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la letra e
blog personal de Joaquín Blanes
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La letra e intenta renovarse.
Sindicación
 
Cuando no nos queda tiempo

Bienvenidos a Belleville


Pasa siempre lo mismo, sin darnos cuenta las horas se comen a los días y los días nos devoran la vida, aunque suene a tremendista es que las cosas vienen dadas así. Yo no sé a los demás, pero a mí me faltan horas para organizarme bien una jornada laboral y disfrutar de un tiempecito de asueto o vagueza que dedicarle a cualquier cosa, incluso a actualizar este blog; pero es que no tengo tiempo, ni siquiera para irme a nadar o a tomar el sol con un libro al paseo marítimo, ahora que vivo en un lugar con playa después de dos años rodeado de desierto neomexicano. Es una pena y sumo y sigo, porque llevo sin leer por placer una buena temporada, sigo concentrado en prepararme las clase, de escribir ni cuento, menos mal que llega el verano en breve y ganas tengo muchas y lo que para mí resulta lo máximo, como diría el Chapulín Colorado, no me queda tiempo para cuidar de mis amigos, echarles una llamada telefónica, un e-mail, una visita ni por asomo, una lástima...

me queda todavía una pequeña virtud de la pereza que es la posibilidad de ver películas, como la que vi no hace mucho y que recomiendo Bienvenidos a Belleville , me la prestó un alumno, de los que tienen devoción por el cine, y me pareció fascinante esta rara película de dibujos animados, canadiense, puñetera con gringolandia, y de una extraña belleza conmovedora, especialmente esa viejita que viaja buscando a su nieto, una delicia que está llena de guiños al jazz de los años 20, a los carteros de Jacques Tati y al Tour de France. Imprescindible, sirva como aperitivo la expléndida página web que tiene.

 
¿Qué es lo que nos sorprende?

Ratzinger de chavalito



¿Exactamente qué es lo que nos sorprende de la Iglesia? Que Ratzinger en el 43, con 16 años, perteneciera a las juventudes hitlerianas me parece que corresponde a la época, no hay que olvidar que, desgraciadamente, aquél era un movimiento al que se adscribieron muchos jóvenes del sector obrero, recomiendo ver la película de Guédiguian Jules et Jannette, en la que trata el tema de un modo irónico con ese personaje que votó una vez a Le Penn y su mujer no se lo perdonaba nunca.
No exculpo al señor Ratzinger, ahora Benedicto XVI, conste, en absoluto, a mí ni me gustaba Juan Pablo ni me gusta este, en realidad es que yo con la Iglesia como institución me llevo un poco a los pelos, pero bueno, eso son sandalias de otro pescador.
¿Qué es lo que nos sorprende entonces? ¿Que la Iglesia se descubra como lo que es: Conservadora, intransigente y anacrónica? ¿Qué nos sorprende? A mí me sorprendería increiblemente que ahora Benedicto XVI salga con que es necesario el uso del condón en África y donde sea, que se ayude a la ciencia dejando que los científicos que deseen y quieran experimentar con células madres lo hagan, sin obligar a los que éticamente no quieren a que lo hagan, desde luego, pero por qué deciden siempre los que ponen travás, que la eutanasia no sea tanta controversia, porque a mí si me sucede lo que a la Schiavo por favor que sean más humanos y no me dejen morir de inanición sino que me inyecten alguna cosa mezclada con un poco de maría para echarme unas risas antes de morirme (esto último no lo leas, sobrino, que luego dirán que soy una mala influencia, aunque si lo pienso no leas este último párrafo no vaya a ser que me den una colleja por hereje... bueno, mira, sobrino, mejor no leas esta entrada del blog y punto.

 
La publicidad que conmueve
Hace años que me apasiona la publicidad, creo que es de lo poco que se puede ver hoy día en televisión. Me fascina la creatividad de los publicistas, pero más me fascina la inteligencia de un anuncio cuando es sencillo, va al centro de la cuestión y conmueve. Existen en esencia dos modos de hacer publicidad, una comercial que trata de convencernos y otra institucional que trata de concienciarnos, aunque para esto último tengan que salir famosos.

Vi este anuncio esta mañana y lo busqué en la organización británica "Make poverty history", que tiene relación con la organización española "Pobreza cero". Ahora que el buen samaritano de Rodrigo Rato nos dice que controlemos nuestro estado de bienestar, no el suyo, desde luego, porque no tiene razón de ser.

Me parece muy buena publicidad la que hace esta ONG, recomiendo el anuncio y recomiendo que no nos quedemos únicamente en ver el anuncio y conmovernos, quitémosle el con y movámonos, siempre dentro de nuestras posibilidades, claro.
 
Estas cosas pasan


Katherine Ortega muestra la cabeza de pollo frita que encontró en una bolsa de Mc Donald's. Su denuncia se basaba en que el incidente "fue asqueroso" y le provocó insomnio. Foto: AP.



No descubro a nadie nada nuevo cuando digo que los americanos, en realidad los que conocemos como yanquis o gringos, están como una chota. Yo siempre me acuerdo de aquello que decían los irreductibles galos: "Están locos estos romanos", teniendo en cuenta que los new romanos sin duda son los yanquis, no confundir con guiri, otro acierto de nuestro idioma de calle.

Digo esto porque leo en escolar una noticia que toma de Tele 5 sobre una mujer estadounidense:

"Hace unas semanas, una mujer estadounidense denunció a la cadena de comida rápida Wendy’s porque había encontrado un dedo en el interior de un plato de chile. Ahora ha salido a la luz que la denunciante, Anna Ayala, ya había presentado otras demandas parecidas en anteriores ocasiones. No es un caso aislado: en Estados Unidos han sido muchas las denuncias estrambóticas que han desembocado en indemnizaciones millonarias." (la noticia al completo en Tele 5)

Un amigo de allá de cuando yo andaba por aquellos lares me contaba riendo algunas de las más divertidas denuncias que sus compatriotas hacían, para luego, en seguida, decirme con tristeza que esa costumbre tan yanqui de denunciar sin medida era la que había acabado con el sistema público de sanidad y con cualquier buen samaritano; que si veías a un individuo tirado en el arcén mejor dejarlo estar no fuera que por un descuido al ir a ayudarlo le dislocaras un brazo y te denunciara. Con estas cosas me acuerdo en seguida de Jó, qué noche! de Scorserse y también de una de las historias fantásticas que me contó.

Un niño invita a un amiguito a pasar unas idílicas vacaciones en un yate. Por un tonto resbalón el amiguito del niño se rompe un brazo. La familia del niño llevan al amiguito a urgencias, le escayolan con diligencia el brazo y todo perfecto, algo más que contar en el colegio. Hasta ahí cierta normalidad, lo extraordinario es que a los dos días se presenta el padre del amiguito con un abogado y una denuncia pidiéndole una cifra exagerada de ceros porque su niño, o sea el amiguito, se había roto un brazo.

Que están locos estos romanos, no cabe duda y si no, compren un mechero en cualquier sitio, aunque no fumen, sólo por curiosidad, descubrirán una pegatina que es un panfleto enorme de instrucciones de uso y es que estas cosas pasa, sobre todo allí.


 
Los recuerdos no la nostalgia



No es bueno vivir ni con nostalgia ni en la nostalgia. La noche del jueves fui entusiasmado al concierto que daban Pedro Guerra e Hilario Camacho en el Maestro Padilla. 21 euros la entrada, que no es barato, lo que sucede es que estamos acostumbrándonos poco a poco a los euros, pero al cambio son 3486 pts, que la verdad para el tiempo de las pesetas era un pingüe capital. No fue el dinero el que me produjo un extraño dolor, sino descubrir que algunos se han anquilosado tristemente en un pasado demasiado alejado.
Salió primero Pedro Guerra, que está de gira con su música en los bolsillos y bueno, los que hayan visto a Pedro Guerra en concierto sabrán de lo que hablo y los que no hayan tenido ocasión de verlo recurran a su primer disco "Golosinas" porque es el mejor ejemplo. A mí me encantó, la verdad. Tocó un buen puñado de canciones como El marido de la peluquera, Raíz, Contamíname (con la que suele cerrar) y algunas de su último disco. Además tiene mucha gracia entre canción y canción, parece un tipo de los del club de la comedia.
Luego salió Hilario Camacho y se me vino el alma al suelo. Me entristeció verlo como una pequeña marioneta, con esos movimientos toscos que me recordaron al Augusto Algueró de 625 líneas (muchos no recordarán este programa, yo lo recuerdo muy muy vagamente). Fue una pena, le di una segunda oportunidad, se la merecía, pero en la segunda canción no pude con un extraño sentimiento de vergüenza ajena y me salí de la sala. Lo siento, pero me quedo con el Hilario Camacho de los discos de vinilo que todavía conservo, de la reivindicación de "Como todos los días" y de un concierto que le vi cuando tenía yo 18 añitos y que me pareció una joya, me quedo con los recuerdos no con la nostalgia.