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Diario de un poeta casado
Diario de un escritor casado, con 2 hijos, que vive el día con intensidad y contemplación
Acerca de
Nací en Valencia hace 30 años, pero vivo en el centrísimo de Andalucía. Soy escritor por vocación, porque vuelvo una y otra vez a beber de la cristalina fuente de la literatura. También soy padre de dos hijos, el mayor es el de la foto (que puedes guardar en tu disco duro, para ver mejor). Y escribo poemas a destiempo, y una tercera novela, y vivo lo que puedo y lo que los libros me deparan en la tarde.
Sindicación
 
Aterra
Aterra, de la historia de la pastora Marcela (en el Quijote, I), que muriera su madre de parto y su padre de pena luego, y qeu ese motivo no lo añada a la lista de argumentos que podría esgrimir para no casarse nunca y morir tan en la flor de la vida al darla con su luz de parto "propria".

 
Esta luz
Esta luz que atraviesa la ventana de la cafetería me sirve de espejo ante los ojos y los cuerpos que pasan al otro lado, camino de unos ojos claros y serenos, en pos del timbre dulce de otras voces que nada saben de la mía, y buscando otro olor no menos verdadero que el de este café espeso que me aguarda. La vida tras el escaparate pasa sin apenas dejar rastro. Y, sin embargo, los ojos, con su categoría de tormenta viva, abren el aire y en él ponen un roce de carne blanca, una caricia sonrosada, un pétalo de risas...
 
El sabor
Igual que el sabor del vino
no se aprecia hasta que dejas de tragar,
así el sabor del amor
se aprecia cuando recién lo pierdes.
Y la vida.
Y la juventud.
Y todo.
Y nada.
 
Un sueño
Esta noche he soñado con mi madre. Ella había logrado envejecer, había vivido mi madurez y conocido a mis hijos: sus nietos. Estaba en una cama echada plácidamente. La habíamos encontrado así al entrar en su piso (tenía un piso en la ciudad) y pensábamos que ya estaba muerta. Pero sonreía todavía y respiraba. Alzó una mano y me tocó el pelo, mientras decía que la dejara morir tranquila y feliz, pues había vivido una vida plena y blanca con nosotros...
Y en ese momento desperté y sentí de nuevo el dolor de su muerte hace ya casi siete años, siete largos años sin su cariño de madre, el más verdadero e imposible del mundo.