¡HAY QUE ECHARSE A TEMBLAR¡
“No tengáis miedo”
Benedicto XVI
Con aire monjil e hipócrita, mirada de águila, afilada, inteligente e inquietante, con un aire de lechuza vigilante, Benedicto XVI, el hasta ahora Cardenal Ratzinger, Presidente del Santo Oficio o Tribunal de la Santa Inquisición, reciclado en Secretariado para la Vigilancia de la Fe o algo parecido, se ha convertido en el nuevo Jefe del Estado Vaticano (el más pequeño del mundo y el que más poder mediático desarrolla con una maestría indiscutible y admirable) y en el Sumo Pontífice de una tribu religiosa que, al parecer, alcanza varios miles de millones de fieles (yo ya me borré) a lo largo de todo el planeta.
Ante el estupor y el acojonamiento generalizado por su nombramiento en todo el mundo, especialmente en el llamado tercero -porque son más pobres y están en una situación de miseria lamentable que el primer mundo se pasa por el forro del capital, - y por los grupos marginados tradicionalmente por la Iglesia Católica, Apostólica y Romana (cuya ortodoxia ha defendido el hasta ahora teólogo y cardenal bávaro con una crueldad digna de otros tiempos) mujeres, homosexuales y heterodoxos en general, como los llamados teólogos de la liberación, a los que el ahora Papa ha ido eliminando desde su anterior cargo con un inmisericorde rigor, la aldea global ha podido ser testigo de una de las ceremonias más espectaculares que se hayan podido contemplar en los últimos tiempos y ha asistido atónita al descarado y rapidísimo lavado de imagen del nuevo sucesor de Pedro. Ayudado por ciertos medios de comunicación (algunos y muy destacadamente españoles), el Vaticano, la mejor agencia de relaciones públicas del mundo, se ha apresurado a crear una nueva imagen de Benedicto XVI, el Papa de la unidad, del Concilio Vaticano II (de lo poco que de él ha dejado Juan Pablo II), de la paz (en recuerdo a Benedicto XV) y de una Iglesia dice, joven y sin miedo. Para lo que no ha tenido empacho, el muy cínico, de recordar las palabras de su antecesor en la silla de Pedro “no tengáis miedo”, pronunciadas al comienzo de su pontificado en 1979.
En aquel momento- cuando llegaba el Papa que venía de lejos, como él mismo se autodefinió- el mundo no sabía lo que se le venía encima, pero ahora pronunciadas por Benedicto XVI en ese tono tridentino y monjil que maneja con soltura a manera de falsa espontaneidad, es para echarse a temblar. Para salir corriendo y no parar hasta que se cumplan las profecías de Nostradamus y de Malaquías juntas. O sea hasta que por fin se acabe el Papado, que no el mundo, como muchos han interpretado a esos dos protorapeles de otros tiempos.
Para demostrar que toda esa apertura y comprensión de que ha hecho gala el fundamentalista Ratzinger en su discurso de entronización, que él mismo calificó de programa de gobierno, tomándose muy en serio su papel de jefe temporal de un Estado que pertenece a muchas organizaciones internacionales y que mantiene relaciones diplomáticas con centenas de países de todo el universo mundo, más que el de “humilde trabajador de la viña del Señor”, como dijo el primer día, cuando apareció en el gran balcón-escenario de la Basílica, con aires de haberle tocado una primitiva con bote súper millonario, digo que para demostrar que todo es una comedia con un guión previo, el nuevo Pontífice ha fingido que él no ha hecho nada para ser elegido Papa, sino que pedía para lo fuera cualquier otros de sus hermanos en el Colegio Cardenalicio, recordando aquello de “exculpatio non pedita, acusatio manifesta”, enviando, por si esto fuera poco, a su Cardenal Camarlengo a la recepción en la Embajada de España ante el Vaticano, a una recepción presidida por los Reyes don Juan Carlos y doña Sofía, a echarle una bronca monumental al gobierno Zapatero por la aprobación del matrimonio homosexual, después de exigir a los funcionarios católicos que se nieguen a celebrar matrimonios gays, aún a riesgo de perder su trabajo. Aparte de una falta de las más elementales normas de educación ante sus anfitriones los Reyes, que están según la Constitución de 1978 por encima de la lucha de partidos y de las distintas ideologías, el Camarlengo ha hecho flaco favor a la tan alabada diplomacia vaticana, que se jactaba de ganar batallas sin presentar aparentemente pelea, sino simplemente pasando el cepillo, no sólo en sus iglesias sino en los Presupuestos Generales del Estado. Lamentable. Ya les digo, para echarse a temblar.
(Publicado en Shangay, nº 259)





