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¿Diario?, no creo
Un montón de paranoias y, en general, mi vida (Javy)
Acerca de
Yo soy... ¿yo? No sé, supongo que no voy a gustarle a nadie por mi aspecto, ni busco eso... estoy aquí para desahogarme... y vosotros para... ¿leer? Tampoco lo sé. Me gusta cantar (y escuchar música, se presupone), escribir (venga... y leer también ¬¬), ver películas (y me gusta pensar que algún día llegaré a hacerlas)...
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Año sabático
Los británicos, antes de ir a la universidad, se toman un año de descanso. Qué listos. Los españoles, en contraste a eso, nos ponemos como una cuba. Bueno, algunos. Otros se ponen a estudiar como locos... vamos, que no cambian con respecto a lo que han hecho sus últimos años. Yo no creo que haga ninguna de esas tres cosas cuando llegue el momento.
El caso es que hasta ayer seguramente me quedaba un año y cuatro meses o cinco para llegar al momento de la elección entre el descanso, el estudio exahustivo y el pedo memorable. Ahora me queda más tiempo.
Y diréis al tipo éste le han dado las notas y está viendo que se queda en primero de bachillerato. Y yo contesto pues no. Aunque también podría ser eso (no sé las notas de este trimestre), pero no.
La causa está en una noche fatídica de primavera, en la que miles (hala, exagerao!!) de personas se reunieron en un salón de bodas al cuál asistían para presenciar un Festival de Primavera. Además, otras miles (idem) de personas lo vieron en directo desde sus casas (TVAlmansa, señores, qué calidad).
Bailes, desfiles, publicidad muy original... y un coro. Mierda. Ahí se jode la cosa.
Ahora bien, puedo asegurar y aseguro que el mencionado coro tenía buenas intenciones. Ellos querían, simplemente, triunfar. ¿Qué tiene eso de malo?, diréis. Pues sí, tiene algo muy malo: querer triunfar y no poder. Ea, mira, sí que lo siento.
Seis buenas canciones (y no nueve, como estaba previsto) iban a interpretar. Ellos llegaron sonrientes (algunos bebiendo Codorniú, que es bueno para la voz, sí, sí, pero luego ni voz ni mierdas. ¡Para qué me bebo esa inbebible bebida, si luego voy a hacer tal ridículo!).
Pero una sonrisa no es la solución. Van saliendo al escenario, uno a uno, desfiles y bailes, interrumpidos por las presentaciones de los cutres presentadores (por lo menos ejercían lo que su nombre les pedía).
De repente llega la actuación número 6. De ahora en adelante pasará a llamarse el Preludio de la Tragedia. Pues eso, que salen los coristas (o cantantes, para poder hacer el juego de palabras que procede). Allí se enfilan ellos, sonrientes, temblando. Miles (que sí) de personas les miran escépticos mientras el cutre presentador nos presenta con un no se asusten. Va y dice que interpretarán canciones totalmente contemporáneas. O no. Bueno, ya he dicho que los presentadores presentaban... los cantantes... ¿de verdad cantaban?
El público comienza a removerse en sus asientos con un Anda Jaleo pasable. Las palmaditas son resultonas. Después viene la excepción: un Tómame O Déjame interpretado por un dúo precioso (afinado, por suerte). Las flautas también quedan muy bien. El coro... bueno, esta vez también resulta pasable (sólo teníamos que decir tómame o déjame todo el rato).
Y de repente se nota que va a tener lugar una tragedia. Una verdadera tragedia. Su Preludio es notable cuando un tú no dejes de jugar se convierte en un auténtico caos. Un error. Improvisación y listo. O no, vuelvo a repetir.
El coro baja del escenario sonriente, pensando (un pensamiento colectivo) mierda. Si alguien hubiera sabido leer las mentes, abría oído una sincronización perfectamente coral. Un mierda melódico.
Y vuelve a pasar el tiempo. Felicidades, Flavia, felicidades, Alba. De momento no parece muy malo. Pero algunos ya lo sentíamos en nuestra mente: la Tragedia se mascaba en el aire. Una solista gastando poco a poco su voz en un fragmento que, en un principio, podía hacer. Una corista se quedaba sin aire, otra sin memoria. Otro se quedaba embobado en los pocos modelos que había (abdominales, pectorales, culos...). Yo, mientras tanto, creía que todo podía salir bien. Ingénuo.
Llega el turno del coro, de nuevo. La actuación número quince pasará a denominarse Gran Tragedia.
Primera canción: la solista que tanto ha ensayado se ha quedado sin voz. Pobre Álex, su compañero. Bueno, por lo menos ella no desafina. Además, el estribillo (todo el coro) suena demasiado fuerte. Los micrófonos gruñen.
Segunda canción: el coro se convierte en un gato gigante, además de una introducción interpretada por un tipo sin voz a esas horas, además de llevar los oídos entaponados (yo).
Tercera canción: el tipo sin voz y sin oídos se adelanta y hace su gran actuación de tonos fuera de lugar e íes griegas no pronunciadas (léase Oh happy deeeeeee).
El coro baja del escenario. La Gran Tragedia ha acabado.
Por eso he decidido hacer un año sabático en mi propia habitación. Espero que nadie me vea por la ventana.
Os juro que no voy a atravesar esa puerta por nada del mundo. No quiero existir.
Me voy a dar una vuelta.
(Otra vez será.)
 
La sirena
Mirando al sol, se metió en el agua. Estaba fresca… como el pescado, como el hielo, como Plutón… o quizá más. Estaba bastante fresca... como los suspiros de una persona que necesita amor, como el aire pegándote manotazos en la cara cuando corres porque llegas tarde a algún sitio. Estaba fresca… o, bueno, quizá no fresca, sino fría. No es lo mismo, claro.
Su padre estaba a unos metros, tumbado en la toalla. Se estaba echando crema. Aunque daba igual: siempre terminaba quemándose. Rojo como un cangrejo que se ha hinchado a tomates… si eso tiene sentido. Y, entonces, ¿por qué le gustaba tanto la playa? Ella solía preguntárselo.
-No sé… supongo que soy masoquista... –respondía él.
Y ella se ponía a pensar en el masoquismo… nunca lo comprendió.
En aquel momento, su padre y ella solos en la playa, mientras las olas suspiraban… la llamaban… se sentaban en la orilla, y escuchaban su canto. El dulce canto de la bella niña rubita que se adentraba en sus almas… Las olas disfrutaban con ella, como ella disfrutaba con las olas. En algún momento perdió todo su sentido espaciotemporal y dejó que su bienestar fluyera por todo su ser… por cada gota de sudor, por cada destello de sus ojos, por todos sus pelos (desde la raíz hasta la punta), por todos y cada uno de los poros de su piel… toda ella se convirtió en olas.
Y nadó por el océano Pacífico, por el mar Mediterráneo (se paró durante unos segundos en las bellas costas de Grecia), atravesó todo el planeta, moviendo sus extremidades inexistentes rápidamente… pero una bocanada de aire le movió el flequillo, y se lo tuvo que recolocar en la frente.
Para cuando quiso darse cuenta, volvía a estar allí, a unos metros de su padre.
-¡Susana! –la llamó él-, vamos a comer.
-Sí, papá, ahora mismo voy.
Pero no tenía la menor intención en salir de esa delgada línea que no estaba en ningún sitio, la franja entre la tierra seca y el agua limpia. Ahí estaba bien, como pez en el agua, como humano en la tierra, como sirena.
Porque así se sentía: una sirena. Pero no esas sirenas que tienen cola y escamas, y un largo cabello rubio… Sí, ella era rubia, pero el pelo le llegaba como mucho a los hombros. Y no tenía cola ni escamas (bueno, un poco de acné, pues ya empezaba a entrar en la pubertad). Era una sirena que vivía en la tierra, pero sentía el mar como un hogar.
Volvió a sentir una bocanada de aire… como cuando vas por la calle, y de repente sientes que una ráfaga te llevará volando a la luna, o, incluso, al sol. Pero ella no voló: dio un paso más hacia delante.
Y se sintió extraña: estaba triste, porque ya había dejado esa delgada línea que no existía; pero estaba feliz, porque se aproximaba a su hogar.
-¡Susanita! –dijo su padre con un retintín en la voz.
Pero esta vez Susana no le respondió, quería ser libre… y olvidarse de historias y frases…
Como cuando llegó su madre, se sentó a su lado y, sin previo aviso, le dijo que ahora iba a tener dos casas. Como cuando su padre le compró una buena bicicleta, una bici preciosa… que siempre le recordaría que era la culpable de que sus padres no se quisieran. Sí, de eso estaba segura.
Pero eso lo quería olvidar. ¡Estaba de nuevo en su verdadero hogar! El mar… de repente ella sintió envidia de todos esos marcianos que se asomaban a las ventanas de sus naves espaciales y veían el Planeta Azul, y decían “buenos días, Planeta Azul”, y salían de su camarote plateado y saludaban a sus verdes vecinos y camaradas. Porque ella también desearía despertarse y ver su hogar en su inmensa totalidad. Una bola de agua, que le sonriera todas las mañanas…
Pero, por otra parte, ella no quería ser verde. Le gustaba su color pálido. Como el puré de patatas de sobre, que no tenían ni patatas ni puré, sólo un sobre con polvitos. Ese puré que tanto le gustaba, a pesar de la ausencia de las patatas. Ese puré que era lo único que sabía cocinar… tal vez por eso le gustaba tanto. Dio otro paso.
De repente se acordó de las compañeras de clase. Ellas solían decir que Susana estaba loca. Sólo desde hacía unos meses. Porque, antes, ella era lo más, era chachi, era piruli. Era, para qué engañarnos, la hostia. Porque los niños de ahora, bien lo sabía Susana, no dicen ni “lo más”, ni “chachi piruli”. Dicen lo que oyen en la tele. Y otro paso más.
Pero las niñas, las niñitas de su clase, no sabían nada. A Susana le gustaba su inocencia, la de ellas: esa niña que quiere maquillarse para ir a clase; la que mira a los chicos con cara de santita; la que mira a los chicos con cara de tontita; la tontita; la santita… Bueno, todas eran santitas, quisieran o no. Dio otro paso más.
Todas esas santitas tontitas (que acabarían siendo putitas) no tenían ni idea de lo que Susana estaba pasando. Las olas le cubrían las rodillas. Y ella daba gracias al mar.
-¡Susana, venga! –gritó su padre. Se estaba poniendo nervioso.
Había llegado la hora de responderle, o se acabaría preocupando:
-Come tú, papá, que voy a mojarme un rato.
Miró hacia atrás y vio que él se empezaba a comer su bocadillo. No se preocuparía si se sumergía un momento, ¿no? Ella tenía muchísimas ganas de entrar a su casa… aunque fuera por un rato. Sería feliz. Otro paso.
Sentía las conchas en las plantas de sus pies, sentía la corriente del mar rozándole… besándole las piernas. De pronto descubrió que lo que era frío, se convirtió en fresco. El sol no quemaba bajo la superficie. De repente se dio cuenta de que lo único que sentía a gusto en su cuerpo eran las piernas, sumergidas en el mar.
Otro paso.
Y otro.
Otro.
Y un pasito más, y sintió el agua en su cadera. Ay, gracias. Se sentía viva, se sentía libre.
¿Qué tal otro paseo, bella niña?, decía el mar. ¿Por qué no?, contestaba ella.
Y volvía a nadar, esta vez sin esfuerzo alguno para entrar en su trance… el amado trance. Volvía a mover sus piernas y sus brazos, que no estaban en realidad con ella. Y llegaba al polo norte, y disfrutaba del frío, y se iba hacia al sur, y disfrutaba del calor. El mar era feliz, porque había encontrado una sirena; la niña era feliz, porque se sentía sirena. En algún momento recordó el aire, que no pasaba por sus pulmones… y le preguntó a los pulmones, y vio que ellos estaban bien. No lo necesitamos, dijeron. Bueno, si ellos decían eso, ¿quién era la sirena para contradecir a sus pulmones?
De repente, oyó un nombre. Susana. ¿Quién era Susana? Le sonaba de algo… quizá… Al oír el nombre le venía a la mente la imagen de una niña rubia en la playa, con el pelo por los hombros, con pantalones cortos rosas, y una camiseta de manga corta de propaganda. Una niña con una sonrisa en la cara, con los ojos cerrados, que miraban al mar… donde ella estaba. Esa niña… esa niña…
…era ella.
Claro, tenía que volver, para decirle, para contarle a la niña lo feliz que era allí dentro, para darse cuenta de que sólo era feliz acompañando a los peces, a las algas, viajando por el mundo entero, sin tener que coger aviones ni barcos: simplemente atravesando el medio que a todos los sitios del mundo llegaba. El mar.
Volvió, y se sintió presa en la tierra. Casi no podía ni respirar. Qué extraño, pensó, ¿qué me está pasando? Es como si hubiera probado una droga, y estuviera enganchada. Lo peor de todo es que no conocía ningún centro de desintoxicación para talasómanos. ¿Adicción al mar? Vaya estupidez. Bueno, y en el caso de que hubiera dichos centros, ¿tendría dinero para pagarlos?
Dio otro paso, y otro paso, y otro, y otro, y otro. Pasos lentos, cortos, pasos pensados, dudados. Pero ¿de qué tenía miedo? De… ¿ahogarse? ¿Ella? Eres una sirena, le susurraban las olas.
-Susana, lleva cuidado –le gritaba su padre.
Pero… ¿qué podía pasar? Sólo quería disfrutar de la ingravidez marítima, de las burbujas, de la corriente, de los rayos confusos de sol, de los bellos reflejos lunares. ¡Quería amar y ser amada allí dentro! ¡¡Porque era una sirena!!
Y otro paso, y otro, y otro, y sentía ya el frío (el fresco) en el cuello.
-¡Susana –alzó la voz su padre-, ¿qué haces?!
Pero ella no podía responder. Estaba a punto de sentirse como nunca se había sentido: libre, viva, feliz al mismo tiempo.
Su padre gritó de nuevo. ¡Susana! ¡Susana! Pero Susana ya había tomado una decisión. Quería ser sirena, tal y como le había pedido su hogar. Ella había nacido para eso. Las olas la llevarían lejos, y ella sonreiría y saludaría a los tiburones, a las ballenas. Y ellos serían la orquesta acuática de colores que le acompañarían en su vida, siempre, hasta el final, hasta que muriera de vieja… o de joven, que tampoco está tan mal.
Morir de joven, eso quería ella, morir de joven, y recostar su cuerpo agonizante sobre las algas, y ser un cadáver que, con el tiempo, se convirtiera en roca.
Pero, antes, quería ser sirena. Sirena durante unos años. Sirena que ríe, sirena que vive, siente, lucha.
Sirena que nada. Sirena que todo.
¡Ella quería sumergirse y subir a la superficie y volver a bajar!
Y, de repente, de nuevo ese miedo. Pero ¿miedo a ¡qué!? Miedo ¿a la vida? No… Y ¿si…?
Y ¿si perdieras el poco tiempo que tienes haciéndote inútiles preguntas que empiezan por “Y ¿si…?”?, preguntaba el mar. Las olas asentían con énfasis, le daban la razón. Es cierto, respondía Susana.
-¡Susana!
Su padre sonaba más cerca. Mi sirena, corre, susurraba el agua, que viene tu padre. Y Susana, la sirena, se apresuró. Metió la cabeza en el agua, y nadó. Quería irse lejos, y olvidar la tierra, y ser perdonada. Y comer algas, pensó. Una curiosidad.
Mientras el mar dividía su corriente en dos (una que empujara al confuso padre a la orilla; otra que arrastrara a Susana a sus entrañas), la sirena empezó a perder aire. Poco a poco se fue dando cuenta de que pronto no podría respirar. Cada vez que abría la boca, perdía unas cuantas burbujas… burbujas de vida.
Cuanto más abajo estaba, más desesperada. Había una extraña presión que no le dejaba pensar, y estaba a punto de perder el poco oxígeno del cuerpo. El agua pasaría por su boca, la invadiría… la mataría. Claro: ¿miedo a la vida?, le había preguntado el mar; ¡miedo a la muerte!, respondió ahora ella.
Y ¿si era todo un engaño? De repente echó de menos a su padre, a su madre. De repente echó de menos la tierra.

Su padre, mientras tanto, no sabía qué hacer. No comprendía qué estaba pasando. Sólo pensaba en subir a la superficie para respirar, y volver a bajar para buscar a su hija. Subir de nuevo, bajar otra vez; subir otra vez, bajar de nuevo; vida para él, vida para la niña. Vida para Susana. Ay, por favor, lloraba él por dentro, aguanta, Susanita.
Pero la corriente era más fuerte que él, bastante más. Y nunca pudo avanzar demasiado, por más que lo intentó. Frustrado, llegó a la orilla, tosiendo, llorando… volvió a entrar al agua… y después otra vez, y otra, y otra, y otra…
Pero lo hacía sabiendo que no lograría recuperarla. Sabía que Susana estaba muerta. Por su culpa, de eso estaba seguro.

Pero Susana no estaba muerta. Ni mucho menos: había dejado entrar al mar en su cuerpo, le había dejado penetrarla y había descubierto que no era malo: era vida. Susana nadó, como había andado toda su vida, hacia el fondo del mar, libre, viva, feliz. Pero ya no era Susana. Era la sirena. Y estaba en casa.