Ixcacau (1)
Así, después del segundo sorbo a la tercera taza de café, en un distraído vistazo al lugar la vi, un tanto sonriente con mirada serena y unos ojos cautivantes, labios gruesos, prestos para el beso, quedé hipnotizado, ella lo notó y me dedicó una de esas sonrisas que siempre me acompañaron y curaron todos los pesares y enojos; intimidado desvié la mirada esperando el momento preciso para un leve acercamiento, tras unos minutos se dirigió al baño, calculé el tiempo justo para forzar un encuentro cuando regresara, y que yo me dirigiera ahí, a su encuentro. La suerte acompañó mi anhelo y en el pasillo reducido la vi aproximarse, las manos sudorosas, esta vez tenía que ser diferente, por lo regular cuando intentaba el acercamiento con una mujer, la timidez se imponía y en el momento exacto desviaba la mirada o simplemente retrocedía; hoy sería diferente, ella no tenía la belleza insípida de las demás mujeres, no, era hermosa, exquisita; el contacto se dio; yo irreconocible, parecía fresco, natural, una charla por demás gratificante, gustos parecidos y otras cuestiones banales concluyendo en una despedida armoniosa y una cita sellada con un beso en la mejilla... al sentirla ¡tan cerca! percibí un delicado aroma que ningún perfume lo podría dar, regresamos cada quien a su lugar.





