Frío de marzo
El otro día, lleno de alevosía y nocturnidad, en medio de un bar donde descrifrábamos antiguas amistades, un amigo me comentaba el tema de los móviles en los institutos. Nos inquieta a los dos porque somos profesores de eso que llaman enseñanza secundaria. Lo que venía a comentarme este amigo era algo sorprendente. Una señora, una señora madre de sus hijos, para más datos, hacía una diatriba contra internet. Para ella lo alarmante no era que a los chavales les de por imitar La naranja mecánica y grabarlo en pequeñas pantallas y que se los pasaran en mensajitos o luego lo colgaran de internet. Para la señora madre de sus hijos lo maléfico era internet, el desastre social estaba en las capacidades infinitamente malévolas de la cibernética, no en la educación que les damos a esos chavales -me incluyo en la parte que me coresponde, como profesor que no como padre-.
Lo siento, pero reivindico la galleta materna, esa que alguna vez nos han regalado las madres para mantener la compostura. Ahora vendrán las huestes más alarmadas a denunciarme por defensa de la violencia. A mí mi madre me ha dado galletas, la Sole de 7 vidas da collejas a diestro y siniestro y no salimos tarumbas o retorcidos.
Para los más dialogantes, los de la nueva escuela del niño intocable, les recomiendo que lean la última entrada del Descodificador
Como regalo un pedazo donde habla de fútbol, esa hermosa escuela:
"Si la mete le damos un plátano", chilló un chaval de unos diez años cuando Roberto Carlos estaba a punto de tirar una falta.
Lo siento, pero reivindico la galleta materna, esa que alguna vez nos han regalado las madres para mantener la compostura. Ahora vendrán las huestes más alarmadas a denunciarme por defensa de la violencia. A mí mi madre me ha dado galletas, la Sole de 7 vidas da collejas a diestro y siniestro y no salimos tarumbas o retorcidos.
Para los más dialogantes, los de la nueva escuela del niño intocable, les recomiendo que lean la última entrada del Descodificador
Como regalo un pedazo donde habla de fútbol, esa hermosa escuela:
"Si la mete le damos un plátano", chilló un chaval de unos diez años cuando Roberto Carlos estaba a punto de tirar una falta.





