De Matrins
Una versión (que no plagio, aunque lo parezca por su calidad) del clásico "The Matrix"
—¿Tú quieres saber lo que es Matrins? —preguntó el negro al guaperas—.
—Ya te digo.
—Pues cómete la pastilla esa que mientras te lo voy contando.
El guaperas se tragó la pastilla, los ojos clavados en el negro.
—¿Quieres agua? —dijo el negro—.
—No, agua no, que estoy que me meo.
—Pues en adelante te llamaremos Meo.
—Vale —dijo el guaperas—. Pero qué feo que eres, tío.
—Será por eso que me llaman Mor Feo.
—Pues... pues sí, va a ser por eso.
Una chica entró en la habitación, fea como ella sola, pero con un nosequé.
—Meo, aquí Trini —dijo Mor Feo—. Trini, aquí Meo.
—Qué pasa tía
—Qué tal, Meo.
Un escalofrío comenzó a sacudir el cuerpo de Meo. Su campo de visión se tornó nuboso y oscuro. Enseguida empezaron a aparecer ante él espirales luminosas y esponjosas contra un fondo negro, causándole vértigo y desconcierto.
—¡La leche! —dijo—. Esas pastillas deben valer un pico.
—Calla que estás en el trance —dijo Mor Feo—. Concéntrate que vas a flipar.
Las espirales eran cada vez más veloces y el vértigo le produjo nauseas. Rojo, verde, blanco, azul... Colores, formas, brillos... De pronto, despertó de la alucinación, acostado en una tumba metálica llena de agua hasta la mitad, con el cuerpo desnudo enredado en cables. Aprovechó que ahí no se notaba para echar una meadilla.
—Ahhh, qué alivio —exclamó gozoso—.
—En efecto —oyó la profunda voz de Mor Feo—, es lo que tiene la libertad.
Un Ibiza trucao estaba parado delante de él, con la puerta abierta y Mor Feo haciéndole gestos desde dentro para que se apresurase.
—Voy —dijo Meo—, espera que estoy hecho un lío de cables; y además estoy en bolas.
—Aquí hay ropa —urgió Mor Feo—. Deprisa que vienen los centollos.
Meo se desenredó y corrió hacia el coche con el cuerpo empapado. Mor Feo le esperaba con una toalla en las manos.
—Qué frío —dijo Meo arropándose con la toalla—.
—Vamos. Ya están aquí los centollos.
El Ibiza salió quemando ruedas, rugiendo el motor trucao al aire gélido de la noche. Por el retrovisor, Meo vio aproximarse tres centollos enormes blandiendo sus antenas luminosas en la oscuridad.
—¿Me vas a explicar lo que está pasando? —preguntó Meo, inquieto—.
—La pastilla que tomaste no era droga, sino un localizador de la señal psicocentrífuga de tu cerebro —dijo Mor Feo mientras conducía el Ibiza con el acelerador pisado a fondo—. La usamos para localizar la ubicación física de las personas humanas fuera de Matrins.
Meo miraba a Mor Feo con estupefacción.
—Ahí está —dijo Mor Feo—: la nave nodriza.
Meo vio una camioneta destartalada que se movía en dirección al Ibiza.
—¿Listos? —preguntó Mor Feo por el gualquitalqui.
—Listos —respondió una voz envuelta en estática.
Y tras unos segundos, Mor Feo exclamó:
—¡Ahora!
—La camioneta realizó un giro de ciento ochenta grados exactamente cuando se cruzaba con el Ibiza, al tiempo que un tío melenas echaba un cubo de aceite por la ventanilla.
—Eso retendrá a los centollos durante un rato —explicó Mor Feo mientras Ibiza y camioneta corrían paralelos hacia el horizonte.
Por el retrovisor, contemplaron como los centollos resbalaban y patinaban sobre el aceite, quedando atascados, imposibilitados de continuar la persecución.
Ya fuera del alcance visual de los centollos, los dos vehículos se detuvieron, y Mor Feo condujo a Meo al interior de la camioneta. Trini estaba dentro.
—Vaya marrón, ¿que no? —comentó Trini al ver a Meo—.
—Ya te digo —fue la respuesta—. Entonces, resulta que ahora estamos fuera de Matrins, ¿no?
—Sasto.
—¿Y antes estábamos dentro?
—Eso es —dijo Mor Feo, complacido ante la rápida y exacta comprensión de Meo—.
—Pues no lo pillo.
—Verás; Matrins es el aire; son los pájaros, las cucarachas, las avenidas y callejuelas; Matrins está por todas partes; nos rodea; habita en nuestro cerebro, y nuestro cerebro habita en Matrins.
—Mola, pero no lo pillo.
—Matrins es como el internés —terció Trini—. Cuando te conectas y navegas, tu cuerpo está fuera, pero tu mente está viajando por el mundo. La única diferencia entre Matrins e internés es que si te matan en Matrins, palmas de verdad.
—Haremos unas pruebas —continuó Mor Feo—. Siéntate aquí. Te voy a meter un pincho por la nuca, pero no duele, es para conectar tu cerebro a un simulador de Matrins.
Meo, aún envuelto en la toalla a modo de capa, se dirigió escéptico hacia la silla.
—Y tápate —intervino Trini—, que se te ve el ciruelo.
Meo se tapó y se sentó. Mor Feo se sentó en la silla de al lado. Trini les metió un pincho por la nuca a cada uno y ambos cayeron en un profundo sueño. El melenas, mientras, observaba con atención una tele en blanco y negro donde caían números y letras de forma aparentemente aleatoria.
—¿Los tienes? —preguntó Trini—.
—Ahí —respondió el melenas—.
Meo lo veía todo blanco a su alrededor. Todo menos Mor Feo, claro. No había calles ni casas ni cielo ni suelo. Todo blanco. Mor Feo lo miraba divertido.
—¿Y esto? —inquirió Meo.
—Es un simulador de Matrins, pero pelao. Mira como vuelo —dio un salto y se suspendió en el aire unos instantes con los brazos abiertos—. Todo lo que se puede hacer en Matrins se puede hacer aquí también.
—Como el internés pero sin HTML, la lengua franca de los usuarios... —fue la reflexión de Meo—.
Mor Feo guardó silencio, dejando fluir el pensamiento analítico de Meo.
Al mirar hacia abajo, Meo vio suelo. Levantó la cabeza y se encontró en la azotea de un edificio.
—Hora de saltar —dijo alegremente Mor Feo—.
Meo vio a Mor Feo correr por la azotea y saltar al vacío. Tras un vuelo extraordinario, aterrizó en la azotea del edificio de enfrente.
—Yo voy por las escaleras —dijo Meo—.
—¡Mor Feo! —gritó el melenas—. Mensaje de la pitonisa. Dice que lleves al elegido inmediatamente.
—Vamos —respondió Mor Feo mirando a Meo—. Hay que entrar en Matrins.
—Yo os acompaño —añadió Trini—.
Se sentaron en las sillas y el melenas les metió el pincho por la nuca a los tres. Aparecieron en medio de la calle Sagasta, en Murcia. Mor Feo encabezaba la marcha, flanqueado por Trini y Meo.
—Es por allí —indicó Mor Feo señalando con el dedo—. No está muy lejos.
Entraron en un edificio mugriento y maloliente. Al llegar al lugar, Mor Feo abrió la puerta con una ganzúa. Meo entró detrás, Trini la última.
—Debes cruzar aquella puerta tú solo. Lo que te diga la pitonisa es secreto, no nos lo debes contar —explicó Mor Feo a Meo.
Meo entró y halló un niño budista sentado en el suelo con una cuchara doblada.
—¿Cómo lo has hecho? —preguntó Meo.
El niño señaló con el dedo un martillo pilón que había a su lado.
—¿Meo? —la voz femenina provenía de detrás de un biombo.
—Voy —contestó Meo acercándose.
La pitonisa estaba sentada en una mesa camilla, con una bola de cristal en las manos. Llevaba el cochambroso pelo salpicado de rulos y cubierto por una redecilla. Olía a sobaco podrido. Su piel estaba recubierta de pústulas.
Meo se rascó la nariz con disimulo, tratando de apartar aquel olor.
—¿Por qué estoy aquí? —preguntó Meo a la pitonisa—.
—Porque has venido.
—¿Y si no llego a venir?
—Pues no estarías aquí.
Meo refexionó en silencio sobre aquella revelación.
—Ahora vete —ladró la pitonisa—.
Un minuto más tarde, los tres paseaban por la calle buscando una cabina.
—¿Nos piramos? —preguntó Meo—.
—Necesitamos una cabina —respondió Mor Feo—. Es el vínculo de conexión con el mundo real.
—¡Pitufos! —gritó Trini a su espalda—. ¡Hay que salir por patas!
Mor Feo y Trini echaron a correr trompicados, dando ruidosos zapatazos contra el suelo, con Meo siguiéndolos sin entender la situación.
—¿Y ahora qué pasa?
—Esos hombres vestidos de azul y con casco blanco —señaló Trini sin dejar de correr—, son pitufos, programas de Matrins diseñados para controlar a los intrusos.
Entraron en Cortefiel, con los pitufos pisándoles los talones.
—Al piso de arriba —ordenó Mor Feo—.
—Espera —dijo Meo—, he visto dos gatos en el mismo sitio haciendo lo mismo al mismo tiempo.
—Maldita sea —se lamentó Mor Feo—, eso indica un fallo en Matrins. Es cuando cambian algo.
Al llegar arriba encontraron un muro bloqueando la salida de las escaleras.
—Habrá que luchar —constató Mor Feo—. Meo, ponte detrás. Trini, el elegido debe sobrevivir.
Los pitufos llegaron arriba y se detuvieron ante ellos. Un pitufo se quitó las gafas de sol y miró a Meo con una sonrisa maliciosa dibujada en los labios.
—Señor Alarcón, volvemos a encontrarnos.
—¿Lo conoces? —cuchicheó Trini a Meo—.
—Sí, es el señor Sánchez.
Mor Feo saltó hacia Sánchez, los brazos en forma de alas, y quedó suspendido un instante en el aire, tiempo suficiente para lanzar una patada a los morros del pitufo.
Todos empezaron a saltar y a quedarse suspendidos en el aire, dándose patadas unos a otros. Mor Feo atacaba a los pitufos mientras Trini trataba de cubrir la huída de Meo. En el frenesí de golpes suspendidos que se produjo a continuación, Meo y Trini lograron escapar, mientras que Mor Feo fue apresado por los pitufos.
Meo y Trini hallaron una cabina poco más allá y volvieron a la camioneta.
—Hay que rescatar a Mor Feo como sea —dijo Meo—. Él me sacó de Matrins y ahora tengo que devolverle el favor.
—Los pitufos le custodian —objetó Trini—. Es imposible entrar allí y salir con vida. Estará todo lleno de pitufos.
—Usaremos piedras. Eso no se lo esperan.
Trini miró a Meo incrédula.
—Tampoco se esperan que les tiremos morcillas —dijo—, pero es una idea estúpida.
—Buena idea, sí. Morcillas. Eso tampoco se lo esperan.
Trini miró a Meo con consternación. Luego al melenas, que se encogió de hombros.
—¿Cuál es tu plan? —preguntó al fin—.
Meo le guiñó un ojo y dijo:
—Vamos, cojamos piedras y morcillas. No hay tiempo que perder.
Ya en Matrins, entraron en una gran sala con columnas dispuestas longitudinalmente en dos hileras. Trini miró a Meo inquisitivamente desde la otra hilera.
—Espera —susurró Meo—. Ahí vienen los pitufos.
—¿Cómo lo sabes?
—Intuición de carterista.
Se abrió la puerta del ascensor y salieron clones del pitufo Sánchez, a decenas primero, luego a cientos y finalmente a miles.
—No tenemos morcillas suficientes —se lamentó Meo—.
—Vaya mierda de plan —respondió Trini, arisca—.
Meo salió de detrás de la columna, lanzando morcillas tan rápido como podía. Los miles de pitufos Sánchez lo rodearon, mientras recibían una lluvia de piedras de la adusta Trini. En un instante, el suelo quedó vacío y el aire se abarrotó de gente suspendida con los brazos en forma de alas de pájaro dando patadas sin parar. Los clones de Sánchez empezaron a devolver el fuego de morcillas y piedras, pero Meo era tan rápido que veía los proyectiles venir y se apartaba con agilidad.
Más y más clones de Sánchez salían de detrás de las columnas.
El melenas contemplaba la masacre en la pantalla de las letras caídas con lágrimas en los ojos.
Meo, antes conocido como Tomás Alarcón, recibió una patada suspendida directamente en sus partes pudendas. Se dobló hacia delante con los ojos bizcos y el sudor cayendo por sus mejillas.
—Ja, ja, ja —rieron todos los Sánchez a la vez.
Trini se había abierto hacía rato.
—Señor Alarcón, ha llegado su final —dijo uno de los Sánchez—.
Y lo mató.
—¿Tú quieres saber lo que es Matrins? —preguntó el negro al guaperas—.
—Ya te digo.
—Pues cómete la pastilla esa que mientras te lo voy contando.
El guaperas se tragó la pastilla, los ojos clavados en el negro.
—¿Quieres agua? —dijo el negro—.
—No, agua no, que estoy que me meo.
—Pues en adelante te llamaremos Meo.
—Vale —dijo el guaperas—. Pero qué feo que eres, tío.
—Será por eso que me llaman Mor Feo.
—Pues... pues sí, va a ser por eso.
Una chica entró en la habitación, fea como ella sola, pero con un nosequé.
—Meo, aquí Trini —dijo Mor Feo—. Trini, aquí Meo.
—Qué pasa tía
—Qué tal, Meo.
Un escalofrío comenzó a sacudir el cuerpo de Meo. Su campo de visión se tornó nuboso y oscuro. Enseguida empezaron a aparecer ante él espirales luminosas y esponjosas contra un fondo negro, causándole vértigo y desconcierto.
—¡La leche! —dijo—. Esas pastillas deben valer un pico.
—Calla que estás en el trance —dijo Mor Feo—. Concéntrate que vas a flipar.
Las espirales eran cada vez más veloces y el vértigo le produjo nauseas. Rojo, verde, blanco, azul... Colores, formas, brillos... De pronto, despertó de la alucinación, acostado en una tumba metálica llena de agua hasta la mitad, con el cuerpo desnudo enredado en cables. Aprovechó que ahí no se notaba para echar una meadilla.
—Ahhh, qué alivio —exclamó gozoso—.
—En efecto —oyó la profunda voz de Mor Feo—, es lo que tiene la libertad.
Un Ibiza trucao estaba parado delante de él, con la puerta abierta y Mor Feo haciéndole gestos desde dentro para que se apresurase.
—Voy —dijo Meo—, espera que estoy hecho un lío de cables; y además estoy en bolas.
—Aquí hay ropa —urgió Mor Feo—. Deprisa que vienen los centollos.
Meo se desenredó y corrió hacia el coche con el cuerpo empapado. Mor Feo le esperaba con una toalla en las manos.
—Qué frío —dijo Meo arropándose con la toalla—.
—Vamos. Ya están aquí los centollos.
El Ibiza salió quemando ruedas, rugiendo el motor trucao al aire gélido de la noche. Por el retrovisor, Meo vio aproximarse tres centollos enormes blandiendo sus antenas luminosas en la oscuridad.
—¿Me vas a explicar lo que está pasando? —preguntó Meo, inquieto—.
—La pastilla que tomaste no era droga, sino un localizador de la señal psicocentrífuga de tu cerebro —dijo Mor Feo mientras conducía el Ibiza con el acelerador pisado a fondo—. La usamos para localizar la ubicación física de las personas humanas fuera de Matrins.
Meo miraba a Mor Feo con estupefacción.
—Ahí está —dijo Mor Feo—: la nave nodriza.
Meo vio una camioneta destartalada que se movía en dirección al Ibiza.
—¿Listos? —preguntó Mor Feo por el gualquitalqui.
—Listos —respondió una voz envuelta en estática.
Y tras unos segundos, Mor Feo exclamó:
—¡Ahora!
—La camioneta realizó un giro de ciento ochenta grados exactamente cuando se cruzaba con el Ibiza, al tiempo que un tío melenas echaba un cubo de aceite por la ventanilla.
—Eso retendrá a los centollos durante un rato —explicó Mor Feo mientras Ibiza y camioneta corrían paralelos hacia el horizonte.
Por el retrovisor, contemplaron como los centollos resbalaban y patinaban sobre el aceite, quedando atascados, imposibilitados de continuar la persecución.
Ya fuera del alcance visual de los centollos, los dos vehículos se detuvieron, y Mor Feo condujo a Meo al interior de la camioneta. Trini estaba dentro.
—Vaya marrón, ¿que no? —comentó Trini al ver a Meo—.
—Ya te digo —fue la respuesta—. Entonces, resulta que ahora estamos fuera de Matrins, ¿no?
—Sasto.
—¿Y antes estábamos dentro?
—Eso es —dijo Mor Feo, complacido ante la rápida y exacta comprensión de Meo—.
—Pues no lo pillo.
—Verás; Matrins es el aire; son los pájaros, las cucarachas, las avenidas y callejuelas; Matrins está por todas partes; nos rodea; habita en nuestro cerebro, y nuestro cerebro habita en Matrins.
—Mola, pero no lo pillo.
—Matrins es como el internés —terció Trini—. Cuando te conectas y navegas, tu cuerpo está fuera, pero tu mente está viajando por el mundo. La única diferencia entre Matrins e internés es que si te matan en Matrins, palmas de verdad.
—Haremos unas pruebas —continuó Mor Feo—. Siéntate aquí. Te voy a meter un pincho por la nuca, pero no duele, es para conectar tu cerebro a un simulador de Matrins.
Meo, aún envuelto en la toalla a modo de capa, se dirigió escéptico hacia la silla.
—Y tápate —intervino Trini—, que se te ve el ciruelo.
Meo se tapó y se sentó. Mor Feo se sentó en la silla de al lado. Trini les metió un pincho por la nuca a cada uno y ambos cayeron en un profundo sueño. El melenas, mientras, observaba con atención una tele en blanco y negro donde caían números y letras de forma aparentemente aleatoria.
—¿Los tienes? —preguntó Trini—.
—Ahí —respondió el melenas—.
Meo lo veía todo blanco a su alrededor. Todo menos Mor Feo, claro. No había calles ni casas ni cielo ni suelo. Todo blanco. Mor Feo lo miraba divertido.
—¿Y esto? —inquirió Meo.
—Es un simulador de Matrins, pero pelao. Mira como vuelo —dio un salto y se suspendió en el aire unos instantes con los brazos abiertos—. Todo lo que se puede hacer en Matrins se puede hacer aquí también.
—Como el internés pero sin HTML, la lengua franca de los usuarios... —fue la reflexión de Meo—.
Mor Feo guardó silencio, dejando fluir el pensamiento analítico de Meo.
Al mirar hacia abajo, Meo vio suelo. Levantó la cabeza y se encontró en la azotea de un edificio.
—Hora de saltar —dijo alegremente Mor Feo—.
Meo vio a Mor Feo correr por la azotea y saltar al vacío. Tras un vuelo extraordinario, aterrizó en la azotea del edificio de enfrente.
—Yo voy por las escaleras —dijo Meo—.
—¡Mor Feo! —gritó el melenas—. Mensaje de la pitonisa. Dice que lleves al elegido inmediatamente.
—Vamos —respondió Mor Feo mirando a Meo—. Hay que entrar en Matrins.
—Yo os acompaño —añadió Trini—.
Se sentaron en las sillas y el melenas les metió el pincho por la nuca a los tres. Aparecieron en medio de la calle Sagasta, en Murcia. Mor Feo encabezaba la marcha, flanqueado por Trini y Meo.
—Es por allí —indicó Mor Feo señalando con el dedo—. No está muy lejos.
Entraron en un edificio mugriento y maloliente. Al llegar al lugar, Mor Feo abrió la puerta con una ganzúa. Meo entró detrás, Trini la última.
—Debes cruzar aquella puerta tú solo. Lo que te diga la pitonisa es secreto, no nos lo debes contar —explicó Mor Feo a Meo.
Meo entró y halló un niño budista sentado en el suelo con una cuchara doblada.
—¿Cómo lo has hecho? —preguntó Meo.
El niño señaló con el dedo un martillo pilón que había a su lado.
—¿Meo? —la voz femenina provenía de detrás de un biombo.
—Voy —contestó Meo acercándose.
La pitonisa estaba sentada en una mesa camilla, con una bola de cristal en las manos. Llevaba el cochambroso pelo salpicado de rulos y cubierto por una redecilla. Olía a sobaco podrido. Su piel estaba recubierta de pústulas.
Meo se rascó la nariz con disimulo, tratando de apartar aquel olor.
—¿Por qué estoy aquí? —preguntó Meo a la pitonisa—.
—Porque has venido.
—¿Y si no llego a venir?
—Pues no estarías aquí.
Meo refexionó en silencio sobre aquella revelación.
—Ahora vete —ladró la pitonisa—.
Un minuto más tarde, los tres paseaban por la calle buscando una cabina.
—¿Nos piramos? —preguntó Meo—.
—Necesitamos una cabina —respondió Mor Feo—. Es el vínculo de conexión con el mundo real.
—¡Pitufos! —gritó Trini a su espalda—. ¡Hay que salir por patas!
Mor Feo y Trini echaron a correr trompicados, dando ruidosos zapatazos contra el suelo, con Meo siguiéndolos sin entender la situación.
—¿Y ahora qué pasa?
—Esos hombres vestidos de azul y con casco blanco —señaló Trini sin dejar de correr—, son pitufos, programas de Matrins diseñados para controlar a los intrusos.
Entraron en Cortefiel, con los pitufos pisándoles los talones.
—Al piso de arriba —ordenó Mor Feo—.
—Espera —dijo Meo—, he visto dos gatos en el mismo sitio haciendo lo mismo al mismo tiempo.
—Maldita sea —se lamentó Mor Feo—, eso indica un fallo en Matrins. Es cuando cambian algo.
Al llegar arriba encontraron un muro bloqueando la salida de las escaleras.
—Habrá que luchar —constató Mor Feo—. Meo, ponte detrás. Trini, el elegido debe sobrevivir.
Los pitufos llegaron arriba y se detuvieron ante ellos. Un pitufo se quitó las gafas de sol y miró a Meo con una sonrisa maliciosa dibujada en los labios.
—Señor Alarcón, volvemos a encontrarnos.
—¿Lo conoces? —cuchicheó Trini a Meo—.
—Sí, es el señor Sánchez.
Mor Feo saltó hacia Sánchez, los brazos en forma de alas, y quedó suspendido un instante en el aire, tiempo suficiente para lanzar una patada a los morros del pitufo.
Todos empezaron a saltar y a quedarse suspendidos en el aire, dándose patadas unos a otros. Mor Feo atacaba a los pitufos mientras Trini trataba de cubrir la huída de Meo. En el frenesí de golpes suspendidos que se produjo a continuación, Meo y Trini lograron escapar, mientras que Mor Feo fue apresado por los pitufos.
Meo y Trini hallaron una cabina poco más allá y volvieron a la camioneta.
—Hay que rescatar a Mor Feo como sea —dijo Meo—. Él me sacó de Matrins y ahora tengo que devolverle el favor.
—Los pitufos le custodian —objetó Trini—. Es imposible entrar allí y salir con vida. Estará todo lleno de pitufos.
—Usaremos piedras. Eso no se lo esperan.
Trini miró a Meo incrédula.
—Tampoco se esperan que les tiremos morcillas —dijo—, pero es una idea estúpida.
—Buena idea, sí. Morcillas. Eso tampoco se lo esperan.
Trini miró a Meo con consternación. Luego al melenas, que se encogió de hombros.
—¿Cuál es tu plan? —preguntó al fin—.
Meo le guiñó un ojo y dijo:
—Vamos, cojamos piedras y morcillas. No hay tiempo que perder.
Ya en Matrins, entraron en una gran sala con columnas dispuestas longitudinalmente en dos hileras. Trini miró a Meo inquisitivamente desde la otra hilera.
—Espera —susurró Meo—. Ahí vienen los pitufos.
—¿Cómo lo sabes?
—Intuición de carterista.
Se abrió la puerta del ascensor y salieron clones del pitufo Sánchez, a decenas primero, luego a cientos y finalmente a miles.
—No tenemos morcillas suficientes —se lamentó Meo—.
—Vaya mierda de plan —respondió Trini, arisca—.
Meo salió de detrás de la columna, lanzando morcillas tan rápido como podía. Los miles de pitufos Sánchez lo rodearon, mientras recibían una lluvia de piedras de la adusta Trini. En un instante, el suelo quedó vacío y el aire se abarrotó de gente suspendida con los brazos en forma de alas de pájaro dando patadas sin parar. Los clones de Sánchez empezaron a devolver el fuego de morcillas y piedras, pero Meo era tan rápido que veía los proyectiles venir y se apartaba con agilidad.
Más y más clones de Sánchez salían de detrás de las columnas.
El melenas contemplaba la masacre en la pantalla de las letras caídas con lágrimas en los ojos.
Meo, antes conocido como Tomás Alarcón, recibió una patada suspendida directamente en sus partes pudendas. Se dobló hacia delante con los ojos bizcos y el sudor cayendo por sus mejillas.
—Ja, ja, ja —rieron todos los Sánchez a la vez.
Trini se había abierto hacía rato.
—Señor Alarcón, ha llegado su final —dijo uno de los Sánchez—.
Y lo mató.





