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la letra e
blog personal de Joaquín Blanes
Acerca de
La letra e intenta renovarse.
Sindicación
 
Duelo dialéctico
Inútil discutir con los molinos de viento, hay que atacarlos sabiéndose perdedor.
Me explico, desde luego. El otro día tuve una discusión con un hombre, nunca sabré si de ciencia o de demencia, en cualquier caso es profesor de secundaria, like me, y está muy metido, yo diría que hasta el cuello, en una batalla dialéctica sobre género. Cuando me refiero a género, lamentablemente no me refiero a la clase de tela que tiene una mercería, sino a la cuestión de género: masculino vs. femenino. Con la iglesia hemos topado, amigo Sancho.
Este hombre, suficientemente indignado como para que la aorta pareciera tener vida propia, escupía una diatriba contra el uso indiscriminado de los alumnos como plural, porque, decía, que era retrógrado y arcaico en una sociedad tan moderna como la nuestra. Intenté explicarle –me hubiera gustado haber contado con el genio del amigo Fritanga- que en ese caso incluye ambos géneros y, por tanto, deja de tener género masculino.

Intentaba hacerle entender que leer un texto en el que se señala continuamente la diferencia de género por cuestiones políticamente correctas, resulta un verdadero coñazo, si se me permite usar este improperio.
El/la/os/as alumno/a/os/as aventajado/a/os/as sabrá/n perdonarme esta forma de escritura/o.

En cualquier caso, mi propuesta, si acaso, era utilizar el término estudiantes, que no tiene morfema visualmente ofensivo. Sin embargo, existe el problema del artículo en plural, porque siguen siendo “los”. Nuevo contratiempo.
Como no llegábamos a un acuerdo, porque yo soy un retrógrado de la vieja escuela, como el buen hombre sostenía.
Como buen transgresor y asesor de algo para la Consejería, la solución ya estaba pactada. El neologismo que tendremos que utilizar para dirigirnos a nuestros estudiantes cuando se trata de plural y para no herir sensibilidades de género, será: el alumnado. El buen hombre lo dijo entusiasmado, como si hubiera realizado una fusión de átomos o algo por el estilo. En mi caso, me quedé bloqueado, no sabía qué decirle, si “bueno va, tontorrón” o preguntarle si me estaba tomando por gilipollas. Así se quedaron las cosas, en tablas ganando él, desde luego.

Me quedé con las ganas de hacerle otra propuesta, abolir la diferencia de género, como en inglés o si, en su defecto, queremos mantener nuestra raíz latina, utilicemos el plural de los italianos, así tendríamos el alumno, la alumna e il alumni y entonces no habría conversaciones tan ridículas sobre género como la que tuve el otro día.

He recordado esta anécdota porque esta tarde andaba buscando una novela que comprar, pero también que leer, y mi amiga Margot, librera oficial del Reino de Tomares, me ha recomendado Middlesex de Jeffrey Eugenides. He leído un par de capítulos y me parece fantástica. El tema no me atraía en absoluto, pero el modo en que está narrado, el humor sincero que desprende la novela, me recuerda aquellos tres hombres trastocados de Jerome K. Jerome o la ironía dulce de Gerard Durrell en su familia y otros animales.


Extraigo del libro una cuestión idiomática con la que estará de acuerdo mi aguerrido contrincante en el duelo dialéctico de la otra tarde, ese buen hombre de la aorta vibradora, leyendo este párrafo me pareció escuchar su voz cuando dice uno de los personajes que el alemán no se presta al arte de la conversación porque hay que esperar al final de la frase para escuchar el verbo, con lo que uno no puede interrumpir a su interlocutor.

Felices sueños.
 
Los simuladores
No suelo ver televisión, salvo cuando tengo que darles la brasa a mis alumnos sobre géneros televisivos o sobre la intertextualidad de la transcursividad audiovisual y esas sandeces de laboratorio crítico. Prefiero sincerarme con ellos y analizar las cosas con un lenguaje sencillo y directo, para luego entrar en la palabrería crítica. Decirles que hay que aplicar las funciones comunicativas de Jakobson -funciones nacidas por y para la lingüísitca- en el lenguaje audiovisual, que a veces no concuerdan porque la crítica consiste en hilar muy fino elementos que igual ni casan ni maridan. En fin, comecocos pedagógicos que uno se hace.

Yo venía a invitarles a que le echaran un ojo -o los dos, según les venga en gana- a la serie Los simuladores, que emite los domingos la cadena Cuatro. Invitarles a ver esta reinvención de El Equipo A mucho más realista y más cercana. Con unos guiones bastante razonables y unas historias más o menos cercanas a lo cotidiano, que a mí, particularmente, me parece más que atractiva la apuesta de esta serie. No les diré que es la mejor serie de la televisión, cada cuál tendrá sus dioses catódicos, pero que es una notable serie, bien construida y bien realizada, y que, además, me llama la atención no haber encontrado demasiadas críticas, ni buenas ni malas, sobre la serie.

La invitación queda hecha, ya me cuentan. Eso sí, no olviden que hablamos de series de entretenimiento y que los estereotipos son marcados, pero no exagerados como otras series españolas.
 
Wilder por Crowe



En un intento de imitar lo inimitable, aquel libro maravilloso en el que François Truffaut conversaba con Sir Alfred Hitchcock durante más de 50 horas, Cameron Crowe hace lo mismo con Billy Wilder.
El libro, la verdad, o está mal escrito o está muy mal traducido, porque en ocasiones tiene unas frases tan carentes de sentido que desconciertan.

Sin embargo, el libro es verdaderamente ameno gracias al ingenio de Wilder, demostrando que la genialidad es suya y que el burrito feliz jamás tocó la flauta en sus películas. Cerebro "previlegiado" el bueno de Wilder.

Cuando Cameron Crowe, también director de cine, no tan singular e ingenioso como Truffaut, le pregunta sobre cuestiones personales, a las que Wilder siempre se resistió en todas las entrevistas, Wilder salta con una anécdota o se va por tangos mineros palmeando alegremente. En una de esas salidas por la tangente cuenta que no se encuentra muy bien porque ya es un poco mayor:

"No muy bien, me estoy haciendo viejo. Soy un viejo que no puede mear, y le he preguntado al médico, él me preguntó cuántos años tenía, le dije que noventa, y afirmó: ya ha meado usted suficiente".

Luego entra a desgranar sus películas y comenta anécdotas maravillosas sobre la tacañería de Cary Grant o Fred McMurray, pero también historias terribles sobre la muerte de William Holden, que era un tumbacuartillos de mucho cuidado, un borracho temible y que en una de esas borracheras se cayó y se abrió la cabeza con el pico de una mesa. Murió solo y desangrado.

Además de las anécdotas, divertidas o terribles, está el universo mágico de Billy Wilder, lástima de entrevistador, le falta la inteligencia de Truffaut o el mismo Wilder. Podría haberse entrevistado él mismo, qué carámbanos.