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¿Diario?, no creo
Un montón de paranoias y, en general, mi vida (Javy)
Acerca de
Yo soy... ¿yo? No sé, supongo que no voy a gustarle a nadie por mi aspecto, ni busco eso... estoy aquí para desahogarme... y vosotros para... ¿leer? Tampoco lo sé. Me gusta cantar (y escuchar música, se presupone), escribir (venga... y leer también ¬¬), ver películas (y me gusta pensar que algún día llegaré a hacerlas)...
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Basura
Justo cuando el primer rayo de sol barrió el pueblo, una puerta se abrió para dejar salir un esplendoroso suspiro. Con lágrimas en los ojos, Mariana salía a la calle al igual que lo hizo el miedo y el dolor.
Sintiendo ganas de gritar, arrastró las bolsas de la basura como arrastraba desde hacía años su vida y su dignidad. Cuatro grandes bolsas negras, dos en cada mano, que simbolizaban lo que era la basura, los deshechos de su pasado.
Recordaba perfectamente aquel bello día en que, con un vestido blanco, entre llantos y sonrisas, se adentraba en el infierno. Con un demonio engañadizo a su lado, se había metido en el coche y se había lanzado hacia su desastroso futuro, lleno de decepciones y mentiras.
Recordaba también aquel día, primer fatal momento, cuando el demonio se quitó por primera vez su máscara. En realidad ella no se dio cuenta, fue algo tan simple que casi ni tuvo transcendencia. Pero fue el principio.
Nena, tráeme una cerveza. ¡Qué frase tan inocente comparada con lo que iría pasando a partir de aquella vez! ¡Qué simple! Fue aquel día cuando el demonio dejó entrever lo que en realidad era, y abrió a los pies de Mariana una puerta hacia el fuego.
¡Y vaya si se quemaría! ¡Cuántas sonrisas repletas de dolor! ¡Cuántas lágrimas que se fueron tirando de las cisterna! Cuántos momentos que fueron mentira.
Como aquel día, hacía tres años, celebrando su primer aniversario, con la familia y los amigos.
Nena, ¿puedes venir un momento? Mariana y su demonio entraron al aseo, y allí las manos de él se buscaron alrededor del cuello de ella. Casi la estrangula. Pero él no quería eso: sólo quería dejarle bien claro que podía hacerlo, que ella era suya y que él era superior. Ella, llorando en el suelo del estrecho lavabo, vio cómo él se lavaba las manos. No vuelvas a mirar a nadie, puta.
Ella salió diez minutos después, sin rastro de dolor, con una sonrisa en la cara. Asimilando por dentro que no era nada sin él, que lo necesitaba para existir. E intentándose convencer de que él la quería en realidad.
Oh, Mariana, con sus bolsas de basura, buscando un contenedor, sonriendo una vez más.
-¡Mariana!
El frágil cuerpo prematuramente envejecido se paró en medio de la calle, con los hombros caídos, la espalda curvada, esperando a la mujer que la había llamado.
-¡Mariana! ¿Qué haces por aquí a estas horas? -dijo la Lola cuando llegó a su lado.
-Pues nada, Lola, tirar la basura.
La amoratada cara miró sonriente a la Lola. Ésta estaba acostumbrada, como todo el pueblo, a que Mariana tuviera el rostro de un color negruzco. Sin embargo, si conseguían fijar su mirada en los pequeños ojos de la Mariana, veían que nada, ni el color de su maltratada cara, podía superar la inmensa tristeza de sus negras pupilas.
-¿Tirando la basura a estas horas? ¿Y por aquí?
-No está el contenedor de al lado de mi casa. Y he estado toda la noche limpiando.
-Vaya, a ver si te vas a volver como la Catalina cuando se murió su marido, que limpiaba por la noche, dormía por la mañana y las tardes las pasaba llorando. Bueno, a ti no se te ha muerto el Paco.
Mariana bajó su mirada a las bolsas de basura. Una lágrima rodó por su mejilla izquierda.
-No, al Paco aún le quedan muchas fuerzas.
-Demasiadas, diría yo -replicó entre dientes la Lola.
Mariana frunció el ceño. Pero no quiso empezar a discutir de nuevo. Sabía que todo el pueblo lo sabía. Se despidió de la Lola y siguió andando.
Estaba a punto de llegar cuando se tropezó y cayó de bruces al suelo, rodando las bolsas unos metros calle abajo. Mariana se levantó deprisa, pero no lo suficiente. Allí estaba Manuel, el jefe de policía.
Con su habitual raya a la izquierda, vestido de ciudadano, aunque todos supieran que trabajaba las veinticuatro horas del día, siempre alerta. Y, en realidad, nunca pasaba nada.
-Hola, Mariana. ¿Te ayudo?
Pero Mariana, reacia, recogió las bolsas aprisa, e intentó deshacerse del hombre como pudo.
-Manuel, gracias y buenos días. Llevo un poco de prisa.
-De acuerdo.
Pero en un grave descuido, Mariana dejó escapar una de las bolsas, que sufrió un pequeño corte, dejando entrever un desperdicio.
Repugnante, vomitivo, odioso. Pesadillas. Era como una pequeña salchicha. Una salchicha con una uña.
Al ver esto, Manuel abrió los ojos más que nunca. Miró a Mariana y vio en su rostro la verdad. Se agachó, metió la salchicha y le dio la bolsa lentamente a la paralizada mujer.
-Tirando la basura a estas horas, ¿eh? Bueno... cualquier momento es bueno para librarse de los desperdicios. ¿Quieres que te ayude?
Mariana, con una nueva lágrima recorriendo su cara, negó con la cabeza.
-Estas cosas prefiero hacerlas sola.
Y siguió con su camino. Llegó finalmente a una explanada, donde había un solitario contenedor. Lentamente abrió la tapa, dejándola caer al otro lado y chocar con las paredes del recipiente.
Mariana, llorando, recordó la primera vez que Paco le había dicho que la quería. Echó una a una, no sin esfuerzo, las bolsas negras dentro del verde contenedor. El sol ya se alzaba en el horizonte.
Y Mariana volvió a su casa. Dejando el pasado atrás, pero volviendo a ser la misma, y sonriendo. Pasó por la panadería. Pero no iba a pararse a hablar con el Julio. Le pediría dos barras... no, una, y se iría aprisa a casa. Tenía muchas cosas que hacer.