Mi gran amor (V. censurada)
Me he despertado a las 14:24 de una cama sudada, con un pijama pegado al cuerpo, y el pelo a lo Son Goku. He decidido que no tenía ganas de nada. Pero de nada, nada, nada, nada. No tenía ganas de levantarme, ni de quedarme en la cama. Conocéis esa sensación, ¿verdad? Es la sensación de un domingo cualquiera.
Cuando quieres morir, pero esperas seguir viviendo, cuando quieres llorar, pero tienes ganas de reírte, cuando no puedes ni caminar, pero te encantaría salir corriendo... eso es un domingo. Si estás con amigos, te lo pasarás de puta madre. Si estás sol@... odiarás la vida. Eso es un domingo. Lo que pasa es que no tendrás ganas de salir... el ser humano tiende al masoquismo.
Llega un momento en el que me canso de estar con el cuerpo en posición horizontal, y, haciendo el mayor esfuerzo de mi vida, levanto la sábana, la manta, el edredón, mi pereza, y me siento. Me rasco los ojos, me quito las legañas, y enciendo el ordenador. Es algo involuntario, el silencio es algo que ya sobra en mi habitación... y una noche sin el ventilador de mi maquinucho ronroneando, es como una noche sin luna. Pongo la contraseña de mi sesión, y entro en mi mundo. Por mucho que parezca un friki informático, no es así: mi maquinucho es, para mí, algo más que una caja llena de cables, algo más que un circuito de bytes y bits, y lo que sea, es algo más que una máquina. Mi maquinucho no es una máquina, es mi diario, mi televisión, mi periódico, mi sala de ocio, mi conversación con el mundo... es mi fuente de arte (por muy pirateado que esté, sigue siendo arte... lo siento, pero soy pobre).
Y en este momento, cuando todos estáis diciendo vaya tío más loco, llego al punto clave: el arte, bueno, mi arte. Ésa es la tesis de este texto.
Me levanto, justo cuando mi maquinucho se apaga, como siempre, por su propia voluntad, y bajo a comer. Llego al salón. Mi abuelo está durmiendo en un sillón-hamaca, mi tía, con sus dos hijas intentando armar un puzzle, tumbada en sus sueños en el sofá. Mi abuela quitando la mesa, mi prima Alba mirándose al espejo mientras baila y canta una de sus canciones (porque mi pobre corazón no sabe estar sin ti, porque te fuiste, y ahora me he quedado bebiendo un vaso de leche, y cosas que mi pobre corazón no deja de llorar… que no tiene sentido, ya lo sé) en la cocina. Mi abuela, en su machismo redomado, me saca el plato de comida y los cubiertos. Yo, en mi pasivismo indiferente, no me quejo. Enciendo la tele, y lo pongo en el canal MGM (Metro Goldwin Mayer)…
Y, de repente, no me importa nada. Se me cae el cuchillo encima de unas cuantas migas y trozos de comida en el suelo, seguramente pisados e, incluso, salidos de la boca de mi abuelo, se mancha, y me da igual. Me da igual que la comida esté helada, me da igual que sea domingo, me da igual la capa de ozono, los niños muriendo de hambre, me da igual la mujer maltratada, me la suda que mi vida no llegue a ninguna parte nunca y que yo sea un gordo repugnante…
¿Por qué? Porque estoy presenciando mi arte, mi amor. Una película. EL CINE. Una pena que no tenga dinero, suerte, enchufe para llegar a hacer nunca una película… aunque sé que lo intentaré.
Quizá algún día un niño de 16 o 17 años se olvide de sus problemas viendo un solo fragmento de una creación mía. Como le pasó a Mozart con la música, como le pasó a Picasso con los cuadros, como le ocurrió a Arguiñano con la comida.
Cuando quieres morir, pero esperas seguir viviendo, cuando quieres llorar, pero tienes ganas de reírte, cuando no puedes ni caminar, pero te encantaría salir corriendo... eso es un domingo. Si estás con amigos, te lo pasarás de puta madre. Si estás sol@... odiarás la vida. Eso es un domingo. Lo que pasa es que no tendrás ganas de salir... el ser humano tiende al masoquismo.
Llega un momento en el que me canso de estar con el cuerpo en posición horizontal, y, haciendo el mayor esfuerzo de mi vida, levanto la sábana, la manta, el edredón, mi pereza, y me siento. Me rasco los ojos, me quito las legañas, y enciendo el ordenador. Es algo involuntario, el silencio es algo que ya sobra en mi habitación... y una noche sin el ventilador de mi maquinucho ronroneando, es como una noche sin luna. Pongo la contraseña de mi sesión, y entro en mi mundo. Por mucho que parezca un friki informático, no es así: mi maquinucho es, para mí, algo más que una caja llena de cables, algo más que un circuito de bytes y bits, y lo que sea, es algo más que una máquina. Mi maquinucho no es una máquina, es mi diario, mi televisión, mi periódico, mi sala de ocio, mi conversación con el mundo... es mi fuente de arte (por muy pirateado que esté, sigue siendo arte... lo siento, pero soy pobre).
Y en este momento, cuando todos estáis diciendo vaya tío más loco, llego al punto clave: el arte, bueno, mi arte. Ésa es la tesis de este texto.
Me levanto, justo cuando mi maquinucho se apaga, como siempre, por su propia voluntad, y bajo a comer. Llego al salón. Mi abuelo está durmiendo en un sillón-hamaca, mi tía, con sus dos hijas intentando armar un puzzle, tumbada en sus sueños en el sofá. Mi abuela quitando la mesa, mi prima Alba mirándose al espejo mientras baila y canta una de sus canciones (porque mi pobre corazón no sabe estar sin ti, porque te fuiste, y ahora me he quedado bebiendo un vaso de leche, y cosas que mi pobre corazón no deja de llorar… que no tiene sentido, ya lo sé) en la cocina. Mi abuela, en su machismo redomado, me saca el plato de comida y los cubiertos. Yo, en mi pasivismo indiferente, no me quejo. Enciendo la tele, y lo pongo en el canal MGM (Metro Goldwin Mayer)…
Y, de repente, no me importa nada. Se me cae el cuchillo encima de unas cuantas migas y trozos de comida en el suelo, seguramente pisados e, incluso, salidos de la boca de mi abuelo, se mancha, y me da igual. Me da igual que la comida esté helada, me da igual que sea domingo, me da igual la capa de ozono, los niños muriendo de hambre, me da igual la mujer maltratada, me la suda que mi vida no llegue a ninguna parte nunca y que yo sea un gordo repugnante…
¿Por qué? Porque estoy presenciando mi arte, mi amor. Una película. EL CINE. Una pena que no tenga dinero, suerte, enchufe para llegar a hacer nunca una película… aunque sé que lo intentaré.
Quizá algún día un niño de 16 o 17 años se olvide de sus problemas viendo un solo fragmento de una creación mía. Como le pasó a Mozart con la música, como le pasó a Picasso con los cuadros, como le ocurrió a Arguiñano con la comida.
Conversación
Él llega a la playa con una maleta. Ella está sentada, con las manos apoyadas un poco detrás, haciendo un ángulo obtuso. Él empieza la conversación.
-Aquí estoy.
-Aquí estás.
-Pues sí.
-Desde luego.
-...
-...
-Bueno...
-...
-¿Entonces?
-¿Qué?
-...
-...¿Eh?
-Di algo.
-¿Qué quieres que diga?
-Pues nada.
-Pues eso.
-...
-...
-¡Pero di algo!
-¡¿Qué quieres que diga?!
-No sé.
-Pues ya está.
-Pero...
-Pero nada.
Ella siempre tiene la última palabra, así que se pone a mirar al cielo.
-O sea, que vengo, y lo único que haces es mirar al cielo y zanjar la discusión.
-¿Qué discusión?
-¿No estamos discutiendo?
-Yo creo que no.
-¿Ves?: ése es el problema, que nunca discutimos.
-¿Eso es un problema?
-¡Tú nunca crees que discutamos!
-¿Y?
-Que sí lo hacemos.
-Yo creo que no.
-Eso es lo que he dicho.
-Pues eso.
Cerrando de nuevo la conversación, le da una calada al cigarro. Él se irrita un poco más.
-Nunca debí romper ese billete.
-¿Has roto el billete?
-Sabiendo que él me alejaría de ti...
-Qué tonto.
-¡Pero lo he hecho porque no me quiero ir!
-Y ¿por qué no?
-¡Por ti!
-Qué bonito...
Lo mira y le sonríe. Ella está mirando al mar, él de pie, la mira a ella. Sus ojos lanzan destellos de rabia.
-Me voy.
-¿Por qué?
Él mira al mar. Cree que tiene una buena respuesta para esa pregunta.
-Porque no nos queremos.
-¿Por qué?
Eso sí que no lo esperaba... ella es siempre imprevisible... Pero le responderá, claro, como hace siempre (o lo intenta).
-¿Por qué no nos queremos? No sé, ¿qué respuesta hay para una pregunta tan estúpida? Creo que no nos queremos porque no estamos destinados a querernos, pero ya sabes que se me dan mejor las ciencias, así que supongo que no nos queremos porque nuestras personalidades no se complementan, porque nuestros gustos no son dos piezas de puzzle que encajen precisamente, porque nosotros no podemos aguantarnos...
-Yo sí te aguanto.
-Pues yo a ti no siempre.
-Joder.
-¿Qué?
-Que qué cabronazo.
-Sí, claro... a lo mejor no es culpa mía.
-¿Y de quién quieres que sea?
-Pues... ¿tuya?
-Eso no tiene sentido.
-Ah, ¿no?
-¿Cómo iba a tener sentido el hecho de que sea culpa mía que no me aguantes?
-Y ¿por qué no lo tiene?
-Pues porque cuando no aguantas algo, es culpa tuya.
A él le dan ganas de matarla. Ella se siente más viva que nunca.
-¿Podrías argumentar algo mejor?
-Pero ¿no te parece suficiente?
-Ni a mí, ni a millones de personas que conocen la falacia de petición de principio...
-Una pena.
-Ya ves.
-Sí, ya veo.
Él abre su maleta y mete la mano, en busca de algo.
-¿Dónde estará?
-¿El qué?
-Nada, una cosa...
-A ver si la has perdido, como siempre, que un día de estos te vas a dejar la cabeza en algún sitio...
-Qué original.
-Joder, qué borde.
Por fín, amarra algo con su mano, y lo saca. Es un sobre.
-Toma.
-¿Qué es?
-Ábrelo.
-Pero ¿qué es?
-Tú ábrelo.
-Dime qué es.
-¡Que lo abras, coño!
-¡Que no, que me digas qué es!
-Y dale...
-¿...pericos al torno?
-¿Qué dices?
-Yo qué sé, tío, puntazos...
-Ah.
-Eh.
-¿Qué?
-Joder, muchas ciencias, muchas falacias, pero luego no sabes decir "i, o, u" cuando es el momento adecuado.
-¿Qué?
-A ver, has dicho "ah", y yo he dicho "eh"...
-Vale.
-Ah.
-¿Qué?
-Vaya mierda de inteligencia, que luego no sirve pa na'...
Él alza las cejas, impresionado, porque, sinceramente, cada día lo impresiona más.
-Me voy.
-Otra vez.
-¿A qué te refieres?
-A que siempre te vas.
-Claro.
-Eres un cobarde.
-Vaya...
-Me tienes miedo.
Ella lo mira, desafiante. Él esquiva su mirada, más desafiante aún.
-Yo no te tengo miedo.
Ella no responde.
-¿Por qué iba a ternete miedo...?
Él se queda pensativo, mirando al mar. Hay una cosa muy clara: no se quedará en ese país mucho más tiempo... así que a disfrutar del Mediterráneo.
-Eh.
-¿Qué?
-Que por qué iba a tenerte miedo.
-Ah, que no era una pregunta retórica.
-A ver, si te he preguntado de nuevo, es porque en algún momento he decidido que quería saber la respuesta.
-Tío, no te rayes. Me tienes miedo, y ya está. Total, no eres el único...
-¿Quién más te tiene miedo?
-¿Además de ti?
-Sí.
-Mucha gente.
-Pues yo no te tengo miedo.
-¿Por qué te contradices?
-¿Me contradigo?
-Sí.
-Pues no.
-Sí.
-¿En qué momento ha habido alguna contradicción?
-En el momento en que me has preguntado que quién me tenía miedo además de ti, de cuya pregunta se puede suponer que me tienes miedo.
-¿Ves como eres inteligente?
-Y ¿a qué viene eso ahora?
-Porque has dicho muchas veces que no...
-Pero siempre es broma.
-Ah.
-No me entiendes.
-Puede.
-¿Entonces por qué estás aquí?
-Por ti.
-¿Por qué?
-Porque te quiero.
-...
-...
-Eso ha sido otra contradicción, porque antes has dicho que no nos queríamos.
-Supongo que, en una contradicción, lo que vale es lo último que se dice.
-En ese caso podrías decirme dentro de un momento que no me quieres, y eso es lo que vale... yo prefiero pensar que me quieres, por más que lo niegues...
-Pero no lo he negado...
-Sí.
-¿Lo he negado?
-Hace un momento.
-Pero después he rectificado, y eso es lo que cuenta...
-Y para mí contará que me quieres, aunque vuelvas a rectificar.
-¿Por qué?
-Porque sí.
-Si en esta vida todos fuéramos creyéndonos lo que quisiéramos, todo sería un desmierde.
-Esta vida es un desmierde aunque no creamos lo que queremos creer.
-Puede.
-Yo también te quiero a ti.
Y lo mira. Está llorando.
-¿Por qué lloras?
-Porque sí.
-¿Estás triste?
-Creo que no.
-¿Alegre?
-No lo sé.
-Y entonces ¿por qué lloras?
-Porque sí, ya te lo he dicho.
-¿Lloras porque me quieres?
-Puede que te quiera porque lloro.
-No tiene sentido.
-Yo creo que sí.
Él se encoge de hombros y mira al mar. Siempre le pone nervioso que lo miren. Y ella no aparta la mirada de su rostro.
-Voy a ver si me cogen el billete roto. El avión no sale hasta dentro de dos horas.
-Vale.
-Y ¿ya está?
-Ya sabes lo que dice Sting: si amas a alguien, déjale libre.
-Ya, joder, es como cuando una madre deja a sus polluelos libres para que empiecen a volar... si los deja demasiado libres, pueden estrellarse.
-Pero volverán a levantarse.
-Hay caídas mortales.
-Tú y tu realidad.
-¿Qué?
-Déjame soñar.
Y, sonriendo, empieza a llorar con más fuerza.
-¿Qué te pasa?
-No lo sé...
Él se levanta. Coge su maleta, y se dispone a irse. El sobre está en el regazo de ella.
-Ábrelo.
-¿Te vas?
-Sí.
-¿Por qué?
-Ya sabes lo que dice Sting.
-A mí me gusta mucho más lo que dices tú.
Él se da la vuelta, y la mira extrañado.
-¿Qué digo yo?
-Ya sabes: hay caídas mortales.
Él se acerca lentamente a ella, se sienta a su lado y la coge de la mano. Mientras, con la otra, rompe el sobre, la besa.
No se aguantan.
-Aquí estoy.
-Aquí estás.
-Pues sí.
-Desde luego.
-...
-...
-Bueno...
-...
-¿Entonces?
-¿Qué?
-...
-...¿Eh?
-Di algo.
-¿Qué quieres que diga?
-Pues nada.
-Pues eso.
-...
-...
-¡Pero di algo!
-¡¿Qué quieres que diga?!
-No sé.
-Pues ya está.
-Pero...
-Pero nada.
Ella siempre tiene la última palabra, así que se pone a mirar al cielo.
-O sea, que vengo, y lo único que haces es mirar al cielo y zanjar la discusión.
-¿Qué discusión?
-¿No estamos discutiendo?
-Yo creo que no.
-¿Ves?: ése es el problema, que nunca discutimos.
-¿Eso es un problema?
-¡Tú nunca crees que discutamos!
-¿Y?
-Que sí lo hacemos.
-Yo creo que no.
-Eso es lo que he dicho.
-Pues eso.
Cerrando de nuevo la conversación, le da una calada al cigarro. Él se irrita un poco más.
-Nunca debí romper ese billete.
-¿Has roto el billete?
-Sabiendo que él me alejaría de ti...
-Qué tonto.
-¡Pero lo he hecho porque no me quiero ir!
-Y ¿por qué no?
-¡Por ti!
-Qué bonito...
Lo mira y le sonríe. Ella está mirando al mar, él de pie, la mira a ella. Sus ojos lanzan destellos de rabia.
-Me voy.
-¿Por qué?
Él mira al mar. Cree que tiene una buena respuesta para esa pregunta.
-Porque no nos queremos.
-¿Por qué?
Eso sí que no lo esperaba... ella es siempre imprevisible... Pero le responderá, claro, como hace siempre (o lo intenta).
-¿Por qué no nos queremos? No sé, ¿qué respuesta hay para una pregunta tan estúpida? Creo que no nos queremos porque no estamos destinados a querernos, pero ya sabes que se me dan mejor las ciencias, así que supongo que no nos queremos porque nuestras personalidades no se complementan, porque nuestros gustos no son dos piezas de puzzle que encajen precisamente, porque nosotros no podemos aguantarnos...
-Yo sí te aguanto.
-Pues yo a ti no siempre.
-Joder.
-¿Qué?
-Que qué cabronazo.
-Sí, claro... a lo mejor no es culpa mía.
-¿Y de quién quieres que sea?
-Pues... ¿tuya?
-Eso no tiene sentido.
-Ah, ¿no?
-¿Cómo iba a tener sentido el hecho de que sea culpa mía que no me aguantes?
-Y ¿por qué no lo tiene?
-Pues porque cuando no aguantas algo, es culpa tuya.
A él le dan ganas de matarla. Ella se siente más viva que nunca.
-¿Podrías argumentar algo mejor?
-Pero ¿no te parece suficiente?
-Ni a mí, ni a millones de personas que conocen la falacia de petición de principio...
-Una pena.
-Ya ves.
-Sí, ya veo.
Él abre su maleta y mete la mano, en busca de algo.
-¿Dónde estará?
-¿El qué?
-Nada, una cosa...
-A ver si la has perdido, como siempre, que un día de estos te vas a dejar la cabeza en algún sitio...
-Qué original.
-Joder, qué borde.
Por fín, amarra algo con su mano, y lo saca. Es un sobre.
-Toma.
-¿Qué es?
-Ábrelo.
-Pero ¿qué es?
-Tú ábrelo.
-Dime qué es.
-¡Que lo abras, coño!
-¡Que no, que me digas qué es!
-Y dale...
-¿...pericos al torno?
-¿Qué dices?
-Yo qué sé, tío, puntazos...
-Ah.
-Eh.
-¿Qué?
-Joder, muchas ciencias, muchas falacias, pero luego no sabes decir "i, o, u" cuando es el momento adecuado.
-¿Qué?
-A ver, has dicho "ah", y yo he dicho "eh"...
-Vale.
-Ah.
-¿Qué?
-Vaya mierda de inteligencia, que luego no sirve pa na'...
Él alza las cejas, impresionado, porque, sinceramente, cada día lo impresiona más.
-Me voy.
-Otra vez.
-¿A qué te refieres?
-A que siempre te vas.
-Claro.
-Eres un cobarde.
-Vaya...
-Me tienes miedo.
Ella lo mira, desafiante. Él esquiva su mirada, más desafiante aún.
-Yo no te tengo miedo.
Ella no responde.
-¿Por qué iba a ternete miedo...?
Él se queda pensativo, mirando al mar. Hay una cosa muy clara: no se quedará en ese país mucho más tiempo... así que a disfrutar del Mediterráneo.
-Eh.
-¿Qué?
-Que por qué iba a tenerte miedo.
-Ah, que no era una pregunta retórica.
-A ver, si te he preguntado de nuevo, es porque en algún momento he decidido que quería saber la respuesta.
-Tío, no te rayes. Me tienes miedo, y ya está. Total, no eres el único...
-¿Quién más te tiene miedo?
-¿Además de ti?
-Sí.
-Mucha gente.
-Pues yo no te tengo miedo.
-¿Por qué te contradices?
-¿Me contradigo?
-Sí.
-Pues no.
-Sí.
-¿En qué momento ha habido alguna contradicción?
-En el momento en que me has preguntado que quién me tenía miedo además de ti, de cuya pregunta se puede suponer que me tienes miedo.
-¿Ves como eres inteligente?
-Y ¿a qué viene eso ahora?
-Porque has dicho muchas veces que no...
-Pero siempre es broma.
-Ah.
-No me entiendes.
-Puede.
-¿Entonces por qué estás aquí?
-Por ti.
-¿Por qué?
-Porque te quiero.
-...
-...
-Eso ha sido otra contradicción, porque antes has dicho que no nos queríamos.
-Supongo que, en una contradicción, lo que vale es lo último que se dice.
-En ese caso podrías decirme dentro de un momento que no me quieres, y eso es lo que vale... yo prefiero pensar que me quieres, por más que lo niegues...
-Pero no lo he negado...
-Sí.
-¿Lo he negado?
-Hace un momento.
-Pero después he rectificado, y eso es lo que cuenta...
-Y para mí contará que me quieres, aunque vuelvas a rectificar.
-¿Por qué?
-Porque sí.
-Si en esta vida todos fuéramos creyéndonos lo que quisiéramos, todo sería un desmierde.
-Esta vida es un desmierde aunque no creamos lo que queremos creer.
-Puede.
-Yo también te quiero a ti.
Y lo mira. Está llorando.
-¿Por qué lloras?
-Porque sí.
-¿Estás triste?
-Creo que no.
-¿Alegre?
-No lo sé.
-Y entonces ¿por qué lloras?
-Porque sí, ya te lo he dicho.
-¿Lloras porque me quieres?
-Puede que te quiera porque lloro.
-No tiene sentido.
-Yo creo que sí.
Él se encoge de hombros y mira al mar. Siempre le pone nervioso que lo miren. Y ella no aparta la mirada de su rostro.
-Voy a ver si me cogen el billete roto. El avión no sale hasta dentro de dos horas.
-Vale.
-Y ¿ya está?
-Ya sabes lo que dice Sting: si amas a alguien, déjale libre.
-Ya, joder, es como cuando una madre deja a sus polluelos libres para que empiecen a volar... si los deja demasiado libres, pueden estrellarse.
-Pero volverán a levantarse.
-Hay caídas mortales.
-Tú y tu realidad.
-¿Qué?
-Déjame soñar.
Y, sonriendo, empieza a llorar con más fuerza.
-¿Qué te pasa?
-No lo sé...
Él se levanta. Coge su maleta, y se dispone a irse. El sobre está en el regazo de ella.
-Ábrelo.
-¿Te vas?
-Sí.
-¿Por qué?
-Ya sabes lo que dice Sting.
-A mí me gusta mucho más lo que dices tú.
Él se da la vuelta, y la mira extrañado.
-¿Qué digo yo?
-Ya sabes: hay caídas mortales.
Él se acerca lentamente a ella, se sienta a su lado y la coge de la mano. Mientras, con la otra, rompe el sobre, la besa.
No se aguantan.
Hablemos
Ven, siéntate enfrente del ordenador, o al lado, o simplemente cerca (aunque hay más opciones, como no sentarte, pero el caso es que sigas leyendo).
Hablemos de las desgracias que acaecen y acaecieron (y, por supuesto, ya que el hombre es el único animal capaz de tropezar dos veces con la misma piedra, acaecerán) en el mundo.
Hablemos, por ejemplo, de la contaminación. Esa nube que crea mi mano, y la tuya, que mata a la Tierra cada año que pasa, que destroza el mundo que, se supone, deberían disfrutar nuestros hijos.
Hablemos de la Naturaleza, no refiriéndonos a los árboles y a los sapos, sino al curso que sigue el Tiempo, que, si bien es un contínuo círculo, avanza inevitablemente a la destrucción de lo que ahora conocemos (el Sol, la Tierra...)... claro que quedan millones de años para eso, pero, ¿no hacen millones de años desde los dinosáurios, y aquí está Hollywood haciendo películas sobre ellos?
Hablemos de los humanos, que somos la mayor y peor plaga (siendo estos dos términos muy buenos superlativos) del planeta, más allá de las langostas y todo eso...
Hablemos hoy de los Terribles Sótanos de la Humanidad (términos que merecen la mayúscula más grande), donde se guardan bombas que destrozarían hasta el mismísimo núcleo del planeta. Pero hablemos, también, por favor, de los Terribles Edificios de la Humanidad, causantes del famoso Chernobyl, y no habiendo sido este problema ratificado de una vez por todas (o de una puta vez, como me gusta decir, y expresión con la que me siento más a gusto) cuando todo el mundo ha sufrido consecuencias de aquel terrible accidente.
Pero hablemos además de cosas menos desastrosas (a simple vista), aunque más complejas: las típicas preguntas "¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿a dónde vamos?"...
Miles de filósofos piensan en las posibles respuestas (entrando en el término filósofo todo el mundo, pues todos sabemos, en realidad, que no sabemos) a estas preguntas, mientras yo, hoy, sábado noche, así, sin fiebre ni nada, hago una nueva propuesta: reemplacemos esas preguntas por otra, creo, mucho más útil: "¿qué estamos haciendo?".
Una modesta mente como la mía ha llegado a esta conclusión... mejórala tú.
Hablemos de las desgracias que acaecen y acaecieron (y, por supuesto, ya que el hombre es el único animal capaz de tropezar dos veces con la misma piedra, acaecerán) en el mundo.
Hablemos, por ejemplo, de la contaminación. Esa nube que crea mi mano, y la tuya, que mata a la Tierra cada año que pasa, que destroza el mundo que, se supone, deberían disfrutar nuestros hijos.
Hablemos de la Naturaleza, no refiriéndonos a los árboles y a los sapos, sino al curso que sigue el Tiempo, que, si bien es un contínuo círculo, avanza inevitablemente a la destrucción de lo que ahora conocemos (el Sol, la Tierra...)... claro que quedan millones de años para eso, pero, ¿no hacen millones de años desde los dinosáurios, y aquí está Hollywood haciendo películas sobre ellos?
Hablemos de los humanos, que somos la mayor y peor plaga (siendo estos dos términos muy buenos superlativos) del planeta, más allá de las langostas y todo eso...
Hablemos hoy de los Terribles Sótanos de la Humanidad (términos que merecen la mayúscula más grande), donde se guardan bombas que destrozarían hasta el mismísimo núcleo del planeta. Pero hablemos, también, por favor, de los Terribles Edificios de la Humanidad, causantes del famoso Chernobyl, y no habiendo sido este problema ratificado de una vez por todas (o de una puta vez, como me gusta decir, y expresión con la que me siento más a gusto) cuando todo el mundo ha sufrido consecuencias de aquel terrible accidente.
Pero hablemos además de cosas menos desastrosas (a simple vista), aunque más complejas: las típicas preguntas "¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿a dónde vamos?"...
Miles de filósofos piensan en las posibles respuestas (entrando en el término filósofo todo el mundo, pues todos sabemos, en realidad, que no sabemos) a estas preguntas, mientras yo, hoy, sábado noche, así, sin fiebre ni nada, hago una nueva propuesta: reemplacemos esas preguntas por otra, creo, mucho más útil: "¿qué estamos haciendo?".
Una modesta mente como la mía ha llegado a esta conclusión... mejórala tú.
Pues otro día más (¿optimismo?, no os acostumbréis)
18:25 del martes, 7 de febrero de 2006
Cómo pasa el tiempo... y sólo hace muchísimos millones de años desde el Big Bang, ¿no? Y, de repente, la humanidad, o parte de ella, se da cuenta de que nada tiene el valor que nosotros le damos...
Un niño se levanta hoy (un martes) y piensa: "tengo que ir al colegio, qué mierda" (sí, mierda, porque los niños saben tantos o más tacos como los adultos, y lo dice alguien que está todavía en el puente que hay entre esas etapas de la vida). Ese niño forma parte del grupo que no entiende esta vida. ¡Claro que es un niño!, pero puede que tampoco la entienda dentro de veinte años, cuando esté entrando en la madurez de su paso por este mundo.
Los que entendemos la vida (y no sólo la entendemos, sino que la amamos, la sentimos, la tocamos, la disfrutamos, la recordamos, en síntesis, la vivimos) nos encontramos con la compasión hacia ese niño. Porque, mientras él dice "tengo que ir al colegio, vaya mierda", nosotros decimos "he abierto los ojos, he sabido y entendido dónde, cuándo y cómo estoy, me he levantado, tras saber justo cómo debe apagarse la alarma del móvil, he bajado corriendo a la ducha, he podido gastar agua (aun cuando otros no pueden ni beberla), he desayunado sin pensar en si podré comer dentro de unas horas, he dado gracias a lo que sea por poder ir al instituto, el trabajo, la universidad, donde sea (o, por qué no, a ningún sitio), y he salido radiante de mi casa".
La vida cambia de color cuando nosotros la coloreamos con otra paleta... y podemos coger todos los días una diferente.
Vivamos, digo ahora y aquí, porque todos sabemos que vamos a morir. Más allá de cualquier problema (ante los cuáles todos nos preocupamos, y no, como dicen otros, nos ocupamos de ellos), atravesando cualquier hoyo, aunque sea por debajo de la superficie, sintiendo que estamos aquí, y que, a nuestro alrededor, el anciano sonríe a su mujer cuando ésta no le mira, la lluvia limpia muchas manchas cuando los más frioleros se quedan en sus casas, los problemas no hacen más que obligarnos a solucionarlos... Sabemos que estamos aquí y ahora, cuando el mundo se arrodilla ante la desgracia, y la guerra avanza (asesinando), y el hambre aún puede matar, y la locura existe (y no siempre es por amor), y cuando el llanto de muchas mujeres no moja los golpes de sus maridos...
Aun cuando podemos llorar, podemos sonreir, e, incluso, reir (que, aunque es más corta que la anterior, es una palabra mayor).
Y ese niño se acostará esta noche, y dirá "pues otro día más". Muchos de nosotros, nos taparemos con la manta, y diremos "por desgracia... es otro día menos".
Cómo pasa el tiempo... y sólo hace muchísimos millones de años desde el Big Bang, ¿no? Y, de repente, la humanidad, o parte de ella, se da cuenta de que nada tiene el valor que nosotros le damos...
Un niño se levanta hoy (un martes) y piensa: "tengo que ir al colegio, qué mierda" (sí, mierda, porque los niños saben tantos o más tacos como los adultos, y lo dice alguien que está todavía en el puente que hay entre esas etapas de la vida). Ese niño forma parte del grupo que no entiende esta vida. ¡Claro que es un niño!, pero puede que tampoco la entienda dentro de veinte años, cuando esté entrando en la madurez de su paso por este mundo.
Los que entendemos la vida (y no sólo la entendemos, sino que la amamos, la sentimos, la tocamos, la disfrutamos, la recordamos, en síntesis, la vivimos) nos encontramos con la compasión hacia ese niño. Porque, mientras él dice "tengo que ir al colegio, vaya mierda", nosotros decimos "he abierto los ojos, he sabido y entendido dónde, cuándo y cómo estoy, me he levantado, tras saber justo cómo debe apagarse la alarma del móvil, he bajado corriendo a la ducha, he podido gastar agua (aun cuando otros no pueden ni beberla), he desayunado sin pensar en si podré comer dentro de unas horas, he dado gracias a lo que sea por poder ir al instituto, el trabajo, la universidad, donde sea (o, por qué no, a ningún sitio), y he salido radiante de mi casa".
La vida cambia de color cuando nosotros la coloreamos con otra paleta... y podemos coger todos los días una diferente.
Vivamos, digo ahora y aquí, porque todos sabemos que vamos a morir. Más allá de cualquier problema (ante los cuáles todos nos preocupamos, y no, como dicen otros, nos ocupamos de ellos), atravesando cualquier hoyo, aunque sea por debajo de la superficie, sintiendo que estamos aquí, y que, a nuestro alrededor, el anciano sonríe a su mujer cuando ésta no le mira, la lluvia limpia muchas manchas cuando los más frioleros se quedan en sus casas, los problemas no hacen más que obligarnos a solucionarlos... Sabemos que estamos aquí y ahora, cuando el mundo se arrodilla ante la desgracia, y la guerra avanza (asesinando), y el hambre aún puede matar, y la locura existe (y no siempre es por amor), y cuando el llanto de muchas mujeres no moja los golpes de sus maridos...
Aun cuando podemos llorar, podemos sonreir, e, incluso, reir (que, aunque es más corta que la anterior, es una palabra mayor).
Y ese niño se acostará esta noche, y dirá "pues otro día más". Muchos de nosotros, nos taparemos con la manta, y diremos "por desgracia... es otro día menos".
Pues... hola, ¿no?
Supongo que, de momento, no me lee nadie. Así que escribo esto para que las palabras lleguen al espacio exterior y se diluyan en cualquier estrella fugaz, para convertirse después en deseos sin cumplir... ¿que no me iba a poner yo tontorrón en el primer "artículo"?
Bueno, que vamos a dejarlo. Si esto es sólo un saludo, para que el blog exista (¿qué fue primero, el saludo o el blog?)...
Así que... hola, ¿no?
Bueno, que vamos a dejarlo. Si esto es sólo un saludo, para que el blog exista (¿qué fue primero, el saludo o el blog?)...
Así que... hola, ¿no?





