LA CONTINUA REVISION DE ESPAÑA
La reciente iniciativa para la eliminación de ciertos símbolos del Escudo del antiguo Reino de Aragón y la interminable disputa de partidos y autonomías por la particular idea que todos y cada uno de ellos tienen de España, no pone más que el acento en la llaga de uno de los temas que más ha dividido tradicionalmente a los españoles. Parece que cada españolito tiene su particular idea de lo que es España. En la mayoría de los casos con un casi absoluto desconocimiento de la propia historia de este viejo país, cuyo afán centrípeto no tiene parangón me parece a mí con ningún otro país de la vieja Europa.
Es cierto que el concepto político de España como una nación unida se acuña a partir de los Reyes Católicos, cuando dan por terminada la llamada Reconquista. Pero entonces la unidad estaba asentada en la unión de los distintos reinos que se habían ido formando desde don Pelayo y de los que los distintos reyes tenían casi un concepto patrimonial. Pero también es cierto que el concepto de Hispania es muy anterior y se halla inscrito en la memoria colectiva desde tiempos remotos. Y no sólo en la memoria colectiva, hay documentos en los que se habla de Hispania. Recuerdo haber visto una vieja inscripción en el Real Colegio de San Clemente de los Españoles (los Bolonios), en la ciudad de Bolonia, fundado en 1365 por el Cardenal Gil Álvarez Carrillo de Albornoz, que llegó a ser como el primer ministro de Papas como Clemente VI, Inocencio VI y Urbano V y artífice de la recuperación de los Estado Pontificios después del destierro de los papas en Avignon. O sea, mucho antes de que Isabel y Fernando en 1492 con la conquista del reino de Granada dieran por terminado el proceso de unión de los distintos reinos hispánicos el deseo de unión y el sentimiento de ser una nación ya existía. Aún así desde los Reyes Católicos hasta prácticamente la Constitución de 1876 el rey era titulado Rey de las Españas, que no era un concepto unido solamente a las colonias de allende los mares, sino a los distintos reinos, que en muchos casos conservaron sus costumbres, tradiciones e incluso su cultura y su lengua.
¿Qué hay, pues, detrás de ese afán de los españoles por separarse del núcleo principal que formó lo que conocemos por España, que fue el antiguo reino castellano-leonés? ¿Qué viejo e incomprensible atavismo nos ha intentado separar continuamente a lo largo de nuestra historia y hasta avergonzarnos- muchos- de sentirse españoles, sin que para ello tuvieran que renunciar a su ser catalán, gallego, vasco, andaluz o murciano? Es cierto que la llamada Monarquía Hispánica fundada por Isabel y Fernando y asentada como idea política durante el reinado de su nieto Carlos I, V emperador de Alemania, era en la práctica una monarquía de corte federal ya que los monarcas debían cuando subían al trono jurar los distintos fueros o conjunto de leyes particulares de los principales territorios que constituían la España, cabeza ya de un vasto imperio que se extendía no sólo por el nuevo continente americano, sino por grandes territorios europeos.
En aquellos años los españoles estaban unidos por un compromiso histórico más implícito que explícito, pero que durante unos siglos hizo la grandeza del imperio, que sólo el comienzo de la decadencia con Felipe IV y Carlos II rompió por los primeros movimientos secesionistas de los catalanes y hasta de los andaluces, que tradicionalmente han sido siempre los que menos afán nacionalista han sentido, pero que en 1648 protagonizaron un movimiento independentista acaudillado por el Marqués de Ayamonte y por el Duque de Medina Sidonia Don Gaspar Alonso Pérez de Guzmán el Bueno.
Fue el cambio de dinastía de los Austrias a los Borbones en 1700 cuando a consecuencia de la Guerra de Sucesión que estalló al poco tiempo, cuando el hijo del emperador de Austria, el Archiduque Carlos le disputa la corona a Felipe V, por creerse con mejor derecho a la sucesión al trono, el enfrentamiento de unos y otros y los partidarios que el austriaco encontró en algunos antiguos reinos, como Cataluña, Mallorca y algunos otros lo que hizo que el final de la guerra se saldara con el llamado Decreto de Nueva Planta. Aquel desafortunado decreto de Felipe V venía a instaurar a imitación de la administración francesa y a las corrientes políticas que corrían en aquella época, la centralización del Estado, con la supresión de las leyes y fueros que seguían gozando algunos de los antiguos reinos que se habían integrado en la monarquía hispánica.
Es bien cierto que el Decreto de Nueva Planta fue más duro con unos territorios que con otros. La fidelidad numantina que los catalanes ( y sobre todo los habitantes de la ciudad de Barcelona) habían demostrado al pretendiente austriaco, el archiduque Carlos, hizo que Cataluña fuera castigada severamente, no sólo destruyendo algunas de sus instituciones más tradicionales como la Generalitat, sino prohibiéndose su lengua y muchos otros signos de su antigua cultura. Todavía la Diada conmemora aquel momento triste y lamentable de la historia catalana. Y aunque algunos monarcas posteriores de la Casa de Borbón realizaron muchos gestos para conseguir la reconciliación con uno de los reinos de más acendrada cultura y más personalidad, no parece que esta se realizara profundamente y desde el siglo XVIII ha sido uno de los lugares de más fuerte sentimiento antiborbónico.
Ha sido Juan Carlos I el que ha demostrado más decisión en lograr la absoluta reconciliación de la Corona con Cataluña con muchos gestos de alto simbolismo. Fue a Cataluña al primer lugar que viajó cuando fue proclamado rey en 1975, pronunciando en su discurso en el salón del Tinell unas emocionadas palabras en catalán. Y fue la magnífica Catedral de Barcelona el lugar elegido para celebrar la boda de su hija la Infanta Elena (que ya llevaba varios años residiendo en la Ciudad Condal y trabajando en una de sus instituciones más características) con el vasco Iñaki Urdangarín. Aquella fiesta, de cuyo éxito muchos dudaron, y a la que yo llamo “la boda autonómica” por unas características verdaderamente singulares. No sólo se casaba la hija de un Borbón en un territorio que no ha perdonado a los Borbones aún muchas afrentas y lo hacía con un deportista vasco, aunque integrado perfectamente en la sociedad catalana, hijo además de un miembro destacadísimo del partido separatista vasco, el PNV. Aquella boda de la reconciliación ofreció el insólito espectáculo de poder contemplar casi sin solución de continuidad la tradicional Salve a la Nostra Mare de Deu de la Mercé, patrona de Barcelona, los fuegos de artificio tan mediterráneos, torres humanas catalanas, con el arresku o danza de bienvenida vasca a la llegada de los novios al Palacio de Pedralbes para el banquete nupcial. Toda una ejemplar lección de historia de la reconciliación.
Pero todos estos gestos, como los realizados por el propio Rey Juan Carlos en el llamado País Vasco (un invento de una más dudosa realidad política e histórica) y en otros muchos lugares de fuerte simbolismo para las distintas autonomías no han servido de nada. El compromiso histórico que significó la Constitución de 1978 y el Estado de las Autonomías que de ella salió por la inmensa generosidad que demostraron todos los protagonistas de aquel paso histórico, de un país que salía de la larga noche oscura de una dictadura de cuarenta años, en el que no sólo se pisotearon los símbolos e identidades de los distintos territorios españoles, sino los propios derechos y libertades de todos los ciudadanos sea cual fuera su lugar de origen, cuando han pasado algo más de 25 años está otra vez sometido a ese viento huracanado que de vez en cuando nos lleva a los habitantes de este viejo país a tirar cada uno para un lado, a intentar separarse del resto, al sentir vergüenza de confesarse españoles y a respetar los símbolos históricos que nos unen tan dolorosamente conseguidos a lo largo de una difícil y conflictiva historia.
La verdad es que España sólo existió verdaderamente seis o siete años. Al menos el sentimiento patrio de sentirse todos y al mismo tiempo españoles. Fue durante la Guerra de la Independencia. Desde que el modesto alcalde de Móstoles declarara la guerra al invasor francés, haciendo una llamada a luchar todos juntos frente al odiado gavacho. Después nada. Las tropelías absolutistas del canalla de Fernando VII, el conflicto dinástico que produjo el carlismo, dividiendo a España en isabelinos y carlistas, o lo que es lo mismo en ultraconservadores, representantes de la España más negra e inquisitorial y en liberales en busca de una Constitución que de verdad convirtiera el antiguo régimen en un sistema democrático. Eso duró todo el siglo XIX y cuando la Constitución de 1876 parece que lo consigue, comienzan los movimientos separatistas a poner continuamente en jaque a la Corona, al Parlamento y a la unidad, tan difícilmente conseguida y que tanta sangre había costado.
Cualquier historiador o un simple analista objetivo y desprejuiciado de nuestra realidad histórica, puede llegar a la conclusión de la enorme importancia que el recurrente y a veces demencial separatismo español ha tenido en el fracaso de los dos ensayos republicanos que hemos tenido. La I República acabó como el rosario de la aurora porque hasta Cartagena se sentía un estado independiente y porque las discusiones y diferencias sobre lo que tenía que ser España convirtió el Parlamento en una insoportable jaula de grillos que hizo que hasta el más republicano de todos don Emilio Castelar tirara la toalla. De la II, de la surgida de las elecciones municipales de abril de 1931 para qué hablar. Incluso los partidos que tenían en su credo político la universalidad de los derechos ciudadanos, de todos los ciudadanos del mundo, sin distinción alguna, se sacaron algo más que los ojos por el reduccionismo separatista y el egoísmo autonómico. De la Constitución republicana se obtuvieron sí muchos derechos democráticos que antes no disfrutaban los españoles, muchos avances y el intento frustrado de acabar con el poder tan tradicional como dañino de la Iglesia Católica y los privilegios de las clases altas, varios Estatutos de Autonomía para las comunidades que ellos llamaron históricas y una guerra entre hermanaos de tres años, con más de un millón de muertos y la consecuencia del enfrentamiento civil más grave de toda nuestra historia y finalmente una cruel dictadura militar de más de cuarenta años.
¿Mereció la pena que los catalanes, vascos, gallegos y casi los andaluces consiguieran un Estatuto que reconociera su propia identidad histórica y la recuperación o el invento, en muchos caso, de unas instituciones que algunas habían sido machacadas y otras sencillamente inventadas por fanáticos visionarios, más o menos bien intencionados?. Yo creo que no. Como creo que cuando pensamos que el Estado de las Autónomas que siguió a la Constitución de 1978 iba definitivamente a conformar un Estado en el que cada región, cada antiguo reino, cada ciudadano podría al fin sentirse catalán, gallego, andaluz, murciano, navarro, aragonés o extremeño sin sentir a la vez vergüenza de sentirse español y aceptar los símbolos que nos unen con el mismo respeto y reconocimiento como los suyos propios que todos íbamos también a respetar, nos equivocamos nuevamente. Algunas autonomías se han sentido insaciables, insolidarias, con un afán de venganza y resentimiento que sólo puede conducir a la asfixia en su propio provincianismo y en el encerramiento empobrecedor de la complacencia en su propio ser histórico, que no permite la tolerancia, la auténtica solidaridad y la apertura de todos juntos a la modernidad y a la auténtica globalización que vive el mundo y que a pesar de sus problemas, que también los tiene, nos puede y nos debe hacer más solidarios no sólo entre los habitantes de la vieja Hispania, sino con los habitantes de todos los pueblos de la tierra.
El nacionalismo es uno de los peores y más peligrosos sentimientos actuales. Una de las plagas de la humanidad, que amenaza con hacernos cada día más egoístas y más ensimismados en nosotros mismos, Es reduccionista, empobrecedor, cateto, intolerante, insolidario, va contra los avances de la civilización y sólo conduce a la tribu, al odio y a la desigualdad. Si ya ha producido guerras en la vieja Europa y mantiene conflictos raciales, fronterizos, de pobreza y de miseria en muchos lugares del mundo ¿qué pretenden quienes teniendo unas cotas de autogobierno más que suficientes y como nunca hubieran soñado conseguir, quieren sólo encerrarse en sus pequeños egoísmos y renunciar al enriquecimiento que siempre han producido el mestizaje y la fusión de las culturas y de las civilizaciones? ¿Quiénes y por qué espurios motivos intentan ahora manipular nuevamente la historia y disolver España como un azucarillo después de tantos siglos de búsqueda de nuestra identidad, de esfuerzos por conseguirla con la aportación enriquecedora de todos los pueblos distintos, diferentes, contrapuestos que han formado desde hace muchos siglos la Península Ibérica? ¿Por qué tanto miedo a la fórmula de una España federal, o la vuelta a la fórmula del compromiso histórico de la Corona con las antiguas nacionalidades? ¿Quién teme y por qué a estas alturas al nombre de España? ¿A quienes interesan aún el enfrentamiento y la intolerancia? ¿A quién le asusta la diversidad y la cultura del otro? ¿Estará España condenada por los siglos a reproducir los reinos de Taifas y vivir los fracasos y los errores de los que debiéramos haber aprendido?
España no es un enigma histórico, como dijo el sabio. España está desdichadamente condena a dejar de existir. A perderse en el procelosa mar de los egoísmos históricos que es como verdaderamente se deberían llamas los nacionalismos.
Es cierto que el concepto político de España como una nación unida se acuña a partir de los Reyes Católicos, cuando dan por terminada la llamada Reconquista. Pero entonces la unidad estaba asentada en la unión de los distintos reinos que se habían ido formando desde don Pelayo y de los que los distintos reyes tenían casi un concepto patrimonial. Pero también es cierto que el concepto de Hispania es muy anterior y se halla inscrito en la memoria colectiva desde tiempos remotos. Y no sólo en la memoria colectiva, hay documentos en los que se habla de Hispania. Recuerdo haber visto una vieja inscripción en el Real Colegio de San Clemente de los Españoles (los Bolonios), en la ciudad de Bolonia, fundado en 1365 por el Cardenal Gil Álvarez Carrillo de Albornoz, que llegó a ser como el primer ministro de Papas como Clemente VI, Inocencio VI y Urbano V y artífice de la recuperación de los Estado Pontificios después del destierro de los papas en Avignon. O sea, mucho antes de que Isabel y Fernando en 1492 con la conquista del reino de Granada dieran por terminado el proceso de unión de los distintos reinos hispánicos el deseo de unión y el sentimiento de ser una nación ya existía. Aún así desde los Reyes Católicos hasta prácticamente la Constitución de 1876 el rey era titulado Rey de las Españas, que no era un concepto unido solamente a las colonias de allende los mares, sino a los distintos reinos, que en muchos casos conservaron sus costumbres, tradiciones e incluso su cultura y su lengua.
¿Qué hay, pues, detrás de ese afán de los españoles por separarse del núcleo principal que formó lo que conocemos por España, que fue el antiguo reino castellano-leonés? ¿Qué viejo e incomprensible atavismo nos ha intentado separar continuamente a lo largo de nuestra historia y hasta avergonzarnos- muchos- de sentirse españoles, sin que para ello tuvieran que renunciar a su ser catalán, gallego, vasco, andaluz o murciano? Es cierto que la llamada Monarquía Hispánica fundada por Isabel y Fernando y asentada como idea política durante el reinado de su nieto Carlos I, V emperador de Alemania, era en la práctica una monarquía de corte federal ya que los monarcas debían cuando subían al trono jurar los distintos fueros o conjunto de leyes particulares de los principales territorios que constituían la España, cabeza ya de un vasto imperio que se extendía no sólo por el nuevo continente americano, sino por grandes territorios europeos.
En aquellos años los españoles estaban unidos por un compromiso histórico más implícito que explícito, pero que durante unos siglos hizo la grandeza del imperio, que sólo el comienzo de la decadencia con Felipe IV y Carlos II rompió por los primeros movimientos secesionistas de los catalanes y hasta de los andaluces, que tradicionalmente han sido siempre los que menos afán nacionalista han sentido, pero que en 1648 protagonizaron un movimiento independentista acaudillado por el Marqués de Ayamonte y por el Duque de Medina Sidonia Don Gaspar Alonso Pérez de Guzmán el Bueno.
Fue el cambio de dinastía de los Austrias a los Borbones en 1700 cuando a consecuencia de la Guerra de Sucesión que estalló al poco tiempo, cuando el hijo del emperador de Austria, el Archiduque Carlos le disputa la corona a Felipe V, por creerse con mejor derecho a la sucesión al trono, el enfrentamiento de unos y otros y los partidarios que el austriaco encontró en algunos antiguos reinos, como Cataluña, Mallorca y algunos otros lo que hizo que el final de la guerra se saldara con el llamado Decreto de Nueva Planta. Aquel desafortunado decreto de Felipe V venía a instaurar a imitación de la administración francesa y a las corrientes políticas que corrían en aquella época, la centralización del Estado, con la supresión de las leyes y fueros que seguían gozando algunos de los antiguos reinos que se habían integrado en la monarquía hispánica.
Es bien cierto que el Decreto de Nueva Planta fue más duro con unos territorios que con otros. La fidelidad numantina que los catalanes ( y sobre todo los habitantes de la ciudad de Barcelona) habían demostrado al pretendiente austriaco, el archiduque Carlos, hizo que Cataluña fuera castigada severamente, no sólo destruyendo algunas de sus instituciones más tradicionales como la Generalitat, sino prohibiéndose su lengua y muchos otros signos de su antigua cultura. Todavía la Diada conmemora aquel momento triste y lamentable de la historia catalana. Y aunque algunos monarcas posteriores de la Casa de Borbón realizaron muchos gestos para conseguir la reconciliación con uno de los reinos de más acendrada cultura y más personalidad, no parece que esta se realizara profundamente y desde el siglo XVIII ha sido uno de los lugares de más fuerte sentimiento antiborbónico.
Ha sido Juan Carlos I el que ha demostrado más decisión en lograr la absoluta reconciliación de la Corona con Cataluña con muchos gestos de alto simbolismo. Fue a Cataluña al primer lugar que viajó cuando fue proclamado rey en 1975, pronunciando en su discurso en el salón del Tinell unas emocionadas palabras en catalán. Y fue la magnífica Catedral de Barcelona el lugar elegido para celebrar la boda de su hija la Infanta Elena (que ya llevaba varios años residiendo en la Ciudad Condal y trabajando en una de sus instituciones más características) con el vasco Iñaki Urdangarín. Aquella fiesta, de cuyo éxito muchos dudaron, y a la que yo llamo “la boda autonómica” por unas características verdaderamente singulares. No sólo se casaba la hija de un Borbón en un territorio que no ha perdonado a los Borbones aún muchas afrentas y lo hacía con un deportista vasco, aunque integrado perfectamente en la sociedad catalana, hijo además de un miembro destacadísimo del partido separatista vasco, el PNV. Aquella boda de la reconciliación ofreció el insólito espectáculo de poder contemplar casi sin solución de continuidad la tradicional Salve a la Nostra Mare de Deu de la Mercé, patrona de Barcelona, los fuegos de artificio tan mediterráneos, torres humanas catalanas, con el arresku o danza de bienvenida vasca a la llegada de los novios al Palacio de Pedralbes para el banquete nupcial. Toda una ejemplar lección de historia de la reconciliación.
Pero todos estos gestos, como los realizados por el propio Rey Juan Carlos en el llamado País Vasco (un invento de una más dudosa realidad política e histórica) y en otros muchos lugares de fuerte simbolismo para las distintas autonomías no han servido de nada. El compromiso histórico que significó la Constitución de 1978 y el Estado de las Autonomías que de ella salió por la inmensa generosidad que demostraron todos los protagonistas de aquel paso histórico, de un país que salía de la larga noche oscura de una dictadura de cuarenta años, en el que no sólo se pisotearon los símbolos e identidades de los distintos territorios españoles, sino los propios derechos y libertades de todos los ciudadanos sea cual fuera su lugar de origen, cuando han pasado algo más de 25 años está otra vez sometido a ese viento huracanado que de vez en cuando nos lleva a los habitantes de este viejo país a tirar cada uno para un lado, a intentar separarse del resto, al sentir vergüenza de confesarse españoles y a respetar los símbolos históricos que nos unen tan dolorosamente conseguidos a lo largo de una difícil y conflictiva historia.
La verdad es que España sólo existió verdaderamente seis o siete años. Al menos el sentimiento patrio de sentirse todos y al mismo tiempo españoles. Fue durante la Guerra de la Independencia. Desde que el modesto alcalde de Móstoles declarara la guerra al invasor francés, haciendo una llamada a luchar todos juntos frente al odiado gavacho. Después nada. Las tropelías absolutistas del canalla de Fernando VII, el conflicto dinástico que produjo el carlismo, dividiendo a España en isabelinos y carlistas, o lo que es lo mismo en ultraconservadores, representantes de la España más negra e inquisitorial y en liberales en busca de una Constitución que de verdad convirtiera el antiguo régimen en un sistema democrático. Eso duró todo el siglo XIX y cuando la Constitución de 1876 parece que lo consigue, comienzan los movimientos separatistas a poner continuamente en jaque a la Corona, al Parlamento y a la unidad, tan difícilmente conseguida y que tanta sangre había costado.
Cualquier historiador o un simple analista objetivo y desprejuiciado de nuestra realidad histórica, puede llegar a la conclusión de la enorme importancia que el recurrente y a veces demencial separatismo español ha tenido en el fracaso de los dos ensayos republicanos que hemos tenido. La I República acabó como el rosario de la aurora porque hasta Cartagena se sentía un estado independiente y porque las discusiones y diferencias sobre lo que tenía que ser España convirtió el Parlamento en una insoportable jaula de grillos que hizo que hasta el más republicano de todos don Emilio Castelar tirara la toalla. De la II, de la surgida de las elecciones municipales de abril de 1931 para qué hablar. Incluso los partidos que tenían en su credo político la universalidad de los derechos ciudadanos, de todos los ciudadanos del mundo, sin distinción alguna, se sacaron algo más que los ojos por el reduccionismo separatista y el egoísmo autonómico. De la Constitución republicana se obtuvieron sí muchos derechos democráticos que antes no disfrutaban los españoles, muchos avances y el intento frustrado de acabar con el poder tan tradicional como dañino de la Iglesia Católica y los privilegios de las clases altas, varios Estatutos de Autonomía para las comunidades que ellos llamaron históricas y una guerra entre hermanaos de tres años, con más de un millón de muertos y la consecuencia del enfrentamiento civil más grave de toda nuestra historia y finalmente una cruel dictadura militar de más de cuarenta años.
¿Mereció la pena que los catalanes, vascos, gallegos y casi los andaluces consiguieran un Estatuto que reconociera su propia identidad histórica y la recuperación o el invento, en muchos caso, de unas instituciones que algunas habían sido machacadas y otras sencillamente inventadas por fanáticos visionarios, más o menos bien intencionados?. Yo creo que no. Como creo que cuando pensamos que el Estado de las Autónomas que siguió a la Constitución de 1978 iba definitivamente a conformar un Estado en el que cada región, cada antiguo reino, cada ciudadano podría al fin sentirse catalán, gallego, andaluz, murciano, navarro, aragonés o extremeño sin sentir a la vez vergüenza de sentirse español y aceptar los símbolos que nos unen con el mismo respeto y reconocimiento como los suyos propios que todos íbamos también a respetar, nos equivocamos nuevamente. Algunas autonomías se han sentido insaciables, insolidarias, con un afán de venganza y resentimiento que sólo puede conducir a la asfixia en su propio provincianismo y en el encerramiento empobrecedor de la complacencia en su propio ser histórico, que no permite la tolerancia, la auténtica solidaridad y la apertura de todos juntos a la modernidad y a la auténtica globalización que vive el mundo y que a pesar de sus problemas, que también los tiene, nos puede y nos debe hacer más solidarios no sólo entre los habitantes de la vieja Hispania, sino con los habitantes de todos los pueblos de la tierra.
El nacionalismo es uno de los peores y más peligrosos sentimientos actuales. Una de las plagas de la humanidad, que amenaza con hacernos cada día más egoístas y más ensimismados en nosotros mismos, Es reduccionista, empobrecedor, cateto, intolerante, insolidario, va contra los avances de la civilización y sólo conduce a la tribu, al odio y a la desigualdad. Si ya ha producido guerras en la vieja Europa y mantiene conflictos raciales, fronterizos, de pobreza y de miseria en muchos lugares del mundo ¿qué pretenden quienes teniendo unas cotas de autogobierno más que suficientes y como nunca hubieran soñado conseguir, quieren sólo encerrarse en sus pequeños egoísmos y renunciar al enriquecimiento que siempre han producido el mestizaje y la fusión de las culturas y de las civilizaciones? ¿Quiénes y por qué espurios motivos intentan ahora manipular nuevamente la historia y disolver España como un azucarillo después de tantos siglos de búsqueda de nuestra identidad, de esfuerzos por conseguirla con la aportación enriquecedora de todos los pueblos distintos, diferentes, contrapuestos que han formado desde hace muchos siglos la Península Ibérica? ¿Por qué tanto miedo a la fórmula de una España federal, o la vuelta a la fórmula del compromiso histórico de la Corona con las antiguas nacionalidades? ¿Quién teme y por qué a estas alturas al nombre de España? ¿A quienes interesan aún el enfrentamiento y la intolerancia? ¿A quién le asusta la diversidad y la cultura del otro? ¿Estará España condenada por los siglos a reproducir los reinos de Taifas y vivir los fracasos y los errores de los que debiéramos haber aprendido?
España no es un enigma histórico, como dijo el sabio. España está desdichadamente condena a dejar de existir. A perderse en el procelosa mar de los egoísmos históricos que es como verdaderamente se deberían llamas los nacionalismos.
Comentario:
Me uno a ese camino hacia la universalidad.





