SINIESTRO DAKAR
NO ES CASUAL que el rally transcurra por un país como Mauritania
JUAN M. HERNÁNDEZ PUÉRTOLAS - 17/01/2005
LA VANGUARDIA DIGITAL.
Mauritania es uno de los países más pobres del mundo, que vive prácticamente de la ayuda exterior. De 1980 a 1990, su producto interior bruto (PIB) promedió un crecimiento anual nulo, y no le fue mucho mejor en la siguiente década. La esperanza de vida de los habitantes de esta república islámica apenas supera los 52 años, y la tasa de analfabetismo se cifra en el 60%.
Eso sí, los mauritanos no tienen problemas de espacio. En una superficie ligeramente superior al millón de kilómetros cuadrados -como el doble de la de España-, malviven sus escasos 2,7 millones de habitantes, lo que arroja una densidad aproximada de tres habitantes por kilómetro cuadrado. Es evidente que la densidad no tiene nada que ver con el desarrollo, si se tiene en cuenta que la de Mauritania coincide con la de Canadá, pero está a años luz de la de Bangladesh, que se acerca a los 1.000 habitantes por kilómetro cuadrado.
Sin embargo, es probablemente la abundancia de espacios inhóspitos y desérticos y la falta de estructuras administrativas y políticas dignas de tal nombre la razón principal de que por territorio mauritano transcurra el grueso de esa carnavalada pseudodeportiva a la que se denomina rally Dakar. Hace tiempo que los franceses se dieron cuenta de lo políticamente incorrecto que resultaba todo el invento, así que fueron alejándose progresivamente de él, a pesar de que la organización sigue residiendo fundamentalmente en el país vecino. Que Granada acogiera la salida de la prueba pudo representar incluso un guiño histórico, por aquello de Boabdil, pero, desde luego, lo que no tiene sentido es que arranque desde Barcelona, siempre dispuesta en los últimos tiempos a apuntarse a un bombardeo.
El medio centenar de víctimas mortales que ha causado desde su primera edición ya sería razón suficiente para su supresión definitiva. Hace años que los restantes deportes del motor, sea la fórmula 1, las motocicletas o los rallies convencionales, no pagan tan siniestro peaje. Pero en el umbral de lo intolerable e inmediatamente después de la pérdida de vidas humanas debe figurar ese sórdido espectáculo que constituyen las hordas de personas blancas y privilegiadas a bordo de sus coches, camiones y motos, hollando territorios y paisajes en los que nada se les ha perdido.
Desde el punto de vista estrictamente deportivo, el Dakar tampoco tiene por dónde cogerse. Mi colega y sin embargo gran amigo
Carlos Pérez de Rozas se quejaba recientemente del paripé en que se han convertido las carreras de la fórmula 1, en las que lo más importante parece residir en las paradas para repostar. Pues bien, ese circo es un prodigio de transparencia al lado del Dakar, con sus continuos cambios de programa, sus caprichosas penalizaciones y, en definitiva, unas reglas arbitrarias sólo al alcance de cuatro iniciados. La sospecha es que está todo pasteleado entre los principales fabricantes antes de que se levante la primera nube de polvo.
Pero lo peor del Dakar no es lo que ha sucedido, sino lo que, a la vista del habitual desbarajuste de etapas suspendidas, destinos no alcanzados y rocambolescos rescates, podría llegar a pasar. Las muertes del español José Manuel Pérez y del italiano Fabrizio Meoni son una desgracia, pero, al fin y al cabo, gajes del oficio. Pero la de la niña senegalesa atropellada por un camión de la expedición es además una obscenidad.





