De Matrins
Una versión (que no plagio, aunque lo parezca por su calidad) del clásico "The Matrix"
—¿Tú quieres saber lo que es Matrins? —preguntó el negro al guaperas—.
—Ya te digo.
—Pues cómete la pastilla esa que mientras te lo voy contando.
El guaperas se tragó la pastilla, los ojos clavados en el negro.
—¿Quieres agua? —dijo el negro—.
—No, agua no, que estoy que me meo.
—Pues en adelante te llamaremos Meo.
—Vale —dijo el guaperas—. Pero qué feo que eres, tío.
—Será por eso que me llaman Mor Feo.
—Pues... pues sí, va a ser por eso.
Una chica entró en la habitación, fea como ella sola, pero con un nosequé.
—Meo, aquí Trini —dijo Mor Feo—. Trini, aquí Meo.
—Qué pasa tía
—Qué tal, Meo.
Un escalofrío comenzó a sacudir el cuerpo de Meo. Su campo de visión se tornó nuboso y oscuro. Enseguida empezaron a aparecer ante él espirales luminosas y esponjosas contra un fondo negro, causándole vértigo y desconcierto.
—¡La leche! —dijo—. Esas pastillas deben valer un pico.
—Calla que estás en el trance —dijo Mor Feo—. Concéntrate que vas a flipar.
Las espirales eran cada vez más veloces y el vértigo le produjo nauseas. Rojo, verde, blanco, azul... Colores, formas, brillos... De pronto, despertó de la alucinación, acostado en una tumba metálica llena de agua hasta la mitad, con el cuerpo desnudo enredado en cables. Aprovechó que ahí no se notaba para echar una meadilla.
—Ahhh, qué alivio —exclamó gozoso—.
—En efecto —oyó la profunda voz de Mor Feo—, es lo que tiene la libertad.
Un Ibiza trucao estaba parado delante de él, con la puerta abierta y Mor Feo haciéndole gestos desde dentro para que se apresurase.
—Voy —dijo Meo—, espera que estoy hecho un lío de cables; y además estoy en bolas.
—Aquí hay ropa —urgió Mor Feo—. Deprisa que vienen los centollos.
Meo se desenredó y corrió hacia el coche con el cuerpo empapado. Mor Feo le esperaba con una toalla en las manos.
—Qué frío —dijo Meo arropándose con la toalla—.
—Vamos. Ya están aquí los centollos.
El Ibiza salió quemando ruedas, rugiendo el motor trucao al aire gélido de la noche. Por el retrovisor, Meo vio aproximarse tres centollos enormes blandiendo sus antenas luminosas en la oscuridad.
—¿Me vas a explicar lo que está pasando? —preguntó Meo, inquieto—.
—La pastilla que tomaste no era droga, sino un localizador de la señal psicocentrífuga de tu cerebro —dijo Mor Feo mientras conducía el Ibiza con el acelerador pisado a fondo—. La usamos para localizar la ubicación física de las personas humanas fuera de Matrins.
Meo miraba a Mor Feo con estupefacción.
—Ahí está —dijo Mor Feo—: la nave nodriza.
Meo vio una camioneta destartalada que se movía en dirección al Ibiza.
—¿Listos? —preguntó Mor Feo por el gualquitalqui.
—Listos —respondió una voz envuelta en estática.
Y tras unos segundos, Mor Feo exclamó:
—¡Ahora!
—La camioneta realizó un giro de ciento ochenta grados exactamente cuando se cruzaba con el Ibiza, al tiempo que un tío melenas echaba un cubo de aceite por la ventanilla.
—Eso retendrá a los centollos durante un rato —explicó Mor Feo mientras Ibiza y camioneta corrían paralelos hacia el horizonte.
Por el retrovisor, contemplaron como los centollos resbalaban y patinaban sobre el aceite, quedando atascados, imposibilitados de continuar la persecución.
Ya fuera del alcance visual de los centollos, los dos vehículos se detuvieron, y Mor Feo condujo a Meo al interior de la camioneta. Trini estaba dentro.
—Vaya marrón, ¿que no? —comentó Trini al ver a Meo—.
—Ya te digo —fue la respuesta—. Entonces, resulta que ahora estamos fuera de Matrins, ¿no?
—Sasto.
—¿Y antes estábamos dentro?
—Eso es —dijo Mor Feo, complacido ante la rápida y exacta comprensión de Meo—.
—Pues no lo pillo.
—Verás; Matrins es el aire; son los pájaros, las cucarachas, las avenidas y callejuelas; Matrins está por todas partes; nos rodea; habita en nuestro cerebro, y nuestro cerebro habita en Matrins.
—Mola, pero no lo pillo.
—Matrins es como el internés —terció Trini—. Cuando te conectas y navegas, tu cuerpo está fuera, pero tu mente está viajando por el mundo. La única diferencia entre Matrins e internés es que si te matan en Matrins, palmas de verdad.
—Haremos unas pruebas —continuó Mor Feo—. Siéntate aquí. Te voy a meter un pincho por la nuca, pero no duele, es para conectar tu cerebro a un simulador de Matrins.
Meo, aún envuelto en la toalla a modo de capa, se dirigió escéptico hacia la silla.
—Y tápate —intervino Trini—, que se te ve el ciruelo.
Meo se tapó y se sentó. Mor Feo se sentó en la silla de al lado. Trini les metió un pincho por la nuca a cada uno y ambos cayeron en un profundo sueño. El melenas, mientras, observaba con atención una tele en blanco y negro donde caían números y letras de forma aparentemente aleatoria.
—¿Los tienes? —preguntó Trini—.
—Ahí —respondió el melenas—.
Meo lo veía todo blanco a su alrededor. Todo menos Mor Feo, claro. No había calles ni casas ni cielo ni suelo. Todo blanco. Mor Feo lo miraba divertido.
—¿Y esto? —inquirió Meo.
—Es un simulador de Matrins, pero pelao. Mira como vuelo —dio un salto y se suspendió en el aire unos instantes con los brazos abiertos—. Todo lo que se puede hacer en Matrins se puede hacer aquí también.
—Como el internés pero sin HTML, la lengua franca de los usuarios... —fue la reflexión de Meo—.
Mor Feo guardó silencio, dejando fluir el pensamiento analítico de Meo.
Al mirar hacia abajo, Meo vio suelo. Levantó la cabeza y se encontró en la azotea de un edificio.
—Hora de saltar —dijo alegremente Mor Feo—.
Meo vio a Mor Feo correr por la azotea y saltar al vacío. Tras un vuelo extraordinario, aterrizó en la azotea del edificio de enfrente.
—Yo voy por las escaleras —dijo Meo—.
—¡Mor Feo! —gritó el melenas—. Mensaje de la pitonisa. Dice que lleves al elegido inmediatamente.
—Vamos —respondió Mor Feo mirando a Meo—. Hay que entrar en Matrins.
—Yo os acompaño —añadió Trini—.
Se sentaron en las sillas y el melenas les metió el pincho por la nuca a los tres. Aparecieron en medio de la calle Sagasta, en Murcia. Mor Feo encabezaba la marcha, flanqueado por Trini y Meo.
—Es por allí —indicó Mor Feo señalando con el dedo—. No está muy lejos.
Entraron en un edificio mugriento y maloliente. Al llegar al lugar, Mor Feo abrió la puerta con una ganzúa. Meo entró detrás, Trini la última.
—Debes cruzar aquella puerta tú solo. Lo que te diga la pitonisa es secreto, no nos lo debes contar —explicó Mor Feo a Meo.
Meo entró y halló un niño budista sentado en el suelo con una cuchara doblada.
—¿Cómo lo has hecho? —preguntó Meo.
El niño señaló con el dedo un martillo pilón que había a su lado.
—¿Meo? —la voz femenina provenía de detrás de un biombo.
—Voy —contestó Meo acercándose.
La pitonisa estaba sentada en una mesa camilla, con una bola de cristal en las manos. Llevaba el cochambroso pelo salpicado de rulos y cubierto por una redecilla. Olía a sobaco podrido. Su piel estaba recubierta de pústulas.
Meo se rascó la nariz con disimulo, tratando de apartar aquel olor.
—¿Por qué estoy aquí? —preguntó Meo a la pitonisa—.
—Porque has venido.
—¿Y si no llego a venir?
—Pues no estarías aquí.
Meo refexionó en silencio sobre aquella revelación.
—Ahora vete —ladró la pitonisa—.
Un minuto más tarde, los tres paseaban por la calle buscando una cabina.
—¿Nos piramos? —preguntó Meo—.
—Necesitamos una cabina —respondió Mor Feo—. Es el vínculo de conexión con el mundo real.
—¡Pitufos! —gritó Trini a su espalda—. ¡Hay que salir por patas!
Mor Feo y Trini echaron a correr trompicados, dando ruidosos zapatazos contra el suelo, con Meo siguiéndolos sin entender la situación.
—¿Y ahora qué pasa?
—Esos hombres vestidos de azul y con casco blanco —señaló Trini sin dejar de correr—, son pitufos, programas de Matrins diseñados para controlar a los intrusos.
Entraron en Cortefiel, con los pitufos pisándoles los talones.
—Al piso de arriba —ordenó Mor Feo—.
—Espera —dijo Meo—, he visto dos gatos en el mismo sitio haciendo lo mismo al mismo tiempo.
—Maldita sea —se lamentó Mor Feo—, eso indica un fallo en Matrins. Es cuando cambian algo.
Al llegar arriba encontraron un muro bloqueando la salida de las escaleras.
—Habrá que luchar —constató Mor Feo—. Meo, ponte detrás. Trini, el elegido debe sobrevivir.
Los pitufos llegaron arriba y se detuvieron ante ellos. Un pitufo se quitó las gafas de sol y miró a Meo con una sonrisa maliciosa dibujada en los labios.
—Señor Alarcón, volvemos a encontrarnos.
—¿Lo conoces? —cuchicheó Trini a Meo—.
—Sí, es el señor Sánchez.
Mor Feo saltó hacia Sánchez, los brazos en forma de alas, y quedó suspendido un instante en el aire, tiempo suficiente para lanzar una patada a los morros del pitufo.
Todos empezaron a saltar y a quedarse suspendidos en el aire, dándose patadas unos a otros. Mor Feo atacaba a los pitufos mientras Trini trataba de cubrir la huída de Meo. En el frenesí de golpes suspendidos que se produjo a continuación, Meo y Trini lograron escapar, mientras que Mor Feo fue apresado por los pitufos.
Meo y Trini hallaron una cabina poco más allá y volvieron a la camioneta.
—Hay que rescatar a Mor Feo como sea —dijo Meo—. Él me sacó de Matrins y ahora tengo que devolverle el favor.
—Los pitufos le custodian —objetó Trini—. Es imposible entrar allí y salir con vida. Estará todo lleno de pitufos.
—Usaremos piedras. Eso no se lo esperan.
Trini miró a Meo incrédula.
—Tampoco se esperan que les tiremos morcillas —dijo—, pero es una idea estúpida.
—Buena idea, sí. Morcillas. Eso tampoco se lo esperan.
Trini miró a Meo con consternación. Luego al melenas, que se encogió de hombros.
—¿Cuál es tu plan? —preguntó al fin—.
Meo le guiñó un ojo y dijo:
—Vamos, cojamos piedras y morcillas. No hay tiempo que perder.
Ya en Matrins, entraron en una gran sala con columnas dispuestas longitudinalmente en dos hileras. Trini miró a Meo inquisitivamente desde la otra hilera.
—Espera —susurró Meo—. Ahí vienen los pitufos.
—¿Cómo lo sabes?
—Intuición de carterista.
Se abrió la puerta del ascensor y salieron clones del pitufo Sánchez, a decenas primero, luego a cientos y finalmente a miles.
—No tenemos morcillas suficientes —se lamentó Meo—.
—Vaya mierda de plan —respondió Trini, arisca—.
Meo salió de detrás de la columna, lanzando morcillas tan rápido como podía. Los miles de pitufos Sánchez lo rodearon, mientras recibían una lluvia de piedras de la adusta Trini. En un instante, el suelo quedó vacío y el aire se abarrotó de gente suspendida con los brazos en forma de alas de pájaro dando patadas sin parar. Los clones de Sánchez empezaron a devolver el fuego de morcillas y piedras, pero Meo era tan rápido que veía los proyectiles venir y se apartaba con agilidad.
Más y más clones de Sánchez salían de detrás de las columnas.
El melenas contemplaba la masacre en la pantalla de las letras caídas con lágrimas en los ojos.
Meo, antes conocido como Tomás Alarcón, recibió una patada suspendida directamente en sus partes pudendas. Se dobló hacia delante con los ojos bizcos y el sudor cayendo por sus mejillas.
—Ja, ja, ja —rieron todos los Sánchez a la vez.
Trini se había abierto hacía rato.
—Señor Alarcón, ha llegado su final —dijo uno de los Sánchez—.
Y lo mató.
—¿Tú quieres saber lo que es Matrins? —preguntó el negro al guaperas—.
—Ya te digo.
—Pues cómete la pastilla esa que mientras te lo voy contando.
El guaperas se tragó la pastilla, los ojos clavados en el negro.
—¿Quieres agua? —dijo el negro—.
—No, agua no, que estoy que me meo.
—Pues en adelante te llamaremos Meo.
—Vale —dijo el guaperas—. Pero qué feo que eres, tío.
—Será por eso que me llaman Mor Feo.
—Pues... pues sí, va a ser por eso.
Una chica entró en la habitación, fea como ella sola, pero con un nosequé.
—Meo, aquí Trini —dijo Mor Feo—. Trini, aquí Meo.
—Qué pasa tía
—Qué tal, Meo.
Un escalofrío comenzó a sacudir el cuerpo de Meo. Su campo de visión se tornó nuboso y oscuro. Enseguida empezaron a aparecer ante él espirales luminosas y esponjosas contra un fondo negro, causándole vértigo y desconcierto.
—¡La leche! —dijo—. Esas pastillas deben valer un pico.
—Calla que estás en el trance —dijo Mor Feo—. Concéntrate que vas a flipar.
Las espirales eran cada vez más veloces y el vértigo le produjo nauseas. Rojo, verde, blanco, azul... Colores, formas, brillos... De pronto, despertó de la alucinación, acostado en una tumba metálica llena de agua hasta la mitad, con el cuerpo desnudo enredado en cables. Aprovechó que ahí no se notaba para echar una meadilla.
—Ahhh, qué alivio —exclamó gozoso—.
—En efecto —oyó la profunda voz de Mor Feo—, es lo que tiene la libertad.
Un Ibiza trucao estaba parado delante de él, con la puerta abierta y Mor Feo haciéndole gestos desde dentro para que se apresurase.
—Voy —dijo Meo—, espera que estoy hecho un lío de cables; y además estoy en bolas.
—Aquí hay ropa —urgió Mor Feo—. Deprisa que vienen los centollos.
Meo se desenredó y corrió hacia el coche con el cuerpo empapado. Mor Feo le esperaba con una toalla en las manos.
—Qué frío —dijo Meo arropándose con la toalla—.
—Vamos. Ya están aquí los centollos.
El Ibiza salió quemando ruedas, rugiendo el motor trucao al aire gélido de la noche. Por el retrovisor, Meo vio aproximarse tres centollos enormes blandiendo sus antenas luminosas en la oscuridad.
—¿Me vas a explicar lo que está pasando? —preguntó Meo, inquieto—.
—La pastilla que tomaste no era droga, sino un localizador de la señal psicocentrífuga de tu cerebro —dijo Mor Feo mientras conducía el Ibiza con el acelerador pisado a fondo—. La usamos para localizar la ubicación física de las personas humanas fuera de Matrins.
Meo miraba a Mor Feo con estupefacción.
—Ahí está —dijo Mor Feo—: la nave nodriza.
Meo vio una camioneta destartalada que se movía en dirección al Ibiza.
—¿Listos? —preguntó Mor Feo por el gualquitalqui.
—Listos —respondió una voz envuelta en estática.
Y tras unos segundos, Mor Feo exclamó:
—¡Ahora!
—La camioneta realizó un giro de ciento ochenta grados exactamente cuando se cruzaba con el Ibiza, al tiempo que un tío melenas echaba un cubo de aceite por la ventanilla.
—Eso retendrá a los centollos durante un rato —explicó Mor Feo mientras Ibiza y camioneta corrían paralelos hacia el horizonte.
Por el retrovisor, contemplaron como los centollos resbalaban y patinaban sobre el aceite, quedando atascados, imposibilitados de continuar la persecución.
Ya fuera del alcance visual de los centollos, los dos vehículos se detuvieron, y Mor Feo condujo a Meo al interior de la camioneta. Trini estaba dentro.
—Vaya marrón, ¿que no? —comentó Trini al ver a Meo—.
—Ya te digo —fue la respuesta—. Entonces, resulta que ahora estamos fuera de Matrins, ¿no?
—Sasto.
—¿Y antes estábamos dentro?
—Eso es —dijo Mor Feo, complacido ante la rápida y exacta comprensión de Meo—.
—Pues no lo pillo.
—Verás; Matrins es el aire; son los pájaros, las cucarachas, las avenidas y callejuelas; Matrins está por todas partes; nos rodea; habita en nuestro cerebro, y nuestro cerebro habita en Matrins.
—Mola, pero no lo pillo.
—Matrins es como el internés —terció Trini—. Cuando te conectas y navegas, tu cuerpo está fuera, pero tu mente está viajando por el mundo. La única diferencia entre Matrins e internés es que si te matan en Matrins, palmas de verdad.
—Haremos unas pruebas —continuó Mor Feo—. Siéntate aquí. Te voy a meter un pincho por la nuca, pero no duele, es para conectar tu cerebro a un simulador de Matrins.
Meo, aún envuelto en la toalla a modo de capa, se dirigió escéptico hacia la silla.
—Y tápate —intervino Trini—, que se te ve el ciruelo.
Meo se tapó y se sentó. Mor Feo se sentó en la silla de al lado. Trini les metió un pincho por la nuca a cada uno y ambos cayeron en un profundo sueño. El melenas, mientras, observaba con atención una tele en blanco y negro donde caían números y letras de forma aparentemente aleatoria.
—¿Los tienes? —preguntó Trini—.
—Ahí —respondió el melenas—.
Meo lo veía todo blanco a su alrededor. Todo menos Mor Feo, claro. No había calles ni casas ni cielo ni suelo. Todo blanco. Mor Feo lo miraba divertido.
—¿Y esto? —inquirió Meo.
—Es un simulador de Matrins, pero pelao. Mira como vuelo —dio un salto y se suspendió en el aire unos instantes con los brazos abiertos—. Todo lo que se puede hacer en Matrins se puede hacer aquí también.
—Como el internés pero sin HTML, la lengua franca de los usuarios... —fue la reflexión de Meo—.
Mor Feo guardó silencio, dejando fluir el pensamiento analítico de Meo.
Al mirar hacia abajo, Meo vio suelo. Levantó la cabeza y se encontró en la azotea de un edificio.
—Hora de saltar —dijo alegremente Mor Feo—.
Meo vio a Mor Feo correr por la azotea y saltar al vacío. Tras un vuelo extraordinario, aterrizó en la azotea del edificio de enfrente.
—Yo voy por las escaleras —dijo Meo—.
—¡Mor Feo! —gritó el melenas—. Mensaje de la pitonisa. Dice que lleves al elegido inmediatamente.
—Vamos —respondió Mor Feo mirando a Meo—. Hay que entrar en Matrins.
—Yo os acompaño —añadió Trini—.
Se sentaron en las sillas y el melenas les metió el pincho por la nuca a los tres. Aparecieron en medio de la calle Sagasta, en Murcia. Mor Feo encabezaba la marcha, flanqueado por Trini y Meo.
—Es por allí —indicó Mor Feo señalando con el dedo—. No está muy lejos.
Entraron en un edificio mugriento y maloliente. Al llegar al lugar, Mor Feo abrió la puerta con una ganzúa. Meo entró detrás, Trini la última.
—Debes cruzar aquella puerta tú solo. Lo que te diga la pitonisa es secreto, no nos lo debes contar —explicó Mor Feo a Meo.
Meo entró y halló un niño budista sentado en el suelo con una cuchara doblada.
—¿Cómo lo has hecho? —preguntó Meo.
El niño señaló con el dedo un martillo pilón que había a su lado.
—¿Meo? —la voz femenina provenía de detrás de un biombo.
—Voy —contestó Meo acercándose.
La pitonisa estaba sentada en una mesa camilla, con una bola de cristal en las manos. Llevaba el cochambroso pelo salpicado de rulos y cubierto por una redecilla. Olía a sobaco podrido. Su piel estaba recubierta de pústulas.
Meo se rascó la nariz con disimulo, tratando de apartar aquel olor.
—¿Por qué estoy aquí? —preguntó Meo a la pitonisa—.
—Porque has venido.
—¿Y si no llego a venir?
—Pues no estarías aquí.
Meo refexionó en silencio sobre aquella revelación.
—Ahora vete —ladró la pitonisa—.
Un minuto más tarde, los tres paseaban por la calle buscando una cabina.
—¿Nos piramos? —preguntó Meo—.
—Necesitamos una cabina —respondió Mor Feo—. Es el vínculo de conexión con el mundo real.
—¡Pitufos! —gritó Trini a su espalda—. ¡Hay que salir por patas!
Mor Feo y Trini echaron a correr trompicados, dando ruidosos zapatazos contra el suelo, con Meo siguiéndolos sin entender la situación.
—¿Y ahora qué pasa?
—Esos hombres vestidos de azul y con casco blanco —señaló Trini sin dejar de correr—, son pitufos, programas de Matrins diseñados para controlar a los intrusos.
Entraron en Cortefiel, con los pitufos pisándoles los talones.
—Al piso de arriba —ordenó Mor Feo—.
—Espera —dijo Meo—, he visto dos gatos en el mismo sitio haciendo lo mismo al mismo tiempo.
—Maldita sea —se lamentó Mor Feo—, eso indica un fallo en Matrins. Es cuando cambian algo.
Al llegar arriba encontraron un muro bloqueando la salida de las escaleras.
—Habrá que luchar —constató Mor Feo—. Meo, ponte detrás. Trini, el elegido debe sobrevivir.
Los pitufos llegaron arriba y se detuvieron ante ellos. Un pitufo se quitó las gafas de sol y miró a Meo con una sonrisa maliciosa dibujada en los labios.
—Señor Alarcón, volvemos a encontrarnos.
—¿Lo conoces? —cuchicheó Trini a Meo—.
—Sí, es el señor Sánchez.
Mor Feo saltó hacia Sánchez, los brazos en forma de alas, y quedó suspendido un instante en el aire, tiempo suficiente para lanzar una patada a los morros del pitufo.
Todos empezaron a saltar y a quedarse suspendidos en el aire, dándose patadas unos a otros. Mor Feo atacaba a los pitufos mientras Trini trataba de cubrir la huída de Meo. En el frenesí de golpes suspendidos que se produjo a continuación, Meo y Trini lograron escapar, mientras que Mor Feo fue apresado por los pitufos.
Meo y Trini hallaron una cabina poco más allá y volvieron a la camioneta.
—Hay que rescatar a Mor Feo como sea —dijo Meo—. Él me sacó de Matrins y ahora tengo que devolverle el favor.
—Los pitufos le custodian —objetó Trini—. Es imposible entrar allí y salir con vida. Estará todo lleno de pitufos.
—Usaremos piedras. Eso no se lo esperan.
Trini miró a Meo incrédula.
—Tampoco se esperan que les tiremos morcillas —dijo—, pero es una idea estúpida.
—Buena idea, sí. Morcillas. Eso tampoco se lo esperan.
Trini miró a Meo con consternación. Luego al melenas, que se encogió de hombros.
—¿Cuál es tu plan? —preguntó al fin—.
Meo le guiñó un ojo y dijo:
—Vamos, cojamos piedras y morcillas. No hay tiempo que perder.
Ya en Matrins, entraron en una gran sala con columnas dispuestas longitudinalmente en dos hileras. Trini miró a Meo inquisitivamente desde la otra hilera.
—Espera —susurró Meo—. Ahí vienen los pitufos.
—¿Cómo lo sabes?
—Intuición de carterista.
Se abrió la puerta del ascensor y salieron clones del pitufo Sánchez, a decenas primero, luego a cientos y finalmente a miles.
—No tenemos morcillas suficientes —se lamentó Meo—.
—Vaya mierda de plan —respondió Trini, arisca—.
Meo salió de detrás de la columna, lanzando morcillas tan rápido como podía. Los miles de pitufos Sánchez lo rodearon, mientras recibían una lluvia de piedras de la adusta Trini. En un instante, el suelo quedó vacío y el aire se abarrotó de gente suspendida con los brazos en forma de alas de pájaro dando patadas sin parar. Los clones de Sánchez empezaron a devolver el fuego de morcillas y piedras, pero Meo era tan rápido que veía los proyectiles venir y se apartaba con agilidad.
Más y más clones de Sánchez salían de detrás de las columnas.
El melenas contemplaba la masacre en la pantalla de las letras caídas con lágrimas en los ojos.
Meo, antes conocido como Tomás Alarcón, recibió una patada suspendida directamente en sus partes pudendas. Se dobló hacia delante con los ojos bizcos y el sudor cayendo por sus mejillas.
—Ja, ja, ja —rieron todos los Sánchez a la vez.
Trini se había abierto hacía rato.
—Señor Alarcón, ha llegado su final —dijo uno de los Sánchez—.
Y lo mató.
Las dos torres
Un relato un pelín absurdo, pero muy profundo:
—Buenos días.
—Por que usted lo diga.
—Pues malos días.
—¿Ha venido sólo a saludarme o quiere algo?
—Quiero algo.
El hombre de detrás de la ventanilla se quedó mirándolo, esperando a que dijera algo más. Cuando se cansó de esperar, dijo:
—¿Qué quiere?
—Busco al doctor Honoris Causa.
—Un momento —tecleó algo en el ordenador—. Creo que está dormido.
—¿Cómo dice?
—Le he mandado un emilio y no contesta.
—Vaya...
—Tome —le entregó una bocina por debajo del cristal—. Toque esto cuando entre. Su despacho está en la tercera planta, el rosal.
Larmelo Cópez vagó un rato por el patio interior, observando los curiosos adornos. Un bistréciclo de la época austrohúngara colgaba del techo y parecía malhumorado.
—¿Está usted malhumorado? —preguntó Cópez al bistréciclo—.
—Pues sí.
—Vaya...
Tomó el descensor, pues la tercera planta estaba debajo de la cuarta, a la que había ascendido sin darse cuenta. Al salir, contempló el patio interior, mirando hacia arriba. En el techo había un espejo de extraña curvatura, que reflejaba más allá de la pared verde prado.
El pasillo debía tener por lo menos dos kilómetros. Al final, había una solitaria puerta. Cópez sacó sus prismáticos y pudo leer el rótulo:
DR. HONORIS CAUSA
PASEN POR LA OTRA PUERTA
ÉSTA ESTÁ ATASCADA
Cópez no sabía dónde estaba la otra puerta, así que siguió andando. Al cabo de media hora, tropezó.
—¡Mecachis! —dijo muy cabreado—. ¡Defeco en las puertas transparentes!
El impacto de la turgente nariz copeciana debió desatascar el atasco. La puerta se abrió.
Un hombre de unos trescientos años roncaba con la cabeza echada hacia atrás, recostado en un sillón que parecía muy cómodo. Cópez hizo sonar la bocina y el hombre dio un salto en la silla.
—¡Será hijoputa el portero ese! —resopló—.
—¿Doctor Honoris Causa?
—Sí. Pero no me llames de usted, que no soy tan viejo.
—Vale. Hola Honoris, soy Larmelo Cópez.
—¿Querías algo?
—Quería y quiero.
Causa se quedó mirándolo, esperando a que dijera algo más. Cuando se cansó de esperar, inquirió con los ojos.
—Doctor Causa... Honoris. He oído que estás trabajando en una teoría sobre las dos torres.
—¿Cómo sabes eso? Es un trabajo altamente secreto, aún no se ha publicado nada. De hecho, todavía no he dado con las ecuaciones que lo describan adecuadamente.
—¿Puedes hablarme de la teoría?
—Puedo.
—Vaya...
Se quedaron los dos como alelados, esperando a que el otro continuase hablando. Por fin, Cópez rompió el silencio:
—¿De qué se trata?
—Es complicado de explicar.
—Inténtalo.
Causa miró a Cópez como a un niño que acabara de preguntar de dónde vino su hermanito.
—Verás... ¿Conoces el principio de conservación de la hora?
—Sí.
—Bien, pues basándome en ese principio demostraré que, si existe la Torre de la Horadada, también debe existir la Torre de la Horarrecibida.
—¡Mecachis!
—Impresiona, ¿eh?
Cópez se levantó bruscamente y se inclinó hacia el anciano.
—Doctor, debe destruir esos documentos. Debe cancelar la investigación. Está jugando con fuego.
—Tutéame chaval, que si no me siento viejo.
—¡Basta! —dijo, y arrasó de un manotazo el contenido de la mesa. Miró fijamente a Causa—. Escuche, si no hace lo que le digo, tendré que matarlo y tirar su cadáver al patio interior.
—Pero tutéame, chaval...
—¿Es usted imbécil? —le interrumpió—. ¿Es que no me oye? Debe cancelar el proyecto ya.
Causa lo miró con la placidez que confieren trescientos años. Dejó que Cópez se serenara.
—He leído lo del Puaqüapuarro ese. Es muy bueno —dijo, y Cópez pareció tranquilizarse un poco—.
—¿Le gusta?
—Es extraordinario.
—Vaya...
—Además, a mí me ocurrió lo mismo que al... ¿cómo se llamaba? Mmmm —se metió un dedo en la nariz y se lo sacó por un ojo—. ¡Gabrón! Sí, a mí me pasó igual.
Este viejo se burla de mí, pensó Cópez. Veamos adónde quiere ir a parar.
—¿Adónde quiere ir a parar?
—No sé, sólo le distraía para que no me matara.
—Vaya...
Una hora más tarde, ambos hombres estaban al otro lado del pasillo, donde había una puerta con una cafetería detrás. Se sentaron en una mesa y pidieron unos cafés, que pusieron sobre las sillas.
—Dime, chaval, ¿por qué te preocupa tanto la teoría de las dos torres?
—Porque es desconcertante.
—Sí, es verdad.
—Si existe la Torre de la Horarrecibida —conjeturó Cópez—, y realmente recibe la hora dada por la otra torre, el principio de conservación de la hora quedará refutado al duplicar los tiempos. Y, como ese es precisamente el principio sobre el que se asienta la teoría, toda la lógica quedará en entredicho.
—¿En entredicho? —le cortó el viejo mientras sorbía el café que se le había derramado en la barba.
—Eso es. Y ya conoce usted el refrán: lo que está en entredicho, ni está dicho ni está desdicho.
—Mala cosa.
—Pero eso no es lo peor —el doctor Causa enarcó las cejas, porque le había saltado una gota de café hirviendo en el ojo y pensó que abriéndolo mucho, la gota se iría—. Lo peor es el sol.
—Le espucho, le espucho.
—¿Qué dice que hace?
—Dispulpe, es pe me he pemado el lóbulo oppipital pon el pafé y no puedo hablar bien.
—Si es que... a quién se le ocurre sorber el café por la nariz...
—Esplipe eso del sol, esplipe.
—Pues verá, digamos que son las dos en la Torre de la Horadada. Un sol de justicia. Todos los pellejos chamuscados. ¿Me sigue?
—Le pigo.
—Si esa torre le da la hora a la otra, ¿le dará también los pellejos, creando un universo duplicado y paralelo de horas y pellejos?
—No preo.
—Ah, entonces no hay problema.
El camarero, mariquita perdido, le estaba metiendo algo por la nariz al anciano. Al parecer, le iba a refrescar el lóbulo occipital. A Cópez le pareció una grosería. Y se fue.
Pocos años más tarde, el gran Cópez publicó su obra maestra, trilógica y tripartita: El señor de los pellejos (La comunidad del pellejo, Las dos torres, El retorno del blanco), con la que se hizo asquerosamente rico, obtuvo el Oscar Mayer a la mejor novela tripartita salchichera, y grabó un disco junto a Los Chichos en su ordenador portátil de pared.
El doctor Honoris Causa murió asfixiado de nariz para arriba. Su occipital fue generosamente donado a la ciencia-ficción por su familia política y su obra inconclusa investigatoria nunca vio la luz.
El portero donó su bocina a la ciencia-ficción también.
El camarero fue acusado de marrano por el fiscal de la cafetería, pero nunca se pudo demostrar su culpabilidad, así que fue acusado de presunto marrano. Se le condenó a pagar una presunta multa de tres euros y a seis presuntos meses de presunta cárcel, que presuntamente cumplió.
Seis meses más tarde, el camarero volvió y recogió los cafés de las sillas.
—Buenos días.
—Por que usted lo diga.
—Pues malos días.
—¿Ha venido sólo a saludarme o quiere algo?
—Quiero algo.
El hombre de detrás de la ventanilla se quedó mirándolo, esperando a que dijera algo más. Cuando se cansó de esperar, dijo:
—¿Qué quiere?
—Busco al doctor Honoris Causa.
—Un momento —tecleó algo en el ordenador—. Creo que está dormido.
—¿Cómo dice?
—Le he mandado un emilio y no contesta.
—Vaya...
—Tome —le entregó una bocina por debajo del cristal—. Toque esto cuando entre. Su despacho está en la tercera planta, el rosal.
Larmelo Cópez vagó un rato por el patio interior, observando los curiosos adornos. Un bistréciclo de la época austrohúngara colgaba del techo y parecía malhumorado.
—¿Está usted malhumorado? —preguntó Cópez al bistréciclo—.
—Pues sí.
—Vaya...
Tomó el descensor, pues la tercera planta estaba debajo de la cuarta, a la que había ascendido sin darse cuenta. Al salir, contempló el patio interior, mirando hacia arriba. En el techo había un espejo de extraña curvatura, que reflejaba más allá de la pared verde prado.
El pasillo debía tener por lo menos dos kilómetros. Al final, había una solitaria puerta. Cópez sacó sus prismáticos y pudo leer el rótulo:
DR. HONORIS CAUSA
PASEN POR LA OTRA PUERTA
ÉSTA ESTÁ ATASCADA
Cópez no sabía dónde estaba la otra puerta, así que siguió andando. Al cabo de media hora, tropezó.
—¡Mecachis! —dijo muy cabreado—. ¡Defeco en las puertas transparentes!
El impacto de la turgente nariz copeciana debió desatascar el atasco. La puerta se abrió.
Un hombre de unos trescientos años roncaba con la cabeza echada hacia atrás, recostado en un sillón que parecía muy cómodo. Cópez hizo sonar la bocina y el hombre dio un salto en la silla.
—¡Será hijoputa el portero ese! —resopló—.
—¿Doctor Honoris Causa?
—Sí. Pero no me llames de usted, que no soy tan viejo.
—Vale. Hola Honoris, soy Larmelo Cópez.
—¿Querías algo?
—Quería y quiero.
Causa se quedó mirándolo, esperando a que dijera algo más. Cuando se cansó de esperar, inquirió con los ojos.
—Doctor Causa... Honoris. He oído que estás trabajando en una teoría sobre las dos torres.
—¿Cómo sabes eso? Es un trabajo altamente secreto, aún no se ha publicado nada. De hecho, todavía no he dado con las ecuaciones que lo describan adecuadamente.
—¿Puedes hablarme de la teoría?
—Puedo.
—Vaya...
Se quedaron los dos como alelados, esperando a que el otro continuase hablando. Por fin, Cópez rompió el silencio:
—¿De qué se trata?
—Es complicado de explicar.
—Inténtalo.
Causa miró a Cópez como a un niño que acabara de preguntar de dónde vino su hermanito.
—Verás... ¿Conoces el principio de conservación de la hora?
—Sí.
—Bien, pues basándome en ese principio demostraré que, si existe la Torre de la Horadada, también debe existir la Torre de la Horarrecibida.
—¡Mecachis!
—Impresiona, ¿eh?
Cópez se levantó bruscamente y se inclinó hacia el anciano.
—Doctor, debe destruir esos documentos. Debe cancelar la investigación. Está jugando con fuego.
—Tutéame chaval, que si no me siento viejo.
—¡Basta! —dijo, y arrasó de un manotazo el contenido de la mesa. Miró fijamente a Causa—. Escuche, si no hace lo que le digo, tendré que matarlo y tirar su cadáver al patio interior.
—Pero tutéame, chaval...
—¿Es usted imbécil? —le interrumpió—. ¿Es que no me oye? Debe cancelar el proyecto ya.
Causa lo miró con la placidez que confieren trescientos años. Dejó que Cópez se serenara.
—He leído lo del Puaqüapuarro ese. Es muy bueno —dijo, y Cópez pareció tranquilizarse un poco—.
—¿Le gusta?
—Es extraordinario.
—Vaya...
—Además, a mí me ocurrió lo mismo que al... ¿cómo se llamaba? Mmmm —se metió un dedo en la nariz y se lo sacó por un ojo—. ¡Gabrón! Sí, a mí me pasó igual.
Este viejo se burla de mí, pensó Cópez. Veamos adónde quiere ir a parar.
—¿Adónde quiere ir a parar?
—No sé, sólo le distraía para que no me matara.
—Vaya...
Una hora más tarde, ambos hombres estaban al otro lado del pasillo, donde había una puerta con una cafetería detrás. Se sentaron en una mesa y pidieron unos cafés, que pusieron sobre las sillas.
—Dime, chaval, ¿por qué te preocupa tanto la teoría de las dos torres?
—Porque es desconcertante.
—Sí, es verdad.
—Si existe la Torre de la Horarrecibida —conjeturó Cópez—, y realmente recibe la hora dada por la otra torre, el principio de conservación de la hora quedará refutado al duplicar los tiempos. Y, como ese es precisamente el principio sobre el que se asienta la teoría, toda la lógica quedará en entredicho.
—¿En entredicho? —le cortó el viejo mientras sorbía el café que se le había derramado en la barba.
—Eso es. Y ya conoce usted el refrán: lo que está en entredicho, ni está dicho ni está desdicho.
—Mala cosa.
—Pero eso no es lo peor —el doctor Causa enarcó las cejas, porque le había saltado una gota de café hirviendo en el ojo y pensó que abriéndolo mucho, la gota se iría—. Lo peor es el sol.
—Le espucho, le espucho.
—¿Qué dice que hace?
—Dispulpe, es pe me he pemado el lóbulo oppipital pon el pafé y no puedo hablar bien.
—Si es que... a quién se le ocurre sorber el café por la nariz...
—Esplipe eso del sol, esplipe.
—Pues verá, digamos que son las dos en la Torre de la Horadada. Un sol de justicia. Todos los pellejos chamuscados. ¿Me sigue?
—Le pigo.
—Si esa torre le da la hora a la otra, ¿le dará también los pellejos, creando un universo duplicado y paralelo de horas y pellejos?
—No preo.
—Ah, entonces no hay problema.
El camarero, mariquita perdido, le estaba metiendo algo por la nariz al anciano. Al parecer, le iba a refrescar el lóbulo occipital. A Cópez le pareció una grosería. Y se fue.
Pocos años más tarde, el gran Cópez publicó su obra maestra, trilógica y tripartita: El señor de los pellejos (La comunidad del pellejo, Las dos torres, El retorno del blanco), con la que se hizo asquerosamente rico, obtuvo el Oscar Mayer a la mejor novela tripartita salchichera, y grabó un disco junto a Los Chichos en su ordenador portátil de pared.
El doctor Honoris Causa murió asfixiado de nariz para arriba. Su occipital fue generosamente donado a la ciencia-ficción por su familia política y su obra inconclusa investigatoria nunca vio la luz.
El portero donó su bocina a la ciencia-ficción también.
El camarero fue acusado de marrano por el fiscal de la cafetería, pero nunca se pudo demostrar su culpabilidad, así que fue acusado de presunto marrano. Se le condenó a pagar una presunta multa de tres euros y a seis presuntos meses de presunta cárcel, que presuntamente cumplió.
Seis meses más tarde, el camarero volvió y recogió los cafés de las sillas.
Paco, Jedi
Obra maestra de la literatura contemporánea:
—¡Utiliza la fuerza, Paco! —Le gritó su mujer desde el tendido—.
Francisco Escaigüolquer, descendiente de una famosa familia de maestros en el uso de La Fuerza, estaba demasiado asustado para responder.
Miró al toro.
La bestia devolvió la mirada, desafiante.
Paco extendió el turbocapote y lo agitó en el aire.
El animal arrancó hacia él con ojos de asesino y cuernos en posición de combate.
El torero-jedi, nacido en Puerto Lumbreras, La Tierra, se concentró en La Fuerza y trató de prever los movimientos del enemigo. Le vio acercarse a cámara lenta con su ojo interior, dirigir el pitón hacia su muslo izquierdo y descargar toda su ira. La Fuerza le indicó el lugar exacto y él reaccionó moviéndose ligeramente hacia su derecha al tiempo que pulsaba el interruptor de su sable láser.
La verde hoja siseó al desplegarse y un zumbido llenó el aire a su alrededor.
El animal se acercaba.
Paco había visto el punto de ruptura del toro. Había leído esa expresión en las memorias de Mace Windu, y estaba seguro de que eso que él veía, era un punto de ruptura.
Elevó la mano derecha blandiendo el sable.
Entró a matar.
El toro atacó.
El pitón derecho desgarró levemente el pantalón del jedi, sin llegar a causar herida.
Paco apuntó al punto de ruptura del toro; clavó su sable en el ojo del animal, que reaccionó inesperadamente girando la cabeza en dirección al torero, quien tuvo que usar todo su poder para dar un salto con La Fuerza y caer al otro lado del bicho.
Había perdido el sable. El interruptor estaba oxidado y se quedó pulsado, así que la hoja de luz no se encogió. El toro corría alrededor de la plaza con el sable láser clavado en el ojo, mientras emitía infernales sonidos de sufrimiento. Paco corría delante de él.
—¡Socorro! —gritó—. ¡Este toro está poseído por el Reverso Tenebroso!
Se generó un murmullo entre el público. Los toros Sith estaban prohibidos desde hacía siglos estándar. Esto sería un gran escándalo.
El toro habló por telepatía al jedi, no con palabras, sino con sentimientos desdibujados. El animal le transmitió: siento tu miedo y tu ira... estás cayendo en el Lado Oscuro...
Paco se concentró en su sable, se detuvo, se giró hacia el toro que venía y atrajo el sable láser hacia su mano mediante La Fuerza. Cuando el toro llegó a él, esgrimió varios mandobles y cercenó los cuernos de la bestia. El toro retrocedió y lo miró, bizco.
Un espectador comía morcillas con cuchillo y tenedor. El toro, poderoso lord Sith, atrajo el cuchillo con La Fuerza y lo colocó en su boca. Era de plastiacero reforzado de las minas de Tatooine, que no se funde con el láser.
Cruzaron varios golpes. El toro estaba ganando terreno.
—¡Utiliza la fuerza, Paco! —Volvió a gritar su mujer—.
—Qué tía pesada —dijo para sí él—, ¿sabrá ésta lo que es La Fuerza?
Los golpes y contragolpes se sucedían con endiablada velocidad. Paco se volvió sin dejar de luchar.
—Por cierto —gritó—, La Fuerza se dice con mayúsculas.
—¿Por qué? —quiso saber su mujer—.
El toro lo tenía acorralado. Paco sentía un vínculo en La Fuerza que le arrastraba hacia el toro más y más. Era el poder del mal; el poder del Reverso Tenebroso.
No puedes vencer —transmitió la bestia—. Si no me matas, te mataré yo a ti. Si lo haces, caerás presa de tu ira y te condenarás al Lado Oscuro.
—Porque sí —dijo a su mujer, consciente de no poder elaborar mejor su respuesta y defenderse del toro a la vez—.
El plastiacero y el láser seguían colisionando, lanzando destellos multicolores a las abarrotadas gradas de la plaza mayor de Geonosis. Miles de espectadores de muy diversas razas gritaban y rugían animando a uno y soliviantando al otro. Humanos, geonosianos (una especie de abejorros gigantes y erguidos), mosquitos parlantes, conejos babosos... todos tenían su preferido.
El cuchillo alcanzó la carne y una mancha negra y grotesca apareció en el vientre del jedi.
Lo apretó con La Fuerza, deteniendo temporalmente la hemorragia.
El sable cortaba el aire formando infinitas figuras verdes y luminosas.
El ataque del toro era cada vez más intenso.
—¡Paco! ¡La Fuerza!
—¡Que te calles!
Todo parecía pedido.
Probó un último truco. Movió la mano derecha con parsimonia y le dijo con voz paternal:
—Tú no quieres matarme.
El animal respondió pinchándole la mano con el cuchillo.
Paco sostenía el sable en la izquierda. Aunque de lados La Fuerza no entiende, con la izquierda peor se lucha había dicho el maestro Yoda muchos milenios estándar atrás. Comprobó que era verdad.
El toro atacaba con saña y Paco retrocedía cada vez más.
Su espalda encontró una valla publicitaria y apoyó su cansado cuerpo.
El cuchillo se movía demasiado rápido. Era el fin.
Lanzó un desesperado contraataque que le permitió ganar un par de metros, y comenzó a girar hacia su derecha, trazando círculos alrededor del animal, colocándose siempre fuera del alcance de su ojo sano.
El toro sufrió un ligero desconcierto. No veía al jedi pero lo sentía en La Fuerza.
Paco vio el turbocapote que yacía olvidado sobre la arena.
Usó La Fuerza para atraerlo, pero este descuido le costó otro montón de sangre en su herida abierta en el vientre.
Volvió a apretarla.
El toro hizo volar el cuchillo hacia la cara del jedi.
Paco lo vio un instante antes de que ocurriera, y echó la cabeza atrás, dejando pasar el proyectil a pocos milímetros.
Ahora el toro estaba en desventaja.
Trató de atraer el cuchillo hacia sí, pero Paco creaba un campo de energía entre ambos que impedía la telequinesia.
El toro amagó correr hacia la derecha, dio un brusco giro de cintura y corrió hacia la izquierda.
Paco intentaba asir el sable y el turbocapote con la misma mano, pero una de las dos cosas se le caía. Cuando la recogía con La Fuerza, se dejaba la herida abierta, y sangraba de nuevo.
El toro pasó a su lado como un rayo y alcanzó el cuchillo de plastiacero.
El jedi dejó el sable en el suelo, cogió el turbocapte, se lo echó al hombro y recogió el sable.
Mientras, el toro ya estaba a su lado atacando con el cuchillo.
De nuevo ambas armas crepitaron al encontrarse.
La muchedumbre seguía gritando entusiasmada.
Paco se tapó la herida del vientre con la mano derecha para poder usar La Fuerza con el turbocapote.
La sangre brotó a través del agujero de la mano.
El torero estaba exhausto.
Lanzó el turbocapote con La Fuerza sobre la cabeza del toro, que quedó momentáneamente cegado e inerme.
El animal se sacudía aturdido.
Paco avanzó hacia él. Alzó el sable. Las trompetas sonaron. La gente pedía las dos orejas.
Se dejó caer con el sable en alto.
El toro levantó instintivamente la ciega cabeza y el metal detuvo al láser con un chirrido ensordecedor.
Paco quedó atónito.
El animal saltó, dio una voltereta en el aire e hizo volar el turbocapote. Cayó con las cuatro patas como un gato, y embistió de nuevo.
—¡Socorro! —gritó el jedi con las pocas fuerzas que le quedaban—. ¡Esto es trampa, es un toro-Sith!
Una voz sonó por megafonía:
—Se comunica al reclamante que su protesta será atendida diligentemente por el comité de sabios al finalizar la corrida.
Una embestida feroz le hizo perder el equilibrio.
La gente lanzaba crisantemos con alegría sobre la arena, mientras reían y animaban.
Cayó al suelo y el animal atacó desde mil ángulos.
Vio el cuchillo traspasar sus defensas y lo sintió taladrar su ojo izquierdo.
Ahora ya estamos iguales, pensó incoherente antes de morir.
FIN
—¡Utiliza la fuerza, Paco! —Le gritó su mujer desde el tendido—.
Francisco Escaigüolquer, descendiente de una famosa familia de maestros en el uso de La Fuerza, estaba demasiado asustado para responder.
Miró al toro.
La bestia devolvió la mirada, desafiante.
Paco extendió el turbocapote y lo agitó en el aire.
El animal arrancó hacia él con ojos de asesino y cuernos en posición de combate.
El torero-jedi, nacido en Puerto Lumbreras, La Tierra, se concentró en La Fuerza y trató de prever los movimientos del enemigo. Le vio acercarse a cámara lenta con su ojo interior, dirigir el pitón hacia su muslo izquierdo y descargar toda su ira. La Fuerza le indicó el lugar exacto y él reaccionó moviéndose ligeramente hacia su derecha al tiempo que pulsaba el interruptor de su sable láser.
La verde hoja siseó al desplegarse y un zumbido llenó el aire a su alrededor.
El animal se acercaba.
Paco había visto el punto de ruptura del toro. Había leído esa expresión en las memorias de Mace Windu, y estaba seguro de que eso que él veía, era un punto de ruptura.
Elevó la mano derecha blandiendo el sable.
Entró a matar.
El toro atacó.
El pitón derecho desgarró levemente el pantalón del jedi, sin llegar a causar herida.
Paco apuntó al punto de ruptura del toro; clavó su sable en el ojo del animal, que reaccionó inesperadamente girando la cabeza en dirección al torero, quien tuvo que usar todo su poder para dar un salto con La Fuerza y caer al otro lado del bicho.
Había perdido el sable. El interruptor estaba oxidado y se quedó pulsado, así que la hoja de luz no se encogió. El toro corría alrededor de la plaza con el sable láser clavado en el ojo, mientras emitía infernales sonidos de sufrimiento. Paco corría delante de él.
—¡Socorro! —gritó—. ¡Este toro está poseído por el Reverso Tenebroso!
Se generó un murmullo entre el público. Los toros Sith estaban prohibidos desde hacía siglos estándar. Esto sería un gran escándalo.
El toro habló por telepatía al jedi, no con palabras, sino con sentimientos desdibujados. El animal le transmitió: siento tu miedo y tu ira... estás cayendo en el Lado Oscuro...
Paco se concentró en su sable, se detuvo, se giró hacia el toro que venía y atrajo el sable láser hacia su mano mediante La Fuerza. Cuando el toro llegó a él, esgrimió varios mandobles y cercenó los cuernos de la bestia. El toro retrocedió y lo miró, bizco.
Un espectador comía morcillas con cuchillo y tenedor. El toro, poderoso lord Sith, atrajo el cuchillo con La Fuerza y lo colocó en su boca. Era de plastiacero reforzado de las minas de Tatooine, que no se funde con el láser.
Cruzaron varios golpes. El toro estaba ganando terreno.
—¡Utiliza la fuerza, Paco! —Volvió a gritar su mujer—.
—Qué tía pesada —dijo para sí él—, ¿sabrá ésta lo que es La Fuerza?
Los golpes y contragolpes se sucedían con endiablada velocidad. Paco se volvió sin dejar de luchar.
—Por cierto —gritó—, La Fuerza se dice con mayúsculas.
—¿Por qué? —quiso saber su mujer—.
El toro lo tenía acorralado. Paco sentía un vínculo en La Fuerza que le arrastraba hacia el toro más y más. Era el poder del mal; el poder del Reverso Tenebroso.
No puedes vencer —transmitió la bestia—. Si no me matas, te mataré yo a ti. Si lo haces, caerás presa de tu ira y te condenarás al Lado Oscuro.
—Porque sí —dijo a su mujer, consciente de no poder elaborar mejor su respuesta y defenderse del toro a la vez—.
El plastiacero y el láser seguían colisionando, lanzando destellos multicolores a las abarrotadas gradas de la plaza mayor de Geonosis. Miles de espectadores de muy diversas razas gritaban y rugían animando a uno y soliviantando al otro. Humanos, geonosianos (una especie de abejorros gigantes y erguidos), mosquitos parlantes, conejos babosos... todos tenían su preferido.
El cuchillo alcanzó la carne y una mancha negra y grotesca apareció en el vientre del jedi.
Lo apretó con La Fuerza, deteniendo temporalmente la hemorragia.
El sable cortaba el aire formando infinitas figuras verdes y luminosas.
El ataque del toro era cada vez más intenso.
—¡Paco! ¡La Fuerza!
—¡Que te calles!
Todo parecía pedido.
Probó un último truco. Movió la mano derecha con parsimonia y le dijo con voz paternal:
—Tú no quieres matarme.
El animal respondió pinchándole la mano con el cuchillo.
Paco sostenía el sable en la izquierda. Aunque de lados La Fuerza no entiende, con la izquierda peor se lucha había dicho el maestro Yoda muchos milenios estándar atrás. Comprobó que era verdad.
El toro atacaba con saña y Paco retrocedía cada vez más.
Su espalda encontró una valla publicitaria y apoyó su cansado cuerpo.
El cuchillo se movía demasiado rápido. Era el fin.
Lanzó un desesperado contraataque que le permitió ganar un par de metros, y comenzó a girar hacia su derecha, trazando círculos alrededor del animal, colocándose siempre fuera del alcance de su ojo sano.
El toro sufrió un ligero desconcierto. No veía al jedi pero lo sentía en La Fuerza.
Paco vio el turbocapote que yacía olvidado sobre la arena.
Usó La Fuerza para atraerlo, pero este descuido le costó otro montón de sangre en su herida abierta en el vientre.
Volvió a apretarla.
El toro hizo volar el cuchillo hacia la cara del jedi.
Paco lo vio un instante antes de que ocurriera, y echó la cabeza atrás, dejando pasar el proyectil a pocos milímetros.
Ahora el toro estaba en desventaja.
Trató de atraer el cuchillo hacia sí, pero Paco creaba un campo de energía entre ambos que impedía la telequinesia.
El toro amagó correr hacia la derecha, dio un brusco giro de cintura y corrió hacia la izquierda.
Paco intentaba asir el sable y el turbocapote con la misma mano, pero una de las dos cosas se le caía. Cuando la recogía con La Fuerza, se dejaba la herida abierta, y sangraba de nuevo.
El toro pasó a su lado como un rayo y alcanzó el cuchillo de plastiacero.
El jedi dejó el sable en el suelo, cogió el turbocapte, se lo echó al hombro y recogió el sable.
Mientras, el toro ya estaba a su lado atacando con el cuchillo.
De nuevo ambas armas crepitaron al encontrarse.
La muchedumbre seguía gritando entusiasmada.
Paco se tapó la herida del vientre con la mano derecha para poder usar La Fuerza con el turbocapote.
La sangre brotó a través del agujero de la mano.
El torero estaba exhausto.
Lanzó el turbocapote con La Fuerza sobre la cabeza del toro, que quedó momentáneamente cegado e inerme.
El animal se sacudía aturdido.
Paco avanzó hacia él. Alzó el sable. Las trompetas sonaron. La gente pedía las dos orejas.
Se dejó caer con el sable en alto.
El toro levantó instintivamente la ciega cabeza y el metal detuvo al láser con un chirrido ensordecedor.
Paco quedó atónito.
El animal saltó, dio una voltereta en el aire e hizo volar el turbocapote. Cayó con las cuatro patas como un gato, y embistió de nuevo.
—¡Socorro! —gritó el jedi con las pocas fuerzas que le quedaban—. ¡Esto es trampa, es un toro-Sith!
Una voz sonó por megafonía:
—Se comunica al reclamante que su protesta será atendida diligentemente por el comité de sabios al finalizar la corrida.
Una embestida feroz le hizo perder el equilibrio.
La gente lanzaba crisantemos con alegría sobre la arena, mientras reían y animaban.
Cayó al suelo y el animal atacó desde mil ángulos.
Vio el cuchillo traspasar sus defensas y lo sintió taladrar su ojo izquierdo.
Ahora ya estamos iguales, pensó incoherente antes de morir.
FIN





