciones, que ni idea. Es una foto oscura y un poco desenfocada y da la impresión de que ese día que estaban tocando había una tormenta de arena, del polvo que se ve. O eso, o que la gente no paraba de mover los pies.
El de la foto de al lado es mi hermano Goyo, con su novia, Lara; y el de un poco más allá, mi sobrinito, Jaime, se llama como yo. Mi hermano no llegó a conocerle, le mataron en un atentado, era guardia civil. Cuando Lara se va de viaje, nos deja a Jimy en casa y yo le cuento cosas de su padre. No veas cómo se ríe. Yo le meto trolas, por ejemplo que tiraba unos pedos larguísimos y él me mira con una cara de sorpresa tan bonita, que tengo que hacer un esfuerzo para no comérmelo a besos. Tiene cuatro años, pero es listísimo, de verdad, y cantidad de guapo. Como su madre, Lara, que también es una una chica guapa de verdad, pero un poco vieja, tiene unos 24 o 27 años.
Estoy aquí como un bobo mirando las paredes de mi cuarto porque mi padre me ha castigado sin salir. Es por tener así mi cuarto. Mi padre se pone nerviosísimo (“enfermo”, dice él, “me pone enfermo ver este cuarto así…”) cuando asoma la cabeza a mi habitación y ve que no está recogida. No es muy gruñón, hay padres peores por ahí, pero a veces, cuando se pone enfermo, se le va la pinza y me castiga. En fin.
¿Qué estará haciendo Lola? Seguro que está con sus amigas andando de un lado a otro del pueblo y yo aquí sin poder cruzarme con ella. Casi me sé todos sus caminos y cuando estoy en vena, me cruzo con ella seis o siete veces en una tarde. Es genial. Sería mejor si se me ocurriese algo gracioso que decirle. Incluso algo que, aunque no fuera gracioso, no fuera deprimente, tampoco. Nunca sé de qué hablar con las chicas. Me han dicho que a ella le encanta la música y que tiene las paredes de su habitación forrada de posters de cantantes. Pero es que yo, la música… no sé, no es que no me guste, pero ponerme a escuchar un disco me parece una pérdida de tiempo. Y ella debe pasarse horas. He intentado oír Los 40, la emisora que ella escucha, pero, chico, no aguanto a los locutores, ni los anuncios, ni –lo que es peor- la música que pinchan. Personalmente, encuentro que es ridículo escuchar a unos tíos que piensan que eres idiota. Pero claro, este es ese tipo de cosas de las que no puedo hablar con Lola.
Imagínatelo.
Bueno, a ver si recojo esto. La verdad es que es un desastre. Un día de estos, me lo voy a tomar en serio. Joé, si vieras el cuarto de Miki. Es una especie de museo, lo digo sin ganas de molestar. Está todo siempre limpio, recogido, ordenado… si mi padre viera que se puede tener un cuarto así, me echaba de casa. Pero lo gracioso es que Miki viene a mi cuarto y el tío hace todo lo posible para que no se le note que es un tío ordenado. Se adapta genial, es una especie de don que tiene. Cuando viene a casa, lo normal es que haya pasado primero por la lechería nueva y que haya comprado un kit-kat. Pues el tío, me da la mitad (eso hay que reconocerlo, lo comparte todo, yo me lo comería antes de subir a su casa), se deja caer a plomo en la montaña de ropa que cubre mi cama y, sin disimular, tira el envoltorio del kit-kat donde caiga. En la cama, en la mesa, en el suelo… como los camaleones, se adapta al terreno que pisa.
Voy a empezar por la ropa. Es lo peor, y lo mejor es quitarse lo peor al principio para que al final te quede lo mejor. Si supiera cómo se sube el estor, que es precioso, entraría algo más de luz y me costaría menos distinguir la ropa limpia de la sucia. Antes era más fácil. La ropa limpia estaba planchada. Pero Sigurny ya no plancha mi ropa. Es la pera, Sigurny. Es ecuatoriana y viene, según mi padre, a echarle una mano con la plancha. La verdad es que yo solo he visto coger la plancha a mi padre el día que la compramos en el Carrefour. O sea que, de echarle una mano, nada, viene a planchar y a hacer otras cosas que parece que le dan algo así como alergia a mi padre: limpiar los baños, los quemadores de la cocina, los cristales y eso. Bueno pues Sigurny dice que ella no va a matarse planchando para que luego yo no guarde la ropa y la deje encima de la cama una semana. O dos. O las que sean. Y yo digo: ¿y a ella qué más le da? Yo no digo que no tenga razón, pero tampoco se mata. Y mi hermana, Montse, dice que plancha fatal, que le hace raya en las mangas de las blusas. Yo, cuando Montse me dice esas cosas, sonrío un poquito, como si estuviese de acuerdo, pero la verdad es que la mitad de las veces no sé de qué me habla. ¿Raya en las blusas? ¿Blusa? ¿Quién usa ese tipo de palabras ahora? Y, admitiendo que esa palabra sirva para algo en el siglo XXI, ¿qué más dará que lleven raya o no?
Casi que voy a dejar lo de la ropa para luego. No veas lo que me deprime.