Hoy es domingo, pero nada es verdad
siempre he odiado los domingos. Porque siempre han tenido algo de falso desquite, de aparente descanso, de inútil sogiego..
La vida no se deteniene porque sea domingo, y eso parezca que es más agradable.
La vida sigue igual, pero más sola.
La vida sigue igual, pero más triste, la vida sigue igual, y cada obsdtaculo es un nuevo muro infranqueable para segfuir adelante.
El domingo no es un paréntesis, es un punto suspensivo,...
Todo queda pendiente de algo que no tiene solución, porqwue nada triene solución porque nda es contingente a la mirada de la desgracia ni de la alegría.
Todo sigue siendo borroso y absurdo y estúpido.
Todo sigue siendo una maniobra de las fuerzas del mal para que te doblegues y entrres en el arco de la mediocridad y aceptes que la vida tiene fines der semana en la que se puede descansar de su ignominia.
Pero eso9 también es mentira.
Los fines de semana no son más quen trucos de la maldad para hacerte notar que existe y te vigila de cerca. Y que sdi no pasas por el aro te lo hará pagar caro.
La vida es una semana larga que no tiene fin y cuyo única recompensa es el olvido.
La vida no se deteniene porque sea domingo, y eso parezca que es más agradable.
La vida sigue igual, pero más sola.
La vida sigue igual, pero más triste, la vida sigue igual, y cada obsdtaculo es un nuevo muro infranqueable para segfuir adelante.
El domingo no es un paréntesis, es un punto suspensivo,...
Todo queda pendiente de algo que no tiene solución, porqwue nada triene solución porque nda es contingente a la mirada de la desgracia ni de la alegría.
Todo sigue siendo borroso y absurdo y estúpido.
Todo sigue siendo una maniobra de las fuerzas del mal para que te doblegues y entrres en el arco de la mediocridad y aceptes que la vida tiene fines der semana en la que se puede descansar de su ignominia.
Pero eso9 también es mentira.
Los fines de semana no son más quen trucos de la maldad para hacerte notar que existe y te vigila de cerca. Y que sdi no pasas por el aro te lo hará pagar caro.
La vida es una semana larga que no tiene fin y cuyo única recompensa es el olvido.
Hoy un poema
HOMENAJE AL POEMA “SI TE NOMBRAN”
DE GLORIA FUERTES.
Tengo una enfermedad llamado Jose.
Los médicos no se atreven a diagnosticarla
por la complejidad de sus síntomas.
A veces se manifiesta de forma violenta,
con ataques de angustia y de ansiedad;
otras aparece en forma de dolor,
un dolor penetrante en el corazón
y en la cabeza, o como un síndrome confuso
de abstinencia, de nostalgia, de ausencia.
Melancolía también puede llamarse.
Quita las ganas de vivir y produce
extrañas alucinaciones, pesadillas.
Por la noche es la fase más aguda
y puede quitar el sueño y la esperanza.
Los especialistas no se ponen de acuerdo
y dicen que se trata de un simple desamor
o de ese otro extraño fenómeno que llaman
“amor ficción”, porque no existió nunca.
Fue sólo creación de la mente del enfermo,
espejismo de su corazón, una manera absurda
que tienen los que la padecen
de aferrarse a algún sueño que nunca
fue verdad, una simple manera
de transformar la vida en un drama
con un final feliz. Nada grave:
películas, exceso de imaginación,
soledad profunda, desasosiego,
urgente necesidad del paciente
de entregarse a imposibles quimeras.
Otros, en cambio, aseguran que es un virus
extremadamente peligroso, que puede ser mortal
si no se ataja a tiempo. Afirman,
los que mantienen esta teoría,
que existe un alto índice de enfermos
crónicos, que no se curan nunca
y acaban repitiendo la misma palabra,
ese único nombre, hasta el final
de sus días, solos, con la mirada perdida
en el abismo, y las manos en actitud
se súplica, como si esperaran
siempre a alguien que no llegará nunca.
Sí. Tengo una enfermedad llamada Jose,
que antes tuvo otros nombres, Ángel,
Vicente, Manuel, Alberto, Andrés, Antonio,
Sergio, Juan Ramón... Y nunca se ha curado.
Sólo ha tenido fases de letargo.
Y se llamó vacío.
Tengo una enfermedad mortal
que tiene un nombre simple.
Y no quiero curarme, porque
se llama amor- ahora se llama Jose-
y sin ella, -sin él-, la vida
es sólo una incómoda costumbre,
innecesaria.
Madrid, enero 2005
José Infante
DE GLORIA FUERTES.
Tengo una enfermedad llamado Jose.
Los médicos no se atreven a diagnosticarla
por la complejidad de sus síntomas.
A veces se manifiesta de forma violenta,
con ataques de angustia y de ansiedad;
otras aparece en forma de dolor,
un dolor penetrante en el corazón
y en la cabeza, o como un síndrome confuso
de abstinencia, de nostalgia, de ausencia.
Melancolía también puede llamarse.
Quita las ganas de vivir y produce
extrañas alucinaciones, pesadillas.
Por la noche es la fase más aguda
y puede quitar el sueño y la esperanza.
Los especialistas no se ponen de acuerdo
y dicen que se trata de un simple desamor
o de ese otro extraño fenómeno que llaman
“amor ficción”, porque no existió nunca.
Fue sólo creación de la mente del enfermo,
espejismo de su corazón, una manera absurda
que tienen los que la padecen
de aferrarse a algún sueño que nunca
fue verdad, una simple manera
de transformar la vida en un drama
con un final feliz. Nada grave:
películas, exceso de imaginación,
soledad profunda, desasosiego,
urgente necesidad del paciente
de entregarse a imposibles quimeras.
Otros, en cambio, aseguran que es un virus
extremadamente peligroso, que puede ser mortal
si no se ataja a tiempo. Afirman,
los que mantienen esta teoría,
que existe un alto índice de enfermos
crónicos, que no se curan nunca
y acaban repitiendo la misma palabra,
ese único nombre, hasta el final
de sus días, solos, con la mirada perdida
en el abismo, y las manos en actitud
se súplica, como si esperaran
siempre a alguien que no llegará nunca.
Sí. Tengo una enfermedad llamada Jose,
que antes tuvo otros nombres, Ángel,
Vicente, Manuel, Alberto, Andrés, Antonio,
Sergio, Juan Ramón... Y nunca se ha curado.
Sólo ha tenido fases de letargo.
Y se llamó vacío.
Tengo una enfermedad mortal
que tiene un nombre simple.
Y no quiero curarme, porque
se llama amor- ahora se llama Jose-
y sin ella, -sin él-, la vida
es sólo una incómoda costumbre,
innecesaria.
Madrid, enero 2005
José Infante
La vida sigue igual
Me refiero a la vida en general. A eso que llamamos vida porque tal vez no sabemos cómo definirlo y a la vida en particular, que sí sabemos los que es, el sinsentido de amanecer cada mañana sin saber para qué, ni por qué, y con la certeza de que al día siguiente todo puede ser peor, como ya nos recuerda no sé qué fanosa y citada ley, que dice que todo es sensible de empeorar.
Y en efecto así es. Y si 2004 fue un año siniestro en general y funesto en particular para mí, y para otras miles de personas que perdieron a un ser querido especialmente o simplemente el rumbo de sus vidas, al 2005 no se le ve venir con mejores intenciones. Cada mañana amanezco sin ganas de levantarme y seguir arrastrando una existencia sin contenido, la depresión me aplasta el corazón y los sentidos hasta dejarme anulado casi completamente, reducido a la mínima expresión de mi mismo: un ser que se ahoga y que no tiene dónde agarrarse, un naúfrago que apenas vislumbra un hilo al que seguir que le conduzca a algún lugar de salvación. Un naúfrago que si mira a su alrededor tampoco es demasiado alentador lo que ve.
Imagino que la vida amanece cada mañana entre los desamparados del sudeste asiático no igual, sino mucho peor que el 31 de diciembre y con menos esperanza, porque si no lo saben, nosotros sí lo sabemos que dentro de unos días sus desgracias, sus problemas, sus necesidades, dejarán de ser noticia y el mundo se olvidará de ellos, porque habrá otras desgracias u otras noticias de que ocuparse. Como nos olvidamos de los niños irakíes y de los palestinos que sufren guerras injustas, de los niños africanos, de los sudanees especialmente, que se mueren de hambre cada día, cuando el primer mundo no acaba de reponerse de la resaca de una obscena borrachera de comida, de bebida y de consumismo indiscriminado, que ha dejado todas las ciudades del mundo llenas de desperdicios, de excedentes, de comida que se ha tirado, de dinero gastado con absoluta frivolidad y de la locura de mirar sólo hacia adelante como una huida que no tiene ningún destino, que es lo único que parece que mueve a los hombres de estos comienzos escatológicos del siglo XXI.
Una vez escribí un artículo glosando aquella vieja canción militante que decía "la vida no vale nada". Ahora, años después, me veo glosando otra vieja canción, esta no militante sino de ingenuo optimismo "la vida sigue igual", pero que me ddoy cuenta que que en el fondo es tan triste y desoladora como la primera aunque la creara un cantante con vocación de millonario y contemporizador con las maravillas desconcertantes de este mundo que nos ha tocado vivir.
La vida sigue igual y no vale nada. Aparte de las grandes tragedias que hace que la naturaleza nos recuerde de vez en cuando que somos una insignificancia ante su magnitud, de los dramas menores que tenemos que sufrir cada día en un país que después de quince siglos sigue queriendo romperse en pequeños trozos no se sabe muy bien por qué, lo que nos obliga a escuchar estupideces sin cuento ya del crogañónico Ibarretxe como del troglodita de Fraga, aparte de que en vez de frío, hace calor y Madrid es una inmensa zanja que amenaza con devorar a esos millones de muertos que ya vislumbró Dámaso Alonso hace sesenta años que diariamente nos enfrentamoa a su dureza, a su insolidaridad y a su nerviosismo incomprensible, hace ya ocho días que llegó 2005 y nada parece que vaya a cambiar. Nadie llama a mi puerta ni al telefono móvil y encima se ha estropeador el ordenador. Verdaderamente la vida sigue igual.
Y en efecto así es. Y si 2004 fue un año siniestro en general y funesto en particular para mí, y para otras miles de personas que perdieron a un ser querido especialmente o simplemente el rumbo de sus vidas, al 2005 no se le ve venir con mejores intenciones. Cada mañana amanezco sin ganas de levantarme y seguir arrastrando una existencia sin contenido, la depresión me aplasta el corazón y los sentidos hasta dejarme anulado casi completamente, reducido a la mínima expresión de mi mismo: un ser que se ahoga y que no tiene dónde agarrarse, un naúfrago que apenas vislumbra un hilo al que seguir que le conduzca a algún lugar de salvación. Un naúfrago que si mira a su alrededor tampoco es demasiado alentador lo que ve.
Imagino que la vida amanece cada mañana entre los desamparados del sudeste asiático no igual, sino mucho peor que el 31 de diciembre y con menos esperanza, porque si no lo saben, nosotros sí lo sabemos que dentro de unos días sus desgracias, sus problemas, sus necesidades, dejarán de ser noticia y el mundo se olvidará de ellos, porque habrá otras desgracias u otras noticias de que ocuparse. Como nos olvidamos de los niños irakíes y de los palestinos que sufren guerras injustas, de los niños africanos, de los sudanees especialmente, que se mueren de hambre cada día, cuando el primer mundo no acaba de reponerse de la resaca de una obscena borrachera de comida, de bebida y de consumismo indiscriminado, que ha dejado todas las ciudades del mundo llenas de desperdicios, de excedentes, de comida que se ha tirado, de dinero gastado con absoluta frivolidad y de la locura de mirar sólo hacia adelante como una huida que no tiene ningún destino, que es lo único que parece que mueve a los hombres de estos comienzos escatológicos del siglo XXI.
Una vez escribí un artículo glosando aquella vieja canción militante que decía "la vida no vale nada". Ahora, años después, me veo glosando otra vieja canción, esta no militante sino de ingenuo optimismo "la vida sigue igual", pero que me ddoy cuenta que que en el fondo es tan triste y desoladora como la primera aunque la creara un cantante con vocación de millonario y contemporizador con las maravillas desconcertantes de este mundo que nos ha tocado vivir.
La vida sigue igual y no vale nada. Aparte de las grandes tragedias que hace que la naturaleza nos recuerde de vez en cuando que somos una insignificancia ante su magnitud, de los dramas menores que tenemos que sufrir cada día en un país que después de quince siglos sigue queriendo romperse en pequeños trozos no se sabe muy bien por qué, lo que nos obliga a escuchar estupideces sin cuento ya del crogañónico Ibarretxe como del troglodita de Fraga, aparte de que en vez de frío, hace calor y Madrid es una inmensa zanja que amenaza con devorar a esos millones de muertos que ya vislumbró Dámaso Alonso hace sesenta años que diariamente nos enfrentamoa a su dureza, a su insolidaridad y a su nerviosismo incomprensible, hace ya ocho días que llegó 2005 y nada parece que vaya a cambiar. Nadie llama a mi puerta ni al telefono móvil y encima se ha estropeador el ordenador. Verdaderamente la vida sigue igual.
Una ilusión falsa que perdura
El tiempo es una convención. Sólo eso. Una convención que nos engaña constantemente, que nos seduce, que nos marca la existencia con su inexacta e inexistente precisión. Porque es mentira que un día sea un día, una hora una hora y que el día tenga veinticuatro y cada hora sesenta minutos. ¿Y cada minutos? Cada minuto puede contener una eternidad. Y no nos damos cuenta. Y seguimos creyendo a quien inventó ese marcapasos fatal, esa troqueladora de nuestra existencia que nos obsesiona y nos limita y hasta nos hace creer que el simple paso de una noche a una madrugada puede cambiar nuestra vida, nuestra suerte, la marcha del mundo o el orden de las cosas.
Una vez escribí ( ¿o simplemente lo leí, o lo pensé o lo intuí?: "sé lo que es tiempo si no me lo preguntan". Pero hay un día al año en que no puedo evitarme hacerme esa pregunta. ¿Qué es el tiempo? ¿Va a cambiar algo cuando en todod los relojes marquen las 24 horas del día 31 de diciembre? ¿Y qué es ese día y por qué es diciembre? En otras culturas se rigen por otros codigos, por otras costumbres, por otras tradiciones. Pero todas son igualmente convencionales. ¿Es que cuando la última uva atraviese tu garganta se va a operar algún milagro, vamos a sufris alguna mutación en nuestro fatal destino hacia la nada?
Un año escribí (era creo el año 1970) un conjunto de poemas que se llama "La uva duodecima". Algo tiene que ver con esa mentira, con una frustración que continuó siendo igual de punzante, lo mismo de cruel, igualmente matadora cuando la una duodecima de aquella nochevieja en Montemar se derritió en mi boca. Creo que desde entonces no he podido soportar esa noche estúpida en que todos se sienten en la obligación de divertirse, de emborracharse, de perder el control, de saltarse las reglas, de inventar ritos y más ritos con la vana esperanza de que cuando amanezca el 1 de enero todo haya cambiado. Y lo único que podrán encontrar es más basura en la calle, esa inmensa cantidad de basura que produce diariamente y en estas fechas en cantidades industriales esta cultura del desperdicio y la memez en la estamos atrapados.
Esta mañana Madrid estaba casu vacío. Apenas unos cohes con los últimos noctámbulos. Todavía habría muchas discotecas con gente que intentaba seguir creyendo que estaba cumpliendo con el rito indispensable de invocar la buena suerte, el amor, la salud, la paz, la fortuna con unas uvas y unas copas de cava. En algunos lugares del litoral la gente habrá ido hasta el mar y con sus aguas saladas y sin tiempo habrá tratado de bendecir sus casas, de purificar los rincones de sus habitaciones, los recovecos de sus almas.
¿Por qué no ha descubierto el hombre que esta es una más de las falsas ilusiones o esperanzas que nos vamos creando a través de los años, de las diferentes fasese de la existencia? Tal vez porque seróa tan demoledor reconocer la falsedad de esa esperenza en el cambio que nos dejaríamos arrastrar por la fatal corriente- que esa si que es verdadera- que conduce a la nada, al vacío, a la muerte. Es tan convencional el tiempo en el que creemos que cuando empecé a escribir estas reflexiones era día uno y ahora ya es el día 2 de enero de 2005 poeque alguien lo decidió que así fuera y nada, absolutamente nada ha cambiado ni en mi vida ni en el mundo. Incluso estos atavismos ancestrales están llenos de mentiras que intentan hacernos creer en que existe una razón para que estemos aquí soportando el paso del tiempo que una veces pesa y otras simplemente pasa, pero que jamás se detiene.
Una vez escribí ( ¿o simplemente lo leí, o lo pensé o lo intuí?: "sé lo que es tiempo si no me lo preguntan". Pero hay un día al año en que no puedo evitarme hacerme esa pregunta. ¿Qué es el tiempo? ¿Va a cambiar algo cuando en todod los relojes marquen las 24 horas del día 31 de diciembre? ¿Y qué es ese día y por qué es diciembre? En otras culturas se rigen por otros codigos, por otras costumbres, por otras tradiciones. Pero todas son igualmente convencionales. ¿Es que cuando la última uva atraviese tu garganta se va a operar algún milagro, vamos a sufris alguna mutación en nuestro fatal destino hacia la nada?
Un año escribí (era creo el año 1970) un conjunto de poemas que se llama "La uva duodecima". Algo tiene que ver con esa mentira, con una frustración que continuó siendo igual de punzante, lo mismo de cruel, igualmente matadora cuando la una duodecima de aquella nochevieja en Montemar se derritió en mi boca. Creo que desde entonces no he podido soportar esa noche estúpida en que todos se sienten en la obligación de divertirse, de emborracharse, de perder el control, de saltarse las reglas, de inventar ritos y más ritos con la vana esperanza de que cuando amanezca el 1 de enero todo haya cambiado. Y lo único que podrán encontrar es más basura en la calle, esa inmensa cantidad de basura que produce diariamente y en estas fechas en cantidades industriales esta cultura del desperdicio y la memez en la estamos atrapados.
Esta mañana Madrid estaba casu vacío. Apenas unos cohes con los últimos noctámbulos. Todavía habría muchas discotecas con gente que intentaba seguir creyendo que estaba cumpliendo con el rito indispensable de invocar la buena suerte, el amor, la salud, la paz, la fortuna con unas uvas y unas copas de cava. En algunos lugares del litoral la gente habrá ido hasta el mar y con sus aguas saladas y sin tiempo habrá tratado de bendecir sus casas, de purificar los rincones de sus habitaciones, los recovecos de sus almas.
¿Por qué no ha descubierto el hombre que esta es una más de las falsas ilusiones o esperanzas que nos vamos creando a través de los años, de las diferentes fasese de la existencia? Tal vez porque seróa tan demoledor reconocer la falsedad de esa esperenza en el cambio que nos dejaríamos arrastrar por la fatal corriente- que esa si que es verdadera- que conduce a la nada, al vacío, a la muerte. Es tan convencional el tiempo en el que creemos que cuando empecé a escribir estas reflexiones era día uno y ahora ya es el día 2 de enero de 2005 poeque alguien lo decidió que así fuera y nada, absolutamente nada ha cambiado ni en mi vida ni en el mundo. Incluso estos atavismos ancestrales están llenos de mentiras que intentan hacernos creer en que existe una razón para que estemos aquí soportando el paso del tiempo que una veces pesa y otras simplemente pasa, pero que jamás se detiene.