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Sindicación
 
Reflexion de un antropólogo.
Llevaba tiempo sin escribir nada aqui. Asi que hoy, hala, dos tazas.
Día a día, examinando la información que nos llega con cualquier medio (prensa escrita, televisión, radio...) es fácil comprobar un hecho que al menos se puede calificar de curioso: la creciente existencia de diferentes tipos de muros. Algunos físicos, otros ideológicos y culturales, pero que tienen en común su función de barrera más o menos efectiva en algunos casos: las vallas que delimitan la ciudades autónomas de Ceuta y Melilla; el muro electrónico que vigila la costa sur española; las leyes represoras de la inmigración; diferentes opciones políticas que se alimentan de la exclusión y que avanzan en ciertos lugares en el terreno de las urnas; la opresión de la deuda externa... Y del famoso muro de Israel ni hablemos.
Pero nos hemos acostumbrado también a hechos que entran en contradicción con los anteriormente citados: un mundo abierto por las nuevas tecnologías (internet, telefonía, cable, etc.); la globalización, con un mercado sin fronteras; el teórico avance de las instituciones internacionales especializadas en la mediación de conflictos...
De dicha contradicción tendríamos una primera visión de la realidad: que a este lado falta iniciativa para solucionar los problemas que existen al otro lado de dichos muros; que caen los muros del Este pero se levantan otros en el Sur; que los constructores tendrán mas facilidad para levantar dichos muros; que en ambos lados avanzan las sombras de la desigualdad y la violencia, etc.
La solución a dichos problemas pasaría por centrar el trabajo en extender ciertos valores en el mundo “global” y desarrollado; en hacer ver lo que existe detrás de esos muros y, en definitiva, derribar los muros porque sencillamente no hagan falta. Solo así iremos todos, globalmente, por el buen camino.
 
Reflexion de un geógrafo.
La vorágine diaria, ese caos que te envuelve, desplaza tus prioridades y crea nuevas y continuas necesidades, tiene una de sus facetas mas negativas en la falta de tiempo unida a la necesidad de una movilidad obligada. A nivel personal, he aprovechado un rato muerto en uno de los tristemente habituales colapsos para llegar a mi lugar de trabajo para realizar la siguiente reflexión.
Estamos delante de una oportunidad de comenzar la conquista de un espacio que en el siglo XX fue tomado por el vehículo privado de una manera a menudo excesiva. Se trataría de devolver a la vía pública y urbana las funciones propias de relaciones personales, sociales, comerciales, etc. que siempre las habían caracterizado, haciendo que se pueda hablar verdaderamente de armonía entre el ciudadano como peatón y el vehículo privado. Esto implicaría un uso mas lógico de los vehículos que, hoy por hoy, continúan siendo imprescindibles para acceder a muchos destinos interurbanos y sobretodo en ciertos horarios.
Este solo es un primer paso, pero se tiene que ir mas lejos aún. La calidad urbana requiere parámetros que hasta hace bien poco no se habían tenido en cuenta: la calidad atmosférica, la seguridad ciudadana, los ruidos, el diseño... Y somos los conductores (que nunca hemos de olvidar que somos también peatones en primer lugar) los que hemos de rebajar la presión de nuestro coche sobre el espacio urbano, haciendo un uso más lógico de los vehículos en el interior del núcleo urbano, moviéndonos como viandantes de manera cotidiana para realizar aquellas actividades habituales.
 
Un mail.
Una amiga me ha enviado esto:
“Si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo y me regalara un trozo de vida, posiblemente no diría todo lo que pienso, pero en definitiva pensaría todo lo que digo.

Daría valor a las cosas, no por lo que valen, sino por lo que significan.

Dormiría poco, soñaría más, entiendo ahora que por cada minuto que cerramos los ojos, perdemos sesenta segundos de luz. Andaría cuando los demás se detienen, despertaría cuando los demás duermen. Escucharía cuando los demás hablan y ¡cómo disfrutaría de un buen helado de chocolate!

Si Dios me obsequiara un trozo de vida, vestiría sencillo, me tiraría de bruces al sol, dejando descubierto, no solamente mi cuerpo, sino mi alma.

Dios mío si yo tuviera un corazón, escribiría mi odio sobre el hielo, y esperaría a que saliera el sol. Pintaría con un sueño de Van Gogh sobre las estrellas un poema de Benedetti, y una canción de Serrat seria la serenata que le ofrecería a la luna. Regaría con mis lágrimas las rosas, para sentir el dolor de sus espinas, y el encarnado beso de sus pétalos...

Dios mío, si yo tuviera un trozo de vida... No dejaría pasar un solo día sin decirle a la gente que quiero, que la quiero. Convencería a cada mujer u hombre que son mis favoritos y viviría enamorado del amor.

A los hombres les probaría cuán equivocados están al pensar que dejan de enamorarse cuando han sufrido un fracaso amoroso o cuando envejecen, sin saber que dejan de enamorarse cuando olvidan al amor ¡o que envejecen cuando dejan de enamorarse! A un niño le daría alas, pero le dejaría que él solo aprendiese a volar. A los viejos les enseñaría que la muerte no llega con la vejez, sino con el olvido. Tantas cosas he aprendido de los hombres... He aprendido que todo el mundo quiere vivir en la cima de la montaña, sin saber que la verdadera felicidad está en la forma de subir la escarpada. He aprendido que cuando un recién nacido aprieta con su pequeño puño, por primera vez el dedo de su padre, lo tiene atrapado por siempre.

He aprendido que un hombre sólo tiene derecho a mirar a otro hacia abajo cuando ha de ayudarle a levantarse. Son tantas las cosas las que he aprendido, pero realmente de mucho no habrán de servir, porque cuando me guarden dentro de esa maleta, infelizmente me estaré muriendo.

Siempre di lo que sientes y haz lo que piensas. Si supiera que hoy fuera la última vez que te voy a ver dormir, te abrazaría fuertemente y rezaría al Señor para poder ser el guardián de tu alma. Si supiera que esta fuera la última vez que te vea salir por la puerta, te daría un abrazo, un beso y te llamaría de nuevo para darte más. Si supiera que esta vez es la última que voy a oír tu voz, grabaría cada una de tus palabras para poder oírlas unas y otra vez indefinidamente. Si supiera que estos son los últimos minutos que te veo diría “te quiero” y no asumiría, tontamente, que ya lo sabes.

Siempre hay un mañana y la vida nos da otra oportunidad para hacer las cosas bien, pero por si me equivoco y hoy es todo lo que nos queda, me gustaría decirte cuanto te quiero, que nunca te olvidaré.

El mañana no le está asegurado a nadie, joven o viejo. Hoy puede ser la última vez que veas a los que amas. Por eso no esperes más, hazlo hoy, ya que si el mañana nunca llega, seguramente lamentarás el día que no tomaste tiempo para una sonrisa, un abrazo, un beso, y que estuviste muy ocupado para concederles un último deseo. Mantén a los que amas cerca de ti, diles al oído lo mucho que los necesitas, quiérelos y trátalos bien, toma tiempo para decirles “lo siento”, “perdóname”, “por favor”, “gracias” y todas las palabras de amor que conoces.

Nadie te recordará por tus pensamientos secretos. Pide tener la fuerza y sabiduría para expresarlos. Demuestra a tus amigos cuanto te importan.”

No esta mal, ¿no?.