Las dos torres
Un relato un pelín absurdo, pero muy profundo:
—Buenos días.
—Por que usted lo diga.
—Pues malos días.
—¿Ha venido sólo a saludarme o quiere algo?
—Quiero algo.
El hombre de detrás de la ventanilla se quedó mirándolo, esperando a que dijera algo más. Cuando se cansó de esperar, dijo:
—¿Qué quiere?
—Busco al doctor Honoris Causa.
—Un momento —tecleó algo en el ordenador—. Creo que está dormido.
—¿Cómo dice?
—Le he mandado un emilio y no contesta.
—Vaya...
—Tome —le entregó una bocina por debajo del cristal—. Toque esto cuando entre. Su despacho está en la tercera planta, el rosal.
Larmelo Cópez vagó un rato por el patio interior, observando los curiosos adornos. Un bistréciclo de la época austrohúngara colgaba del techo y parecía malhumorado.
—¿Está usted malhumorado? —preguntó Cópez al bistréciclo—.
—Pues sí.
—Vaya...
Tomó el descensor, pues la tercera planta estaba debajo de la cuarta, a la que había ascendido sin darse cuenta. Al salir, contempló el patio interior, mirando hacia arriba. En el techo había un espejo de extraña curvatura, que reflejaba más allá de la pared verde prado.
El pasillo debía tener por lo menos dos kilómetros. Al final, había una solitaria puerta. Cópez sacó sus prismáticos y pudo leer el rótulo:
DR. HONORIS CAUSA
PASEN POR LA OTRA PUERTA
ÉSTA ESTÁ ATASCADA
Cópez no sabía dónde estaba la otra puerta, así que siguió andando. Al cabo de media hora, tropezó.
—¡Mecachis! —dijo muy cabreado—. ¡Defeco en las puertas transparentes!
El impacto de la turgente nariz copeciana debió desatascar el atasco. La puerta se abrió.
Un hombre de unos trescientos años roncaba con la cabeza echada hacia atrás, recostado en un sillón que parecía muy cómodo. Cópez hizo sonar la bocina y el hombre dio un salto en la silla.
—¡Será hijoputa el portero ese! —resopló—.
—¿Doctor Honoris Causa?
—Sí. Pero no me llames de usted, que no soy tan viejo.
—Vale. Hola Honoris, soy Larmelo Cópez.
—¿Querías algo?
—Quería y quiero.
Causa se quedó mirándolo, esperando a que dijera algo más. Cuando se cansó de esperar, inquirió con los ojos.
—Doctor Causa... Honoris. He oído que estás trabajando en una teoría sobre las dos torres.
—¿Cómo sabes eso? Es un trabajo altamente secreto, aún no se ha publicado nada. De hecho, todavía no he dado con las ecuaciones que lo describan adecuadamente.
—¿Puedes hablarme de la teoría?
—Puedo.
—Vaya...
Se quedaron los dos como alelados, esperando a que el otro continuase hablando. Por fin, Cópez rompió el silencio:
—¿De qué se trata?
—Es complicado de explicar.
—Inténtalo.
Causa miró a Cópez como a un niño que acabara de preguntar de dónde vino su hermanito.
—Verás... ¿Conoces el principio de conservación de la hora?
—Sí.
—Bien, pues basándome en ese principio demostraré que, si existe la Torre de la Horadada, también debe existir la Torre de la Horarrecibida.
—¡Mecachis!
—Impresiona, ¿eh?
Cópez se levantó bruscamente y se inclinó hacia el anciano.
—Doctor, debe destruir esos documentos. Debe cancelar la investigación. Está jugando con fuego.
—Tutéame chaval, que si no me siento viejo.
—¡Basta! —dijo, y arrasó de un manotazo el contenido de la mesa. Miró fijamente a Causa—. Escuche, si no hace lo que le digo, tendré que matarlo y tirar su cadáver al patio interior.
—Pero tutéame, chaval...
—¿Es usted imbécil? —le interrumpió—. ¿Es que no me oye? Debe cancelar el proyecto ya.
Causa lo miró con la placidez que confieren trescientos años. Dejó que Cópez se serenara.
—He leído lo del Puaqüapuarro ese. Es muy bueno —dijo, y Cópez pareció tranquilizarse un poco—.
—¿Le gusta?
—Es extraordinario.
—Vaya...
—Además, a mí me ocurrió lo mismo que al... ¿cómo se llamaba? Mmmm —se metió un dedo en la nariz y se lo sacó por un ojo—. ¡Gabrón! Sí, a mí me pasó igual.
Este viejo se burla de mí, pensó Cópez. Veamos adónde quiere ir a parar.
—¿Adónde quiere ir a parar?
—No sé, sólo le distraía para que no me matara.
—Vaya...
Una hora más tarde, ambos hombres estaban al otro lado del pasillo, donde había una puerta con una cafetería detrás. Se sentaron en una mesa y pidieron unos cafés, que pusieron sobre las sillas.
—Dime, chaval, ¿por qué te preocupa tanto la teoría de las dos torres?
—Porque es desconcertante.
—Sí, es verdad.
—Si existe la Torre de la Horarrecibida —conjeturó Cópez—, y realmente recibe la hora dada por la otra torre, el principio de conservación de la hora quedará refutado al duplicar los tiempos. Y, como ese es precisamente el principio sobre el que se asienta la teoría, toda la lógica quedará en entredicho.
—¿En entredicho? —le cortó el viejo mientras sorbía el café que se le había derramado en la barba.
—Eso es. Y ya conoce usted el refrán: lo que está en entredicho, ni está dicho ni está desdicho.
—Mala cosa.
—Pero eso no es lo peor —el doctor Causa enarcó las cejas, porque le había saltado una gota de café hirviendo en el ojo y pensó que abriéndolo mucho, la gota se iría—. Lo peor es el sol.
—Le espucho, le espucho.
—¿Qué dice que hace?
—Dispulpe, es pe me he pemado el lóbulo oppipital pon el pafé y no puedo hablar bien.
—Si es que... a quién se le ocurre sorber el café por la nariz...
—Esplipe eso del sol, esplipe.
—Pues verá, digamos que son las dos en la Torre de la Horadada. Un sol de justicia. Todos los pellejos chamuscados. ¿Me sigue?
—Le pigo.
—Si esa torre le da la hora a la otra, ¿le dará también los pellejos, creando un universo duplicado y paralelo de horas y pellejos?
—No preo.
—Ah, entonces no hay problema.
El camarero, mariquita perdido, le estaba metiendo algo por la nariz al anciano. Al parecer, le iba a refrescar el lóbulo occipital. A Cópez le pareció una grosería. Y se fue.
Pocos años más tarde, el gran Cópez publicó su obra maestra, trilógica y tripartita: El señor de los pellejos (La comunidad del pellejo, Las dos torres, El retorno del blanco), con la que se hizo asquerosamente rico, obtuvo el Oscar Mayer a la mejor novela tripartita salchichera, y grabó un disco junto a Los Chichos en su ordenador portátil de pared.
El doctor Honoris Causa murió asfixiado de nariz para arriba. Su occipital fue generosamente donado a la ciencia-ficción por su familia política y su obra inconclusa investigatoria nunca vio la luz.
El portero donó su bocina a la ciencia-ficción también.
El camarero fue acusado de marrano por el fiscal de la cafetería, pero nunca se pudo demostrar su culpabilidad, así que fue acusado de presunto marrano. Se le condenó a pagar una presunta multa de tres euros y a seis presuntos meses de presunta cárcel, que presuntamente cumplió.
Seis meses más tarde, el camarero volvió y recogió los cafés de las sillas.
—Buenos días.
—Por que usted lo diga.
—Pues malos días.
—¿Ha venido sólo a saludarme o quiere algo?
—Quiero algo.
El hombre de detrás de la ventanilla se quedó mirándolo, esperando a que dijera algo más. Cuando se cansó de esperar, dijo:
—¿Qué quiere?
—Busco al doctor Honoris Causa.
—Un momento —tecleó algo en el ordenador—. Creo que está dormido.
—¿Cómo dice?
—Le he mandado un emilio y no contesta.
—Vaya...
—Tome —le entregó una bocina por debajo del cristal—. Toque esto cuando entre. Su despacho está en la tercera planta, el rosal.
Larmelo Cópez vagó un rato por el patio interior, observando los curiosos adornos. Un bistréciclo de la época austrohúngara colgaba del techo y parecía malhumorado.
—¿Está usted malhumorado? —preguntó Cópez al bistréciclo—.
—Pues sí.
—Vaya...
Tomó el descensor, pues la tercera planta estaba debajo de la cuarta, a la que había ascendido sin darse cuenta. Al salir, contempló el patio interior, mirando hacia arriba. En el techo había un espejo de extraña curvatura, que reflejaba más allá de la pared verde prado.
El pasillo debía tener por lo menos dos kilómetros. Al final, había una solitaria puerta. Cópez sacó sus prismáticos y pudo leer el rótulo:
DR. HONORIS CAUSA
PASEN POR LA OTRA PUERTA
ÉSTA ESTÁ ATASCADA
Cópez no sabía dónde estaba la otra puerta, así que siguió andando. Al cabo de media hora, tropezó.
—¡Mecachis! —dijo muy cabreado—. ¡Defeco en las puertas transparentes!
El impacto de la turgente nariz copeciana debió desatascar el atasco. La puerta se abrió.
Un hombre de unos trescientos años roncaba con la cabeza echada hacia atrás, recostado en un sillón que parecía muy cómodo. Cópez hizo sonar la bocina y el hombre dio un salto en la silla.
—¡Será hijoputa el portero ese! —resopló—.
—¿Doctor Honoris Causa?
—Sí. Pero no me llames de usted, que no soy tan viejo.
—Vale. Hola Honoris, soy Larmelo Cópez.
—¿Querías algo?
—Quería y quiero.
Causa se quedó mirándolo, esperando a que dijera algo más. Cuando se cansó de esperar, inquirió con los ojos.
—Doctor Causa... Honoris. He oído que estás trabajando en una teoría sobre las dos torres.
—¿Cómo sabes eso? Es un trabajo altamente secreto, aún no se ha publicado nada. De hecho, todavía no he dado con las ecuaciones que lo describan adecuadamente.
—¿Puedes hablarme de la teoría?
—Puedo.
—Vaya...
Se quedaron los dos como alelados, esperando a que el otro continuase hablando. Por fin, Cópez rompió el silencio:
—¿De qué se trata?
—Es complicado de explicar.
—Inténtalo.
Causa miró a Cópez como a un niño que acabara de preguntar de dónde vino su hermanito.
—Verás... ¿Conoces el principio de conservación de la hora?
—Sí.
—Bien, pues basándome en ese principio demostraré que, si existe la Torre de la Horadada, también debe existir la Torre de la Horarrecibida.
—¡Mecachis!
—Impresiona, ¿eh?
Cópez se levantó bruscamente y se inclinó hacia el anciano.
—Doctor, debe destruir esos documentos. Debe cancelar la investigación. Está jugando con fuego.
—Tutéame chaval, que si no me siento viejo.
—¡Basta! —dijo, y arrasó de un manotazo el contenido de la mesa. Miró fijamente a Causa—. Escuche, si no hace lo que le digo, tendré que matarlo y tirar su cadáver al patio interior.
—Pero tutéame, chaval...
—¿Es usted imbécil? —le interrumpió—. ¿Es que no me oye? Debe cancelar el proyecto ya.
Causa lo miró con la placidez que confieren trescientos años. Dejó que Cópez se serenara.
—He leído lo del Puaqüapuarro ese. Es muy bueno —dijo, y Cópez pareció tranquilizarse un poco—.
—¿Le gusta?
—Es extraordinario.
—Vaya...
—Además, a mí me ocurrió lo mismo que al... ¿cómo se llamaba? Mmmm —se metió un dedo en la nariz y se lo sacó por un ojo—. ¡Gabrón! Sí, a mí me pasó igual.
Este viejo se burla de mí, pensó Cópez. Veamos adónde quiere ir a parar.
—¿Adónde quiere ir a parar?
—No sé, sólo le distraía para que no me matara.
—Vaya...
Una hora más tarde, ambos hombres estaban al otro lado del pasillo, donde había una puerta con una cafetería detrás. Se sentaron en una mesa y pidieron unos cafés, que pusieron sobre las sillas.
—Dime, chaval, ¿por qué te preocupa tanto la teoría de las dos torres?
—Porque es desconcertante.
—Sí, es verdad.
—Si existe la Torre de la Horarrecibida —conjeturó Cópez—, y realmente recibe la hora dada por la otra torre, el principio de conservación de la hora quedará refutado al duplicar los tiempos. Y, como ese es precisamente el principio sobre el que se asienta la teoría, toda la lógica quedará en entredicho.
—¿En entredicho? —le cortó el viejo mientras sorbía el café que se le había derramado en la barba.
—Eso es. Y ya conoce usted el refrán: lo que está en entredicho, ni está dicho ni está desdicho.
—Mala cosa.
—Pero eso no es lo peor —el doctor Causa enarcó las cejas, porque le había saltado una gota de café hirviendo en el ojo y pensó que abriéndolo mucho, la gota se iría—. Lo peor es el sol.
—Le espucho, le espucho.
—¿Qué dice que hace?
—Dispulpe, es pe me he pemado el lóbulo oppipital pon el pafé y no puedo hablar bien.
—Si es que... a quién se le ocurre sorber el café por la nariz...
—Esplipe eso del sol, esplipe.
—Pues verá, digamos que son las dos en la Torre de la Horadada. Un sol de justicia. Todos los pellejos chamuscados. ¿Me sigue?
—Le pigo.
—Si esa torre le da la hora a la otra, ¿le dará también los pellejos, creando un universo duplicado y paralelo de horas y pellejos?
—No preo.
—Ah, entonces no hay problema.
El camarero, mariquita perdido, le estaba metiendo algo por la nariz al anciano. Al parecer, le iba a refrescar el lóbulo occipital. A Cópez le pareció una grosería. Y se fue.
Pocos años más tarde, el gran Cópez publicó su obra maestra, trilógica y tripartita: El señor de los pellejos (La comunidad del pellejo, Las dos torres, El retorno del blanco), con la que se hizo asquerosamente rico, obtuvo el Oscar Mayer a la mejor novela tripartita salchichera, y grabó un disco junto a Los Chichos en su ordenador portátil de pared.
El doctor Honoris Causa murió asfixiado de nariz para arriba. Su occipital fue generosamente donado a la ciencia-ficción por su familia política y su obra inconclusa investigatoria nunca vio la luz.
El portero donó su bocina a la ciencia-ficción también.
El camarero fue acusado de marrano por el fiscal de la cafetería, pero nunca se pudo demostrar su culpabilidad, así que fue acusado de presunto marrano. Se le condenó a pagar una presunta multa de tres euros y a seis presuntos meses de presunta cárcel, que presuntamente cumplió.
Seis meses más tarde, el camarero volvió y recogió los cafés de las sillas.
Comentario:
Me parece estupendo todo lo que cuentas. Los giros y los recursos estilísticos son buenos, muy ingeniosos y creativos. Es una lástima que no haya más relatos, anímate y haz unos cuantos más.
Comentario:
When R U going to make a an Austrohungarish translation of your tales?





