La vanidad de la ceniza
Es el título del libro que nos deja, como testamento, ese gran poeta popular y hondamente andaluz que ha sido y será siempre Rafael Montesinos, "la vanidad de la ceniza". Pronto podremos leerlo y conocer esos versos póstumos que el poeta sevillano nos deja como el mejor legado de toda una vida dedicada a la poesía.
El destino ha hecho coincidir la muerte de Rafael Montesinos con el Premio Andalucía de la Crítica en la modalidad de poesía a mi libro "La casa vacía", cuya primicia dí el pasado día 8 de febrero en la Tertulia que Rafael presidía desde hacía más de cincuenta años. Siempre lo había hecho con cada uno de mis nuevos libros, incluso antes de aquel Adonais de 1971 "Elegía y No", que me lanzó a empujones al mundo de la literarura y cuya primera lectura fue en la Tertulia Hispanoamericana, con la imponente presencia de un silencioso Don Gerardo Diego, estatua ya de si mismo y de su generación tan venerada por la mía.
Ahora me dicen que fue la última tertulia, la del 8 de febrero, que presidió Rafael. Después llegó despacio la muerte, esa a la que él le pedía "Le tengo dicho a la Muerte/ que se me acerque despacio,/ que no me diga a qué viene."... No sé si en esta ocasión (había habido otras) la Muerte le dijo a Rafael que venía para llevárselo definitivamente a Sevilla. Porque "nadie se muere la víspera", sabia máxima que un día oí por televisión y que debe ser de esos compendios de sabiduría popular de nuestra tierra andaluza, cincelada a fuerza de muchas culturas y muchas civilizaciones pasando por la misma tierra y dejando su pozo de saber y de estar que muchos no entienden, pero que los andaluces llevamos en la sangre como un ADN intransferible que no tiene nada que ver con el RH, del que otros presumen.
Cuando te dan un premio es fácil que te ataque la vanidad. Afortunadamente a mí no me ha ocurrido nunca. He visto siempre la ceniza antes que el fuego. Será porque mi vida ha sido difícil o porque no he sido fácil al halago y todavía me pongo rojo cuando se habla de mí en mi presencia, sobre todo si es en términos elogiosos. No diré que soy humilde. Y tampoco poseo la virtud de la modestia. Simplemente es sentido comím y esa manera también tan andaluza de tener la certeza de que las cosas (incluso la gloria, todo tipo de gloria ) son más perecederas que nosotros mismos, que ya nacemos con la fecha de caducidad metida en nuestros genes.
Eso no quiere decir que uno no tenga su autoestima y cuando te la pisotean y te maltratan en el trabajo al que has dedicado muchos años de tu vida, aflore lo que mi psiquiatra (tan bajo he caído en el abismo de la depresión que he necesitado ayuda de un psiquiatra) dice que es rencor y que yo creo que es defensa de la dignidad profesional, amor al trabajo que has hecho con las mejores armas que tenías y de la mejor manera posible, sin escatimar horas, ni tiempo, ni dedicación. Y eso si que no tiene que ver con la ceniza de la vanidad ni con la vanidad que engendra toda obra humana cuando pasan los años y se pierde en el olvido.
El destino ha hecho coincidir la muerte de Rafael Montesinos con el Premio Andalucía de la Crítica en la modalidad de poesía a mi libro "La casa vacía", cuya primicia dí el pasado día 8 de febrero en la Tertulia que Rafael presidía desde hacía más de cincuenta años. Siempre lo había hecho con cada uno de mis nuevos libros, incluso antes de aquel Adonais de 1971 "Elegía y No", que me lanzó a empujones al mundo de la literarura y cuya primera lectura fue en la Tertulia Hispanoamericana, con la imponente presencia de un silencioso Don Gerardo Diego, estatua ya de si mismo y de su generación tan venerada por la mía.
Ahora me dicen que fue la última tertulia, la del 8 de febrero, que presidió Rafael. Después llegó despacio la muerte, esa a la que él le pedía "Le tengo dicho a la Muerte/ que se me acerque despacio,/ que no me diga a qué viene."... No sé si en esta ocasión (había habido otras) la Muerte le dijo a Rafael que venía para llevárselo definitivamente a Sevilla. Porque "nadie se muere la víspera", sabia máxima que un día oí por televisión y que debe ser de esos compendios de sabiduría popular de nuestra tierra andaluza, cincelada a fuerza de muchas culturas y muchas civilizaciones pasando por la misma tierra y dejando su pozo de saber y de estar que muchos no entienden, pero que los andaluces llevamos en la sangre como un ADN intransferible que no tiene nada que ver con el RH, del que otros presumen.
Cuando te dan un premio es fácil que te ataque la vanidad. Afortunadamente a mí no me ha ocurrido nunca. He visto siempre la ceniza antes que el fuego. Será porque mi vida ha sido difícil o porque no he sido fácil al halago y todavía me pongo rojo cuando se habla de mí en mi presencia, sobre todo si es en términos elogiosos. No diré que soy humilde. Y tampoco poseo la virtud de la modestia. Simplemente es sentido comím y esa manera también tan andaluza de tener la certeza de que las cosas (incluso la gloria, todo tipo de gloria ) son más perecederas que nosotros mismos, que ya nacemos con la fecha de caducidad metida en nuestros genes.
Eso no quiere decir que uno no tenga su autoestima y cuando te la pisotean y te maltratan en el trabajo al que has dedicado muchos años de tu vida, aflore lo que mi psiquiatra (tan bajo he caído en el abismo de la depresión que he necesitado ayuda de un psiquiatra) dice que es rencor y que yo creo que es defensa de la dignidad profesional, amor al trabajo que has hecho con las mejores armas que tenías y de la mejor manera posible, sin escatimar horas, ni tiempo, ni dedicación. Y eso si que no tiene que ver con la ceniza de la vanidad ni con la vanidad que engendra toda obra humana cuando pasan los años y se pierde en el olvido.





