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DESDE LA LIBERTAD
CUENTOS, RELATOS, EXPERIENCIAS, TROZOS DE MI REALIDAD
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CUENTOS, HISTORIAS, RELATOS, EXPERIENCIAS, RETAZOS DE REALIDAD... Cuando alguien quiere algo con todo su corazón, el universo entero conspira para que lo logre. -Paulo Coelho- "El Alquimista"
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MI FORMA DE SER
Todos somos como somos. Eso es de cajón. Sin embargo muchas veces nos gustaría ser distintos, me explico: hay algunas cosas en mi que no es que me disgusten sino que a veces me complican la vida. Y también me gustaría tener otras cosas de las que carezco por completo. (¿ como cuales?, ufffff... hay una lista larguísima: disciplina, control emocional, serenidad, constancia, etc. etc.)

Pero hoy me ha dado por hablar de una parte de mi que creo que es innata, algo inherente a mi personalidad o a mi forma de ser. Desde que yo puedo recordar -mirando hacia atrás tanto como puedo- ha estado ahi. Yo la definiría como la capacidad de ponerme en los zapatos de otro. De empatizar con sus sentimientos y pensamientos. De comprender su punto de vista.

Direis que si hago eso es porque muchas veces mi manera de ver las cosas coincide con la de las personas en cuestión. O quizá porque las emociones que esas personas expresan proceden de unas vivencias que yo también he experimentado. Si, no negaré que a veces es así, que me he sentido cerca y en la piel de personas con las que he compartido experiencias, emociones, sensaciones, vivencias, claro!...... Pero no hablo de eso.

¿Que dificil que es hablar de estas cosas verdad?

A ver ....yo tomo la perspectiva de los otros. Entiendo sus motivos o sus estructuras del mundo sin adoptar -necesariamente- esa misma perspectiva. Sin tener sus ideas, ni mucho que ver con ellos, ni haber vivido o sentido nada parecido.

Sencillamente es como si pudiera hacer el juego de trasladarme emocionalmente a vivir dentro de ellos. Solo que no es un juego. Es como si cambiara de plano y me metiera en su encuadre y viera con sus ojos y sintiera lo que ellos sienten.

Eso me ocurre mucho mas a nivel emocional. Siento lo que sienten. Entiendo por qué se sienten así. Y me implico. Es un proceso. Me pongo en su lugar, ergo les entiendo, ergo, comprendo por qué hacen lo que hacen, qué les hace ser asi.

Esto no es malo porque genera mucha comprensión en el entorno en que me muevo. También hace que actue con una cierta psicologia con la gente. Pero al mismo tiempo, dado que soy una persona emocionalmente vulnerable -muy emotiva e impulsiva, demasiado sensible- hace que me implique en los problemas y los disgustos de los demás. Que los sienta míos.

De la gente que me importa si, pero a veces también de los otros. De los simples conocidos. De la gente que se mueve a mi lado. No se, es algo que actua en las dos direcciones. La gente parece percibir que la escuchas realmente, que empatizas con lo que te cuentan y por lo tanto, silenciosamente, piden tu ayuda.

Yo siento deseo de ayudar. No se por qué razón. No soy Santa Juana. Pero me gusta ayudar, me siento bien si puedo hacer sonreir a alguien. Me encanta que se sientan a gusto conmigo. Pero a veces no se puede, a veces no hay nada que puedas hacer, excepto escuchar. aunque pienso que escuchar de verdad es mucho.

Pero hay días negros en qué tu necesitas ayuda, en que necesitan que perciban como te sientes TU, aunque no lo grites. Y no lo ven. Y quizá no es culpa suya, pero una se siente mal. Sientes que deberían oir los gritos del silencio. Percibir las corrientes que arrastran las mariposas negras.

Hoy estaba leyendo "Las Puertas de Anubis", tumbada en mi cama, escuchando "Arrepentido" de Sôber. Se estaba bien, a gusto. Una rendija de sol iluminaba las flores que pinté sobre una de las paredes de mi habitación y arrancaba destellos de la purpurina. Me ha dado por pensar en la felicidad. Mi mente ha empezado a divagar sobre una posible dirección url -imaginaria, por ahora :) - sueñoscumplidos.com, por ejemplo.

Imaginaos que en algún lugar de la red hubiera un émpata capaz de "sentir" lo que necesitas y hacerlo realidad, aunque fuera por un dia...... mmmmmmmmmmm........

La idea promete....

Se admiten sugerencias.
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EL SALTO DEL ANGEL
Me he quedado medio dormida. Raúl me despierta sacudiendo mi hombro con suavidad, estamos llegando al Salto del Angel y sabe que no quiero perdérmelo. La avioneta sobrevuela ahora la zona exacta, antes de dirigirse al lugar donde montaremos el campamento.

Medio adormilada aún, miro por la ventanilla. A pesar de lo familiar que me resulta ese paisaje, quedo como siempre impresionada por su inmensa altura. Por esas rocas cortadas a pico de montaña y la espectacular cascada (en mis oídos resuena aún la voz de Charlie esa primera vez: la cascada mas alta del mundo Laura!, como añoro su entusiasmo, su fuerza vital...).

La belleza salvaje de este lugar me sobrecoge, se adueña de mi. El agua salta por diferentes chorros, el mas ancho parece un geiser invertido, con anillos parecidos a una extravagante estacion espacial futurista. Sonrio ante este pensamiento y siento la presencia familiar de Charlie, oigo de nuevo su voz (Esa afición tuya a la ciencia ficción, Laura, hace que tus descripciones sean como minimo peregrinas -aqui su rostro exhibe esa sonrisita irónica que yo adoro-..no habia escuchado a nadie describir asi el agua de esta cascada). Lucho contra la nostalgia y mantengo a raya mis pensamientos volviendo a concentrarme en el paisaje que corre veloz ante mis ojos.

La fuerza del agua al caer desde tan alto, combinada con la humedad y la luz del sol, hace nacer pequeños bancos de niebla que dan un aire de irrealidad a las rocas, al agua, al verde. Entre la montaña y el verde de la selva, se extienden los arcoiris. Todo esta lleno de ellos. Es mágico. No puedo imaginar nada mas esperanzador para mi vieja sangre irlandesa. Quizá sí que exista ese caldero lleno de monedas de oro -o su equivalente- para quien lo sepa encontrar, al final del arcoiris.

Por fin hemos aterrizado y los monitores de salto dan el discursito de siempre para los novatos. Como yo no lo soy, me pierdo en mis pensamientos y ayudo a montar las tiendas. La gente esta nerviosa y no me sorprende, no es ninguna tontería saltar en paracaidas desde lo alto del Salto del Angel. Casi 1000 metros en picado te separan del suelo y cualquier equivocacion puede llevarte a caer en la selva, donde las serpientes que habitan en los árboles y no son precisamente inofensivas, son uno de los peligros. Eso en el caso de que no te maten los árboles. Pero vamos, casi todo el mundo controla el paracaidas y sabe como dominarlo para que caiga en la zona preparada.

Después de un descanso intranquilo durante la noche (no he dejado de oir la voz de Charlie durante la mayor parte del tiempo, diós, como le añoro...) llegamos por fin a lo alto y nos preparamos para el salto. Yo soy de las últimas, así lo pedí y Raúl es un amigo, el me comprende.

Van saltando uno a uno mis compañeros. Sus parejas normalmente no saltan, aunque algunas si se atreven. Uno de ellos cae mal porque se le enredan las cuerdas y da sobre un arbol. Por fortuna el equipo de rescate esta preparado y le sacan rapidamente sin mas daño que una torcedura en el tobillo. Algún otro se desmarca del lugar preparado para aterrizar, pero realmente no ocurre nada que estropee el dia. Y eso es muy importante para mi.

Cuando llega mi turno, solo quedamos ahi arriba Raúl y yo. El saltará después de mi. Me giro para recoger la urna del suelo y la abro con emoción contenida. No quiero que me salten las lagrimas. Le prometí a Charlie que no lloraría, que sería un acto de amor sin melancolías, sin reproches, sin amargura. Saco un puñado de cenizas y las esparzo al viento. Mi pelo revolotea al hacerlo, me sigue como una nube. Inspiro fuerte y digo en voz alta:

- Te quiero Charlie... eras un hombre de verdad. Nunca tuviste miedo de vivir. Nunca quisiste cambiarme. No fuiste ni comedido ni prudente con nada, ni siquiera con tus sentimientos y lo diste todo sin esperar que te lo devolvieran en la misma medida. No fuiste perfecto, pero si lo eras para mi. Amabas el riesgo y la aventura y afrontabas cada dia como si fuera el último que fueras a vivir. Mirabas la vida con mirada de niño y tu corazón nunca me defraudó.

Seguí rodando en circulos sobre mi misma, allí en la cima del Salto del Angel, dónde tantas veces habíamos saltado los dos. Agarrando puñados de ceniza, de la ceniza que era lo único fisico que quedaba de mi amor. Las lágrimas rodaban por mi cara si, pero no eran lágrimas amargas, y él estaria para siempre allí, formando parte de todo lo que amaba. Ofrecí la urna a Raúl -su amigo, mi amigo- para que tambien él colaborara en la ceremonia. Asi lo hizo.

Al final salté al vacío, mi primer salto sin él, aunque no estoy nada segura de que no estuviera realmente allí conmigo.

Es como volar, volar... el único vuelo humano posible.. el viento te acoge y el salto hace que te sientas única, fuerte, libre, salvaje. El tiempo transcurre hasta que abres la anilla y ante ti se desliza el paisaje. Hueles el agua, percibes los arcoiris y eres como un pájaro.

Soy libre. Seguiré volando. Y voy a vivir.
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INOCENCIA PERDIDA
Sentada en las rodillas del abuelo de su amiga se sentía cómoda. Le gustaba sentir el calorde otra persona, su naturaleza cálida la llevaba a desear ese contacto. Por esa razón solía sentarse encima de las rodillas de los clientes más fieles del bar de sus padres y como era sólo una niña a nadie le parecía mal. Corrían otros tiempos.

En la oscuridad del altillo veían la televisión, viejos programas, viejas películas en ese tunel del tiempo del pasado. Ella se agarraba a la vieja baranda de madera, apoyaba los brazos allí y a veces la cabeza sobre los brazos y se quedaba dormida. Sólo tenía 9 años., camino de los 10.

Siempre veían la televisión en el altillo de madera construido como una especie de piso añadido, con una vieja y empinada escalera y lleno de mesas de mármol blanco con patas de hierro forjado. También había alguna mesa de formica y sillas, muchas sillas. Muchas de ellas junto a la baranda de madera, enfocadas para poder ver la television que colgaba a la misma altura, muy arriba.

Sus padres estaban abajo, en el bar, trabajando o charlando con la gente, pero ella solía estar todas las noches allí arriba, casi siempre sola, o en compañía de adultos. Muchas veces pensaba que no se acordaban que estaba alli, que se olvidaban de ella. Jugaba al viejo juego de ser invisible. Le gustaba la oscuridad del lugar cuando nadie comia allí, cuando solo estaba ocupada realmente la planta baja del bar. Era como un rincón secreto, un jardín secreto. Un lugar intimo para dar rienda suelta a los sueños que despertaba la magia de la tele.

Pero esa noche el Sr. Paco estaba distinto. Ella no sabía exactamente en qué consistía esa diferencia pero estaba ahi. Aunque ella era solo una niña estaba empezando a cambiar. Sus pezones habían empezado a crecer repentinamente, casi al mismo tiempo que una ligera e incipiente pilosidad se insinuaba en sus partes intimas. Se sentía asombrada por esos cambios y en cierto modo avergonzada, ya que su mente no había cambiado, por lo que solía llevar a todas partes una carpeta con la que cubria su pecho. Las manifestaciones insolentes de su feminidad prepúber la habían pillado por sorpresa. Miraba a su alrededor y no veia en las otras niñas ninguna transformación parecida.

Esa noche estaba medio amodorrada viendo una serie de ciencia ficcion, sentada sobre las rodillas del abuelo de Montse, su amiga, cuando los dedos de la mano de él empezaron a acariciar su cuello. Eso no la molestó, le encantaba que le tocaran y la acariciaran, sobre todo el pelo... pero si empezó a alarmarse cuando esos mismos dedos bajaron lentamente -sin que su dueño diera muestra alguna de estar haciendo nada malo, sin que dejara de mirar fijamente lo que daban en la tele- y encontraron los botoncitos hinchados de sus pezones y presionaron alli, como sin querer, como sin intención, como si no fuera ese trozo de piel diferente de cualquier otra parte de su cuerpo de niña.

Pero ella se sentía mal. Algo no iba bien y no sabía si era por culpa de ella. Sentía como si le hubiera provocado, como si hubiera pedido esas caricias, aunque sabía que no era asi. Solo deseaba que esos dedos dejaran de acariciarla.Se sentía sucia.

Al cabo de un rato, ella reunió valor y bajó de sus rodillas y se fue a su habitación, sin acabar la peli, antes de lo previsto, ante la mirada sorprendida de todos.

Y a la mañana siguiente quiso creer que todo era un sueño, solo que no lo era.

Y el bueno del Sr. Paco siguió acosándola, siempre cuando estaba sola, siempre de forma solapada, siempre a escondidas de todo el mundo. Se apostaba bajo la escalera cuando ella subía corriendo, para verle las piernas. Le decía cosas muy bajito que apenas entendía. Y lo peor era su mirada, una mirada tan sucía que le entristecía el alma.

No sabía que hacer porque no confiaba en su madre. Sabía que le echaría la culpa a ella o no la creería. Su madre jamás la había apoyado. Así que calló. Desarrolló una fuerza que no tenía y aprendió a enfrentarse a ese viejo obsceno que engañaba a todo el mundo con su aire de inocencia. Aprendió a frenarle y a contestarle, a esquivarle y a ponerle en su sitio y todo ello con menos de 12 años y ante la oposición de su familia, que no comprendía su antipatía por el pobre ancianito.

A partir de aquel momento comprendió que su infancia se alejaba y se perdía en alguna playa remota y ya nunca se sentó en las rodillas de nadie.
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LA CHICA QUE OLIA A CARAMELO
De pequeña olia a chicle double gum de fresa. De esos que tenían dos partes redondas unidas entre si. De esos que eran muy duros al principio y luego estallaban en una explosión de sabor inigualable.

También la envolvía una leve fragancia a ratoncito de biblioteca. Olía a comics, a libros nuevos, a libros viejos. En los días de "cole" desprendía un evanescente olor a tinta. Esa misma tinta azul con la que se manchaba los dedos. Y los días de lluvia olía a ropa mojada, a agua fresca. A la goma nueva de sus botas, de un brillante color rojo. Rojo como su chubasquero de pescador. A ella le gustaba pasear bajo la lluvia, empaparse de lluvia. Su pelo olía a viento.

En los meses de vacaciones olía a espliego, a tomillo, a romero y a menta. Traicionando así su paso secreto por el bosque en busca de sueños. Y en los oscuros cines de su infancia olía a adrenalina, a pasión, a miedo, a excitación, a electricidad y a felicidad absoluta.

Mas tarde olía a helado, a batido de fresa y a horchata. A cerveza helada y a salchichas alemanas. A humo de cigarrillos y al olor dulzón del hachís y la maría, que se entremezclaban con el aroma a sexo joven que desprendía su cuerpo adolescente.

Y después desprendía el intenso olor de las feromonas desatadas,. Se perdía en la intensidad de la serotonina. Vibraba con el olor a rosa color fuego que sus deseos le marcaban. Se cubria del olor a pastel azul de los sueños.

Hizo volar cometas. Vivió peligrosamente. Se dejó llevar por el torbellino de olores de la vida que empezaba.

Y luego llegó el olor de los sueños rotos. El sabor a hiel de las amarguras. El olor a ceniza de la decepción. El tufo agridulce de la tristeza -que no es desesperación pues los labios mas tristes la saludan con una sonrisa- . Y por último el olor negro del dolor.

La vida fue impregnándola de olores que iban y venían como una ola y se sucedían como las mareas.

Y cuando el mar la dejó, al cabo de mucho tiempo, por fin en un puerto seguro, notó que sus labios seguían oliendo a caramelo.

A caramelo de frambuesa....
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LA ROSA Y LA PIEDRA -final-
El primer sonido que oyó cuando despertó de su letargo diurno fue la voz de Angharad cantando Greensleaves. Sonrió de placer al oir la conocida melodía. Casi al mismo tiempo sintió la vieja punzada de dolor. Ella estaba allí, sí, no le había abandonado aún y le amaba con un amor que les encerraba en un mágico circulo de dos. De ello estaba completamente seguro. Sin embargo no estaría ahi para siempre, pensó con amargura. Su. Angharad era mortal y siempre lo sería porque él jamás atentaría contra su vida. Era un juramento que había formulado aquella primera noche y Siberius jamás faltó a su palabra. Aunque deseara mas que nada en el mundo mantenerla para siempre a su lado no lo haría a costa de destruir su fragil y maravillosa humanidad.

Saltó agilmente de su lecho de raso en el sótano de la mansión del Trastévere donde vivían desde hacía ya 25 años.

La primera noche que estuvo con ella, allá en Gales, en la vieja posada donde vivía con sus tios, el se enamoró perdidamente de ella. Por fin, en la oscuridad y el tedio de sus largos años de inmortalidad errante, encontró algo por lo que merecía la pena vivir, seguir en ese mundo cambiante, loco, absurdo, cruel.

La raptó, aunque con su total consentimiento, y surcando media Europa volvió casi a los orígenes, a Italia.

No tenía sentido remover las cenizas de Cartago, sin embargo Italia le era mas próxima a un hombre como él que cualquier otro pais de Europa. No tuvo necesidad de dar explicaciones a su dulce Angharad, que era una joven extraña. Nunca le hacía preguntas. Le amaba como él la quería a ella y no parecía encontraar nada extraño en la vida que llevaban, ni en el hecho de que su hombre sólo fuera visible después que el sol se hubiera puesto en el horizonte.

Al principio, él que no estaba acostumbrado a amar y desconocía siquiera esa sensación, pensó que ella se sentía atraída por su riqueza y por su poder. Pero no, era algo mas profundo que eso. Angharad vivía en su propio mundo y siempre había vivido en él. La realidad nunca la había tocado. Tal vez era una soñadora, aunque de una especie peculiar que no parecía ignorar que algunas veces la vida era maligna tanto como buena. Que no se sentía horrorizada ante la muerte y que parecía considerar que formaba parte de la vida. Era una persona a la que le interesaban profundamente algunas cosas y en cambio era sorda y ciega a otras, como si no le afectaran.

Para ella la música era su modo de comunicarse con los demás y quizá lo que le despertaba sentimientos mas profundos y estables. Transmitía sus emociones por medio de su canto, acompañada por su viejo laud, por una flauta, un arpa o una mandolina.

Amaba a Siberius y se apoyaba en su Fuerza, en su caracter misterioso, en sus silencios, en los especiales rituales de amor que llevaban a cabo en la intimidad de su dormitorio y no estaba interesada en las razones que le hacían ser tan diferente de las otras personas. Por otra parte vivían bastante aislados de la sociedad en general y los sirvientes bien pagados y bien tratados eran sirvientes leales. Ella no parecía necesitar otra compañía que la de él. Era suya por elección, no por cualquier conjuro, hechizo, velo o sombra que el Vampiro hubiera lanzado sobre ella.

A esa conclusión llegó con el paso de los años y después de haberle puesto innumerables pruebas y trampas y dado múltiples ocasiones de abandonarle y de seguir viviendo comodamente y gozando del placer de poder tocar su música y cantar.

Ella había cambiado con el paso del tiempo, perdido un poco la esbeltez que la caracterizaba. Finas arrugas rodeaban sus ojos verde-gris, ojos color de mar, pero no lograban borrar el encanto de su mirada. Sus rojos cabellos seguían tan esplendorosos como siempre, aunque sembrados de finas hebras de plata. En cambio Siberius era el mismo de siempre: un joven guerrero de castaños e hirsutos cabellos y mirada arrogante. Pero dentro del circulo mágico en que los encerraba su amor ellos eran Siberius y Angharad y nada podía separarles ni cambiarla a sus ojos. Podía ver los colores deslumbrantes que desgranaba su voz. Sentir la vibración de su aura cuando el la rodeaba con sus brazos y la besaba. Podía notar como su esencia y la suya se fundían en el abrazo vampírico -siempre un sorbo, siempre cauteloso-

El había encontrado por fin su sitio porque su sitio era ella.

Pero un día despertó de nuevo y Angharad ya no cantaba. Su cuerpo yacía en el suelo al lado de su viejo laud, sus cabellos de plata desparramados por el suelo rojizo, como una ofrenda.

Ese día Siberius murió de nuevo y lloró lagrimas de sangre que tiñeron su rostro como en una máscara trágica de Carnaval.

Enterró a su amor bajo un viejo roble en el jardin de la Mansión del Trastévere y rodeo su tumba de un rosal. Vacio por completo intentó morir dejando que el sol le alcanzara, alli tendido sobre la tumba de ella, pero el sol no fue compasivo y no quiso llevarselo.

Siendo como el era una concha vacía y sintiendo que su chispa vital se había agotado por completo se dejó llevar. Volvió a entrar en su casa y allí, con el paso del tiempo, se convirtió lentamente en piedra, como las viejas leyendas cartaginesas decian que se convirtían los guerreros que habían perdido la gracia de los Dioses en la batalla. Al final dejó de ser consciente y solamente era una estatua de un guerrero, allí en el portal de la Casa del Trastévere donde tan felices habían sido.



Debajo de la puerta redonda que daba acceso a la casa. La puerta donde él había grabado en un escudo de piedra las rosas y los grifos que fueron antaño el simbolo de los hombres de su familia.










ROMA, Barrio del Trastévere, 10 de agosto de 2001


7,30 AM

Alex se despertó sobresaltado, con el corazón latiendo tan fuerte en su pecho que parecía que lo tenía en la boca. Dios, que sueño tan extraño había tenido..... Lo recordaba todo: Cartago, Siberius, la mujer y su suave piel blanca. La venganza. Angharad.... Angharad.....

¿Cómo era posible que hubiera imaginado un sueño tan elaborado y tan complejo?. Se incorporó totalmente en el saco de dormir y bajó la cremallera, sacudiendo sus rebeldes cabellos. Palpó con las manos hasta encontrar la linterna, sabía que estaba cerca a su lado. La encendió y la fria luz electrica iluminó la vieja casa en ruinas en la que se había refugiado la noche anterior.

Estaba en las últimas y no tenía dinero para gastar en un albergue, ni en una mísera pensión. Pensó que por una noche podría dormir en cualquier parque o cualquier rincón de la vieja Roma, y entonces fue cuando se encontró ante las ruinas de aquella casa. Le pareció que podía ser un refugio confortable, un lugar que quedaba aislado y que no era de fácil acceso. En cierto modo le parecía que era como correr una aventura (aunque sabía que sus padres hubieran puesto el grito en el cielo).

Entró, exploró un poco y encontró una habitación que no estaba tan en mal estado como las otras. Aun se veían restos de una pintura azul en las paredes y no tenía ventanas que dieran a la calle sino que daban al jardin, desde el cual se podía ver un inmenso roble, rodeado de rosas. Un jardín salvaje pero aun hermoso, pensó.

Ufff, el sueño volvía a su cabeza con un realismo increible. Tenía en su mente la imagen de Siberius: alto, fuerte, arrogante, con sus cortos cabellos castaños y sus ojos color gris piedra. También estaba ahi la muchacha del pelo rojo y la otra.... la pálida mujer encapuchada.

Se frotó los ojos y se rió de si mismo ¿ empezaría a creer ahora en fantasmas e historias descabelladas de vampiros?. Sacó una lata de Red-Bull de su mochila y la apuró a grandes sorbos, mientras comía unas oreo bañadas en chocolate. Sintiéndose mucho mejor, recogió sus cosas y se dispuso a salir de la casa.

Al llegar a la entrada se fijó en una estatua de piedra, muy deteriorada que había al lado de la puerta. No recordaba haberla visto la noche anterior al entrar alli, sin embargo a la fría luz de la mañana que se filtraba por las rendijas de la puerta, era perfectamente visible. Se plantó delante estremeciéndose. Se tratraba de la estatua de tamaño natural de un guerrero, vestido con una túnica corta y calzado con botas militares. El casco no parecía el típico casco romano...... Siberius....., pensó de forma totalmente instintiva.

Al borde de un ataque de nervios, sólo podía pensar en salir, asi que empujó la balda y abrió la puerta deseoso de estar a la luz del día una vez mas y de dejar la penumbra que le envolvía y empezaba a pesarle como una losa.. Aquella casa empezaba a darle escalofríos, aunque todo fuera producto de su imaginación de adolescente y de una indigestión de oreo y cocacola.

Con rápidas zancadas se plantó en el jardín y estaba a punto de cruzarlo y saltar la verja, sin mirar hacia atrás, cuando un impulso irresistible le hizo darse la vuelta.

Era como si un fuerte brazo se hubiera posado en su hombro y le hubiera hecho girarse a la fuerza.

Bajo los primeros rayos del sol de la mañana, que acariciaban ahora timidamente su superficie, . pudo ver bien la fachada de la casa. Encima de la puerta, justamente encima, había un escudo de armas grabado en piedra.

Un escudo que contenía rosas rojas. Un escudo parecido al que se mencionaba en su sueño.

Demasiadas coincidencias......

La luz del sol iluminó las rosas del escudo y bajó por la puerta y Alex sabía -aunque no lo veía- que la luz resbalaba ahora sobre la estatua de piedra del soldado (la estatua de Siberius... decía su vocecita interior)

Rosas, piedras, rosas en un tumba....

Un sueño?

FIN
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LA ROSA Y LA PIEDRA -cuarta parte-


Desde lo alto de la herbosa colina Siberius contemplaba el verde valle a sus pies. El crepúsculo había terminado pero los últimos trazos de la luz moribunda teñían aun el cielo de púrpura en la linea del horizonte. Entre los de su especie él era de los que se despertaban pronto del sueño letárgico en que los sumía la luz del día y gozaba especialmente de ello, se consideraba afortunado de ver aun un resto de luz en la noche que nacía.

Con el transcurso de los siglos Siberius no había cambiado en absoluto, al menos aparentemente, pero sin embargo él se sentía totalmente distinto. Su cortos cabellos seguían siendo abundantes y de color castaño, un poco ásperos. Sus ojos grises brillaban aun con toda la fuerza de la juventud, a pesar de que habían transcurrido mas de 1000 años mortales desde el dia de su "muerte", allá en el lejano jardín de su casa en Cartago. Su cuerpo seguía tan fuerte y musculado -el cuerpo de un atleta, el cuerpo de un guerrero- como era de esperar en un hombre de 25 años que practicaba el duro entrenamiento del soldado

Pero en su interior sí había cambiado, aunque solo él percibiera esos cambios. Su impaciencia, su fuerza vital, su impulsividad, su innata crueldad, su desprecio de la voluntad de los otros, su soberbia y su arrogancia estaban atemperadas por los años vividos, que le habían hecho valorar cosas a las que antes no le había dado la menor importancia. Que le habían transformado, paradójicamente, en alguien mas humano y que habían abierto su mente a otros puntos de vista, obligándole a tener en cuenta otros criterios.

Ahora le parecía extraordinariamente valiosa la vida humana. Le conmovian la inocencia, la pureza, la bondad de algunos seres. Como flores exóticas en un Jardín Salvaje. Añoraba su humanidad perdida y las cosas que se fueron con ella (los amaneceres, vivir a la luz del sol, tener hijos, una esposa, llevar una existencia "normal", disfrutar de la compañía y de la camaraderia, del amor de otros seres humanos). Ahora entendía por qué los vampiros eran en esencia seres solitarios. Eran los Cazadores de la Noche. Y que la inmortalidad podía ser tanto una maldición como un regalo.

Había recorrido el mundo entero. La caída del Imperio Romano le había dado una lección de humildad y también le había hecho notar la futilidad de las venganzas. Había descubierto muy pronto que los otros vampiros también deseaban desesperadamente la compañía de sus semejantes y que a veces buscaban la única compañía a la que tenían derecho, es decir la de sus compañeros vampíricos. Sin embargo las relaciones entre ellos nunca eran muy duraderas, mirándolo desde luego desde el punto de vista de la inmortalidad. Siempre llegaba un punto en que les atacaba la melancolía por lo que fueron y el frío contacto con otro vampiro no llegaba a darles lo que necesitaban. Muchos vampiros no se ocultaban de la sociedad en la que se movían sino que vivian en medio de la gente, disimulando lo que eran, siendo extraordinariamente cuidadosos. Por supuesto al cabo de un tiempo los hombres descubrían o intuian su secreto y ellos tenían que huir en medio de la noche para salvar la vida. Algunos morían a manos de esos mismos humanos. Otros, hartos de su eterno vagar en la noche y de la sobrecarga de los siglos acumulados y los cambios que no podían asimilar, se "suicidaban" arrojándose al fuego, o se enterraban muy hondo en las entrañas de la tierra -en una especie de vuelta al seno materno- y la locura se apoderaba de ellos, haciéndoles perder toda conciencia de lo que eran o de donde estaban. De estos últimos algunos volvían a la vida, después de largo tiempo de encierro.

Los vampiros mas viejos, entre los que se hallaba Siberius, generalmente se habian "enterrado" al menos una vez .... y habían renacido.

Ahora se hallaba en Gales, en la Isla de Britannia (seguía llamándola asi a pesar de que ahora era Inglaterra), adonde había llegado hacía algunos meses. Hacía mucho tiempo que Crysannia había desaparecido esfumándose para siempre en la noche y ni i sus contactos telepáticos con otras mentes vampíricas, ni sus discretas preguntas habían tenido el menor resultado para averiguar su paradero o simplemente para saber si aún seguia con vida, pero en realidad no le importaba, Crysannia era para él el pasado y estaba enterrado muy profundamente, tan muerto como muerta estaba Cartago.

Gales era un país nuevo, toda la isla lo era. Un lugar verde, lluvioso, de cielos apacibles y grises, poblado de gente de piel clara, celtas. Bárbaros, hubieran dicho los romanos - y ante este ultimo pensamiento sonrió porque a fin de cuenta la púnica maldición había funcionado con sus eternos enemigos-.

La noche caía y las primeras estrellas apenas despuntaban en el cielo cuando se dirigió a la pequeña posada en el valle. Sentía la necesidad de contacto humano. La cuestión de la sed en cambio la tenía controlada ya que, pasados los primeros siglos, el hambre se hacía menos acuciante. No era tanto una cuestión de supervivencia sino un vicio, una pasión secreta, un placer.

Al abrir la puerta el humo acumulado en la sala le sofocó por completo. No cabia ni un alfiler en la estancia. Siberius, embozado en su capa negra, echó hacia atrás su capucha descubriendo sus hirsutos cabellos y miró en derredor especulativamente. La sencilla estructura de madera tenía un piso encima y un techo de paja apelmazada con alguna grasa, a fin de protegerlo de la lluvia, cubría toda la vivienda. Al fondo había una gran chimenea encendida cuyas llamas se reflejaban en las mejillas rubicundas por el vino y la cerveza, que corria a raudales. Toscas mesas de madera estaban distribuidas aqui y alla, sin orden aparente, y largos bancos de madera, parecidos a los de algunas iglesias servian para que los clientes se acomodaran, aunque alguno de ellos dormía su borrachera tirado en el suelo de paja sucia.

Su alma de aristócrata cartaginés se rebeló por un momento ante este rústico cuadro y pensó con desdén: Bárbaros....

Bárbaros si, pero era un pueblo curiosamente vital. Savia nueva. Un nuevo mundo, lleno de gentes con sangre ardiente.

Había grupitos animados en cada rincón. Una humanidad sudorosa y no muy limpia pero sonriente, que tomaba cerveza en burdas jarras de madera o vino en sucios barrilitos. El largo mostrador era atendido entre risotadas por la posadera, una mujer entrada en carnes y de escote generoso y por un hombretón alto y rubio, de canosa barba, que probablemente era su esposo.

En una esquina de la estancia había un pequeño escenario de madera, como una tribuna y allí a estaba sentada una joven que tocaba el laúd. La miró sorprendido por la incongruencia de la escena en medio de aquel caos. La muchacha cantaba pero el alboroto de los vocingleros clientes no dejaba que se oyera su canto.

Siberius se abrió paso hacia la tarima sin el menor esfuerzo. Al llegar allí descargó un fuerte puñetazo sobre la madera y su voz resonó en toda la estancia reclamando silencio.

Los ruidos cesaron de golpe y la gente se volvió a mirarle con curiosidad y un cierto resentimiento, sin embargo algo les hizo pronto cambiar de actitud. Al mirarle con atención guardaron silencio y no volvieron a reanudar los gritos, aunque algunos continuaron hablando mas en un tono tan bajo que apenas se oía un murmullo sostenido.

Con una deslumbrantesonrisa galante dirigida a la joven del escenario,. Siberius le rogó sin palabras que continuara su canción

La chica era muy joven i iba vestida con una túnica de color castaño. Una nube de sedosos cabellos cobrizos le caía por la espalda,apenas sujetos en la frente por una estrecha cinta de color verde. Siberius miró al fondo de sus ojos color verde mar, ojos de color cambiante, ojos que hablaban de un alma que relucía al menos bajo aquella pobre luz (a Siberius le recordaron el mar de su añorada Cartago ). Su pequeño rostro de elfo no tenía nada de particular, en realidad era un compendio de imperfecciones -una boca demasiado carnosa, los ojos enormes y muy separados entre si, innumerables pecas color de oro en el puente de la nariz y en las mejillas color melocotón, nariz respingona y una piel tan pálida que parecía un miembro de su especie-

Pero tras aquel meticuloso examen Siberius llegó a la conclusión de que era irresistible de que estaba llena de vida y tenía algo mejor que belleza. Claro que eso fue antes de escuchar su voz, porque entonces quedó prendado por completo. Nunca había oido una voz de una pureza tan extraordinaria -fuerte y alta y sin embargo que transmitia emociones, pasión, una pátina de tristeza-. Tenia ella un registro que abarcaba todas las notas y sabía subir y mantenerse ahí y seguir subiendo como una marea hasta inundar todos los sentidos, hasta apoderarse de uno. Ella no era gris como la sala, su voz te arrastraba .Tenía turgencia y brillaba con colores y vida propios.

Siberius se dejó llevar por la emoción que vibraba en esa voz, cautivado por la magia de la canción que hablaba de un lugar mas allá del mar, de un amor perdido, de un héroe, de una espada y una maldición, que hablaba de conquistas y de paz.

El aura que rodeaba a la chica con un halo perfecto era de color oro pálido y pulsaba de forma ritmica y constante sin la menor interferencia en su flujo.Todos los seres vivos tenían un aura perfectamente visible que variaba mucho de unos a otros, tanto en color y forma como en intensidad y brillo. Las auras pulsaban o latían, como latía el corazón. Siberius, que cuando era mortal nunca había sido religioso y no creía en los Dioses, pensaba ahora que el aura era la esencia o el alma de las personas. Esa parte que nunca moría y que luego iba a reunirse con sus antepasados en el lugar donde vivían los Antiguos Dioses.

Al terminar su repertorio de delicadas canciones, la joven saludó tímidamente y desapareció, en un revuelo de faldas y pelo rojo, tras una puerta de la taberna. Siberius se disponía abandonar el local a cuando un par de bravucones, en estado de embriaguez total, le cerraron el paso.

- Tuuu forastero! -aulló el mas alto, que se apoyaba en su amigo y blandía un pesado garrote- No nos gusta que los extraños vengan aqui a nuestra casa a darnos lecciones -balbuceó, al tiempo que buscaba con la mirada la complicidad de su amigo, el cual asintió varias veces con la cabeza y miró a Siberius con malignidad-

Siberius les miró tan fria y penetrantemente. con sus ojos grises convertidos en frias piedras y con una sonrisa helada en sus finos labios que los dos borrachos, instintivamente, retrocedieron asustados. Siin embargo cualquier rastro de sensatez o prudencia que tuvieran se los había llevado el vino y eran prisioneros de sus bajos instintos y no podían olfatear el peligro. Y eso que la violencia podía olerse en el aire. El puño de uno de ellos se hubiera estrellado contra la nariz de Siberius sino fuera porque quedó atrapado en el aire en la fuerza insospechada de un brazo de hierro.

Con una rapidez asombrosa y unos movimientos de felino el poseedor de ese brazo rompió con un chasquido -como si fuera leña seca- el brazo de su oponente a la altura del codo y al mismo tiempo, entre los aullidos de dolor de su victima -tan rápido que las miradas de los clientes de la posada no tuvieron tiempo de registrar su movimiento- giró para voltear al otro contendiente y estrellarle contra la pared de la posada.

Sin dar tiempo a reaccionar a la gente que ya se agolpaba, atónita pero al mismo tiempo ansiosa de una buena pelea, Siberius recorrió a largas zancadas la distancia que le separaba de la puerta, la abrió y salió imperturbable a la noche.

Cuando los clientes del bar le siguieron, ya no estaba allí. Parecía que se le había tragado la faz de la tierra.

Encaramado a las ramas mas altas de la inmensa encina que bordeaba la posada, Siberius contemplaba la luz amarillenta de una vela flotando en la ventana desde la que podía ver tras la cortina, moverse la silueta de la joven cantora. Flotando en el aire, como el monstruo que era, se ocultó en el tejadillo de madera y paja y desde alli se encaramó al alfeizar de la ventana, apartando las cortinillas.

La joven estaba aseándose desnuda delante de un espejo. En el suelo había una jofaina llena de agua. Había dejado caer su larga camisa interior y tenía desparramados sobre los hombros y espalda los largos cabellos cobrizos. Antes de que pudiera lanzar un grito, Siberius estuvo a su lado, cubrió con su mano sus labios y susurró en su oído palabras tranquilizadoras. Un conjuro para serenar su alma y hacerla dócil a sus deseos, a su voluntad de depredador.

Acarició su pelo y lo recogió en lo alto de su cabeza con una mano, mientras con la otra recorría su cuerpo, con una cierta brusquedad. Presionó con los dedos los pezones enhiestos, gozó de su tersura y dureza. Palpó la suavidad de sus pechos y apretó su cuerpo contra el suave trasero redondo, mientras su mano rozaba apenas el delicado vello rojo-dorado del pubis y un dedo inquieto separaba su intimidad humedeciéndola. La chica estaba como en trance, quieta y muda, pero maravillosamente viva. Siberius podía sentir su vida brillar comoel mas puro de los fuegos sagrados. Podía oir el latido de su corazón acelerado, notar el pulso en sus finas muñecas, en su delicado cuello. La pulsación de la sangre, el bombeo de su joven corazon, síi, y la sensualidad y ser consciente de la deliciosa excitación que eso le producía. De pronto hambriento de sangre, de la sangre de ella como hacía muchisimos años que no lo estaba de nadie.

Podía beber un poco -pensó- sólo unos sorbos. Lo suficiente para calmar su sed, para saciar su hambre. Sin acabar con su vida, corriendo el velo del olvido para que no recordara nada de esta noche.

Y al terminar de poseerla podía dejar caer una sola gota de su poderosa sangre vampírica sobre los dos orificios que sus agudos colmillos dejarían en su cuello, para asi borrar cualquier señal de su paso.

La deseaba, la deseaba ardientemente, como no había deseado a mujer alguna desde Crysannia. La deseaba como no había deseado a ninguna de sus victimas, ni de los seres de los cuales se había alimentado. En ocasiones, sobre todo al principio, era solo una necesidad fisica, tan latente como el hambre en el ser humano, pero luego con el paso del tiempo se dió cuenta que el tomar la sangre de los humanos era lo mas parecido a hacer el amor. Mejor que cualquier otra posesión. Y que era en realidad algo totalmente erótico, intensamente sexual.

Era poseer a alguien por completo. Tenerlo en tus manos en cuerpo y alma, en esencia. Sentir que podías darle la vida o la muerte. Saber que era tuya o tuyo y que podías hacer lo que desearas porque eras su Dueño absoluto.

Pero como en su vida anterior -esa vida que ahora le parecía idealizada y otras veces solo un pálido reflejo, un espejismo apenas recordado- a veces hacer el amor era Fuego Puro y otras solamente algo parecido a tomar un rico bocado. Siberius nunca había conocido en toda su vida vampírica ninguna emoción que fuera ni remotamente parecida a lo que ahora le hacia sentir esa muchacha, de la que desconocía todo, hasta el nombre.

Dentro de si crecía un sentimiento extraño, inusual por entero en un ser como él. No quería dañarla. No quería causarle el menor daño. Aunque si quería tocarla con rudeza y hacer lo que le pareciera con ella y beber de ella y poseerla sin ningun miramiento y por entero. No quería ser un monstruo para ella. Queria ser un amante. Su vida, la de ella, le parecía preciosa en su fragilidad y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por protegerla, incluso de si mismo.

- ¿Como te llamas? -susurró en su oido, mientras sus labios recorrian su cuello y mordian con fuerza el lobulo de su oreja

La chica respondió:

- Angharad ...

- Angharad... -repitió él en voz alta, deseoso de gritar su nombre a los cuatro vientos

Y al decirlo, sujetó con sus manos su barbilla, inmovilizándola, abrazó estrechamente su cuerpo y clavó sus colmillos en la tersa piel poseyéndola, poseyéndola, poseyéndola....


-CONTINUARÁ-
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LA ROSA Y LA PIEDRA - tercera parte -


Siberius comtemplaba la noche que nacía con sus nuevos ojos, esos ojos vampíricos que le permitían ver la belleza intensa de todas las cosas. Una infinita gama de colores en el cielo nocturno. Pero los cambios no se limitaban a la visión sino que abarcaban todos los sentidos, agrandándolos, afinándolos y dándoles un nuevo sentido. Podia oir la sinfonía de los depredadores nocturnos. El se unía a su canción, formaba parte de todo ello. La Danza de la Muerte resonaba en el bosque con una increíble belleza, porque todo en la naturaleza era una gloriosa mezcla de muerte y vida y se asombraba de no haberlo percibido antes, pero por supuesto los nuevos sonidos de la quietud y del silencio eran sólo perceptibles para unos oídos vampíricos.

La luna ya no era simplemente una esfera plateada sino que relucía con mil colores, igual que un prisma. Resplandecía y tenía vida propia e incluso podía percibir las oleadas de su fuerza cuando el astro estaba en su plenitud. El viento entre las ramas cantaba una canción solo para él y los que eran como él. Siberius estaba totalmente fascinado por el mágico espectáculo de la noche, por la magia perturbadora de las cosas familiares. Era como si hubiera vivido durante toda su vida en otro mundo. Un mundo cuya estructura principal tuviera vagas conexiones con la realidad que vivía ahora per del cual era sólo un pálido reflejo.

Sentía la presencia de Crysannia cerca de él, vigilándole amparada en las sombras violeta, pero no deseaba que ella se acercara ahora. a perturbarle. Aquel momento era solo suyo. Lo sentía como algo muy íntimo. Su cuerpo fisico -el cuerpo del magnífico guerrero que había sido- había muerto y él había nacido de nuevo pero todavía tenía que adaptarse a su nueva situación, controlar sus poderes, cuyo alcance apenas alcanzaba a vislumbrar en su totalidad. Estaban su fuerza sobrehumana., su resistencia a cualquier daño fisico que pudieran infringirle. Su capacidad de recuperación y renovación. En realidad, según las explicaciones de Crysannia, la vampira, nada, absolutamente nada podía matarlos, excepto la luz del sol o la desmembración total de su cuerpo, incluida la decapitación, cosa que en todo caso debería hacerse cuando ellos estaban desprotegidos, durante su sueño diurno. Y como se escondían hábilmente bajo tierra durante el día, era muy dificil que les hallaran desprevenidos.

Estaba dispuesto a vivir ahora, a empezar de nuevo y entendía que un mundo nuevo y seguramente aun mejor se abría a sus pies, dada la promesa de inmortalidad que implicaba.. Abandonaría ahora mismo su casa, su ciudad, su gente, pensó sin nostalgia. Marcharía con Crysannia a recorrer el ancho mundo, visitando todos los lugares que le apetecieran, haciendo todas aquellas cosas que siempre le habían parecido imposibles. Ahora incluso podía volar!, -este último pensamiento le arrancó una sonrisa de los frios labios. Crysannia le estaba enseñando a controlar sus dones y de todos ellos el que mas le maravillaba era ese: poder abandonar el suelo como los pájaros y surcar el aire. Aunque en cierto modo también le aterraba.

Al pensar en ella no pudo evitar una mezcla de sentimientos contradictorios. La amaba, la deseaba, aunque ahora fuera un deseo distinto de la sexualidad que hasta entonces había conocido. Sin embargo no podía evitar un cierto resentimiento hacia ella porque ella le había arrebatado la vida. Para darle la inmortalidad, sí , pero el único hecho cierto es que le había matado y el viejo Siberius no podía olvidar ni perdonar esto..

Ella le había explicado la noche después de su transformación, por qué le había escogido como compañero. Le había contado que se alimentaba de sangre, pero que habitualmente mataba a sus victimas o simplemente se alimentaba de ellas pero sin llegar al limite, como había hecho con él. Y que nunca nunca -hasta entonces- había dado su don a otro ser, nunca había transformado a nadie en vampiro dándole su sangre. Le confesó que le había estado observando desde hacía mucho tiempo, admirando su fuerza y su caracter orgulloso y frío. Le gustaba su contención, su frío dominio, su modo de guardar sus sentimientos en lo mas hondo y no hacer ostentación de ellos, lo cual le había hecho ganarse una fama de militar duro e implacable. También admiraba profundamente su inteligencia y su oscuro encanto y esa vena cruel que tenía -como todos los hombres de su familia, pensó él- y que a la parte de depredador de ella la atraía. Le dijo que su raza, la raza de los seres de la noche, era muy antigua y se perdía su origen en el albor de los tiempos.

Crysannia era muy bella, fría como el mármol, perfecta en todos sus detalles y vieja como el tiempo . Tendía a la melancolía. Hacía mas de un siglo que había sido transformada por un monstruo que se escondía en las profundides subterráneas del templo donde ella era una joven aprendiz de sacerdotisa, en su Fenicia natal. Sin embargo a veces sufría una extraña apatía, como si la vida o la muerte/vida que vivian en realidad, no la motivara lo suficiente, como si todo fuera una comedia largo tiempo interpretada que cansaba. Siberius en cambio tenía hambre de vida. Quería exprimir el mundo, conocer, aprender, viajar, saber, vengarse......si, vengarse.

La idea de la venganza anidaba en su mente desde la amarga derrota que sufrió Cartago en las guerras púnicas y el vergonzoso pacto al que se vieron obligados a llegar con los romanos. El, como joven consejero de Aníbal, había sido contrario a cualquier tipo de pacto. Había razonado brillantemente sus ideas y también las había defendido con pasión , ya que estaba totalmente convencido de que Roma no les daría jamás cuartel y acabaría destruyendo Cartago hasta que no quedara ni el recuerdo de su Imperio sobre la faz de la tierra. El admiraba a Aníbal y Aníbal había sido expulsado de Cartago, enviado al exilio y probablemente puesta su cabeza a precio -en secreto-. El queria hacer pagar a todos los que habían hecho posible tamaña traición a su pueblo. Y lo haría. A pesar de la posible oposición de Crysannia. Siberius se daba cuenta de que Crysannia quería un amante, un compañero, algo que la distrajera del t edio de sus interminables noches... maldito si él, un general cartaginés se convertía en juguete de una vampiresa.

Durante los años que siguieron, Siberius fue el ángel vengador de los cartagineses, aunque su autoría permaneció en el secreto mas absoluto. La desgracia parecía perseguir a los políticos, a los senadores, a los personajes públicos que habían abogado por el pacto. Uno de ellos se ahogó misteriosamente en el estanque de su villa. Otro desapareció sin dejar el menor rastro. Un tercero fue descubierto por los criados en su cama, sin una gota de sangre en sus venas, blanco como la tiza, pero sin la menor señal de violencia física, durmiendo en una habitación cerrada por dentro, a la que accedieron los criados echando la puerta abajo. El infortunio pareció recaer principalmente sobre los ciudadanos romanos, pero también sobre muchos nobles cartagineses. En todas esas muertes había un elemento común inquietante por lo inofensivo pero que creaba un lazo de unión entre hechos aparentemente desligados entre si. Al lado de los cuerpos de las victimas se encontraba siempre una rosa roja, una rosa de fuego aterciopelada, abierta, bella en su absoluta perfección, con gotas de rocío temblando en su superficie, como inmensas lagrimas. Reposando como recién cortada a los pies de los muertos.



La gente empezó a murmurar sobre una maldición púnica. Las historías fueron creciendo sin saber de dónde surgían. Se hablaba de un caballero cartaginés que destacó por méritos propios en el combate, cierto joven de noble familia desaparecido hacía mucho tiempo y en el escudo del cual había una rosa abierta, así que la conexión era facil de establecer. El misterio sin embargo parecía insoluble y todas las protecciones, incluso las artes brujeriles a las que recurrieron muchos en su pánico absoluto, resultaron totalmente infructuosas.

Y la venganza de Siberius siguió y siguió, mientras él caminaba por la mágica noche empapándose de la sangre de los viles, de los asesinos, de los que tenían en su haber muchas cosas por pagar al destino.

Roma, a pesar de ello, prosperaba y crecía en poderío y seguía mirando con inquietud a Cartago, a quien nunca olvidó por completo. Cierto senador romano terminaba siempre cualquier discurso por vano que fuera el tema que tratara, con un:

-Alerta con Cartago!, hasta que Cartago no esté totalmente destruída, Roma no podrá vivir en paz.

Sus discursos iban haciendo su labor de zapa, igual que la gota de agua erosiona lentamente la inflexible roca y forma una perfecta estalactita. Y así llegó el día en que las legiones romanas -a pesar de todas sus promesas, a pesar de no haber la menor provocación por parte de Cartago- se lanzaron sobre sus viejos enemigos, los únicos que habían osado desafiar su poder, y les destruyeron por completo y borraron Cartago de la faz de la Tierra, sembraron sus campos con sal y asesinaron al último de sus hijos.

Siberius cuando se enteró de esto ardió en una ira fria y estuvo a punto de hacer una verdadera masacre en la Roma Imperial. Crysannia que le observaba en silencio, le habló con suavidad.

- ¿Crees que conseguirás algo con mas venganza? ¿Acaso no has visto aún en todos estos años que el odio genera odio y que la venganza es el mas inútil e insipido de los elixires? ¿Te ha servido de algo ser durante largos años la Némesis particular de los hombres que traicionaron a tu pueblo? ¿Les ha servido de algo a ellos, a los tuyos? ¿Puedes devolverles la vida, hacer que Cartago sea la Cartago perfumada que nosotros conocimos?

Siberius abofeteó con fuerza a Crysannia dejando la marca de su mano en la pálida piel de ella. Ella ni pestañeó mirádole friamente, el rostro convertido en el de una esfinge. El sabía que ella tenía razón y eso le enfurecía, pero su sentido de la verdad le obligó a dejar de lado cualquier intento de venganza. Era hora de continuar su camino por los senderos de la inmortalidad. Pero ese camino lo recorrería solo. Terminó el tiempo de estar junto a Crysannia y así se lo dijo. Ella asintió tristemente.

Siberius miró por última vez el cielo de su ciudad natal -lo único que aun continuaba imperturbable- y emprendió el vuelo.

El futuro no estaba escrito.


- CONTINUARA-
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LA ROSA Y LA PIEDRA - continuacion -



En los brazos de aquel monstruo en forma de mujer, Siberius estaba muriendo. Lo sentía en su interior con la certeza con que nos damos cuenta de las verdades absolutas. Tan cierto como que el alba sigue a la noche. A pesar de ello no sentía el menor temor. Una pequeña parte de su mente seguía funcionando y pensó que seguramente ese demonio en forma femenina había anulado con brujería sus defensas, dándole esa falsa sensación de felicidad, de plenitud. Pero daba igual porque lo único que importaba es que no quería separarse nunca -aunque pudiera- del contacto de su asesina.

La realidad es que un placer abrumador por su intensidad, un placer a todas luces sexual, pero que nunca había conocido en esa total intensidad , le invadía y sabía reconocerlo, ya lo creo, pensó, ya que él había gozado de su cuerpo y de todas las formas posibles de amar en sus múltiples variantes, de un modo que pocos hombres de 25 años habían disfrutado. Se estremeció y sintió sus fuerzas flaquear definitivamente mientras la mayor parte del torrente cálido de su sangre se vertía y era succionado por la ávida boca de su verdugo.

Empezó a tener visiones, a recordar toda su vida en fragmentos que corrían rápidos como el viento, más rápidos que cualquiera de las fabulosas monturas que el habia poseido. . Vió otra vez el rostro encantador de su madre muerta sonriéndole en el jardín de su casa, mientras jugaban a atrapar mariposas. Se vió a si mismo cabalgando a lomos de Tika, la primera yegua que tuvo, aquella que le regaló su padre por su sexto cumpleaños. Volvió a sentir como le enlazaban los suaves muslos morenos de Zalia, la primera muchacha que poseyó. Esta ardiente escena se fundió con la visión de una espada que se clavaba con lentitud salvaje en el corazón del primer enemigo del que dió cuenta en la batalla.

Sintió de nuevo la excitación de la guerra, del combate, correr por sus venas, como el mejor de los vinos, mejor que poseer a una mujer. Las escenas de las batalllas se sucedieron en un rápido pase ante sus ojos, algunas increiblemente heroicas, otras tan crueles y mezquinas que su solo recuerdo bastaba para varias vidas.

De pronto su captora se apartó bruscamente de él, los colmillos se retiraron de los orificios que habían abierto en sus vena, dejándole de pronto sin apoyo alguno y al borde la muerte. El hubiera caído sin remedio al suelo como un muñeco roto, sino fuera porque ella le sujetó con un brazo aparentemente fragil, pero tan firme como el hierro con el que se forja una espada. Entonces le habló por primera vez y el sonido de su voz se grabó directamente en el alma del guerrero.

- "Siberius, no voy a dejar que mueras".

Al decir estas palabras ella soltó con un gesto gracil el nudo que sujetaba su túnica liviana al hombro, desnudando un seno tan blanco como la nieve y tan perfecto como la mas bella de las estatuas que representaban a las Diosas.

El la miraba con los ojos nublados, tan débil como un gatito recién nacido. Ahora ella con sus largas uñas había abierto un surco rojo en las venas de su cuello y le ayudaba a acercar los labios a esa herida que destacaba roja entre la piel blanca.

- "Bebe, guerrero, bebe de mi y recupérate. Nacerás de nuevo. Olvidarás la amarga derrota. Vivirás para siempre. Es un regalo que te hago, más debes beber por voluntad propia, no te obligaré a ello. Es tu elección. Bebe o muere "

Los labios de Siberius apenas titubearon un instante y sorbió la sangre que fluia, primero débilmente pero después como si ésta fuera miel y ambrosia, clavándole sus pequeños colmillos, desgarrando su dura piel. La sangre de ella, su sangre deliciosa, turbadora, , la sangre de él mezcladas, las dos juntas tan poderosas, tan llenas de visiones y de magia.....

Empezó a ver cosas que no existían, que no estaban ahi, pero que el intuía que eran visiones de ella, cosas que ella había vivido, amado, sentido, odiado, visto, conocido. La sangre de ella era como vino con especias, como el juramento de los guerreros, como la magia mas poderosa, como la mejor de las amantes. Sus fuerzas volvían con rapidez, se sentia revivir, con mas fuerza que antes y el había sido un hombre increiblemente duro y fuerte. Pero en realidad había estado muerto, o casi, y ahora no podía dejar de sorber ese elixir de vida.

Con un seco tirón en sus cabellos ella intentó detenerle, pero él no quería soltarla. Ella entonces le apartó con un seco golpe que le envió al suelo. Rapidamente volvió a anudar su túnica y arregló sus cabellos.

Siberius caido en la dulce hierba de los jardines de su padre no podía quitar sus ojos de ella. Algo había cambiado, ella . estaba de algún modo distinta. Bella, por supuesto, pero la terrible palidez fantasmagórica que había tenido desde que la entrevió por primera vez en el desfile, estaba desapareciendo para mostrar los colores naturales de una muchacha. Rosa pálido en las mejillas, blanco ligeramente dorado en los hombros suaves, rosados los lobulos de las orejas. La rosa oscura de sus labios era ahora de un grana encendido

Siberius encontró aliento para preguntarle: -"¿Como te llamas?
¿Qué clase de ser eres? ¿Por qué yo?"

Ella rió y su risa cantarina llenó el aire de campanillas de cristal. Le tomó de la mano y le dijo:

- "Soy Crysannia y lo que soy lo irás descubriendo poco a poco porque ahora somos lo mismo".

Escrutando el cielo observó signos que mostraban que el alba estaba a punto de despuntar.

- "Ahora no hay tiempo para explicaciones. Tenemos que buscar refugio, la noche acaba". Le instó con urgencia a seguirla, tomándole de la mano.

Y Siberius la siguió en la noche.....


- CONTINUARÁ-.


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