LA ROSA Y LA PIEDRA -final-
El primer sonido que oyó cuando despertó de su letargo diurno fue la voz de Angharad cantando Greensleaves. Sonrió de placer al oir la conocida melodía. Casi al mismo tiempo sintió la vieja punzada de dolor. Ella estaba allí, sí, no le había abandonado aún y le amaba con un amor que les encerraba en un mágico circulo de dos. De ello estaba completamente seguro. Sin embargo no estaría ahi para siempre, pensó con amargura. Su. Angharad era mortal y siempre lo sería porque él jamás atentaría contra su vida. Era un juramento que había formulado aquella primera noche y Siberius jamás faltó a su palabra. Aunque deseara mas que nada en el mundo mantenerla para siempre a su lado no lo haría a costa de destruir su fragil y maravillosa humanidad. Saltó agilmente de su lecho de raso en el sótano de la mansión del Trastévere donde vivían desde hacía ya 25 años.
La primera noche que estuvo con ella, allá en Gales, en la vieja posada donde vivía con sus tios, el se enamoró perdidamente de ella. Por fin, en la oscuridad y el tedio de sus largos años de inmortalidad errante, encontró algo por lo que merecía la pena vivir, seguir en ese mundo cambiante, loco, absurdo, cruel.
La raptó, aunque con su total consentimiento, y surcando media Europa volvió casi a los orígenes, a Italia.
No tenía sentido remover las cenizas de Cartago, sin embargo Italia le era mas próxima a un hombre como él que cualquier otro pais de Europa. No tuvo necesidad de dar explicaciones a su dulce Angharad, que era una joven extraña. Nunca le hacía preguntas. Le amaba como él la quería a ella y no parecía encontraar nada extraño en la vida que llevaban, ni en el hecho de que su hombre sólo fuera visible después que el sol se hubiera puesto en el horizonte.
Al principio, él que no estaba acostumbrado a amar y desconocía siquiera esa sensación, pensó que ella se sentía atraída por su riqueza y por su poder. Pero no, era algo mas profundo que eso. Angharad vivía en su propio mundo y siempre había vivido en él. La realidad nunca la había tocado. Tal vez era una soñadora, aunque de una especie peculiar que no parecía ignorar que algunas veces la vida era maligna tanto como buena. Que no se sentía horrorizada ante la muerte y que parecía considerar que formaba parte de la vida. Era una persona a la que le interesaban profundamente algunas cosas y en cambio era sorda y ciega a otras, como si no le afectaran.
Para ella la música era su modo de comunicarse con los demás y quizá lo que le despertaba sentimientos mas profundos y estables. Transmitía sus emociones por medio de su canto, acompañada por su viejo laud, por una flauta, un arpa o una mandolina.
Amaba a Siberius y se apoyaba en su Fuerza, en su caracter misterioso, en sus silencios, en los especiales rituales de amor que llevaban a cabo en la intimidad de su dormitorio y no estaba interesada en las razones que le hacían ser tan diferente de las otras personas. Por otra parte vivían bastante aislados de la sociedad en general y los sirvientes bien pagados y bien tratados eran sirvientes leales. Ella no parecía necesitar otra compañía que la de él. Era suya por elección, no por cualquier conjuro, hechizo, velo o sombra que el Vampiro hubiera lanzado sobre ella.
A esa conclusión llegó con el paso de los años y después de haberle puesto innumerables pruebas y trampas y dado múltiples ocasiones de abandonarle y de seguir viviendo comodamente y gozando del placer de poder tocar su música y cantar.
Ella había cambiado con el paso del tiempo, perdido un poco la esbeltez que la caracterizaba. Finas arrugas rodeaban sus ojos verde-gris, ojos color de mar, pero no lograban borrar el encanto de su mirada. Sus rojos cabellos seguían tan esplendorosos como siempre, aunque sembrados de finas hebras de plata. En cambio Siberius era el mismo de siempre: un joven guerrero de castaños e hirsutos cabellos y mirada arrogante. Pero dentro del circulo mágico en que los encerraba su amor ellos eran Siberius y Angharad y nada podía separarles ni cambiarla a sus ojos. Podía ver los colores deslumbrantes que desgranaba su voz. Sentir la vibración de su aura cuando el la rodeaba con sus brazos y la besaba. Podía notar como su esencia y la suya se fundían en el abrazo vampírico -siempre un sorbo, siempre cauteloso-
El había encontrado por fin su sitio porque su sitio era ella.
Pero un día despertó de nuevo y Angharad ya no cantaba. Su cuerpo yacía en el suelo al lado de su viejo laud, sus cabellos de plata desparramados por el suelo rojizo, como una ofrenda.
Ese día Siberius murió de nuevo y lloró lagrimas de sangre que tiñeron su rostro como en una máscara trágica de Carnaval.
Enterró a su amor bajo un viejo roble en el jardin de la Mansión del Trastévere y rodeo su tumba de un rosal. Vacio por completo intentó morir dejando que el sol le alcanzara, alli tendido sobre la tumba de ella, pero el sol no fue compasivo y no quiso llevarselo.
Siendo como el era una concha vacía y sintiendo que su chispa vital se había agotado por completo se dejó llevar. Volvió a entrar en su casa y allí, con el paso del tiempo, se convirtió lentamente en piedra, como las viejas leyendas cartaginesas decian que se convirtían los guerreros que habían perdido la gracia de los Dioses en la batalla. Al final dejó de ser consciente y solamente era una estatua de un guerrero, allí en el portal de la Casa del Trastévere donde tan felices habían sido.
Debajo de la puerta redonda que daba acceso a la casa. La puerta donde él había grabado en un escudo de piedra las rosas y los grifos que fueron antaño el simbolo de los hombres de su familia.ROMA, Barrio del Trastévere, 10 de agosto de 2001
7,30 AM
Alex se despertó sobresaltado, con el corazón latiendo tan fuerte en su pecho que parecía que lo tenía en la boca. Dios, que sueño tan extraño había tenido..... Lo recordaba todo: Cartago, Siberius, la mujer y su suave piel blanca. La venganza. Angharad.... Angharad.....¿Cómo era posible que hubiera imaginado un sueño tan elaborado y tan complejo?. Se incorporó totalmente en el saco de dormir y bajó la cremallera, sacudiendo sus rebeldes cabellos. Palpó con las manos hasta encontrar la linterna, sabía que estaba cerca a su lado. La encendió y la fria luz electrica iluminó la vieja casa en ruinas en la que se había refugiado la noche anterior.
Estaba en las últimas y no tenía dinero para gastar en un albergue, ni en una mísera pensión. Pensó que por una noche podría dormir en cualquier parque o cualquier rincón de la vieja Roma, y entonces fue cuando se encontró ante las ruinas de aquella casa. Le pareció que podía ser un refugio confortable, un lugar que quedaba aislado y que no era de fácil acceso. En cierto modo le parecía que era como correr una aventura (aunque sabía que sus padres hubieran puesto el grito en el cielo).
Entró, exploró un poco y encontró una habitación que no estaba tan en mal estado como las otras. Aun se veían restos de una pintura azul en las paredes y no tenía ventanas que dieran a la calle sino que daban al jardin, desde el cual se podía ver un inmenso roble, rodeado de rosas. Un jardín salvaje pero aun hermoso, pensó.
Ufff, el sueño volvía a su cabeza con un realismo increible. Tenía en su mente la imagen de Siberius: alto, fuerte, arrogante, con sus cortos cabellos castaños y sus ojos color gris piedra. También estaba ahi la muchacha del pelo rojo y la otra.... la pálida mujer encapuchada.
Se frotó los ojos y se rió de si mismo ¿ empezaría a creer ahora en fantasmas e historias descabelladas de vampiros?. Sacó una lata de Red-Bull de su mochila y la apuró a grandes sorbos, mientras comía unas oreo bañadas en chocolate. Sintiéndose mucho mejor, recogió sus cosas y se dispuso a salir de la casa.
Al llegar a la entrada se fijó en una estatua de piedra, muy deteriorada que había al lado de la puerta. No recordaba haberla visto la noche anterior al entrar alli, sin embargo a la fría luz de la mañana que se filtraba por las rendijas de la puerta, era perfectamente visible. Se plantó delante estremeciéndose. Se tratraba de la estatua de tamaño natural de un guerrero, vestido con una túnica corta y calzado con botas militares. El casco no parecía el típico casco romano...... Siberius....., pensó de forma totalmente instintiva.
Al borde de un ataque de nervios, sólo podía pensar en salir, asi que empujó la balda y abrió la puerta deseoso de estar a la luz del día una vez mas y de dejar la penumbra que le envolvía y empezaba a pesarle como una losa.. Aquella casa empezaba a darle escalofríos, aunque todo fuera producto de su imaginación de adolescente y de una indigestión de oreo y cocacola.
Con rápidas zancadas se plantó en el jardín y estaba a punto de cruzarlo y saltar la verja, sin mirar hacia atrás, cuando un impulso irresistible le hizo darse la vuelta.
Era como si un fuerte brazo se hubiera posado en su hombro y le hubiera hecho girarse a la fuerza.
Bajo los primeros rayos del sol de la mañana, que acariciaban ahora timidamente su superficie, . pudo ver bien la fachada de la casa. Encima de la puerta, justamente encima, había un escudo de armas grabado en piedra.
Un escudo que contenía rosas rojas. Un escudo parecido al que se mencionaba en su sueño.
Demasiadas coincidencias......
La luz del sol iluminó las rosas del escudo y bajó por la puerta y Alex sabía -aunque no lo veía- que la luz resbalaba ahora sobre la estatua de piedra del soldado (la estatua de Siberius... decía su vocecita interior)
Rosas, piedras, rosas en un tumba....
Un sueño?
FIN





