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Ilumino las arrugas cóncavas, las enmascaro en una tierna sombra de matices, me coloreo el sistema límbico para hacerle creer al espejo que estoy más guapo. Atrapo unas cuantas endorfinas en la telaraña del corazón.
Pongo los pinceles a secar antes de salir a buscar la inspiración en un retrete urbano. Observo el cuadro por última vez, lo analizo antes que una erección me avise que ya es tarde y que es hora de bailar expectativas. Todo sabe a óleo, hasta mi orina huele a óleo, hastas mis mocos rojos recién salidos de un Pantone cuatricolor huelen a óleo.
Salgo por la puerta y mi destino, una fiesta de cuentistas e intelectuales más aburridos que un telediario en agosto. Me invento risas, incluso, los imito soltando un discurso sobre la gravedad de la luna y sus consecuencias en el planeta tierra. Todo mentira excepto el alcohol que poco a poco contribuye a valorarme como el seductor de una sinfonía acabada de llegar del norte. Una sinfonía de notas atrevidas llamada Noa que mete su ritmo lento entre las ingles de una escena da Passolini. Y que yo, breve le devuelvo la bofetada con un orgasmo rebajado, anticipado. Noa no dice nada, qué va a decir.
Le pregunto a los intelectuales si también se anticipan, si hacen rebajas todo el año, y así es, me dicen que los intelectuales tenemos el gen de los malos amantes. Pero yo, como no soy un intelectual sólo ha sido un accidente, si claro, me dicen, pero tampoco te preocupes, continuan, las intelectuales tampoco son buenas amantes, ellas son todo lo contrario de la anticipación.
Entonces, deduzco, si soy un intelectual como vosotros pensáis estoy condenado a no entenderme con ellas. Exacto, contesta Noa mientras me coge el pincel para iluminarse las arrugas cóncavas.
Pongo los pinceles a secar antes de salir a buscar la inspiración en un retrete urbano. Observo el cuadro por última vez, lo analizo antes que una erección me avise que ya es tarde y que es hora de bailar expectativas. Todo sabe a óleo, hasta mi orina huele a óleo, hastas mis mocos rojos recién salidos de un Pantone cuatricolor huelen a óleo.
Salgo por la puerta y mi destino, una fiesta de cuentistas e intelectuales más aburridos que un telediario en agosto. Me invento risas, incluso, los imito soltando un discurso sobre la gravedad de la luna y sus consecuencias en el planeta tierra. Todo mentira excepto el alcohol que poco a poco contribuye a valorarme como el seductor de una sinfonía acabada de llegar del norte. Una sinfonía de notas atrevidas llamada Noa que mete su ritmo lento entre las ingles de una escena da Passolini. Y que yo, breve le devuelvo la bofetada con un orgasmo rebajado, anticipado. Noa no dice nada, qué va a decir.
Le pregunto a los intelectuales si también se anticipan, si hacen rebajas todo el año, y así es, me dicen que los intelectuales tenemos el gen de los malos amantes. Pero yo, como no soy un intelectual sólo ha sido un accidente, si claro, me dicen, pero tampoco te preocupes, continuan, las intelectuales tampoco son buenas amantes, ellas son todo lo contrario de la anticipación.
Entonces, deduzco, si soy un intelectual como vosotros pensáis estoy condenado a no entenderme con ellas. Exacto, contesta Noa mientras me coge el pincel para iluminarse las arrugas cóncavas.
Comentario:
Me gusta el nombre de Noa. Un personaje femenino con ese nombre presagia que sucederán cosas interesantes. Por lo demás, si él es pintor, ¿ella es música? ¿Lo de la sintonía, no será mejor sinfonía?
La última frase como remate queda muy bien.
La última frase como remate queda muy bien.





