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DESDE LA LIBERTAD
CUENTOS, RELATOS, EXPERIENCIAS, TROZOS DE MI REALIDAD
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CUENTOS, HISTORIAS, RELATOS, EXPERIENCIAS, RETAZOS DE REALIDAD... Cuando alguien quiere algo con todo su corazón, el universo entero conspira para que lo logre. -Paulo Coelho- "El Alquimista"
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LA ROSA Y LA PIEDRA -cuarta parte-


Desde lo alto de la herbosa colina Siberius contemplaba el verde valle a sus pies. El crepúsculo había terminado pero los últimos trazos de la luz moribunda teñían aun el cielo de púrpura en la linea del horizonte. Entre los de su especie él era de los que se despertaban pronto del sueño letárgico en que los sumía la luz del día y gozaba especialmente de ello, se consideraba afortunado de ver aun un resto de luz en la noche que nacía.

Con el transcurso de los siglos Siberius no había cambiado en absoluto, al menos aparentemente, pero sin embargo él se sentía totalmente distinto. Su cortos cabellos seguían siendo abundantes y de color castaño, un poco ásperos. Sus ojos grises brillaban aun con toda la fuerza de la juventud, a pesar de que habían transcurrido mas de 1000 años mortales desde el dia de su "muerte", allá en el lejano jardín de su casa en Cartago. Su cuerpo seguía tan fuerte y musculado -el cuerpo de un atleta, el cuerpo de un guerrero- como era de esperar en un hombre de 25 años que practicaba el duro entrenamiento del soldado

Pero en su interior sí había cambiado, aunque solo él percibiera esos cambios. Su impaciencia, su fuerza vital, su impulsividad, su innata crueldad, su desprecio de la voluntad de los otros, su soberbia y su arrogancia estaban atemperadas por los años vividos, que le habían hecho valorar cosas a las que antes no le había dado la menor importancia. Que le habían transformado, paradójicamente, en alguien mas humano y que habían abierto su mente a otros puntos de vista, obligándole a tener en cuenta otros criterios.

Ahora le parecía extraordinariamente valiosa la vida humana. Le conmovian la inocencia, la pureza, la bondad de algunos seres. Como flores exóticas en un Jardín Salvaje. Añoraba su humanidad perdida y las cosas que se fueron con ella (los amaneceres, vivir a la luz del sol, tener hijos, una esposa, llevar una existencia "normal", disfrutar de la compañía y de la camaraderia, del amor de otros seres humanos). Ahora entendía por qué los vampiros eran en esencia seres solitarios. Eran los Cazadores de la Noche. Y que la inmortalidad podía ser tanto una maldición como un regalo.

Había recorrido el mundo entero. La caída del Imperio Romano le había dado una lección de humildad y también le había hecho notar la futilidad de las venganzas. Había descubierto muy pronto que los otros vampiros también deseaban desesperadamente la compañía de sus semejantes y que a veces buscaban la única compañía a la que tenían derecho, es decir la de sus compañeros vampíricos. Sin embargo las relaciones entre ellos nunca eran muy duraderas, mirándolo desde luego desde el punto de vista de la inmortalidad. Siempre llegaba un punto en que les atacaba la melancolía por lo que fueron y el frío contacto con otro vampiro no llegaba a darles lo que necesitaban. Muchos vampiros no se ocultaban de la sociedad en la que se movían sino que vivian en medio de la gente, disimulando lo que eran, siendo extraordinariamente cuidadosos. Por supuesto al cabo de un tiempo los hombres descubrían o intuian su secreto y ellos tenían que huir en medio de la noche para salvar la vida. Algunos morían a manos de esos mismos humanos. Otros, hartos de su eterno vagar en la noche y de la sobrecarga de los siglos acumulados y los cambios que no podían asimilar, se "suicidaban" arrojándose al fuego, o se enterraban muy hondo en las entrañas de la tierra -en una especie de vuelta al seno materno- y la locura se apoderaba de ellos, haciéndoles perder toda conciencia de lo que eran o de donde estaban. De estos últimos algunos volvían a la vida, después de largo tiempo de encierro.

Los vampiros mas viejos, entre los que se hallaba Siberius, generalmente se habian "enterrado" al menos una vez .... y habían renacido.

Ahora se hallaba en Gales, en la Isla de Britannia (seguía llamándola asi a pesar de que ahora era Inglaterra), adonde había llegado hacía algunos meses. Hacía mucho tiempo que Crysannia había desaparecido esfumándose para siempre en la noche y ni i sus contactos telepáticos con otras mentes vampíricas, ni sus discretas preguntas habían tenido el menor resultado para averiguar su paradero o simplemente para saber si aún seguia con vida, pero en realidad no le importaba, Crysannia era para él el pasado y estaba enterrado muy profundamente, tan muerto como muerta estaba Cartago.

Gales era un país nuevo, toda la isla lo era. Un lugar verde, lluvioso, de cielos apacibles y grises, poblado de gente de piel clara, celtas. Bárbaros, hubieran dicho los romanos - y ante este ultimo pensamiento sonrió porque a fin de cuenta la púnica maldición había funcionado con sus eternos enemigos-.

La noche caía y las primeras estrellas apenas despuntaban en el cielo cuando se dirigió a la pequeña posada en el valle. Sentía la necesidad de contacto humano. La cuestión de la sed en cambio la tenía controlada ya que, pasados los primeros siglos, el hambre se hacía menos acuciante. No era tanto una cuestión de supervivencia sino un vicio, una pasión secreta, un placer.

Al abrir la puerta el humo acumulado en la sala le sofocó por completo. No cabia ni un alfiler en la estancia. Siberius, embozado en su capa negra, echó hacia atrás su capucha descubriendo sus hirsutos cabellos y miró en derredor especulativamente. La sencilla estructura de madera tenía un piso encima y un techo de paja apelmazada con alguna grasa, a fin de protegerlo de la lluvia, cubría toda la vivienda. Al fondo había una gran chimenea encendida cuyas llamas se reflejaban en las mejillas rubicundas por el vino y la cerveza, que corria a raudales. Toscas mesas de madera estaban distribuidas aqui y alla, sin orden aparente, y largos bancos de madera, parecidos a los de algunas iglesias servian para que los clientes se acomodaran, aunque alguno de ellos dormía su borrachera tirado en el suelo de paja sucia.

Su alma de aristócrata cartaginés se rebeló por un momento ante este rústico cuadro y pensó con desdén: Bárbaros....

Bárbaros si, pero era un pueblo curiosamente vital. Savia nueva. Un nuevo mundo, lleno de gentes con sangre ardiente.

Había grupitos animados en cada rincón. Una humanidad sudorosa y no muy limpia pero sonriente, que tomaba cerveza en burdas jarras de madera o vino en sucios barrilitos. El largo mostrador era atendido entre risotadas por la posadera, una mujer entrada en carnes y de escote generoso y por un hombretón alto y rubio, de canosa barba, que probablemente era su esposo.

En una esquina de la estancia había un pequeño escenario de madera, como una tribuna y allí a estaba sentada una joven que tocaba el laúd. La miró sorprendido por la incongruencia de la escena en medio de aquel caos. La muchacha cantaba pero el alboroto de los vocingleros clientes no dejaba que se oyera su canto.

Siberius se abrió paso hacia la tarima sin el menor esfuerzo. Al llegar allí descargó un fuerte puñetazo sobre la madera y su voz resonó en toda la estancia reclamando silencio.

Los ruidos cesaron de golpe y la gente se volvió a mirarle con curiosidad y un cierto resentimiento, sin embargo algo les hizo pronto cambiar de actitud. Al mirarle con atención guardaron silencio y no volvieron a reanudar los gritos, aunque algunos continuaron hablando mas en un tono tan bajo que apenas se oía un murmullo sostenido.

Con una deslumbrantesonrisa galante dirigida a la joven del escenario,. Siberius le rogó sin palabras que continuara su canción

La chica era muy joven i iba vestida con una túnica de color castaño. Una nube de sedosos cabellos cobrizos le caía por la espalda,apenas sujetos en la frente por una estrecha cinta de color verde. Siberius miró al fondo de sus ojos color verde mar, ojos de color cambiante, ojos que hablaban de un alma que relucía al menos bajo aquella pobre luz (a Siberius le recordaron el mar de su añorada Cartago ). Su pequeño rostro de elfo no tenía nada de particular, en realidad era un compendio de imperfecciones -una boca demasiado carnosa, los ojos enormes y muy separados entre si, innumerables pecas color de oro en el puente de la nariz y en las mejillas color melocotón, nariz respingona y una piel tan pálida que parecía un miembro de su especie-

Pero tras aquel meticuloso examen Siberius llegó a la conclusión de que era irresistible de que estaba llena de vida y tenía algo mejor que belleza. Claro que eso fue antes de escuchar su voz, porque entonces quedó prendado por completo. Nunca había oido una voz de una pureza tan extraordinaria -fuerte y alta y sin embargo que transmitia emociones, pasión, una pátina de tristeza-. Tenia ella un registro que abarcaba todas las notas y sabía subir y mantenerse ahí y seguir subiendo como una marea hasta inundar todos los sentidos, hasta apoderarse de uno. Ella no era gris como la sala, su voz te arrastraba .Tenía turgencia y brillaba con colores y vida propios.

Siberius se dejó llevar por la emoción que vibraba en esa voz, cautivado por la magia de la canción que hablaba de un lugar mas allá del mar, de un amor perdido, de un héroe, de una espada y una maldición, que hablaba de conquistas y de paz.

El aura que rodeaba a la chica con un halo perfecto era de color oro pálido y pulsaba de forma ritmica y constante sin la menor interferencia en su flujo.Todos los seres vivos tenían un aura perfectamente visible que variaba mucho de unos a otros, tanto en color y forma como en intensidad y brillo. Las auras pulsaban o latían, como latía el corazón. Siberius, que cuando era mortal nunca había sido religioso y no creía en los Dioses, pensaba ahora que el aura era la esencia o el alma de las personas. Esa parte que nunca moría y que luego iba a reunirse con sus antepasados en el lugar donde vivían los Antiguos Dioses.

Al terminar su repertorio de delicadas canciones, la joven saludó tímidamente y desapareció, en un revuelo de faldas y pelo rojo, tras una puerta de la taberna. Siberius se disponía abandonar el local a cuando un par de bravucones, en estado de embriaguez total, le cerraron el paso.

- Tuuu forastero! -aulló el mas alto, que se apoyaba en su amigo y blandía un pesado garrote- No nos gusta que los extraños vengan aqui a nuestra casa a darnos lecciones -balbuceó, al tiempo que buscaba con la mirada la complicidad de su amigo, el cual asintió varias veces con la cabeza y miró a Siberius con malignidad-

Siberius les miró tan fria y penetrantemente. con sus ojos grises convertidos en frias piedras y con una sonrisa helada en sus finos labios que los dos borrachos, instintivamente, retrocedieron asustados. Siin embargo cualquier rastro de sensatez o prudencia que tuvieran se los había llevado el vino y eran prisioneros de sus bajos instintos y no podían olfatear el peligro. Y eso que la violencia podía olerse en el aire. El puño de uno de ellos se hubiera estrellado contra la nariz de Siberius sino fuera porque quedó atrapado en el aire en la fuerza insospechada de un brazo de hierro.

Con una rapidez asombrosa y unos movimientos de felino el poseedor de ese brazo rompió con un chasquido -como si fuera leña seca- el brazo de su oponente a la altura del codo y al mismo tiempo, entre los aullidos de dolor de su victima -tan rápido que las miradas de los clientes de la posada no tuvieron tiempo de registrar su movimiento- giró para voltear al otro contendiente y estrellarle contra la pared de la posada.

Sin dar tiempo a reaccionar a la gente que ya se agolpaba, atónita pero al mismo tiempo ansiosa de una buena pelea, Siberius recorrió a largas zancadas la distancia que le separaba de la puerta, la abrió y salió imperturbable a la noche.

Cuando los clientes del bar le siguieron, ya no estaba allí. Parecía que se le había tragado la faz de la tierra.

Encaramado a las ramas mas altas de la inmensa encina que bordeaba la posada, Siberius contemplaba la luz amarillenta de una vela flotando en la ventana desde la que podía ver tras la cortina, moverse la silueta de la joven cantora. Flotando en el aire, como el monstruo que era, se ocultó en el tejadillo de madera y paja y desde alli se encaramó al alfeizar de la ventana, apartando las cortinillas.

La joven estaba aseándose desnuda delante de un espejo. En el suelo había una jofaina llena de agua. Había dejado caer su larga camisa interior y tenía desparramados sobre los hombros y espalda los largos cabellos cobrizos. Antes de que pudiera lanzar un grito, Siberius estuvo a su lado, cubrió con su mano sus labios y susurró en su oído palabras tranquilizadoras. Un conjuro para serenar su alma y hacerla dócil a sus deseos, a su voluntad de depredador.

Acarició su pelo y lo recogió en lo alto de su cabeza con una mano, mientras con la otra recorría su cuerpo, con una cierta brusquedad. Presionó con los dedos los pezones enhiestos, gozó de su tersura y dureza. Palpó la suavidad de sus pechos y apretó su cuerpo contra el suave trasero redondo, mientras su mano rozaba apenas el delicado vello rojo-dorado del pubis y un dedo inquieto separaba su intimidad humedeciéndola. La chica estaba como en trance, quieta y muda, pero maravillosamente viva. Siberius podía sentir su vida brillar comoel mas puro de los fuegos sagrados. Podía oir el latido de su corazón acelerado, notar el pulso en sus finas muñecas, en su delicado cuello. La pulsación de la sangre, el bombeo de su joven corazon, síi, y la sensualidad y ser consciente de la deliciosa excitación que eso le producía. De pronto hambriento de sangre, de la sangre de ella como hacía muchisimos años que no lo estaba de nadie.

Podía beber un poco -pensó- sólo unos sorbos. Lo suficiente para calmar su sed, para saciar su hambre. Sin acabar con su vida, corriendo el velo del olvido para que no recordara nada de esta noche.

Y al terminar de poseerla podía dejar caer una sola gota de su poderosa sangre vampírica sobre los dos orificios que sus agudos colmillos dejarían en su cuello, para asi borrar cualquier señal de su paso.

La deseaba, la deseaba ardientemente, como no había deseado a mujer alguna desde Crysannia. La deseaba como no había deseado a ninguna de sus victimas, ni de los seres de los cuales se había alimentado. En ocasiones, sobre todo al principio, era solo una necesidad fisica, tan latente como el hambre en el ser humano, pero luego con el paso del tiempo se dió cuenta que el tomar la sangre de los humanos era lo mas parecido a hacer el amor. Mejor que cualquier otra posesión. Y que era en realidad algo totalmente erótico, intensamente sexual.

Era poseer a alguien por completo. Tenerlo en tus manos en cuerpo y alma, en esencia. Sentir que podías darle la vida o la muerte. Saber que era tuya o tuyo y que podías hacer lo que desearas porque eras su Dueño absoluto.

Pero como en su vida anterior -esa vida que ahora le parecía idealizada y otras veces solo un pálido reflejo, un espejismo apenas recordado- a veces hacer el amor era Fuego Puro y otras solamente algo parecido a tomar un rico bocado. Siberius nunca había conocido en toda su vida vampírica ninguna emoción que fuera ni remotamente parecida a lo que ahora le hacia sentir esa muchacha, de la que desconocía todo, hasta el nombre.

Dentro de si crecía un sentimiento extraño, inusual por entero en un ser como él. No quería dañarla. No quería causarle el menor daño. Aunque si quería tocarla con rudeza y hacer lo que le pareciera con ella y beber de ella y poseerla sin ningun miramiento y por entero. No quería ser un monstruo para ella. Queria ser un amante. Su vida, la de ella, le parecía preciosa en su fragilidad y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por protegerla, incluso de si mismo.

- ¿Como te llamas? -susurró en su oido, mientras sus labios recorrian su cuello y mordian con fuerza el lobulo de su oreja

La chica respondió:

- Angharad ...

- Angharad... -repitió él en voz alta, deseoso de gritar su nombre a los cuatro vientos

Y al decirlo, sujetó con sus manos su barbilla, inmovilizándola, abrazó estrechamente su cuerpo y clavó sus colmillos en la tersa piel poseyéndola, poseyéndola, poseyéndola....


-CONTINUARÁ-
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