Hostel Allende
Llegué a Morelia para salvarme, porque cuando estoy separado de María me gana una nostalgia terrible, casi enfermiza, que me aploma los huesos y las ganas de seguir adelante. Hice frente a esa debacle y por eso me vine a Morelia, para salvarme.
Desde el mismo avión ya sentí una reconciliación con lo humano hablando con un viejito que a todo decía que estaba de madre, “¡Ah! Quiroga, las carnitas, tiene que probar las carnitas de allá, joven” y cuando llegué al “hostelito” Allende ya en Morelia también me sentí en familia, luego vendrían algunas pulgas a fastidiarme las noches sucesivas, porque les ganó la avaricia y quisieron chuparme demasiada sangre es por lo que decidí cambiarme de cuarto, si no, yo las hubiera dejado darme una probadita, pero aquella fiereza de esas bestias enanas fue demasiado.
Tengo que decir a favor del hostelito Allende que es un lugar viejo pero muy lindo y que limpian los cuartos todos los días, que en recepción son muy amables y que están dispuestos a ayudarte en lo que sea, que además, por un precio de 160 pesos por noche, menos de 16 dólares, tienes una habitación simple, además el hostelito está en la colonia centro, muy cerca de todos los monumentos, en la zona histórica.
Hay dos formas de moverse por el centro de Morelia, una es caminando, para mí es la más experimental, porque se van descubriendo lugares asombrosos, por ejemplo, sin salir de la misma calle Allende, simplemente caminando hacia el centro, descubrí un lugarcito que no es otra cosa que una cochera habilitada como diminuto restaurante casero de comidas corridas, allí fui a desayunar como dos o tres días seguidos, pedía mi café de olla, que siempre será mejor que el agua para el nescafé, y un jugo (zumo) natural de frutas, plátano y naranja pedía yo, pero también tenían mango, uvas, fresas, guayaba, qué sé yo cuantísima fruta y lo mejor es pedir el jugo grande, que es como medio litro o una locura pareja, que por 10 pesos, menos de un dólar, sirve para reconstituirle a uno el cuerpo y la nostalgia que me aprieta tanto el nudo de la nuez lejos de María. También pedía unos huevos con jamón y frijolitos recién hechos, bien ricos, todo (café, jugo grande y huevos revueltos con jamón y frijoles) costaba 31 pesos, y puedo asegurar que con eso me movía todo el día, sin más ganas de comer hasta la tarde-noche.
Luego paseaba, entraba en los edificios para ver sus murales o para descubrir las viejas conexiones con España, por algo se llamó antiguamente Valladolid, después volvía a la calle, a pasear, a ver pasar gente o manifestaciones populares contra el gobierno por tal cual cosa que terminaban en un tumulto festivo y así pasaba el día hasta que caía la noche y buscaba el jardincito frente al conservatorio Rosas para tomarme un café o una victoria mientras leía con calma esa maravilla que es Aire de las colinas, que son las cartas que Juan Rulfo le escribiera a Clara Aparicio mientras estaban separados y yo me acordaba de María y de esta separación nuestra que casi ya se acaba y me divertía leyendo las cartas porque Rulfo tenía un sentido del humor muy avezado, al modo del loco Arreola pero en estas cartas con más dulzura y precisamente porque son cartas de amor y están llenas de melaza y miel y el dulce es tan indigesto cuando se toma mucho, es mejor la mesura, tener el libro en la mesita de noche y leerse una o dos cartas antes de quedarse dormido, pero no muchas más porque entonces ya no se disfruta igual el ate, la cocada, la moreliana, la cajeta, el bolillo de pan dulce…





