Tan sólo piedras que respiran
Recuerdo aquel viaje que hice con mi hermana a Atenas, hospedados en una pensión con más encanto por fuera que por dentro, donde nos aguardaban unas alborotadas chinches y alguna pulga haciendo sus gracietas. En aquel viaje subimos al Partenón e hicimos un buen puñado de fotos, pero siempre me sucede lo mismo, no consigo transmitir con las fotos la sensación que deja en mí visitar un monumento, la grandeza del Partenón no está únicamente en su historia, sino en el lugar donde se encuentra, arriba de una colina, lo que se llega a ver desde allí, el aire que anega los pulmones, las piedras que respiran en silencio.
Viene a cuento ese viaje porque esta mañana estuve dándome un paseo por la Alcazaba almeriense, un monumento que para los europeos comunitarios es gratuita la visita. Allí sentí de nuevo la atracción de las piedras antiguas, el sol bajando tibio hasta mi cráneo pelado, el viento que se crece en los árboles, el sonido del agua en los aljibes, la caricia del mar en los ojos al fondo del paisaje. Hice fotos, aquí dejo una, pero de nada sirve la imagen detenida de una piedra sobre papel o pixelada. Pienso en el placer que siempre me produce un día soleado en Itálica, un día entre semana, cuando puedo escaparme a lo alto de una colina que domina el paisaje de Itálica, enfrentando mis ojos a ese anfiteatro de piedras desdentadas que han vivido tanto tiempo con el pulso de otros hombres. Allí nació Adriano, ni que decir tiene que el comienzo de la novela de Yourcenar es para memorizar.
Esas suaves visitas en que a veces me entretengo son las que me hacen pensar lo que amo la vida.
Comentario:
Esas visitas,cortas pero intensas, tiene mucha magia concentrada, pues se cuelan en tu vida raras veces y se sitúan en tu cima...como cuando, respiras y has llegado al punto en el que tienes que soltar el aire...claro que esto ultimo es solo un pequeño episodio de esos grandes recuerdos...






