Al asecho...
La mañana no tan diferente como ayer, el ruido rutinario de las ramas de un fantasma anaranjado barriendo la basura, el mismo pajarillo que se asoma no respetando ni los días festivos a mi ventana para acompañar al sol que rayo a rayo va llegando al son de las notas del avechucho, enciendo el primer cigarro de la mañana al momento mismo que abro la ventana de mi encierro y como todas las mañanas me dispongo a observar el transitar de las almas presurosas…


Marla!!!!...
Extraño tus letras, tus cuentos, tus locuras, tus columnas de periódico, el ser que emanaba en cada palabra...
Regresa pronto

Regresa pronto

AnTiEzTrEz
Con tanta migraña, estrés y caos, de nuevo a la escuela de sábados interminables, creo que necesito un relajante…


... Nos cambiaron por pistolas (2)
Durante mucho tiempo anduve vagando por aquella sierra inhumana buscando a mi padre, pero no lo encontré, y poco a poco me fui enterando de lo que había sido de mis hermanos en boca de los habitentes de los pueblos cercanos a la hacienda.
Mi hermana vivía custodiada por dos viejas vestidas de negro, caras de hiena y sonrisa desdentada. Tenía 15 años cuando la sangre la hizo mujer con dulzura. El Gordo había decidido hacerla mujer y madre al mismo día.
Quiso el Gordo que toda la Hacienda se vistiera de fiesta para tan señalada fecha: decenas de sirvientes trabajaron sin descanso, poniendo farolillos,banderas y cadenas de flores hechas a mano, construyendo largas mesas para el banquete donde habría comida para un par de años y bebida suficiente para emborrachar a un ejército.
El Gordo estaba descosido dando órdenes, esperando el momento con impaciencia, cuando le avisaron que dentro, todo estaba preparado. Habían llevado las sirvientas a mi hermana a una habitación donde había una cama, hermana gemela del patíbulo.
La ataron brazos y piernas con cuerdas y extendieron una alfombra roja desde los pies de la cama a la puerta... Y entró el Gordo... Sudoroso, maloliente...
Con los ojos desorbitados, pisando fuerte con botas llenas de barro. Desenfundando su puñal y mojándolo en veneno de hijos se tumbó sobre mi hermana mordiéndola. Mi hermana lloraba y gritaba.
El Gordo jadeaba. Las viejas se besaban con sus lenguas excitando aún más al Gordo, que cada vez que alzaba su cabeza veía sus cuerpos arrugados chupándose. Mi hermana gemía y gritaba... y el Gordo le clavó su puñal, le clavó se puñal, le clavó su puñal...

Mi hermana vivía custodiada por dos viejas vestidas de negro, caras de hiena y sonrisa desdentada. Tenía 15 años cuando la sangre la hizo mujer con dulzura. El Gordo había decidido hacerla mujer y madre al mismo día.
Quiso el Gordo que toda la Hacienda se vistiera de fiesta para tan señalada fecha: decenas de sirvientes trabajaron sin descanso, poniendo farolillos,banderas y cadenas de flores hechas a mano, construyendo largas mesas para el banquete donde habría comida para un par de años y bebida suficiente para emborrachar a un ejército.
El Gordo estaba descosido dando órdenes, esperando el momento con impaciencia, cuando le avisaron que dentro, todo estaba preparado. Habían llevado las sirvientas a mi hermana a una habitación donde había una cama, hermana gemela del patíbulo.
La ataron brazos y piernas con cuerdas y extendieron una alfombra roja desde los pies de la cama a la puerta... Y entró el Gordo... Sudoroso, maloliente...
Con los ojos desorbitados, pisando fuerte con botas llenas de barro. Desenfundando su puñal y mojándolo en veneno de hijos se tumbó sobre mi hermana mordiéndola. Mi hermana lloraba y gritaba.
El Gordo jadeaba. Las viejas se besaban con sus lenguas excitando aún más al Gordo, que cada vez que alzaba su cabeza veía sus cuerpos arrugados chupándose. Mi hermana gemía y gritaba... y el Gordo le clavó su puñal, le clavó se puñal, le clavó su puñal...

Inocencia perdida…

Todos mantenemos aun el recuerdo de un juguete no entregado el día de reyes, o en un cumpleaños cualquiera de nuestra corta infancia, y en ese mismo instante nos dimos cuenta de que los sueños también son asesinados y antes de que eso pase decidimos mejor suicidarlos con fingida madures y temblorosa resignación….
... Nos cambiaron por pistolas (1)
En una sierra inhumana, nacimos mis dos hermanos y yo. De mamá sólo conocimos la cruz que había sobre su tumba, pero mejor hubiera sido conocer la de papá.
Ahora, ahora contaré por qué...
Nuestro padre era viejo de pelo blanco que montaba un caballo tordo y recorría las pocas poblaciones que había en los alrededores, disparando a diestro y siniestro sus pistolas, motivo de su locura, para engordar la cifra de cruces en los cementerios.
Noche de luna gitana... Un tablao de aglomerado aguantando sin reproches los taconazos de una bailaora...
Al fondo mi padre, jugando a las cartas. Se quedó sin dinero, y preguntó al Gordo:
-- ¡Ey! ¿Aceptas como apuesta las vidas de mis tres churumbelillos? Y con la condición de que yo tenga, hoy pierda o gane, una docena de pistolas nuevas y un carro lleno de munición...
El Gordo dijo sí, con sarcasmo, y mi padre... Ay, mi padre... perdió, claro.
Esa misma noche vinieron a buscarnos dos trabajadores de la hacienda del Gordo. Apestaban a vino... Nos sacaron a empellones de la cama, mi padre disparaba al techo y a los muebles, sin ton ni son, y cada uno de ellos sujetaba a uno de mis hermanos; mi padre a mí.
Yo desde el primer momento supe que aquello era el final, y en el primer descuido que tuvieron salí corriendo por la puerta de atrás. No sabía lo que me esperaba allí fuera, pero no volví la vista atrás... No, no volví la vista atrás...

Ahora, ahora contaré por qué...
Nuestro padre era viejo de pelo blanco que montaba un caballo tordo y recorría las pocas poblaciones que había en los alrededores, disparando a diestro y siniestro sus pistolas, motivo de su locura, para engordar la cifra de cruces en los cementerios.
Noche de luna gitana... Un tablao de aglomerado aguantando sin reproches los taconazos de una bailaora...
Al fondo mi padre, jugando a las cartas. Se quedó sin dinero, y preguntó al Gordo:
-- ¡Ey! ¿Aceptas como apuesta las vidas de mis tres churumbelillos? Y con la condición de que yo tenga, hoy pierda o gane, una docena de pistolas nuevas y un carro lleno de munición...
El Gordo dijo sí, con sarcasmo, y mi padre... Ay, mi padre... perdió, claro.
Esa misma noche vinieron a buscarnos dos trabajadores de la hacienda del Gordo. Apestaban a vino... Nos sacaron a empellones de la cama, mi padre disparaba al techo y a los muebles, sin ton ni son, y cada uno de ellos sujetaba a uno de mis hermanos; mi padre a mí.
Yo desde el primer momento supe que aquello era el final, y en el primer descuido que tuvieron salí corriendo por la puerta de atrás. No sabía lo que me esperaba allí fuera, pero no volví la vista atrás... No, no volví la vista atrás...

Ciclo de cine...







