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Diario de un naufrago
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josé infante, malagueño 58 años, periodista, he publicado una veintena de libros en su mayoría de poemas. Siempre he sido un disidente.
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Elogio del suicidio
Se habla estos días mucho del derecho a la vida, de la eutanasia, del derecho a una muerte digna, de quién tiene autoridad para decidir cuándo una persona debe ser ayudada a morir sin sufrimiento y acelerar su fin dulcemente... Pero nadie se ha planteado todavía, el derecho, que debe serlo, a la decisión personal de alguien, que aún gozando de buena salud física, simplemente cree que sus condiciones de vida no son signas, ya sea por cansancio vital, por desencanto, por desengaño ansoluto sobre la falsedad de las espectativas de felicidad y bienestar con que se nos engaña al traernos al mundo, o simplemente porque ya no encuentra objeto a su existencia y por tanto para él, esta carece en absoluto de dignidad.

Eso nos llevaría a decidir qué es una vida digna. Y en este tema cada uno tiene derecho, o debería tenerlo, para establecer sus propios parámetros. No se pueden establecer, en este caso, condiciones generales porque cada ser humano tiene, o tenemos, un concepto de lo que debe ser una vida plena, que valga la pena ser vivida y que nos satisfaga hasta el punto de no desear el fin, sino que esta sea lo suficientemente compensatoria como para aceptar y sobrellevar todos los inconvenientes, sufrimientos, desengaños y tropiezos que tiene el hecho de vivir, trabajar y al final de cada día sentir que ha merecido la pena.

Por eso lo que habría que establecer es el derecho de cada ser humano a decidir cuándo puede poner punto y final a una existencia que se le ha impuesto sin pedirle opinión y que ha llegado a ser insoportable o simplemente no le encuentra ningún sentido a seguir viviendo.

En la antiguedad el suicidio era aceptado socialmente. Sólo hay que recordar el de algunos grandes hombres de la filosofía griega y roamana, Sócrates, Séneca... Fue, como siempre, el cristianismo el que convierte el suicidio (que siempre debería haber sido contemplado como un derecho) en un delito y en un grave pecado. Lo que consagran las leyes de los países que cayeron bajo el peso de la civilización cristiana y sobre todo de la represiva moral católica, que fue afianzándose con el pasar de los siglos, convirtiéndose en una auténtica forma de poder, no sólo el poder sobre las conciencias, sino el poder real de influir en las leyes que se dictaban en los países llamados occidentales.

Creo recordar que hasta hace bien poco tiempo el suicidio estaba penado por el código penal español y si alguien atentaba contra su vida (en el ejercicio de su libertad individual) y no lograba su objetivo pasaba a ser además considerado como un delincuente y juzgado por los tribunales de justicia.

Creo que esa figura ha desaperecido del nuevo código penal español, pero el suicida sigue siendo considerado mal socialmente y se le sigo viendo como un individuo marginal, como un bordeline social y como un enemigo de la sociedad.

Creo que este concepto no sólo debería ser revisado, sino que se convierte en uso legítimo de cada ser humano la decisión sobre su continuidad en la vida y que se le dé en derecho de ser asistido clnicamente en su decisión, apoyado por médicos y psicologos.

Por una eutanasia activa, elogio del suicidio, como el único acto auténticamente libre que podemos tomar en nuestra vida.