
El juego consistía en buscar una pared y mucho espacio libre alrededor, si había columnas tanto mejor, porque las columnas ayudaban a desviar la trayectoria del balón. Cualquiera podía jugar, nadie estaba vedado, así que las chicas se unían de vez en cuando. Se repartían turnos un poco al tuntún mientras Bermejo, el mejor de la clase en dibujo, formaba un rectángulo en la arena al pie de la pared. Fíjate qué sencillo, una pared transformada así en un paredón. El primero pateaba el balón con fuerza y el segundo o quizás la segunda debía de estar atenta para patear a su vez. Una regla gobernaba el juego: si el balón no pegaba en la pared dentro del rectángulo entonces la persona tenía, inexorablemente, que colocarse dentro del rectángulo, en el paredón, frente a los fusileros. Ese era el juego, tan sencillo e inocente, entonces. Si alguno de los del paredón cazaba la pelota al vuelo, volvía a formar parte de los fusileros.
Mi abuela me vio jugar una vez al paredón, batió la cabeza como un péndulo y regresó a casa. Por la tarde, durante la merienda, la abuela me miró a los ojos mientras yo mojaba unas galletas en el cola-cao. Sacó aquella voz dura de barítono que tanto me afligía para decirme: ¿Alguna vez te conté que al abuelo quisieron fusilarlo? Yo no supe qué decir, nunca supe qué esperaban de mí con aquellas frases solemnes, me irritaba que durante mi merienda quisieran hablarme como a un adulto, cuando yo lo que quería era ver los dibujos en la tele. No dije nada, rápidamente mordí como cinco o seis galletas para llenarme la boca de migas sabiendo que a mi abuela no le gusta que hable con la boca llena. Es cierto, Gordi, intervino mi madre. “Dos contra uno, estaba vencido” pensé, mi madre siguió contándome que al abuelo casi lo fusilan, que llegaron a ponerlo delante del pelotón y atrás un paredón inmenso detenía las balas que no tocaban cuerpo, pero se salvó, lo indultaron. A Martín, el amigo de infancia del abuelo, lo mataron allí dos días antes.
Yo creo que intentaban prohibirme el juego no por mí sino por ellas, por evitarse recuerdos, pero nunca me prohibieron jugarlo, peor aún, dejaron a mi conciencia que decidiera. Libre albedrío, cómo odiaba esas dos palabras de pequeño y cómo me molestaba que los adultos quisieran cargarme de responsabilidades cuando no era mi turno.
Después de merendar fui al parque, en seguida Béjar me preguntó si me apuntaba para jugar al pelotón. Claro, le dije, y salimos corriendo a reunirnos con los demás. Eso sí, no pude evitar jugar con cierto remordimiento jalándome de los tobillos.





