Episodios de cine. Especial Allen: SEXO
"Te voy a contar una historia tremenda acerca de la anticoncepción oral: le dije a esa chica si quería hacer el amor conmigo y me dijo que no."
"Téngase presente también que para el amante la amada es siempre el más bello objeto imaginable, si bien para un extraño resultará indistinguible de cualquier variedad de salmónidos. "
Del libro "Cuentos sin plumas"
"Tú usas el sexo para expresar cualquier emoción menos amor."
Maridos y mujeres
"El sexo entre dos personas es una cosa hermosa; entre cinco es fantástico..."
"No te metas con la masturbación. Es hacer el amor con alguien a quien yo quiero."
Annie Hall
-¿Es sucio el sexo?.
-Únicamente si se hace bien
"Téngase presente también que para el amante la amada es siempre el más bello objeto imaginable, si bien para un extraño resultará indistinguible de cualquier variedad de salmónidos. "
Del libro "Cuentos sin plumas"
"Tú usas el sexo para expresar cualquier emoción menos amor."
Maridos y mujeres
"El sexo entre dos personas es una cosa hermosa; entre cinco es fantástico..."
"No te metas con la masturbación. Es hacer el amor con alguien a quien yo quiero."
Annie Hall
-¿Es sucio el sexo?.
-Únicamente si se hace bien
Valjean, don´t touch my Breil
Suenan las campanas de la iglesia. El minutero apunta al cielo y la contaminación acústica golpea siete veces aquí, en la tierra. Siete golpes secos, sin melodía ni armonía. En ese momento no sabes si correr porque llegas tarde a alguna cita, o alargar el brazo con el fin de desactivar la alarma del despertador de la mesita de noche.
Hace años que el tiempo lo llevamos en forma de apéndice colgado de la muñeca. Algunos, los más progres, de la izquierda y otros, los más pijos, de la derecha. En mi caso, suelo buscar algún reloj añejo perdido por casa, le corto los tentáculos que a modo de esposas lo ciñen al cúbito y lo guardo en el bolsillo del pantalón. Quizás para no estar pendiente de él cada vez que la manga del jersey lo deja a la intemperie. Quizás sea tan solo para hacer explícita la metáfora que el tiempo pasa sin darnos cuenta.
Cada vez somos más listos. Hemos dejado atrás la época de los inventores y nos encontramos en la era de los técnicos. Básicamente son lo mismo, salvo que los primeros son conocidos por tener la capacidad de crear un ingenio y los segundos, no sólo lo crean sino que lo producen en serie, nos generan la necesidad de tenerlo y acabamos siendo siervos del artificio.
Vuelven a sonar las campanas de la iglesia. Dos cuartos. Ahora el minutero apunta al infierno y definitivamente yo llego tarde. Entro en el restaurant. Pedimos un entrante, un segundo frugal y un minuto después un buen crianza del Priorat. A mi derecha un comensal deglute con fruición compulsiva un trinxat de la Cerdanya. Estoy por decirle que jamás Occidente había dispuesto de tantos alimentos como en nuestra época, no hace falta que usted coma como si se le fuera a acabar. Me retengo porque intuyo que no es una cuestión de escasez sino más bien de estrés post-trabajo.
Ahora tenemos agendas cargadas que hipotecan nuestro futuro de acontecimientos a treinta años vista sin saber muy bien el interés que realmente nos suscitan. Tenemos alarmas, relojes de cuarzo, rutinas y vicios, cronógrafos seiko, relojes de sol factor treinta y bellas princesas que al llegar la hora susurran hirientes “ Valjean, don´t touch my Breil”.
Salgo del restaurant. No sé que hora debe de ser, pero tarde sí que parece. Miro hacia la iglesia. Las dos agujas señalan al cielo buscando culpables. Y entonces suenan campanadas a medianoche.
Hace años que el tiempo lo llevamos en forma de apéndice colgado de la muñeca. Algunos, los más progres, de la izquierda y otros, los más pijos, de la derecha. En mi caso, suelo buscar algún reloj añejo perdido por casa, le corto los tentáculos que a modo de esposas lo ciñen al cúbito y lo guardo en el bolsillo del pantalón. Quizás para no estar pendiente de él cada vez que la manga del jersey lo deja a la intemperie. Quizás sea tan solo para hacer explícita la metáfora que el tiempo pasa sin darnos cuenta.
Cada vez somos más listos. Hemos dejado atrás la época de los inventores y nos encontramos en la era de los técnicos. Básicamente son lo mismo, salvo que los primeros son conocidos por tener la capacidad de crear un ingenio y los segundos, no sólo lo crean sino que lo producen en serie, nos generan la necesidad de tenerlo y acabamos siendo siervos del artificio.
Vuelven a sonar las campanas de la iglesia. Dos cuartos. Ahora el minutero apunta al infierno y definitivamente yo llego tarde. Entro en el restaurant. Pedimos un entrante, un segundo frugal y un minuto después un buen crianza del Priorat. A mi derecha un comensal deglute con fruición compulsiva un trinxat de la Cerdanya. Estoy por decirle que jamás Occidente había dispuesto de tantos alimentos como en nuestra época, no hace falta que usted coma como si se le fuera a acabar. Me retengo porque intuyo que no es una cuestión de escasez sino más bien de estrés post-trabajo.
Ahora tenemos agendas cargadas que hipotecan nuestro futuro de acontecimientos a treinta años vista sin saber muy bien el interés que realmente nos suscitan. Tenemos alarmas, relojes de cuarzo, rutinas y vicios, cronógrafos seiko, relojes de sol factor treinta y bellas princesas que al llegar la hora susurran hirientes “ Valjean, don´t touch my Breil”.
Salgo del restaurant. No sé que hora debe de ser, pero tarde sí que parece. Miro hacia la iglesia. Las dos agujas señalan al cielo buscando culpables. Y entonces suenan campanadas a medianoche.
En verso, la palabra es dura
Esta carta que te escribo
no es una declaración de amor,
que las mujeres que lloran al tiempo que matan
ya no enamoran.
Que ya no veo por el cristal
de tus lentillas de usar y tirar.
Estos versos que te escribo
no son un poema de amor.
Si crees que como Romeo
por tí me corto las venas, no.
Ahórrate esas tiritas
que esas pupilas ya no dilatan un au revoir.
Este son que te escribo
No es una canción de amor.
Ahora que esas mejillas
ya no maquillan que no me vas.
Que dejas de ser mi loba,
y no me ladres
como tu padre o como su can.
Estos besos que te firmo
no son una orgía de amor.
Si crees que como Julieta
si tú te tiras voy yo detrás,
ahórrate ese mal trago
que no me asomo ni por asomo o casualidad.
Hasta el perro de tu padre
sabe que este caramelo
no está hecho para tu boca,
ni tu minifalda para vestir Santos.
Que si hoy estoy sin tí,
mañana estaré con otra.
Que ni reiré tus gracias,
ni lloraré tus penas,
y tú te quedarás sin saber
cómo besan los poetas.
Lupo Synclair " Dos esquirlas después"
Me arrastro. Una brizna de sangre fluye desde mis labios aprovechando la rivera que había trazado una lágrima caída. Me levanto y empujo la puerta de un club que todavía permanece abierto. Suena Liza Minnelli pero en lento, con voz grave, a veinticinco revoluciones por minuto para darme tiempo a caer antes que concluya la primera estrofa.
Dos días después abro los ojos y la veo. Sin preguntarle me dice que se llama Ingrid y trabaja en el local de abajo. La habitación es una especie de buhardilla de techo inclinado con una cama, un sofá y poco más.
- Has tenido suerte que Leo estudió veterinaria antes de dedicarse a servir copas – espetó mientras agitaba una taza metálica con dos esquirlas de plomo en su interior.
Ingrid luce ojos verdes, pómulos alpinos y pelo negro café solo. Dice que recuerda haberme visto un par de veces en la barra, solo, frente a una Foster ámbar y fría. Yo debo haberla olvidado ese par de veces. No sé más de ella salvo que mis noches en su cama han sido sus noches en el sofá.
Dos semanas después apago las brasas de mi cigarro en la farola que hay enfrente de la puerta del club Las Damas. Llueve. Siempre la espero fuera, pero siempre hay un casi siempre. Leo me sirve una Foster mientras mira de reojo al tendido. Siguiendo el hilo de unas carcajadas veo una mesa con cuatro tipos. Ingrid les sonríe mientras ellos le cobijan entre pechos varios billetes. Me voy hacia uno de ellos, el más generoso.
- Synclair!! – exhala ella
- Es tu chica, verdad?... Sí, sí, sí .. – afirma sereno- Sabes!?, mi padre me decía “no te fíes de ninguna”, comprendes, hijo? sólo te traerán problemas, aunque sea tan guapa, jugosa y con un gran futuro...
- ...entre las piernas - corearon sus acólitos entre risas.
- A ésta la tengo muy vista- prosiguió- pero esta noche... ya he pagado.
Arrastro mi brazo con furia sobre la mesa derribando todas las copas, del mismo modo que la pala de un quitanieves se abriría paso por una carretera de alta montaña. Cojo al tipo por las solapas, lo levanto y enquisto en la pared.
- Pues si la tienes tan vista, a partir de ahora ya no la mires, tan solo haz memoria.
Fue lo último que dije antes que alguien malgastara una botella de protos del 73 en mi sien.
Dos minutos después despierto en la acera brillante y empapada. Me levanto. Alzo el cuello de mi abrigo y enciendo un cigarro negro, muy negro. Si Fritz Lang estuviera aquí, haría un travelling vertical con la cámara en paralelo a la farola, abriendo plano y viéndome alejar calle arriba sumergiéndome en la oscuridad.
Quizás Bogart lo hubiera hecho mejor.
Dos días después abro los ojos y la veo. Sin preguntarle me dice que se llama Ingrid y trabaja en el local de abajo. La habitación es una especie de buhardilla de techo inclinado con una cama, un sofá y poco más.
- Has tenido suerte que Leo estudió veterinaria antes de dedicarse a servir copas – espetó mientras agitaba una taza metálica con dos esquirlas de plomo en su interior.
Ingrid luce ojos verdes, pómulos alpinos y pelo negro café solo. Dice que recuerda haberme visto un par de veces en la barra, solo, frente a una Foster ámbar y fría. Yo debo haberla olvidado ese par de veces. No sé más de ella salvo que mis noches en su cama han sido sus noches en el sofá.
Dos semanas después apago las brasas de mi cigarro en la farola que hay enfrente de la puerta del club Las Damas. Llueve. Siempre la espero fuera, pero siempre hay un casi siempre. Leo me sirve una Foster mientras mira de reojo al tendido. Siguiendo el hilo de unas carcajadas veo una mesa con cuatro tipos. Ingrid les sonríe mientras ellos le cobijan entre pechos varios billetes. Me voy hacia uno de ellos, el más generoso.
- Synclair!! – exhala ella
- Es tu chica, verdad?... Sí, sí, sí .. – afirma sereno- Sabes!?, mi padre me decía “no te fíes de ninguna”, comprendes, hijo? sólo te traerán problemas, aunque sea tan guapa, jugosa y con un gran futuro...
- ...entre las piernas - corearon sus acólitos entre risas.
- A ésta la tengo muy vista- prosiguió- pero esta noche... ya he pagado.
Arrastro mi brazo con furia sobre la mesa derribando todas las copas, del mismo modo que la pala de un quitanieves se abriría paso por una carretera de alta montaña. Cojo al tipo por las solapas, lo levanto y enquisto en la pared.
- Pues si la tienes tan vista, a partir de ahora ya no la mires, tan solo haz memoria.
Fue lo último que dije antes que alguien malgastara una botella de protos del 73 en mi sien.
Dos minutos después despierto en la acera brillante y empapada. Me levanto. Alzo el cuello de mi abrigo y enciendo un cigarro negro, muy negro. Si Fritz Lang estuviera aquí, haría un travelling vertical con la cámara en paralelo a la farola, abriendo plano y viéndome alejar calle arriba sumergiéndome en la oscuridad.
Quizás Bogart lo hubiera hecho mejor.





