Ixcacau (2)
Llegó el día del encuentro, la ansiedad me hizo arribar media hora antes, la espera fue un tanto insufrible. Vino, irradiante, perfecta, el saludo de nuevo me regalo ese aroma dulce, embelesador, ofrecí un cigarro, ella lo rechazó; la plática inició con el tema de la puntualidad, un mutuo reconocimiento por tener ambos tal cortesía, una puerilidad sucedió a la otra; un sutil recorrido a la infancia y la pubertad, el brillo de sus ojos explotaba a cada recuerdo, yo escudriñaba entre los míos en busca de los más benéficos y alegres, sentía estar charlando con una amiga de antaño, sobresaltó mi frescura, incentivó mi seguridad, ella motivaba mi mejor cara, sentía deambular desnudo, desinhibido; su forma de ser lo provocaba, era una sensación exquisita. Por quinta vez la mesera hizo su ronda esperando la orden, tomamos la carta en tranquilo silencio, yo atisbaba por arriba del menú buscando sus ojos, cerré la carta y espere, la mesera se acercó, con educación dejé que ella, algo atropellada, fuera la primera en ordenar, estragos de extrañeza surgieron al oírla solicitar un chocolate, los desvíeles de su voz cuando emitieron aquella palabra instantáneamente remitieron a mis sentidos el contacto con su piel, a la esencia que emanaba.





