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Familia sin nombre

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NOMBRE
JULIO VERNE


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CUADERNO PRIMERO
I
ALGUNOS HECHOS, ALGUNAS FECHAS
Se tiene lástima del pobre género hu mano que se d e-
güella por «algunas aran zadas de hielo» decían los filósofos
del siglo XVIII; y esto es lo peor que podían decir tratándose
del Canadá, cuya posesión disputaban, en aquella época, los
franceses a los soldados de Inglaterra.
Doscientos años antes, Francisco I exclamó, respecto a
ciertos territorios americanos reclamados por el rey de E s-
paña y por el de Portugal: «Me gustaría mucho ver el artículo
del testamento de Adán que les lega esa vasta herencia» El
rey de Francia no iba tan descaminado en sus pretensiones,
puesto que algún tiempo después una parte de aquellos t e-
rritorios tomaron el nombre de Nueva Francia; y aun cuando
los franceses no han podido conservar aquella magnífica
colonia ame ricana, la mayor parte da sus habitantes son
franceses de corazón y están unidos a la antigua Galia por
los lazos de la sangre, por la identidad da raza y por los in s-


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tintos naturales, que la política internacional no llegará nunca
a desterrar.
En realidad, las «algunas aranzadas de hielo» tan mal c a-
lificadas por los filósofos, forman un reino cuya superficie es
igual a la de Europa.
Un francés fue el que tomó posesión de aquellos vastos
territorios en 1534.
Santiago Cartier, oriundo de Saint-Maló, penetró hasta
el centro de dicha co marca, remontando el curso del río, al
que se dio el nombre de San Lorenzo, y al año siguiente, el
atrevido maluino, llevando adelante su exploración hacia el
Oeste, llegó frente a un grupo de cabañas, Canadá en idioma
indio, en donde se fun dó Quebec; después llegó a la a l-
dehuela de Hochelaga, hoy Montreal. Dos siglos más tarde,
estas dos ciudades iban sucesivamente a tomar el nombre de
capitales, en concurrencia con Kingston y Toronto, cuando
para poner fin a sus rivalidades políticas la villa de Otawa fue
declarada residencia del Gobierno de aquella colonia amer i-
cana, que Inglaterra llama en la actualidad Dominion of Cana-
da.
Algunos hechos y algunas fechas bas tarán para dar a
conocer los progresos de este importante Estado desde su
fundación hasta el período de 1830-40, durante el que se han
desarrollado los acontecimientos que nos proponemos dar a
conocer en el presente libro.
En el año 1595, en el reinado de En rique IV, Cha m-
plain, uno de los buenos marinos de aquellos tiempos, volvió
a Europa después de su primer viaje a las al turas de que nos
ocupamos, durante el cual escogió el sitio en que es había de


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fundar la ciudad de Quebec. Formó parte de la expedición
de M. de Mons, portador, de patentes para el comercio e x-
clusivo de pieles, que le otorgaban el derecho de conceder
terrenos en el Canadá. Champlain, cuyo carácter aventurero
no podía acostumbrarse sólo a tratar de negocios, abandonó
a su compañero, y remontando de nuevo el curso del río San
Lorenzo, edificó a Quebec en 1606.
Hacía ya dos años que los ingleses ha bían empezado a
fundar su primer esta blecimiento americano, en los límites
de la Virginia. Naturalmente, nacieron de aquí los gérmenes
de la notable rivalidad entre ambas naciones, y, más aun des-
de aquella época se manifestaron los indicios de la lucha que
Inglaterra y Francia sostuvieron en el Nuevo Mundo.
En el principio, los indígenas tomaron necesariamente
parte en las diversas fases de tal antagonismo. Los algonqu i-
nes y los hurones se declararon por Champlain, en contra de
los iroquisos, que for maban causa común con los soldados
del Reino Unido. En 1609 éstos fueron bati dos en las orillas
del lago que ha conservado el nombre del marino francés.
En 1613 y 1615, Champlain verificó otros dos viajes y
llegó hasta las regiones casi desconocidas del Oeste, en las
orillas del lago Hurón; se marchó de allí y volvió por tercera
vez al Canadá. Por fin, después de hacer frente a toda clase
de intrigas, fue nombrado gobernador de Nueva F rancia en
el año 1620.
Con este nombre es creó entonces una sociedad, cuya
constitución fue aprobada por Luis XIII en 1628, que se
comprometía a llevar al Canadá cuatro mil franceses catól i-
cos en el espacio de quince años. Los primeros buques e x-


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pedidos por la So ciedad a través del Océano, cayeron en
poder de los ingleses, que avanzando después por el valle de
San Lorenzo, intimaron a Champlain que se rindiera. El in-
trépido marino rehusó; pero la falta de recursos y de socorro
le impusieron la obligación de capitular, capitulación honr o-
sa en verdad, que entregó Quebec a los ingleses en 1629.
En 1632 Champlain salió de nuevo de Dieppe con tres
navíos, volvió a tomar posesión del Canadá, restituido a
Francia por el tratado del 13 de Julio del mismo año, fundó
nuevas ciudades, estableció el primer colegio canadiense,
dirigido los padres jesuitas, y murió el día de Navidad del
año 1635 en el país conquistado a fuerza de voluntad y de
audacia.
Durante algún tiempo las relaciones comerciales cont i-
nuaron entre los colonos franceses y los de Nueva Inglaterra,
mas aquellos tenían que luchar contra los iroqueses, muy
temibles por su número, pues la población europea no exc e-
día aun de dos mil quinientas almas. Así es que la Sociedad,
viendo que sus negocios andaban mal, se dirigió en demanda
de socorro a Colbert, que envió al marqués de Tracy con una
escuadra. Los iroqueses, rechazados al principio, volvieron
pronto a la carga, viéndose apoyados por los ingleses, y un
horrible degüello de colo nos tuvo lugar en la s cercanías de
Montreal.
Aun cuando en 1665 la población había crecido mucho
en número, así como el dominio superficial de la colonia, no
había, sin embargo, más que trece mil franceses en el Can a-
dá, mientras que los ingleses tenían ya doscientos mil hab i-
tantes de raza sajona en Nueva Inglaterra.


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La Acadia, que forma en la actualidad la Nueva Escocia,
fue el teatro de una guerra que se extendió después hasta
Quebec, de donde fueron rechazados los in gleses en 1690.
El tratado de Ryswick, en 1697, aseguró a Francia la pos e-
sión de todos los territorios que el atrevimiento de sus de s-
cubridores o el valor de sus hijos habían hecho suyos en el
Norte de América, y al propio tiempo, las tribus rebel des,
iroqueses, hurones y otras, se pusie ron bajo la protecció n
francesa por el convenio de Montreal.
En 1703, el marqués de Vaudreuil, hijo de un primer
gobernador del mismo nombre, fue a su vez nombrado para
aquel alto puesto en el Canadá, que la neutrali dad de los iro-
queses hacía más fácil de defender contra las agresiones de
los colonos de la Gran Bretaña.
La lucha empezó de nuevo en los establecimientos de
Terranova, que eran ingleses, y en la Acadia, que en 1711 se
escapó de las manos del marqués de Vau dreuil. Esta separa-
ción permitió a las fuerzas angloamericanas reunirse para la
conquista del dominio canadiense, en don de los iroqueses,
ganados por los ingleses, volvieron a hacerse sospechosos.
Entonces fue cuando el tratado de Utrecht, año de 1713
consumó la pérdida de la Acadia, asegurando por treinta
años la paz con Inglaterra.
Durante este periodo de calma, la colo nia hizo grandes
progresos, y los franceses construyeron algunos fuertes para
asegurar a sus descendientes la posesión de aquellos terr e-
nos.
En 1721, la población alcanzaba la cifra de veinticinco
mil almas, y de cincuenta mil en 1744. Podía creerse que los


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tiempos difíciles habían acabado ya; mas por des gracia no
era así, pues por causa de la guerra de sucesión de Austria,
Inglaterra y Francia volvieron a encontrarse frente a frente
en Europa, y por consecuencia en América también. Tuvi e-
ron ambas naciones varias alternativas de victorias y de d e-
rrotas, hasta que el tratado de Aixla -Chapelle (1747) repuso
las cosas en el estado en que estaban cuando el tratado de
Utrecht.
Si bien es verdad que la Acadia fue en adelante posesión
británica, lo cierto es también que continuó siendo francesa
por las generales tendencias y simpatías de sus habitantes; así
es que el Reino Unido provocó la emigración anglosajona
para asegurar su preponderancia de raza en las provincias
conquistadas. Francia procuró hacer lo mismo en el Canadá;
mas el éxito no correspondió a sus esfuerzos, y la ocupación
de los terrenos del Ohio volvió a poner los rivales enfrente
uno de otro.
Entonces fue cuando, delante del fuerte Duquesne, r e-
cientemente construido por los compatriotas del marqués de
Vaudreuil, Washington apareció al frente de una fuerte c o-
lumna angloamericana. Pero Franklin, ¿no acababa de decl a-
rar que el Canadá no podía ser francés?
Dos escuadras partieron al mismo tiempo de Europa, la
una de Francia, y la otra de Inglaterra. Después de una e s-
pantosa matanza que ensangrentó la Acadia y los territorios
del Ohio, declaróse oficialmente la guerra por la Gran Br e-
taña el 18 de Mayo de 1756.
En aquel mismo mes, el gobernador señor de Vaudreuil
pidió con instancia que le enviasen refuerzos, y el marqués


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de Montcalm fue encargado del mando del ejército can a-
diense, compuesto solamente de cuatro mil hombres. El
ministro no pudo disponer de un efectivo más considerable,
porque la guerra de América tenía en Francia pocos partida-
rios, sucediendo lo contrario en el Reino Unido. El principio
de la campaña fue favorable al marqués de Montcalm, quien
se apoderó del fuerte William -Henry, edificado al Sur del
lago Jorge, que es una prolonga ción del de Champlain. D e-
rrotó a las tropas, angloamericanas en la jornada de Carillon;
pero a pesar de estas brillantes victorias, los franceses tuvi e-
ron que evacuar el fuerte Duquesne, y perdieron el de Niága-
ra, entregado por una guarnición demasiado débil, a quien,
por otra parte, la traición de los indios impidió socorrer a
tiempo. El general Wolfe, a la cabeza de ocho mil hombres,
oportunamente desembarcados, se apoderó de Quebec en el
mes de Septiembre de 1759; y aun cuando los franceses g a-
naron la batalla da Montmorency, no pudieron evitar una
derrota definitiva. Montcalm fue muerto, lo mismo que Wol-
fe, y los ingleses quedaron, en parte, dueños de las provincias
canadienses.
Al año siguiente se hizo una nueva tentativa para rec u-
perar a Quebec, llave del San Lorenzo, mas dicho intento
salió mal, y poco tiempo después Montreal se vio obligada a
capitular también, a pesar de la enérgica defensa que opusi e-
ron los habitantes de la mencionada ciudad.
El 10 de Febrero de 1763 se celebró un nuevo tratado,
por el que Luis XV renunció a sus pretensiones sobre la
Acadia, en provecho de Inglaterra, cediéndola además, en


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exclusiva propiedad, el Canadá y todas sus dependencias. La
Nueva Francia no existió ya sino en el corazón de sus hijos.
Pero los ingleses jamás han sabido atraerse a los pueblos
que han sometido a su yugo; no saben más que destruirlos, y
no se aniquila así como se quiera a una nacionalidad cuando
la mayor parte de los habitantes han conservado el amor a su
antigua patria y a sus aspiraciones de siempre. En vano la
Gran Bretaña organizó tres Gobiernos, Quebec, Montreal y
Trois-Rivières; en vano quiso imponer la ley inglesa a los
canadienses y obligarlos a prestar un juramento de fidelidad,
pues a consecuencia de enérgicas reclamaciones por parte de
éstos en 1774, fue aprobado un bill que estableció de nuevo
en la colonia la legislación francesa.
Si bien el Reino Unido no tenía ya nada que temer por
parte de Francia, pronto se encontró enfrente de los amer i-
canos, que, atravesando el lago Champlain, se apoderaron de
Carillon, de los fuertes San Juan y Federico, y marchando
después con el general Montgomery sobre Montreal, se apo-
deraron de esta ciudad, dete niéndose ante Quebec, que no
pudieron asaltar.
Al año siguiente, 4 de Julio de 1776, se proclamó la i n-
dependencia de los Estados Unidos de América.
Hubo entonces un período lamentable para los fra n-
co-canadienses.
Los ingleses tenían gran temor de que la colonia sac u-
diera su yugo para formar parte de la gran federación y se
refugiara bajo la bandera estrellada que los americanos h a-
bían desplegado.


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No sucedió nada de esto, y séanos permitido sentirlo en
interés de los verdaderos patriotas.
En 1791 una nueva Constitución dividió el país en dos
provincias: al Alto Canadá, al Oeste, y el Bajo al Este, siendo
Quebec la capital. Cada una de estas provin cias tuvo un
Consejo legislativo nombrado por la Corona y una Cámara
elegida por cuatro años por los terratenientes de las ciud a-
des. La población ascendía entonces a ciento treinta y cinco
mil habitantes, de los que sólo quince mil eran de origen
inglés.
Lo que debían de ser las aspiraciones de los colonos,
violentados por la Gran Bretaña, está resumido en el enc a-
bezamiento del periódico El Canadiense, fundado en Quebec
en el año 1806, que decía así: Nuestras instituciones, nuestro idio-
ma y nuestras leyes. Combatieron para conquistar este triple
desiderátum, y la paz, que se firmó en Gante en 1814, puso
término a esa guerra, en la que victorias y derrotas fueron
casi iguales para ambas partes.
Pero la lucha empezó otra vez entre las dos razas que
ocupaban el Canadá de un modo tan desigual; esa lucha
principió un el terreno puramente político; los diputa dos
reformistas, siguiendo las huellas de su colega el heroico
Papineau, no cesaron de atacar en todas las cuestiones la
autoridad de la metrópoli: cuestiones electora les, cuestiones
de terrenos concedidos en proporciones enormes a los colo-
nos de origen inglés, etc. Por más que los Gobernadores
prorrogasen o disolviesen la Cámara, nada era bastante para
amedrentar la oposición. Los realistas, los leales, como se
llamaban ellos mismos, tuvieron entonces la idea de derogar


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la Constitución de 1791, de hacer del Canadá una sola pr o-
vincia, para dar más influencia al elemento inglés; de prohibir
el uso del idioma francés, que era el oficial en el Parlamento
y en los Tribunales; pero Papineau y sus amigos reclamaron
con tanta energía, que la Corona renunció a establecer ese
detestable proyecto.
A pesar de este acuerdo, las discusiones fueron cada vez
más vivas, y las elecciones trajeron consigo serias colisiones.
En Mayo de 1831 estalló en Montreal un motín que costó la
vida a tres patriotas franco-canadienses. La población, de las
villas y del campo se reunió en meetings, y una activa propa-
ganda se hizo en toda la provincia. Se publicó un manifiesto
en el que se enumeraba en noventa y dos artículos las quejas
de la raza canadiense en contra de la anglosajona, y en el que
se pedía la acusación del gobernador general, lord Aylmer.
Este manifiesto adoptóle la Cámara a pesar de la gran opos i-
ción de algunos reformistas, que le encontraban insuficiente.
En 1834 hubo nuevas elecciones; Papineau y sus partidarios,
fueron reelegidos, y fieles a las reclamaciones de la prec e-
dente legislatura, insistieron en que se presentara el Gobe r-
nador general ante los Tribunales; pero la Cámara fue
prorrogada en Marzo de 1835 y el Ministerio quitó a lord
Aylmer, mandando en su puesto al Comisario real, lord Gos-
ford, con otros dos encargados de estudiar las causas de la
agitación que reinaba por aquel entonces. Lord Gosford
manifestó públicamente las disposiciones conciliadoras de la
Corona respecto a sus súbditos en Ultramar, sin poder co n-
seguir que los diputados quisieran reconocer los poderes de
la Comisión encargada de informar.


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Mientras tanto, merced a la emigración, el partido inglés
se reforzó poco a poco en el Bajo Canadá. En Montreal y en
Quebec se formaron asociaciones constitucionales para r e-
primir a los reformistas, y si bien el Gobernador se vio obl i-
gado a disolver tales asociaciones, creadas contra la ley ,
quedaron, sin embargo, prontas para obrar, y se deja ver que
el ataque hubo de ser muy fuerte por ambas partes.
El elemento angloamericano, más audaz que nunca,
trató por todos los medios po sibles de hacer ing lés al Bajo
Canadá; y como los patriotas estaban decididos a re sistir
legal o ilegalmente, ocurrieron terribles choques.
La sangre de ambas razas corrió a rau dales en el suelo
conquistado por la intrepidez de los descubridores franceses.
Tal era la situación del Canadá en el año 1837, en que
principia esta historia.
Importa mucho que nuestros lectores conozcan, no sólo
el origen del antagonismo que existiera entre los elementos
franceses e ingleses, sino también la vitalidad del uno y la
tenacidad del otro.
Y además, aquella Nueva Francia ¿no era acaso un p e-
dazo de la patria, como la Alsacia-Lorena, que una brutal
invasión iba a arrancarnos treinta años más tarde? Y los e s-
fuerzos intentados por los franco canadienses para recuperar
su autonomía, ¿no es un ejemplo que los franceses de Als a-
cia y de Lorena no deban olvidar jamás?
Para tomar disposiciones en previsión de una insurre c-
ción probable, el gobernador, lord Gosford, el comandante
general, sir John Colborne, el coronel Gore, y el ministro de


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Policía, Gilberto Argall, se reunieron en la tarde del 23 de
Agosto.
Los indios designan con la palabra kebec toda parte de
un río que se estrecha de pronto por la proximidad de sus
orillas. Esto es lo que ha dado el nombre a la capi tal, que
está edificada en un promontorio al estilo de Gibraltar, y su
levanta más arriba del sitio en que el San Lorenzo se ensan-
cha como un brazo de mar. La ciudad alta se halla situada
sobre una colina que domina el curso del río; la baja se ex-
tiende por la orilla, en donde se han construido los depósitos
y los docks. Las calles son estrechas, con las aceras de tablas
y la mayor parte de las casas son de ma dera; existen algunos
edificios sin determinado estilo, como el palacio del Gober-
nador, la casa correo, la de la marina, la catedral inglesa, la
francesa, una explanada muy frecuentada por los que gustan
pasear, y una ciudadela ocupada por una guarnición bastante
importante; tal era entonces la antigua ciudad de Champlain,
más pintoresca, seguramente, que ninguna da las modernas
del Norte de América.
Desde el jardín del Gobernador, la vista se extendía a lo
lejos por el soberbio río, cuyas aguas se separan más abajo,
en el sitio llamado «Horquilla de la isla Orleáns»
La tarde era magnífica, y la atmósfera, templada, no se
veía turbada por el áspero soplo del Noroeste, tan pernicioso
en toda estación cuando azota el valle del San Lorenzo. En
la sombra de un square se distinguía, alumbrada por la clar i-
dad de la luna, la pirámide triangular levantada en recuerdo
de Wolfe y de Montcalm, muertos en un mismo día.


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Hacía por lo menos una hora ya que el Gobernador g e-
neral y los otros tres altos personajes que le acompañaban
conversaban respecto a la gravedad de una situa ción qua les
obligaba a estar siempre alerta. Los síntomas de un próximo
alzamiento eran por demás visibles, y convenía, por lo tanto,
que estuviesen prontos a cualquier eventualidad.
-¿De cuántos hombres podéis dispo ner? acababa de
preguntar lord Gosford a sir John Colborne.
-De un número, por desgracia, demasiado corto, res-
pondió el general; y necesito parte de las tropas que comp o-
nen la guarnición para fuera del condado.
-Precisad el número, comandante.
-Puedo poner a vuestra disposición cuatro batallones y
siete compañías de infantería, porque me es imposible quitar
hombre ninguno a las guarniciones que ocupan las ciudad e-
las de Quebec y de Montreal.
-¿Qué artillería tenéis?
-Tres o cuatro piezas de campaña.
-¿Y caballería?
-Sólo un piquete.
-Si tenemos que repartir este efectivo en los condados
limítrofes, dijo el coronel Gore, no será. bastante. Es muy
probable que tengamos que sentir, señor Goberna dor, que
vuestra señoría haya disuelto las asociaciones constitucion a-
les formadas por los leales; hubiéramos tenido allí algunos
centenares de carabineros voluntarios, cuyo concurso nos
hubiera sido de gran utilidad.
-No me era permitido dejarlas organizarse, contestó lord
Gosford, pues su con tacto con la población hubiera prov o-


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cado colisiones diarias. Es preciso, que evitemos todo cuanto
pueda ocasionar una explosión. Estamos pisando pólvora, y
tenemos que andar con zapatillas de orillo.
El Gobernador general no exageraba la gravedad de la
situación; era un hombre de gran sentido y de espíritu muy
conciliador. Desde su llegada a la colonia había mostrado
mucha deferencia para los colonos franceses, teniendo, s e-
gún ha dicho el historiador Garneau, «cierta ale gría irlandesa
que se acomodaba muy bien a la canadiense» Y si la rebelión
no había estallado todavía, era debido a la circunspección, a
la dulzura y a la rectitud que lord Gosford usaba en sus rel a-
ciones con sus administrados, pues por naturaleza, lo mismo
que por raciocinio, era completamente opuesto a los medios
violentos.
La fuerza, decía muchas veces, comprime, pero no r e-
prime. En Inglaterra se olvida demasiado que el Canadá está
cerca de los Estados Unidos, y que éstos han acabado por
conquistar su independencia. Con gran pesar reconozco que
el Ministerio en Londres quiere una política mili tante, por
cuyo motivo, y por el consejo de los comisarios, la Cámara
de los Lores y la de los Comunes han adoptado por gran
mayoría una proposición que tiende a procesar a los diput a-
dos de la oposición, a emplear el dinero del Erario sin co m-
probación y, a modificar la Constitución de un modo que
permita doblar en los distritos el número de electores de
origen inglés. Todo esto demuestra poca cordura y dará lugar
a que la sangre corra por ambas partes.
Y era de temer, en efecto, pues los últimos acuerdos
adoptados por el Parlamen to inglés habían producido una


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agitación tal, que tarde o temprano tenía que pro ducir gran-
des disturbios. Se celebraban reuniones clandestinas y mee-
tings públicos que servían para sobrexcitar los áni mos, y de
esto se pasaría muy pronto a obrar. Los partidarios de la
dominación anglosajona y los reformistas se provocaban sin
cesar en Montreal, lo mismo que en Quebec, particularmente
los antiguos miembros de las asociaciones constitucio nales.
La policía no ignoraba que se había repartido una proclama
revolucionaria en los distritos, los condados y las parro quias,
y que habían llegado hasta a ahorcar en efigie al Gobernador
general.
Urgía, pues, tomar prontas disposiciones:
-¿Ha sido visto en Montreal el señor de Vaudreuil? pr e-
guntó lord Gosford.
-Según noticias, no ha abandonado su residencia de
Montcalm, respondió Gil berto Argall; pero sus amigos F a-
rran, Clerc y Vicente Hodge le visitan con mu cha frecuencia
y están diariamente en re lación con los diputados liberales,
particularmente con el abogado Gramont de Quebec.
-Si el movimiento estalla, dijo sir John Colborne, no ca-
be duda de que ellos son los instigadores.
-Si vuestra señoría los mandase prender, añadió el coro-
nel Gore, pudiera suceder que la conspiración se frustrase.
-Si antes no empezaba el motín, res pondió el Goberna-
dor general.
Y volviéndose hacia el ministro de Policía:
-Si no me equivoco, dijo, el señor de Vaudreuil y sus
amigos han figurado ya en las insurrecciones de 1832 y de
1835.


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-Así es, en efecto, respondió sir Gilber to Argall, o, por
lo menos, todo lo hace suponer, por más que nos faltan
pruebas; por este motivo ha sido imposible perse guirlos,
como se hizo cuando la conspiración de 1825.
-Estas pruebas son las que es preciso adquirir a cua l-
quier precio, dijo sir John Colborne; y antes de acabar para
siempre con las turbulencias de los reformistas, dejémosles
comprometerse aun más. Nada hay tan horrible como la
guerra civil, lo sé; pero si es menester llegar hasta este punto,
que se haga sin cuartel y que la lucha termine en provecho de
Inglaterra.
Hablando de este modo, el comandante de las fuerzas
británicas en el Canadá dejaba comprender que conocía muy
bien el papel que tenía que representar. Sin embargo, si bien
John Colborne era hom bro a propósito para reprimir una
insurrección con gran rigor, el mezclarse en una oc ulta vigi-
lancia, que pertenece espe cialmente a la policía, hubiera r e-
pugnado a su espíritu militar, y, por lo tanto, los agentes de
Gilberto Argall eran únicamente los encargados de observar
sin descanso los movimientos del partido franco-canadiense.
Las ciudades, las parroquias del valle de San Lorenzo, y
en particular las de los condados de Verchères, de Chambly,
de Laprairie, de la Acadia, da Terrebonne, de Dos Montañas,
eran recorridas sin cesar por los numerosos vigilantes del
ministro. En Montreal, faltando aquellas asociaciones con s-
titucionales, cuya disolución sentía tanto el coronel Gore, el
Dorie Club, cuyos miembros formaban entro los leales más
decididos, se imponían el deber de reducir a los insurrectos
por los medios extremos. Lord Gosford temía con razón


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que a cada instante, bien sea de día o de noche, el choque
pudiera producirse.
Se comprenda que, a pesar de sus personales tendencias,
la camarilla del Gobernador general le empujaba a apoyar a
los burócratas (así llamaban a tus partidarios de la autoridad
de la Corona), en contra de los de la causa nacional. John
Colborne, no gustaba de hacer las cosas a medias, como lo
probó más tarde, cuando sucedió a lord Gosford en el g o-
bierno de la colonia. En cuanto al coronel Gore, antiguo
soldado condecorado en Waterlóo, decía, qua era necesario
obrar militarmente y sin ninguna demora.
El 7 de Mayo del mismo año tuvo lugar una junta de los
principales reformistas en Saint-Ours, pueblecillo del conda-
do de Richelieu, en la que acordaron ciertas proposiciones,
que fueron el programa políti co de la oposición franco-
canadiense.
Entre otras, conviene que citemos ésta:
«Canadá, como Irlanda, debe reunirse alrededor de un
hombre dotado de un odio mortal para la opresión y de un
gran amor patrio, y a quien ni promesas ni amenazas pueda
quebrantar jamás»
Este hombre era el diputado Papineau, cuyo sent i-
miento popular la hacía parecerse a O’Connell.
Al propio tiempo la Junta decidía «abstenerse, en cuanto
posible fuera, de consumir los artículos importados y d e no
usar más que los productos fabricados en el país, para privar
al Gobierno de las rentas que cobraba como derechos i m-
puestos sobre las mercancías extranjeras. »


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Lord Gosford se vio obligado a contestar a tales resolu-
ciones, con fecha 15 de Junio, con una proclama prohibie n-
do toda reunión sediciosa y ordenando a los magistrados y a
los oficiales de la milicia que disolviesen todas las que se
celebrasen.
La policía maniobraba con incansable insistencia e m-
pleando a sus más hábiles agentes y no retrocediendo ante
ningún medio, ofreciendo sumas considerables para prov o-
car las traiciones, como lo habían hecho varias veces.
Pero si bien Papineau era conocido por todos como jefe
del partido, otro había que trabajaba en la sombra, y con
tanto misterio, que los principales reformistas no lo habían
visto sino en circunstancias ex traordinarias. Una verdadera
leyenda se había creado alrededor de tal personaje, y esto le
daba una influencia extraordinaria en el espíritu de las masas.
Juan-Sin-Nombre; tal se llamaba el individuo a quien nos
referimos. No se la conocía más que con este enigmático
nombre; de suerte quo nada tenía de extraño que así se trata-
ra de él en la conferencia que celebraba el Gobernador gene-
ral con sus huéspedes.
-¿Y se han encontrado las huell as de ese
Juan-Sin-Nombre? preguntó sir John Colborne.
-Aún no, respondió el ministro da Po licía; pero tengo
motivos para creer que ha vuelto a aparecer en los condados
del Bajo Canadá, y que ha venido recientemente a Quebec.
-¿Y vuestros agentes no han podido prenderle? exclamó
el coronel Gore.
-No es tan fácil como creéis, mi General.


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-¿Posee ese hombre la influencia que le conceden? repu-
so lord Gosford.
-Seguramente, respondió el ministro, y puedo asegurar a
vuestra señoría que esa influencia es grandísima.
-¿Y quién es ese hombre?
-He aquí lo que jamás se ha podido descubrir, dijo sir
John Colborne. ¿No es así querido Argall?
-En efecto, mi General. Nadie sabe quién es, ni de dó n-
de viene, ni adónde va. Ha figurado, casi invisible, en las úl-
timas insurrecciones, así es que no hay duda de que Pap i-
neau, Viger, Lacoste, Vaudreuil, Farran, Gramont y todos los
demás jefes cuentan con su intervención en el momento,
preciso. Ese Juan -Sin-Nombre es casi un ser sobrenatural
para los distritos del San Lorenzo, más arriba de Montreal lo
mismo que más abajo de Quebec; y si se puede tener fe en la
leyenda, ese hombre posee todo cuanto se ne cesita para
arrastrar en pos de sí, lo mismo a los habitantes de las ciuda-
des que a los del campo; es decir, una audacia extra ordinaria
y un valor a toda prueba. Ade más, os lo he dicho ya, lo que
lo da más fuerza es el misterio, lo desconocido.
-¿Creéis cierto que ha venido hace poco a Quebec? pr e-
guntó lord Gosford.
-Los informes de la policía lo hacen suponer por lo m e-
nos, respondió Gilberto Argall, y por este motivo he puesto
en campaña a uno de mis agentes que ha dado ya muchas
pruebas de actividad y de astucia; ese Rip que desplegó tanta
inteligencia en el asunto de Simón Morgaz.


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-¡Simón Morgaz! dijo sir John Colborne: ¿el que en 1825
entregó a precio de oro y con tanta oportunidad, a sus cóm-
plices en la conspiración de Chambly?...
-El mismo.
-¿Y se sabe lo que ha sido de él?
-Nada, respondió Gilberto Argall, sino que, rechazado
por todos los de su raza, por todos los franco -canadienses a
quienes había hecho traición, desapareció. Puede ser que
haya abandonado el Nuevo Continente o que haya muerto...
-Pues bien; ese medio, que tuvo tan buen éxito con S i-
món Morgaz, ¿no podría emplearse de nuevo con alguno de
los jefes reformistas? preguntó sir John Colborne.
-No lo creo posible, respondió lord Gosford; tan bu e-
nos patriotas (pues es menester confesar que lo son) no
pueden dejarse seducir por el dinero. Que se de claren ene-
migos de la influencia inglesa y sueñen para el Canadá con la
independencia que los Estados Unidos han conquis tado
sobre Inglaterra, es desgraciadamente una gran verdad. Pero
esperar poderlos comprar, decidirlos a que sean traido res
con promesas de dinero o de honores, jamás sucederá así;
tengo la firme con vicción que no encontraréis entre ellos
uno sólo que sea capaz de vender a los demás.
-Lo mismo se decía de Simón Morgaz, respondió con
ironía sir John Colborne; sin embargo, entregó a sus comp a-
ñeros. ¡Y quién sabe si precisamente ese Juan -Sin-Nombre,
de quien habláis, no se dejaría comprar!
-No lo creo, mi General, replicó con viveza el ministro
de Policía.


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-En todo caso, añadió el coronel Gore, bien sea para
comprarle o para ahorcarle, lo primero que hay que hacer es
apoderarse de su persona, y pu esto que ha sido visto en
Quebec...
En este momento un hombre apareció en la revuelta de
una de las calles del jardín, y se detuvo a unos diez pasos de
la asamblea.
El ministro conoció en seguida a su agente, o más bien
al maestro de la policía, calificativo a que por todos conce p-
tos era acreedor.
Este hombre, en efecto, pertenecía al Cuerpo de vigilan-
cia de Comeau, jefe de los agentes franco-canadienses.
Gilberto Argall le hizo señas de que se acercara.
-Es Rip, jefe de la casa Rip y Compañía, dijo dirigiéndo-
se a lord Gosford. ¿Permite vuestra señoría que nos diga los
informes que haya adquirido?
Lord Gosford hizo con la cabeza una señal de aquie s-
cencia, y Rip se acercó respetuosamente, esperando que Gi l-
berto Argall lo interrogase, cosa que se hizo en los siguientes
términos:
-¿Habéis sabido con certeza que Juan -Sin-Nombre ha
visitado a Quebec?
-Creo poder afirmarlo a vuestra señoría.
-¿Y cómo es que no está preso ya? pre guntó lord Gos-
ford.
-Vuestra señoría tiene que dispensarnos, a mis socios lo
mismo que a mí, respondió Rip; nos avisaron demasiado tar-
de. Anteayer me dijeron que ese hombre iba a visitar una de
las casas de la calle del Petit-Champlain, la que está contigua


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a la tienda del sastre Emotard, a la izquierda, subiendo los
primeros escalones de la susodicha calle. Mandé carear la
casa, que está habitada por un tal Sebastián Gramont, ab o-
gado y diputado, miembro influyente del partido reformista,
pero Juan-Sin-Nombre ni siquiera se había presentado allí,
por más que el diputado Gramont ha tenido, con seguridad,
relaciones con él. Nuestras pesquisas han resultado compl e-
tamente inútiles.
-¿Creéis que ese hombre está aún en Quebec? preguntó
sir John Colborne.
-No puedo responder afirmativamente a vuestra exc e-
lencia, contestó Rip.
-¿No lo conocéis?
-Jamás le he visto, y, en realidad, pocas personas le c o-
nocen.
-¿Se sabe, por lo menos, la dirección, que ha tomado a
su salida de la ciudad?
-Lo ignoro en absoluto, respondió el polizonte.
-¿Qué idea habéis formado respecto de esto? preguntó
el ministro de Policía.
-Que ha debido dirigirse hacia el condado de Montreal,
en donde los agitadores parecen concentrarse con prefere n-
cia. Si se prepara una insurrección, puede decirse con segur i-
dad que estallará en esa parte del Bajo Canadá. Concluyo de
esto que Juan -Sin-Nombre debe de estar oculto en algún
pueblecillo cercano a las orillas de San Lorenzo...
-No está mal pensado, dijo Gilberto Argall, y conviene
proseguir las pesquisas por dicho lado.


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-Pues bien, dad las oportunas órdenes, dijo el Gobern a-
dor general.
-Vuestra señoría quedará satisfecho. Rip, mañana, sin
más tardar, saldréis de Québec con los mejores agentes que
tengáis. A mi vez haré que se vigile con mucho celo al señor
de Vaudreuil y a sus amigos, con los que ese
Juan-Sin-Nombre tiene segura mente entrevistas más o m e-
nos frecuentes. Procurad encontrar sus huellas por cualquier
medio hábil; esto es lo que os encarga especialmente el señor
Gobernador general.
-Y lo cumpliré fielmente, respondió el jefe de la casa Rip
y Compañía. Partiré mañana sin falta.
-Aprobamos, desde luego, añadió Gilberto Argall, todo
cuanto hagáis para conseguir la captura de ese peligroso pa r-
tidario; lo necesitamos muerto o vivo, antes de que subleve
con su presencia a la población franco-canadiense. Sois inte-
ligente y celoso en el cumplimiento de vuestras obligaciones;
ya habéis dado pruebas de ello, Rip, hace una docena de
años, en el asunto Morgaz. Contamos de nuevo con vuestro
celo y vuestra inteligencia.
Rip se preparaba a partir, y hasta anduvo algunos pasos
hacia atrás, cuando de pronto se detuvo.
-¿Vuestra señoría me permite que le haga una pregunta?
dijo dirigiéndose al ministro.
-¿Una pregunta?...
-Sí, señor; y es necesario que se resuelva en seguida, para
la regularidad de las escrituras en los libros de la casa Rip y
Compañía.


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-Hablad, dijo Gilberto Argall.
-¿Se ha puesto precio a la cabeza de Juan- Sin-Nombre?
-Todavía no.
-Es preciso que se haga, dijo sir John Colborne.
-Hecho está, respondió lord Gosford.
-¿Qué precio tiene?... preguntó Rip.
-Cuatro mil piastras.
-Vale seis mil, respondió Rip. Tendré muchos gastos de
viaje y propinas que dar para informes especiales.
-Tendréis esa suma, dijo lord Gosford.
-¿Vuestra señoría no se arrepentirá y me dará con gusto
lo que he pedido...?
-Si lo ganáis... añadió el ministro.
-Lo ganaré.
Y después de esta afirmación, algo atrevida quizás, el je-
fe de la casa Rip y Compañía se retiró.
-Ese Rip es un hombre que parece es tar siempre seguro
de sí mismo, dijo el coronel Gore.
-Y que debe inspirar completa con fianza, replicó Gil-
berto Argall; y además, la prima de seis mil piastras es más
que suficiente para excitar su astucia y su celo. El asunto de
la conspiración Chambly le valió sumas importantes, y si es
aficionado a su oficio, no lo es menos al dinero que le pr o-
duce. Es menester tomar a ese tipo original cual es, y en ve r-
dad que nadie como él es capaz de apoderarse de
Juan-Sin-Nombre, si éste es hombre que se deje prender.
El general, el ministro y el coronel se despidieron e n-
tonces de lord Gosford. Después sir John Colborne dio o r-
den al coronel Gore de partir inmediatamente para Montreal,


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en donde les esperaba su colega el coronel Witherall, enca r-
gado de prevenir, para impedirlo, cualquier mo vimiento in-
surreccional en las parroquias.


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II
DOCE AÑOS ANTES
¡Simón Morgaz! ¡Nombre aborrecido hasta en las h u-
mildes aldeas de las provincias canadienses! ¡Nombre entre-
gado a la execración pública! Un Simón Morgaz es el traidor
que entrega a sus hermanos y vende a su patria.
Y esto se comprende, sobre todo en aquella Nueva
Francia, que no ignora ya ahora cuan implacable es el odio
que merece el crimen de lesa patria.
En 1825, doce años antes de la insurrección de 1837, al-
gunos franco-canadienses habían sentado las bases de una
conspiración cuyo objeto era libertar el Canadá de la dom i-
nación inglesa, que les era tan pesada.
Hombres audaces, activos, enérgicos, en buena pos i-
ción, y siendo hijos, la mayor parte de ellos, de los primeros
emigrantes que habían fundado Nueva Fran cia, no podían
habituarse al pensamiento de que fuera definitivo el aband o-
no de su colonia en provecho de Inglaterra. Admitiendo que
el país no pudiera volver a manos de los nietos de los Cartier
o de los Champlain, que lo habían descubierto en el siglo


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XVI, ¿no tenía el derecho de ser independiente? Sí; y para
conquistar tal independencia era por lo que aquellos patri o-
tas iban a jugarse la cabeza.
Entre ellos se hallaba el señor de Vaudreuil, desce n-
diente de los antiguos Gobernadores del Canadá en el reina-
do de Luis XIV, una de aquellas familias cuyos apellidos
franceses han dado, en su mayor parte, nombres geográficos
a muchos puntos, como puede verse en los mapas del Can a-
dá.
En aquella época, el señor de Vaudreuil tenía treinta y
cinco años, habiendo na cido en 1790, en el condado de
Vaudreuil, situado entre el San Lorenzo al Sur y el río O u-
taouais al Norte, en los confines de la provincia del Ontario.
Sus amigos eran, como él, de origen francés, si bien v a-
rias alianzas con las familias angloamericanas habían alterado
sus nombres patronímicos. Entre ellos se contaban el prof e-
sor Roberto Farran, de Montreal, Francisco Clerc, rico pr o-
pietario de Chataugay y algunos otros que, bien sea por su
fortuna o su nacimiento, tenían gran influencia en las pobl a-
ciones de las aldeas y de los pueblos.
El verdadero jefe de la conspiración era Walter Hodge,
de nacionalidad america no, y que, a pesar de sus sesenta
años, conservaba todavía el ardor de su sangre. Durante la
guerra de la Independencia había formado parte de aquellos
atrevidos voluntarios, de aquellos skinners, a los que W a-
shington tuvo que tolerar violencias por demás salvajes, pues
sus compañías francas no dejaban un momento de reposo al
ejército real.


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Ya es sabido que desde fines del si glo XVIII los Est a-
dos Unidos excitaban al Canadá para que formara parte de la
federación americana, y esto explica el por qué un americano
como Walter Hodge había entrado en la conspiración, y
hasta que fuera jefe de ella. ¿No era acaso uno de los que
habían adoptado como lema estas palabras, que resumen
toda la doctrina de Monroe: La América para los americanos?
Walter Hodge y sus compañeros no ha bían cesado de
protestar en contra de las exacciones de la Administración
inglesa, que se hacían cada vez más insufribles.
En 1822 sus nombres figuraban en la protesta contra la
unión del Alto y del Bajo Canadá al lado de los dos herm a-
nos Sanguinet que dieciocho años más tarde debían pagar
con la vida su apego a la causa nacional.
Combatieron también con la pluma y con la palabra
cuando se trató de reclamar en contra del inicuo reparto de
los terrenos, concedidos únicamente a los burócratas para
reforzar el elemento inglés, y personalmente lucharon contra
los gobernadores Sherbrooke, Richmond, Monk y Maitland;
tomaron parte en la Administra ción de la colonia, y apo ya-
ron todos los actos de los diputados de la oposición.
En 1825 la conspiración, teniendo un objeto determina-
do, se organizó, dejando aparte a los liberales de la Cámara
canadiense. y si bien Papineau y sus colegas Cuvillier, B e-
dard, Quesnel y otros no tu vieron conocimiento de ella,
Walter Hodge podía contar con ellos para asegurar sus co n-
secuencias, en el caso de que saliera bien.


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En primer lugar, se trataba de apoderar se de lord Da l-
housie, que en 1820 había sido nombrado Gobernador gene-
ral de las colonias inglesas de la América del Norte.
Éste a su llegada, parecía haberse decidido por una polí-
tica de concesiones, y merced a su gestión, el Obispo catól i-
co de Quebec fue oficialmente reconocido como tal, y
Montreal, Rose y Regiópolis tuvie ron también c ada cual el
suyo.
Pero, de hecho, el Gabinete británico rehusaba al Can a-
dá el derecho de gobernarse por sí mismo.
Los miembros del Consejo legislativo, nombrados vit a-
licios por la Corona, eran todos ingleses de nacimiento y
aniquilaban por completo la Cá mara elegida por el pueblo.
En una población que contaba seiscientos mil habitantes, de
los que quinientos veinticinco mil eran franco -canadienses,
los empleos pertenecían en las tres cuartas partes a funciona-
rios de origen sajón, y, en fin, se trataba de nuevo de prohi-
bir el uso legal del idioma francés en toda la colonia.
Para impedir que rigieran estas disposiciones, era nec e-
sario un acto de violencia: apoderarse de lord Dalhousie y de
los principales miembros del Consejo legisla tivo, y después
de realizar tal golpe de Es tado, provocar un movimiento
popular en los condados del San Lorenzo, nombrar un G o-
bierno provisional ínterin se constituyera por elección y p o-
ner a las milicias canadienses frente a frente con el ejército
inglés. Tal era el objetivo de Walter Hodge, de Roberto F a-
rran, de Francisco Clerc y de Vaudreuil.
La conspiración hubiera tal vez tenido éxito, si la tra i-
ción de uno de sus cómplices no la hubiese hecho abortar.


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A Walter Hodge y a sus partidarios franco -canadienses
se había unido un tal Simón Morgaz, cuya situación y origen
conviene dar a conocer.
En 1825 éste tenía cuarenta y seis años; era ahogado en
un país en el que se cuen tan más abogados que clientes, así
como más médicos que enfermos; vivía, como es cons i-
guiente, con bastante escasez en Chambly, pequeña villa
situada en la orilla izquierda del Richelieu, a más de diez l e-
guas de Montreal y al lado opuesto al San Lorenzo.
Simón Morgaz era un hombre resuelto, cuya energía ha-
bía llamado la atención cuando los reformistas protestaron
contra el modo de obrar del Gabinete británico.
Sus maneras francas y su inteligente fisonomía le hacían
simpático a todos, y nadie hubiese podido sospechar jamás
qué bajo aquel aspecto seductor aparecería un día el más
infame de los traidores.
Simón Morgaz era casado.
Su mujer, más joven que él, tenía en tonces treinta y
ocho años; se llamaba Bridget Morgaz, y era de origen am e-
ricano, hija del mayor Allen, cuyo valor había podido apr e-
ciarse durante la guerra de la Independencia, pues formaba
parte de los ayudantes de Washington. Verdadero tipo de la
más absoluta lealtad, hubiera sacrificado su vida a su palabra
con la serenidad e imperturbabilidad de un Régulo.
En Albany, Estado de Nueva York, fue donde Simón
Morgaz y Bridget se conocieron.
El joven abogado era franco -canadiense de nacimiento,
circunstancia que debía tener en cuenta el mayor Allen, que


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con seguridad no hubiera concedido la mano de su hija al
descendiente de una familia inglesa.
Aun cuando Simón Morgaz no poseía bienes de fort u-
na, con la parte que tenía Bridget de la herencia de su madre
podían vivir, si no en la abundancia, por lo menos con d e-
cencia y sin temor a las privaciones.
El casamiento se efectuó en Albany en el año 1806.
La situación de los recién casados hubiera podido ser
feliz, y, sin embargo, no sucedió así; no porque Simón Mo r-
gaz tratara mal a su esposa, pues experimentó siempre para
ella una sincera afección, sino porque le devoraba la pasión
del juego. El patrimonio de Bridget fue disipado en pocos
años y si bien Morgaz era considerado como buen abogado,
su trabajo no bastó a reparar las mermas hechas en su fort u-
na; su mujer sufrió dignamente las privaciones ocasionadas
por la conducta de su marido, a quien no dirigió ningún r e-
proche. Dióle consejos; más ineficaces éstos, arrostró con
resignación y con valor el porvenir que se presentaba con
muy sombríos colores.
No era para ella sola para quien tenía que temer, pues
durante los primeros años de su matrimonio tuvo dos hijos,
a los que dieron el mismo nombre de pila, ligeramente modi-
ficado, recordando de este modo su origen francés y amer i-
cano.
El mayor, Joann, habla nacido en 1807; el menor, Juan,
en 1808.
Bridget se consagró por entero a la educación de sus
hijos; tarea tan dulce para una madre, y que la distraía de sus
penas.


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Joann era de carácter dulce, y su hermano de temper a-
mento muy vivo; mas ambos ocultaban bajo la dulzura y la
viveza una gran energía. Poseían el espíritu serio de su m a-
dre, el gusto al trabajo y la rectitud en mirar las cosas, que
faltaba a Simón Morgaz. Tenían para con su padre una act i-
tud siempre respetuosa, pero nada de ese abandono natural
ni de esa confianza sin reserva, que es la esencia misma de la
atracción de la sangre. En cambio experimentaban hacia su
madre una adhesión sin límites y un afecto que no desbo r-
daba de sus juveniles corazones sino para llenar el de
Bridget.
Madre o hijos estaban unidos por el doble lazo del amor
filial y del amor materno, que nada podría romper jamás.
Después del período de la niñez, Joann y Juan ingres a-
ron en el colegio de Chambly, con un año de diferencia en
los estudios; figuraban, con justicia, entre los mejores alu m-
nos de las primeras divisiones. Cuando tuvieron doce o trece
años entraron en el Instituto de Montreal, en donde se di s-
tinguieron siempre por su inteligencia y su aplicación. Sólo
faltaban dos cursos para concluir sus estudios, cuando suc e-
dieron los acontecimientos de 1825.
Simón Morgaz y su esposa se habían establecido en
Montreal; pero su bufete de abogado decaía cada vez más.
Conservaban una mo desta casa en Chambly, y en esta se
reunían Walter Hodge y sus ami gos cuando Morgaz formó
parte de la conspiración, cuyo primer acto, después del
arresto del Gobernador general, debía ser la instalación de
un Gobierno provisional en Quebec.


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En la pequeña villa de Chambly, al abri go de aquella
modesta vivienda, los cons piradores creían estar con más
seguridad que en Montreal, en donde la vigilancia de la pol i-
cía se ejercía con extremado rigor. Sin embargo, obraban
siempre con gran prudencia, procurando despistar cualquier
tentativa de espionaje.
Las armas y municiones de que dispo nían habían sido
depositadas en casa de Simón Morgaz sin despertar la menor
sospecha; era, pues, en la casa de Chambly en donde se an u-
daban los hilos de la conspiración y de donde debía partir la
señal del movimiento insurreccional.
El Gobernador y su camarilla, a pesar del sigilo de los
conspiradores, tuvieron algún indicio de que un golpe de
Estado se preparaba en contra de la Corona, e hicieron vig i-
lar con más cuidado que nunca a aquellos de los diputados
que más se señalaban por su pertinaz oposición; pero, bueno
es repetirlo, Papineau y sus colegas ignoraban complet a-
mente los proyectos de Walter Hodge y de sus partidarios,
que habían fijado el día 26 de Agosto para tomar las armas,
sorprendiendo a la vez a amigos y a enemigos.
Pero sucedió que en las primeras horas de la noche de la
víspera del día señalado para la sublevación, la casa de Simón
Morgaz fue invadida por agentes de po licía, dirigidos por
Rip, en el momento en que los conspiradores se hallaban
reunidos en ella.
No tuvieron más tiempo que el preciso para destruir su
secreta correspondencia y para quemar la lista de los afili a-
dos. Los agentes se apoderaron de todas las armas ocultas en
las cuevas.


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Descubierto el complot, Walter Hodge, Roberto Farran,
Francisco Clerc, Simón Morgaz, Vaudreuil y unos diez p a-
triotas más, fueron presos y conducidos con bue na escolta a
la cárcel de Montreal.
He aquí lo que había acontecido.
Existía en aquella época en Quebec un tal Rip, de origen
anglo-canadiense, director de una casa dedicada a informes y
noticias para uso de los particulares, cuyas cualidades esp e-
ciales había utilizado mu chas veces el Gobierno con gran
provecho.
Estas oficinas privadas funcionaban bajo la razón social
Rip y Compañía.
Un asunto de policía no era para él sino un negocio de
dinero, y lo sentaba en sus libros lo mismo que un come r-
ciante sus mercancías. Tenía una tarifa de pre cios: tanto por
una indagatoria, tanto por una detención, tanto por un e s-
pionaje. Era el tal Rip hombre astuto, listo, audaz y que, con
cierto manejo, había sabido descubrir muchos secretos parti-
culares.
Con tales indicios no tenemos por qué decir que estaba
completamente desprovisto de escrúpulos y que carecía en
absoluto de sentido moral.
En 1825, Rip, que acababa de fundar su Agencia, tenía
treinta y dos años, y ya, sirviéndose de su facilidad de alterar
su fisonomía y de su habilidad para disfrazarse, había podido
intervenir en varios negocios con diferentes nombres.
Hacía algunos años que conocía a Simón Morgaz, con el
que había trabado re laciones con motivo de algunas causas
judiciales. Ciertas circunstancias, que hubie ran pasado inad-


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vertidas para otro cualquiera que no fuese él, le hicieron pen-
sar que el abogado de Montreal debía de estar afiliado en la
conspiración.
Se hizo su sombra, lo copió hasta en los secretos de su
vida privada y frecuen tó su casa, por más que Bridget no
disimulaba la antipatía que le inspiraba.
Una carta sustraída en el correo dio bien pronto a Rip la
casi certidumbre de la complicidad del abogado.
El ministro de Policía, informado por el agente del r e-
sultado de sus indagaciones, le recomendó que obrara con
mucha destreza respecto a Simón Morgaz, utilizando la noti-
cia que se tenía de hallarse apurado de recursos metálicos.
Por fin, Rip presentó bruscamente un día a aquel desgraci a-
do estas dos alternativas: ser perseguido como culpable de
alta traición, o tomar la enor me suma de cien mil piastras si
consentía en entregar el nombre de sus cómplices y los deta-
lles de la conspiración de Chambly.
El ahogado se aterró. ¡Ser traidor a sus compañeros, que
tenían fe en él! ¡Venderlos por dinero! ¡Entregarlos al cada l-
so! Y, sin embargo, sucumbió, aceptó el precio de su infame
traición, entregó los secretos del complot después de recibir
la promesa de que su inicua venta no sería jamás divulgada, y
convinieron en que los agentes de policía le prendieran al
mismo tiempo que a Walter Hodge y demás conspiradores,
que le juzgarían los mismos jueces y que el castigo que había
de serles impuesto, la pena de muerte, sería lo mismo para él.
Después le procurarían el medio de evadirse antes de la ej e-
cución de la condena.


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Esta odiosa maquinación no sería conocida de este mo-
do sino por el ministro de Policía, el jefe de la casa Rip y
Compañía, y el traidor.
Las cosas se hicieron así como se había convenido, y el
día indicado por Simón Morgaz los conspiradores fueron
sorprendidos inopinadamente en la casa de Chambly.
Walter Hodge, Roberto Farran, Fran cisco Clerc, Vau-
dreuil y algunos otros cómplices, incluso Simón Morgaz,
comparecieron en el banco de los acusados en 25 de Se p-
tiembre de 1825.
A los cargos que les hizo el fiscal (el juez abogado como
se le llamaba entonces), los reos no contestaron sino con
justos y directos ataques en contra del Gabinete británico. A
los argumentos legales opusieron otros sacados del más puro
patriotismo. ¿No sabían acaso que estaban condenados de
antemano y que nada podía salvarlos?
Los debates duraban ya desde algunas horas y la causa
seguía su curso regular, cuando un incidente improvisto dio
a conocer la conducta de Simón Morgaz.
Uno de los testigos de cargo, el Sr. Turner, de Chambly,
declaró haber visto va rias veces al abogado conferenciando
con el jefe de la casa Rip y Compañía.
Esto lo reveló todo.
Walter Hodge y Vaudreuil, que desde algún tiempo h a-
bían concebido ciertas sospechas, motivadas por el modo de
obrar de Simón Morgaz, las vieron confirmadas por la decla-
ración del testigo Turner. Para que la conspiración, organ i-
zada con tanto sigilo, hubiera sido descubierta con tanta


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facilidad, era preciso que un traidor hubiese denunciado a los
autores de ella.
Rip, acosado por preguntas, contestó con evasivas.
Simón Morgaz procuró defenderse de los cargos que
pesaban contra él; pero lo que dijo era tan inverosímil, dio
explicaciones tan singulares, que la opinión de los con-
jurados, así como la de los jueces, se dejó traslucir bien
pronto.
Un miserable había vendido a sus hermanos, y el traidor
era Simón Morgaz.
Entonces un irresistible movimiento de repulsión se
produjo en el banco de los acusados, y se propagó entre el
público amontonado en la sala del Tribunal.
-Señor presidente, dijo Walter Hodge; pedimos que S i-
món Morgaz sea expulsado de este banco, honrado con
nuestra presencia, deshonrado por la suya... ¡No queremos
ser manchados más tiempo con el contacto de ese hombre!
Vaudreuil, Clerc, Farran, todos, en fin, se unieron a
Walter Hodge, que ya, fuera de sí, se precipitó sobre Simón
Morgaz, quien lo hubiera pasado muy mal, sin la interve n-
ción de los guardias que acudieron para defenderle.
La concurrencia hizo causa común con los acusados, y
exigió que se expulsara al traidor. El presidente dio orden de
que se le llevasen y le encerraran de nuevo en su prisión. La
gritería que le acompañó en su salida, y las amenazas de que
fue objeto, demostraron que se le tenía por un infame, cuya
traición iba a costar la vida a los más ardientes apóstoles de
la independencia canadiense.


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Y, en efecto, Walter Hodge, Francisco Clerc y Roberto
Farran, considerados como los principales jefes de la conspi-
ración de Chambly, fueron sentenciados a muerte.
El día 27 de Septiembre, después de ha cer una última
llamada al patriotismo de sus conciudadanos, murieron en el
cadalso.
En cuanto a los demás acusados, entre los que se hall a-
ba el señor de Vaudreuil, bien sea que estuviesen menos
comprometidos, o que el Gobierno no quisiera castigar con
la última pena más que a los jefes de más renombre, les pe r-
donaron la vida, y sentenciados a prisión perpetua, no rec o-
braron su libertad hasta 1829, por una amnistía concedida a
los reos políticos.
¿Qué fue de Simón Morgaz después de la ejecución?
Una orden que le ponía en libertad le permitió salir de
Montreal, y se apresuró a desaparecer.
Pero una reprobación general iba a pesar sobre su nom-
bre, y, por consecuencia, a herir otros desgraciados seres
que, sin embargo, no eran responsables de su traición.
Bridget fue brutalmente despedida de la morada que ocup a-
ba en Montreal, echada de la casa de Chambly, en donde se
había refugiado durante la instrucción de la causa. Tuvo que
recoger a sus hijos, que acababan de ser expulsados del col e-
gio, como lo había sido su padre del banco de los acusados.
¿En dónde Simón Morgaz fue a ocultar su infamia
cuando su esposa y sus hijos se reunieron a él algunos días
después?
En primer lugar, a una pequeña ciudad lejana, y después,
fuera del distrito de Montreal.


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Sin embargo, la infeliz Bridget no po día creer en la cul-
pabilidad de su marido, ni los hijos en el crimen de su padre.
Se habían retirado los cuatro a Verchères, pueblo del cond a-
do del mismo nombre, situado en la orilla derecha del San
Lorenzo. Esperaban que allí ninguna sospecha los denuncia-
ría a la animadversión pública. Estos desgraciados vivieron
entonces con los últimos recursos que les quedaban, pues
aun cuando Simón Morgaz había recibido el precio de su
traición por conducto de la casa Rip, se guardaba muy bien
de sacar ese dinero delante de su mujer o de sus hijos. En su
presencia protestaba siempre de su inocencia, maldecía la
injusticia de los hombres que pesaba sobre su familia y sobre
él, diciendo:
-Si yo hubiese sido traidor, ¿no tendría acaso sumas
considerables a mi disposición? ¿Estaría reducido a esta e x-
cesiva escasez, esperando la miseria que nos amenaza?
Y Bridget, siempre creyendo en la inocencia de su mar i-
do, se alegraba sufriendo unas privaciones que hacían caer
por tierra las acusaciones de que su esposo era objeto, y la
pobre mujer se decía que las apariencias estaban en contra de
él... que no le habían permitido explicarse... que era víctima
de un horrible concurso de circunstancias... que un día lleg a-
ría en que se justificaría, puesto que era inocente, del crimen
horroroso que se le imputaba.
En cuanto a los hijos, tal vez se hubiera podido obse r-
var en ellos alguna diferencia en su actitud respecto al jefe de
la familia. El mayor, Joann, se apartaba muchas veces de los
demás, no atreviéndose siquiera a reflexionar en el oprobio
que recaería en adelante sobre su apellido; rechazaba, para


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no tener que profundizarlos, los argumentos en pro o en
contra que se presentaban en su espíritu. No quería juzgar a
su padre, temiendo que su juicio fuera imprudente; cerraba
los ojos, se callaba y se alejaba cuando su madre o su herm a-
no hablaban en favor del autor de sus días. Era evidente que
el infeliz adolescente temía encontrar culpable al hombre que
la había dado el ser.
Juan, por el contrario, obraba de muy diferente modo;
creía firmemente en la inocencia del cómplice de Walter
Hodge, de Farran y de Clerc, aun cuando se ele vaban tantas
voces para acusarte. De un carácter más impetuoso que
Joann, pero menos dueño de su juicio, se dejaba llevar de sus
instintos de cariño filial, asiéndose a ese lazo de la sangre que
la naturaleza hace tan difícil de romper.
Cuando algunas veces oía ciertas conversaciones ref e-
rentes a Simón Morgaz, quería defender a su padre en públ i-
co, y era precisa la intervención de su madre para impedirlo
que se entregara a algún acto de violencia.
La infortunada familia vivía en Verchères con un no m-
bre supuesto, en una profunda miseria material y moral, y no
se sabe a qué excesos hubieran llegado los habitantes de la
ciudad si hubieran tenido conocimiento de que Simón Mo r-
gaz se albergaba en ella.
En todo el Canadá, en las villas, así como en el más m í-
sero villorrio, el nombre del traidor era la más infame de las
calificaciones. Se le unía al de Judas, y más especialmente a
los de Black y de Dionisio Vitré, sinónimos de traidores des-
de hacía mucho tiempo ya en el idioma franco-canadiense.


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¡Sí! En 1759, ese Dionisio Vitré, un francés, había ten i-
do la infamia de pilotar a la flota inglesa de Quebec, ayuda n-
do a arrancar esta capital a la Francia.
¡Sí! En 1797, ese Black, un inglés, había entregado a un
proscrito que había confiado en su lealtad, el americano M a-
cLane, comprometido con los insurrectos canadienses, y este
generoso patriota había sido ahorcado, y después le cortaron
la cabeza y quemaron sus entrañas, arrancadas de su cadáver.
Y ahora, así como habían dicho Black y Vitré, se decía
Simón Morgaz; tres nombres entregados a la execración p ú-
blica.
La presencia de esta familia, cuyo origen no se conocía,
que vivía de un modo tan misterioso y apartada por co m-
pleto del trato de gentes, llamó la atención de los vecinos de
Verchères, y empezaron a entrar en sospechas.
Una noche el nombre de Black fue escrito en la puerta
de la casa habitada por Simón Morgaz.
Al siguiente día abandonó la población, acompañado de
su esposa y de sus hijos. Atravesaron el San Lorenzo, est a-
bleciéndose durante algunos días en uno de los pueblos de la
orilla izquierda del río; pero fijándose en ellos la atención de
los habitantes, salieron también de allí.
No era ya sino una familia errante, ob jeto de la general
reprobación.
Parecía que la Venganza le perseguía con una antorcha
encendida en la mano, como la representan en las leyendas
bíblicas, siguiendo por todas partes al matador de Abel.
Simón Morgaz y los suyos, no pudien do fijarse en ni n-
guna parte, atravesaron los condados de la Asunción, de


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Terrebonne, de Dos Montañas y de Vaudreuil, caminando
hacia el Este, en donde se hallan los pueblos menos popul o-
sos; y sin embargo, siempre, tarde o temprano, se les echaba
su nombre a la faz.
Dos meses después del juicio del 27 de Septiembre, el
padre, la madre, Joann y Juan habían tenido que huir hasta
los territorios del Ontario. Tuvieron que partir en seguida de
Kingston, en donde los conocieron en la posada que les se r-
vía de albergue. Simón Morgaz tuvo que apro vechar las t i-
nieblas de la noche para esca par; en va no Bridget y Juan
quisieron defenderle, pues con mucho trabajo pudieron ellos
mismos sustraerse a la ira de los habitantes, y Joann estuvo
expuesto a perder la vida protegiendo la retirada de su madre
y de su hermano.
Se reunieron los cuatro a algunas mi llas más allá de
Kingston, en la orilla del lago, del que resolvieron seguir la
margen septentrional para ir a los Estados Unidos, puesto
que no hallaban un refugio ni aun en el Alto Canadá, en
donde no habían penetrado todavía las ideas reformistas.
Y aun del otro lado de la frontera te nían que temer la
misma acogida, porque allí se odiaba el nombre de Black,
que había hecho traición a un ciudadano de la federación
americana.
Más valía dirigirse a un país desconocido, vivir en medio
de una tribu india, en donde el nombre de Simón Morgaz no
hubiera llegado aún. Todo fue en vano; él, miserable era
echado de todas partes. Lo conocían por doquiera, como si
llevara en la frente algún signo infamante que le señalara a la
vindicta universal.


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Llegaron los últimos días de Noviem bre. ¡Qué penoso
se hace el andar cuando es preciso arrostrar los malos tie m-
pos, esa brisa glacial y esos rigurosos fríos propios del i n-
vierno en el país de los la gos! Cuando atravesaban algún
lugar, los hijos compraban algunas provisiones, mientras que
el padre daba la vuelta por las afueras. Descansaban, cuando
podían, en alguna choza abandonada, y si no en el hueco de
alguna roca o debajo de los árboles de los inmensos bosques
que cubren aquel terreno.
Simón Morgaz estaba cada vez más sombrío y más h u-
raño; no cesaba de disculparse delante de su familia, como si
un invisible acusador, encarnizándose con él, le repitiera a
cada instante: «¡traidor!... ¡traidor!...» No se atrevía a mirar
cara a cara ni a Bridget ni a sus hijos, por más que aquella
procurara darle ánimo con afectuosas palabras, y si bien
Joann continuaba guardando. silencio, Juan decía:
-¡Padre... padre!... No te dejes abatir de ese modo. ¡El
tiempo te hará justicia contra los calumniadores!... ¡Recon o-
cerán que se han eq uivocado... que las apa riencias te han
sido contrarias!... ¿Cómo es posible, padre, que hayas hecho
traición a tus compañeros y que hayas vendido a tu país?...
-¡No!... ¡no!... respondía Simón Mor gaz con voz tan d é-
bil, que apenas se dejaba oír.
La desgraciada familia, errante de pueblo en pueblo y de
ciudad en ciudad, llegó así hasta el extremo occidental del
lago, a algunas millas del fuerte de Toronto. Dando la vuelta
al litoral, bastaría bajar hasta el río Niágara, y atravesarlo en
el sitio en que desemboca en el lago para llegar a la orilla
americana.


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¿Era, pues, allí en donde Simón Morgaz quería detene r-
se? ¿No fuera mejor ir más hacia el Oeste, hasta alcanzar una
comarca tan lejana, adonde no hubiera llegado a saberse la
noticia de la infamia recaída en su nombre?. Pero ¿cuál era el
sitio que buscaba? Ni su mujer ni sus hijos lo sabían; iban
siempre andando, y se contentaban con se guirlo sin hacerle
ninguna pregunta.
El 3 de Diciembre, cerca del anochecer, aquellos infel i-
ces, extenuados por el cansancio y la necesidad, hicieron alto
en una cueva, medio obstruida por la maleza y las zarzas;
alguna guarida, abandonada quizás por las fieras en aquel
momento. Las pocas provisiones que les quedaban habían
sido colocadas encima de la arena; Bridget sucumbía bajo el
peso del cansancio moral y físico. Era preciso que la familia
Morgaz consiguiera de una tribu in dia, en el pueblo más
próximo, algunos días de hospitalidad, que los canadienses le
rehusaban sin piedad.
Joann y Juan, acosados por el hambre, comieron un p o-
co de venado frito; pero aquella noche Simón y Bridget no
quisieron tomar ningún alimento.
-¡Padre, es preciso que cobres fuerza! dijo Juan.
Simón Morgaz no respondió.
-Padre mío, dijo entonces Joann (esta fue la única vez
que le dirigió la palabra desde su salida de Chambly); ¡padre
mío, no podemos ir más lejos!... ¡Nuestra madre está incapaz
de resistir nuevas fatigas!... ¡Estamos casi en la frontera ame-
ricana!... ¿Pensáis ir más allá? Simón Morgaz miró a su hijo
mayor, pero casi en seguida bajó la vista.
Joann insistió.


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-¡Ved en qué situación se encuentra nuestra madre! r e-
puso; no se halla en estado de moverse... ese entorpec i-
miento va a quitarla la poca energía que le queda... Mañana
se verá imposibilitada de levantarse... Mi hermano y yo la
llevaremos en brazos, si es necesario; pero es menester que
sepamos adónde queréis ir, y que no sea demasiado lejos.
¿Qué decidís, padre mío?
Simón Morgaz no respondió, inclinó la cabeza, y se reti-
ró al fondo de la cueva.
La noche habla llegado; ningún ruido turbaba aquella
profunda soledad; espesas nubes cubrían el cielo y amenaza-
ban trasformarlas en niebla. Ni un soplo de aire movía la
atmósfera; solamente se dejaban oír a lo lejos, y de vez en
cuando, los aullidos de las fieras. Una densa nieve empezó a
caer.
El frío se hizo tan vivo, que Juan fue a buscar un poco
de leña, que encendió cer ca de la abertura de la cueva para
que el humo saliera fuera.
Bridget, tendida en un lecho de hierbas que Joann había
amontonado, estaba siempre inmóvil. La poca vida que le
quedaba se traslucía por una penosa respira ción, entrecorta-
da por largos y dolorosos suspiros. Mientras que Joann tenía
entre las suyas la mano de su madre, Juan se ocupaba en
alimentar la fogata para man tener la temperatura a un grado
soportable.
Simón Morgaz acurrucado en el fondo, medio echado,
en una actitud desesperada, como si tuviese horror de sí
mismo, no se movía siquiera, y los reflejos de la llama alu m-
braban su fisonomía convulsa.


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Después, la llama se apagó poco a poco, y Juan sintió
que sus ojos se cerraban, a pesar suyo.
¿Cuántas horas quedó adormecido? No hubiera podido
decirlo; pero cuando se despertó, vio que las últimas brasas
iban a apagarse.
Se levantó, echó unos puñados de ra mas en la lumbre,
que avivó soplando con fuerza, y la cueva se iluminó de nue-
vo.
Al lado uno de otro, Bridget y Joann conservaban la
misma inmovilidad. En cuanto a Simón Morgaz, no se hall a-
ba ya allí.
¿Por qué había abandonado el sitio en que descansaban
su esposa y sus hijos?
Juan, presa de horroroso presentimien to, iba a lanzarse
fuera de la cueva, cuando sonó una detonación.
Bridget y Joann se incorporaron brus camente; ambos
habían oído el tiro, que sonó a muy corta distancia.
Bridget lanzó un grito de espanto, se levantó, y sosten i-
da por sus hijos salió de la cueva.
No habían dado veinte pasos cuando vieron un cuerpo
tendido encima de la nieve.
Era el de Simón Morgaz. El miserable acababa de tirarse
un pistoletazo en medio del corazón.
Estaba muerto.
Joann y Juan retrocedieron aterrados. El pasado se l e-
vantaba delante de ellos ¿Sería verdad que su padre era cu l-
pable, o en un acto de desesperación había que rido concluir
con una existencia que le era tan difícil de soportar?


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Y Bridget, echada encima del cuerpo de su marido, le
apretaba entre sus brazos.
No quería creer en la infamia del hombre de quien ll e-
vaba el nombre.
Joann levantó su madre, conducién dola a la cueva, en
donde su hermano y él depositaron el cadáver de su padre en
el sitio que ocupaba pocas horas antes.
Una cartera cayó del bolsillo del muer to; Joann la reco-
gió, y, al abrirla, un paquete de banknotes se escapó de ella.
Era el precio de la traición.
Era el dinero a cambio del cual Simón Morgaz había
entregado a los jefes de la conspiración de Chambly. La m a-
dre y los hijos no podían dudar ya. Joann y Juan se arrodill a-
ron al lado de Bridget.
¡Qué cuadro tan imponente! Delante del cadáver del
traidor, que se había hecho justicia, sólo quedaba una familia
infamada, cuyo nombre iba a desaparecer con el que le había
deshonrado.


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III
UN NOTARIO DE RAZA HURONA
Grandes eran los motivos que obligaron al gobernador
general, a sir John Colborne, al ministro de Policía y al cor o-
nel Gore a conferenciar en el palacio de Quebec, en vista de
las medidas que urgía tomar para reprimir la turbulencia de
los patriotas.
En efecto; una terrible insurrección iba muy pronto a
sublevar la población francocanadiense.
Pero si lord Gosford y sus amigos se preocupaban, y
con razón, de lo que podía suceder, esto no parecía turbar en
lo más mínimo a un joven que en la mañana del 3 de Se p-
tiembre despachaba en el bufete del Sr. Nick, notario, Plaza
del Mercado del Buen Socorro, en Montreal.
Despachar no es tal vez la palabra adecuada al absorbente
trabajo a que se hallaba entregado en aquel momento (nueve
de la mañana) el segundo pasante Lionel Restigouche, cuya
veloz pluma iba dejando en pos de sí una serie de líneas des-
iguales y de letra muy menuda, que no es parecía en nada a la
que se usa en las actas notariales. En algunos momentos,


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cuando la mano de Lionel descansaba para, fijar alguna idea
indecisa, su mirada se dirigía vagamente por la entreabierta
ventana hacia la columna levantada en medio de la plaza de
Santiago Cartier, en honor de almirante Nelson. Sus ojos se
animaban entonces, su frente se ponía radiante y su pluma
empezaba de nuevo a correr sobre el papel, mientras que
movía ligeramente la cabeza, como si hubiera llevado el
compás bajo la influencia de un ritmo regular.
Lionel, tenía apenas diecisiete años; su cara, casi femenil
todavía, de tipo enteramente francés, era encantadora, con
sus cabellos rubios, algo largos tal vez, y unos ojos azules
cómo el agua de los grandes lagos canadienses.
No tenía ni padre ni madre, pero puede decirse que el
Sr. Nick le servía de ambos, pues este estimable notario le
quería como si fuera hijo suyo. Lionel se hallaba solo en el
bufete.
En aquella hora los demás empleados estaban ocupados
en varias diligencias fuera de la casa, y ningún cliente se h a-
bía presentado todavía, a pesar de que el estudio del Sr. Nick
era uno de los más frecuentados de la ciudad.
Así es que Lionel, casi seguro de que no vendrían inc o-
modarle, estaba muy tranquilo, y acababa de adornar su
nombre con una magnífica rúbrica debajo del último re n-
glón, cuando oyó que le interpelaban:
-¡Eh! ¿Qué haces ahí, muchacho?
Era el Sr. Nick, a quien el joven pasante no había oído
llegar, absorto como estaba en su trabajo de contrabando.
El primer movimiento de Lionel fue el de abrir la cart e-
ra que tenía delante para deslizar en ella el papel de que se


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trata; pero el notario se apoderó con presteza del pliego so s-
pechoso, contra la voluntad del muchacho, que procuraba en
vano recuperarlo.
-¿Qué es esto, Lionel? preguntó; una minuta... una copia
de contrato...
-Sr. Nick, creed que...
El notario se puso las gafas, y con el ceño arrugado r e-
corrió la hoja de papel con aire estupefacto.
-¡Qué es lo que veo! exclamó. Renglo nes desiguales...
blanco por un lado... blanco por el otro... ¡Tanta tinta de s-
perdiciada y tan buen papel gastado sin pro vecho en márge-
nes inútiles¡
-Sr. Nick, respondió Lionel rubori zándose hasta las
orejas; esto se me ha ocurrido... por casualidad.
-¿Qué es lo que se te ha ocurrido por casualidad?
-Esos versos.
-¡Versos!... ¿Haces versos ahora? ¿No basta acaso la
prosa para redactar un acta?
-Es que no se trata de un acta, señor Nick.
-¿De qué se trata, pues?
-De una poesía que he escrito para el concurso de la L i-
ra Amical.
-¡La Lira Amical! exclamó el notario. ¿Imaginas acaso,
Lionel, que es para figu rar en el concurso de esa S ociedad
parnásica, o de otra cualquiera, por lo que te he admitido en
mi estudio? ¿Es para que te entregues a tus ardores poéticos
por lo que te he nombrado mi segundo pasante? Entonces,
tanto vale que pases el tiempo remando en una canoa en el
San Lorenzo, o que pasees como un dandy por las calles de


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Montreal o por el parque de Santa Elena. ¡Vaya, vaya! ¡Un
poeta en el Notariado! ¡Una cabeza de pasante con una a u-
reola! Esto es lo bastante para que huyan todos los clientes.
-No os enfadéis, Sr. Nick, respondió Lionel con tono de
pesadumbre. ¡Si supierais qué bien se acomoda la poesía con
nuestro melodioso idioma francés, que tanto se presta al
ritmo, a las cadencias a la armonía!... Nuestros poetas Lemay
Elzear Labelle, Francisco Mons, Chapemann, Octavio Cr e-
mazie...
-Los Sres. Cremazie, Chapemann, Labelle, Lemay, no
ocupan, que yo sepa, el importante puesto de segundo p a-
sante, n tienen, además de casa y mesa, un sueldo de seis
piastras mensuales, pagadas por mí, añadió el Sr. Nick. Tam-
poco tienen que redactar contratos de venta ni testamentos,
y, por consiguiente, pueden hacer versos a su antojo.
-Sr. Nick, una vez no es costumbre...
-Pues bien, sea... por una vez; ¿has querido ganar el
premio de la Lira Amical?
-He tenido, es verdad, esa loca presunción, Sr. Nick.
-¿Y puedo saber el asunto de que trata tu poesía? Será
sin duda alguna invoca ción ditirámbica a Tabellionoppe, la
musa del perfecto notario.
-¡Oh! exclamó el joven, protestando con un gesto.
-Vamos a ver; ¿cómo se llama esa máquina de asonantes
y consonantes?
-¡El fuego fatuo!
-¡El fuego fatuo exclamó el Sr. Nick. ¿Diriges tus versos a
los fuegos fatuos?


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Y sin duda el notario iba a combatir los djinns, los elfes,
los brownies, los trasgos, los duendes, las ondinas y todas las poéticas
figuras de la mitología escandinava, cuando el cartero llamó a
la puerta y apareció en el umbral.
-¡Ah, sois vos, amigo mío¡ dijo el señor Nick: os había
tomado por un fuego fatuo.
-¡Un fuego fatuo, Sr. Nick! respondió el cartero. ¿Me
parezco acaso a...?
-No, no; os parecéis a un cartero que me trae una carta.
-Aquí está, Sr. Nick.
-Gracias, amigo.
El cartero se retiró en el momento en que el notario,
viendo el sobre de la carta, la abría con viveza.
Lionel pudo entonces recuperar su plie go de papel, y,
doblándolo, se lo metió en el bolsillo.
El notario leyó la carta con extremada atención, y de s-
pués volvió el sobre para mirar el timbre y la fecha de salida.
Llevaba el sello de San Carlos, pequeña po blación del con-
dado de Verchères, y la fe cha del 2 de Septiembre , es decir,
la víspera. Después de reflexionar algunos instantes, el nota-
rio empezó de nuevo su filípica contra los poetas:
-¡Ah! Haces sacrificios a las musas, Lionel... Pues bien;
para castigarte, vas a acompañarme a Laval, y tendrás tie m-
po, durante el viaje, de hilvanar versos.
-¿Hilvanar, Sr. Nick?
-Es necesario que dentro de una hora nos hallemos en
camino, y si encontramos fuegos fatuos en el llano, les dirigi-
rás toda clase de cumplidos.


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Diciendo estas palabras, el notario entró en su despacho
particular, mientras que Lionel se preparaba para aquella
corta excursión, que no le desagradaba, pensando que lleg a-
ría tal vez a inspirar a su princi pal ideas más justas acerca de
la poesía en general y de los hijos de Apolo, aun cuando é s-
tos sean pasantes de notario.
El Sr. Nick era en el fondo un hombre excelente, muy
apreciado por la seguridad de su juicio y el valor de sus co n-
sejos. Su amable fisonomía; su cara larga y casi siempre r i-
sueña; su cabeza adornada de un cabello muy rizado, negro
en otro tiempo y blanco en el presente; sus ojos grises, llenos
de alegría; su boca, que de jaba ver una magnífica dentadura;
sus la bios sonrientes, sus maneras afables, y, en fin, su
constante buen humor, hacían de él una personalidad en
extremo simpática.
Un detalle que es menester tener en cuenta: debajo del
cutis bronceado y hasta rojizo del Sr. Nick, se adivinaba que
la sangre india corría por sus venas.
Así era, en efecto, y el notario no lo ocultaba.
Descendía de los más antiguos pueblos del país, de
aquellos que poseían el suelo antes de que los europeos h u-
biesen atravesado el Océano para conquistarlo. En aquella
época, muchos casamientos se contrajeron entre la raza
francesa y la indígena. Los Saint-Castin, los Enaud, los Nepi-
signy, los Entremont y otros formaron ramas nuevas, y hasta
se hicieron soberanos de algunas tribus salvajes.
Así, pues, el notario, Nick era hurón por sus antepas a-
dos, es decir, que perte necía a una de las cuatro grandes f a-
milias de la rama india; y aun cuando tenía derecho a llevar el


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nombre retumbante de Nicolás Sagamore, se le llamaba más
frecuentemente Nick. Se contentaba con éste, y no valía
menos por ello.
Se sabía, además, que su raza no estaba extinguida, y, en
efecto, uno de sus innumerables primos, jefe de Pieles Rojas,
reinaba en una de las tribus huronas, establecida al Norte del
condado de Laprairie, al Oeste del distrito de Montreal.
No hay por qué admirarse si esta parti cularidad se en-
cuentra todavía en el Canadá. Últimamente vivía en Quebec
un honrado notario que, por su nacimiento, tenía el derecho
de blandir el tomahawl y de lanzar el grito de guerra a la cab e-
za de una partida de iroqueses. Felizmente el Sr. Nick no
pertenecía a esta tribu de pér fidos indios que las más de las
veces hicieron alianza con los opres ores; si hubiera sido así,
lo habría ocultado cuidadosamente. Pero no; pertenecía a la
raza de aquellos hurones que fueron siempre ami gos de los
franco-canadienses, no teniendo, pues, que ruborizarse por
su origen.
El joven Lionel estaba orgulloso de vi vir al lado de su
principal, retoño de los grandes jefes del Norte de América,
y no esperaba más que una ocasión para cele brarlo en sus
versos.
No siendo ni franco -canadiense ni anglo -americano, el
Sr. Nick había observa do siempre, en Montreal, una pr u-
dente neutralidad entre ambos partidos políticos. Todos lo
estimaban y recurrían a sus buenos consejos, que no rehus a-
ba a nadie. Es preciso, creer, sin embargo, que los instintos
característicos de su sangre se habían modificado en él, pues


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hasta aquella época jamás había sentido despertarse en su
corazón el ardor guerrero de los de su raza.
No era más que notario, un perfecto notario, plácido y
conciliador; además, no parecía haber experimentado nunca
el deseo de perpetuar el nombre de los Sagamores, puesto
que no se había casado, ni pensaba hacerlo.
Según hemos manifestado ya, el señor Nick se prepar a-
ba a partir en compañía de su segundo pasante para un viaje
bastante corto, puesto que su anciana sirvienta Dolly recibió
la orden de esperarlo para la hora de comer.
La ciudad de Montreal está edificada en la costa meridional
de una de las islas del San Lorenzo, que tiene una longitud
de diez a once leguas, por cinco o seis de latitud, y que ocupa
una vasta extensión formada por un ensanche del río O u-
taouais. En dicho sitio fue en donde Santia go Cartier descu-
brió la población india de Hochelaga, que en 1640 fue
concedida por el rey de Francia a la congregación de San
Sulpicio.
La ciudad, que tomó su nombre del Monte Real que la
domina, está situada en una posición muy favorable para el
desarrollo de su comercio, y contaba ya más de 6.000 hab i-
tantes en el año 1760.
Se extiende al pie de una pintoresca coli na, de la que
han hecho un parque mag nífico, y que participa, con otro
formado en el islote de Santa Elena, de la ventaja de atraer
gran número de paseantes.
Un soberbio puente tubular, de tres kilómetros de largo,
que no existía en 1837, une ahora la ciudad con la orilla d e-
recha del río.


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Montreal se ha hecho una gran ciudad, de aspecto más
moderno que Quebec, y, por lo tanto, menos pintoresca.
Se pueden visitar con algún interés las dos catedrales, la
anglicana y la católica, el Banco, la Bolsa, el hospital general,
el teatro, el convento de Nuestra Señora, la Universidad
protestante de Mac-Gill y el Seminario de San Sulpicio. Pero
esta ciudad no es demasiado grande para los ciento cuarenta
mil habitantes que se albergan en ella, y entre los que el el e-
mento sajón forma sólo una tercera parte; proporción ba s-
tante elevada si se la compara a la de las demás villas
canadienses.
Al Oeste se encuentra el barrio inglés o escocés, que los
habitantes del país llaman las falditas; al Este, el barrio fra n-
cés. Ambas razas tenían entra sí muy poco trato, pues en
1837 el comercio, la industria y la banca eran monopolio de
banqueros, industriales o comerciantes de origen británico.
La magnífica vía fluvial que presenta el San Lorenzo
asegura la prosperidad de aquella hermosa ciudad, la que
pone en comunicación, no solamente con los dife rentes
condados del Canadá, sino también con Europa, sin que sea
necesario embarcarse en Nueva York, en provecho de los
buques del antiguo continente.
A semejanza de los ricos negociantes de Londres, los de
la población de que nos ocupamos separan la habitación de
la familia de la casa de comercio, y cuando acaban su trabajo
se dirigen hacia los ba rrios del Norte por las pendientes del
Monte Real y de la avenida circular que rodea su base. Allí se
elevan casas par ticulares, que parecen pal acios, y hermo-
sísimos hoteles en medio de jardines.


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Fuera de estos barrios opulentos, los irlandeses están, si
así puede decirse, con finados en su Gheto de Santa Ana, s i-
tuado en la desembocadura del canal de Lachine, en la orilla
derecha del San Lorenzo.
El Sr. Nick poseía una buena fortuna, y hubiera podido
retirarse todas las noches, como lo hacen las notabilidades
comerciales, a una de aquellas aristocráticas mo radas de la
villa alta, debajo de los fron dosos árboles de San Antonio.
Pero era de esos notarios de antigua raza, cuyo horizonte se
limita por las paredes de su estudio y que justifican el no m-
bre de guardanotas, vigilando día y noche los con tratos, mi-
nutas y papeles de familia confiados a sus cuidados.
El descendiente de los Sagamores vivía, pues, en su a n-
tigua casa de la plaza del Mercado del Buen Socorro. De allí
salió, en la mañana del 3 de Septiembre, con su segundo
pasante para ir a tomar el coche que hacía el servicio de
Montreal a la isla Jesús, separadas por uno de los brazos
intermedios del San Lorenzo.
En primer lugar, el notario se fue al Banco, por anchas
calles llenas de lujosas tiendas y esmeradamente cuidadas por
los ediles montrealeses.
Llegado que hubo delante del edificio, dijo a Lionel que
lo esperara, entró en la sala de la caja central, volvió un
cuarto de hora después, y se dirigió hacia la oficina del coche
público.
Este era una de esas vagonetas de dos caballos que se
llaman buggies en lenguaje canadiense. Esta especie de vehícu-
los, suspendidos sobre buenos muelles, tienen el mov i-
miento bastante suave, están construidos con mucha solidez


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para resistir la dureza de los caminos, y cabe en ellos media
docena de viajeros.
-¡Ah! ¡Es el Sr. Nick! exclamó el con ductor del coche,
divisando al notario, que siempre y en todas partes era bien
acogido.
-Yo mismo, acompañado de mi pa sante, respondió el
descendiente de los hurones, con el tono de buen humor pe-
culiar en él.
-¿Estáis bueno, Sr. Nick?
-Sí, Tom, es de desear que gocéis tan buena salud como
yo, porque así no os arruinaréis comprando medicamentos...
-Ni tendré que pagar al médico, respondió Tom.
-¿Cuándo partimos? preguntó el notario.
-Al instante.
-¿Hay otros viajeros más que nosotros?
-Todavía no, replicó Tom; pero tal vez venga alguno en
el último momento...
-Así lo deseo, Tom, porque me gusta hablar durante el
viaje, y para esto es indispensable tener compañía.
Sin embargo, parecía probable que los deseos del Sr.
Nick no se verían cumplidos por esta vez, pues los caballos
estaban enganchados, Tom hacía chasquear su látigo y nadie
se presentaba para ocupar los asientos vacíos.
El notario se sentó en el fondo del ve hículo al lado de
Lionel. Tom echó una última mirada arriba y abajo de la
calle, montó después en el pescante, recogió las riendas, y
arreando a los caballos, el co che echó a andar en el m o-
mento que algunas personas que pasaban y conocían al Sr.
Nick (¡quién no conocía a aquel hombre excelente!) le d e-


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seaban un feliz viaje, a lo que respondió saludando con la
mano.
El mayoral guió hacia los barrios altos en dirección al
Monte Real; el notario miraba a diestra y siniestra con tanta
atención como Tom, aunque con diferente mo tivo; pero
parecía que aquel día nadie tenía necesidad de ir al Norte de
la isla ni de conversar con el Sr. Nick. No; Ni si quiera se
presentaba un solo compañero de viaje, y, sain embargo, el
coche había llegado al paseo circular, desierto todavía a
aquella hora, entrando en él al trote de los caballos.
En aquel momento, un individuo avanzó hacia el veh í-
culo, haciendo señas a cochero para que detuviera los cab a-
llos.
-¿Tenéis algún asiento desocupado? preguntó.
-Uno y tret también, respondió Tom, que, según su
costumbre, dio a este diptongo la pronunciación canadiense,
como hubiera podido decir: il fait-fret, por hace frío.
El nuevo viajero tomó asiento en el banco enfrente de
Lionel, después de saludar al Sr. Nick y a su pasante. El c o-
che echó a andar de nuevo, y algunos minutos después dio la
vuelta al Monte Real, y desaparecieron a la vista los tejados
de hierro estañado de las casas de la ciudad, que respland e-
cían al sol como otros tantos espejos plateados.
El notario vio con gran satisfacción que el recién llegado
se sentara frente a él; porque podría, por lo menos, distraerse
durante las cuatro leguas que separan. Montreal del brazo
superior del San Lorenzo. Pero parecía que el viajero no
estaba de humor de hablar, porque después de haber mirado
con alguna atención al notario y a Lionel, se recostó en su


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rincón, y con los ojos medio cerrados, parecía absorberse en
sus reflexiones.
Era un joven de unos veintinueve años apenas. Su talle
esbelto, su enérgica fisonomía, su cuerpo lleno de vigor, su
resuelta mirada, sus varoniles facciones y su frente despejada,
rodeada de negro cabello, hacían de él el más cumplido y
hermoso tipo de la raza franco-canadiense.
¿Quién era? ¿De dónde venía?
El Sr. Nick, que conocía a todo el mundo, no le había
visto jamás, y, sin embargo, examinándole con alguna dete n-
ción, le pareció que aquel joven, a pesar de que estaba ahora
en la primavera de su vida, había debido pasar por duras
pruebas y se había criado en la escuela de la desgracia.
Bastaba ver su traje para conocer que pertenecía al pa r-
tido que luchaba por la independencia nacional, pues vestía,
poco más o menos, como aquellos intrépidos aventureros, a
los que dan todavía el nombre de corredores de los bosques. Lle-
vaba en la cabeza la tuque azul, y su traje se componía de una
especie de capote cruzado sobre el pecho, de un pantalón de
una tela gris muy basta, sujeto a la cintura por una faja e n-
carnada, productos todos del país.
Nuestros lectores no habrán olvidado que el uso de esas
telas indígenas equivalía a una protesta política, puesto que
excluía los productos fabriles importados de Inglaterra. Era
una de las mil maneras que tenían los patriotas de desafiar la
autoridad metropolitana, y este ejemplo databa de muy atrás.
En efecto, ciento cincuenta años antes, los habitantes de
Boston, para demostrar su odio a la Gran Bretaña, prohibi e-
ron el uso del té. Lo mismo que éstos, los canadienses no


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querían aprovecharse de ningún producto que fuese fabric a-
do en el Reino Unido, para diferenciarse de los leales.
En cuanto al Sr. Nick, como neutral, llevaba una levita
de procedencia inglesa y un pantalón fabricado en el país;
pero en el patriótico traje de Lionel no había entrado un solo
hilo que no hubiera sido hilado en el territorio por cuya
independencia tantos en aquel momento suspiraban. El c o-
che corría con bastante rapidez por aquel suelo asaz desigual
de las llanuras que se desarrollan a través de la isla de Mon-
treal hasta el curso del San Lorenzo. El tiempo parecía muy
largo al Sr. Nick, tan locuaz por naturaleza; y como el des-
conocido no parecía dispuesto a tomar la palabra, el notario
no tuvo más remedio que contentarse con hablar con Lionel,
esperando que su compañero de viaje con cluiría por me z-
clarse en la conversación.
-¡Vamos, Lionel, dijo, ¿y ese fuego fatuo?
-¿Qué fuego fatuo?... respondió el joven pasante.
-Por más que me canse la vista, no veo rastro de él en la
llanura.
-Porque es de día, Sr. Nick, contestó Lionel, muy dec i-
dido a responder en tono de chanza.
-Puede ser que cantando la antigua copla de antaño:
¡Vamos, alegría, compadre trasgo!
¡Vamos, alegría, querido vecino!...
Pero no, el compadre no responde. A propósito, Lionel:
¿conoces tú el medio de librarse de las diabluras de los fu e-
gos fatuos?


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-Sí, señor; basta preguntarles cuál es la fecha de Nav i-
dad, y como la ignoran, hay tiempo de huir mientras buscan
una respuesta.
-Veo que estás al corriente de las tradiciones. Pues bien;
mientras que uno de ellos nos intercepta el camino, si habl á-
semos algo del que tienes escondido en el bolsillo...
Lionel se ruborizó.
-¡Queréis, Sr. Nick!... replicó.
-Sí, muchacho, quiero que me lo leas; esto nos entreten-
drá un rato.
Y dirigiéndose al taciturno viajero:
-¿No os incomodará oír leer versos, caballero? preguntó
sonriendo.
-De ningún modo, respondió el joven.
-Se trata de una poesía que mi pa sante ha hecho para
tomar parte en el concurso de la Lira Amical. Estos mu-
chachos no dudan de nada... Vamos, jo ven poeta, ensaya tu
pieza, como dicen los artilleros.
Lionel, muy satisfecho por tener un oyente que acaso
fuera más tolerante que el notario, sacó el pliego azulado de
su bolsillo y leyó lo que sigue:
“EL FUEGO FATUO. Este fuego impalpable y capr i-
choso, -que en tinieblas se presenta y luce, -y que en las
sombras de la noche, -ni en el mar ni en la arena, -deja d e-
trás de él rastro alguno.
“Este fuego que súbito se apaga, -es rojo, es blancuzco
o es morado. -Para saber qué cosa fuera, -preciso sería de él
apoderarse. -¿Cómo coger un fuego fatuo?”


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-Sí, dijo el Sr. Nick, alcánzale y aprisiónale en una jaula.
Continúa, Lionel.
“Se afirma (¿será como se cree?) que es hidrógeno del
suelo. -Mas quiero creer que en su vuelo-viene de una lejana
estrella, “de Vega, de la Lira o de Algo!”
-Lo que más te acomode, muchacho, dijo el notario con
un movimiento de cabeza. Eso es cosa tuya.
Lionel prosiguió:
“¿No será más bien el aliento-de un silfo, de un trasgo o
de un genio-que brilla, vuela y se apaga -cuando se despierta
la naturaleza-con los rayos Alegres del astro matutino?
¿O la luz de la linterna-del alto espectro que va a sentar-
se-en el tejado de ras trojo del lagar,-cuando la luna, pálida y
opaca-sale al horizonte por la noche?
¿O tal vez el alma luminosa-de una loca que va busca n-
do-la paz fuera d el mundo malo, -y pasa como una espiga-
dora-que nada encuentra en el campo?”
-¡Perfecto! exclamó el Sr. Nick. ¿Has concluido ya con
tus descriptivas comparaciones?
-¡Oh! no, señor, respondió el joven pasante.
Y continuó en estos términos:
“¿Será un efecto de espejismo -producido por el mov i-
miento del aire.-En el horizonte ya menos claro,-o al final de
una tormenta,-la luz de un último relámpago?”
¿Será la luz de un bólido, -de un meteoro icario,-que en
su curso aéreo era luminoso y sólido, -y del que nada queda
ya?


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¿O en los campos en que alumbra-los surcos con pálido
reflejo,-algún misterioso rayo-caído de una aurora polar, -
como nocturna mariposa?”
-¿Qué os parece todo éste galimatías de trovador, cab a-
llero? preguntó el notario a su compañero de viaje.
-Que vuestro joven pasante no carece de imaginación, y
que tengo curiosidad por saber a lo que podrá comparar
todavía su fuego fatuo.
-Continúa, pues, Lionel.
Éste, que se ruborizó algún tanto por el cumplido del
desconocido, prosiguió con voz vibrante:
“¿Sería, acaso, en esas horas fúnebres -en que los vivos
duermen cansados, -el pabellón de arrugados pliegues -que
aquí abajo-el ángel de tinieblas -enarbola en nombre de los
difuntos?”
-¡Brrr...! hizo el Sr. Nick.
“¿O en medio de las noches sombrías, -cuando el m o-
mento ha llegado, -será la señal convenida -que la tierra, del
seno de las sombras,-envía al cielo hacia lo desconocido?”
“Y que, como un fuego de marea, -a los espíritus que se
agitan a través -de los vagos espacios abiertos, -indica la c e-
leste entrada-de los puertos del inmenso universo?
-¡Bien, joven poeta! dijo el viajero.
-Sí, no está del todo mal, añadió el señor Nick. ¿De
dónde sacas tú todo esto?... ¿Pero supongo que ya has co n-
cluido?
-Todavía no, respondió Lionel, que prosiguió con voz
cada vez más acentuada:


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“Pero si es el amor, ¡oh niña! -que le mueve a lo lejos
ante tu vista,-déjale solo entregado a su placer; guarda tu co-
razón. Ese fuego brilla,-brilla mucho, pero no quema.”
-¡Burladas las muchachas! exclamó el notario. Mucho
me hubiera sorprendido que no se hablara algo de amor en
estos acordes anacreónticos. Después de todo, es cosa pr o-
pia de su edad. ¿No sois de mi parecer, caballero?
-En un todo, respondió el desconocido, e imagino que...
El joven interrumpió la frase viendo a un grupo de
hombres apostados en la orilla del camino, y a uno de éstos
que hacía señas al cochero para que se detuviera.
Éste paró los caballos, y aquellos se acercaron al coche.
-Me parece que es el Sr. Nick, dijo uno de aquellos ind i-
viduos, descubriéndose con cortesía.
-Y vos sois el Sr. Rip, respondió el notario, que añadió
por lo bajo: ¡Demonio, desconfiemos!
Felizmente para él, ni el Sr. Nick, ni su pasante, ni ta m-
poco el jefe de la Agencia, notaron la súbita transformación
que sufrió la fisonomía del desconoc ido cuando oyó pr o-
nunciar el nombre de Rip. Su cara palideció, no con la pal i-
dez del espanto, sino por el horror; visiblemente tuvo el
pensamiento de echarse sobre el agente...; pero habiendo
vuelto la cabeza, llegó a dominarse.
-¿Os dirigís a Laval, señor notario? repuso Rip.
-Así es, en efecto, Sr. Rip; voy allá para unos asuntos
que me detendrán algunas horas, y espero estar de vuelta en
Montreal esta misma noche.
-Como más os convenga.


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-¿Y qué hacéis por aquí? preguntó el notario. ¿Vigiláis
siempre por cuenta del Gobierno? ¡Cuántos malhechores
habréis preso ya! Pero ¡bah! por más que se en cierren mu-
chos, es semilla que se multipli ca, como las malas hierbas.
En verdad, mejor sería que se hiciesen hombres de bien.
-Tenéis razón, Sr. Nick; pero carecen de vocación para
ello.
-¡La vocación! Siempre os gusta bromear, Sr. Rip. ¡E s-
táis sobre la pista de algún criminal?
-Criminal para unos, héroe para los demás, respondió el
agente. Eso depende del modo de mirar las cosas.
-¿Qué queréis decir?
-Que han notado en la isla la presen cia de ese famoso
Juan -Sin-Nombre...
-¡Ah, ah! Sí, los patriotas, en efecto, lo califican de h é-
roe, y no sin motivo; mas según parece, Su Graciosa Maje s-
tad no es de esa opinión, puesto que el ministro Gil berto
Argall os ha encargado de buscarlo.
-Así es Sr. Nick.
-¿Y decís que ese misterioso revolucionario ha sido visto
en la isla Montreal?
-Así lo pretenden, por lo menos, con testó Rip; pero
empiezo a dudar de ello.
-¡Oh! Si es verdad que haya venido, debe haberse ido ya,
replicó el notario, o no estará mucho tiempo.
¡Juan-Sin-Nombre no es fácil de prender!
-Es un verdadero fuego fatuo, dijo el joven viajero dir i-
giéndose al pasante.


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-¡Ah! ¡Bien! ¡Muy bien!... exclamó el Sr. Nick. ¡Saluda,
Lionel, y da las gracias! A propósito, Sr. Rip, si encontráis,
por casualidad, un fuego fatuo en vuestro camino, procurad
cogerle para entregárselo a mi pasante, pues esa llama errante
tendrá sumo gusto en oír cómo la trata un discípulo de
Apolo.
-Lo haría con mil amores, Contestó Rip, si no tuviés e-
mos que volver en segui da a Montreal, en donde tengo que
recoger noticias e instrucciones.
Después, volviéndose al desconocido:
-¿El señor os acompaña?
-Hasta Laval... respondió éste.
-Adonde tengo prisa de llegar, aña dió el notario. Hasta
la vista, Sr. Rip, y si no me es posible desearos buena suerte
en cuanto a la captura de Juan -Sin-Nombre, cosa que apesa-
dumbraría demasiado a los patriotas, por lo menos os deseo
muy buenos días.
-Y yo feliz viaje, Sr. Nick.
Los caballos partieron al trote, y Rip, con sus compañ e-
ros, desaparecieron en un recodo del camino.
Algunos instantes después, el notario decía al joven, que
se había recostado de nuevo en su rincón:
-¡Sí! Es menester esperar que Juan -Sin-Nombre no se
dejará prender. Hace mucho tiempo que se le busca...
-¡Ya pueden buscarle! exclamó Lionel; este bribón de
Rip perderá en ello su fama de hábil polizonte.
-¡Chitón, Lionel, esto no nos importa!
-Ese Juan-Sin-Nombre está acostumbrado, por lo visto,
a despistar a la policía, dijo el joven viajero.


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-Así es, en efecto, caballero; si se de jara prender, sería
una gran pérdida para el partido franco-canadiense.
-Los hombres de acción no faltan, señor Nick; uno más
o menos...
-No importa, contestó el notario. Ha oído decir, que se-
ría una desgracia; pero como no me ocupo nunca de política,
ni Lionel tampoco, más vale no hablar de ello.
-Hemos sido interrumpidos en el mo mento en que
vuestro joven pasante se entregaba a su inspiración poética.
-Inspiración que había acabado, supongo...
-No, señor, respondió Lionel, dando las gracias con una
sonrisa a su benévola auditor.
-¡Cómo! ¿tienes aliento todavía? excla mó el notario. He
aquí un fuego fatuo que ha sido ya silfo, djinn, trasgo, espec-
tro, alma luminosa, espejismo, relámpago, bó lido, rayo, p a-
bellón, fuego de marea, chispa amorosa, y no es bastante. En
verdad que me estoy preguntando lo que puede ser todavía.
-Tengo también gran curiosidad por saberlo, replicó el
viajero.
-En ese caso, prosigue, Lionel, prosi gue, hijo mío, y
concluye de una vez, si es que esta nomenclatura tiene fin.
Lionel, acostumbrado a las bromas de su principal, no
se conmovió por tan poco, y continuó su lectura:
“Seas lo que fueres, relámpago, soplo, alma, -para mejor
penetrar tus secretos, ¡oh fuego caprichoso! yo quisi e-
ra-poder absorberme en tu llama-.para seguirte por do quie-
ra.


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“Cuando en la copa de los árboles-vienes a posar tu ala-
da frente -o discreta mente llamado, -cuando acaricias los
mármoles-del camposanto...”
-¡Triste, muy triste! murmuró el notario.
“O cuando andas por las bordas -del, navío batido en el
flanco,-por los golpes del tifón silbando, -deslizándote por el
velamen,-como una blanca gaviota.
“Y la unión sería completa -si el destino quisiera un día
-que yo pudiera, como me gustaría, - ¡nacer contigo, loquilla
llama,-y morir contigo, fuego fatuo!”
-¡Ah, muy bien! exclamó el Sr. Nick. He aquí un final
que me gusta. Puede cantarse:
Loquilla llama,-fuego fatuo.
¿Qué os parece, caballero?
-Que este joven poeta reciba mi enhorabuena, y le deseo
sinceramente alcance el premio de poesía en el concurso de
la Lira Amical. Pero, suceda lo que quiera, sus versos me han
hecho pasar momentos muy agradables, y nunca el viaje me
ha parecido más corto.
Lionel, muy confuso, bebía, sin embargo, a grandes tra-
gos la copa de alabanzas que le tendía el joven, y el Sr. Nick,
en el fondo, se mostraba muy satisfecho por los elogios dir i-
gidos a su pasante predilecto.
Mientras tanto el coche había andado a buen paso, y
apenas daban las once cuan do llegó al brazo septentrional
del río.


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En esa época, los primeros steam-boats habían hecho ya
su aparición en el San Lorenzo; no eran ni potentes ni ráp i-
dos; recordaban más bien, por sus dimensio nes, esas chalu-
pas de vapor, a las que se da en la actualidad en el Canadá el
nombre de tug-boat, o, con más frecuencia, el de toc.
En algunos minutos ese toc transportó al Sr. Nick, a su
pasante y al viajero a través del San Lorenzo, cuyas aguas
verdosas se mezclaban todavía con las negras del río O u-
taouais.
Allí se separaron, después de saludarse y de cambiar
apretones de manos; y mien tras el desconocido se dirigía
hacia las calles de Laval, el notario y Lionel, dando la vuelta a
la ciudad, se fueron hacia el Este de la isla de Jesús.


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IV
LA VILLA DE MONTCALM
La isla de Jesús, situada entre los dos brazos superiores
del San Lorenzo, pero de menos extensión que la de Mo n-
treal, encierra cierto número de parroquias y circunscribe en
su perímetro el condado de Laval, cuyo nombre es también
el de la grande Universidad de Quebec, en recuer do del pri-
mer Obispo del país canadiense.
Laval es igualmente el nombre de la principal ciudad de
la isla de Jesús, situada en la orilla meridional; y aun cuando
la morada del señor de Vaudreuil formaba parte de esta p a-
rroquia, se hallaba, sin embargo, a una legua de distancia,
según se sigue el curso del San Lorenzo.


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Era una casa de aspecto muy agradable, rodeada por un
parque de unos cincuenta acres, cubiertos de praderas y de
magnífico, arbolado, limitado, por la orilla del río.
Su arquitectura, así como su ornamentación, se diferen-
ciaban mucho de la anglosajona, consistente en el seudogóti-
co, tan usado en la Gran Bretaña; pues el gusto francés
dominaba allí como soberano, y si no hubiera sido por la
marcha rápida y ruidosa de las aguas del San Lorenzo que
mugía a sus pies, se hubiera podido creer que la villa
Montcalm (así se llamaba) se hallaba en las orillas del Loira, a
algunas leguas de Chenonceaux o de Amboise.
Mezclado en las últimas insurrecciones reformistas del
país, el señor de Vaudreuil había figurado en la conspiración
a la que la traición de Simón Morgaz dio tan trágico desenl a-
ce con la muerte de Walter Hodge, de Roberto Farran, de
Francisco Clerc y con la prisión de los demás conjurados.
Algunos años más tarde, una amnistía dio a éstos la libertad,
y el señor de Vaudreuil volvió a su posesión de la isla de
Jesús.
La villa Montcalm estaba edificada en la orilla del río;
los primeros peldaños de su terrado anterior, a los que una
elegante marquesita abrigaba en parte delante de la fachada,
se bañaban en la corriente del in dicado río. En las tranquilas
sombras del parque, la brisa procuraba una frescura que h a-
cía muy soportable los calurosos días del verano canadiense.
Cualquier aficionado a la caza o a la pesca hubiera te nido
mucha diversión en aquella comarca, pues el pescado era
abundante en las caletas del San Lorenzo, en el que las leja-
nas ondulaciones de la sierra de los Laurentidas formaban,


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en la orilla izquierda, un ancho marco de verdura, y las llanu-
ras de la isla estaban pobladas de toda clase de caza.
Aquella parte del país había conserva do, como si se ll a-
mara todavía Nueva Francia, las costumbres todas del si glo
XVII. Un autor inglés, Russel, ha di cho con mucha razón:
«El Bajo Canadá es una Francia de los tiempos en que o n-
deaba en ella la bandera blanca flordelisada.» Y un escritor
francés, Eugenio Réveillaud, ha escrito: «Es el asilo del ant i-
guo régimen. Es una Bretaña o una Vendée de hace sesenta
años, que se prolonga más allá del Océano. Los habitantes
de aquella parte del continente americano han con servado
con celoso cuidado las costum bres, las ingenuas creencias y
las supersticiones de sus padres.»
Esto sucede aún en la época actual, y la raza francesa se
conserva en toda su pureza en el Canadá, sin mezcla alguna
de sangre extranjera.
De vuelta a la villa de Montcalm hacia 1829, el señor de
Vaudreuil se encontraba con todas las condiciones necesarias
para ser feliz; y aun cuando su fortuna no era considerable, le
aseguraba un bienestar, del que hubiera podido disfrutar con
sosiego, si su patriotismo, siempre ardien te, no la hubiese
colocado de nuevo en medio de las agitaciones de la política
militante.
En la época en que principia esta historia, el dueño de la
villa de Montcalm tenía cuarenta y siete años. Sus cabellos
grises le hacían parecer tal vez de más edad; pero su mirada
vivísima, sus ojos de un azul oscuro y muy brillante, su e s-
tatura más que mediana, su robusta constitución, que le as e-
guraba una salud a toda prueba, su fisonomía simpática y


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llena de agrado, y su porte noble, sin altanería, hacían de él el
tipo por excelencia del gentilhombre francés. Representaba
el verdadero des cendiente de aquella audaz nobleza que
atravesó el Atlántico en el siglo XVIII; el hijo de los fund a-
doras de la más hermosa de las colonias ultramarinas, que la
odiosa indiferencia de Luis XV abandonó a las exigencias de
la Gran Bretaña.
El señor de Vaudreuil era viudo hacía unos diez años.
La muerte de su esposa, a quien amaba sinceramente, dejó
en su vida un gran vacío, concentrando entonces toda su
afección en su hija única, en la que re vivía el alma valiente y
generosa de la que le había dado el ser.
Clary de Vaudreuil tendría unos veinte años cuando
principiaron los sucesos que nos proponemos relatar. Su
talle elegante, su espesa cabellera, casi negra, sus gran des
ojos, muy ardientes, su fresca y sonrosada tez y su fisonomía
algo grave, la hacían más hermosa que linda, más impo nente
que atractiva, como sucede con ciertas heroínas de Fenimore
Cooper. Era fría y reservada por costumbre, o, para expl i-
carnos mejor, toda su vida estaba concen trada en el único
amor que había experimentado hasta entonces: el amor a su
país.
Y, en efecto, Clary de Vaudreuil era una verdadera p a-
triota.
Durante el período de los movimientos insurreccionales
que se produjeron en 1832 y en 1834, siguió de cerca las
diversas fases de la rebelión. Los jefes de la oposición la con-
sideraban como la más valiente de las numerosas jóvenes
cuya adhesión era sin límites respecto a la causa nacio nal; así


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es que cuando los amigos políticos de su padre se reunían en
la villa de Mont calm, Clary tomaba parte en sus confe-
rencias, no mezclándose en ellas sino con pocas palabras,
siempre discretas; pero escuchaba, observaba y despachaba
la correspondencia que se sostenía con los Co mités refor-
mistas. Todos los franco -canadienses tenían en ella la más
absoluta confianza, porque la merecía, y la más res petuosa
amistad, de la que era digna.
Sin embargo, hacía poco tiempo que en aquel corazón
apasionado otro amor había llegado a confundirse con el que
experimentaba por su país; amor ideal, vago, que no conocía
siquiera al que lo inspiraba.
En 1831 y 1834 un personaje misterioso había venido a
representar un papel importantísimo en medio de las tentati-
vas de rebelión de aquella época. Había arriesgado su cabeza
con inaudita audacia, con un valor y un desinterés muy pr o-
pios para herir las imaginaciones sensibles, y desde entonces,
en todo el Canadá, su nombre era repetido con entusiasmo,
o más bien lo que le quedaba de él, puesto que no se la ll a-
maba más que Juan -Sin-Nombre. En los días de motín su r-
gía de repente en lo más recio de la pelea, y concluida la lu-
cha, desaparecía; pero se conocía que obra ba en la sombra y
que no cesaba de trabajar preparando el porvenir.
En vano la policía procuró por todos los medios pos i-
bles descubrir su retiro; la casa Rip y Compañía no tuvo
mejor éxito, por lo que tuvieron que desistir de su empeño
hasta más propicia ocasión. Nada se sabía respecto al origen
de este hombre, ni de su pasado, ni de su vida presente; pero
no podía desconocerse que su influencia era todopoderosa


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en la población franco-canadiense; así es que había pasado al
estado legendario, y los patriotas esperaban siempre que
aparecería algún día tremolando la bandera de la indepe n-
dencia.
Tal era el héroe anónimo cuyos actos habían hecho tan
profunda impresión en el espíritu de Clary de Vaudreuil. Sus
más íntimos pensamientos eran siempre para él; la invocaba
como a un ser sobrenatu ral, entregándose por completo a
esa mística comunidad. Amando a Juan -Sin-Nombre con el
más ideal de los amores, le pa recía que amaba aún más a su
país; encerraba con cuidado dicho sentimiento en su cor a-
zón, y cuando su padre la miraba, a través de las sombras del
parque, pasearse allí pensativa, no podía sospechar que s o-
ñaba con el joven patriota, que era para ella el símbolo de la
revolución canadiense.
Entre los amigos políticos que más a menudo se reunían
en la villa Montcalm, eran de los más íntimos algunos cuyos
parientes habían formado parte, con el señor de Vaudreuil,
en el complot de 1825.
Entro éstos, conviene citar a Andrés Farran y William
Clerc, cuyos hermanos, Roberto y Francisco, habían perec i-
do en el cadalso el 28 de Septiembre de 1825; luego, Vicente
Hodge, hijo de Walter Hodge, el patriota americano muerto
por la independencia del Canadá, después de haber sido e n-
tregado con sus compañeros por Simón Morgaz. Al par que
éstos, frecuentaba la morada del señor de Vaudreuil un ab o-
gado de Quebec, el diputado Sebas tián Gramont, el mism o
en cuya casa había sido falsamente señalada a la agencia Rip
la presencia de Juan-Sin-Nombre.


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El más ardiente entre los miembros de la oposición era,
con seguridad, Vicente Hodge, que contaba treinta y dos
años de edad. De sangre americana por su padre, y francés
por su madre, muerta de pesar poco tiempo después del
suplicio, Vicente Hodge no había podido vivir al lado de
Clary sin admirarla primero y amarla después, cosa que de
ningún modo hubiera desagradado al señor de Vaudreuil,
pues aquel joven era un hombre distin guido, simpático y de
modales muy finos, por más que tuviera el porte del yankee
de las fronteras. En cuanto a firmeza en los sentimientos, en
los afectos y en un valor a toda prueba, Clary Vaudreuil no
hubiera podido escoger un marido más digno de ella; pero la
joven ni siquiera había notado, las preferencias de que era
objeto. Entre Vicente Hodge y ella no po día existir sino un
lazo: el del patriotismo.
Apreciaba las cualidades del amigo de su padre; pero no
podía amarle, puesto que su vida, sus pensamientos y sus
aspiraciones todas pertenecían a otro, al desco nocido que
ella esperaba y que aparecería un día delante de su vista.
El señor de Vaudreuil y sus amigos ob servaban con
atención el movimiento de los espíritus en las provincias
canadienses, conociendo que la opinión estaba en extremo
sobrexcitada respecto a los leales. No se tramaba todavía,
como en el año 1825, un complot entre personajes políticos,
en contra del Gobernador gene ral. No. Era más bien, una
conspiración universal en estado latente, y para que la reb e-
lión estallara, bastaría que un jefe llamase a sí a los liberales,
sublevando las parroquias de todos los condados. No cabía
duda de que entonces los diputados reformistas, el señor de


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Vaudreuil y sus amigos, formarían en las primeras filas de los
insurrectos.
Y jamás las circunstancias se habían mostrado más favo-
rables para una revolución. Los reformistas, faltos de pacien-
cia ya, dejaban oír violentas protestas y denunciaban las
exacciones del Gobierno, que se decía autorizado por el G a-
binete británico para disponer de los fondos pú blicos sin la
aprobación de la Cámara. Los periódicos, entre otros El
Canadiense, fundado en 1806, y El Vindicator, de creación más
reciente, disparaban bala rasa, permítase la frase, contra la
Corona y sus agentes. Publicaban los discursos pronunciados
en el Parlamento o en los comicios populares por los Pap i-
neau, los Viger, los Quesnel, los Saint Real, los Bourdages y
tantos otros que rivalizaban en talento y audacia en sus p a-
trióticas acusaciones. Así las cosas, bastaría una chispa para
provocar una explosión popular; esto lo sabía muy bien lord
Gosford, y los partidarios de la refor ma no lo ignoraban
tampoco.
En la mañana del día 3 de Septiembre el cartero llevó a
la villa Montcalm una carta depositada la víspera en el correo
de Montreal, por medio de la que se avi saba al señor de
Vaudreuil que sus amigos Vicente Hodge, Andrés Farran y
William Clerc habían sido invitados a reunirse con él en la
tarde del presente día. El señor de Vaudreuil no conocía la
letra, y la firma sólo decía: Un hijo de la Libertad.
El padre de Clary quedó muy sorpren dido por esta co-
municación y por el modo de hacerla. La víspera había visto
a sus amigos en Montreal y se habían separado sin citarse
para el siguiente día. ¿Habrían recibido también ellos una


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carta de igual procedencia que la suya, citándolos en la villa
Montcalm? Así debía de ser; pero ¿no podía tornarse que
fuera alguna ma quinación de la policía? Esta desconfian za
era demasiado justificada por la traición de Simón Morgaz.
Fuese lo que fuese, el señor de Vaudreuil no tenía más
que esperar la llegada de sus amigos, que le explicarían sin
duda lo que no comprendía de aquella cita singular. Este fue
el parecer de Clary después de enterarse del contenido de la
carta, cuya letra examinaba con suma atención. ¡Extraña dis-
posición de su espíritu! Allí en donde su padre presentía una
asechanza de sus adversarios políticos para sus amigos y para
él, la joven creía, por el contrario, en alguna poderosa inter-
vención para la causa nacional. ¿Iba a mostrarse por fin la
mano que cogería los hilos de una nueva sublevación, que la
dirigiría llevándola a buen fin?
-Padre mío, dijo, tengo confianza.
Sin embargo, como la cita era para la tarde, el señor de
Vaudreuil quiso ir antes a Laval para ver si le daban alguna
noticia que motivara la urgencia de la pro yectada conferen-
cia, y además para recibir a Vicente Hodge y a sus compañe-
ros cuando desembarcaran en la isla Jesús. Pero en el
momento en que iba a dar la orden de enganchar, un criado
anunció que una visita acababa de llegar a la villa Montcalm.
-¿Quién es? preguntó con viveza el señor de Vaudreuil.
-He aquí su tarjeta, respondió el criado mostrándosela.
El amo leyó el nombre inscrito en el trozo de cartulina,
y exclamó:
-¡Es el excelente Sr. Nick! Sea bien venido. Hacedle e n-
trar en seguida.


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Un instante después, el notario se ha llaba en presencia
del señor de Vaudreuil y de su hija.
-¡Vos por aquí, Sr. Nick! dijo el dueño de Montcalm.
-En persona, y pron to a presentaros mis respetos, así
como a la señorita Clary, respondió el notario.
Y apretó la mano que le tendía el señor de Vaudreuil,
después de haber dirigido a la joven uno de esos saludos
oficiales de que los notarios parecen haber conservado la
tradición.
-He aquí, Sr. Nick, una visita inesperada, pero no menos
agradable.
-Agradable sobre todo para mí, respondió el desce n-
diente de los hurones. ¿Cómo estáis de salud, señorita... y
vos, señor de Vaudreuil? Vuestro aspecto me dice que os
encontráis perfectamente. Se conoce que el aire que se respi-
ra en esta villa es muy sano. Será preciso que me lleve un
poquito a mi casa del Mercado del Buen Socorro.
-De vos depende hacer una buena pro visión, Sr. Nick;
venid a vernos más a menudo.
-Quedaos con nosotros algunos días, añadió Clary.
-¡Y mi estudio y mis actas! exclamó el locuaz notario.
No me dejan tiempo para gozar de los placeres campestres.
Los testamentos no, porque se vive tantos años en el Can a-
dá, que creo llegará un día en que nadie se muera. ¡Es incre í-
ble el número de octogenarios y aun de cen tenarios que
existen por aquí! ¡Esto pasa los límites ordinarios de la est a-
dística!... Pero los casamientos no me dejan un instante de
reposo. Y a propósito: dentro de mes y medio estoy citado
en Laprairie, casa de uno de mis clientes, de los mejores por


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cierto, para hacer el contrato de boda de su decimonono
retoño.
-Ese debe ser mi arrendador Tomás Harcher, replicó el
señor de Vaudreuil.
-El mismo, y precisamente en vuestro cortijo de Chip o-
gán es donde me esperan.
-¡Qué familia tan hermosa, Sr. Nick!
-En verdad que sí; y estoy aún muy lejos de acabar con
las actas referentes a ellos.
-Pues bien, Sr. Nick, dijo Clary, es probable que nos
veamos en Chipogán, pues Tomás Harcher ha insistido de
tal modo en que asistamos al casamiento de su hija, que mi
padre y yo, si nada nos detiene en Montcalm, queremos darle
ese gusto.
-Que lo será también mío, respondió el notario, pues
sabéis desde hace mucho tiempo que experimento una gran
alegría siempre que tengo el gusto de veros. Sólo tengo que
reconveniros por una cosa, señorita Clary.
-¡A mí! ¿Por qué, Sr. Nick?
-Porque siempre me recibís como ami go, pero nunca
me hacéis llamar como notario.
La joven se sonrió por aquella insinuación; mas casi en
seguida sus facciones tomaron de nuevo su habitual grav e-
dad.
-Y sin embargo, dijo el señor de Vaudreuil, además del
carácter de amigo, mi querido Nick, habéis venido hoy con
el de notario a la villa Montcalm...
-Es verdad, es verdad, respondió el Sr. Nick; pero no es
por cuenta de la señorita Clary. En fin, esto sucederá algún


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día, pues todo llega. A propósito, señor de Vaudreuil; tengo
que deciros que no he venido solo...
-¡Cómo, Sr. Nick! ¿Habéis traído un compañero y le
dejáis en la antesala? Voy a dar la orden de que le hagan e n-
trar.
-No, no. No os incomodéis. Es sencillamente mi segun-
do pasante; un muchacho que hace versos; ¿habéis visto cosa
igual? y corre detrás de los fuegos fatuos.
¿Qué os parees de un pasante poeta o un poeta pasante,
señorita Clary? Como deseo hablaros en particular, señor de
Vaudreuil, le he dicho que fuera a pasearse por el parque.
-Bien está, Sr. Nick; pero, de todos modos, voy a ma n-
dar que se sirva algún refresco a ese joven poeta.
-Es inútil, porque no bebe más que néctar, y como no lo
tengáis de la última cosecha...
El señor de Vaudreuil no pudo menos de reírse de las
bromas del excelente hombre a quien conocía tantos años, y
cuyos consejos le habían sido siempre tan útiles para la d i-
rección de sus asuntos personales.
-Os dejo con mi padre, Sr. Nick, dijo entonces Clary.
-Os ruego que os quedéis, señorita, replicó el notario. Sé
que puedo hablar delante de vos hasta de cosas que se re-
lacionen con la política; a lo menos lo su pongo yo, pues no
ignoráis que no me mezclo nunca...
-Bien, bien, Sr. Nick, interrumpió el Señor de Vaudreuil,
Clary asistirá a nues tra conversación; pero sentémonos: de
este modo hablaremos con más comodidad.


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El notario se instaló en uno de los si llones de bambú,
mientras que el dueño de la casa y su hija tomaban asiento
en un sofá enfrente de él.
-Y ahora, amigo Nick, permitidme preguntaros el mot i-
vo de vuestra venida a la villa Montcalm.
-Para entregaros esto, respondió el notario.
Y sacó de su bolsillo un fajo de banknotes.
-¡Dinero!... exclamó el señor de Vaudreuil, no pudiendo
ocultar su extremada sorpresa.
-Sí, dinero, buen dinero; y, que os guste o no, una suma
bastante crecida.
-¿Una crecida suma decís?
-Miradlo. Cincuenta mil piastras, en bonitos billetes que
tienen curso legal.
-¿Y este dinero es para mí?
-Para vos, sólo para vos.
-¡Quién me lo envía!
-Me es completamente imposible decí roslo, por la se n-
cilla razón de que no lo sé.
-¡A qué uso está destinado!
-Lo ignoro.
-¿Y cómo os han encargado de remi tirme una cantidad
tan considerable?
-Leed.
El notario presentó a su interlocutor una carta, que no
contenía más que estos renglones:
«El Sr. Nick, notario en Montreal, se servirá remitir al
presidente del Comité reformista de Laval, en la villa


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Montcalm, el restante de la suma que salda nuestra cuenta
con él.
»2 de Septiembre de 1887.
J. B. J. »
El señor de Vaudreuil miraba al notario sin comprender
nada de este envío, que indudablemente era para él.
-¿De dónde viene esa carta? preguntó.
-De San Carlos condado de Verchères.
Clary había cogido la carta y examinaba cuidadosamente
la letra, pensando que podía haber sido escrita por la misma
mano que la que avisaba a su padre de la llegada de sus am i-
gos Vicente Hodge, Clerc y Farran...
Pero no; ninguna semejanza existía en la letra de ambas
cartas, cosa que Clary hizo notar a su padre.
-¿No sospecháis siquiera, Sr. Nick, preguntó la joven,
quién pueda ser el fir mante de esta misiva, que oculta su
nombre bajo las iniciales J. B. J?
-De ningún modo, señorita Clary.
-Y, sin embargo, ésta no es la primera vez que est áis en
relación con esa misma persona.
-En efecto...
-Aún diré más; con esas mismas personas, pues la carta
no dice mi, sino nuestra cuenta, lo que da lugar a pensar que
esas iniciales pertenecen a tres nombres diferentes.
-Así es, respondió el Sr. Nick.
-Observo también, dijo el señor de Vaudreuil, que
puesto que se trata de un saldo de cuenta, es que anterio r-
mente habéis dispuesto...


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-Señor de Vaudreuil, replicó el notario, he aquí todo
cuanto puedo, es más, cuanto debo deciros.
Y después de reflexionar algunos instantes antes de en-
trar en materia, el señor Nick contó lo que sigue:
-En 1825, un mes después del juicio que costó la vida a
algunos de vuestros amigos más queridos, Señor de Va u-
dreuil, y a vos la libertad, recibí un pliego certi ficado, que
contenía en banknotes la enorme suma de cien mil piastras. El
pliego de que se trata había sido puesto en el correo de Que-
bec, y encerraba una carta concebida en estos términos:
«Esta suma de cien mil piastras se de posita en manos
del Sr. Nick, notario en Montreal, para que la emplee según
avisos que recibirá ulteriormente. Se cuenta con su discr e-
ción para que no hable a nadie del depósito que se le confía
ni del uso que más tarde pueda hacer de él.»
-¿Y estaba firmada? Preguntó, Clary.
-J. B. J respondió el Sr. Nick.
-¡Las mismas iniciales! Dijo el señor de Vaudreuil.
¡Las mismas! repitió Clary.
-Sí, señorita, y, cómo bien podéis pen sarlo, me quedé
muy sorprendido del misterio que encerraba ese depósito;
pero siéndome imposible devolver esa suma al cliente de s-
conocido que me la había en tregado, y pareciéndome in o-
portuno, y aun indigno, notificarlo a la autoridad, colo qué
ese dinero en el Banco y esperé.
Clary y su padre escuchaban al señor Nick con la más
viva atención. ¿No había dicho el notario que pensaba que
aquel dinero pudiera muy bien destinarse a un fin político?
Y, en efecto, ya veremos cómo no se equivocaba.


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-Seis años más tarde, repuso, se me pidió una suma de
veintidós mil piastras mediante una carta firmada con esas
enigmáticas iniciales, rogándome la mandara inmediatamente
a Berthier, en el condado del mismo nombre.
-¿A quién? preguntó el señor de Vaudreuil.
-Al presidente del Comité reformista, y poco tiempo
después estalló la rebelión que sabéis. Pasaron cuatro años, y
recibí otra carta prescribiéndome el envío de veinte mil
piastras a Santa Martina, al presidente del Comité de Ch a-
teauguai. Un mes más tarde se produjo la violenta reac ción
que señaló las elecciones de 1834, dando por resultado la
prorrogación de la Cámara y la demanda de que es present a-
ra ante los Tribunales el gobernador lord Aylmer.
El señor de Vaudreuil reflexionó algunos instantes re s-
pecto a lo que acababa de oír, y después, dirigiéndose al n o-
tario, exclamó:
-¿De modo que, amigo Nick, creéis que existe cierta r e-
lación entre esas diversas manifestaciones y el envío del di-
nero a los Comités reformistas?
-Yo, señor de Vaudreuil, replicó el notario, nada creo.
No soy hombre político, sino un funcionario público. Nada
he hecho sino restituir las sumas que tenía en depósito, s e-
gún me lo han indicado. Os digo las cosas tal como han p a-
sado, y os dejo el cuidado de sacar las consecuencias.
-Está muy bien, mi prudente amigo respondió el señor
de Vaudreuil sonriendo. No es comprometeros; pero si h a-
béis venido hoy a la villa Montcalm...
-Ha sido para hacer por tercera vez lo que ya he hecho
dos. Me han avisado esta mañana, día 3 de Septiembre, pr i-


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mero, que disponga de la suma que me quedaba, o sea ci n-
cuenta mil piastras; y segundo, que la entregase al presidente
del Comité de Laval; por lo que, siendo el señor de Va u-
dreuil presidente del susodicho Comi té, he venido a traerle
aquella suma. ¿A qué uso está destinado ese dinero? No lo
sé, ni deseo saberlo. Entre las manos del men cionado presi-
dente he dejado aquella cantidad, y si no la he mandado por
el correo, si he preferido traerla yo mismo, ha sido para
aprovechar la ocasión de hacer una visita a mi amigo el señor
de Vaudreuil y a su hija la señorita Clary.
El Sr. Nick concluyó su discurso sin que nadie le int e-
rrumpiese, y después de decir lo que quiso, se levantó, y,
acercándose a la puerta de cristales que daba al terrado, se
puso a examinar las embarca ciones que bajaban o remont a-
ban el río.
El señor de Vaudreuil, entregado a pro fundas reflexio-
nes, guardaba silencio, y un mismo trabajo de deducciones se
hacía en el espíritu de su hija; no era dudoso para ellos que
ese dinero, con tanto misterio depositado en la caja del Sr.
Nick, había sido empleado en parte para las necesida des de
la causa nacional, y que se reser vaba a lo que quedaba el
mismo destino, en previsión de un próximo movimiento.
Este envío de dinero, coincidiendo con el recibo de la carta
firmada por Un hijo de la Libertad, por la que se comprendía
que acababa de convocar en la villa Montcalm a los más í n-
timos amigos del señor de Vaudreuil, ¿no parecía que hubi e-
se en esto una singular conexión?
La conversación se prolongó todavía durante algún
tiempo, y no podía ser de otro modo, dada la verbosidad del


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notario. Hablaron de lo que el señor de Vaudreuil sabía tan
bien o mejor que Nick; esto es, de la situación política, sobre
todo respecto al Bajo Canadá. Y estas cosas, no dejaba de
repetirlo, las relataba con la mayor reser va, pues no le gusta-
ba mezclarse en lo que no le importaba; lo que decía era para
que el señor de Vaudreuil desconfiara, porque la vigilancia de
la policía era muy ac tiva en las parroquias del condado de
Montreal.
Y a propósito de esto, el notario dijo:
-Lo que las autoridades temen, sobre todo, es que un je-
fe venga a ponerse al frente de un movimiento popular, y
que éste sea precisamente el famoso Juan Sin Nombre.
Al oír estas últimas palabras, Clary se levantó y se as o-
mó a la ventana abierta, por la que se veía el parque.
-¿Conocéis a ese audaz agitador amigo Nick? preguntó
el señor de Vaudreuil.
-Nunca lo he visto, respondió el notario, ni he visto
tampoco a nadie que le conozca; pero no hay duda de que
existe. Me lo figuro, como suelen pintarnos los héroes en las
novelas; un joven de alta estatura, de nobles facciones, de
simpática fisonomía y de voz seductora, como no sea algún
buen patriarca, en el límite de la vejez, arrugado y cascado
por la edad; porque con esos personajes no se sabe nunca a
qué atenerse.
-Sea lo que fuere, respondió el señor de Vaudreuil, ¡ojalá
tenga pronto el pensamiento de ponerse a nuestra cabeza, y
le seguiremos tan lejos como quiera llevarnos!...
-¡Eh, señor de Vaudreuil, puede ser que suceda antes de
mucho tiempo! exclamó el Sr. Nick.


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-¿Qué decía? preguntó Clary volviendo con viveza al
centro del salón.
-Digo, señorita Clary... o, más bien, no digo nada... Es
más cuerdo.
-Insisto, repuso la joven, ¡Hablad... hablad, os lo ruego!
¿Qué sabéis?
-Lo que otros saben también, respondió el Sr. Nick; que
Juan-Sin-Nombre ha vuelto a aparecer en el condado de
Montreal; así se dice, por desgracia.
-¡Por desgracia!, repitió Clary.
-Sí; pues si es cierta la noticia, temo mucho de que
nuestro héroe no pueda escapar a la vigilancia de la policía.
Hoy mismo, atravesando la isla de Montreal, he encontrado
a los agentes que el ministro Gilberto Argall ha lanzado s o-
bre las huellas de Juan-Sin-Nombre, y he visto entro ellos al
jefe de la casa Rip y Compañía.
-¿Cómo... Rip? dijo el señor de Vaudreuil.
-El mismo, respondió el notario. Es un hombre, hábil,
atraído sin duda por una. buena prima. Si, llega a apoderarse
de Juan-Sin-Nombre la condena de este joven patriota... sí,
decididamente debe ser joven, su condena es cierta, y el
partido nacional contará una víctima más.
A pesar de su fuerza de espíritu, Clary palideció de r e-
pente, sus ojos se cerraron, y apenas si pudo comprimir los
latidos de su corazón. El señor de Vaudreuil, muy pensativo,
iba y venía por el salón.
El Sr. Nick, queriendo borrar el penoso efecto produc i-
do por sus últimas palabras, añadió:


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-Después de todo, es un hombre de una audacia poco
común, que ha sabido hasta ahora sustraerse a las más sev e-
ras pesquisas. En el caso de que corriera peligro de ser
aprehendido, todas las casas del condado le darían asilo, t o-
das las puertas se abrirían delante de él, incluso la del estudio
del Sr. Nick, si se presentaba a pedirle refugio, aun cuando el
Sr. Nick no quiera mezclarse para nada en la política.
Después de estas palabras, el notario se despidió del s e-
ñor y de la señorita de Vaudreuil, pues no tenía tiempo que
perder si quería estar de vuelta en Montreal para la hora de
comer, esa hora regular y siempre bienvenida, en la que
cumplía con uno de los actos más importantes de su existen-
cia.
El señor de Vaudreuil quiso dar orden de que engancha-
sen un carruaje para lle var al Sr. Nick y a su pasante hasta
Laval, pero, como hombre prudente, el notario rehusó, d i-
ciendo que más valía que no se supiera nada de su visita a la
villa Montcalm; que, a Dios gracias, tenía buenas piernas,
que una legua más o menos no era cosa para cansar a uno de
los mejores andarines del notariado canadiense. Y luego, ¿no
corría por sus venas la sangre de los Sagamores? ¿No de s-
cendía de aquellos robustos indios, cuyos guerreros seguían
durante meses enteros el sendero de la guerra, etc., etc.?
En fin, el Sr. Nick llamó a Lionel, que sin duda corría
por las calles del parque detrás del sagrado batallón de las
musas, y ambos, remontando la orilla izquierda del San L o-
renzo, tomaron de nuevo el camino de Laval.
Después de tres cuartos de hora de marcha llegaron al
sitio en que atracaba el toc, en el momento en que desembar-


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caban los Sres. Vicente Hodge, Clerc y Farran que se dirigían
a la villa Montcalm.
Cruzándose con ellos, el notario fue saludado con un
inevitable y cordial «buenos días, Sr. Nick.» Después de atra-
vesar el río subió otra vez al coche de Tom, llegó a su casa
del Mercado del Buen Socorro en el instante preciso en que
su anciana sirvienta, mistress Dolly, ponía la humeante sopa
en la mesa.
El Sr. Nick se sentó en seguida en su ancho sillón, y
Lionel se colocó enfrente de él, mientras el buen señor tar a-
reaba:
Nacer contigo, loquilla llama,
Morir contigo, fuego fatuo.
-Sobro todo, añadió, si te tragas algunos versos durante
la comida, ten mucho cuidado con las espinas.


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V
EL DESCONOCIDO
Cuando Vicente Hodge, William Clerc y Andrés Farran
llegaron a la villa Montcalm, el señor de Vaudreuil los recibió
solo, pues Clary acababa de subir a su habitación.
Puesta a la ventana, que estaba abierta de par en par, la
joven dejaba vagar su mirada a través de la campiña, cuyo
horizonte se hallaba limitado por la sierra de los Laurentidas.
El recuerdo del ser mis terioso de que acababan de hablar,
ocupaba por entero su pensamiento. Lo ha bían visto en la
comarca, y como se le perseguía con actividad en la isla de
Montreal, quizás trataría de buscar un refugio en la de Jesús,
para lo cual le bastaba atravesar uno de los brazos del río y
en tal caso iría tal vez a pedir asilo a la villa Montcalm, pues
no podía dudar de que allí tenía amigos que se considerarían
muy felices al acogerte. Pero ¿no se ex pondría a mayores
peligros albergándose en la quinta del señor de Vaudreuil,
presidente del Comité reformista? La morada de éste debía
de ser particularmente vigilada, y, sin embargo, Clary tenía el
presentimiento de que Juan -Sin-Nombre iría, aun que no


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fuera más que por un día, por una hora. Y con la imagin a-
ción sobrexcitada, deseosa de encontrarse sola, había aban-
donado el salón antes de que los amigos de su padre fuesen
introducidos en él.
William Clerc y Andrés Farran, ambos de la misma edad
que el señor de Vaudreuil, habían sido oficiales de la milicia
canadiense. Separados de su empleo después del juicio del 25
de Septiembre, que había mandado al patíbulo a sus dos her-
manos, condenados ellos mismos a prisión perpetua, recupe-
raron la libertad merced a la amnistía, que había aprovech a-
do también el señor de Vaudreuil. El par tido nacional veía
en ellos a dos hombres de acción que no pensaban en otra
cosa sino en arriesgar por segunda vez su vida tomando de
nuevo las armas. Eran enérgicos, acostumbrados a la fatiga
por el hábito que tenían de grandes cacerías a través de los
bosques y de los llanos del condado de los Tres Ríos, en
donde poseían vastas propiedades.
En cuanto Vicente Hodge hubo apretado la mano del
señor de Vaudreuil, le preguntó si sabía que Farran, Clerc y
él habían sido convocados por escrito.
-Sí, respondió, el padre de Clary; y sin duda la carta que
cada uno de vosotros ha recibido está firmada, como la que
se me ha dirigido, por Un hijo de la libertad...
-Así es, respondió Andrés Farran.
-¿No te parece que esto encierra algu na asechanza de
nuestros enemigos? preguntó William Clerc al señor de Vau-
dreuil. Reuniéndonos aquí ¿no querrán sorprendernos en
flagrante delito de conspiración?


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-El Consejo legislativo no ha prohibido todavía, que yo
sepa, a los canadienses el derecho de reunión, respondió el
señor de Vaudreuil.
-No, dijo Andrés Farran; pero, en fin, ¿quién puede ser
el firmante de estas car tas tan sospechosas, como si fueran
anónimas, y por qué no ha puesto en ellas su verdadero
nombre?...
-Es muy singular, en efecto, repuso el señor de Va u-
dreuil; y lo es tanto más, cuanto que ese personaje, quien
quiera que sea, no dice siquiera si tiene intención de prese n-
tarse a la cita que nos ha dado, pues la carta que he recibido
me avisa sencillamente que llegaríais los tres esta tarde a la
villa Montcalm.
-Lo mismo que en las nuestras, añadió William Clerc.
-Reflexionándolo bien, dijo Vicente Hodge, no es ver o-
símil que nos haya con vocado no teniendo intención de
asistir a nuestra conferencia, y mi parecer es que vendrá.
-Pues bien, que venga, replicó Farran; en primer lugar,
veremos qué clase de hombre es, escucharemos las comun i-
caciones que se propone hacernos, y des pués lo despedire-
mos si no nos conviene entrar en relaciones con él.
-Vaudreuil, dijo William Clerc: ¿tiene tu hija conoc i-
miento de esa carta? ¿Qué piensa de ella?
-Nada malo ni sospechoso, William.
-¡Esperemos, pues! repuso Vicente Hodge.
En todo caso, si el firmante de las cartas tenía intención
de acudir a la cita dada por él, era indudable que había queri-
do tomar ciertas precauciones, puesto que por lo visto sería


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de noche cuando llegase a la villa Montcalm, cosa muy pr u-
dente en las actuales circunstancias.
La conversación del señor de Vaudreuil y de sus amigos
no podía tener más objeto que la situación política tan t i-
rante a consecuencia de las opresivas disposiciones que m a-
nifestaba el Parlamento inglés. Comprendían que tal estado
de cosas no podía durar, y a propósito de esto, el señor de
Vaudreuil notificó a sus amigos que, en su cualidad de pres i-
dente del Comité de La val, había recibido por el conducto
del señor Nick una suma considerable, destina da, de seguro,
para hacer frente a las necesidades de la causa nacional.
Mientras se paseaban por el parque es perando la hora
de comer, Vicente Hodge, William Clerc y Andrés Farran
confirmaron al señor de Vaudreuil lo que le ha bía dicho el
notario. Los agentes de Gil berto Argall no se daban punto
de reposo, y no solamente el personal de la Agencia Rip y
Compañía, sino muchos individuos de la policía regular,
recorrían los campos y las parroquias de los condados, ha-
ciendo cuanto era posible para encontrar las huellas de
Juan-Sin-Nombre, pues el Gobier no temía, y con fund a-
mento, que bastara la presencia de este personaje para pr o-
vocar una sublevación. Era fácil, por consiguiente, que el
desconocido pudiera informar respecto de esto al señor de
Vaudreuil.
A eso de las seis todos volvieron al sa lón, adonde Clary
acababa de bajar. William Clerc y Andrés Farran le hicieron
un paternal saludo que autorizaba su edad y su intimidad,
mientras que Vicente Hod ge, más reservado, apretó resp e-


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tuosamente la mano que la joven le tendía, y ofreciéndole el
brazo, pasaron todos al comedor.
La comida se sirvió con abundancia, pero con modestia,
y en las condiciones en que se servía en aquella época, lo
mismo en las más humildes que en las más ricas moradas
canadienses. Se componía de peces del río, de caza de los
vecinos bosques, de legumbres y de frutas cogidas en el
huerto de la villa.
En la mesa no se trató del desconocido, esperado con
tanta impaciencia, pues la prudencia aconsejaba no hablar de
tales cosas delante de los criados, por más que éstos eran
fieles servidores y estaban desde hacía mucho tiempo al se r-
vicio de la familia Vaudreuil.
Después de comer, Clary, atraída por la suavidad de la
temperatura y la hermosura de la tarde, se sentó debajo de la
marquesina.
El San Lorenzo acariciaba los primeros escalones del terr a-
do, bañándolos con sus aguas, que la quietud del aire inm o-
vilizaba en la sombra. El señor de Vaudreuil y sus amigos
fumaban paseándose por delante de la barandilla, y apenas si
cambiaban alguna que otra palabra en voz baja.
Eran algo más de las siete; la noche empezaba a oscur e-
cer el valle, y mientras que el largo crepúsculo se retiraba
hacia el Oeste, las estrellas aparecían poco a poco en la
opuesta zona.
Clary miraba tan pronto hacia arriba como hacia abajo
el curso del San Lorenzo. El desconocido ¿vendría por la vía
fluvial? Así debía de ser si no quería dejar huellas de su paso,
porque era fácil a una ligera embarcación deslizarse entre las


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hierbas y las cañas que crecían en la orilla, y una vez llegado
al pie del terrado el misterioso personaje, podría penetrar en
la casa sin ser visto de nadie, y abandonarla después sin que
ninguno de los criados notara su presencia.
Sin embargo, como podía suceder que el visitador no c-
turno no viniera por el San Lorenzo, el señor de Vaudreuil
dio orden de que hiciesen entrar inmediatamente a cualquier
persona que es presentase en la villa. Una lámpara encendida
en el salón no dejaba ver sino una luz muy tenue, que se
filtraba a través de las cortinas de las ventanas, ocultas en
parte, por los opacos cristales de la marquesina, y, por consi-
guiente, no era posible observar desde fuera nada de lo que
pasara en el salón.
No obstante, si es verdad que todo estaba tranquilo por
el lado del parque, no sucedía lo mismo en el río, en el que
aparecían de cuando en cuando algunas embarcaciones, que
tan pronto se acercaban a la orilla derecha como a la izquier-
da, se aproximaban unas a otras o se separaban, y en las que
rápidas palabras se cambiaban entre los que las ocupaban,
alejándose después en distintas direcciones.
El señor de Vaudreuil y sus amigos observaban con
atención aquellas idas y venidas, cuyo móvil. comprendían.
-Son polizontes, dijo William Clerc.
-Sí, respondió Vicente Hodge; vigilan el río con más
cuidado que nunca.
¡Y tal vez también la villa Montcalm!
Estas últimas palabras habían sido pronunciadas en voz
muy baja; pero no por el señor de Vaudreuil, ni por su hija,
ni por sus amigos.


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En el mismo instante, un hombre, oculto entre las altas
hierbas que crecían al pie de la barandilla, apareció a la der e-
cha de la escalera, que subió en seguida, con paso rápido,
penetró en el terrado, quitóse el gorro que cubría su cabeza,
e inclinándose ligeramente dijo:
-Soy El Hijo de la Libertad que os ha escrito, señores.
El señor de Vaudreuil, Clary, Vicente Hodge, Clerc y
Farran, sorprendidos por aquella brusca aparición, procur a-
ban ver la cara del hombre que acababa de introducirse en la
villa de un modo tan singular, pues su voz les era tan desc o-
nocida como su persona.
-Señor de Vaudreuil, repuso el recién llegado; m e dis-
pensaréis el modo de presentarme en vuestra casa, cuando
sepáis que es de gran importancia el que no me vean llegar
aquí, así como también lo es el que no me vean salir.
-Venid, pues, caballero, respondió el amo de la casa.
Y todos entraron en el salón, cuya puer ta cerraron en
seguida.
El hombre que acababa de llegar a la villa Montcalm no
era otro que el joven viajero en cuyo compañía el Sr. Nick y
su pasante habían recorrido el trayecto que existe entre
Montreal y la isla Jesús. El señor de Vaudreuil y sus amigos
observaron, así como el notario lo había hecho ya, que pe r-
tenecía a la raza franco-canadiense.
He aquí lo que había hecho después de despedirse del
Sr. Nick en la entrada de las calles de Laval.
Se dirigió, en primer lugar, hacia una modesta taberna
de los barrios de la ciudad, y allí, recostado en un rincón
esperando la hora de comer, recorrió los pe riódicos que pu-


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sieron a su disposición. Su cara impasible no dejaba traslucir
ninguna de las impresiones que le producían la lectura de
aquellos diarios, redactados entonces con mucha violencia
en pro o en contra de la Corona.
La reina Victoria acababa de subir al trono, sucediendo
a su tío Guillermo IV, y se discutía, en apasionados artículos,
las modificaciones que el nuevo reinado im pondría al g o-
bierno de las provincias del Canadá. Pero aun cuando fuese
una mano femenina la que empuñaba el cetro del Reino
Unido, era de temer que se hiciera muy pesado para la col o-
nia ultramarina.
Hasta las seis de la tarde el joven se quedó en la taberna,
en donde se hizo ser vir de comer, y a las ocho se puso de
nuevo en camino.
Si un espía la hubiera seguido entonces, le hubiese visto
dirigirse hacia el ribazo del San Lorenzo, deslizarse entre las
malezas en dirección a la villa Montcalm, en donde llegó tres
cuartos de hora después, esperando el momento oportuno
para presentarse, y ya sabemos cómo intervino en la conve r-
sación del señor de Vaudreuil y de sus amigos.
Y ahora, en aquel salón, con las puer tas y las ventanas
cerradas, podían hablar sin temor de ser oídos.
-Caballero, dijo entonces el señor de Vaudreuil dirigié n-
dose a su nuevo hués ped: ¿no os extrañaréis si en primer
lugar os pregunto quién sois?
-Os lo he dicho ya, señor de Vau dreuil; soy, como lo
sois todos, un Hijo de la Libertad.
Clary hizo un gesto involuntario de contrariedad, pues
esperaba, un nombre, y no tal calificativo, tan común en


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aquella época entre los partidarios de la causa fra n-
co-canadiense. ¿Persistiría dicho jo ven en conservar el i n-
cógnito en la villa Montcalm?
-Caballero, dijo entonces Andrés Fa rran: si nos habéis
citado aquí será sin duda para que conferenciemos sobre co-
sas de cierta importancia. Pues bien; an tes de explicarnos
con más claridad, encontraréis muy natural que deseemos sa-
ber con quién vamos a hablar.
-Hubierais dado pruebas de ser muy imprudente si no
me hubieseis dirigido esta pregunta, respondió el joven, y no
sería yo digno de perdón si rehusara contestaros.
Y sacó de su bolsillo una carta, que presentó al señor de
Vaudreuil.
Esta carta informaba a éste de la visita del desconocido,
en quien sus partidarios y él podían tener completa confia n-
za, aun en el caso en que les ocultara su nombre. Estaba
firmada por uno de los principales jefes de la oposición en el
Parlamento, por el abogado Gramont, diputado en Quebec,
correligionario político del señor de Vau dreuil; el abogado
añadía que si el joven pedía hospitalidad por algunos días, o
en Montcalm, el señor de Vaudreuil podía concedérsela en
interés de la buena causa.
El amo de la villa comunicó aquella carta a su hija, a
Clerc, a Farran, y después dijo:
-Caballero, estáis en vuestra casa y podéis permanecer
en ella todo el tiempo que os plazca.
-Todo lo más dos días, señor de Vaudreuil, respondió el
joven, pues dentro de cuatro es preciso que me reúna con
mis compañeros en la embocadura del San Lorenzo. Os doy


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gracias por la acogida que me hacéis, y os ruego me prestéis
toda vuestra atención.
El desconocido tomó entonces la pala bra. Habló con
mucha precisión del estado actual de los espíritus en las pro-
vincias canadienses, y afirmó que el país estaba pronto a
sublevarse contra la opresión de los leales y de los agentes de
la Corona pues acababa de verlo por sí mismo ha ciendo una
campaña de propaganda reformista, durante varias semanas,
en los condados del Alto San Lorenzo y del Outaouais. Dijo
que dentro de algunos días iba a recorrer por última vez las
parroquias de los condados del Este para concluir de anudar
los elementos de una próxima insurrección, que se extend e-
ría desde la embocadura del río hasta los territorios del On-
tario. A este levantamiento general, ni lord Gosford con los
representantes de la autoridad, ni el general Colborne con
algunos miles de uniformes colorados que formaban el efe c-
tivo del ejército anglo -canadiense, podrían oponer fuerzas
suficientes, y el Canadá, así lo creía firmemente, sacudiría
por fin el yugo de sus opresores.
-Una provincia arrancada a su país añadió, es lo mismo
que un hijo arrancado de los brazos de su madre. Debe de se
objeto de continuas reclamaciones y de perpetuas luchas; es
un hecho que no puede olvidarse jamás. Diciendo todo esto
el desconocido hablaba con una sangre fría que demostraba
cuan dueño de sí era siempre y en todas partes; y, sin embar-
go, se dejaba ver el fuego que abrasaba su alma y el ardiente
patriotismo que inspiraban sus pensa mientos. Mientras que
entraba en minuciosos detalles respecto a lo que había hecho
y a lo que iba a hacer, Clary no apar taba su mirada de él;


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todo le inducía a creer que tenía delante de ella al héroe en
quien su imaginación encarnaba la revolución canadiense.
Cuando los señores de Vaudreuil, Vicente Hodge, Clerc
y Farran estuvieron al corriente de sus trabajos, el joven aña-
dió:
-Todos estos partidarios de nuestra autonomía, señores,
necesitarán un jefe, y éste surgirá cuando llegue la hora de
ponerse a su cabeza; mientras tanto, es preciso que se forme
un Comité de acción para concentrar los esfuerzos indiv i-
duales. ¿El señor de Vaudreuil y sus amigos aceptan formar
parte de ese Comité? Ha béis sufrido todos ya, bien sea en
vuestras familias o en vuestras personas, por la causa naci o-
nal, que ha costado la vida a nuestros mejores patriotas, a
vuestro padre Vicente Hodge, a vuestros hermanos William
Clerc y Andrés Farran...
-¡Por la traición de un mise rable, caballero! respondió
Vicente Hodge.
-¡Sí!... ¡de un miserable! repitió el joven.
Y Clary creyó sorprender una ligera alteración en su
voz, tan clara hasta entonces.
-Pero, añadió, ese traidor murió.
-¿Estáis cierto de ello?... preguntó William Clerc.
-¡Ha muerto! replicó el desconocido, que no titubeó en
responder de un modo afirmativo respecto a un hecho del
que nunca había podido tenerse corteza.
-¡Muerto!... ¡Ese Simón Morgaz!... ¡Y no he sido yo
quien ha hecho justicia!... exclamó Vicente Hodge.
-Amigos míos, no hablemos más de ese traidor, dijo el
señor de Vaudreuil, y dejadme responder a la proposición


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que se nos está haciendo. Caballero, repuso vol viéndose
hacia su huésped: lo que nues tros amigos o parientes han
hecho ya, estamos prontos a hacerlo también. Arriesgaremos
nuestra vida como arriesgaron la suya, y, por consiguiente,
podéis disponer de nosotros; nos comprometemos a hacer
de la villa de Montcalm el centro de los esfuerzos de que
habéis tomado la iniciativa. Estamos en comunicación cot i-
diana con los diferentes Comités del distrito, y a la primera
señal acudiremos todos indefectiblemente. ¿Vuestra inte n-
ción es, según habéis dicho, partir dentro de un par de días
para recorrer las parroquias del Este? Sea; cuando volváis
nos encontraréis prontos a seguir al jefe, quien quiera que
sea, que despliegue la bandera de la independencia.
-Vaudreuil ha hablado en nombre de todos, añadió V i-
cente Hodge. ¡No tenemos más que un pensamiento: el de
libertar nuestro país de las garras de sus opresores, asegurán-
dole el derecho de ser autónomo!
-Y sabrá conquistarlo esta vez, dijo Clary de Vaudreuil
adelantándose hacia el desconocido.
Pero éste acababa de dirigirse a la puerta del salón que
daba al terrado.
-¡Escuchad, caballeros! dijo.
Un sordo rumor, que no se podía de finir, se oía en d i-
rección a Laval.
-¿Qué será? preguntó William Clerc.
-¿Estallará ya algún motín? replicó Andrés Farran.
-¡Dios quiera que no sea así! murmu ró Clary. ¡Sería
obrar demasiado pronto!
-Tenéis razón, respondió el desconocido.


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-Pero ¿qué puede ser eso? preguntó el señor de Va u-
dreuil. ¡Escuchad! Ese ruido se aproxima.
-¡Se oye como una tocata de clarines! replicó Andrés Fa-
rran.
Y, en efecto, el sonido de algunos ins trumentos de co-
bre, atravesando el espa cio, llegaba por intervalos regulares
hasta la villa Montcalm. ¿Sería acaso un destacamento que se
dirigiera hacia la morada del señor de Vaudreuil?
-Éste abrió la puerta de salón, y sus ami gos le siguieron
al terrado.
Todas las miradas se volvieron hacia el Oeste, pero nin-
guna claridad sospechosa se divisaba de aquel lado, siendo,
por lo tanto, evidente que aquel rumor no se propagaba a
través de las llanuras de la isla Jesús. Y, sin embargo, el ru i-
do, cada vez más cercano, llegaba hasta la villa al mismo
tiempo que el sonido de las trompetas.
-¡Allí, allí es!... dijo Vicente Hodge.
Y señalaba con el dedo el curso del San Lorenzo, r e-
montando hacia Laval. En aquella dirección, algunas anto r-
chas esparcían una claridad poco acentuada todavía, reflejada
en las aguas ligeramente brumosas del río.
Dos o tres minutos pasaron, y después, una embarc a-
ción que bajaba con la marea atravesó el río entre los rem o-
linos y se aproximó a un ribazo, a un cuarto da milla hacia
arriba. La barca contenía, unas diez personas, cuyo uniforme
fue fácil cono cer merced a la luz de las antorchas. Era un
constable, acompañado por unos cuantos agentes de policía.
De vez en cuando la embarcación se de tenía, y en s e-
guida, una voz, precedida de una llamada de trompeta, se


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elevaba en el aire; pero todavía era imposible oír distint a-
mente lo que decía desde la villa de Montcalm.
Debe de ser un pregón, dijo William Clerc.
-Y es preciso, que publique algo importante, replicó
Andrés Farran, para que lo haga a estas horas.
-Esperemos un momento, dijo el seño r de Vaudreuil, y
no tardaremos en saber...
-¿No os parece prudente que volvamos al salón? dijo
Clary dirigiéndose al desconocido.
-¿Para qué retirarnos, señorita? respondió éste. Lo que
las autoridades creen preciso anunciar, debe ser bueno de
oír.
Mientras tanto, la barca, empujada por los remos y s e-
guida por algunas canoas que le servían de comitiva, había
avanzado hasta delante del terrado.
Sonó la trompeta, y he aquí lo que esta vez el señor de
Vaudreuil y sus amigos oyeron distintamente:
«Proclamación del lord Gobernador general de las pr o-
vincias canadienses.
«Hoy 3 de Septiembre de 1837.
Se ha dispuesto precio a la cabeza de Juan-Sin -Nombre,
que de nuevo ha aparecido en los condados del Alto San
Lorenzo. Se ofrecen seis mil piastras a cualquiera que le d e-
tenga o le mande detener.
Por orden de lord Gosford,
El ministro de Policía,
GILBERTO ARGALL.»


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Después del pregón, la barca se movió de nuevo si-
guiendo la corriente del río.
Los señores de Vaudreuil, Farran, Clerc y Vicente H o-
dge se quedaron inmóviles en el terrado, envuelto en las
tinieblas de la noche. Ni un solo movimiento se había esc a-
pado al joven desconocido mientras que la voz del constable
repetía las palabras de la proclama. Clary solamente, casi sin
conciencia de lo que hacía, había dado algunos pasos ace r-
cándose a él.
El señor de Vaudreuil fue el primero que tomó la pal a-
bra.
-¡Otra prima ofrecida a los traidores! dijo; mas espero
que, para el buen nombre de las provincias canadienses, será
en vano esta vez.
-¡Bastante es, y demasiado también, que se haya podido
encontrar un Simón Morgaz! exclamó Vicente Hodge.
-¡Que Dios proteja a Juan-Sin-Nombre! dijo, Clary con
voz profundamente conmovida.
Hubo algunos instantes de silencio.
-Entremos, y vámonos a descansar, dijo el señor de
Vaudreuil. Voy a conduciros a vuestra habitación, añadió
dirigiéndose al joven patriota.
-Mil gracias os doy, señor de Vaudreuil, pero me es de
todo punto imposible quedarme por más tiempo en esta
morada...
-¿Y por qué?
-Cuando, apenas hace una hora, acepté la hosp italidad
que me ofrecisteis, no me encontraba en la situación en que
me coloca la proclama que acabamos de oír.


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-Explicaos con más claridad, caballero.
-Mi presencia aquí no serviría más que para compr o-
meteros, puesto que el Gobernador general acaba de poner
precio a mi cabeza. ¡Soy, Juan-Sin-Nombre!
Y éste, después de haberse inclinado se dirigía hacía el
ribazo, cuando Clary, deteniéndole con un gesto:
-Quedaos, dijo.


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VI
EL SAN LORENZO
El pintoresco valle del San Lorenzo es quizá uno de los
más vastos que las convulsiones geológicas hayan dibujado
en la superficie del globo. M. de Humboldt, le atribuye una
superficie de doscientas setenta mil leguas cuadradas, supe r-
ficie poco más o menos igual a la de Europa entera. El río,
en su caprichoso curso, sembrado de islas, lleno de pe n-
dientes y de caídas, atraviesa ese rico valle que forma el C a-
nadá francés por excelencia. Esos territorios, en que se
establecieron los primeros individuos de la nobleza em i-
grante, están repartidos en la actualidad en condados y di s-
tritos. En la embocadura del San Lorenzo, en aquella ancha
bahía, se hallan el archipiélago de la Mag dalena, las islas del
cabo Bretón y del príncipe Eduardo y la gran isla de Ant i-
costi, que las cuestas de tan diversos as pectos del Labrador,
de Terranova y de la Acadia o Nueva Escocia, abrigan contra
los temibles vientos del Atlántico septentrional.
Hacia mediados de Abril es cuando em piezan a desha-
cerse los hielos amontonados por el riguroso y largo período


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invernal del clima canadiense; entonces el San Lorenzo se
hace navegable, y los navíos de gran tonelaje pueden r e-
montarlo hasta la región de los lagos, esos mares de agua
dulce que se desarrollan a través de aquel poético país que
con tanta justicia han llamado el país de Cooper. En dicha épo-
ca el río, teniendo flujo y reflujo, se anima cual una rada en
los momentos de levan tarse un bloqueo. Buques de vela,
steamers, steam-boats, balsas cargadas de maderas, barcos pi-
lotos, de cabotaje y de pesca, buques de recreo y canoas de
todas clases, se deslizan en la superficie de sus aguas, libres
ya de su espesa corteza.
Es la vida por medio año, después de una muerte de seis
meses.
El 13 de Septiembre, a eso da las seis de la mañana, una
embarcación con apa rejos de balandra dejaba el puertecit o
de Santa Ana, situado en la embocadura del San Lorenzo, en
la orilla meridional y en la parte redonda del golfo. La trip u-
lación de esa barca se componía de cinco de esos pescadores
que ejercen su fructuosa profesión en las partes del río que
más corriente tiene, cerca de Montreal, hasta los remansos, y
que después de tender sus redes o sus cañas allí en donde el
instinto profesional los guía, se van a vender la pesca que
han cogido de pueblo un pueblo, o más bien de casa en casa,
pues ambas orillas del río están cubiertas por una serie ap e-
nas interrumpida de habitaciones hasta el límite Oeste de la
provincia.
Un extranjero hubiera, sin fijarse mu cho en ello, cono-
cido que esos pescadores eran de Acadia, por las formas de
su lenguaje y por la pureza de su tipo conservado en esa


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Nueva Escocia, en donde tanto se ha desarrollado la raza
francesa. Remontando la escala de las edades, se en contraría
con seguridad entre sus antepa sados a algunos de aquellos
proscritos que medio siglo antes habían sido diezmados por
las tropas reales, y de los que Longfellow ha cantado las de s-
gracias en su encantador poema Evangelina. En cuanto al
oficio de pescador, es tal vez, el mejor mirado en el Canadá,
y sobre todo en las parroquias de la ribera, en la que se cuen-
ta de diez a quince mil barcas pescadoras y más de treinta mil
marinos que explotan las aguas del río y de sus afluentes.
La embarcación de que hemos hablado antes contenía
un sexto pasajero, que, aun cuando iba vestido como sus
compañeros, no tenía de pescador más que el traje. Nadie
hubiera podido sospechar que bajo aquel disfraz se ocultaba
el joven que durante cuarenta y ocho horas había sido el
huésped de los dueños de la villa Mont calm. Era, en efecto,
Juan-Sin -Nombre.
Durante su estancia en aquella morada se cuidó mucho
de no descubrir el incóg nito que ocultaba su nombre y su
familia. Juan fue el único que le dieron el señor y la señorita
de Vaudreuil.
En la tarde del mismo día 3 de Sep tiembre, después de
acabada su conferencia, los señores Vicente Ho dge, William
Clerc y Andrés Farran se retiraron para marcharse a Mo n-
treal; y dos días después de su llegada a la villa, Juan se de s-
pidió del señor de Vaudreuil y de su hija.
¡Cuántas horas pasaron, durante esta corta hospitalidad,
hablando de la nueva tentativa que iba a verificarse para
arrancar al Canadá a la dominación inglesa! ¡Con qué pasión


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oía Clary al joven proscrito glorificar la causa que les era tan
querida a ambos! Él abandonó poco a poco la frialdad que
demostró en un prin cipio; tal vez sufri era la influencia del
alma ardiente de la joven, cuyo patriotis mo concordaba tan
bien con el suyo.
En la tarde del 5 de Septiembre Juan dejó al señor y a la
señorita de Vaudreuil para tomar de nuevo su vida errante y
acabar la campaña de propaganda reformista en los cond a-
dos del Bajo Canadá. Antes de separarse, acordaron los tres
reunirse otro día en el cortijo de Chipogán, en casa de T o-
más Harcher, de cuya familia, según veremos, formaba parte
el denodado patriota. ¿Pero la joven y él se volverían a ver ,
siendo así que tantos peligros amenazaban su cabeza?
Nadie en la finca, excepción hecha de sus dueños, había
sabido que fuese Juan-Sin-Nombre el que había estado cu a-
renta y ocho horas hospedado en la villa Montcalm; y ad e-
más, el jefe de la casa Rip y Compañía, lanzado sobre falsas
huellas, no había podido descubrir su retiro. Juan, por lo
tanto, pudo sin peligro abandonar en secreto la villa, atrav e-
sar el San Lorenzo en la barca de paso al extremo de la isla
Jesús y llegar al interior del terri torio por la frontera amer i-
cana, con el fin de atravesarla, si necesario fuese para su s e-
guridad. Como en medio de las parro quias del río alto era
donde se hacían las pesquisas, y con razón, puesto que Juan
acababa de recorrerlas, alcanzó, sin que nadie le conociera ni
lo persiguiera, el río San Juan, cuyo curso sirve en par te de
límite a Nueva Brunswick; allí, en el puertecito de Santa Ana,
le esperaban los atrevidos compañeros asociados a su obra, y
en los que podía confiar sin reserva alguna.


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Estos eran cinco hermanos: los mayores gemelos, Pedro
y Remigio, de treinta y dos años de edad, y los tres restantes,
Miguel, Tony y Santiago, de veintinueve, veintiocho y veint i-
siete respectivamente, cinco de los numerosos hijos de T o-
más Harcher y de su mujer Catalina, domici liados en el
condado de Laprairie y arrendatarios del cortijo de Chip o-
gán.
Algunos, años antes, después de la insurrección de 1831,
Juan-Sin-Nombre, perseguido de cerca por la policía, encon-
tró asilo en aquella alquería, que ignora ba perteneciera al
señor de Vaudreuil. Tomás Harcher recibió al fugitivo, le
admitió en su familia como a hijo, sabiendo que daba asilo a
un patriota, pero igno rando que ese patriota, era Juan -Sin-
Nombre.
Mientras permaneció en el cortijo, Juan, a quien se lo
conocía sólo con este nombre se unió estrechamente con los
hijos mayores de Tomás Harcher, pues sus sentimientos eran
en un todo iguales a los suyos, siendo intrépidos partidarios
de la reforma y encerrando en su corazón ese odio instintivo
contra todo lo que pertenecía a la raza anglosajona, lo que olía
a inglés, como se decía entonces en el Canadá.
Cuando el joven patriota abandonó a Chipogán, se e m-
barcó con los cinco her manos, que recorrían el río desde
Abril hasta Septiembre. Para todo el mundo era pescador;
esto le daba entrada en todas las casas de las parroquias de la
ribera; así es como pudo burlar constantemente las pesquisas
de la policía y preparar un nuevo movimiento insurreccional.
Antes de su llegada a la villa Montcalm había recorrido
los condados del Outaouais, en la provincia del Ontario, y


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ahora, remontando el río desde su embocadura hasta Mo n-
treal, daría las últimas instruc ciones a los habitantes de los
condados del Bajo Canadá, que tantas veces repetían, aco r-
dándose de los franceses de antaño: «¡Cuándo volveremos a
ver a nuestra buena gente!»
La embarcación acababa de dejar el puerto de Santa
Ana, y aun cuando la marea empezaba a bajar, una fresca
brisa que soplaba del Este permitía navegar contra la c o-
rriente, con ayuda de la vela mayor, la flecha y los foques,
mandados izar por Pedro Harcher, patrón del Champlain, que
así se llamaba la barca pescadora.
El clima del Canadá, menos templado que el de los E s-
tados Unidos, es muy cá lido en verano y muy frío en el i n-
vierno, por más que su territorio se halle en la misma latitud
que Francia. Esto consiste probablemente en que las aguas
templadas del Gulf-stream, apartadas de su litoral, no moderan
los excesos de su temperatura.
Durante la primera quincena de Sep tiembre el calor fue
sumamente fuerte, y las velas del Champlain se hinchaban a
impulsos de una brisa ardiente.
-El día será rudo hoy, dijo Pedro, sobre todo si el viento
cae a la hora de la siesta.
-Sí, respondió Miguel; y ¡ojalá el de monio se llevara los
mosquitos y los cíni fes negros, cuya picadura es insufrible!
Los hay a millares en esta playa de Santa Ana.
-Hermanos, pronto terminarán los calores y gozaremos
de las dulzuras del verano indio.
El que acababa de dar a sus compañeros esa fraternal
calificación, era Juan. Y tenía razón alabando la hermosura


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del indian summer del Canadá, que se veri fica más particular-
mente en los meses de Septiembre y de Octubre.
-¿Pescamos esta mañana, le preguntó Pedro Harcher, o
continuamos remontando el río?
-Echemos las cañas hasta las diez, respondió Juan. De s-
pués vamos a vender el pescado a Matane.
-Entonces demos una bordada hacia la punta de Mons,
replicó el patrón del Champlain. Las aguas son allí mejores, y
volveremos sobre Matane durante la pleamar.
Tendieron las escotas, y la embarcación orzó, bien ap o-
yada por la brisa, mientras que la corriente la empujaba por
la cala, y se dirigió en línea oblicua hacia la punta de Mons,
situada en la orilla septentrional del río, cuya anchura mide
en ese sitio nueve o diez leguas.
Después de una hora de navegación, el Champlain dis-
minuyó su velocidad, y con el foque barloventado empez a-
ron a pescar. La barca se encontraba en el centro de aquel
magnífico remanso, rodeado por una zona de terrenos cult i-
vables que se extiende al Norte hasta la base de las pri meras
ondulaciones de la sierra de los Laurentidas, al Sur hasta los
montes Nótre-Dame, cuyos picos más elevados dominan en
mil trescientos píes de altura el nivel del mar.
Pedro Harcher y sus hermanos eran muy hábiles en su
oficio, que ejercían en todo el curso del río. En medio de las
más rápidas corrientes y las barras de Mon treal, cogían mul-
titud de sábalos por medio de haces de ramaje.
En los alrededores de Quebec pescaban salmones y
otros peces, arrastrados en la época de la cría, a las aguas


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más dulces del alto río. Era muy raro que su pesca no fuese
en extremo fructuosa.
Durante aquella mañana, la cata fue abundantísima, y
varias veces las redes se llenaron de tal modo, que estuvieron
a punto de romperse; así es que a eso de las diez, el Cham-
plain, abriendo sus velas, puso la proa al Noroeste para nave-
gar hacia Matane.
Y, en efecto, les convenía dirigirse cuanto pudieran a la
ribera meridional, pues al Norte las aldeas y los pueblos,
están muy lejos unos de otros, y la población es muy escasa
en aquella árida región. Y esto se comprende, siendo, dicho
territorio formado por un amontonamiento de rocas caót i-
cas; el rendimiento de los vegetales es casi nulo, si se exce p-
túa el valle del Saguenay, que es terreno de aluvión, por el
que corre el sobrante de las aguas del lago San Juan, y los
ricos bosques que cubren alguna parte del polo.
Lo contrario sucede al Sur; allí la tie rra es muy fecunda,
las parroquias tienen más importancia, los pueblos son más
numerosos, y, como lo hemos dicho ya, aquella ribera parece
un panorama de habitaciones que se desarrolla desde las bo-
cas del San Lorenzo hasta la altura de Quebec. Si los viaj e-
ros, son atraídos por pintoresco del valle del Saguenay o de
la Malbaie, los bañistas canadienses o americanos, partic u-
larmente aquellos que huyen de la ardiente temperatura de la
Nueva Inglaterra, buscando las frescas zonas del gran río,
frecuentan con preferencia su orilla meridional.
Al mercado de Matane llevó el Champlain sus primeras
cargas de pescado. Juan y dos de los hermanos Harcher,


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Miguel y Tony, fueron de puerta en puerta ofreciendo el
producto, de su pesca.
Si alguien se hubiese fijado en cier tos detalles, hubiera
podido observar que Juan se quedaba en algunas de aquellas
casas más tiempo del que necesitaba en realidad su tráfico;
que penetraba en lo interior de las habitaciones, y que habl a-
ba algunas palabras, no con los criados, sino con los amos, y
también que en ciertas viviendas de modestas condiciones
entregaba a veces más dinero que el que sus compañeros
recibían como precio de su mercancía.
Lo mismo sucedió, durante varios días en los diversos
pueblos de la costa meri dional, en Rimouski, en Bic, en
Trois-Pistoles y en la playa de Caconna, una de las estaciones
balnearias más preferidas en aquella orilla del San Lorenzo.
En la Rivière-du-Loup, pequeña ciudad en la que Juan
se detuvo en la mañana del 17 de Septiembre, el Champlain
recibió la visita de los agentes encargados de la vigilancia
especial del río; pero nada sucedió, porque hacía algunos
años ya que figuraba Juan en el rol de la balandra como uno
de los hijos de Tomás Har cher, y jamás hubiera sospechado
la policía que, debajo del traje de pescador acadiense, se
ocultaba el proscrito cuya cabeza valía ahora seis mil piastras
para cualquiera que la entregase.
Luego, cuando los agentes terminaron su visita, dijo Pe-
dro Harcher:
-Tal vez fuera mejor que buscásemos un refugio en la
orilla opuesta.
-Ese es también nuestro parecer, dijo Miguel.


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-¿Y por qué? preguntó Juan. ¿Nuestra harca ha parecido
acaso sospechosa a esos hombres? ¿Ha ocurrido alguna n o-
vedad durante la visita? ¿O es que pueden dudar de que yo
pertenezca a la familia Harcher, como tú y como tus herm a-
nos?
-¡Pues me parece que perteneces a ella de verdad! e x-
clamó Santiago, el más joven de los cinco, y que poseía un
carácter muy alegre. Nuestro buen padre tiene tantos hijos,
que uno más no le estorbaría mucho, y bien podría equiv o-
carse en el número.
-Además, añadió Tony, te quiero como si lo fueras en
realidad, y nosotros como si una misma sangre corriera por
nuestras venas.
-Y así sucede Juan. ¿No somos, como tú, de raza fra n-
cesa? dijo Remigio.
-Es cierto, respondió Juan. Sin embargo, creo que nada
tenemos que temer por parte de la policía.
-¡Nadie se arrepiente nunca por haber tenido prudencia!
replicó Tony.
-No, sin duda, respondió Juan, y si es únicamente la
prudencia el motivo que induce a Pedro a proponer que
atravesemos el río...
-¡Por prudencia, sí, replicó el patrón del Champlain, por-
que el tiempo va a cambiar!
-Eso ya es otra cosa, contestó Juan.
-Mira, repuso Pedro. La borrasca de Noreste no tardará
en levantarse, y tengo así como un presentimiento de que ya
a ser muy dura. Lo adivino. ¡Oh! hemos arrostrado otras
muchas, pero es menester pensar en nuestra barca, y no


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quiero exponerla a que se pierda en las rocas de la R i-
vière-du-Loup o de Kamouraska.
-¡Pues bien, sea! respondió Juan. Al cancemos la orilla
del Norte por el lado de Tadousac, si es posible, y desde allí
remontaremos la corriente del Saguenay hasta Chicoutini; no
perderemos ni mucho tiempo ni gran trabajo.
-¡Vamos pronto, entonces! Exclamó Miguel. Pedro tiene
razón, ese bribón de Noreste no tardará en llegar, y si tomara
al Champlain por el costado hacíamos cien veces más camino
hacia Quebec que el que hay basta Tadousac.
Las velas fueron orientadas lo mejor posible, y ponie n-
do la proa en dirección del Norte, la balandra empezó a ir en
contra del viento, que se alargaba cayendo poco a poco.
Las tempestades de Noreste no son allí, desgraciad a-
mente, raras, aun en el vera no: bien sea que no duren sino
dos o tres horas, o que se desencadenen durante una semana
entera, traen siempre consigo, las heladas brumas del Golfo
e inundan el valle con lluvias torrenciales.
Eran los ocho de la noche. Pedro Harcher no se había
equivocado a la vista de ciertas nubes, agudas como flechas,
diciendo que iba a haber borrasca y que el tiempo apremiaba
para buscar un abrigo en la orilla septentrional.
Cinco o seis leguas, a lo sumo, separan Rivière-du-Loup
de la embocadura del Saguenay; pero costó mucho trabajo
recorrerlas. Un golpe de aire se lanzó como una tromba en el
Champlain cuando estaba, a la tercera parte del camino, ha-
ciéndose preciso reducir el velamen al bajo rizo; y, sin e m-
bargo, la balandra se vio acometida de tal modo por el vie n-
to, que hubo temores de que los mástiles se rompiesen al


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nivel del puente. La superficie del río, agitada como debía
serlo el mar en el Golfo, se levantaba en olas enormes, que
pegaban contra la roda del Champlain y lo cubrían por co m-
pleto. Era, un tiempo muy duro para una embarcación de
una docena de toneladas; pero su tripulación tenía mucha
sangre fría y era hábil en la maniobra.
Varias veces había arrostrado grandes tempestades
cuando se aventuraba a navegar entre Terranova y el cabo
Bretón, y era permitido, por lo tanto contar con sus cualid a-
des marineras, como con la solidez de su casco.
Sin embargo, Pedro Harcher se vio muy apurado para
llegar a la embocadura del Saguenay y tuvo que luchar d u-
rante tres horas mortales, y cuando llegó el reflujo, si bien
favoreció la marcha de la balandra, hizo también más tem i-
ble el choque de las olas.
Quien no haya presenciado una de esas borrascas del
Noreste a través del valle del San Lorenzo, desenvuelto en
tanta anchura, no puede imaginarse su extremada violencia.
Son un verdadero azote para los condados situados más
abajo de Quebec.
Felizmente el Champlain, después de haber hallado el
abrigo de la orilla septentrional, pudo refugiarse, antes de
que cerrara por completo la noche, en la embocadura del
Saguenay.
La borrasca no duró más que algunas horas; así es que al
amanecer del 19 de Septiembre, Juan pudo continuar su
campaña remontando el Saguenay, cuyo curso se desarrolla
al nivel de aquellos altos acantilados de los cabos de la Trin i-
dad y de la Eternidad, que miden mil ochocientos pies de


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altura. Aquel pintoresco país ofrece a las miradas los más
hermosos sitios, las más extrañas vistas de la provincia can a-
diense, y entre otras, aquella maravillosa bahía, de ¡Ha-H!
nombre onomatopéyico que le ha dado la admiración de los
viajeros.
El Champlain llegó a Chicoutini, en donde Juan pudo
entrar en relación con los miembros del Comité reformista, y
al día siguiente, aprovechando la marea de la noche, tomó la
dirección de Quebec.
Pero Pedro Harcher y sus hermanos, no olvidaban que
eran pescadores de oficio, y todas las noches tendían sus
redes y sus cañas, y a la madrugada arribaban a los numer o-
sos pueblos de ambas orillas. De este modo recorrieron la
ribera septentrional, de un aspecto casi salvaje, a lo largo del
condado de Charlevoix, desde Tadoussac hasta la bahía de
San Pablo, los pueblos de La Malbaie, San Ireneo, Nuestra
Señora de los Desplomamientos, cuyo nombre significativo
está por demás justificado por su situación en medio de un
caos de rocas. Visitaron también las costas de Beauport y de
Beaupré, en donde Juan trabajó con utilidad para el partido,
desembarcando en Chateau Richer y después en la isla de
Orleáns, situada más abajo de Québec.
En la orilla meridional el Champlain hizo escala suces i-
vamente en San Miguel y en la Punta Levis. En estos últimos
tuvieron que tomar ciertas precauciones, por la excesiva v i-
gilancia que se ejercía en aquella parte del río, y, tal vez h u-
biera sido más prudente no detenerse en Quebec, adonde
llegó la balandra a la caída de la tarde del 22 de Septiembre;
pero Juan estaba citado con el abogado Sebastián Gramont,


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uno de los más ardientes diputados de la oposición can a-
diense.
Cuando la oscuridad se hizo completa, Juan se dirigió
hacia los barrios altos y llegó, por la calle del P e-
tit-Champlain, a la casa de Sebastián Gramont.
Las relaciones del joven patriota con el abogado tenían
ya algunos años de fecha, pues el diputado, de treinta y seis
años de edad, se había mezclado en todas las manifestaci o-
nes políticas de los últimos años, y en particular en 1835, en
las que figuró personalmente. De esto resultó que ambos se
conocieran y simpatizaran, pero Juan- Sin- Nombre no des-
cubrió nunca nada ni de su origen ni de su familia, y Seba s-
tián Gramont no sabía más que, llega da la hora propici a, el
joven se pondría a la cabeza de los insurrectos; así es que, no
habiéndole vuelto a ver desde la tenta tiva que abortó en
1835, le esperaba con la mas viva impaciencia.
Cuando Juan llegó, fue cordialmente acogido.
-No puedo estar aquí más que algunas horas, dijo.
-Entonces, respondió el abogado, empleémoslas en h a-
blar del pasado y del presente.
-¡Del pasado!... ¡no! repuso Juan. De presente... del po r-
venir... sobre todo de porvenir.
Sebastián Gramont, desde que conocí a Juan, había r e-
flexionado muchas veces respecto a la conducta de éste, y
sospechaba que existía en la vida del joven patriota un s u-
frimiento del que no adivinaba la causa, pues guardaba con
él una reserva tal, que hasta evitaba darle la mano cuando se
veían. El abogado no le preguntó nunca nada, diciéndose
que cuando conviniera a su amigo confiarle sus se cretos,


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estaría siempre pronto para escu charle y consolarle, si nec e-
sario fuese.
Durante las pocas horas que estuvieron juntos, ambos
no hablaron más que de la situación política. El abogado
participó a Juan el estado de los espíritus en el Parlamento, y
éste a su vez puso a Sebastián Gramont al corriente de las
medidas ya tomadas, en previsión de un próximo le-
vantamiento; la formación de un Comité de concentración
en la villa Montcalm, los resultados de su viaje en el Alto y el
Bajo Canadá, no quedándole ya sino recorrer el distrito de
Montreal para acabar su campaña propagandista.
El abogado le escuchó con extremada atención y auguró
favorablemente de los progresos que la causa nacional había
hecho durante las últimas semanas, pues no existía ni una
aldea ni un pueblo en el que no se hubiera repartido dinero
para comprar armas y municiones, y que no esperara la señal
de la insurrección para tomar en ella parte activa.
Juan supo entonces cuáles eran las últimas disposiciones
adoptadas por las autoridades de Quebec.
-En primer lugar, mi querido Juan, le dijo Sebastián
Gramont, ha corrido el rumor de que estuvisteis aquí hará
cosa de un mes. Muchas pesquisas se hicieron para descubrir
vuestro retiro, y hasta vinieron a mi casa, en donde decían
que habíais estado. A ese propósito recibí la visita de varios
agentes, y entre otros la de cierto Rip...
-¡Rip! exclamó Juan con voz ahogada, como si este
nombre hubiera quemado sus labios al pronunciarlo.


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-Sí; el jefe de la casa Rip y Compañía respondió Seba s-
tián Gramont, y no olvidéis que ese polizonte es de los más
peligrosos.
-¡Peligroso! murmuró Juan.
-Es preciso que desconfiéis de él, añadió Sebastián
Gramont.
-¡Desconfiar! replicó Juan. ¡Sí , hay que desconfiar, po r-
que es un miserable!
-¿Le conocéis?
-Le conozco, replicó Juan que había recuperado su sa n-
gre fría; pero él a mí no.
-¡Esto es lo más importante! añadió el abogado, algo
sorprendido por la actitud de Juan.
Pero éste, llevando la conversación a otro terreno, int e-
rrogó al abogado respec to a la marcha de la política en el
Parlamento durante las últimas semanas.
-En la Cámara, respondió el abogado, la oposición ha
llegado al período álgido. Papineau, Cuvillier, Quesnal y
Bourdage atacan todos los actos del Gobierno. Lord Go s-
ford quisiera prorrogar la Cámara, pero comprende que esto
daría lugar a una sublevación.
-¡Dios quiera que no lo haga antes de que estemos
prontos! replicó Juan. ¡Ojalá los jefes no precipiten impr u-
dentemente las cosas!
-Se les avisará, y no harán nada que pueda contrariar
nuestros proyectos. No obstante, en previsión de un próx i-
mo movimiento, han sido tomadas ciertas medi das por el
Gobernador general; sir John Colborne ha concentrado las
tropas de que pueda disponer, de modo que pueda man-


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darlas a toda prisa a los principales pue blos de los condados
del San Lorenzo, en donde, según dicen, ha de principiar la
lucha
-Allí y en otros veinte puntos a la vez; así lo espero por
lo menos, respondió Juan. Importa que la población can a-
diense se levante en masa en el mismo día y a la misma hora,
y que los burócratas sean agobiados por el número. Si el
movimiento no fuera más que local, se correría el riesgo de
que le ahogaran en su principio, y en esta convicción, para
generalizarlo, he recorrido las parroquias del Este y del
Oeste, y voy a visitar las del Centro. Pienso partir esta misma
noche.
-Partid, pues, amigo Juan; pero no echéis en olvido que
los soldados y los voluntarios de sir John Colborne están
con intención y estratégicamente acanto nados alrededor de
Montreal, al mando de los coroneles Gore y Witherall. Allí
será, sin duda, en donde tengamos que sufrir el más temible
choque.
-Todo estará combinado para que ob tengamos ventaja
desde los primeros tiros, respondió Juan. Precisamente, el
comité de la villa Montcalm está muy bien situa do en previ-
sión de una común acción, y conozco la energía del señor de
Vaudreuil que lo dirige, y además en los condados de Ve r-
chères, de San Jacinto, de Laprairie, cercanos al de Montreal,
los más ardientes Hijos de la Libertad han comunicado a los
habitantes de las ciudades, de los pueblos y de las aldeas, el
fuego de su patriotismo.
-El mismo clero lo aviva también, re plicó Sebastián
Gramont. En público y en particular, en los sermones como


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en las conversaciones, nuestros sacerdotes pre dican en con-
tra de la tiranía anglosajo na. Hace algunos días que, aquí
mismo, en la catedral, un joven predicador se ha atrevido a
hacer un llamamiento al sentimiento nacional, y sus palabras
han tenido tal resonancia, que el ministro de Policía ha qu e-
rido mandarlo prender. Mas por prudencia, lord Gosford,
deseoso de atraerse al clero canadiense, se ha opuesto a tal
rigor, contentándose con obtener del Sr. Obispo que ese
sacerdote saliese de la ciudad (como lo ha hecho), y ahora
prosigue su misión en las parro quias del condado de Mo n-
treal. Es un ver dadero tribuno de la cátedra sagrada; po see
una elocuencia que arrastra las masas y no le detiene ninguna
consideración personal. Seguramente que ese joven sa-
crificaría, en pro de la causa nacional, su libertad y hasta su
vida.
-¿Y decís que ese sacerdote de quien habláis es joven?
preguntó Juan.
-Apenas tendrá treinta años.
-¿A qué Orden pertenece?
-A los sulpicianos.
-¿Y cómo se llama?
-El abate Joann.
¿Evocó este nombre un recuerdo en el espíritu de Juan?
Sebastián Gramont debió pensarlo así porque el joven p a-
triota quedó silencioso durante algunos instan tes, y después
se despidió del abogado y se marchó, no obstante las insta n-
cias de éste para que se quedase en su casa hasta el día s i-
guiente.


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-Mil gracias, mi querido Gramont, dijo. Importa mucho
que me reúna a mis compañeros antes de la medianoche,
porque tenemos que partir durante la marea alta.
-Id, pues, Juan, respondió el abogado. Que vuestra, em-
presa tenga o no éxito, siempre seréis uno de los que más ha-
brán trabajado en favor del país.
-¡Nada habré hecho mientras esté bajo el yugo de I n-
glaterra! exclamó el joven patriota; y si algún día llegara a
libertarle, aun a costa de mi vida...
-Os debería eterno agradecimiento, respondió Gramont.
-¡Nada me debería!
Tras estas palabras, ambos amigos se separaron, y de s-
pués de volver al Champlain, que estaba anclado a poca di s-
tancia de la orilla, Juan y sus compañeros si guieron la
corriente hacia Montreal.
FIN DEL CUADERNO PRIMERO


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CUADERNO SEGUNDO
I
DESDE QUEBEC A MONTREAL
A media noche, la balandra había andado ya algunas mi-
llas. Pedro Harcher maniobraba con toda seguridad en m e-
dio de la noche, alumbrada por la luna llena, aun cuando
tenía que correr algunas bordadas, porque el viento, que
soplaba del Oeste, no era más que una fresca brisa.
El Champlain no se detuvo hasta poco tiempo antes de
amanecer. Ligeras brumas ocultaban a la vista, en aquel m o-
mento, las anchas praderas que se hallaban más allá de los
ribazos; pero pronto la cima de los árboles, agrupados más
allá, salió por encima de esos vapores que el sol empezaba a
disolver, y el curso del río se hizo más visible.
Numerosos pescadores habían empezado ya su faena,
arrastrando sus redes y sus cañas a remolque de esas pequ e-
ñas embarcaciones que no abandonan casi nunca el alto cu r-
so del San Lorenzo o sus afluentes de la derecha y de la
izquierda. El Champlain se perdió en medio de esta flotilla,


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entregada a sus matutinas ocupaciones, entre las riberas de
los condados de Port-Neuf y de Lothinière.
Los hermanos Harcher se pusieron también al trabajo,
después de haber echado el ancla del lado septentrional. N e-
cesitaban algunas banastas de pescado para ir a venderlo en
los pueblos en cuanto la marea permitiese remontar el río a
pesar de la corriente.
Durante la pesca, algunas canoas hechas con cortezas de
árboles, abordaron al Champlain. Eran dos o tres de esos
esquifes tan ligeros que pueden llevarse al hombro cuando
hay que pasar los portages, o sea el espacio en que una co-
rriente de agua no se puede atravesar por causa de las rocas
que obstruyen el paso, las caídas o saltos que ofrecen una
barrera infranqueable, las corrientes demasia do rápidas y las
ollas que turban con tanta frecuencia los ríos canadienses.
Los tripulantes de estas canoas eran la mayor parte de
raza india; venían a com prar pescado, que transportaban
después a las aldeas y pueblos del interior, en donde pen e-
traban sus embarcaciones por los múltiples ríos de su territo-
rio.
Varias veces también fueron canadien ses los que se
aproximaron al Champlain. Hablaban algunos minutos con
Juan, dirigiéndose después a la orilla para cum plir la misión
que les había sido confiada. Si los hermanos Harcher no
hubiesen buscado en la pesca, durante aquella ma ñana, más
que la ganancia o el placer, su ambición hubiese quedado
ampliamente satisfecha, pues redes y cañas hicieron marav i-
llas cogiendo un sinnúmero de solios, tencas y otras especies


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que abundan en los ríos del. Canadá, los maskinongis y toura-
dis, muy apreciados en el Norte de América.
Pescaron también bastante cantidad de esos peces blan-
cos que buscan con afán, por la fineza de su carne, las pers o-
nas de gusto delicado. Por lo tanto, se haría bue na acogida
en los pueblos a los pesca dores del Champlain, y así sucedió,
en efecto.
Los favorecía además un tiempo mag nífico; ese tiempo
especial, si así puede decirse, del feliz e incomparable valle
del San Lorenzo. ¡Qué delicioso aspecto pre sentaban los
campos desde los ribazos del río hasta el pie de la sierra de
los Laurentidas! Y, según la poética expresión de Fenimore
Cooper, eran más hermosos que nunca por haberse revest i-
do de su librea otoñal, verde y amarilla, que duraría basta los
primeros fríos.
El Champlain arribó en primer lugar en el límite del co n-
dado de Port-Neuf, situado en la orilla izquierda. En el pu e-
blo de este nombre, así como en los de Santa Ana y de San
Estanislao, nuestros pesca dores hicieron negocios bastante
buenos, por más que en algunos puntos el Champlain dejara
más dinero que el que reco gía como producto de la pesca;
pero los hermanos Harcher no pensaban siquiera en queja r-
se.
Durante los dos días siguientes, Juan navegó así de una
a otra orilla. En el con dado de Lothinière, en la ribera der e-
cha, estuvo en Lothinière y en San Pedro de los Bosquec i-
llos; en el condado de Cham plain, en la opuesta orilla, en
Batiscan; después, volviendo otra vez a la derecha, visitó
Gentilli, Doucette, y los principales reformistas recibieron


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sus órdenes. En Nicolet se puso en relación con uno de los
personajes más influyentes, ardoroso partidario de la causa
nacional; éste era el señor Aubineau, juez de paz y comisario
del distrito. Allí, como en Quebec, Juan tuvo noticia de que
el abate Joann acababa de recorrer las parroquias del conda-
do de Nicolet, y de que sus predicaciones ha bían inflamado
los espíritus hasta tal pun to, que los habitantes deseaban
empuñar las armas para libertar la patria. Después el Sr. A u-
bineau le enteró minuciosamente de cuanto le hacía falta en
municiones y armas para el día de la insurrección.
-Pronto recibiréis todo lo necesario, le dijo Juan. Un
tren de maderas ha debido salir de Montreal la noche pasada,
y no puede tardar en llegar aquí; trae fusiles, pólvora y pl o-
mo. Estaréis, por consiguien te, armados desde luego; pero
no os mováis antes de tiempo, y si fuera preciso, podéis c o-
municaros con el Comité de la villa Montcalm, en la isla J e-
sús, escribiendo a su presidente.
-¿No es éste el señor de Vaudreuil?
-EL mismo.
-Seguiré vuestras órdenes.
-¿No me habéis dicho, repuso Juan, que el abate Joann
había estado en Nicolet?
-Aquí se hallaba hará unos cinco o seis días.
-¿Sabéis hacia dónde se ha dirigido?
-Al condado de Verchères, y en segui da, si no me equ i-
voco, irá al de Laprairie.
Juan se despidió del juez de paz y vol vió a bordo del
Champlain, al mismo tiempo que los hermanos Harcher se
retiraban después, de haber vendido todo el pescado que


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poseían. Atravesaron entonces el río en línea oblicua, nav e-
gando hacia el condado de San Mauricio.
En la embocadura del río de este nom bre se eleva uno
de los más antiguos pue blos del país; el burgo de los
Tres-Ríos, situado al principio de un valle fertilísimo. En
aquella época acababan de establecer allí una fundición de
cañones dirigida por una Sociedad franco-canadiense, que no
empleaba sino obreros del mismo origen.
Esta fundición, recientemente creada, estaba aún en su
periodo de organización: algunos meses más tarde, los r e-
formistas hubieran podido, tal vez, abastecerse allí de esas
bocas de fuego, de las que desgra ciadamente carecían. Sin
embargo, era posible que, trabajando día y noche, pu diesen
oponer a la artillería de las tropas reales los primeros cañ o-
nes fundidos en San Mauricio. Juan tuvo respecto de esto
una importante conferencia con los jefes del Comité de
aquella ciudad, pues si las piezas se fabricasen con tiempo,
no faltarían brazos para servirlas..
Al salir de los Tres-Ríos, el Champlain siguió a la izquier-
da la ribera del condado de Maskinongi, arribó a la pequeña
ciudad del mismo nombre y después des embocó, en la n o-
che del 24 al 25 de Septiembre, en un ensanche bastante
grande del San Lorenzo, que llaman el lago de San Pedro.
Allí se desarrolla, en efecto, una especie de lago de cinco
leguas de longitud, sirviéndole de límite, río arriba, una se rie
de islotes que se extienden desde Ber thier, pueblo del co n-
dado del mismo nom bre, hasta Lorel, que pertenece al de
Richelieu.


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En dicho sitio los hermanos Harcher tendieron sus r e-
des, o más bien las pu sieron en reata, y, servidos por la co-
rriente; continuaron remontando el río con pequeña veloc i-
dad.
Espesas nubes cubrían el cielo, y la os curidad era tan
profunda, que se hacía imposible distinguir las orillas ni en el
Sur.
Un poco antes de media noche, Pedro Harcher, de
guardia en la proa, divisó una luz que brillaba en lontananza.
-Será sin duda el farol de un buque que sigue la c o-
rriente, dijo Remigio, quien había ido a juntarse con su he r-
mano.
-¡Atención a las redes! replicó Santia go; hay treinta br a-
zas fuera y se perderían si ese buque nos cogiera de costado.
-Pues bien, naveguemos a estribor, dijo Miguel; a Dios
gracias, el espacio no nos falta..
-No, respondió Pedro; pero el viento no nos ayuda y
vamos a perder el rumbo.
-Más valiera recoger las redes, dijo Tony; sería más s e-
guro...
-Tienes razón, no perdamos tiempo, replicó Remigio.
Los hermanos Harcher se preparaban a retirar sus art e-
factos a bordo, cuando Juan les dijo:
-¿Estáis ciertos de que lo que veis es un buque que se
deja conducir por la corriente?
-No, puedo asegurarlo, respondió Pe dro; pero, sea lo
que fuere, se aproxima con mucha lentitud y la luz está muy
cerca del agua.
-Tal vez sea una cage... dijo Santiago.


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-Si así fuera, replicó Remigio, es un motivo más para
evitarla. Difícil sería desenredarnos si nos cogiese. ¡Vamos,
recojamos pronto!
Y, en efecto, el Champlain hubiera con seguridad perdido
sus redes, si los hermanos Harcher no se hubiesen apresura-
do a subirlas a bordo sin darse siquiera el tiempo de sacar los
peces enredados entre las mallas. No había un instante que
perder, pues la luz se encontraba ape nas a doscientas o tres-
cientas brazas de distancia.
Se llaman cages en el Canadá, a las balsas de madera
compuestas de sesenta o se tenta cribs, es decir, secciones a
manera de trenes, cuyo conjunto comprende por lo menos
mil pies cúbicos. Desde el día; en que el deshielo permite
navegar por él río, numerosos cages bajan hacia Montreal o
Quebec, procedentes de aquellos inmen sos bosques del
Oeste, que son una de las inagotables riquezas de la provi n-
cia canadiense.
Esas cages, esas balsas enormes; se forman con troncos
de árboles escuadrados en el bosque por el hacha del leñ a-
dor, o con vigas y tablas aserradas en las fábricas establec i-
das, utilizando las caídas de las Calderas en el río Outaouais.
Millares de esos trenes bajan así desde Abril hasta m e-
diados, de Octubre, evitando las corrientes demasiado fue r-
tes o los saltos del agua, por medio de resbaladeros
construidos sobre el fondo de estrechos canales de rápida
pendiente. Si bien algunas de estas cages se detienen en Mon-
treal para proveer al cargamento de los buques que tran s-
portan aquellas maderas a los mares de Europa, la mayor
parte siguen hasta Quebec, pues es donde está el centro de


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explotación de los buques, cuyo rendimiento suma cada año
veinticinco o treinta millones de pesetas en provecho del
comercio canadiense.
Esos trenes de madera son un gran estorbo para la n a-
vegación por el río, sobre todo cuando penetran en alguno
de los brazos intermedios, cuya anchura suele ser muy red u-
cida. Abandonados a la corriente del reflujo, mientras dura
es casi imposible dirigirlos. Los buques, barcas pescadoras y
otros tienen que tener, pues, el cuidado de separarse de su
paso si no quieren arriesgar un abordaje que les causaría s e-
rias averías. Se comprende por qué los hermanos Harcher no
titubearon en recoger sus redes, tendidas al paso de la cage,
que la calma les impedía evitar.
Santiago no se había equivocado; era, en efecto, una
balsa que bajaba el río. Un farol, colocado a proa, indicaba el
rumbo que seguía, y no estaba más que a unas veinte brazas
de distancia cuando nuestros pescadores acabaron de rec o-
ger sus redes.
Entonces, en medio del silencio de la noche, una voz
bien timbrada entonó esa antigua canción del país, que es,
según hace notar el Sr. Reveillaud, un verdade ro canto n a-
cional, si bien (preciso es confesarlo), lo es más por el tono
que por las palabras. Era fácil conocer por su acento y por el
modo de pronunciar con la boca muy abierta el diptongo ai,
que el cantor, que no era otro que el patrón de la cage, era
canadiense de origen francés.
He aquí lo que cantaba:
Volviendo de las bodas


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estaba muy cansado,
y a la clara fuente
me fui a descansar...
Juan conoció sin duda la voz del que cantaba, porque
acercándose a Pedro Harcher en el momento en que el
Champlain dejaba caer sus remos para apartarse de la cage:
-Aborda, le dijo.
-¿Que aborde?... replicó Pedro.
-¡Sí!... ¡es Luis Lacasse !...
-¿Vamos a conversar con él?...
-Cinco minutos nada más, respondió Juan. No tengo
más que decirle algunas palabras.
En un instante Pedro Harcher, después de un golpe d a-
do en el timón, se aproxi mó al tren de madera, en el que
amarró al Champlain por la proa.
El cantor, viendo esa maniobra, interrumpió su canción
para gritar:
-¡Eh, los de la balandra!... ¡Tened cuidado!
-¡No hay peligro, Luis Lacasse! res pondió Pedro Ha r-
cher; es el Champlain.
De un salto Juan acababa de subir al tren de maderas,
reuniéndose con el patrón, que le dijo en cuanto pudo cono-
cerle, merced a la luz del farol:
-Siempre estoy pronto a serviros, señor Juan.
-Gracias, Lacasse.
-Contaba encontraros en el camino y estaba decidido a
esperar al Champlain en mi próxima parada durante la marea
alta; pero puesto que estáis aquí...


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-¿Está todo a bordo? preguntó Juan.
-¡Todo, y bien oculto entre los made ros y las vigas!...
Está muy bien arreglado, os lo aseguro, añadió Luis Lacasse,
sacando un eslabón para encender su pipa.
-Los aduaneros, ¿han practicado algún registro?
-Sí... en Verchères... Se quedaron lo menos media hora
charla que te charla... Pero nada han visto... está todo como
en una caja...
-¿Cuánto?... preguntó Juan.
-Doscientos fusiles.
-¿Y sables?
-Doscientos cincuenta.
-¿De dónde vienen?...
-Del Vermont. Nuestros amigos los americanos han
trabajado bastante y no nos cuesta muy caro, sólo que han
tenido mucho que hacer para transportarlo hasta el fuerte
Ontario, en donde nos lo han en tregado; pero ya se venci e-
ron todas las dificultades.
-¿Y las municiones?...
-Llevo tres toneles de pólvora y algu nos miles de balas.
Si cada una de ellas mata a un hombre, pronto veremos el
Canadá limpio de uniformes encarnados. ¡Serán comidos por
los comedores de ranas, como nos llaman los anglosajones!
-¿Y sabes, preguntó Juan, a qué parroquia están destina-
das esas armas y municiones?
-Perfectamente, respondió el marine ro. ¡No temáis, no
hay miedo de que me sorprendan! Durante la noche, en la
marea más baja, anclaré mi cage, y unas ca noas vendrán a
buscar cada cual su parte.


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Pero os advierto que no voy más allá de Quebec, donde
tengo que cargar mis ma deras, a bordo del Moravian, con
destino a Hamburgo.
-Está entendido, respondió Juan. Antes de llegar a Que-
bec ya habrás entregado los últimos fusiles y el último barril
de pólvora.
-Entonces todo va bien.
-Dime, Luis Lacasse, ¿tienes confianza en los hombres
que te acompañan?
-Como en mí mismo. Son verdaderos Juan Bautista;
mas no se quedarán atrás cuando haya que tirar tiros.
Juan le entregó entonces cierta cantidad de piastras, que
el bravo marinero dejó caer, sin contarlas, en el bolsillo de su
ancha blusa.
Después, vigorosos apretones de mano se cambiaron
con la tripulación de la balandra.
Juan se embarcó de nuevo en el Champlain, que se alejó
en dirección a la orilla izquierda, y mientras que la balsa s e-
guía la corriente, se oyó de nuevo la voz sono ra de Luis La-
casse, que repetía:
Y a la clara fuente me fui a descansar.
Una hora más tarde la brisa volvió con la pleamar, y el
Champlain penetró entre esos numerosos islotes que sirven
de límite al lago San Pedro, y siguió sucesivamente el litoral
de los condados Joliete y de Richelieu, situados enfrente uno
de otro. Después hizo escala en los pueblos de la ribera, de
los condados de Montcalm y de Verchères, cuyas mujeres


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tan valerosamente se batieron a fines del siglo XVII para
defender un fuerte atacado por los salvajes.
Juan visitó a los jefes reformistas, y pudo asegurarse por
sí mismo del estado de ánimo de los habitantes. Le hablaron
varias veces de Juan-Sin-Nombre, cuya cabeza estaba prego-
nada. ¿En dónde estaría en la actualidad? ¿Aparecería cuando
empezara la lucha? Los patriotas con taban con él, y, a pesar
de la orden del Gobernador general, podía, sin temor alguno,
venir al condado, donde, bien fuera por una hora o por
veinticuatro, todas las casas se abrirían para recibirle.
Ante esas muestras de una adhesión que podía llegar
hasta el último sacrificio, Juan se sentía profundamente
conmovido. ¡Sí; era esperado como un Mesías por la pobl a-
ción canadiense! Pero se contentaba con responder:
-No sé en dónde se halla Juan -Sin-Nombre; pero cuan-
do llegue el día de la lucha, estará donde deba estar.
A la mitad de la noche del 26 al 27 de Septiembre, el
Champlain llegó al brazo meridional del San Lorenzo, que
separa la isla de Montreal de la ribera Sur.
La balandra tocaba entonces al término de su viaje, y los
hermanos Harcher iban a desarmarla dentro de pocos días
para la estación invernal, que hace completamen te impracti-
cable la navegación en el río. Después, Juan y ellos se irían al
condado de Laprairie, al cortijo de Chipogán, don de debía
reunirse toda la familia para la celebración del casamiento
proyectado.
Entre la isla de Montreal y la orilla de recha, el brazo del
San Lorenzo está formado por varias corrientes muy rápidas
que se pueden considerar como una de las curiosidades del


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país. En aquel sitio se desarrolla una especie de lago, seme-
jante al de San Pedro, donde el Cham plain encontró la cage
del patrón Luis Lacasse. Se le llama el Salto de San Luis, y
está situado enfrente de Lachina, pe queño burgo edificado
más arriba que Montreal, y que es el sitio predilecto de los
montrealeses para pasar el verano. Este lago parece un mar
tumultuoso, en el que desembocan las aguas de uno de los
brazos del Outauais. Espesos bosques cubren la orilla der e-
cha; alrededor de un pueblo de iroqueses convertidos al cris-
tianismo, el Caughnawaga, cuya pequeña iglesia levanta su
modesta flecha poco más arriba que la copa de los árboles.
En esta parte del río, si la subida es difícil, la bajada lo es
mucho más, puesto que basta una falsa maniobra para preci-
pitar una embarcación en medio de las corrientes. Pero los
marineros, acostumbrados a tan peligrosos pasos, y sobre
todo, los pescadores que cogen allí sollos a millares, son muy
hábiles en la maniobra en medio de aquellas aguas furiosas.
Con la condición de no apartarse de la orilla meridional
y de sirgar, no es imposible llegar a Laprairie, capital del con-
dado del mismo nombre, en donde el Champlain tenía co s-
tumbre de invernar.
A eso del medio día, Pedro Harcher se encontraba un
poco más abajo de Lachina. ¿De dónde le viene ese nombre,
que es del vasto Imperio asiático? Pues senci llamente de los
primeros navegantes del San Lorenzo, que al llegar cerca del
país de los grandes lagos, creyeron hallarse en el litoral del
Océano Pacífico, y, por con siguiente, cerca del reino de los
Celestes.


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El patrón del Champlain maniobró, por lo tanto, para
llegar a la orilla derecha del río, que alcanzó a eso de las ci n-
co de la tarde, cerca del límite que separa el condado de
Montreal del de Laprairie.
En aquel momento le dijo Juan:
-Voy a desembarcar, Pedro.
-¿No vienes con nosotros hasta Laprairie? preguntó P e-
dro Harcher.
-No; es necesario que visite la parroquia de Chambly, y
desembarcando en Caughnawaga, tendré menos camino que
recorrer para llegar allí.
-Es arriesgarte mucho, dijo Pedro, y no te veré alejarte
sin inquietud. ¿Por qué nos dejas, Juan? Espera siquiera un
par de días y partiremos juntos después de desarmar la b a-
landra.
-No puede ser, hermano, repuso Juan; tengo precisión
de estar en Chambly esta misma noche.
-¿Quieres que dos de nosotros te acompañemos?
-No; vale más que vaya sólo.
-¿Y te quedarás mucho tiempo en Chambly?
-Algunas horas nada más, Pedro; pienso salir de allí m a-
ñana al amanecer.
Y como Juan no parecía deseoso de entrar en explic a-
ciones respecto a lo que iba a hacer en aquella ciudad, Pedro
no insistió, contentándose con añadir:
-¿Te esperamos en Laprairie?
-Es inútil. Haced cuanto tengáis que hacer sin inquiet a-
ros por mi ausencia.
-¿En dónde nos encontraremos?


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-En el cortijo de Chipogán.
-Ya sabes, repuso Pedro, que debemos estar allí todos
en la primera semana de Octubre.
-No lo he olvidado.
-No faltes a la cita, Juan, pues sabes que tu ausencia
apesadumbraría mucho a mi padre, a mi madre y a todos.
Nos esperan para una fiesta de familia, y puesto que te dices
hermano nuestro, es preciso que te halles allí para que la
familia esté completa.
-Iré con oportunidad, Pedro.
Juan apretó la mano de los hijos Har cher, después bajó
al camarote, se puso el traje que llevaba el día de su visita a la
villa Montcalm, y se despidió de sus buenos compañeros.
Un momento después saltó al ribazo, y dando un último
adiós, desapareció deba jo de los árboles, cuyas espesuras
rodean el pueblecillo iroqués.
Pedro, Remigio, Miguel, Tony y Santiago se pusieron en
seguida a la mani obra, y no sin grandes esfuerzos y rudas
fatigas llegaron a halar su barca contra la corriente, aprov e-
chando los remolinos que se formaban detrás de las puntas.
A las ocho de la noche, el Champlain estaba sólid a-
mente amarrado en una pequeña caleta, al pie de las primeras
casas del burgo de Laprairie.
Los hermanos Harcher habían acabado su campaña de
pesca, después de haber recorrido durante seis meses do s-
cientas leguas, subiendo y bajando las aguas del gran río.


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II
UN ANIVERSARIO
Eran las cinco de la tarde cuando Juan dejó el Champlain.
Tres leguas, poco más o menos, le separaban de la ciudad de
Chambly, hacia donde se dirigía.
¿Qué iba a hacer en Chambly? ¿No había acabado ya su
obra de propaganda en los condados del Suroeste antes de
su llegada a la villa Montcalm? Sí; pero esa parroquia no h a-
bía recibido todavía su vi sita. ¿Por qué motivo? Nadie h u-
biera podido adivinarlo. No había hablado de ello a persona
alguna, y apenas si se lo decía a él mismo. Iba allí, hacia
Chambly, como si alguna cosa le atrajera y le rechazara a la
vez, teniendo, sin embargo, concien cia del combate que se
libraba en su corazón.
Doce años habían transcurrido desde que Juan aband o-
nó el pueblo en que había nacido; y como nunca le habían
vuelto a ver, con seguridad no le conocerían. Y él mismo,
después de tan larga ausencia, ¿no habría olvidado la calle en
donde jugaba cuando niño, ni la casa en que se ha bía desli-
zado su infancia?


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No. Esos recuerdos de los primeros años de su vida no
podían haberse borrado de su memoria. Al salir del bosque
se encontró en medio de las praderas que recorría en otros
tiempos, cuando se diri gía a la barca para atravesar el San
Lorenzo. No era un extranjero quien atra vesaba ese territo-
rio; era un hijo del país, que no titubeó un solo instante para
tomar caminos de travesía o para evitar al gunos recodos, a
fin de abreviar el trayecto que tenía que recorrer; y segur a-
mente que al llegar a Chambly no dejaría de re conocer la
plazoleta en donde se elevaba la casa paterna; la estrecha
callejuela que seguía, por lo regular, para retirarse por la n o-
che; la iglesia a que le llevaba su madre, y el colegio en que
había empeza do sus estudios antes de que le llevasen a
Montreal.
Juan quería volver a ver estos sitios, de los que se había
alejado durante tantos años. En los momentos en que iba a
jugar su cabeza en una suprema lucha, sintió irresistible d e-
seo de volver allí, adonde su miserable existencia había e m-
pezado para él. No era Juan -Sin-Nombre el que se
presentaba a los reformistas del condado; era el niño que
volvía, quizá por última vez, al pueblo que le había visto
nacer.
Juan andaba con paso rápido para lle gar a Chambly an-
tes de que cerrase la noche y salir antes del amanecer. Absor-
to en sus dolorosos recuerdos, su mirada no se detenía en
nada de lo que en otro tiempo hubiera fijado su atención. Ni
las parejas de antes que corrían por el bos que, ni los pájaros
de mil colores que gor jeaban entre el ramaje, ni la caza que


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andaba por los surcos, nada e ra capaz de distraerle en su
ensimismamiento.
Cuando encontraba algún labrador ocupado todavía en
las faenas agrícolas, se desviaba de su camino para no tener
que contestar a su cordial saludo; quería pasar sin ser visto a
través de los campos, y volver a ver Chambly sin que le c o-
nociesen.
Eran las siete cuando divisó la punta del campanario de
la iglesia, que sobresalía por encima de los árboles. Aun m e-
dia legua, y se encontraría en su pueblo. El sonido de las
campanas, traído por el aire, llegaba a sus oídos, y en vez de
exclamar:
-¡Sí, soy yo¡... ¡Yo, que quiero hallarme en medio de
cuanto he amado!... ¡Vuelvo al nido!...¡Vuelvo a la nada de mi
infancia!...
Se callaba, preguntándose asustado:
-¿Qué vengo a hacer aquí?
Sin embargo, por los sonidos no inte rrumpidos de las
campanas, Juan com prendió que no eran las oraciones las
que tocaban en aquel momento. ¿Para qué fiesta llamaban a
los feligreses de Chambly a una hora tan avanzada?
-¡Tanto mejor! se dijo Juan. Estarán todos en la iglesia.
No tendré que pasar por delante de las puertas abiertas; así
nadie me verá ni me hablará. Y puesto que a nadie quiero
pedir hospitalidad, nadie sabrá tampoco que he venido aquí.
Esto se decía, y proseguía su camino. En algunos m o-
mentos quería volverse; pero no, una fuerza invencible le
empujaba hacia adelante.


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Cuanto más se acercaba Juan a Cham bly, más fijaba su
atención en lo que le rodeaba, y a pesar de los cambios op e-
rados en el país durante los últimos doce años, no dejaba de
reconocer las casas, los cercados y las alquerías establecidas
en las cercanías de la ciudad.
Llegado que hubo a la calle principal, se deslizó a lo la r-
go de las casas, cuyo aspecto era tan francés, que cualquiera
hubiera creído hallarse en la cabeza de partido de una bailía
del siglo XVII. Aquí vivía un amigo de su familia, en cuya
casa Juan pasaba algunas veces los días de asueto. Allí mor a-
ba el cura de la pa rroquia que le había dado sus primeras
lecciones: ¿Vivirían todavía aquellas buenas gentes? Después
distinguió un vas to edific io a su derecha; era el colegio
adonde iba todas las mañanas, que se ele vaba a algunos cen-
tenares de pasos, subiendo a la parte alta de Chambly.
Aquella calle llegaba a la plaza de la iglesia, en uno de
cuyos ángulos estaba situada su casa paterna, con la fachada
a la plaza, y a la espalda un jardín que lle gaba hasta los árbo-
les agrupados alrededor de la ciudad.
La noche era bastante oscura, pero la puerta entreabierta
de la iglesia dejaba ver en el interior bastante gente, alumbra-
da por la araña suspendida en la bóveda.
Juan, no teniendo ya temor de ser conocido, admitiendo
que hubiesen conservado de él algún recuerdo, tuvo un in s-
tante el pensamiento de entrar en aquella iglesia, de asistir a
los oficios de la noche, de arrodillarse en aquellos bancos en
que había rezado; pero se sintió atraído hacia el lado opuesto
de la plaza, y dirigiéndose a la izquierda, llegó por fin al á n-
gulo formado por la casa de su familia.


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Se acordaba perfectamente de ella; allí era donde estaba
edificada. Todos sus de talles se presentaban a su imagin a-
ción; la puerta enrejada, que cerraba un peque ño patio d e-
lante; el palomar, que domina ba el tejado, a la derecha; las
cuatro ventanas del piso bajo, la puerta en medio, el balcón
de la izquierda en el primer piso, donde había visto tantas
veces a su ma dre en medio de las flores que le adorna ban.
Quince años tenía cuando salió de Chambly, y a esa edad
todas las cosas quedan ya profundamente grabadas en la
memoria. No podía dudarlo; en aquel si tio tenía que estar la
casa construida por sus antepasados en los principios de la
colonia canadiense.
Y, sin embargo, ningún edificio se veía allí. Un solar ll e-
no de ruinas, y nada más. Ruinas siniestras, ocasionadas, no
por el tiempo, sino por alguna violenta acción. La duda era
imposible, pues se veían pie dras calcinadas, trozos de pared
renegridos, pedazos de vigas medio quemados y montones
de cenizas, blancos en aquellos momentos, decían bastante
que en una época, relativamente remota, la casa había sido
pasto de las llamas.
Un horrible pensamiento atravesó el espíritu de Juan.
¿Quién había encendido aquel fuego? ¿Sería obra de la
casualidad, de una imprudencia, o de la mano de un justici e-
ro?
Juan, irresistiblemente arrastrado, penetró en las ruinas y
holló con los pies las cenizas amontonadas en el suelo.
Algunos murciélagos, asustados por el ruido de sus p a-
sos, empezaron a revolo tear alrededor de su cabeza. Era
indudable que nadie entraba allí nunca. ¿Por qué dejaban


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subsistir aquellas ruinas en una parte de las más frecuentadas
de la ciudad? ¿Cómo es que después del incendio ni siquiera
se habían tomado el trabajo de quitar los escombros?
En los doce años que faltaba de allí, Juan no había oído
decir nunca que la casa paterna había sido destruida y que no
quedaba de ella más que un montón de piedras ennegrecidas
por el fuego.
Inmóvil, no cabiéndole el corazón en el pecho, pensaba
en aquel triste pasado, y en el presente, más triste aún.
-¡Eh! ¿Qué hacéis ahí, caballero? le gritó un anciano que
acababa de detenerse, yendo hacia la iglesia.
Juan, no habiéndole oído, no respondió.
-¡Eh! repuso el buen hombre. ¿Sois sordo? No os qu e-
déis ahí, pues si os vieran, sería muy posible que oyeseis algo
que no os gustaría.
Juan salió de las ruinas, entró en la plaza, y dirigiéndose
a su interlocutor, le preguntó:
-¿Es a mí a quien habláis?
-Sí, señor. Está prohibido entrar en ese sitio.
-¿Por qué?
-¡Porque es un lugar maldito!
-¡Maldito! murmuró Juan.
Pero esto fue dicho en voz tan baja, que el anciano no
pudo oírlo.
-¿Sois forastero, caballero?
-Sí, respondió Juan.
-¿Y sin duda hará muchos años que no habéis venido
aquí?
-Sí... muchos.


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-Entonces no es extraño que no sepáis... Creedme... s e-
guid mi consejo... No volváis a entrar allí.
-Pero... ¿por qué?
Porque basta que piséis esas cenizas para que quede
empañada vuestra honra. ¡Esa fue la casa del traidor!...
-¿Del traidor?
-¡Sí, de Simón Morgaz!
El desgraciado lo sabía bastante bien.
De la morada que había querido ver por última vez, y de
donde su familia había sido echada doce años antes, que él
creía existiera todavía, no quedaban más que al gunos trozos
de pared. La habían quemado, y la tradición la había infama-
do de tal modo, que nadie osaba acercarse a ella y ningún
habitante de Chambly pasaba por delante de ella sin mald e-
cirla. ¡Sí; doce años habían pasado, y allí, lo mismo que en las
demás provincias canadienses, nada había podido disminuir
el horror que inspiraba el nombre de Simón Morgaz!
Juan, con la vista inclinada al suelo, las manos tembloro-
sas, se sentía desfallecer, y si no hubiera sido por la oscur i-
dad; el anciano hubiera notado el rubor de la vergüenza
impreso en la cara del joven.
El anciano repuso:
-¿Sois canadiense?
-Sí, contestó Juan.
-¡Entonces no podéis ignorar el crimen cometido por
Simón Morgaz!
-¿Quién lo ignora en el Canadá?
-Nadie, en verdad, caballero. ¿Sois de los condados del
Este?


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.
-Sí; de allí soy: del Nuevo Brunswick.
-Está lejos, muy lejos... Tal vez no supierais que esa casa
había sido destruida.
-¡No! Una desgracia... sin duda...
-Nada de eso, caballero, nada de eso, repuso el anciano.
Tal vez hubiera sido mejor que cayera en ella el rayo, lo que
hubiera sucedido un día u otro, puesto que Dios es justo.
Pero se han adelantado a su justicia, y al día siguiente en que
Simón Morgaz fue echado de Chambly con su familia, pren-
diéronla fuego: Después, para que sirviera de ejemplo y para
que no se olvide jamás la traición de aquel malvado; han
dejado las ruinas en el estado en que las estáis viendo, y está
prohibido acercarse a ellas; pero no era nece saria esa prohi-
bición, pues tal es el horror que este sitio inspira, que nadie
es capaz de entrar en él.
Juan, completamente inmóvil, escucha ba aquel relato,
que le partía el corazón. La animación con que hablaba el
anciano demostraba bien el odio que se conservaba a todo
cuanto había pertenecido a Simón Morgaz.
Allí adonde iba el joven a buscar re cuerdos de su fami-
lia, no los hallaba más que de vergüenza.
El anciano, hablando, se había alejado poco a poco de la
casa maldita, y se dirigía hacia la iglesia. La campana acababa
de lanzar sus últimas notas a través del espacio; el oficio iba
a empezar, y algunos cantos se dejaban oír ya, interrumpidos
por largos silencios.
El buen hombre dijo entonces:


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-Voy a dejaros, caballero, como no sea que me acomp a-
ñéis a la iglesia; si así es, oiréis un sermón que producirá gran
efecto en la parroquia.
-No puedo acompañaros, respondió Juan; tengo que
estar en Laprairie al amanecer.
-En ese caso, no tenéis tiempo que perder, caballero; los
caminos están seguros, porque de algún tiempo a esta parte
los agentes de policía recorren día y noche el condado de
Montreal, persiguiendo a Juan -Sin-Nombre, que segur a-
mente no cogerán, porque Dios es tan bueno que no nos
negará esa gracia que le pide el país entero, pues contamos
con ese joven héroe, caballero, para libertar nuestra patria
del yugo que la oprime. Si se pueden creer los rumores que
corren, hallará aquí buenos patriotas prontos a seguirle.
-Lo mismo sucede en todos los condados, respondió
Juan.
-¡Aquí más que en ninguna p arte, porque tenemos que
borrar la mancha que nos ha dejado Simón Morgaz!
El anciano, según se ve, era bastante hablador; pero iba
ya a despedirse de Juan, deseándole un feliz viaje, cuando
éste le detuvo, diciéndole:
-Amigo mío, ¿habéis conocido a la familia de ese Simón
Morgaz?
-Sí, señor; mucho. Tengo setenta años, y tenía cincuenta
y ocho cuando sucedió lo que sabéis ya. He vivido siempre
en este país, que lo era también suyo, y jamás, jamás hubiera
pensado que dicho señor Simón fuera capaz de tal cosa.
¿Qué ha sido de él? ¡No lo sé! Tal vez haya muerto... Tal vez
se haya expatriado, bajo un nombre supuesto, para que no le


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echaran el suyo al rostro. ¡Pero su pobre mujer, sus hijos!
¡Ah, desgraciados, qué lástima me inspiran!... La señora
Bridget, tan buena, tan generosa, aun cuando no gozaba más
que de una mediana fortuna... ¡Ella que era tan querida de
todos... ella que encerraba en su corazón el más ardiente
patriotismo!... ¡Cuánto ha debido sufrir aquella pobre mujer;
cuánto ha debido sufrir!
Imposible es pintar lo que pasaba en el alma de Juan,
oyendo hablar de su madre y de todas las desgracias de su
vida, enfrente de las ruinas de la casa destruida, en la que se
efectuó el último acto de la traición, y en donde fueron pr e-
sos los compañeros de Simón Morgaz. Era más de lo que
puede soportar la naturaleza humana, y era preciso que Juan
estuviera dotado de una extraordinaria energía para cont e-
nerse y no dejar escapar de su pecho un grito de angustia.
Y el anciano proseguía:
-Lo mismo que a la madre he c onocido también a los
hijos. Se parecían mucho a ella. ¡Ah, qué lástima de familia!...
¿En dónde estarán? Todos aquí los queríamos mucho por su
buen carácter, su franqueza, su excelente corazón. El mayor
era ya muy serio y muy estudioso; el pe queño, más alegre y
más determinado, tomaba siempre el partido del más débil
contra el más fuerte. Este se llamaba Juan, y el otro Joann,
precisamente lo mismo que el joven sacerdote que va a pr e-
dicar.
-¡El abate Joann! exclamó Juan.
-¿Le conocéis?
-¡No, amigo mío, no! He oído hablar de sus sermones.


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-Pues bien; si no le habéis visto nun ca, caballero, se os
presenta la ocasión de conocerle. Ha recorrido todos los
condados del Oeste, y por todas partes se han apresurado
para oírle. Si podéis retrasar por una hora vuestra partida,
veréis el entusiasmo que despierta en los ánimos.
-Os sigo, pues, respondió Juan.
Y ambos entraron en la iglesia, costán doles algún tr a-
bajo hallar un sitio en donde colocarse.
Las preces habían concluido, y el predicador acababa de
subir al púlpito.
El abate podía tener unos treinta años, a lo sumo. Su f i-
sonomía era apasionada, su mirada penetrante, su voz son o-
ra y persuasiva; se parecía a su hermano, sien do, como él,
imberbe. En ellos se hallaban las características facciones de
su madre. Viéndole, lo mismo que escuchando sus palabras,
se comprendía la influencia que el abate Joann ejercía sobre
el público, atraído por su fama. Orador de la fe cató lica y de
la fe nacional, era un apóstol, en el verdadero sentido de la
palabra, un hijo de esa fuerte raza de misioneros, capaces de
verter toda su sangre por confesar sus creencias.
El predicador empezó su sermón. En todo cuanto decía
respecto a Dios, se adi vinaba lo que quería decir en pro de
su país. Sus alusiones al estado actual del Canadá eran pr o-
pias para apasionar a sus oyentes, cuyo patriotismo no esp e-
raba más que una ocasión para manifestarse. Sus gestos, su
palabra y su actitud, producían sordos estremecimientos,
entre la gente que llenaba la iglesia, cuando invocaba el soco-
rro divino contra los expoliadores de las libertades públicas.
Parecía que su vibrante voz sonaba como un clarín, y que su


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brazo extendido agitaba, desde lo alto del púlpito, la tan d e-
seada bandera de la independencia.
Juan, oculto en la sombra, escuchaba; le pareció que h a-
blaba él por la boca de su hermano; y es que las mismas
ideas, las mismas aspiraciones, movían a aquellos dos seres,
tan iguales por el corazón. Ambos luchaban por su país, cada
cual a su manera; el uno por la palabra, el otro por sus actos,
igualmente prontos los dos a toda clase de sacrificios.
En aquella época, el clero católico po seía en el Canadá
una influencia real, desde el doble punto de vista social e
intelectual, considerándose allí a los sacerdotes como pers o-
nas sagradas. Era la lucha de las an tiguas creencias católicas,
traídas por el elemento francés desde el origen de la co lonia,
con los dogmas protestantes que los ingleses procuraban
introducir en todas las clases de la sociedad. Los feligreses se
reconcentraban en derredor de sus curas, verdaderos jefes en
sus parroquias; y la política, que tendía a desprender las pr o-
vincias canadienses de las manos anglo sajonas, no era extra-
ña a aquella alianza del clero y de los fieles.
El abate Joann, lo sabemos ya, pertenecía a la orden de
los sulpicianos; pero lo que el lector ignora tal vez, es que esa
orden, poseedora de una parte del territorio, desde el princ i-
pio de la conquista saca de él, aun en la actualidad, impo r-
tantes rentas. Varias servidumbres, creadas principalmente
en la isla de Montreal, en virtud de derechos señoriales que
le habían sido concedidos, por Richelieu, se ejerce siempre
en provecho de la Congregación. De esto resulta que los
sulpicianos forman en el Canadá una corporación tan honra-
da como poderosa, y que los sacerdotes, siendo los propieta-


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rios más ricos del país, son, por lo mismo, los que gozar de
más influencia.
El sermón, más bien pudiéramos decir la arenga patri ó-
tica del abate Joann, duró unos tres cuartos de hora, y ent u-
siasmó de tal modo a sus oyentes, que, si no hu biese sido
por la santidad del lugar, ruidosos y prolongados aplausos se
hubieran escuchado.
La fibra nacional había sido profunda mente conmovida
por la elocuente palabra de aquel orador sagrado.
Causará tal vez extrañeza el que las au toridades no pu-
sieran freno a aquellas predicaciones en que la propaganda
reformista se hacía desde la cátedra del Espí ritu Santo; pero
semejante extrañeza desaparecerá al considerar que era difícil
encontrar en ellas una provocación directa a la insurrección,
y que el púlpito gozaba de una libertad que el Gobierno no
quería atacar sino con gran reserva.
Concluido el sermón, Juan se retiró a un rincón de la
iglesia, mientras que la gente salía. ¿Quería, tal vez, darse a
conocer a Joann, apretarle la mano y camb iar con él algunas
palabras antes de reunirse con sus compañeros en el cortijo
de Chipogán? Sí; sin duda. Ambos hermanos no se habían
visto hacía algunos meses, por que cada cual iba por su lado
para cumplir la misma obra de patriótica abnegación.
Juan esperaba, pues, detrás de los primeros pilares de la
nave, cuando un gran tumulto estalló fuera; eran gritos, voci-
feraciones y hasta aullidos. Parecía así co mo una especie de
ira popular que se manifestaba con extraordinaria violencia.
Al mismo tiempo, grandes luces iluminaban el espacio y su
reflejo penetraba hasta el interior de la iglesia.


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La turba de oyentes salió, y Juan, arras trado a pesar su-
yo, los siguió hasta en medio de la plaza.
¿Qué pasaba allí?
Delante de las ruinas de la casa del traidor acaban de en-
cender una gran fogata. Algunos hombres, ayudados por
niños y por mujeres, avivaban el fuego echándole brazadas
de leña seca.
Y a la par que gritos de horror, estas palabras de odio se
oían por doquier:
-¡A la hoguera el traidor! ¡A la hoguera Simón Morgaz!
Y en aquel instante, una especie de maniquí, vestido con
harapos, fue arrastrado hacia las llamas.
Juan comprendió.
La población de Chambly procedía, en efigie, a la ejec u-
ción del miserable, lo mismo que se hace todavía en Lo n-
dres, en cuya población se arrastra por la calle la imagen de
Guy Fawkes, el criminal héroe de la conspiración des Poudres.
Aquel día era el 27 de Septiembre; era el aniversario del
inolvidable en que Walter Hodge y sus compañeros Francis-
co Clerc y Roberto Farran habían muerto en el cadalso. S o-
brecogido de horror, Juan quiso huir. Pero no pudo
moverse; parecía que sus pies habían echado raíces en el
suelo. Allí veía a su padre, injuriado, golpeado, manchado
por el lodo que le tiraba aque lla turba presa del delirio del
odio, y le parecía que todo aquel oprobio recaía so bre él,
Juan Morgaz.
En aquel momento el abate Joann apareció, y la gente se
apartó para dejarle paso.


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Él también había comprendido el sentido de esa man i-
festación popular, y en aquel instante conoció a su hermano,
cuya cara lívida le apareció entre el reflejo de las llamas,
mientras cien voces gritaban la odiosa fecha del 27 de Se p-
tiembre, y el nombre aborrecido de Simón Morgaz.
El abate Joann no fue dueño de sí; ex tendió el brazo, y
se lanzó hacia la hoguera en el momento en que iban a echar
en ella el maniquí.
-¡En nombre del Dios de misericordia, exclamó, tened
piedad de la memoria de aquel desgraciado! ¡Dios perdona
todos los crímenes!
-¡No tiene perdón para los qué hacen traición a su patria
y a los que combaten por ella! respondió uno de aquellos
energúmenos.
Y en un instante el fuego devoró, como lo había hecho
en los demás aniversarios, la efigie de Simón Morgaz.
Los clamores redoblaron, y no cesaron sino cuando las
llamas hubieron de apagarse.
En la sombra, nadie pudo ver que Juan y Joann se h a-
bían reunido, y que allí, agarrados de las manos, ambos baj a-
ban la cabeza.
Después, sin pronunciar una palabra, abandonaron el
teatro de tan horrible escena y huyeron de la ciudad de
Chambly, a la que no habían de volver.


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III
LA CASA CERRADA
En el condado de San Jacinto, que confina con el de
Montreal, y a seis leguas de San Dionisio, se halla situado el
burgo de San Carlos, en la orilla Norte del Richelieu.
Bajando este río, uno de los mayores afluentes del San
Lorenzo, se llega a la pequeña ciudad de Sorel, en donde el
Champlain había hecho escala durante su última campaña de
pesca.
En la época en que pasa nuestro relato, una casa aislada
se elevaba a algunos centenares de pasos antes del recodo
que da de pronto nueva dirección a la calle principal de San
Carlos, antes de llegar a las primeras casas.
Era una modesta y triste habitación, que no se comp o-
nía más que de un piso bajo, el cual no tenía más aberturas
que una puerta y dos ventanas. Un patio pequeño se enco n-
traba delante de la fachada principal; pero estaba tan descu i-
dado, que las hierbas crecían en él a su antojo, haciéndole
poco menos que intransitable:


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Por lo regular, la puerta estaba cerrada, y las ventanas no
se abrían nunca. Si la luz del día penetraba en el interior de
aquella casa, era únicamente por otras dos ventanas abiertas
en la fachada opuesta y que daban a un jardín reducidísimo,
cercado de alta pared, cubierta por largas plantas parietarias,
y en uno de cuyos ángulos se veía un pozo con brocal de
mampostería.
En aquel jardín crecían diversas verduras, entre las que
vegetaban árboles frutales, perales, avellanos y manzanos, sin
más cuidados que los de la naturaleza.
Un corralito, tomado del jardín y contiguo a la casa, e n-
cerraba cinco o seis gallinas, que daban la cantidad suficiente
de huevos para el consumo diario.
El interior de aquella morada no contenía más que tres
habitaciones con gran modestia amuebladas, sin otra cosa
que lo más estrictamente necesario. Una de aquellas piezas,
la primera o, la izquierda de la entrada, servía de cocina, y las
demás, a la derecha, eran los cuartos de dormir. El estrecho
corredor que las dividía establecía una comunicación entre el
patio y el jardín.
¡Sí! Aquella casa era humilde y miserable, pero se con o-
cía que sus moradores querían vivir en tales condiciones de
miseria y humildad. Los habitantes de San Carlos no se equi-
vocaban pensándolo así; pues si algún mendigo llamaba a la
puerta de la Casa Cerrada (así la llamaba el pueblo), jamás
sucedía que se fuera sin recibir una corta limosna. La Casa
Cerrada hubiera podido llamarse Casa Caritativa, porque se
ejercía allí la caridad a todas horas.
¿Quién vivía allí?


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Una mujer, siempre sola, siempre ves tida de negro, y
cubierta con el largo velo de crespón de las viudas. Raras
veces dejaba su casa, como no fuera los domingos, para asis-
tir a los oficios, o si alguna compra indispensable la obligaba
a salir, en cuyo caso esperaba, para verificarlo, que anoch e-
ciese, se dirigía por las calles más oscuras, siguiendo a lo
largo de las casas, entraba en la tienda, hablaba en voz baja
muy pocas palabras, pagaba sin regatear, y volvía a su mor a-
da con la vista fija en el suelo e inclinando la cabeza como
una pobre criatura que tuviera vergüenza de que la vieran.
Cuando iba a la iglesia, era a la misa del alba, colocándo-
se en el rincón más os curo; allí se arrodillaba, y reconce n-
trándose en sí misma, debajo de los pliegues de su velo
negro, su inmovilidad era es pantosa, y hubiérasela podido
creer muerta si dolorosos suspiros no se hubieran escapado
de su pecho.
Que aquella mujer no padeciera los horrores de la mise-
ria, ya se comprendía; pero era, con seguridad, un ser muy
desgraciado.
Una o dos veces, algunas buenas almas se habían ace r-
cado a ella para ofrecerle sus servicios, dirigiéndole palabras
de simpatía; pero ella, recogiendo más estrecha mente contra
su cuerpo su traje de luto, se echaba vivamente hacia atrás,
como si temiera inspirar horror a aquellas perso nas compa-
sivas.
Nadie conocía, pues, en San Carlos a la extranjera, m e-
jor pudiera decirse a la re clusa. Doce años antes había lleg a-
do allí para ocupar aquella casa que habían com prado para
ella a muy bajo precio, pues el Municipio, a quien pertenecía,


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deseaba vender tal inmueble, y hasta entonces no había e n-
contrado comprador.
Un día se supo en el pueblo que la nue va propietaria
había llegado de noche a su morada, en la que nadie la había
visto entrar.
¿Quién la había ayudado a transportar su modesto m o-
biliario?
Nadie lo sabía.
Tampoco tomó sirvienta para el cuidado de la casa.
Su vida cenobítica no había variado en lo más mínimo
desde su aparición en San Carlos. Las paredes de la Casa
Cerrada eran las de un claustro, cuya entrada es taba prohibi-
da a todos.
Los habitantes del pueblo no procuraron tampoco p e-
netrar los secretos de la existencia de aquella mujer. Durante
los primeros días que siguieron a su instalación, se admir a-
ron, sí, de su modo de vivir; algunas suposiciones se hicieron
respecto a la dueña de la Casa Cerrada, pero luego de jaron
de ocuparse de ella; y como se mos traba siempre caritativa
con los pobres del país, esto le valió la estimación general.
Alta, encorvada más bien por el dolor que por la edad,
la forastera podría tener en la actualidad unos cincuenta
años. Debajo del velo, que la envolvía medio cuer po, se
ocultaba una cara que debía de ha ber sido bella, una frente
despejada, y grandes y rasgados ojos negros. Sus cabellos
eran completamente blancos, y su mirada como impregnada
por las huellas de lágrimas, largo tiempo detenidas.


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En lo presente, el carácter de aquella fisonomía, en otro
tiempo dulce y sonrien te, presentaba una energía sombría y
una implacable voluntad.
Sin embargo, si la curiosidad pública se hubiera aplicado
con más cuidado a vigilar la Casa Cerrada, hubiera adquirido
la prueba de que no estaba prohibida la entrada a toda visita,
pues tres o cuatro veces al año, siempre de noche, la puerta
se abría tan pronto para uno como para dos forasteros, que
no descuidaban ninguna precaución para llegar o para ma r-
charse sin que nadie los viera.
¿Quedaban allí algunos días, o solamente algunas horas?
Nadie lo hubiera podido decir.
Partían antes del amanecer, y ninguno de los vecinos del
pueblo pudo sospechar nunca que aquella mujer tuviese rela-
ciones fuera del lugar.
Esto fue lo que precisamente sucedió hacia las once de
la noche del 30 de Septiembre de 1837.
La carretera que después de atravesar el condado de San
Jacinto de Oeste s Este, pasa por San Carlos, y sigue más
allá, estaba desierta a aquella hora avanzada. Una profunda
oscuridad reinaba en el pueblo, cuyos vecinos, descansaban
de las faenas diarias, y, por lo tanto, ninguno de éstos pudo
ver a dos hombres bajar por el camino en dirección a la Casa
Cerrada, levantar el picaporte de la reja que daba al patio, y
llamar a la puerta de un modo que debía de ser una señal de
reconocimiento.
Esta se abrió, y se cerró en seguida.


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Ambas visitas entraron en la primera habitación de la
derecha, alumbrada solamente por una mariposa, cuya débil
luz no podía filtrarse al exterior.
La mujer no dio a conocer que se sor prendía por la lle-
gada de aquellos dos hombres, que la apretaron entre sus
brazos, besándola en la frente con afecto filial.
Eran Juan y Joann, y la indicada mujer su madre,
Bridget Morgaz.
Doce años antes, después de la expul sión de Simón
Morgaz, echado de Chambly por sus compatriotas, nadie
dudó de que aquella desgraciada familia hubiese abandonado
el Canadá, expatriándose, bien sea en alguna de las provi n-
cias de la América del Norte o del Sur, o en cual quier punto
lejano de Europa. El dinero percibido por el traidor le pe r-
mitiría vivir cómodamente, sea el que fuera el sitio escogido
para su residencia, y de este modo, mudando de nombre, no
sería en lo sucesivo el blanco del desprecio general.
Mis lectores saben que las cosas no habían sucedido así.
Una noche Simón Morgaz se hizo justicia, y nadie sabía que
sus restos descansaban en un sitio oculto de la ribera se p-
tentrional del lago Ontario.
Bridget Morgaz y sus hijos habían com prendido todo el
horror de su situación; si bien ellos eran inocentes del cr i-
men de su esposo y de su padre, las preocupacio nes son
tales, que en ninguna parte po dían esperar ni piedad ni pe r-
dón. En el Canadá, como en cualquier punto del glo bo, su
nombre sería objeto de una reprobación universal. Resolvie-
ron, pues, despojarse de él, sin pensar siquiera en tomar otro.


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¡Qué necesidad tenían de ello aquellos míseros, para quienes
la vida no podía ser ya sino una serie de vergüenzas!
Sin embargo, ni la madre ni los hijos se expatriaron; a n-
tes de dejar para siempre el Canadá, les quedaba que llenar
una misión, y aun cuando hubieran de sacrificar a ella su
vida, resolvieron cumplirla los tres juntos.
Lo que querían aquellos tres generosos seres era reparar
el mal que Simón Mor gaz había hecho a su país. Sin la tra i-
ción provocada por el odioso agente Rip, la conspiración de
1825 hubiera tenido grandes probabilidades de éxito; porque
después de apresar al Gobernador general y a los jefes del
ejército inglés, las tropas no hubieran podido resistir el e m-
puje de la población franco-canadiense, que se hubie ra le-
vantado en masa. Pero una delación infame había entregado
el secreto de la conspiración, y el Canadá permaneció en
poder de sus opresores.
Pues bien: Juan y Joann prosiguieron la obra interru m-
pida por la traición de su padre: Bridget, cuya energía hizo
frente a su espantosa situación, les demostró que éste era y
debía ser el único objeto de su existencia, y así lo compre n-
dieron aquellos dos hermanos, que no tenía n entonces más
que diecisiete y dieciocho años respectivamente, consagrán-
dose desde aquel momento a ese trabajo de reparación.
Bridget, resuelta a vivir con lo poco que la quedaba de
su perdido patrimonio, no quiso guardar el dinero encontr a-
do en la cartera del suicida, que no podía ni debía emplearse
sino en las necesidades de la causa nacional. Se depositó en
secreto en manos del notario Nick, de Montreal, en las co n-


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diciones que ya sabemos. Juan, sin embargo, conservó una
parte para distribuirla directamente entre los reformistas.
Así es como en 1831 y en 1835 los comités recibieron
las cantidades necesarias para la compra de armas y mun i-
ciones; en 1837, el resto de aquel depósito, consi derable to-
davía, acababa de entregarse al Comité de la villa Montcalm,
que tenía por presidente al señor de Vaudreuil.
Esto era ya cuanto quedaba del precio de la traición.
Sus hijos venían de vez en cuando, y siempre sigilos a-
mente, a ver a Bridget. encerrada en la casa de San Carlos,
pues hacía algunos años que cada cual había escogido una
vía diferente para llegar al mismo objeto.
Joann, el mayor de los dos, habíase di cho que todas las
felicidades de la existen cia le estaban para siempre prohib i-
das, y por la influencia de ideas religiosas, desarrolladas t o-
davía más por la amargura de su situación, quiso ser
sacerdote, pero sacerdote militante. Entró en la Orden de los
Sulpicianos, con la intención de apo yar con su palabra los
imprescriptibles derechos de su país. Una elocuencia natural,
sostenida por el más ardiente patrio tismo, le atraía las si m-
patías de los habitantes de las ciudades y del campo; en los
últimos tiempos su fama se había engran decido mucho, es-
tando ya en todo su apogeo.
Juan trabajaba en pro del partido refor mista, no con la
palabra, sino con sus actos.
Aun cuando las rebeliones de 1831 y de 1835 no habían
tenido feliz éxito, no por eso se amenguó su reputación de
ardiente patriota. Las masas le consideraban como el jefe
misterioso de Los Hijos de la Libertad, que no aparecía más


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que en el momento en que tenía que pagar con su persona,
desapareciendo después para proseguir su obra.
Ya sabemos a qué altura había llegado en el partido de la
oposición liberal; parecía que la causa de la independencia
estaba en las manos de un solo hombre, de aquel Juan-
Sin-Nombre, como se llamaba él mismo, y que únicamente
de él espera ban los patriotas la señal de una nueva in-
surrección.
La hora se aproximaba, y por tal moti vo ambos herma-
nos, a quienes la casua lidad acababa de reunir en Chambly,
vinieron a la Casa Cerrada para abrazar a su madre, quizá por
última vez.
Y ahora estaban sentados a su lado; los tres, agarrados
de las manos, hablaban en voz baja; Juan y Joann le decían
todo cuanto habían hecho, y que la lucha sería terrible, como
lo es siempre toda lucha suprema.
Bridget, entregada por completo a los sentimientos que
desbordaban de su corazón, se dejaba mecer por la espera n-
za de que el crimen del padre sería, por fin, redimido por sus
hijos, y entonces tomó la palabra.
-Hijos queridos, dijo, nece sito participar de vuestra e s-
peranza, y creer en el éxito...
-Sí, madre, tengamos confianza, respondió Juan. Dentro
de pocos días el movimiento se iniciará...
-¡Quiera Dios concedernos el triunfo debido a las causas
santas! añadió Joann.
-¡Ojalá Él nos ayude, repuso Bridget, para que pueda te-
ner el derecho de rogarle por!...


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Nunca, no, nunca los labios de esta des graciada mujer
habían podido formular una plegaria para el alma del que fue
su esposo.
-¡Madre mía, dijo Joann, madre mía!
-Y tú, hijo mío, repuso Bridget, ¿has rezado por tu p a-
dre; tú, sacerdote del Dios misericordioso?
Joann inclinó la cabeza sin responder.
Bridget repuso:
-Hijos míos: hasta aquí ambos habéis cumplido con
vuestro deber; pero, no lo olvidéis; sacrificando hasta vuestra
vida, si es preciso no habréis hecho más que lo que debéis, y
si nuestro país os es deudor algún día de su independencia, el
nombre que llevábamos antes, ese nombre de Morgaz...
-No puede existir ya, madre mía, re plicó Juan; no hay
rehabilitación posible para él. Es tan imposible devolverle su
honra, como la vida a los patriotas que la traición de mi p a-
dre llevó al cadalso. Lo que Joann y yo hacemos no es para
borrar la infamia unida a nuestro nombre. ¡Eso es imposible!
No es este trato el que hemos hecho. Nuestros esfuerzos no
tienden más que a un objeto, y éste es reparar el daño hecho
a nuestro país, no el que se nos ha hecho a nosotros mimos.
¿No es así, Joann?
-Sí, respondió el joven sacerdote. Si Dios puede perd o-
nar, sé que eso está pro hibido a los hombres; pues mientras
la honra sea una de las leyes humanas, nuestro nombre será
siempre objeto de pública reprobación.
-¡Jamás podrán olvidar!... dijo Brid get, besando a sus
dos hijos en la frente, como si quisiera borrar una señal inde-
leble.


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-¡Olvidar! exclamó Juan. Vuelve a Chambly, madre mía,
y verás si, el olvido...
-Juan, interrumpió Joann con viveza;¡cállate!
-¡No, hermano mío! Es preciso que nuestra madre s e-
pa... Tiene la suficiente energía para saberlo todo; no es co n-
veniente dejarla con la es peranza de una habilitación que es
de todo punto imposible.
Y Juan, en voz baja y con palabras entrecortadas por la
emoción, contó a su madre lo que había presenciado en
Chambly, cuna de la familia Morgaz, delante de las ruinas de
la casa paterna.
Bridget escuchaba sin que una, lágrima brotase de sus
ojos; la infeliz mujer ni siquiera podía llorar ya.
¿Era verdad, pues, que semejante situación no tenía s a-
lida? ¿Era posible que aquella traición, aunque horrible, no
podría olvidarse, y que la responsabilidad de dicho crimen
cayera sobre unas cabezas inocentes? ¿Estaba escrito en la
conciencia humana que semejante mancha, impresa en el
nombre de una familia, no podría borrarse jamás?
Durante algunos instantes no se oyó palabra alguna en
aquella triste estancia. Madre e hijos no se miraban siquiera;
sus manos se había desunido, sufrían horriblemente pensa n-
do que, lo mismo que en Chambly, serían en todas partes, y
siempre, unos parias, unos outlaws, rechazados por la soci e-
dad entera.
A las tres de la madrugada Juan y Joann pensaron ya en
despedirse de la infeliz reclusa, porque no querían exponerse
a ser vistos; ni convenía tampoco que nadie supiera que la
puerta de la Casa Cerrada se había abierto aquella noche para


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las únicas personas que habían pisado su umbral. La inte n-
ción de ellos era la de separarse a la salida del pueblo, porque
importaba que no los viesen juntos por el camino que tenían
que seguir para recorrer el condado.
Ambos hermanos se levantaron de su asiento; en el
momento de una separación que podía ser eterna, conocían
cuan fuerte era el lazo que los unía unos a otros. Felizmente,
Bridget ignoraba que ha bían puesto precio a la cabeza de
Juan; si bien su hermano lo sabía, tan terrible no ticia no ha-
bía llegado todavía a la Casa Cerrada. Juan, por no aumentar
las penas de su madre, no quiso decírselo; y ade más, ¿nece-
sitaba acaso saberlo para temer no volver a ver a su hijo?
El instante tan temido por cada uno de aquellos tres
desgraciados seres, había llegado.
-¿Adónde vas, Joann?... le preguntó Bridget.
-A las parroquias del Sur, respondió el joven sacerdote;
allí esperaré que llegue el momento de reunirme con mi
hermano cuando esté a la cabeza de los patriotas canadie n-
ses.
-¿Y tú, Juan?
-Voy al cortijo de Chipogán, en el condado de Laprairie,
contestó el valiente reformista. Allí es donde volveré a e n-
contrar a mis compañeros para que tomemos las últimas
disposiciones... en medio de una de esas fiestas de familia
que nos están prohibidas, madre mía; esas buenas gen tes me
han acogido como si fuese su hijo; darían basta su vida por
mí; y, sin embargo, si supieran quién soy yo, que nombre es
el mío... ¡Ah! ¡Cuán míseros somos, pues nuestro solo co n-
tacto es una mancha! Pero ni ellos, ni nadie, sabrán nunca...


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Juan cayó de nuevo en su asiento, ocultó la cara en las
manos, agobiado por la vergüenza que se le hacía cada día
más pesada.
.-¡Alza, hermano! dijo Joann. ¡Esta es la expiación! ¡C o-
bra ánimo para sufrir! ¡Levántate y partamos!
-¿En dónde volveré a veros, hijos míos? preguntó la po-
bre madre.
-Aquí ya no, respondió Juan. Si triun famos, dejaremos
los tres el país. Iremos lejos... muy lejos, a un sitio en el que
no podamos ser conocidos. ¡Si devolvemos al Canadá su
perdida independencia, que no sepa nunca que lo debe a los
hijos de un Simón Morgaz! ¡No, que no lo sepa nunca!
-¿Y si todo se pierde? repuso Bridget.
-En ese caso, madre mía, no nos ve remos ni aquí ni en
ninguna parte. ¡Habremos muerto!
Ambos jóvenes abrazaron por última vez a su madre, y
la puerta se abrió, volviéndose a cerrar enseguida.
Juan y Joann anduvieron juntos un cen tenar de pasos, y
después se separaron, mas no sin echar una postrera mirada
hacia la Casa Cerrada, en donde la pobre madre rogaba a
Dios por sus hijos.


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IV
EL CORTIJO DE CHIPOGÁN
Este cortijo, situado a siete leguas de la ciudad de L a-
prairie, en el condado del mismo nombre, ocupaba una em i-
nencia de terreno en la orilla de un riachuelo tri butario del
San Lorenzo. El señor de Vaudreuil poseía allí, en una super-
ficie de cuatrocientos a quinientos acres, una propiedad ba s-
tante hermosa y de buenos rendimientos, administrada por el
arrendador Tomás Harcher.
Delante de la casa-habitación, del lado del río, se exte n-
dían vastos campos, un verdadero juego de damas de verdes
praderas, rodeadas de esas cercas enrejadas que se llaman en
el Reino Unido fewies. Era una excelente muestra del dibujo
regular, sajón o americano, en todo su rigor geométrico.
Cuadros y más cuadros de barreras que cerraban esos he r-
mosos cultivos, que prosperaban merced a los ricos el e-
mentos de una tierra negruzca, cuya espesa capa, de tres o
cuatro pies, descansa, por lo regular, sobre otro terreno arc i-
lloso. Esto es lo que compone el suelo canadiense hasta los
primeros estribos de la sierra de los Laurentidas.


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Entre estos cercados, cultivados con minucioso cuid a-
do, crecían diversas clases de cereales que el cultivador cos e-
cha en las temperaturas medias de Europa, trigo, maíz,
cáñamo, lúpulo, tabaco, etc. Abundaba también allí ese arroz
silvestre llamado avena loca, que se multiplicaba en los cam-
pos medio encharcados que se ha llaban en la orilla del ri a-
chuelo y cuyo grano cocido da una excelente sopa.
Hermosos pastos de suculentas hierbas se desarrollaban
detrás de la casa hasta el límite de un bosque de frondosos
árboles, plantados en una ondulación del suelo, y cuya super-
ficie era tan grande, que la vista no alcanzaba a su término.
Estos pastos eran más que suficientes para la alimen tación
del ganado del cortijo de Chipogán, y Tomás Harcher h u-
biera podido arrendar algunas praderas para que pastaran en
ellas toros, vacas, bueyes, carneros, puer cos, sin contar esos
caballos tan vigoro sos de la raza canadiense, tan buscados
por americanos que tienen criaderos.
Los bosques no eran de menos impor tancia en los alre-
dedores del cortijo, pues cubrían en otros tiempos todos los
territorios limítrofes al San Lorenzo, desde su remanso hasta
la vasta región do los la gos. Pero desde algunos años atrás,
¡cuántos claros se habían hecho por las manos de los ho m-
bres! ¡Qué árboles tan soberbios, cuya copa se balancea mu-
chas veces a ciento cincuenta pies de altura, caen todavía
bajo los golpes del hacha, turbando el silencio de los inmen-
sos bosques en que pululan los pitorreales, los ruiseñores, las
alondras, los verdecillos, las aves de paraíso, de deslumbr a-
dor plumaje, y tam bién los encantadores canarios, que son
mudos en las provincias del Canadá! Los lumbermen, o sea los


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leñadores, tienen un fructuoso, pero sensible trabajo, derri-
bando robles y arces, fresnos, castaños y abedules, álamos y
olmos, chopos y no gales, pinos, ojaranzos y otros, los que,
descortezados solamente, o aserrados, forman esos trenes de
maderas que bajan la corriente del río.
Si a fines del siglo XVIII uno de los más famosos h é-
roes de Cooper, Nataniel Bumpoo, llamado Ojo de halcón,
Larga carabina o Media de cuero, se lamentaba ya de la tala
de los árboles, ¿no diría de esos despiadados devastadores lo
que se dice de los arrendadores que agotan la fecundidad
terrestre por costumbres viciosas? ¡Han asesinado el suelo!
Conviene observar, sin embargo, que este reproche no
hubiera podido aplicarse al gerente del cortijo de Chipogán.
Tomás Harcher era demasiado práctico en su ofi cio, era ser-
vido por un personal demasia do inteligente, y tomaba con
demasiada honradez los intereses de su amo para merecer
jamás esa calificación de asesino del terreno. Su granja pas a-
ba, con razón, por un modelo de explotación agronómica en
una época en que la rutina hacía ley, como si la agricultura
canadiense estuviese atrasada en doscientos años.
El cortijo de Chipogán era, pues, uno de los mejor cu i-
dados del distrito de Montreal. Los métodos de amielga i m-
pedían que la tierra se empobreciese; no se contentaban con
dejarla descansar en bar bechos, sino que se variaban las
siembras, lo que daba excelentes resultados. En cuanto a los
árboles frutales colocados en un huerto que encerraba las
diversas especies que prosperan en Europa, eran podados y
cuidados con esmero. Todos daban exquisitas frutas, menos
el albaricoquero y el melocotonero, que dan mejores result a-


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dos en el Sur del Onta rio que en el Este de la provincia de
Quebec. Pero las demás castas honra ban al arrendador, en
particular los manzanos, que producen esas frutas de pulpa
rojizas transparente, conocida con el nom bre de famosas.
Respecto a las legumbres y a las verduras, coles de varias
clases, calabazas, melones, batatas y mirtilas de los bosques,
cuyo fruto negruzco es un excelente postre, se recogía lo
bastante para abastecer dos veces a la semana el mercado de
Laprairie.
En suma, con los centenares de fanegas de trigo y otros
cereales cosechados en Chipogán, el rendimiento de las fr u-
tas y de las verduras y la explotación de al gunos acres de
bosque, aquel cortijo ase guraba al señor de Vaudreuil una
importante renta, merced a los cu idados de Tomás Harcher
y de su familia.
El clima del Canadá es muy favorable para el cultivo.
En vez de lluvia es nieve lo que cae desde fines de N o-
viembre hasta últimos de Marzo, y ésta protege la verde a l-
fombra de los prados; aquel frío, seco y vivo, e s preferible a
continuos aguaceros, pues deja los caminos practicables para
los trabajos del suelo. En ningún punto de la zona templada
se encuentra igual rapidez en la vegetación, puesto que los
trigos sembrados en Marzo están maduros en Agosto, y los
pastos se siegan en Junio y en Julio; así es que, entonces c o-
mo en la actualidad, si algún porvenir está asegu rado en
aquel país, es sobre todo el de los agricultores.
La casa y sus dependencias estaban aglomeradas en un
recinto de empaliza das de unos doce pies de altura, y una
sola puerta, fuertemente ajustada a sus montantes de piedra,


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daba paso a estos edificios. Excelente precaución para los
tiempos, poco remotos todavía, en que eran de temer los
ataques de los indígenas, que viven ahora en buena inteligen-
cia con la población rural; y hasta a dos leguas al Este, en el
pueblo de Walhatta, prosperaba la tribu hurona de los
mahogannis, algunos de los cuales visitaban muchas veces a
Tomás Harcher para cambiar los productos de su cacería
con otros del cortijo.
El edificio principal se componía de una larga constru c-
ción de dos pisos, un cuadrilátero regular, que contenía el
número suficiente de habitaciones para la familia Harcher.
Una vasta sala ocupaba la mayor parte del piso bajo, entre la
cocina y la despensa por un lado, y del otro el departamento
reservado especialmente para el arrendador, su mujer y los
hijos más pequeños.
En una esquina, en el mismo patio que se hallaba d e-
lante de la casa y por detrás comunicando con el huerto, las
dependencias formaban una escuadra, apoyándose en las
empalizadas del recinto. En estas se encontraban las cuadras,
los establos, las cocheras y los graneros. Luego se veían los
corrales, en los que pululaban esos conejos de América, cuya
piel, dividida en tiras y tejida, sirve para hacer una tela de
mucho abrigo; y muchas de esas gallinas de los prados, ll a-
madas fasanielles, que se multiplican con más abundancia en
el estado doméstico que en el salvaje.
La gran sala del piso bajo era sencilla, pero cómod a-
mente amueblada con enseres de fabricación americana. Allí
era en donde la familia almorzaba, comía y pasaba las vel a-
das. Lugar muy convenien te para los Harcher de todas las


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edades que gustaban de encontrarse juntos des pués que ha-
bían concluido sus cotidianas ocupaciones. Nadie se admira-
rá, pues, de que una biblioteca de libros usuales ocupase el
primer lugar, y el segundo un piano, en que tocaban los d o-
mingos, muchachas y muchachos, valses o rigodones france-
ses, que bailaban cada cual a su vez.
La explotación de este cortijo exigía, no hay que duda r-
lo, un numeroso personal, y Tomás Harcher lo había e n-
contrado en su propia familia, no habiendo en Chipogán ni
un solo criado asalariado.
Tomás Harcher tenía cincuenta años en dicha época;
descendía de aquellos atrevidos pescadores que un siglo a n-
tes fueron los primeros colonos de la Nueva Escocia; era,
por consiguiente, de origen francés, y había nacido en Ac a-
dia. Constituía el tipo perfecto del cultivador canadiense, de
aquel que llaman en la campiña norteamericana, no el aldea-
no, sino el habitante.
Era el arrendador de Chipogán de alta estatura, y tenía
los hombros anchos, lo mismo que el pecho, los miembros
vigorosos, la cabeza fuerte, los cabellos ape nas tenían canas,
la mirada viva, los dien tes blancos y firmes, la boca gr ande,
como conviene a todo el que por causa de su trabajo nec e-
sita copioso alimento, y poseía también una amable y franca
fisonomía, que le atraía buenas amistades en los pueblos
circunvecinos; tal era, en suma, el buen Tomás Harcher, lo
que no impedía que fuera también buen patriota, enemigo
implacable de los anglosajones, siempre pron to a cumplir
con su deber en defensa de la patria.


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En vano hubiera buscado el arrendador en todo el valle
del San Lorenzo una compañera mejor que su esposa Catal i-
na, de edad entonces de cuarenta y cinco años, fuerte como
su marido, y como él también joven aún de cuerpo y de espí-
ritu: tenía, en verdad, algo de rudeza en las facciones y en el
porte; pero era buena y trabajadora, en fin, la madre, como él
era el padre, en toda la acepción de la palabra.
Ambos formaban, como vulgarmente se dice, una he r-
mosa pareja, y gozaban de tan perfecta salud, que prometían
contarse más adelante entre los numerosos centenarios cuya
longevidad honra al clima canadiense.
Hubieran podido reprochar tal vez una cosa a Catalina
Harcher; mas todas las mujeres del país lo merecen como
ella, si se han de creer los comentarios de la opi nión pública.
En efecto, si las canadienses son buenas mujeres de gobie r-
no, es con la condición de que sus maridos cuiden de la casa,
hagan las camas, pongan la mesa, desplumen los pollos, o r-
deñen las vacas, hagan la manteca, monden las pa tatas, en-
ciendan el fuego, frieguen la vajilla, vistan a los niños, barran
la casa, limpien los muebles y hagan la colada. Sin embargo,
Catalina no llevaba hasta ese extremo el espíritu de domin a-
ción que hace al esposo el esclavo de su mujer en la mayor
parte de las casas de la colonia. No; para que seamos justos,
es preciso que reconozcamos que tomaba su parte del tr a-
bajo diario, y Tomás Harcher se sometía con gusto a su v o-
luntad y a sus caprichos. ¡Y qué hermosa familia le ha bía
dado su Catalina, desde Pedro, el patrón del Champlain, hasta
el último bebé, que contaba sólo algunas semanas, cuyo bau-
tizo iba a celebrarse aquel día!


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Ya es cosa sabida que en el Canadá la fecundidad de los
matrimonios es extraor dinaria, pues son bastante comunes
las familias en que se cuentan doce y hasta quince hijos, y las
de veinte no son tampoco raras. Se citan algunas que han te-
nido más de veinticinco; pero ya no son familias, sino tribus
que se desarrollan bajo la influencia de costumbres patria r-
cales.
Si Ismael Busch, el anciano gastador de Fenimore Co o-
per, uno de los persona jes de la novela La Pradera, podía
mostrar con orgullo a los siete hijo s, sin contar las hijas, na-
cidos de su casamiento con la robusta Ester, ¡qué superior i-
dad tenía sobre él Tomás Harcher, padre de veintiséis hijos,
que gozaban de perfecta salud en el cortijo de Chipogán!
Quince varones y once hembras, de todas edades, desde
tres semanas hasta treinta años. De los quince varones, cua-
tro casados, y de las once hembras, dos en poder de marido.
De estos matrimonios habían nacido diecisiete nietos, y t o-
dos ellos, incluyendo a Tomás y a su mujer, formaban un
total de cincuenta y dos miembros, en línea recta, de la fami-
lia Harcher.
Conocemos a los cinco mayores, que eran los que co m-
ponían la tripulación del Champlain, los adictos compañeros
de Juan.
Inútil es perder el tiempo enumerando los nombres de
los demás, o dar a cono cer la originalidad de sus caracteres;
baste saber que hijos, hijas, yernos y nueras, vivían todos en
el cortijo, trabajaban bajo la dirección del jefe de la familia,
ocupados unos en las faenas del campo, en las que no faltaba


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que hacer, y otros en la explotación de los bosques hacían el
oficio de lumbermen, no faltándoles nunca ocupación.
Dos o tres de los mayores cazaban en los montes que
rodeaban el cortijo, abasteciendo sin gran trabajo la inmensa
mesa de familia, pues en esos territorios abundan los orignaus,
los caribous, especie de rengíferos de gran talla, los bisontes,
los gamos, los corzos, los antas, sin hablar de la caza menor
de pelo o de pluma, ocas, ánades, chochas, perdices, s o-
mormujos, becadas, codornices y gallinetas.
Es cuanto a Pedro Harcher y a sus her manos, Remigio,
Miguel, Tony y Santiago, en la época en que el frío les obl i-
gaba a abandonar la pesca, venían a pasar el invierno al co r-
tijo y se dedicaban a la caza de pieles. Se les citaba entre los
más intrépidos squatters, los más infatigables corredores de
bosques, y vendían pieles más o menos preciosas en los
mercados de Montreal y de Quebec. En aquellos tiempos,
los osos negros, los linces, los gatos silvestres, las martas, los
carcajúes, los bisontes, las zorras, los castores, los ar miños,
las nutrias y las ratas de almizcle no habían emigrado todavía
a las comarcas del Norte, y se ganaba mucho con el come r-
cio de peletería cuando no había ne cesidad de ir a buscar
fortuna hasta las lejanas orillas de la bahía de Hudson.
Se comprende que para albergar esa fa milia de padres,
hijos y nietos, un cuartel no hubiera sobrado; y era, en efe c-
to, un verdadero cuartel el edificio que dominaba con sus
dos pisos las dependencias del cortijo de Chipogán. Se reser-
vaban, además, algunas habitaciones para los huéspedes que
de vez en cuando visitaban a Tomás Harcher, amigos del
mismo con dado, arrendadores de los cortijos cerca nos al


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suyo, viajeros, es decir, marineros de esos que dirigen los tr e-
nes de maderas por los afluentes del río; y, en fin, el de-
partamento reservado exclusivamente al señor de Vaudreuil
y a su hija cuando ve nían a visitar a la familia de su arren-
dador.
Y precisamente acababan de llegar aquel día, 5 de Oct u-
bre.
No eran solamente las relaciones de amo a dependiente
las que existían entre Tomás y el dueño del cortijo, sino un
recíproco afecto, amistad por una parte, adhesión sin límites
por la otra, que nada había desmentido durante el transcurso
da muchos años. Además, estaban ligados por la comunidad
de su patriotismo, pues el arrendador, lo mismo que el amo,
hubieran sacrificado gustosos su vida a la causa nacional.
En aquel día la familia toda estaba re unida. Hacía tres
que Pedro y sus hermanos, después de desaparejar el Cham-
plain en el muelle de Laprairie, habían venido a la alquería
para pasar en ella el invierno, como lo tenían por costumbre.
Sólo faltaba el hijo adoptivo, y el no menos querido de los
habitantes de Chipogán.
Pero se le esperaba de un momento a otro, y para que
Juan faltase a aquella fiesta de familia hubiera sido preciso
que el agente Rip le hubiese apresado, y la noticia de su
arresto se sabría ya.
Y es que Juan tenía que cumplir con un deber que est i-
maba tan ineludible como Tomás Harcher.
No estaba muy lejano todavía el tiempo en que el señor
de la parroquia era padrino de todos los hijos de sus arren-
datarios, lo que sumaba por centenares los ahijados. Pero el


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señor de Vaudreuil no había apadrinado más que dos en la
descendencia de Tomás, y esta vez era Clary la que iba a ser
madrina de su vigésimosexto hijo, y Juan el padrino. La j o-
ven se sentía muy feliz con aquel lazo que los uniría uno a
otro durante breves instantes.
Y no era solamente un bautizo lo que iba a celebrarse en
el cortijo de Chipogán.
Cuando sus cinco hijos mayores llegaron, Tomás Ha r-
cher les dijo:
-Sed bien venidos, muchachos, pues llegáis en el m o-
mento oportuno.
-Como siempre, padre, respondió Santiago.
-No, mejor que nunca; pues si estamos reunidos hoy pa-
ra el bautizo del bebé, mañana, Clemente y Cecilia harán su
primera comunión, y pasado mañana se celebrará la boda de
vuestra hermana Rosa con Bernardo Miquelon.
-¡Qué bien se porta la familia! replicó Tony.
-Si, muchachos, no anda mal, exclamó el arrendador, y
¡quién sabe si todavía no os convocaré el año que viene para
alguna ceremonia del mismo género!
Y Tomás Harcher soltó una sonora carcajada, mientras
que Catalina abrazaba a sus cinco vigorosos retoños, los
primeros nacidos de ella.
El bautizo no debía verificarse hasta las tres de la tarde;
Juan tenía tiempo todavía de llegar antes de la hora de la
ceremonia, y en cuanto se presentase, toda la familia iría en
procesión hasta la iglesia parroquial, distante como una m e-
dia legua.


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Tomás, su mujer, sus hijos, hijas, yernos, nueras y ni e-
tos, llevaban sus mejores trajes, de los que no se despojarían
regularmente en tres días. Las mujeres vestían corpiño bla n-
co, saya de vistosos colores y el pelo suelto. Los muchachos
habían dejado la chaqueta de trabajo y el gorro normando
que usan por lo regular para ponerse el traje de los días festi-
vos, que consiste en una especie de capote de tela negra, faja
de colores y zapatos plegados de piel de vaca del país.
La víspera, el señor y la señorita de Vaudreuil, después
de atravesar el San Lorenzo, enfrente de Laprairie, en una
barca que hacía este servicio, encontraron, al desembarcar, a
Tomás Harcher que los esperaba con un carruaje enganch a-
do con dos buenos trotones.
Durante el trayecto de tres leguas que tenían que rec o-
rrer para llegar al cortijo, el señor de Vaudreuil se apresuró a
advertir a su arrendador que estuviese alerta, porque la pol i-
cía no debía ignorar que ha bía salido de la villa Montcalm
con su hija, y que era muy posible que le vigilasen de un mo-
do especial.
-Estaremos con cuidado, nuestro amo, respondió T o-
más Harcher, en boca de quien esa locución nada tenía de
servil.
-¿No habéis visto hasta ahora ninguna cara sospechosa
en los alrededores de Chipogán?
-No; ni siquiera uno de esos canouaches...; perdonad la
palabra.
-Y vuestro hijo adoptivo, preguntó Clary, ¿ha llegado ya
al cortijo?
-Todavía no, señorita, y esto me causa cierta inquietud.


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-¿Desde que se separó de sus compa ñeros en Laprairie
no habéis tenido noticias de él?
-Ninguna.
Y desde que el señor y la señorita de Vaudreuil estaban
instalados en las dos habitaciones más hermosas del cortijo,
nada se había sabido del joven patriota.
Todo estaba pronto para la ceremonia del bautizo, y si
Juan no llegaba aquella tarde, no sabrían qué hacer.
Tomás y Catalina hablaron entonces de ese inexplicable
retraso.
-¿Qué haremos si no llega antes de las tres? preguntó el
arrendador.
-Esperaremos, respondió sencillamente Catalina.
-¿Esperar? ¿Qué?
-Seguramente que no será la llegada de un vigésimo
séptimo hijo, replicó la cortijera.
-Tanto más, repuso Tomás, cuanto que, sin que puedan
tildarnos, bien puede ser que no llegue nunca.
-¡Bromead, Sr. Harcher, bromead!
-¡No hago tal! Pero si Juan tardara demasiado, será n e-
cesario, tal vez, pasarla sin él.
-¡Pasarse sin él! exclamó Catalina. Nada de eso; y cómo
tengo empeño en que sea el padrino de uno de nuestros h i-
jos, esperaremos que venga para bautizar a éste.
-Sin embargo; ¿y si no viniera? dijo Tomás, que no qu e-
ría que el bautizo se aplazara indefinidamente. ¿Si algún ne-
gocio le imposibilita para?...


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-No hagas malos pronósticos, Tomás, in terrumpió la
buena mujer, y ten un poco de paciencia, ¡qué demonio! Si
no se bautiza hoy, se bautizará mañana.
-¡Bueno! Mañana, Clemente y Cecilia, el decimosexto y
la decimaséptima, harán su primera comunión.
-Pues bien, será para pasado mañana.
-Pasado mañana se celebrará la boda de nuestra hija Ro-
sa con el buen Bernardo Miquelon.
-¡Basta ya, Tomás? Si es preciso, todo se hará a un tiem-
po, porque cuando quiere la suerte que nuestro hijo tenga un
padrino como Juan y una madrina como la señorita Clary, no
sé por qué quieres apresurarte a darle otros.
-¿Y qué dirá el señor cura, que nos espera hoy? replicó a
su intratable cónyuge.
-Eso corre de mi cuenta, repuso Cata lina; nuestro p á-
rroco es un excelente hom bre, y además no perderá su
diezmo, ni querrá disgustar a tan buenos feligreses como
nosotros.
El hecho es que pocos vecinos habían dado tanto que
hacer al señor cura como Tomás y Catalina con sus veintiséis
hijos.
Sin embargo, cuanto más tiempo pasaba, más viva era la
inquietud, pues si bien, la familia Harcher ignoraba que su
hijo adoptivo era Juan-Sin-Nombre, el señor de Vaudreuil y
su hija lo sabían, y todo lo temían para él.
Así es que quisieron saber por Pedro en qué circunsta n-
cias el joven patriota se había separado de sus hermanos y de
él cuando abandonó el Champlain.


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-Ha desembarcado en el pueblo de Caughnawaga, re s-
pondió el mayor de los hijos Harcher.
-¿Qué día?
-El 26 de Septiembre, a eso de las cinco de la tarde.
-Entonces hace ya nueve días que se separó de vosotros,
dijo el señor de Vaudreuil.
-Si, nueve días cabales.
-¿Y no os dijo lo que pensaba hacer?
-Su intención, respondió Pedro, era visitar él condado
de Chambly, adonde no había ido todavía durante nuestra
campaña de pesca.
-Sí, comprendo la razón que le asiste, pero siento que se
haya aventurado solo en un terreno que debe de vigilar m u-
cho la policía.
-Quise que Santiago y Tony le acom pañasen, replicó
Pedro; pero rehusó.
-¿Y qué pensáis de todo esto, Pedro? preguntó la señ o-
rita Vaudreuil.
-Mi opinión es que Juan había formado hac e tiempo el
proyecto de ir a Chambly, sin hablar de ello con nadie; y
como habíamos convenido desembarcar en Laprairie para
volver todos juntos al cortijo después de desaparejar el
Champlain, no nos ha dicho nada hasta llegar a Caughnawaga.
-Y cuando os dejó, ¿se comprometió a estar aquí para el
bautizo?
-Sí, señorita, respondió Pedro; sabe que tiene que ap a-
drinar con vos el bebé, y que aun cuando no fuera así, sabe
también que sin su presencia la familia Har cher no estaría
completa.


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Ante promesa tan formal, convenía es perar con pacien-
cia.
No obstante, si el día concluía sin que Juan hubiese p a-
recido, los temores esta rían por demás justificados, porque
para que un hombre determinado como él no viniera en el
día señalado, es que la policía debía de haberse apoderado de
su persona, y en ese caso el señor de Vaudreuil y su hija,
demasiado lo sabían, estaba perdido sin remedio.
En ese instante la puerta que daba a patio se abrió, y un
salvaje apareció en el umbral.
¡Un salvaje! Así se llama todavía en el Canadá a los i n-
dios, hasta en los actos oficiales, como llaman también sauva-
geneses a sus mujeres, que, llevan el nombre de squaw en
lengua iroquesa o hurona.
Aquel salvaje era un hurón de pura raza; esto se conocía
en su cara imberbe, en sus salientes y cuadrados pómulos y
en sus ojos pequeños y vivos. Su alta es tatura, su mirada
penetrante, el color de su piel y la disposición de su cabell e-
ra, formaban el tipo perfecto de los indígenas del Oeste de
América.
Si bien es cierto que los indios han con servado las cos-
tumbres de las antiguas tribus, el hábito de aglomerarse en
sus pueblos, una tenaz pretensión en reser varse ciertos pri-
vilegios que no les niega la autoridad, y una propensión natu-
ral a vivir apartados de las caras pálidas, lo es también que se
han modernizado algún tanto, sobre todo en cuanto al vestido,
y solamente en ciertas circunstancias es cuan do visten toda-
vía su traje de guerra.


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El hurón que acababa de presentarse en la puerta del
cortijo vestía, poco más o menos, según la moda canadiense,
y pertenecía a la tribu de los Mahogannis, que ocupaba un
pueblo de mil cuatrocientos a mil quinientos fuegos en el
Norte del con dado. Esta tribu, lo hemos dicho ya, tenía
ciertas relaciones con el cortijero de Chi pogán, que recibía
siempre con mucha cordialidad a los que se presentaban en
su casa.
-¡Eh! ¿Qué se os ofrece, hurón? excla mó el cortijero,
cuando el indio, después de acercarse, le dio con toda s o-
lemnidad el tradicional apretón de mano.
-Tomás Harcher se servirá, sin duda, responder a la pre-
gunta que voy a hacerle, replicó el hurón, con esa voz gutural
peculiar a los de su raza.
-No tengo inconveniente en hacerlo así, contestó T o-
más, si mi respuesta puede interesaros.
-Mi hermano me escuchará, y hará después lo que más
le convenga.
Esa forma de lenguaje, en que el sal vaje no hablaba si
no en tercera persona, su aire digno y su actitud para pedir,
probablemente, un informe de los más senci llos, bastaban
para conocer en él uno de los descendientes de las cuatro
grandes naciones que poseían en otros tiempos el territorio
del Norte de América, que se di vidían entonces en Algo n-
quines, Hurones, Montagnais e Iroqueses, que comprendían
estas diversas tribus: Mohawks, Oneidas, Onondagas, Tusca-
roras, Delawares, Mohicanes, que se ven figurar más part i-
cularmente en los relatos de Fenimore Cooper. En la


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actualidad no quedan más que algunos restos diseminados de
aquellas antiguas razas.
Después de un instante de silencio, el indio, dando a su
gesto una amplitud característica, tomó de nuevo la palabra.
-Según se nos ha dicho, mi hermano conoce al notario
Nicolás Sagamore, de Montreal.
-Tengo ese honor, hurón.
-¿No debe venir aquí un día de éstos?
-En verdad que sí.
-¿Podría decirme mi hermano si ha llegado ya?
-Todavía no, respondió Tomás Harcher. No le espera-
mos hasta mañana, para hacer el contrato de boda de mi hija,
Rosa y de Bernardo Miquelon.
-Doy las gracias a mi hermano por sus informes.
-¿Tenéis alguna comunicación importante que hacer al
Sr. Nick?
-Muy importante, respondió el hurón. Mañana lo s gue-
rreros de la tribu saldrán de Walhatta y vendrán a hacerle
una visita.
-Siempre seréis bien recibidos en el cortijo de Chipogán,
respondió Tomás Harcher.
Después de apretar de nuevo la mano del cortijero, el
hurón se retiró con gravedad.
Apenas había transcurrido un cuarto de hora desde que
el indio se marchó, cuando la puerta se abrió de nuevo. Esta
vez era Juan el que llegaba, y su presencia fue acogida por
unánimes gritos de alegría.
Tomás, Catalina, sus hijos y sus nietos se precipitaron al
encuentro del joven, que necesitó algún tiempo para respon-


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der a los agasajos de toda esa buena gente, tan feliz en vo l-
verle a ver. Los apretones de manos y los abrazos duraron
más de cinco minutos.
Como la hora apremiaba, el señor de Vaudreuil, Clary y
Juan no pudieron de cirse más que unas cuantas palabras;
pero puesto que habían de pasar tres días juntos en el cortijo,
tendrían tiempo sobrado para hablar de sus negocios.
Tomás Harcher y su mujer tenían mu cha prisa para ir a
la iglesia, porque el señor cura había esperado ya bastante, y
puesto que el padrino y la madrina esta ban ya reunidos, no
había que demorar la partida.
-¡En marcha, en marcha! gritaba Ca talina, que iba de
uno a otro, riñendo y mandando a la vez. Vamos, hijo mío,
dijo a Juan ofrece el brazo a la señorita Clary. ¿Y Tomás?
¡En dónde está Tomás... ¡Nunca acaba!... ¡Tomás!...
-¡Ya estoy aquí, mujer!
-¿Llevarás tú el niño?
-Está convenido.
-¡Cuidado con dejarle caer!
-¡No tengas miedo! He llevado ya vein ticinco al señor
cura; por consiguiente, tengo costumbre...
-¡Está bien! dijo Catalina cortándole la palabra. ¡En mar-
cha!
La comitiva salió del cortijo en el orden siguiente: T o-
más Harcher iba delante con el niño en brazos y Catalina a
su lado; el señor de Vaudreuil, su hija y Juan, los seguían;
detrás de éstos, la familia ente ra, que comprendía tres gen e-
raciones, en las que las edades estaban de tal modo en-
tremezcladas, que el niño que iban a bauti zar tenía ya entre


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los hijos de sus herma nos o hermanas cierto número de s o-
brinos y sobrinas de mucha más edad que él.
El tiempo era bastante hermoso; sin embargo, en esa
época del año la tempe ratura hubiese sido bastante baja si,
en un cielo sin nubes, el sol no hubiera enviado a la tierra sus
cálidos rayos.
La comitiva penetró por debajo de los árboles en un s i-
nuoso sendero, en cuyo final se divisaban las puntas del
campanario de la iglesia. Una alfombra de ho jas secas cubría
el suelo, y los colores tan variados del otoño se mezclaban
en la cima de los castaños, los abedules, los robles, los olmos
y los álamos, que mostraban en parte sus desnudas ramas
entre los juncos, que conservaban sus verdes, penachos.
Durante el trayecto, algunos arrenda dores de las cerc a-
nías, amigos de Tomás, se fueron uniendo a la familia; las
filas engrosaban cada vez más, y seguramente que no baj a-
rían de cien personas las que llegaron a la iglesia, porque
además de los mencionados, algunos forasteros, bien sea por
curiosidad o porque no tuvieran otra cosa que hacer, sigui e-
ron la comitiva para ver aquel bautizo.
Pedro Harcher fijó su atención en uno de éstos, cuya
actitud le pareció sospechosa, pues estaba cierto de que ese
intruso no era del país, no habiéndole visto nunca, y hasta se
le figuró que procuraba grabar en su memoria la fisonomía
de los habitantes del cortijo; tanta era la fijeza con que los
miraba.
Pedro no se equivocaba, y tenía mucha razón en de s-
confiar de aquel hombre, que era nada menos que uno de los


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polizontes que habían recibido la orden de vigilar al señor de
Vaudreuil desde su salida de la villa Montcalm.
Rip, lanzado sobre la pista de Juan -Sin-Nombre, que se
suponía oculto en los al rededores de Montreal, había dest a-
cado a este agente con expreso mandato de vigi lar, no sola-
mente al señor de Vaudreuil, sino también a todos los
miembros de la familia Harcher, muy conocida por sus op i-
niones reformistas.
El señor de Vaudreuil, su hija y Juan, que marchaban al
lado unos de otros, conversaban respecto al retraso que éste
había sufrido para llegar al cortijo.
-Hemos sabido por Pedro, dijo Clary, que l e habéis de-
jado para ir a visitar a Chambly y a las parroquias circunve-
cinas.
-Así es, en efecto, respondió Juan.
-¿Llegáis directamente de ese punto?
-No; he tenido que ir al condado de San Jacinto, de
donde no he podido volver tan pronto como hubiese quer i-
do, porque he tenido que dar un rodeo por la frontera...
-¿Los agentes habían acaso encontrado vuestras huellas?
preguntó el señor de Vaudreuil.
-Sí, respondió Juan; pero he podido, sin gran trabajo,
hacérselas perder una vez más.
-Cada hora de vuestra vida encierra un peligro, repuso la
señorita de Vau dreuil; ni un solo instante vuestros ami gos
dejan de temblar por vos; desde que habéis dejado la villa
Montcalm nuestras inquietudes han sido continuas.
-Ese es el motivo, respondió Juan, que me hace d esear
concluir cuanto antes con esta existencia que tengo que di s-


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putar sin cesar al enemigo, para obrar con él fren te a frente.
¡Sí, es tiempo ya de que prin cipie la lucha; y eso no tardará,
os lo aseguro! Pero, en este momento, olvidemos el porvenir
por el presente; esto es como una tregua antes de la batalla.
Aquí, señor de Vaudreuil, no soy más que el hijo adoptivo de
esta buena y honrada familia.
La comitiva había llegado, y apenas bastaría la iglesia pa-
ra contener toda la gente que había seguido a la familia Ha r-
cher.
El párroco estaba de pie en el umbral, cerca de la m o-
desta pila que servía para las ceremonias bautismales de los
innumerables recién nacidos de la parroquia.
Tomás Harcher presentó, no sin cierto orgullo, al vig é-
simosexto retoño, nacido de su matrimonio con la no menos
orgullosa Catalina.
Clary de Vaudreuil y Juan se colocaron uno al lado del
otro para sostener al niño mientras que el cura le ungía.
-¿Cómo ha de llamarse?... pregunté.
-Juan, como su padrino, respondió Tomás Harcher,
tendiendo la mano al joven.
Tenemos que hacer constar que las cos tumbres france-
sas de antaño se conservan todavía en las ciudades y pueblos
de las provincias canadienses, y particularmente en las p a-
rroquias rurales; el único sueldo que percibe el clero católico
es el diezmo, que se compone de la vigésimasexta parte de
todos los frutos de la tierra. Y a conse cuencia de una trad i-
ción curiosa y enternecedora a la vez, no es solamente de las
cosechas de lo que se extrae ese diezmo.


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Así es que Tomás Harcher no se admiró cuando, acaba-
da la ceremonia, el cura dijo en voz alta:
-Este niño pertenece a la Iglesia, Tomás Harcher; si bien
es el ahijado del pa drino y de la madrina que habéis escogi-
do, es también mi pupilo. ¿No son los hi jos la cosecha del
matrimonio? Pues bien; lo mismo que me da la vigésim a-
sexta gavilla de trigo, pertenece también a la Iglesia vuestro
vigésimosexto hijo.
-Reconocemos su derecho, señor cura, respondió T o-
más Harcher, y mi mujer y yo nos sometemos de buen grado
a su voluntad.
Llevaron entonces al niño a la casa rectoral, en donde le
recibieron con gran alegría.
Conforme a la tradición del diezmo, el pequeño Juan
pertenecía a la iglesia, y, por lo tanto, los gastos de su crianza
y de su educación eran de cuenta de la parroquia.
Y cuando la comitiva se puso de nuevo en camino para
volver al cortijo de Chipogán, los gritos de júbilo retumb a-
ron a centenares en honor de Tomás y de Catalina Harcher.


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V
EL ÚLTIMO DE LOS SAGAMORES
A primera hora del siguiente día una nueva comitiva s a-
lió del cortijo para ir a la iglesia, observándose el mismo r e-
cogimiento a la ida y la misma alegría a la vuelta.
Los adolescentes Clemente y Cecilia Harcher, el primero
con su traje negro, que le hacía parecer un hombrecito, y la
segunda con su vestido blanco que le daba apariencia de
novia, figuraban entre los niños de los cercanos cortijos que
iban a hacer su primera comunión. Si los demás habitantes
no eran tan ricos en progenitura como Tomás Harcher, t e-
nían, sin embargo, un número muy respetable de retoños. El
condado de Laprairie era, en verdad, bendito por el Señor, y
hubiera podido luchar, en cuanto a la fecundidad de sus
mujeres, con los pueblos de Nueva Escocia.
Aquel día Pedro no vio al forastero, cuya presencia la
víspera le había causado cierta inquietud. En efecto, aquel
agente se había marchado. ¿Habría sospechado algo respecto
a Juan? ¿Habría ido a dar cuenta al jefe de la policía de
Montreal? Pronto se sabría sin duda.


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Cuando la familia estuvo de vuelta en el cortijo, no tuvo
más que sentarse para al morzar, pues todo estaba pronto,
merced a las múltiples amonestaciones que Tomás Harcher
había recibido de Catalina. El cortijero había tenido que
ocuparse sucesivamente de la mesa, de la despensa, de la
cueva y de la cocina; se entiende, con ayuda de sus hijos, que
tuvieron su buena parte en los regaños maternos.
-¡Bueno es que se acostumbren! solía decir Catalina.
Cuando se casen sabrán lo que tienen que hacer.
-¡Excelente aprendizaje, en verdad!
Pero si tanto habían tenido que hacer para el almuerzo
de aquel día, ¿qué sería para la comida del siguiente? Sería
necesario poner una mesa para cien convida dos, por lo me-
nos, contando con los pa rientes y amigos del novio, y no
olvidando tampoco al notario Nick y a su segundo pasante,
que se esperaban para la firma del contrato.
Sería una boda sin igual, en la que To más pretendía ri-
valizar con el arrendador Camacho, de cervantesca memoria.
Pero eso se quedaba para el otro día, pues en el presente
no se trataba mas que de hacer buena acogida al notario, que
uno de los hijos Harcher tenía que ir a buscar a Laprairie a
las tres en punto, con el buggie de familia.
A propósito del Sr. Nick, Catalina, creyó de su deber re-
cordar a su marido que aquel tenia muy buen apetito y que
era a la vez muy delicado para comer, que por consiguiente
no entendía (esa era su manera de amonestar a su gente), que
no entendía que el bueno del notario no estu viese servido a
medida de sus deseos.


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-¡Descuida! respondió el cortijero; puedes estar tranquila
mi buena Catalina.
-No lo estoy del todo, respondió la matrona, ni lo estaré
hasta que acaben las fiestas, porque en el último momento
siempre falta algo, y no lo entiendo así.
Tomás Harcher se fue a sus quehaceres repitiendo:
-¡Tengo una excelente mujer!... ¡Algo machacona tal vez!
¡No entiendo esto!... ¡No entiende lo otro!... Y, sin embargo,
no es sorda.
Desde la víspera el señor de Vaudreuil y Clary habían
conversado largo tiempo con Juan respecto a su viaje a tr a-
vés de los condados del Bajo Canadá, y a su vez el joven
patriota había sido puesto al corriente de lo que el Comité de
Montcalm había hecho desde su partida. Andrés Farran,
William Clerc y Vicente Hodge habían vuelto con frecuencia
a la villa Mont calm, en donde el señor de Vaudreuil recibió
también la visita de Sebastián Gramont, el abogado. Después
éste habíase vuelto a Quebec para reunirse con los princip a-
les diputados de la oposición.
Después del almuerzo, que fue servido a la vuelta de la
iglesia, el señor de Vau dreuil quiso aprovechar la salida de l
coche que iba en busca del notario para irse a la ciudad a
conferenciar con el presidente del Comité de Laprairie, vo l-
viendo con el Sr. Nick para la firma del contrato de boda.
La señorita de Vaudreuil y Juan le acompañaron por ese
bonito camino de Chipogán, sombreado por altísimos ol-
mos, y que sigue por la orilla de un ria chuelo de hermosa
corriente, que es tributario del San Lorenzo.


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Anduvieron así media legua, siendo al canzados por el
buggie, en el que subió el señor de Vaudreuil al lado de Pedro
Harcher, y el vehículo desapareció pronto al trote rápido de
los caballos.
Juan y Clary volvieron entonces sobre sus pasos a través
de los bosques umbríos y tranquilos, cuyos árboles estaban
agrupados en la ribera. Nada estorbaba su marcha, pues las
malezas y las ramitas de los matorrales en los bosques cana-
dienses, en vez de arrastrarse por el suelo siempre crecen en
línea recta. De cuando en cuando el hacha de un leñador
retumbaba al pegar contra el tronco de añosos árboles; alg u-
nos tiros se dejaban oír a lo lejos, o aparecían algunos gamos
huyendo de los cazadores; pero ni éstos ni los le ñadores
salían de la espesura, y en medio de una soledad profunda la
señorita de Vaudreuil y Juan caminaban hacia el cortijo.
Pronto iban a separarse... ¿En qué sitio volverían a ve r-
se? El corazón de ambos jóvenes se apretaba pensando en su
próxima separación.
-¿No pensáis volver a la villa Montcalm? preguntó
Clary.
-La casa del señor de Vaudreuil debe de ser objeto de
particular vigilancia, respondió Juan, y, en su mismo interés,
más vale que nuestras relaciones queden ignoradas.
-Sin embargo, podéis encontrar un asilo en Montcalm...
-No; más fácil es burlar las persecuciones en medio de
una gran ciudad, y en ese caso más seguridad me ofrecerían
las casas de Vicente Hodge, de Andrés Farran o de William
Clerc, que la villa Montcalm...
-¡Pero no mejor acogida! replicó la joven.


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-Lo sé, y nunca olvidaré que durante los pocos días que
he pasado a vuestro lado, el señor de Vaudreuil y vos, señ o-
rita, me habéis tratado como hijo y como hermano.
-Hemos cumplido con un deber sagrado, respondió
Clary. ¡Estar unidos por un mismo sentimiento patriótico es
estarlo también por la sangre! Hasta me parece que siempre
habéis formado parte de mi familia. Y ahora, si estáis solo en
el mundo...
-¡Solo en el mundo! repitió Juan inclinando la cabeza.
¡Sí, solo... solo!...
-Pues bien; después del triunfo de nuestra causa, nuestra
morada será la vuestra. Mientras no llegue ese dichoso día,
comprendo que busquéis un retiro más seguro que
Montcalm; lo encontrareis con seguridad, porque ¿cuál es el
canadiense que no abriría su puerta a un proscrito?...
-Ninguno es capaz de tal cosa, lo sé, replicó Juan; ni n-
guno tampoco sería capaz de venderme...
-¡Venderos! exclamó la señorita de Vaudreuil. ¡N o!... ¡El
tiempo de las traiciones se acabó! ¡Ya no se encuentra en
todo el Canadá ni un Black ni un Simón Morgaz!...
Este nombre, pronunciado con horror, hizo subir el r u-
bor de la vergüenza a la frente del joven, que tuvo que vo l-
ver la cabeza para ocultar su turbación.
Clary de Vaudreuil de nada se enteró; pero al fijar de s-
pués su mirada en el rostro de su compañero, vio que expr e-
saba un sufrimiento tan grande, que le dijo llena de solícita
inquietud:
-¡Dios mío!... ¿Qué tenéis?


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-¡Nada... no es nada! respo ndió Juan. Palpitaciones que
me atacan alguna que otra vez..., y durante las que parece
que mi corazón va a estallar... Pero ya se acabó.
Clary le miró fijamente, como para leer hasta el fondo
de su pensamiento.
El joven repuso entonces, para mudar el curso de una
conversación tan dolorosa para él:
-Lo más prudente será refugiarme en un pueblo de uno
de los condados más cercanos, desde el que seguir comun i-
cándome con el señor de Vaudreuil y sus amigos.
-Sin alejaros mucho de Montreal, sir embargo, dijo
Clary.
-No, pues es muy probable que la insurrección principie
en las parroquias próximas a esa ciudad. Y, además, poco
importa adónde vaya yo.
-El cortijo de Chipogán puede ser que sea para vos el
asilo más seguro, repuso Clary.
-¡Sí... tal vez!...
-Sería difícil descubrir vuestro retiro en medio de la n u-
merosa familia de nuestro arrendador...
-Sin duda; pero si por desgracia esto sucediera, podrían
resultar de ello graves consecuencias para Tomás Hacher.
¡Ignora, que yo soy Juan-Sin-Nombre, cuya cabeza está pre-
gonada!...
-¿Creéis, pues, replicó Clary con viveza, que si lo supiera
titubearía?...
-No, no, repuso Juan. Sus hijos y él son buenos patri o-
tas; los tengo bien pro bados durante nuestra campaña de
propaganda. Pero no quisiera que Tomás Harcher fuese víc-


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tima de su afecto por mí, y si la policía me encontrara en su
casa, le apresaría. Pues bien, no: me entregaría antes.
-¡Entregaros! murmuró Clary con una voz que expres a-
ba dolorosamente lo que pasaba en su alma.
Juan bajó la cabeza, porque comprendía demasiado bien
de que naturaleza era el sentimiento a que se entregaba a
pesar suyo, y el lazo que le unía más y más a Clary de Va u-
dreuil. Y, sin embargo, ¿podía él amar a aquella joven? ¡El
amor de un hijo de Simón Morgaz! ¡Qué opro bio! ¡Y qué
traición también, puesto que no le había dicho a que familia
pertenecía!... ¡No!... ¡Era preciso huir, no vol verla a ver j a-
más!... Y cuando fue dueño de sí mismo, dijo:
-Mañana, durante la noche, abando naré el cortijo de
Chipogán y no volveré a aparecer hasta la hora de la lucha.
¡Entonces ya no tendré que ocultarme!
La cara de Juan, que se había animado un instante, tomó
de nuevo su calma habitual.
Clary le miraba con una indefinible ex presión de triste-
za. Hubiera querido conocer mejor la vida del joven patriota.
Pero ¿cómo interrogarle sin herirle, tal vez, con alguna pr e-
gunta indiscreta?
Sin embargo, después de tenderle la mano, que él ap e-
nas rozó con la suya, le dijo:
-Juan, perdonadme si mi simpatía para vos me hace
abandonar una reserva que debiera guardar. Existe un miste-
rio en vuestra vida, un pasado lleno de des gracias... ¡Juan,
habéis sufrido mucho!...
-¡Muchísimo! respondió el joven.


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Y como si esta confesión hubiera sido involuntaria,
añadió en seguida:
-¡Sí, mucho he sufrido, puesto que todavía no he podido
hacer a mi país todo el bien que tiene derecho a esperar de
mí!
-¡El derecho de esperar de vos!... re plicó la señorita de
Vaudreuil. ¡El derecho de esperar de vos!...
-Sí, de mí, replicó Juan, como de to dos los canadienses,
cuyo deber es sacrificarse para devolver a su país su perdida
independencia.
La joven comprendió cuántas angustias se ocultaban en
ese arranque de pa triotismo. Hubiera querido conocerlas,
participar de ellas, para suavizarlas tal vez. Pero ¿qué podía
hacer ella, persistiendo Juan en no responder más que con
evasivas?
Sin embargo, Clary creyó poder añadir, sin faltar a la r e-
serva que le imponía la situación del joven:
-Juan, tengo la esperanza de que la causa nacional o b-
tendrá el triunfo.
Ese triunfo lo deberá, sobre todo, a vuestros sacrificios,
a vuestro valor y al ardor que habéis sabido inspirar a sus
partidarios. Entonces tendréis derecho a su agradecimiento.
-¡Su agradecimiento, Clary de Vaudreuil! exclamó Juan
alejándose por un brusco movimiento. ¡No, jamás!
-¡Jamás!... Si los franco -canadienses que habréis hecho
libres, os piden que seáis su jefe...
-Rehusaré.
-No podréis.


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-¡Rehusaré, os digo! repitió Juan con tono tan afirmat i-
vo, que Clary se quedó cortada.
Entonces el joven repuso con más dulzura:
-Clary de Vaudreuil, no podemos prever el porvenir; es-
pero, sin embargo, que los acontecimientos favorecerán
nuestra causa. Pero lo mejor que pudiera suceder me sería el
sucumbir defendiéndola...
-¡Sucumbir vos!... exclamó la joven cuyos ojos se llen a-
ron de lágrimas. ¡Sucumbir Juan!... ¿Y vuestros amigos?
-¡Amigos yo, amigos!
Y su actitud era la de un miserable cubierto de oprobio
ante la humanidad entera.
-Juan, repuso la señorita de Vaudreuil; habéis sufrido
horriblemente, y sufrís todavía. Y lo que hace vuestra situ a-
ción más dolorosa es no poder... no... no querer confiaros a
nadie, ni siquiera a mí, que tanta parte tomaría en vuestras
penas. Pues bien; sabré esperar, y en cambio no os pido más
que una cosa, y es que creáis en mi sincera amistad.
-¡Vuestra amistad! murmuró Juan.
Y dio algunos pasos hacia atrás, como si sólo su amistad
hubiese podido empañar la honra de la joven.
Sin embargo, ¿no hubiera encontrado en la intimidad de
la señorita de Vaudreuil los únicos consuelos que le hubieran
ayudado a soportar el peso de su ho rrible existencia? D u-
rante el poco tiempo que había pasado en la villa Montcalm,
su corazón se había sentido invadido por esa ardiente si m-
patía que inspiraba a la joven, y que él experimentaba para
ella. ¡Pero no! ¡Era imposible, desgraciado! Si algún día Clary
llegara a saber de quién era hijo... ¡le rechazaría horrorizada!


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¡Un Morgaz! No le quedaba más recurso que hacer lo que
había dicho a su madre en el caso en que Joann y él sobrev i-
viesen a esta última tentativa: desaparecer. ¡Sí! Después de
cumplir con su deber, la des honrada familia se iría lejos; tan
lejos, que jamás se volvería a oír hablar de ella. Silenciosa y
tristemente, Clary y Juan volvieron al cortijo.
A eso de las cuatro de la tarde, un gran tumulto se oyó
delante de la puerta del patio; era el coche que volvía, sal u-
dado por los gritos de alegría de los convida dos; en él v e-
nían, con el señor de Vau dreuil, el notario y su joven
pasante.
¡Qué recibimiento se hizo al amable no tario de Mo n-
treal! Acogida en verdad de que era merecedor; tan felices
eran por su visita en el cortijo de Chipogán.
-¡Felices días, Sr. Nick, muy felices! exclamaban los hijos
mayores, mientras que los medianos le daban abrazos y los
pequeños se agarraban a sus piernas.
-Si, amigos míos, yo soy, dijo sonriendo; yo en cuerpo y
alma. Pero haya calma; no es necesario romper mi traje, para
aseguraros de mi identidad.
-¡Vamos, chiquillos, basta ya! exclamó Catalina.
-En verdad que estoy encantado de veros y de verme
también en casa de mi querido cliente Tomás Harcher.
-Señor Nick, ¡qué bueno sois! os agra dezco infinito el
haberos incomodado para venir aquí, respondió el cortijero.
-¡Bah! De más lejos hubiera venido si hubiese sido nece-
sario, hasta de más allá del fin del mundo, del sol, de las e s-
trellas. ¡Sí, Tomás, de las estrellas!


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-Es demasiado honor para nosotros, señor Nick, dijo
Catalina, indicando a sus once hijas que hicieran una rev e-
rencia.
-Y para mí un placer. ¡Ah, señora Catalina, os conserváis
siempre hermosa!... Veamos. ¿Cuándo dejaréis de rejuven e-
cer?
-¡Nunca, nunca! exclamaron a una los quince hijos de la
arrendadora.
-Es preciso que os dé un abrazo, se ñora Catalina, repu-
so el Jovial notario: ¿Me lo permitís? dijo a Tomás después
de haber aplicado dos sonoros besos en las mejillas de su
vigorosa esposa.
-Todos los que queráis, respondió el cortijero, y más
aún, si así os place.
-Ahora te toca A ti, Lionel, dijo el se ñor Nick dirigién-
dose a su pasante. Abraza a la señora Catalina.
-Con mucho gusto, respondió el joven, que recibió dos
abrazos a cambio del suyo.
-Vaya, repuso el notario, espero que será muy alegre la
boda de la encantadora Rosita, que tantas veces he tenido en
mis rodillas cuando era niña. ¿En dónde está?
-Aquí estoy, Sr. Nick, respondió la joven, rebosando
salud y buen humor.
-Sí, en verdad, es encantadora, repi tió el notario; dema-
siado encantadora para que no la bese en ambos carrillos,
dignos del nombre que lleva.
Y así lo hizo; pero esta vez con gran pesar de Lionel,
que no fue invitado a participar de esa buena suerte.


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-¿En d ónde está el novio? preguntó en tonces el Sr.
Nick. ¿Habrá olvidado acaso que se firma hoy el contrato?
¿Dónde está el novio, dónde está?
-Presente, respondió Bernardo Miquelon.
-¡Ah, hermoso muchacho! ¡Bien plan tado, exclamó. De
buena gana le abrazaría también para concluir...
-Hacedlo, si así os place, Sr. Nick, respondió el joven
abriendo los brazos.
-Bueno, respondió el notario sacudien do la cabeza; me
parece que Bernardo Miquelon tendrá más placer en recibir
un abrazo de Rosita que dos de los míos. Por lo tanto, m u-
chacha, abraza muy fuerte a tu futuro marido, de mi parte.
Lo que Rosa, algo confusa, hizo con aplauso de toda la
familia.
-¡Eh! Ahora que me acuerdo, exclamó Catalina. Debéis
necesitar tomar algo, señor Nick, y vuestro pasante también.
-Tengo mucha sed, mi buena Catalina.
-Muchísima es la mía también, añadió Lionel.
-Vamos, Tomás, ¿qué haces ahí mirándonos? Corre a la
despensa y trae un buen toddy para el Sr. Nick y otro para ese
joven. ¡Habré de decírtelo otra vez!...
No; una sola bastaba, pues el cortijero echó a correr h a-
cia la despensa, seguido de dos o tres de sus hijas.
Mientras preparaban el refresco, el señor Nick, que aca-
baba de ver a Clary de Vaudreuil, se acercó a ella.
-Querida señorita, la dijo, en la última visita que os hice
en Montcalm, nos citamos para el cortijo de Chipogán, y soy
en extremo feliz...


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La frase del notario fue interrumpida por una exclam a-
ción de Lionel, cuya sor presa era muy natural, porque se
encontró de pronto enfrente del joven descono cido que
algunas semanas antes había acogido con tanta benevolencia
sus ensayos poéticos.
-Si no me equivoco, sois el señor... el señor... repetía.
El señor de Vaudreuil y Clary es mi raron, dominados
por viva inquietud. ¿Cómo era que Lionel conocía a Juan? Y
si lo conocía, ¿sabría acaso lo que la fami lia Harcher ignora-
ba todavía, es decir, que aquel huésped del cortijo de Chip o-
gán fuese Juan-Sin-Nombre, perseguido por los agentes de
Gilberto Argall?
-En efecto, dijo el notario volviéndose hacia el joven
patriota. Os reconozco, ca ballero, hemos viajado juntos al
principio del mes de Septiembre, un día que mi pasante y yo
tomamos el coche para irnos a la villa Montcalm.
-No os equivocáis, Sr. Nick, respon dió Juan; y con mu-
cho gusto, creedlo, os vuelvo a ver aquí, en compañía de
nuestro joven poeta...
-¡Cuya poesía ha sido premiada con una mención hon o-
rífica por la Lira Amical! exclamó el notario. Tengo decidida-
mente la honra de poseer en mi estudio un poeta para embo-
rronar mis actas.
-Recibid mi más cumplida enhorab uena, mi joven am i-
go, dijo Juan. No he olvidado vuestro encantador estribillo:
Nacer contigo, loquilla llama;
morir contigo, fuego fatuo.


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-¡Ah! ¡Mil gracias, caballero! respon dió Lionel, muy o r-
gulloso por los elogios que le valían esos dos versos, impr e-
sos en la memoria de un inteligente.
Oyendo este cambio de corteses pala bras, el señor y la
señorita de Vaudreuil se tranquilizaron respecto al joven
proscrito.
El notario les refirió entonces en qué circunstancias se
habían encontrado en el camino de Montreal a la isla de J e-
sús. Juan fue presentado como hijo adoptivo de la familia
Harcher, y la explicación acabó con sendos apretones de
manos por ambas partes.
Catalina seguía gritando con voz imperiosa:
-¡Vamos, Tomás, vamos!... ¿Acabarás? ¿Cuándo vas a
traer esos dos toddys?... ¿Quieres que el Sr. Nick y el joven
Lionel se mueran de sed?
-Ya voy, Catalina, ya voy, respondió el cortijero. No te
impacientes, mujer.
Y Tomás, apareciendo en el umbral, invitó al notario a
pasar al comedor.
Si el Sr. Nick no se hizo rogar, tampoco Lionel.
Ambos tomaron asiento en la mesa, provista de bonitas
tazas y de servilletas de sin igual blancura, refrescaron con el
toddy, agradable bebida compuesta de ginebra, azúcar y c a-
nela, a la que acompañaban dos soberbias tostadas. Este
piscolabis les permitiría esperar la hora de la comida.
Después, cada cual se ocupó de los últimos preparativos
para la gran fiesta del siguiente día, que daría que hablar m u-
cho tiempo, sin duda, en el cortijo de Chipogán.


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El notario iba de uno a otro, teniendo una palabra am a-
ble para cada cual, mientras el señor de Vaudreuil, Clary y
Juan hablaban de cosas más serias, paseándose debajo de los
árboles del jardín.
A las cinco de la tarde, parientes y convidados se reunie-
ron en la gran sala para la firma del contrato de boda. No
tenemos por qué decir que el Sr. Nick era quien iba a pres i-
dir esa importante ceremonia, en la que desplegaría toda la
dignidad y gracia notarial de que era capaz.
En aquel momento, diversos regalos fueron entregados
a los futuros esposos, pues todos los hermanos y cuñados
habían comprado algo en provecho de Rosa Harcher y de
Bernardo Miquelon. Tanto las alhajas como los utensilios
para uso más práctico, bastarían con seguridad para empezar
la vida matrimonial. Además, aun cuando Rosa sería en ade-
lante la señora de Miquelon, no por eso pensa ba en dejar el
cortijo. Bernardo y los hi jos, que seguramente no faltarían,
era un nuevo personal que sería bien acogido en la morada
de los Harcher.
Los presentes de más valor fueron ofre cidos por el s e-
ñor y la señorita de Vaudreuil. Para Bernardo Miquelon, una
carabina de caza que hubiera podido rivali zar con el arma
favorita de Media de Cue ro, y para Rosita, un collar que la
hizo parecer más encantadora todavía.
En cuanto a Juan, entregó a la herma na de sus bravos
compañeros un cofrecillo provisto de todos esos finos ens e-
res de costura, de bordar en blanco y en tapicería, que hacen
las delicias de una mujer trabajadora.


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Y a cada nuevo regalo los gritos de sor presa se unían a
los aplausos que retum baban en la sala, y que llegaron a su
colmo cuando el Sr. Nick colocó solemne mente en el dedo
de los novios el anillo de desposados, que él había comprado
en casa del mejor joyero de Montreal, y cuyo círculo de oro
llevaba grabado el nombre de Rosa y de Bernardo.
Después leyó el contrato en alta o inte ligible voz; como
se dice en estilo notarial. Los concurrentes se enternecieron
algún tanto cuando el Sr. Nick dio parte de que el señor de
Vaudreuil, para demostrar su afecto a Tomás Har cher, y en
recompensa de sus buenos servicios, añadía una suma de
quinientas piastras al dote de la novia.
¡Quinientas piastras cuando, medio si glo antes, una j o-
ven provista de un dote de cincuenta pesetas pasaba en las
provincias canadienses por un magnifico partido!
-Ahora, mis buenos amigos, dijo el notario, vamos a
proceder a la firma del contrato; los novios los primeros,
después los padres, luego el señor, de Vaudreuil y su hija; los
demás...
-Todos, todos firmaremos, exclamaron con tal alboroto,
que el Sr. Nick se quedó ensordecido:
Y entonces, grandes y pequeños, pa rientes y amigos,
fueron uno tras otro a poner su rúbrica en el acta que aseg u-
raba el porvenir de los jóvenes cónyuges.
Esto necesitó bastante tiempo, pues ade más de las f a-
milias de los contrayentes, bastante numerosas, los que p a-
saban por delante del cortijo, atraídos por la algaza ra,
entraban y firmaban también el acta, a la que sería preciso
añadir pliegos sin fin, por poco que aquello continuase. ¿Y


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por qué no hubiera acudido todo el pueblo en masa, y ta m-
bién todo el condado, puesto que Tomás Harcher ofrecía a
la elección de los firmantes las bebidas más variadas, cok-tails,
vight caps, tom-jerries, hot -scotchs, y sobre todo ese whisky que
corre tan naturalmente por las gargan tas canadienses, como
el San Lorenzo hacia el Atlántico?
El Sr. Nick se preguntaba, pues, cuán do acabaría la c e-
remonia, lo cual no era impedimento para que ese hombre
dignísimo y en extremo alegre, dirigiese una broma a cada
cual mientras que Lionel pasaba la pluma de uno a otro, h a-
ciendo observar que pronto habría que tomar una nueva,
pues aquella se usaba con la interminable firma, que se ala r-
gaba más y más.
-¿No hay más? preguntó el Sr. Nick.
-Aún quedan por firmar, exclamó Pe dro Harcher, que
habíase adelantado hasta el umbral para ver si pasaba alguien
por el camino.
-¿Quién viene todavía? preguntó el notario.
-Una tribu de hurones.
-¡Que entren, que entren! replicó el señor Nick. Sus fi r-
mas honrarán a los novios. ¡Qué contrato, amigos míos, qué
contrato! ¡Centenares he escrito durante mi vida, pero ni n-
guno ha reunido en su última hoja el nombre de tanta buena
gente!
En aquel momento los salvajes apare cieron y fueron
acogidos por alegres gritos de bienvenida. No fue necesario
invitarlos para qué entrasen en el patio, porque allí era adon-
de venían, en número de unos cincuenta entre hombres y
mujeres. Entre ellos, Tomás Harcher conoció al que se había


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presentado la víspera para preguntar si el Sr. Nick se hallaba
en el cortijo.
¿Por qué habían salido aquellos hurones de Walhatta, su
pueblo? ¿Por qué venían con gran ceremonia a visitar al no-
tario de Montreal?
Era por un motivo de suma importan cia, que pronto
conoceremos.
Estos hurones ostentaban su traje de guerra, cosa que
no hacen sino en ocasiones solemnes. Su cabeza iba adorna-
da con plumas multicolores; sus largos y espesos cabellos
flotaban sobre sus hombros, de los que caía el manto de lana
de vivísimos colores; llevaban en el torso una casaca de piel
de gamo, y los pies envueltos en cue ro original; todos iban
armados con esos largos fusiles que, desde hace muchos
años, han reemplazado en las tribus indias al arco y la flecha
de sus antepasados. Pero, sin embargo, el hacha tradicional,
el tomahawk de guerra, pendía siempre de la correa de fibra
de corteza de árbol que les ceñía la cintura.
Además, un detalle que acentuaba, toda vía más la gr a-
vedad del asunto que los traía al cortijo de Chipogán, es que
una capa de pintura fresca aún cubría su rostro. El azul, el
negro de humo y el bermellón ponían un extraño relieve a su
nariz aguileña, a su boca grande, adornada con dos filas de
dientes encorvados y regula res, a sus pómulos salientes y
cuadrados, a sus ojos pequeños y vivos, cuya negra órbita
relucía como una brasa.
A esta comisión de la tribu se habían unido algunas
mujeres de Walhatta, sin duda las más jóvenes y lindas entre
las Mahogannias. Estas squaws llevaban un corpiño de tela


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bordada, cuyas mangas dejaban en descubierto el antebrazo;
una falda de deslumbrantes colores y mitasses en cuero de
caribou, guarnecidos de púas de erizo, y atadas en las pie r-
nas; y sus pies, cuya pequeñez hubiera podido envidiar una
francesa, iban aprisionados en unos suaves mocassins, adorna-
dos con cuentas de vidrio de diferentes colores.
Estos indios habían doblado, si es posi ble, el aire de
gravedad peculiar en ellos.
Avanzaron ceremoniosamente hasta el umbral de la sala
en que se hallaban el señor y la señorita de Vaudreuil, el n o-
tario, Tomás y Catalina Harcher, mientras que los demás
concurrentes se amontonaban en el patio.
Y entonces el que parecía jefe de esa tropa, un hurón de
alta estatura, de unos cincuenta años de edad, teniendo en la
mano una capa da fabricación indígena, dijo con voz grave al
arrendador:
-¿Nicolás Sagamore está en el cortijo de Chipogán?
-Está, respondió Tomás Harcher.
-¡Aquí estoy! exclamó el notario, muy sorprendido por
aquella visita hecha a su persona.
El hurón se volvió entonces hacia él, levantó fieramente
la cabeza, y con tono todavía más imponente dijo:
-¡El jefe de nuestra tribu acaba de ser llamado por el
gran Wacondah, el Mitsimanitou de nuestros padres! ¡Cinco
lunas hace ya que recorre los felices territorios de las cac e-
rías! ¡El heredero directo de su sangre es ahora Nicolás, el
último de los Sagamores, y a él pertenece en adelante el d e-
recho de enterrar el tomahawk de paz o de desenterrar el h a-
cha de guerra!


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Un largo silencio, producido por la estupefacción, ac o-
gió esta inesperada aren ga. Bien se sabía en el país que el
señor Nick era hurón de origen, y que descen día de los
grandes jefes de la tribu de los Mahogannis; pero nadie, h u-
biera podido figurarse nunca, y él menos que nadie, que el
orden hereditario le llamase para tomar el mando de una
tribu india.
En medio del silencio, que ninguno de los presentes se
había atrevido a interrumpir, el indio prosiguió en estos té r-
minos:
-¿Cuándo querrá mi hermano venir a sentarse al fuego
del Gran Consejo de su tribu, revistiéndose con el manto
tradicional de sus antepasados?
El que llevaba la palabra en nombre de la Comisión no
dudaba, en modo alguno, de que aceptara el notario de
Montreal el mando que se le ofrecía, y lo presentaba el
manto mahoganni.
Y como el Sr. Nick, no sabiendo lo que le pasaba, no se
decidía a contestar, se oyó una exclamación, a la que se unie-
ron otras cincuenta a la vez:
-¡Honor! ¡Honor a Nicolás Sagamore!
Lionel, el joven pasante, era el que ha bía dado ese grito
de entusiasmo. Estaba orgulloso por lo que la sucedía a su
principal, pensando que el brillo de su posición recaería a l-
gún tanto sobre sus pasantes, en particular, sobre él; y al e-
grándose con la idea de que marcharía en adelante al lado del
gran jefe de los Mahogannis, no pudo contenerse y vitoreó a
su principal.


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El señor de Vaudreuil y su hija no pudieron disimular
una sonrisa viendo la cara estupefacta del notario. ¡Pobre
hombre! Mientras que el cortijero, su mujer, sus hijos y sus
amigos le felicitaban sinceramente, no sabía a quién atender.
Entonces el indio preguntó de nuevo, y de un modo
que no daba lugar a dudas:
-¿Consiente Nicolás Sagamore en seguir a sus hermanos
al wigwam de Walhatta?
El Sr. Nick se quedó con la boca abierta, pues de ni n-
guna manera pensaba en dejar su notaría para ir a reinar s o-
bre una tribu hurona, y, por otra parte, no quería herir con
una negativa la susceptibilidad de los indios de su misma
raza, que le llamaban a tal honra por derecho de sucesión.
-Mahogannis, dijo por fin, yo no esperaba... ¡No soy
digno, en verdad!... ¡Comprendedme... amigos míos... no
estoy aquí sino como notario!...
Balbuceaba, buscaba las palabras, y no encontraba nada
concreto que responder.
Tomás Harcher vino a apoyarle.
-Hurones, dijo: el Sr. Nick es aquí notario, por lo menos
hasta que termine la ceremonia del casamiento. Si le convi e-
ne después dejar el cortijo de Chipogán para volver con sus
hermanos a Walhatta, queda en libertad para hacerlo.
-¡Sí... eso es, después de la boda! exclamaron los conc u-
rrentes, que querían a toda costa que se quedara el notario.
El hurón movió suavemente la cabeza, y después de
tomar el parecer de los demás diputados, dijo:


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-Mi hermano no puede titubear; la san gre de los Maho-
gannis, que corre por sus venas, le impone derechos y deb e-
res que no querrá desatender...
-¡Derechos... derechos... pase! murmuró el Sr. Nick. ¡Pe-
ro deberes!...
-¿Acepta mi hermano? respondió el indio.
-¡Si acepta!... exclamó Lionel: ¡ya lo creo! Y para dar fe
de sus sentimientos, es preciso que se revista al instante con
el manto real de los Sagamores.
-¡Este imbécil no se callará! repetía entre dientes el nota-
rio.
Y con mucho gusto hubiera calmado con un puntapié el
entusiasmo intempestivo de su pasante.
El señor de Vaudreuil comprendió que el Sr. Nick no
quería más que ganar tiem po; así es que, dirigiéndose al i n-
dio, le dijo que, de seguro, el descendiente de los Sagamores
no pensaba en sustraerse a los deberes que le imponía su
nacimiento, pero que necesitaba algunos días, tal vez algunas
semanas, para arreglar sus negocios en Montreal, y que, por
lo tanto, no convenía apremiarle.
-Esto es obrar con cordura, respondió el hurón; y
puesto que mi hermano acep ta, reciba, pues, como prenda
de su compromiso, el tomahawk del gran jefe, llamado por el
Wacondah para cazar en las felices praderas, y que le coloque
en su cintura.
EL Sr. Nick tuvo que tomar el arma fa vorita de las tri-
bus indias, y completamen te aturrullado, no teniendo cint u-
rón, se lo colocó en el hombro de un modo lastimoso.


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La diputación hizo oír entonces el ¡ hugh! tradicional de
los salvajes de Far -West, especie da aclamación afirmativa,
usada en el lenguaje indio.
Aun cuando su principal le pareciera en extremo contra-
riado por una situación que no daría poco que reír en el c o-
legio de los notarios canadienses, Lionel no cabía en el de
alegría, porque su natura leza poética le hacía entrever que
sería llamado un día a celebrar, en versos líricos, los altos
hechos de los Mahogannis y el canto de guerra de los Sag a-
mores; sin embargo, le asaltaba el temor de no encon trar un
consonante a tomahawk.
Los hurones iban a retirarse, aun cuando sintieran que el
Sr. Nick, teniendo que llenar sus funciones de notario, no sa-
liera del cortijo con ellos, cuando Catalina tuvo una idea, que
no le agradeció seguramente el descendiente de los Sagam o-
res.
-Mahogannis, dijo la buena mujer: una boda es la que
nos reúne aquí a parientes y amigos. ¿Queréis quedaros en
compañía de vuestro nuevo jefe? Os ofrecemos con gusto la
hospitalidad, y mañana tomaréis parte en el festín en que
Nicolás Sagamore ocupará el sitio de honor.
Atronadores aplausos estallaron después que Catalina
Harcher formuló esta invita ción; aplausos que se prolong a-
ron a porfía cuando los indios aceptaron el convite que se les
ofrecía con tanta amabilidad.
Tomás Harcher no tenía más que añadir unos cincuenta
cubiertos a la mesa; pero esto no ofrecía inconveniente alg u-
no, porque la sala era tan vasta, que bastaba y aun sobraba
para contener ese aumento de convidados.


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El Sr. Nick, no pudiendo evitarle, tuvo que resignarse y
recibir el abrazo de los guerreros de su tribu, que de buena
gana hubiera enviado a todos los demonios.
Al anochecer, muchachos y muchachas se pusieron a
bailar toda suerte de gigues, como se decía entonces en el
Canadá, y en particular los corros, acompañados de este al e-
gre estribillo:
Bailemos en redondo,
dondo, dondo;
bailemos en redondo;
y también los scotch-reelo, de origen es cocés, tan en boga a
principios del siglo.
Y de este modo terminó el segundo día de fiesta en el
cortijo de Chipogán.


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VI
EL FESTÍN
El gran día había llegado ya: el último de las consecut i-
vas fiestas de bautizo; pri mera comunión y casamiento, que
habían llenado de alegría a los hospedados en Chipogán.
El enlace de Rosa Harcher y de Bernar do Miquelon,
después de verificarse civilmente por la mañana; se celebraría
seguidamente en la iglesia, y por la tarde la comida d e boda
reuniría a los convidados, cuyo número se había aumentado
considerablemente por circunstancias ya conocidas.
Y en verdad que era hora que todo aca bara; porque si
no, hubiera podido suce der que todos los habitantes del
condado de Laprairie, y aun del distrito de Mon treal; hubie-
sen ocupado un sitio en la hospitalaria mesa de Tomás Ha r-
cher.
Al día siguiente los invitados se separarían. El señor y la
señorita de Vau dreuil volverían a la villa Montcalm; Juan
abandonaría el cortijo, para no aparecer ya sino el día en que
tuviera que capitanear al partido reformista; en cuanto a sus
compañeros del Champlain, continuarían con su oficio de


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cazadores, corredores de los bosques, que ejercían, como
hemos dicho ya, en la estación invernal, esperando la hora de
unirse a su hermano adoptivo, mientras que la familia pros e-
guiría los acostumbrados trabajos del cortijo. Los hurones
irían a preparar en Walhatta la entrada triunfal de Nicolás
Sagamore para el día en que por vez primera éste fuera a
fumar el calumet en el hogar de sus antepasados.
Según hemos visto ya, el Sr. Nick se hallaba poco sati s-
fecho de los homenajes que se le prodigaban, estando muy
decidido a no abandonar su estudio de notario para ocupar
el sitio de jefe de tribu; había hablado en este sentido con el
señor de Vaudreuil y con Tomás Harcher. El buen hombre
estaba de tal modo pasmado por lo que le sucedía, que era
muy difícil no reírse de aquella aventura.
-No os riáis así, repetía sin cesar. ¡Bien se conoce que no
tenéis vosotros un trono pronto a abrirse bajo vuestros pies!
-Amigo Nick, no hay que tomarlo en serio, respondía el
señor de Vaudreuil.
-Dadme un medio para evitarlo.
-Esas buenas gentes no insistirán en sus pretensiones
cuando se convenzan de que no os apresuráis a ir al wigwam
de los Mahogannis.
-¡Ah, qué poco los conocéis! exclama ba el señor Nick;
¡no insistir ellos! Pues son capaces de ir a buscarme en Mon-
treal... harán demostraciones de que no podré escapar... sitia-
rán mi puerta... y ¿qué dirá mi vieja Dolly?... ¡Ya veréis cómo
concluiré por pasearme con mocassins en los pies y con pl u-
mas en la cabeza!


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Y el excelente notario, que ninguna gana tenía de reír,
acababa por participar de la hilaridad de sus interlocutores..
Pero con su pasante sí que se ponía fu rioso; pues, por
pura malicia, Lionel le trataba como si hubiese aceptado
formalmente la sucesión del difunto hurón. Ya no le llamaba
Sr. Nick, no le hablaba sino en tercera persona, usando el
enfático lenguaje de los indios, y según conviene a todos los
guerreros de las Praderas, le había dado a escoger entre los
apodos de Cuerno de orinal o de Lagarto sutil, que bien valían los
de halcón o Larga Carabina.
A eso de las once de la mañana se formó en el patio del
cortijo la comitiva que debía acompañar a los nuevos esp o-
sos a la iglesia, cosa bien digna de inspirar al joven poeta, si
la musa de Lionel no le hubiese arrastrado en adelante a más
altas poesías.
A la cabeza marchaban Bernardo Miquelon y Rosa Har-
cher, agarrada la una del dedo meñique del otro, ambos e n-
cantadores y radiantes de alegría. Detrás de éstos el señor y
la señorita de Vaudreuil, al lado de Juan; después los parie n-
tes más próximos, padres, madres, hermanos, hermanas, y,
por fin, el Sr. Nick y su pa sante, escoltados por los mie m-
bros de la diputación hurona.
El notario no había podido sustraerse a ese honor, no
faltándole, con gran pesar de Lionel, más que el traje indíg e-
na, lo pintarrajado del torso y los dibujos de la cara, para
representar dignamente la raza de los Sagamores.
La ceremonia se verificó con toda la pompa correspo n-
diente a la posición que la familia Harcher ocupaba en el
país. Las campanas tocaron a vuelo, hubo mucho canto,


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mucho rezo, muchas detonaciones de armas de fuego, y en
ese ruidoso concierto de tiros los hurones hicieron su parte
con un a propósito y un conjunto tal, que hubieran merecido
los aplausos de Nataniel Bumpoo, el célebre amigo de los
mohicanos.
Luego la comitiva llegó al cortijo procesionalmente, Ro-
sa Miquelon del brazo de su marido, sin que ningún inc i-
dente desagradable viniera a turbar la alegría de aquella
familia.
Al llegar a casa de Tomás Harcher, cada cual se fue por
donde mejor le convino, teniendo el Sr. Nick algún trabajo
para separarse de sus hermanos Mahogannis, para ir a resp i-
rar más a gusto en la sociedad de sus amigos de raza can a-
diense; y más aburrido que nunca, no cesaba de repetir el
señor de Vaudreuil:
-¡En verdad que no sé cómo desembarazarme de estos
salvajes!
Mientras cada cual se divertía a su manera, si alguno
estuvo en extremo ocupado, regañado desde las doce a las
tres, hora en que había de servirse la comida de boda co n-
forme a las antiguas costumbres, ese fue el buen Tomás
Harcher; pues si bien Catalina y sus hijas se apresuraron a
prestarle ayuda, los cuidados que ofrecía un festín de aquella
importancia no le dejaron un minuto de reposo. Y, en efe c-
to, no sólo era preciso contentar muchos estómagos, sino
que era necesario satisfacer gustos muy diferentes; así es que
el menú comprendía la variedad ordinaria, y extraordinarios
de los manjares que produce el suelo canadiense.


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En la inmensa mesa, en la que ciento cincuenta conv i-
dados iban a sentarse, estaban dispuestas otras tantas cuch a-
ras y tenedores envueltos en blanquísima servilleta, y un vaso
de metal. Ningún cuchillo se veía allí, por la sencillísima r a-
zón de que cada cual había de usar su navaja; tampoco había
pan, pues la galleta amasada con azúcar de arce es la única
admitida en las comidas de boda. Manjares cuya nomencl a-
tura vamos a indicar, unos fríos, estaban colocados ya en la
mesa, mientras que los calientes se servirían uno después de
otro.
En primer lugar, se sirvieron soperas llenas de hirviente
sopa, que despedía gratísimo olor; después pescados fritos o
cocidos cogidos en las aguas del San Lorenzo y de los lagos,
truchas, salmones, anguilas, carpas, peces blancos, sábalos,
touradis y maskinongis; patos, pichones, codornices, chochas,
becadas, guisos de ardillas; después, como platos de más
resistencia, pavos, gansos, avutardas, aves engordadas en el
corral del cortijo, unas doradas en el vivo fuego de los as a-
dores, otras nadando en un jugo sustancioso; detrás de esto,
pasteles calientes rellenos con ostras, picadillo de carne
adornado con grandes cebollas, piernas de carnero, lomos
asados de jabalíes, sagamites de origen indígena, lonchas de
gamo en parrillas, y, por último, dos maravillas de caza que
debieran atraer al Canadá los golosos de ambos mundos, la
lengua de bisonte, tan apreciada por los cazadores de las
Praderas, y la joroba del susodicho rumiante, asada en su
envoltorio natural y sazonada con plantas odoríferas. A todo
esto hay que añadir las salseras llenas de relishs de veinte cla-
ses diferentes, verdaderas montañas de verduras y legumbres


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maduradas en los últimos días del verano indio; bollos de
todas clases, y, sobre todo, buñuelos, en cuya hechura sobre-
salían las hijas de Catalina Harcher; frutas variadas cogidas
en el jardín del cortijo, y, en fin, cien frascos de diferentes
formas y tamaños llenos de sidra, cerveza y vino, sin contar
el aguardiente, el ron y la ginebra, reservados para las lib a-
ciones de los postres.
La vasta sala del festín nupcial había sido artísticamente
decorada en honor de Rosa y de Bernardo Miquelon. Frescas
guirnaldas de hojas y flores adornaban las paredes; algunos
arbustos parecían haber crecido a propósito en los ángulos;
centenares de ramos de flores, colocados delante de las ven-
tanas, embalsamaban el aire, y fusiles, pistolas, carabinas,
todas las armas de una familia que contaba en su seno a
tantos cazadores, formaban acá y allá brillantes panoplias.
Los nuevos cónyuges ocupaban el cen tro de la mesa,
formando herradura. A ambos lados de los recién casados se
hallaban la señorita y el señor de Vaudreuil, Juan y sus co m-
pañeros del Champlain. Enfrente, entre Catalina y Tomás
Harcher, presidía el Sr. Nick, acompañado de los principales
guerreros de su tribu, de seosos, sin duda, de ver cómo fu n-
cionaba su nuevo jefe; y respecto a esto, Nicolás Sagamore
estaba dispuesto a demostrar un apetito digno de sus asce n-
dientes.
En contra de la tradición, y merced a la circunstancia
excepcional de la fiesta de familia que se estaba celebrando,
los niños habían sido admitidos a la mesa de los mayores, en
derredor de la que circulaba un verdadero escuadrón de n e-


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gros, que se habían buscado para el servicio especial de la
comida.
A las cinco ya se había dado el primer asalto. A las seis
hubo una suspensión de hostilidades, no para dar el tiempo
necesario para sepultar a los muertos, sino para que los vivos
cobrasen nuevos bríos, y entonces fue cuando empezaron
los brindis en honor de los nuevos esposos y de la familia
Harcher en general.
Después empezaron las alegres canciones de boda, pues
según antiguas costumbres, en toda reunión, en la comida lo
mismo que en la cena, señoras y caballe ros tienen por co s-
tumbre cantar alternativamente antiguas y alegres canciones
francesas, alusivas a la fiesta que se celebra.
Lionel recitó un gracioso epitalamio, compuesto por él
para la circunstancia.
-¡Bravo, Lionel, bravo! exclamó el señor Nick, que había
ahogado en su vaso los fastidios ocasionados por su futura
soberanía.
El buen hombre estaba muy orgulloso en su fuero i n-
terno por el éxito que obte nía su joven poeta, y propuso un
brindis a la salud del galante laureado de la Lira Amical.
Esta proposición fue aceptada con alegría por todos los
invitados, y los vasos se chocaron con estrépito, levantados
hacia Lionel, feliz y confuso a la par por la ovación que le
hacían; así es que se creyó obligado a responder al brindis de
su principal con otro concebido en estos términos:
-¡A Nicolás Sagamore! ¡Honor a esa última rama del no-
ble tronco al que el Gran Espíritu se ha servido confiar el
destino de los hurones! Los aplausos estallaron de nuevo, los


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mahogannis se levantaron en derredor de la mesa, blandie n-
do sus tomahawks como si estuviesen a punto de lanzarse
contra los iroqueses, los mungos o cualquier otra tribu en e-
miga del Far-West.
El Sr. Nick, con su buena cara tan plácida, parecía de un
carácter demasiado pacifico para gobernar tan belicosos gue-
rreros, y pensaba en aquel momento que esa aturdido de
Lionel bien hubiera debido callarse.
Cuando concluyó la algazara producida por el brindis
del joven pasante, los convidados atacaron con nuevos bríos
el segundo servicio.
En medio de estas ruidosas manifestaciones, Juan, Clary
de Vaudreuil y su padre hablaban con entera libertad y en
voz baja. Al anochecer iban a separarse; y si bien el pres i-
dente del Comité reformista y su hija no debían partir del
cortijo hasta la mañana siguiente, Juan había resuelto verif i-
carlo aquella misma noche para buscar un asilo más seguro
que Chipogán.
-Sin embargo, le dijo el señor de Vau dreuil; no es pr o-
bable que la policía tenga la ocurrencia de buscar a
Juan-Sin-Nombre entre los miembros de la familia Harcher.
-¡Quién sabe si sus agentes han descubierto ya mis hu e-
llas! re spondió Juan, como entregado a tristes presenti-
mientos; y si me descubrieran aquí, cuando el buen Tomás y
sus hijos supiesen quien soy...
-¡Os defenderían! respondió Clary con viveza; ¡se harían
matar por vos hasta el último!
-Lo sé, repuso Juan; y entonces, en recompensa de la
hospitalidad que me han dado, dejaría detrás de mí la ruina y


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la desgracia. ¡Tomás Harcher y sus hijos se verían obligados
a huir por haberme defendido! ¡Dios sabe hasta dónde llega-
rían las represalias! Os lo digo en verdad; ten go ganas, mu-
chas ganas de marcharme de aquí.
-¿Por qué no volvéis en secreto a la villa Montcalm? dijo
entonces el señor de Vaudreuil. Los peligros que queréis
evitar a la familia Harcher estoy yo en el deber de arrostra r-
los, y estoy pronto a hacerlo así. En mi posesión estaréis
bien guardado.
-La señorita Clary me lo ha ofrecido ya, respondió Juan;
pero yo he debido rehusar.
-Sin embargo, repuso el señor de Vau dreuil insistiendo;
esto sería muy conve niente en cuanto a las últimas medidas
que tenéis que tomar, pues todos los días podríais confere n-
ciar con los miembros del Comité, y en seguida que el movi-
miento estallara, Farran, Clerc, Vicente Hodge y yo estarí a-
mos pronto a seguiros. ¿No es probable que la sublevación
principié en el condado de Montreal?
-Así lo creo, en efecto, o por lo menos en uno de los l i-
mítrofes; eso dependerá de las posiciones que ocupe el ejé r-
cito de nuestros opresores.
-Pues bien, dijo Clary; ¿por qué no aceptáis la propos i-
ción de mi padre? ¿Te néis intención de recorrer todavía las
parroquias del distrito? ¿No habéis concluido vuestra ca m-
paña propagandista?
-Está acabada, respondió Juan; sólo me queda dar la s e-
ñal.
-¿Qué esperáis para darla? preguntó el señor de Va u-
dreuil.


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-Una circunstancia que acabará de exasperar a los p a-
triotas en contra de la tiranía anglosajona, replicó Juan, y ésa
se producirá muy pronto. Dentro de unos días los diputados
de la oposición nega rán al Gobernador general el derecho,
que pretende tener, para disponer de los fondos públicos sin
la autorización de la Cámara. Además, sé a ciencia cierta que
el Parlamento inglés tiene intención de adop tar una ley que
permita a lord Gosford revocar la Constitución de 1791, en
cuyo caso los canadienses de origen francés no encontrarían
ya ninguna garantía en el régimen representativo de la col o-
nia, que, sin embargo, tan poca libertad de acción les deja ya.
Nuestros amigos, y con éstos los diputados liberales, proc u-
rarán resistir a este exceso de poder, siendo probable que
lord Gosford, para poner freno a las reclamaciones de los
reformistas, dé un decreto de disolución, o por lo menos de
prorrogación de la Cámara. Aquel día el país se sublevará en
masa, y no nos quedará más que dirigirle.
-No es dudoso, en efecto, respondió el señor de Va u-
dreuil, que tal provocación por parte de los leales origine una
rebelión general. Pero ¿el Parlamento inglés se atreverá a
llegar a ese extremo? Y si ese atentado en contra de los dere-
chos de los franco -canadienses se verifica, ¿estáis seguro de
que sea pronto?
-Esto sucederá dentro de muy pocos días, dijo Juan. S e-
bastián Gramont me lo ha asegurado así.
-Y, hasta ese momento, ¿cómo os arre glaréis para esca-
par?...
-Sabré despistar a los agentes de policía.
-¿Tenéis preparado un asilo?


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.
-Lo tengo.
-¿Estaréis en seguridad en él?
-Más que en ninguna parte.
-¿Lejos de aquí?
-En San Carlos, pueblo del condado de Verchères.
-Sea como queráis, dijo el señor de Vaudreuil; nadie
puede juzgar mejor que vos lo que las circunstancias exigen,
y si os parece que debéis tener secreto el sitio de vuestro
retiro, no insistimos; pero no olvidéis que a cualquier hora
del día o de la noche la villa Montcalm está abierta para rec i-
biros.
-Lo sé, señor de Vaudreuil, y por ello os doy las gracias.
En medio de las incesantes aclamaciones de los invit a-
dos y del tumulto, siempre creciente, nadie se había enterado
de esta conversación, sostenida en voz baja y que no había
sido interrumpida más que por algún alegre brindis, por una
picante contestación o por una copla dirigida a los nuevos
esposos. Y ahora parecía ya tocar a su fin, después de las
últimas palabras cambiadas entre Juan y el señor de Va u-
dreuil, cuando una postrer pregunta de Clary provocó una
respuesta de naturaleza a sorprender al padre y a la hija.
¿A qué sentimiento obedeció la joven haciendo esa pr e-
gunta?
Era, si no una sospecha, por lo menos el pesar de que
no inspiraba todavía bastante confianza a Juan, puesto que
éste conservaba aún con ella cierta reserva.
Debía de ser así, pues la joven le dijo:
-¿De modo que hay en alguna parte una casa más ho s-
pitalaria que la nuestra para ofreceros un asilo?


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-Más hospitalaria... no; tanto, sí, respondió Juan con v i-
va emoción.
-¿Y cuál es?
-¡La casa de mi madre!
Juan pronunció estas palabras con un sentimiento tal de
afecto filial, que la señorita de Vaudreuil se sintió profund a-
mente enternecida. Era la primera vez que Juan, cuyo pasado
estaba envuelto en el misterio, hacía alusión a su familia. No
estaba, pues, solo en el mundo, como podían creerlo sus
amigos; tenía a su madre, que vivía escondida en el pueblo
de San Carlos, y sin duda Juan iba a verla de vez en cuando
para disfrutar al lado de la que le había dado el ser de alg u-
nos momentos de reposo y de tranquilidad, y ahora esperaría
en la casa materna el instante propicio para lanzarse a la l u-
cha.
Clary nada contestó; su pensamiento estaba fijo en
aquella lejana morada. ¡Ah! ¡Qué alegría hubiese experime n-
tado en conocer a la madre del joven proscrito! Se le figur a-
ba que había de ser una mujer heroica, como su hijo, una
buena patriota, que hubiera amado, o más bien que amaba
ya, y la joven tenía la certidumbre de que la vería algún día.
¿No estaba su vida indisolublemente ligada en adelante a la
de Juan-Sin-Nombre? ¿Quién podría romper este lazo? ¡Sí!
En el momento de separarse de él, tal vez para siempre, se
daba cuenta del poder del sentimiento que a ambos unía. :
La comida de boda tocaba a su término, y la alegría de
los comensales, sobrexci tada por las libaciones de los po s-
tres, se propagaba en diversas formas. Felicitaciones para los
recién casados partían de diferentes puntos de la mesa, pr o-


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duciendo un tumulto en extremo alegre, que dejaba oír de
cuando en cuando estas exclamaciones:
-¡Honra y felicidad para los jóvenes esposos!
-¡Vivan Bernardo y Rosa Miquelon!
Y bebían también a la salud del señor y de la señorita de
Vaudreuil, de Catalina y de Tomás Harcher.
El buen notario había aprovechado bien el festín; y si no
pudo conservar la fría dignidad de un mahogannis, es porque
esto era en absoluto contrario a su natu raleza franca y c o-
municativa. Es menes ter confesar que también los repr e-
sentantes de su tribu se habían despojado algún tanto de su
aparatosa gravedad con la in fluencia de los manjares y del
buen vino. Chocaban sus vasos, según las costum bres fran-
cesas, para vitorear a la familia Harcher, que los hospedaba
en aquel día.
En ese momento, Lionel, que no podía estarse quieto,
circulaba en derredor de la mesa dirigiendo un cumplido a
cada uno de los invitados, y entonces se le ocurrió la idea de
dirigirse al Sr. Nick, diciéndole con voz enfática:
-¿Nicolás Sagamore no pronunciará un discreto discurso
en nombre de la tribu de los Mahogannis?
Merced a la feliz disposición de espíritu en que se hall a-
ba; el notario no acogió mal la proposición de su joven p a-
sante, aun cuando éste hubiese usado el lenguaje de los
indios.
-¡Cómo, Lionel, crees tú!
-Creo, gran jefe, que ha llegado el momento de que t o-
méis la palabra para felicitar a los recién casados.


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-Puesto que ese es tu parecer; respondió el Sr. Nick, voy
a ensayar.
Y el excelente hombre, levantándose, reclamó silencio
con un gesto lleno de dignidad hurona.
El orden se restableció en seguida.
-Jóvenes esposos, dijo; un antiguo amigo de vuestra f a-
milia no puede separarse de vosotros sin expresaron su agra-
decimiento por...
De repente el notario se detuvo; la frase empezada qu e-
dó en suspenso: sus mira das, que denotaban una profunda
sorpresa, estaban fijas en la puerta. Un hombre se hallaba de
pie en el umbral, sin que nadie hubiera advertido su prese n-
cia.
El Sr. Nick acababa de conocer a aquel hombre, y e x-
clamaba con un acento en que la sorpresa se mezclaba a la
inquietud:
-¡El Sr. Rip aquí!


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VII
TIROS A LOS POSTRES
El jefe de la casa Rip y Compañía no estaba acompañ a-
do esta vez por sus propios agentes, sino por una docena de
los de Gilberto Argall y unos cuarenta volun tarios del ejér-
cito real que ocupaban la entrada principal del patio.
Era muy probable, además, que la casa estuviera cerc a-
da.
¿Se trataba de una simple visita domi ciliaria, o era una
detención lo que amenazaba al jefe de la familia Harcher?
En todo caso, era preciso un motivo de excepcional
gravedad para que el ministro de Policía juzgara necesario
mandar un destacamento tan numeroso al cortijo de Chip o-
gán.
Al nombre de Rip, pronunciado por el notario, el señor
de Vaudreuil y su hija se sintieron aterrorizados, pues sólo
ellos sabían que Juan-Sin-Nombre se hallaba en aquella sala,
y que Rip estaba particularmente encargado de su busca y de
su captura. ¿Qué podían pensar, sino que el polizonte había


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descubierto por fin el retiro del joven patriota, y que venía a
prenderle?
Si Juan caía entre las manos de Gilber to Argall, estaba
perdido sin remedio.
Juan, conteniéndose por un esfuerzo su premo de v o-
luntad, ni siquiera se estre meció; apenas si su cara adquirió
algo más de palidez. Ningún movimiento, ni aun involunt a-
rio, había podido denunciarlo a sus perseguidores, y, sin em-
bargo, acababa de reconocer a Rip, con quien se había
encontrado el día en que fue con el Sr. Nick y Lionel desde
Montreal a la isla Jesús. ¡Rip, el agente lanzado en su pers e-
cución hacía más de dos meses! ¡Rip, el provocador, que
había sido la causa de la infamia recaída en su familia, e m-
pujando a la traición a su padre Simón Morgaz!
No obstante, conservó toda su sangre fría, no dando a
conocer el odio que her vía en su corazón, mientras que el
señor de Vaudreuil y su hija temblaban a su lado.
Pero si bien es verdad que Juan conocía a Rip, éste no
conocía a aquel. El agente ignoraba que el viajero que había
entrevisto un instante en el camino de Mon treal fuese el
patriota cuya cabeza estaba pregonada; lo único que sabía era
que Juan-Sin-Nombre debía de hallarse en el cortijo de Ch i-
pogán, y he aquí cómo pudo encontrar sus huellas.
Algunos días antes el joven había sido visto a cinco o
seis leguas de San Carlos, después de haberse marchado de la
Casa Cerrada, y señalado como sospechoso a su salida del
condado de Verchères. Notando que estaba descubierto,
tuvo que huir ha cia el interior de dicho condado, y no sin


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riesgo de caer muchas veces en manos de la policía, llegó a
refugiarse en el cortijo de Tomás Harcher.
Mas los agentes de la casa Rip y Com pañía no habían
perdido su pista, como él lo creía; por el contrario, pronto
tuvieron la casi certidumbre de que la alquería de Chipogán
le servía de asilo. Rip fue en se guida avisado de lo que oc u-
rría, y sabiendo, no solamente que aquel cortijo pertenecía al
señor de Vaudreuil, sino también que éste se encontraba en
dicha propiedad, no dudó un instante de q ue el forastero de
que le habían hablado era Juan-Sin-Nombre.
Después de dar orden a algunos de sus subordinados
para que se mezclasen entre los numerosos invitados de
Tomás Harcher, dio parte a Gilberto Argall de lo que suc e-
día, poniendo éste a su disposición unos cuantos polizontes
y un destacamento de voluntarios de Montreal.
He aquí en que condiciones se presentó Rip en el u m-
bral de la puerta, teniendo la certeza de que
Juan-Sin-Nombre se hallaba en el número de los hospedados
por el cortijero de Chipogán.
Eran las cinco de la tarde, y aun cuando las lámparas no
se hubiesen encendido todavía, era aún de día en el interior
de la sala.
En un instante Rip recorrió con la mi rada todos los
asistentes, sin que Juan-Sin -Nombre llamara más particula r-
mente su atención que los demás convidados re unidos en la
sala.
Sin embargo, Tomás Harcher, viendo el patio invadido
por fuerza armada, es levantó, y encarándose con Rip:
-¿Quién sois? le preguntó.


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-Un agente de policía, encargado de una misión por el
Ministro del ramo, respondió Rip.
-¿Qué venís a hacer aquí?
-Vais a saberlo. ¿No sois Tomás Harcher, de Chipogán,
arrendatario del señor de Vaudreuil?
-El mismo soy, y os pregunto que con qué derecho h a-
béis invadido mi casa.
-Con el que me confiere una orden que me han dado,
pues vengo a proceder a una detención.
-¡Una detención!... exclamó el cortije ro: ¡una detención
en mi casa!... ¿Y a quién venís a prender?.
-A un hombre cuya cabeza ha sido pregonada por orden
del Gobernador general, y que se halla aquí.
-¿Cómo se llama?
-Se llama, respondió Rip alzando mu cho la voz, o más
bien se hace llamar, Juan-Sin-Nombre.
Esta respuesta fue seguida de un largo murmullo. ¡C ó-
mo! ¿Era a Juan -Sin-Nombre a quien Rip venía a prender,
afirmando que se encontraba allí?
La actitud del cortijero, de su mujer, de sus hijos y de
toda la concurrencia fue con tanta naturalidad la de una e s-
tupefacción tan profunda, que Rip estuvo a punto de creer
en un error de sus agentes; sin embargo, reiteró su pregunta,
y esta vez de un modo más afirmativo.
-Tomás Harcher, repuso; al hombre que busco está
aquí, y os intimo a que me lo entreguéis.
Al oír estas palabras, Tomás miró a su mujer, y Catalina,
cogiéndole por el brazo, exclamó:
-¡Pero contesta a lo que te preguntan!


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-Sí, amigo mío, contestad, añadió el Sr. Nick. Me parece
que la respuesta es por demás fácil.
-Muy fácil, en efecto, dijo el cortijero.
Y volviéndose hacia Rip:
-Juan-Sin-Nombre, a quien buscáis, dijo, no está en la
alquería de Chipogán.
-Pues yo afirmo que se halla aquí; Tomá s Harcher, re-
puso Rip con bastante frialdad.
-No; os repito que no está. Jamás ha venido por aquí.
Ni siquiera le conozco. Pero digo también que si hubiese
venido a pedirme asilo, le hubiera recibido, y que si estuviera
en mi casa, no le entregaría.
Rip no podía equivocarse respecto a las significativas
demostraciones que acogieron la declaración de Tomás Har-
cher, pues bien se dejaba ver que éste se había hecho el i n-
térprete de los sentimientos de todos los presentes, y que
admitiendo que Juan-Sin-Nombre se hubiese refugiado en la
alquería, ni uno solo de los huéspedes hubiera sido bastante
cobarde para hacerle traición.
Juan, siempre impasible, escuchaba.
El señor de Vaudreuil y Clary ni si quiera se atrevían a
mirarle, por temor de atraer sobre él la atención de Rip.
-Tomás Harcher, repuso éste, no ignoráis, sin duda, que
una proclama fe chada en 3 de Septiembre do 1837 ofrece
una prima de seis mil piastras para cual quiera que detenga o
dé a conocer el retiro de Juan-Sin-Nombre.
-No lo ignoro, respondió el cortijero, ni nadie lo ignora
en el Canadá; pero no se ha encontrado todavía un solo c a-


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nadiense bastante miserable para cumplir tan odiosa traición,
ni jamás se encontrará.
Rip no se inmutó.
-Tomás Harcher, repuso, si conocéis la proclama del 3
de Septiembre, tal vez no conozcáis el nuevo decreto que el
Gobernador general firmó ayer, 6 de Octubre.
-En efecto, no tengo conocimiento de él, respondió el
cortijero; pero si es del mismo género que el otro, si provoca
a la delación, podéis dispensaros de participárnoslo.
-Sin embargo, lo oiréis, replicó Rip.
Y desplegando un papel rubricado por Gilberto Argall,
leyó lo que sigue:
«Se hace saber a todos los habitantes de las ciudades y
del campo de las provincias canadienses que les está proh i-
bido dar ayuda y protección al proscrito Juan-Sin-Nombre; y
que tiene pena de muerte cualquiera que le dé asilo.
»En nombre del Gobernador general, el ministro de Po-
licía -Gilberto Argall.»
¡El Gobierno inglés se había atrevido a llegar hasta tales
extremos, y no contento con poner precio a la cabeza de
Juan-Sin- Nombre, amenazaba ahora con la pena capital a
cualquiera que le diese asilo!
Este acto incalificable provocó las más violentas pr o-
testas por parte de los oyen tes, y Tomás Harcher, sus hijos,
sus invitados, dejaban ya su sitio para lanzarse sobre Rip,
para echarle del cortijo con los agentes y voluntarios, cuando
el notario los detuvo con un gesto.


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La fisonomía del Sr. Nick se había vuel to muy grave;
como todos los patriotas reunidos en aquella sala, exper i-
mentaba el horror tan natural que debía inspirar el decreto
de lord Gosford, que Rip acababa de comunicarles.
-Sr. Rip, dijo, el que buscáis no está en el cortijo de Chi-
pogán. Tomás Harcher os lo ha asegurado, y yo afirmo que
ha dicho la verdad; nada tenéis, pues, que hacer aquí, y mejor
hubiera sido que no sacarais de vuestro bolsillo ese fatal d o-
cumento. Creedme, Sr. Rip; es muy conve niente que no nos
impongáis por más tiempo vuestra presencia.
-¡Bien por Nicolás Sagamore! exclamó Lionel.
-¡Si, retiraos al instante! repuso el cortijero, cuya voz
temblaba de ira. Juan-Sin -Nombre no está aquí. Pero si v i-
niera a pedirme asilo, a pesar de las amenazas del Gobern a-
dor, le recibiría con los bra zos abiertos. Y ahora salid de mi
casa, salid.
-¡Salid, salid! repitió Lionel, cuya exasperación procur a-
ba en vano calmar el Sr. Nick.
-¡Cuidado, Tomás Harcher! repuso Rip. No os rebeléis
en contra de la ley ni de la fuerza encargada de hacerla ejecu-
tar. Agentes o voluntarios, tengo cincuen ta hombres a mi
disposición, y vuestra casa está cercada.
-¡Salid, salid!
Y este grito era unánime, a la par que amenazas directas
a Rip.
-No saldré de aquí, respondió éste, sino después de h a-
ber reconocido la identidad de todas las personas que están
presentes.


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A una señal suya, los agentes agrupados en el patio se
acercaron a la puerta, prontos a entrar en la sala, y por el
hueco de las ventanas el señor de Vaudreuil y Clary veían a
los voluntarios rodeando la casa.
En previsión de una inminente reyerta, los niños y las
mujeres, menos la señorita de Vaudreuil y Catalina, acababan
de retirarse a las inmediatas habitaciones.
Pedro Harcher, sus hermanos y sus amigos, habían a l-
canzado sus armas colgadas de la pared; pero, tan inferiores
en número, ¿cómo podrían impedir que Rip cumpliera con
el mandato que había recibido? El señor de Vaudreuil iba de
una a otra ventana para cerciorarse de la posibilidad de que
Juan pudiera escaparse por detrás del cortijo, atravesando el
jardín; pero por este lado, como por los demás, la huída era
de todo punto impracticable.
En medio de todo este tumulto, Juan se quedaba inm ó-
vil al lado de Clary, que no había querido separarse de él.
En el momento en que los agentes iban a invadir la sala,
el Sr. Nick intentó un último esfuerzo para llegar a una av e-
nencia.
-Señor Rip, Sr. Rip, dijo, vais a hacer que se vierta sa n-
gre, y bien inútilmente, os lo aseguro. Os repito que
Juan-Sin-Nombre, que tenéis orden de prender, no se halla
en el cortijo.
-¡Y aun cuando estuviera, os repito yo, le defenderíamos
hasta la muerte! exclamó Tomás Harcher.
-¡Bien!... ¡Bien!... exclamó a su vez Catalina, entusiasm a-
da por la actitud de su marido.


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-No os entrometáis en este asunto, Sr. Nick; replicó Rip,
porque podríais arrepentiros por ello más tarde... ¡Suceda lo
que suceda, cumpliré con mi deber!... ¡Y ahora, paso... p a-
so!...
Unos diez agentes entraron en la sala, mientras que
Tomás Harcher y sus hijos se lanzaban hacia ellos para r e-
chazarlos y cerrar la puerta.
Y, moviéndose de un lado a otro, el no tario repetía, sin
llegar a hacerse oír:
-Juan-Sin-Nombre no está aquí, señor Rip, os afirmo
que no está...
-¡Sí está! dijo una voz fuerte que dominó el tumulto.
Todos se detuvieron.
Juan, inmóvil, con los brazos cruzados sobre el pecho, y
mirando de frente a Rip, repuso sencillamente:
-Juan-Sin-Nombre está aquí, y soy yo.
El señor de Vaudreuil cogió al joven patriota de un br a-
zo, mientras que Tomás Harcher y los demás exclamaban:
-¡Eh!... ¡Eh!... ¡Juan-Sin-Nombre!
Este indicó con un gesto que iba a ha blar, y hubo pro-
fundo silencio.
-Yo soy el que buscáis, dijo, dirigién dose a Rip. Soy
Juan-Sin-Nombre.
Después, volviéndose hacia el cortijero y sus hijos, aña-
dió:
-Perdonadme, Tomás Harcher; perdonadme, mis bravos
compañeros, por haberos ocultado quién soy, y os doy las
gracias por la hospitalidad que he encon trado durante cinco
años en el cortijo de Chipogán. Esta hospitalidad la he acep-


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tado mientras no ha podido ser peligrosa para vosotros; no
la quiero ya, puesto que hay pena de la vida para cualquiera
que me ofrezca un asilo. Sí: recibid las gra cias de aquel que
hasta aquí fue vuestro hijo adoptivo, y que es
Juan-Sin-Nombre para su país...
Un indescriptible movimiento de entu siasmo acogió
esta declaración.
-¡Viva Juan -Sin-Nombre! ¡Viva Juan-Sin -Nombre! e x-
clamaron por todos lados.
Luego, cuando cesaron los gritos, dijo Tomás Harcher:
-Pues bien; ahora, puesto que he di cho que defendería-
mos a Juan-Sin-Nombre, defendámosle, hijos míos. ¡Defe n-
dámosle hasta la muerte!
Juan se interpuso en vano para impedir una lucha por
demás desigual. Ningún caso le hicieron; Pedro y los demás
hijos mayores se lanzaron sobre los agentes que obstruían la
puerta, y los rechazaron, con la ayuda de sus amigos. Cerr a-
ron en seguida la puerta, y la atrancaron con los muebles de
más volumen. Para introducirse en la sala, y hasta en la casa,
era preciso entrar por las ventanas, que se abrían a unos diez
pies del suelo.
Rip tenía, pues, que dar un asalto, y como no era ho m-
bre que retrocediera, y favorecido además por la oscuridad
(la noche había llegado ya), tomó sus medi das para ejecutar
su mandato, lanzando a los voluntarios contra la casa.
Pedro Harcher, sus hermanos y sus compañeros, apo s-
tados en las ventanas, estaban prontos a empezar el fuego.
-¡Te defenderemos, a pesar tuyo, si es preciso! decían a
Juan, que no era ya dueño de detenerlos.


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Sin embargo, el cortijero había conseguido que Clary de
Vaudreuil y Catalina fueran a reunirse con las demás mujeres
y los niños en una de las habitaciones la terales en donde
estarían al abrigo de los tiros, no quedando ya en la sala sino
los hombres en estado de batirse, unos trein ta entre todos,
pues no se podía contar con los Mahogannis para defender
el cortijo. Indiferentes a esta escena, los indios conservaban
su reserva habitual. Este asunto no les incumbía, ni tampoco
al señor Nick ni a Lionel, que no tenían por qué pronuncia r-
se en pro o en contra de la autoridad.
El notario, guardándose para no recibir algún tiro,
puesto que estaba resuelto a conservar la más completa ne u-
tralidad, no cesaba de interpelar a Lionel, que estaba fuera de
sí; pero el joven pasante no le hacía caso, queriendo defe n-
der a todo trance en Juan -Sin-Nombre, no solamente al hé-
roe popular, sino también al simpático oyente que tan buena
acogida había hecho a sus ensayos poéticos.
-¡Por última vez te prohíbo que te en trometas en todo
esto! repitió el Sr. Nick.
-¡Y por última vez, respondió Lionel, me admira que un
descendiente de los Sagamores rehúse seguirme por los sen-
deros de la guerra!
-Ningún sendero seguiré, como no sea el de la paz, mal-
dito muchacho, y vas a hacerme el favor de marcharte de
esta sala, en la que nada bueno te puede suceder.
-¡Jamás! exclamó el belicoso poeta.
Y abalanzándose hacia uno de los mahogannis, se ap o-
deró del hacha que colgaba de su cintura.


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Cuando Juan se convenció de que sus compañeros esta-
ban muy decididos a rechazar la fuerza con la fuerza, tomó el
partido de organizar la resistencia y la resolución de escapa r-
se durante la coli sión, porque, cualquier cosa que sucedie ra
ya, no podía comprometer más al cor tijero y a sus hijos,
puesto que se habían declarado rebeldes a los agentes de la
autoridad.
Pero lo que más urgía por el momento era rechazar a
Rip y a su destacamento; después se vería lo que más co n-
vendría hacer.
Si los sitiadores procuraban romper las puertas de la c a-
sa, esto necesitaría cierto tiempo, y antes de que recibiesen
refuerzos de Laprairie o de Montreal, agentes y voluntarios
podían ser echados fuera de la puerta principal del patio.
Juan, por lo tanto, se decidió a hacer una salida para
despejar los alrededores del cortijo.
Tomó, pues, sus disposiciones en consecuencia.
Al principio de la lucha, una veintena de tiros estallaron
de las ventanas de la fachada principal, lo que obligó a Rip y
a sus subordinados a retroceder a lo largo de las empalizadas.
Después la puerta se abrió de repente, y Juan salió pr e-
cipitadamente al patio, se guido por el señor de Vaudreuil,
por Tomás Harcher, Pedro, sus hermanos y sus amigos.
Algunos voluntarios yacían ya por el suelo, habiendo
también muy pronto heridos entre los defensores del cortijo,
quienes, en medio de la oscuridad, se ha bían lanzado contra
los sitiadores.
Empezó una lucha cuerpo a cuerpo, en la que Rip tomó
bizarramente parte; pero, a pesar de todo, sus hombres iban


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perdiendo terreno, ya llegaban a rechazarlos fuera del patio y
a cerrar la puerta princi pal, les sería muy difícil escalar las
altas empalizadas que cercaban el cortijo.
A esto tendían todos los esfuerzos de Juan, perfect a-
mente secundado por sus valerosos compañeros. Tal vez
entonces, estando libres los alrededores de Chipogán, le sería
posible huir a campo atraviesa, y si preciso fuera, pasar la
frontera, esperando el momento oportuno para po nerse al
frente de los insurrectos.
Lionel, no hay porqué decirlo, se había mezclado intr é-
pidamente en el grupo de los combatientes, mientras que el
señor Nick no quiso salir de la sala, muy deci dido a conser-
var la más estricta neutrali dad; pero esto no le impedía d e-
sear el triunfo de Juan -Sin-Nombre y de sus defensores,
entre los que contaba tantos amigos.
Sin embargo, a pesar de su denodado valor, los hab i-
tantes del cortijo no pudie ron resistir un nuevo empuje de
los agentes y de los voluntarios, cuyo número era mucho
mayor que el de los sitiados, que tuvieron que retroceder
poco a poco hacia la casa para buscar en ella refugio.
La sala no tardaría mucho, por consiguiente, en ser de
nuevo invadida, toda salida cortada, y Juan -Sin-Nombre no
tendría más remedio que rendirse.
Y, en efecto, las fuerzas de los sitiados disminuían de un
modo sensible; ya dos de les hijos mayores de Tomás Ha r-
cher, Miguel y Santiago, así como tres o cuatro de sus co m-
pañeros, habían tenido que ser transportados a una de las
habitaciones contiguas, en donde Clary de Vaudreuil, Catal i-
na y otras mujeres les prodigaban sus cuidados.


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Los sitiadores estaban perdidos sin re medio si algún re-
fuerzo no viniera a sos tener a Juan y a sus compañeros, y
con mayor motivo porque las municiones iban a faltarles.
De pronto se operó un cambio favora ble para nuestros
amigos.
Lionel acababa de entrar en la sala, cubierto de sangre a
consecuencia de una herida, felizmente poco grave, que le
había rasgado un hombro.
El Sr. Nick le vio.
-¡Lionel!... ¡Lionel!... exclamó; ¡no has querido obed e-
cerme!...: ¡Insoportable muchacho! Y cogiendo de un brazo a
su joven pasante, quiso llevarle al cuarto de los heridos.
El muchacho rehusó.
-¡No es nada!... ¡no es nada! dijo. Pero ¿es posible, N i-
colás Sagamore, que dejéis sucumbir a vuestros amigos,
cuando vuestros guerreros no esperan más que una señal de
su jefe para socorrerlos?
-¡No!... ¡no!... exclamó el notario. ¡No tengo derecho pa-
ra ello!... ¡Tomar partido en contra de la autoridad!...
Y, sin embargo, queriendo intentar un supremo esfue r-
zo, se precipitó en medio de los combatientes para detene r-
los con sus exhortaciones.
Esto no le salió bien, pues se vio rodea do por los agen-
tes, que no le economizaron los golpes, llevándoselo en m e-
dio del patio.
El instinto belicoso de los guerreros mahogannis no
pudo sufrir con paciencia semejante atentado en contra de
su jefe. ¡Un Sagamore preso y maltratado por sus enemigos
los Rostros-Pálidos!


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No fue necesario más para que el grito de guerra de la
tribu retumbase en el espacio.
-¡Adelante!... ¡adelante, hurones!... vociferó Lionel fuera
de sí.
La intervención de los indios cambió bruscamente la faz
del combate. Con el hacha en la mano se precipitaron sobre
los sitiadores; éstos, cansados por una lucha que duraba h a-
cía más de una hora, tuvieron a su vez que retroceder.
Juan-Sin-Nombre, Tomás Harcher y sus amigos se rehi-
cieron e intentaron un nuevo esfuerzo para rechazar a Rip
con su destacamento fuera del recinto. Los hurones los ay u-
daron, después de libertar al Sr. Nick, que se sorprendió
alentándolos con la voz, sino con el brazo, inhábil todavía en
el manejo del tomahawk de sus antepasados.
Y he aquí cómo un notario de Montreal, el más pacífico
de los hombres, se vio comprometido por haber defendido
una causa que no importaba ni a los mahogannis ni a su jefe.
Agentes y voluntarios se vieron muy pronto obligados a
salir atropelladamente del patio; y como los indios los pers i-
guieron durante una milla o más, los alrede dores del cortijo
de Chipogán quedaron enteramente libres. ¡Mal negocio,
decididamente, que figuraría con pérdida en el próximo ba-
lance de la casa Rip y Compañía!
Aquel día la ley no triunfó, pero sí el patriotismo.
FIN DEL CUADERNO SEGUNDO


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CUADERNO TERCERO
FAMILIA SIN NOMBRE
SEGUNDA PARTE
I
PRIMERAS ESCARAMUZAS
Lo ocurrido en la granja de Chipogán tuvo gran res o-
nancia, pues la noticia se propagó con suma rapidez por
todas las provincias canadienses.
La opinión pública no podía encontrar ocasión más f a-
vorable para manifestar sus sentimientos, porque no sol a-
mente se trataba de un choque entre los campesinos y la
policía, sino que ésta y los voluntarios realistas habían sido
derrotados. Pero lo más grave del caso era la circunstan cia
que hubo de motivar el envío de fuer zas a Chipogán. Juan
Sin Nombre había aparecido de nuevo en el país, y noticioso
Gilberto Argall de que se hallaba en el cor tijo, quiso que a
todo trance fuese capturado; mas no pudiendo realizarse su


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afanoso deseo, el alma de la revolución, el que representaba
la esperanza de la causa nacional, se hallaba libre, presintie n-
do todos que muy pronto sabría servirse de su libertad con
provecho.
¿En dónde se refugió Juan Sin Nombre después de salir
de Chipogán? Las más activas, minuciosas y sutiles pesquisas
no bastaban para descubrir su retiro, si bien Rip, aun cuando
desalentado por el mal éxito de sus gestiones, no desesper a-
ba de tomar algún día su desquite; y como a ello le impelían
de consuno el interés personal de salir bien de su empresa y
la honra de su casa, era seguro que prose guiría su intento
hasta salir vencedor. El Gobierno, que sabía muy bien a qué
atenerse respecto de su agente, no le retiró su confianza,
antes bien la dio nuevos ánimos. Rip, por lo tanto, comenzó
su campaña con bríos, teniendo ahora la ventaja de no cami-
nar a ciegas en la persecución del joven patriota, puesto que
habiéndose encontrado frente a frente con él en la granja, le
conocía personalmente, y eso le serviría de mucho en lo s u-
cesivo.
Quince días habían pasado, del 7 al 23, desde la escar a-
muza de Chipogán, y la úl tima semana de Octubre acababa
de expirar sin que Rip hubiese obtenido resultado alguno en
sus propósitos.
He aquí lo que aconteció.
Al día siguiente de aquel en que se realizaron las escenas
de que fue teatro la casa de Tomás Harcher, éste se vio obl i-
gado a abandonar a Chipogán; y después de arreglar lo mejor
posible sus más perentorios asuntos, se internó con sus hijos
mayores en los bosques del condado de Laprairie; y cuando


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pudo traspasar la frontera ame ricana, se refugió en uno de
los pueblos limítrofes, llamado Saint -Albans, situado en la
orilla del lago Champlain, en don de, en completa seguridad,
puesto que los agentes de Gilberto Argall no podían allí
apoderarse de su persona, esperó a ver el giro que iban a
tomar los acontecimientos, no sin valerse desde allí de todos
los medios disponibles para tener noticias ciertas.
Si el movimiento nacional iniciado por Juan Sin No m-
bre tenía favorable éxito; si el Canadá, recuperando su aut o-
nomía, se libraba de la opresión anglo -sajona, Tomás
Harcher regresaría tranquilamente a su hogar; y si, lo que no
era de suponer, la rebelión de los patriotas frac asara, espe-
raría a que el tiempo lo hiciese olvidar todo, y cuando una
amnistía, redimiendo las faltas del pasado, tornase las cosas a
su estado normal, volvería del mismo mo do a su propio a l-
bergue.
Mientras tanto su mujer, muy apta para dirigir la casa,
bastaba para cuidarlo todo; y aun cuando en la estación i n-
vernal, en que ya se hallaban, los trabajos agrícolas están en
suspenso, al llegar los días de cultivo, los intereses del señor
de Vaudreuil no sufrirían perjuicio bajo la acer tada dirección
de Catalina de Harcher.
Pedro y sus hermanos, que estaban con su padre, segu i-
rían ejerciendo su oficio de cazadores en los terrenos próx i-
mos a la frontera canadiense, y probablemente an tes de
medio año podrían empezar de nue vo la pesca en el San
Lorenzo, si triunfaba la revolución.
Y en verdad que Tomás Harcher salió a tiempo de su
casa para buscar un refugio seguro, pues pocas horas de s-


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pués de su partida, Chipogán se vio ocupado militar mente
por un destacamento de tropa lle gado de Montreal; pero
como Catalina no tenía que temer nada por su marido ni por
sus hijos, más comprometidos que los demás, se mantuvo
serena, sabiendo hacerse respetar por los soldados, quienes,
sin embargo de tener recomendada la circunspección en
todas ocasiones, y la orden de no usar de represalias en el
caso presente, por convenir al Gobierno la indulgencia, c o-
meten siempre grandes abusos.
En la villa Montcalm sucedió lo mismo que en la granja;
las autoridades vigilaron sin cesar; pero el Sr. Vaudreuil, ha-
biendo hecho causa común con el joven patriota, tuvo buen
cuidado de no volver a su morada de la isla de Jesús. Dióse
contra él, por el ministro de Policía, una orden de prisión; y
el no hubiera huido, le hubieran preso y encarcelado en
Montreal, no pudiendo, por lo tanto, unirse después a las
filas de los insurrectos. Mas ¿en dónde se refugió? Tal vez
en casa de uno de sus amigos políticos; pero lo hizo con
tanto sigilo, que fue imposible descubrir dónde se había r e-
fugiado.
Clary fue la única persona que volvió a la villa
Montcalm, quedando en corres pondencia con los Sres. V i-
cente Hodge, Farran, Clerc y Gramont; y en cuanto a Juan-
Sin-Nombre, ella sabía que se hallaba en seguridad al lado de
su madre.
Varias veces recibió, por conducto de al gunos amigos,
cartas suyas, en las que, si bien el proscrito no hablaba más
que de política, adivinaba Clary que otro sen timiento se ha-
bía apoderado del corazón del joven patriota.


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Digamos ahora que había sido del buen notario Nick y
de su pasante.
Nuestros lectores no habrán olvidado la parte que t o-
maron los hurones en la refriega de Chipogán, pues sin su
intervención los voluntarios no hubieran sido rechazados, y
Juan Sin Nombre hubiera caído en poder de los agentes de
Rip.
Pero esta intervención de los Mahogannis, ¿quién la h a-
bía provocado? ¿Fue acaso el pacífico notario de Montreal?
No por cierto. Al contrario, todos sus esfuerzos tendieron a
impedir la efusión de sangre, y no se precipitó en medio del
combate sino para contener a los dos bandos, siendo aquel el
instante en que los guerreros de Walhatta se mezclaron en la
lucha con el único objeto de defender a Nicolás Sagamore,
que, en poder de los sitiadores, corría el riesgo de ser tratado
como rebelde. ¿Qué cosa más natural que la conducta de los
guerreros indios defendiendo a su jefe? Es verdad que aqu e-
lla acometida decidió el éxito del combate, dispersando a los
voluntarios en el momento en que iban a forzar las puertas.
Esto bastaba para que la autoridad hiciese responsable al Sr.
Nick de aquel imprevisto desenlace, y, como es de suponer,
el Notario temió, por la seguridad. de su persona, creyéndose
seriamente comprometido a propó sito de una refriega que
no tuvo otra cau sa que una simple detención que nada le
importaba. Así las cosas, no quiso ya vol ver a su despacho
de Montreal, y antes de que se apagara el ruido producido
por aquella algarada, se dejó llevar sin resistencia al pueblo
de Walhatta, consintiendo instalarse en el wigwam de sus an-
tepasados.


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Su estudio, es verdad, estaría cerrado durante un tiempo
cuya duración no era fácil de apreciar; sus clientes sufrirían
por su ausencia, y la anciana Dolly se entregaría a la desespe-
ración. Pero ¿qué otra cosa podía determinar? Más valía ser
Nicolás Sagamore en medio de su tribu, que el Sr. Nick d e-
tenido en las prisiones de Montreal, acusado de rebelión
contra los agentes de la fuerza pública.
No tenemos por que decir que Lionel siguió a su princi-
pal a aquel pueblo indio, perdido en medio de los espesos
bosques del condado de Laprairie; porque habiéndose batido
con mucho denuedo en contra de los voluntarios, difícil le
hubiese sido eludir la pena reservada a los rebeldes.
El Sr. Nick se lamentaba in petto de la situación en que se
hallaba; pero Lionel, por el contrario, se alegraba del giro
que había llevado el asunto, y lejos de sentir haber tomado la
defensa de Juan Sin Nombre, del héroe aclamado por las po-
blaciones franco -canadienses, esperaba que las cosas no
quedarían en tal estado, y que los indios se declararían en
favor de los insurrectos.
El Sr. Nick no era ya el Sr. Nick; era el jefe de los hur o-
nes, y Lionel tampoco era su pasante, sino el brazo derecho
del último de los Sagamores.
Era de suponer, con razón, que el Go bernador general
quisiese castigar a los Mahogannis, culpables por haber i n-
tervenido en la refriega de Chipogán; pero la prudencia
aconsejó a lord Gosford una reserva harto justificada por las
circunstancias, porque las represalias hubiesen tal vez exa s-
perado a las poblaciones indígenas dándoles ocasión de ayu-
dar a sus hermanos, y entonces era de temer una sublevación


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general que hubiera complicado mucho el actual orden de
cosas. El Gober nador general, pues, juzgó conveniente no
perseguir a los guerreros de Walhatta, ni tampoco al nuevo
jefe llamado a regir el destino de su tribu por derecho de
sucesión; así es que el Sr. Nick y Lionel no fueron molest a-
dos en su nuevo retiro.
Lord Gosford observaba con extremada atención los
trabajos de los reformistas que continuaban agitándose lo
mismo en el Alto que en el Bajo Canadá. El distrito de
Montreal estaba especialmente sometido a la vigilancia de la
policía, que no se daba punto de descanso, esperando de un
instante a otro estallase una insurrección en las parroquias
cercanas al Richelieu, tomándose, como era natural, medidas
para sofocarla en su principio, caso de no poder impedirla; y
en esa previsión los soldados de que sir John Colborne podía
disponer; fueron a situarse en los confines del condado de
Montreal y limítrofes.
Los partidarios de la reforma no ignoraban que la lucha
sería muy difícil de sostener; pero esto no era bastante para
detenerlos en sus propósitos, porque pensaban que la causa
nacional tendría por defensores a todos los fra n-
co-canadienses, quienes acudirían a reunirse en masa alrede-
dor de la bandera del reformismo; y, en efecto, éstos no
esperaban más que una señal para empuñar las armas, desde
que la escaramuza de Chipogán les reveló la presencia de
Juan Sin Nombre; señal de que el popular agitador no había
dado aun porque las decisiones antiliberales que sin duda
iba a tomar el Gabinete británico, no se habían acordado
todavía.


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Desde el misterioso retiro de Casa Cerrada, en donde
vivía con su madre, Juan no cesaba de observar con atención
el estado de los espíritus. Durante las seis semanas que iban
ya transcurridas, el abate Joann había ido varias veces, en
medio de la noche, a conferenciar con su hermano; así es
que éste se hallaba muy al corriente de las eventualidades de
la política. Lo que él esperaba, como efecto de las tendencias
opresivas de las Cámaras inglesas, es decir, la suspensión de
la Constitución de 1791, y por lo tanto, la disolución de la
Asamblea canadiense, si tal medida se adoptaba, o, la pr o-
rrogación de ella en caso contrario, no era todavía más que
un proyecto. El joven revolucionario, lleno de ardor, estuvo
veinte veces a punto de abandonar Casa Cerrada para rec o-
rrer públicamente el condado y excitar a los patriotas, hal a-
gado con la esperanza de que los habitantes de las ciudades y
del campo se alzarían a su voz, seguro de que todos harían
buen uso de las armas de que había provisto a los centros
reformistas en su último viaje de propaganda por el San L o-
renzo. Los realistas, pensaba él, serían en el primer momento
aniquilados por el número, y la aut oridad de los opresores
terminaría.
El abate Joann le aconsejó abandonara este designio,
porque si por desgracia el primer choque producía una d e-
rrota, arrastraría consigo toda esperanza para el porvenir; y
dicha derrota era de temer, porque las tropas reunidas alr e-
dedor de Montreal estaban prontas a marchar a cualquier
punto de los condados limítrofes en donde se iniciara la r e-
belión.


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Convenía, pues, obrar con extremada cautela, y valía
más esperar que la exas peración pública llegase a su colmo
por causa de las tiránicas medidas del Parla mento y las exac-
ciones de los agentes de la Corona. Estas razones eran suf i-
cientes para retrasar el movimiento, a pesar de la gran
impaciencia que experimentaban los Hijos de la Libertad.
Cuando Juan huyó de Chipogán, conta ba como seguro
que el mes de Octubre no finalizaría sin que una insurre c-
ción general se produjese en el Canadá; y no obstante, el 23
de dicho mes nada indicaba que dicho movimiento estuviera
próximo a estallar, cuando de repente la ocasión prevista por
el joven patriota se presentó, provocando las primeras mani-
festaciones.
Según la relación hecha por los tres de legados nueva-
mente nombrados por el Go bierno inglés, la Cámara de los
Lores y la Cámara de los Comunes se habían apre surado a
adoptar las proposiciones siguientes: empleo de los fondos
públicos sin autorización de la Asamblea canadiense; acus a-
ción de los principales diputados reformistas; modificación
de la Constitución, exigiendo al elector francés un cen so
doble que al inglés, e irresponsabilidad de los ministros ante
las Cámaras.
Estas medidas, tan injustas como vio lentas, turbaron el
país entero y exaltaron los sentimientos patrióticos de la raza
franco-canadiense. Era más de lo que los ciudadanos podían
sufrir, y naturalmente todos los habitantes de las parroquias
de ambas orillas del San Lorenzo acudieron en masa a los
meettings.


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En Laprairie hubo el día 15 de Septiembre una reunión
a la que asistieron el delegado francés, que había recibido al
efecto órdenes de su Gobierno, y el encar gado de negocios
de los Estados Unidos, residente en Quebec.
En Santa Escolástica, en Saint -Ours; y en particular en
los condados del Bajo Canadá, se pidió la ruptura inmediata
de las relaciones con la Gran Bretaña; se provo có a los r e-
formistas para que pasaran de las palabras a los hechos, y se
decidió pedir el concurso de los americanos.
Se estableció una caja, en la cual se recogerían las ofre n-
das que se hicieran, por pequeñas que fuesen, para sostener
la causa popular, e inmediatamente se orga nizaron manifes-
taciones, en las que se veían banderas con los siguientes l e-
treros:
¡Huid, tiranos! ¡El pueblo despierta! ¡Unión de los pu e-
blos, terror de los grandes! ¡Antes queremos lucha sangrienta
que la opresión de un poder corrompido! Una bandera n e-
gra, en la que se veía una calavera con huesos puestos en
cruz, llevaba inscritos los nombres de Craig, Dalhousie,
Aylmer y Gosford, gobernadores hasta la saciedad aborrec i-
dos; y en honra de la antigua Francia, los manifestantes co n-
ducían también enhiesta una bandera blanca con el águila
americana rodeada de estrellas por un lado, y por el otro el
águila canadiense sosteniendo en el pico una rama de arce
con este lema ¡Nuestro porvenir! ¡Libre como el aire!
Ya se ve hasta que grado llegaba la sobrexcitación de los
espíritus. Inglaterra podía temer que la colonia rompiese de
una vez el lazo que la unía a ella. Los re presentantes de su
autoridad en el Cana dá turnaron importantes medidas en


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previsión de una suprema lucha, si bien apa rentaban no ver
más que turbulencias de una facción en donde realmente se
trataba de un movimiento nacional.
El 23 de Octubre se reunió una asamblea en San Carlos,
el mismo pueblo en que Juan Sin Nombre se refugió en casa
de su madre y que iba a ser el teatro de acontecimientos
tristemente célebres. Los seis condados de Richelieu, de San
Jacinto, de Rouville, de Chambly, de Verchères y de Acadia;
enviaron sus representantes. Trece diputados debían hablar,
y entre ellos Papineau, entonces en el apo geo de su popula-
ridad. Más de seis mil personas, hombres, mujeres, niños,
acudieron de diez leguas en redondo y acam paron en medio
de una vasta pradera perteneciente al doctor Duvert, alrede-
dor de una columna rematada en un gorro fri gio; y para que
no se dudase de que el elemento militar hacía causa común
con el elemento civil, una compañía de milicianos agitaba sus
armas al pie de dicha columna.
Papineau pronunció, después de algunos otros oradores
más fogosos que él, un discurso, que pareció acaso demasi a-
do moderado, aconsejando mantenerse en el terreno de la
agitación constitucional. El doctor Nelson, presidente de la
Asamblea, le respondió en medio de frenéticas aclamaciones,
diciendo.. «que había llegado el tiempo de fundir las cucharas
para hacer balas.» El doctor Cote, representante de la Ac a-
dia, apoyó a su colega con estas enér gicas y excitantes pala-
bras:
-¡Ha pasado ya el tiempo de los dis cursos! ¡Plomo es lo
que ahora precisa enviar a nuestros enemigos!


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Trece proposiciones fueron adoptadas, mientras que los
hurrahs se mezclaban a las salvas de los fusiles de los milici a-
nos.
Estas proposiciones, tales como las resume M. O. David
en su folleto Los Patriotas, empezaban por una distinción de
los derechos del hombre; afirmaban el de recho y la neces i-
dad de resistir a un Go bierno titánico; aconsejaban a los
soldados ingleses que desertasen de sus filas; alentaban al
pueblo para que rehusara obediencia a los magistrados y a
los oficiales del ejército nombrados por el Go bierno, y, por
fin, proclamaban la conve niencia de orga nizarse como los
Hijos de la Libertad.
Papineau y sus colegas desfilaron des pués por delante
de la simbólica columna, mientras que todos los jóvenes
entonaron en coro un himno adecuado a las circunstancias.
En aquel momento parecía que el entu siasmo no podía
llegar más allá, y sin em bargo, creció de punto algunos in s-
tantes al aparecer en medio de la Asamblea un nuevo pers o-
naje.
Éste era un joven de mirada ardiente y apasionada, que,
subiendo al pedestal de la columna, dominó a la muchedum-
bre. En su mano ondeaba la bandera de la in dependencia
canadiense. Algunos le conocieron; pero antes que nadie el
abogado Gramont lanzó su nombre al aire, y todos los co n-
currentes lo repitieron en medio de frenéticos aplausos:
«¡Juan Sin Nombre!... ¡Juan Sin Nombre!»
El joven, que acababa de dejar Casa Cerrada, se mostra-
ba en público por primera vez desde la sublevación de 1835,
y el entusiasmo fue indescriptible. Después de unir su no m-


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bre a los de los que protestaban, desapareció... Mas se le
había visto, y el efecto producido fue inmenso.
Estos incidentes ocurridos en San Car los fueron en se-
guida conocidos en todo el Canadá. Otros meetings se celebra-
ron en la mayor parte de las parroquias del distrito, y en
vano fue que el obispo de Montreal, monseñor Lartigues,
procurase calmar los espíritus por medio de una pas toral
llena de moderación evangélica: la explosión estaba ya cerc a-
na.
El señor de Vaudreuil en su retiro, y Clary en la villa
Montcalm, tuvieron aviso de ello por dos esquelas cuya letra
les era bien conocida; y lo mismo sucedió con Tomás Ha r-
cher y sus hijos, reunidos en Saint -Albans, ese pueblecillo
americano en donde esperaban con impaciencia el tiempo
oportuno para pasar otra vez la frontera.
El invierno se había iniciado ya con ese cambio brusco
propio del clima del Norte de América. Las vastas llanuras
no ofrecían ningún obstáculo a las ráfagas que llegaban de
las regiones polares, y el Gulf-stream, yéndose hacia Europa,
no les prestaba su agradable calor. Ninguna transición había
habido entre los calores del estío y los fríos del período i n-
vernal. La lluvia caía sin cesar, a través de la cual se dejaba
ver de vez en cuando algún rayo de sol, completamente de s-
provisto de calórico; en pocos días los árboles fueron de s-
pojados por completo de sus hojas, formando en el suelo
una espesa alfombra, bien pronto cubierta por la nie ve que
invadiría todo el país canadiense.


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Pero ni la fuerza de las borrascas ni la ruda temperatura
de aquel clima eran su ficientes para impedir a los patriotas
alzarse a la primera señal.
En estas condiciones, para todos desfavorables, una c o-
lisión producida el 6 de Noviembre en Montreal puso frente
a frente los dos bandos contrarios.
El primer lunes de cada mes los Hijos de la Libertad
acostumbraban reunirse en las grandes poblaciones para
hacer una manifestación. pública; aquel día los pa triotas de
Montreal quisieron que tuviera gran resonancia, y al efecto se
citaron para dicha manifestación en el centro mis mo de la
ciudad, en un local vastísimo de la calle de Santiago.
Los miembros del Dorie-club, al saber la noticia, hicieron
fijar en las esquinas una proclama diciendo: «que había llega-
do ya la hora de aplastar la rebelión en su principio» y los
leales al régimen opre sor, los constitucionales y los emple a-
dos, fueron invitados para reunirse en la plaza de Armas.
El meeting popular tuvo efecto en el día y en el sitio ind i-
cado; Papineau se hizo aplaudir calurosamente por su discur-
so, y otros oradores como Brown; Quinet y Eduardo Rollier
provocaron entusiastas aclamaciones.
De repente una lluvia de piedras cayó sobre el sitio en
que estaban los manifestantes: eran los serviles que atacaban
a los patriotas. Estos, armados sólo con bastones, formáron-
se en cuatro columnas, se lanzaron a la calle, cayeron sobre
los miembros del Dorie -club y los rechazaron vivamente
hacia la plaza de Armas. Entonces los tiros empezaron por
ambas partes; Brown recibió un violento golpe que le tendió
en tierra, y uno de los más acérrimos partidarios de la refo r-


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ma, el caballero de Lorimier, fue herido en un muslo por una
bala.
Sin embargo, aun cuando los miembros del Dorie-club
habían sido rechazados, no se consideraban vencidos, s a-
biendo que las tropas les apoyarían, y con gran pla cer de los
demás leales, se dispersaron por las calles de Montreal, ro m-
pieron a pedradas las ventanas de la casa de Papi neau y sa-
quearon las prensas del Vindicator, periódico liberal que
combatía desde largo tiempo a favor de la causa franco -
canadiense.
Después de esta algarada, los patriotas fueron persegu i-
dos con más encarniza miento. Ordenes de prisión, exped i-
das por mandato de lord Gosford, obligaron a los
principales jefes a salir precipitadamente de la ciudad, por
más que todas las casas se abrieron para darles asilo. El s e-
ñor de Vaudreuil, que se había batido también, tuvo que
volver a su retiro, en donde le había buscado en vano la p o-
licía desde la escaramuza de Chipogán.
Lo propio sucedió con Juan -Sin-Nombre, que apareció
de nuevo en las circunstancias siguientes:
Después de la manifestación del 6 de Noviembre, alg u-
nos ciudadanos notables habían sido presos en los alreded o-
res de Montreal, entre otros el Sr. Demaray y el doctor
Davignon, de San Juan de Iberville, a quienes un destac a-
mento de caballería había de conducir al lugar designado el
día 22 de Noviembre.
Uno de los más atrevidos partidarios de la causa naci o-
nal, representante del condado de Chambly, L. M. Viger, «el
hermoso Viger» como se lo llamaba en las filas de los ins u-


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rrectos, fue avisado del arresto de sus dos amigos, y el ho m-
bre que fue a darle la noticia le era desconocido.
-¿Quién sois? le preguntó.
-Poco importa eso, le respondió este hombre. Los pr i-
sioneros, encerrados en un coche, van a atravesar la parr o-
quia de Longueuil, y es preciso libertarlos.
-¿Estáis solo?
-Mis amigos me esperan.
-¿En dónde nos reuniremos con ellos?
-En el camino.
-Vamos, pues.
Y así lo hicieron. Los partidarios no faltaron ni a Viger
ni a su compañero. Llegaron a la entrada de Longueuil, se-
guidos de buen número de patriotas que se apostaron a
cierta distancia del pueblo; pero habiéndolo sabido el Go-
bierno, un grueso destacamento de tropa acudió para apoyar
a la caballería que es coltaba el coche, y el jefe de la fuerza
hizo saber a los habitantes del pueblo que si se unían a Viger,
la población sería entregada a las llamas.
-Nada tenemos que hacer aquí, dijo el desconocido,
cuando estas amenazas llegaron a sus oídos. Venid...
-¿Adónde? preguntó Viger.
-A dos millas de Longueuil, respon dió. No demos pr e-
texto a los tiranos para que se entreguen a las represalias; no
nos conviene por ahora.
-¡Partamos! dijo Viger.
Y ambos emprendieron la marcha por los atajos, segu i-
dos de sus compañeros. Al llegar cerca de la granja de Tr u-
deau, se apostaron en un campo, cercano. Ya era tiempo,


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pues una nube de polvo que se levantaba a un cuarto de m i-
lla, anunciaba la aproximación de los prisioneros y de su
escolta.
El coche llegó, y en seguida Viger, avanzando hacia el
jefe de la escolta:
-¡Alto! dijo. ¡Entregadnos a los prisioneros, en nombre
del pueblo!
-¡A mí! gritó el oficial dirigiéndose a su tropa. ¡Pronto!
-¡Alto! repitió el desconocido.
De repente un hombre se abalanzó para prenderle; era
un agente de la casa Rip y Compañía, uno de los que se h a-
bían hallado en la refriega de Chipogán.
-¡Juan Sin Nombre! exclamó cuando estuvo frente por
frente del joven proscrito...
-¡Juan Sin Nombre! repitió Viger corriendo hacia su
compañero.
Y de repente estallaron, con una irresistible alegría, gr i-
tos de indecible entusiasmo.
En el momento en que el oficial daba orden de apod e-
rarse de Juan Sin Nombre, fue derribado del caballo por un
vigoroso canadiense que había salido al camino, mientras
que los demás, ocultos entre el follaje, aguardaban las órd e-
nes de Viger, órdenes que éste multiplicaba con voz de tru e-
no, como si hubiera dispuesto de un centenar de
combatientes. Durante aquel tiempo, Juan se aproximó al
coche, rodeado por algunos de sus partidarios, tan de cididos
a defenderla como a libertar a los señores Demaray y Davi g-
non.


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Pero, después de levantarse, el oficial mandó hacer fu e-
go, y seis o siete tiros so naron a la vez. Viger recibió dos
balas que le hirieron, pero no mortalmente, pues la una le
rozó una pierna y la otra le llevó la última falange del dedo
meñique, lo que no le impidió disparar un pistoletazo, que
alcanzó en la rodilla al jefe de la escolta.
Entonces se apoderó un gran pánico de los caballos del
destacamento; varios de ellos, heridos, se desbocaron, y los
soldados, creyendo habérselas con un millar de hombres, se
dispersaron por la campiña. Libre ya el coche, Juan Sin
Nombre y Viger corrieron a las portezuelas, que abrie ron, y
los prisioneros fueron llevados en triunfo hasta el pueblo de
Boucherville.
Un momento después de la refriega, cuando Viger y los
demás buscaron a Juan Sin Nombre, éste había desaparec i-
do, sin que ninguno advirtiera la dirección que había tom a-
do, si bien nadie dudaba de que se le volvería a ver
seguramente, cuando empezara la lucha que había de decidir
de la independencia canadiense.


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II
SAN DIONISIO Y SAN CARLOS
No estaba lejano el día en que estallara la revolución,
pues ambos partidos se ha llaban ya, puede decirse, frente a
frente. Pero ¿cuál sería el teatro de la lucha? Sin duda los
condados limítrofes al de Montreal, en los que la efervescen-
cia tomaba proporciones muy inquietantes para el Gobierno,
sobre todo en los de Verchères y San Jacinto. Se hablaba
muy particularmente de dos de las más ricas parroquias b a-
ñadas por el Richelieu y situadas a po cas leguas una de otra:
San Dionisio, en donde los reformistas habían concentrado
sus fuerzas, y San Carlos, en la que Juan, vuelto a Casa C e-
rrada, se preparaba a dar la señal del alzamiento.
El Gobernador general había tomado todas las medidas
que exigían las circunstancias, y por lo tanto los revoluciona-
rios no podían contar con sorprenderle en su palacio para
aprisionarle y sustituir con la autoridad popular la de la M e-
trópoli. En previsión de que el ataque se iniciara por los pa r-
tidarios de la dominación in glesa, los defensores de la
independencia canadiense se acantonaron en unas posiciones


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en que la resistencia podía organi zarse en mejores condicio-
nes, y todos sus esfuerzos tenderían a pasar de la defensa al
ataque.
La primera victoria obtenida traería en pos de sí el co n-
dado de San Jacinto, la sublevación general de las poblaci o-
nes ribereñas del San Lorenzo, y por con siguiente el
aniquilamiento de la tiranía anglo-sajona desde el lago Onta-
rio hasta la embocadura del río.
Lord Gosford no ignoraba ninguno de estos detalles;
pero no disponiendo sino de pocas fuerzas, que seguramente
sucumbirían bajo el peso de la insurrección, importábale
sofocar ésta en un principio, por un golpe certero en San
Dionisio y en San Carlos, lo que se intentó después de la
refriega de Longueuil. Sir John Colborne, que tenía la jefat u-
ra del ejército anglo-canadiense, lo dividió en dos colum nas;
la una mandada por el teniente coronel Witherall, y la otra
por el coronel Gore.
Este ultimo, después de hacer con ra pidez sus prepara-
tivos, salió de Montreal el 22 de Noviembre. Su columna,
compuesta de cinco compañía s de tiradores y de un dest a-
camento, de a caballo, no tenía más artillería que una pieza
de campaña. Llegó a Sorel el mismo día por la tarde, y sin
descansar apenas; se puso nuevamente en marcha, pues aun
cuando estaba el tiempo malísimo y el camino poco menos
que impracticable, no titubeó ni un solo instante en pros e-
guir su ruta, en medio de una noche muy oscura. Su pr o-
yecto era el de batir a los insurrectos de San Carlos, des pués
de haber derrotado a los de San Dionisio; pero antes de todo


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ataque pensaba procederá la detención de cuantos cabeci llas
pudiese, con ayuda del diputado sheriff, que le acompañaba.
El coronel Gore había salido de Sorel hacía algunas h o-
ras cuando el teniente Weir, que pertenecía al regimiento nú-
mero 32, llegó allí para entregarle un plie go cerrado de sir
John Colborne. Como el despacho era urgentísimo, Weir se
puso nuevamente en camino; y tomando por un atajo se dio
tanta prisa, que, llegando a San Dionisio antes que los sold a-
dos, cayó en poder de los patriotas. El doctor Nelson, encar-
gado de la defensa, interrogó a este joven oficial y pudo
obtener de él la confesión de que el coronel Gore, a marchas
forzadas, se dirigía al pueblo, y que llegaría, sin duda alguna,
al amanecer del día siguiente.
Sabido esto, puso al detenido bajo la custodia de alg u-
nos hombres, recomendándoles que le guardasen las may o-
res atenciones, y procedió a activar con gran rapidez los
preparativos de defensa.
Entre otras compañías de patriotas exis tían las que se
designaban con el nombre de Castors y de Raquettes, hábiles
en el manejo de las armas, y cuya conducta fue en extremo
brillante en aquella jornada. Bajo las órdenes del doctor Nel-
son se hallaban Papineau y algunos otros diputados, el comi-
sario general Felipe Pacaud y los señores de Vaudreuil,
Vicente Hodge, Andrés Farran; William Clerc y Sebastián
Gramont; quienes; llamados todos por Juan, habían ido a
unirse con los reformistas; esquivando, no sin trabajo, las
pesquisas de la policía.
Clary de Vaudreuil también se encontraba allí, porque
acababa de llegar al lado de su padre, a quien no había vuelto


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a ver desde las ocurrencias de Chipogán; pues noticioso éste
de que había recaído orden de arresto contra él, tuvo necesa-
riamente que abandonar con precipitación la villa Montcalm,
lleno, sin embargo, de inquietud por dejar sola en ella a su
hija, expuesta a toda clase de peligros. Así es que cuando
resolvió irse a San Dionisio, la propuso que fuera a re u-
nírsele, lo que Clary hizo sin vacilar un instante: máxime
cuando no dudaba del éxito definitivo de la insu rrección,
sabiendo que Juan Sin Nombre iba a ponerse al frente de los
patriotas. El señor y la señorita de Vaudreuil estaban, por lo
tanto, reunidos en aquel pueblo, bajo la hospitalidad de su
amigo el juez Froment, que sigilosamente los albergaba.
Los conjurados de San Dionisio adop taron una medida
a la que Papineau tuvo que someterse, muy a pesar suyo. El
doctor Nelson y algunos otros hicieron com prender al vale-
roso diputado que su sitio no estaba en el teatro de la lucha;
que su vida era preciosa en demasía para que la arriesgara sin
necesidad, y que debía irremisiblemente salir de San Dionisio
y ocultarse en un sitio tan reservado y seguro, que los age n-
tes de Gilberto Argall no pudieran descubrirle.
Y así lo hizo, no obstante el pesar que semejante proc e-
der le producía. La noche entera la pasaron los patriotas
fundiendo balas, arreglando municiones y pertre chándose
para la guerra.
El hijo del doctor Nelson, sus compa ñeros, el señor de
Vaudreuil y demás amigos, trabajaron también sin descanso;
pero desgraciadamente el armamento de jaba mucho que
desear, pues los fusiles, sobre ser escasos en número, eran de


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chispa, marraban muchas veces, y su al cance no pasaba más
allá de un centenar de pasos.
Nuestros lectores no habrán olvidado que Juan, durante
sus correrías por el San Lorenzo, había distribuido armas y
municiones por todas partes, y que como cada uno de los
condados hubo de recibir su contingente en previsión de un
alzamiento general, no hicieron depósito de ellas en un
punto determinado; cosa que hubiera sido conveniente en
San Carlos y en San Dionisio, si hubieran podido prever que
era allí donde iba a producirse el primer choque.
Mientras tanto, el coronel Gore avanzaba en medio de
aquella noche fría, y un poco antes de llegar a San Dionisio,
dos canadienses franceses que cayeron en sus manos le dij e-
ron que los insurrectos no le dejarían atravesar la parroquia,
pues lucharían hasta morir.
El coronel, sin dar un instante de tregua a sus soldados,
los arengó diciéndoles que la nación inglesa los miraba, que
el honor Militar exigía batirse con denuedo, que no tenían
que esperar cuartel de los sublevados; y hecho esto, los div i-
dió en tres columnas, colocando una en un bosquecillo que
se hallaba al Este del pueblo, otra en la orilla del río, mie n-
tras que la tercera, arrastrando consigo su único cañón, co n-
tinuó su marcha por la carretera.
A las seis de la mañana el doctor Nelson, los señores
Vicente Hodge y Vaudreuil montaron a caballo para hacer
un reconocimiento por el camino de Saint-Ours. La oscur i-
dad era -tanta, que faltó
muy poco para que los tres cayesen en poder de la va n-
guardia enemiga.


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Retrocedieron inmediatamente, y al entrar en San Di o-
nisio dieron orden de cortar los puentes y de repicar las
campanas, para que los patriotas se reunieran, sin perder
tiempo, en la plaza.
¡Cuántos eran! A lo sumo setecientos u ochocientos,
pocos en número y mal armados, pues mientras unos llev a-
ban fusiles, otros empuñaban hoces, horquillas y picas; pero
todos absolutamente decididos a perder la vida antes que
permitir la entrada a los soldados del coronel Gore.
Ya reunidos, el doctor Nelson segregó a los que se h a-
llaban en estado de hacer fuego, y los apostó del siguiente
modo: en el piso segundo de una gran casa de piedra situada
en la orilla del camino, colocó a unos sesenta, y con ellos
estaban el señor de Vaudreuil y Vicente Hodge; a veinticinco
pasos de allí, detrás de una fábrica de alcoholes cuya propi e-
dad le pertenecía, parapetó a treinta, entre los que se veían
William Clerc y Andrés Farran; en el fondo de un almacén,
dependiente de la mencionada fábrica, ocultó una docena, en
compañía del diputado Gramont. Los demás, reducidos a
combatir con arma blanca, se resguardaron detrás de los mu-
ros de la iglesia, prontos a precipitarse sobre los sitiadores.
En aquel momento, a eso de las nueve y media de la
mañana, tuvo lugar un trá gico acontecimiento, nunca bien
explicado por nadie.
El teniente Weir, prisionero del doctor Nelson, y a
quien algunos hombres acom pañaban por el camino, tan
luego como divisó la vanguardia del coronel Gore, procuró
escapar para unirse a los suyos; mas habiendo tropezado,
cayó, y, no te niendo tiempo para levantarse, fue muerto a


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sablazos. ¿Quiénes fueron los que le mataron? No se supo
jamás.
Presentes ya en el pueblo los soldados, empezó el co m-
bate; una de las primeras balas de cañón lanzadas contra la
casa de piedra, mató a dos canadienses apostados en el s e-
gundo piso, mientras que un tercero, que hacía fuego desde
una de las ventanas, fue gravemente herido.
Durante algunos minutos, numerosos tiros sonaron por
ambas partes, y los soldados que ofrecían blanco a la punt e-
ría pagaron muy caro la imprudente indife rencia con que se
exponían al fuego de aquellos «aldeanos»como los llamaban.
Pelearon con bizarría; pero fueron diezmados por los defen-
sores de la casa de piedra, y tres de sus artilleros cayeron con
la mecha en la mano, al lado de la pieza que servían.
Sin embargo, los proyectiles no choca ban en balde con
las paredes, y bien pronto se observó que el segundo piso de
la mencionada casa no ofrecía seguridad alguna.
-¡Al piso bajo! exclamó el doctor Nelson.
-Sí, respondió Vicente Hodge; desde allí tiraremos más
de cerca sobre las casacas encarnadas.
Bajaron todos, y las descargas empezaron con rapidez.
Los reformistas demostraban un valor sin igual; algunos,
intrépidos hasta lo in descriptible, salieron al camino y se
batían al descubierto; mas como esto era una imprudencia
peligrosísima, el doctor Nelson envió a su ayudante Perrault,
natural de Montreal, con orden de que se retira ran; pero
cumplió su misión con tan mala estrella, que recibiendo en
aquel momento dos balazos, cayó muerto.


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Por espacio de más de una hora el ti roteo continuó sin
cesar, si bien con gran daño para los sitiadores; quienes t u-
vieron bastantes bajas, no obstante hallarse resguardados por
las paredes y por montones de madera.
Contrariado por esto el coronel Gore, y viendo además
que se agotaban sus municiones, mandó al capitán Markman
que atacara a los enemigos por retaguardia. Markman lo i n-
tentó; no sin perder la mayor parte de sus hombres y no sin
que una bala le alcanzara también, derribándole del caballo,
teniendo que ser llevado en brazos de sus soldados.
El combate tomaba mal giro para los realistas, quienes
en aquel momento oye ron gritos por la parte del camino y
comprendieron que iban a ser cercados.
Un hombre acababa de presentarse; un hombre alred e-
dor del cual los franco canadienses se apiñaban, siempre que
aparecía, como en torno de una bandera.
-¡Juan Sin Nombre! ¡Juan Sin Nom bre! exclamaron,
blandiendo sus armas.
Era, en efecto, el joven patriota, que lle gaba a la cabeza
de un centenar de insurrectos reclutados en San Antonio, en
Saint-Ours y en Contrecœur, y con los cuales había atravesa-
do el Richelieu en medio de las balas enemigas.
-¡Adelante, Raquettes y Castors! exclamó, lanzando a sus
compañeros al encuentro de los contrarios.
A su voz, los patriotas cayeron sobre los realistas, visto
lo cual por los que aun se mantenían en la casa sitiada, y,
alentados por tan inesperado refuerzo, hicieron una salida.
El coronel Gore tuvo que batirse en retirada, tomando la
dirección de Sorel, dejando varios prisioneros y su ca ñón en


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poder de los vencedores. Contaba unas sesenta bajas entre
muertos y heri dos, mientras que los reformistas solamente
tuvieron que deplorar la muerte de cuatro héroes y curar las
heridas a otros cuatro.
Tal fue el resultado de la batalla de San Dionisio.
La noticia de aquella victoria se espar ció con extremada
rapidez por todas las parroquias ribereñas de Richelieu y por
los condados próximos al San Lorenzo.
Era un buen principio para los partida rios del refo r-
mismo, pero sólo un princi pio; así es que Juan, en el m o-
mento en que sus parciales se reunían para recibir órdenes de
sus jefes, les dijo estas palabras, como atándolas a una nueva
victoria:
-¡Patriotas, a San Carlos!
Nuestros lectores no habrán olvidado que este pueblo
se hallaba amenazado por la columna de Whiterall.
Una hora más tarde, el señor de Vau dreuil y Juan, de s-
pués de despedirse de Clary, conocedora ya por ellos del
éxito de la jornada, se habían unido a sus com pañeros, que
se dirigían a San Carlos.
En aquella ciudad iba a decidirse, dos días después, la
suerte de la insurrección de 1837.
Merced a la concentración de los refor mistas en San
Carlos, éste era ciertamente el principal teatro de la rebelión,
y por consiguiente hacia este punto fue adonde el teniente
coronel Whiterall se dirigió, con fuerzas relativamente consi-
derables; así es que Brown, Desrivières, Gauvin y otros, o r-
ganizaron una vigorosa defensa. Podían contar, sin duda
alguna, con aque lla ardiente población, que se había pro-


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nunciado ya, expulsando de la ciudad a uno de los notables
acusado de ser parti dario de los anglo -canadienses; y ¡cosa
singular! alrededor de la casa de éste, convertida en fortaleza,
fue donde Brown, jefe de los insurrectos, estableció un cam-
pamento que debía servir de punto de reunión para las fue r-
zas de que disponía.
La distancia de San Dionisio a San Carlos no era más
que de seis millas, y por lo tanto las detonaciones de artillería
se oyeron perfectamente durante la jornada del 23; y antes de
que llegara la noche; los habitantes de esta última ciudad su-
pieron que los realistas habían tenido que batirse en retirada
hacia Sorel.
La impresión producida por esta primera victoria fue
tan grande, que las puertas de todas las casas se abrieron de
par en par, dando paso a sus moradores, que salían a la calle
dominados por un patriótico delirio.
Tan sólo una no se abrió; ésta era Casa Cerrada; situada
en un extremo del pueblo, a la revuelta de la carretera, y por
consiguiente algo lejos del campamento. La vivienda de
Bridget estaba, por esta razón, menos en peligro que las c a-
sas inmediatas para el caso de que la población fuese atacada
y forzada por las tropas realistas.
Bridget esperaba los acontecimientos con su acostu m-
brada resignación, pronta a recibir a sus hijos si las circun s-
tancias obligaran a éstos a ir a pedirle asilo; pero a la sazón el
abate Joann visitaba las parroquias del Alto Canadá, pred i-
cando en favor de la insurrección, y Juan, no ocultándose ya,
había aparecido de nuevo a la cabeza de sus partidarios. Su
nombre corría de boca en boca a través de los con dados de


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San Lorenzo, y por más que la casa de su madre estuviese
constantemente cerrada, ese nombre llegó hasta allí, y con él
la noticia de la victoria de San Dio nisio, a la que estaba ínt i-
mamente unido.
Bridget se preguntaba a sí misma si Juan acudiría al
campamento de San Carlos; si le haría una visita; si traspas a-
ría el umbral de su casa para decirle lo que había hecho, lo
que pensaba hacer, y para abrazarla de nuevo. En realidad
esto dependería de las fases que presentara la insurrección;
así es que la pobre madre es taba pronta a cualquier hora del
día o de la noche a recibir a su hijo en Casa Cerrada.
Cuando lord Gosford supo la derrota de las tropas en
San Dionisio, temiendo que los vencedores fueran a reunirse
con los patriotas de San Carlos, aumentando así las fuerzas
de éstos, dio orden de que la columna de Whiterall retroc e-
diera; pero era ya demasiado tarde. Los correos en viados
desde Montreal por sir John Colborne fueron detenidos en
el camino, y las tropas, en vez de retroceder, prosiguieron su
marcha.
Nada podía ya impedir el choque entre los sublevados
de esta población y los soldados de la Gran Bretaña.
Desde el día 24, Juan se hallaba en medio de los defe n-
sores del campamento, y con él habían acudido los señores
de Vaudreuil, Andrés Farran, William Clerc, Vi cente Hodge
y Sebastián Gramont.
Dos días antes, Tomás Harcher y sus cinco hijos may o-
res habían salido de Saint -Albans, y traspasando la frontera
americana, llegaron a San Carlos resueltos a cumplir con su
deber hasta el fin.


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Es preciso que consignemos aquí que nadie dudaba de
un éxito definitivo, ni los jefes políticos del partido de la
oposición, ni el señor de Vaudreuil y sus amigos, ni Tomás
Harcher, ni Pedro, Remigio, Miguel, Tony y Santiago, sus
valientes hijos, ni ninguno de los habitantes de la ciudad,
sobrexcitados como estaban con el pensamiento de que a
ellos se debería el último golpe dado a la tiranía anglosajona.
Sin embargo, antes de atacar a San Car los, el teniente
coronel Witherall mandó a Brown y a sus compañeros un
mensaje en el que les decía que, si querían someterse, nada se
les haría.
Esta proposición fue rechazada por unanimidad; Brown
y los suyos pensaron que cuando los realistas, después de lo
ocurrido en San Dionisio, venían con arrogan cia y les ofr e-
cían misericordia, era seguro que se sentían incapaces de
forzar el campamento.
¡No! No se les permitiría llegar a San Carlos para llevar
allí a cabo sangrientas represalias, sino que, en cuanto se
presentara la columna de Witherall, sería rechazada, dispersa;
y la nueva derrota que es peraba a los realistas, derrota co m-
pleta esta vez, aseguraría la victoria definitiva. Así se pensaba
y se hablaba en las filas de los patriotas.
Y en verdad que los defensores del cam pamento no
eran muy numerosos: un pu ñado de hombres; pero lo más
selecto del partido. Entre jefes y soldados sumaban apenas
doscientos, armados con hoces, picas, palos y fusiles de
chispa; y para responder a la artillería realista. dispo nían tan
sólo de dos cañones casi inservibles.


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Mientras tanto se preparaban a recibir los; los soldados
de Witherall marchaban rápidamente, sin que se vieran det e-
nidos por los obstáculos que el invierno acumula en aquellas
regiones; pues estando el tiempo muy frío y la tierra seca,
andaban a buen paso, y las cureñas rodaban con bastante
facilidad por aquel suelo endurecido.
Los reformistas los aguardaban entu siasmados por su
última victoria, electri zados por la presencia de jefes tales
cono Brown, Desrivières, Gauvin, Vicente Hodge, Va u-
dreuil, Amiot, A. Papineau; Marchessault, Maynard, y, sobre
todo, de Juan Sin Nombre; ya hemos visto el caso que hici e-
ron de las proposiciones de Witherall, pues a la intimación
que les hizo para que se rindiesen y depusiesen las ar mas,
estaban prontos a responder a tiros, a palos, con hoces y con
picas.
No obstante, el campamento establecido en un extremo
de la ciudad ofrecía ciertas desventajas, que ya no era tiempo
de remediar. Si bien se hallaba resguardado de un lado por el
río y de otro por un gran montón de árboles cortados que
rodeaban la casa Debartzch, en cambio una colina le dom i-
naba por detrás, y los insurrectos canadienses estaban en
corto número para ocuparla.
Si los realistas llegaban a tomar posesión de ella, los pa-
triotas no tendrían más abrigo contra los tiros que la casa
Debartzch, llena de troneras; pero ¿podría en este caso resis-
tir a un asalto? O lo que es lo mismo: si se viesen reducidos a
la condición de sitiados, ¿Brown y sus compañeros tendrían
fuerza bastante para sostenerse contra los sitiadores?


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A eso de las dos de la tarde lejanos cla mores se dejaron
oír: después se produjo un gran desorden: un tropel de m u-
jeres, niños y ancianos llegaban a campo travie sa a San Ca r-
los. Eran los campesinos que huían.
A lo lejos se divisaban espesas columnas de negro h u-
mo, producidas por las casas incendiadas; las granjas cerc a-
nas ardían, y la columna mandada por Whiterall avanzaba en
medio de las ruinas y el degüello que señalaba su paso.
Brown detuvo a aquellos de los fugiti vos que se hall a-
ban en estado de empuñar las armas, y dejando el mando a
Marchessault, se lanzó al camino con el fin de reunir a todos
los hombres útiles para combatir. Después de tomar toda
clase de medidas que diesen por resultado prolon gar la r e-
sistencia, Marchessault apostó a sus hombres detrás de los
grupos de árboles que protegían el campamento.
-¡Aquí es, dijo, en donde va a decidirse la suerte del país!
¡Aquí es en donde es preciso defendernos!...
-¡Hasta morir! respondió Juan Sin Nombre.
En este momento las primeras detonaciones sonaron
muy cerca, y pudo com prenderse que desde el principio los
realistas iban a maniobrar con gran ventaja.
Y, en efecto, exponerse al fuego de los insurrectos, que,
apostados detrás de los agrupados árboles, habían matado ya
algunos soldados, hubiera sido una gran torpe za por parte
del teniente coronel Witherall, al cual, disponiendo de tre s-
cientos o cuatrocientos soldados de caballería y de dos pi e-
zas de artillería, le era muy fácil domi nar el campamento de
San Carlos y aplas tar a sus defensores. No es de extrañar,
pues, que, comprendiéndolo así, diese orden de dar la vuelta


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a las trincheras, para tomar posición en la colina de que ya
hemos hablado.
Este movimiento se ejecutó sin ninguna dificultad. Los
dos cañones fueron subidos a la cima, puestos en batería, y
el combate empezó con igual energía por am bas partes. To-
do esto se hizo con tal rapi dez, que Brown, ocupado en r e-
clutar a los fugitivos esparcidos por la campiña, no pudo
reunirse con los suyos, teniendo que refugiarse en San Di o-
nisio.
Los patriotas, aunque bastante mal res guardados, se de-
fendían con ardor. Marchessault, el señor de Vaudreuil, V i-
cente Hodge, Clerc, Farran, Gramont, Tomás Harcher, sus
hijos, todos los que tenían un fusil, respondían sin cesar al
fuego de los sitiadores. Juan Sin Nombre los ani maba sólo
con su presencia; mas lo que hubiera sido necesario era un
campo de batalla en donde los más valientes pudie ran com-
batir, cuerpo a cuerpo con el ene migo; pero su arrojo estaba
paralizado al verse obligados a sostener una lucha en aquellas
condiciones.
Si bien los defensores del campamento habían inutiliz a-
do a muchos de los de casa ca colorada, también habían s u-
frido pér didas muy sensibles. Una docena de sus
compañeros habían caído heridos unos, y muertos otros.
Entre estos últimos se ha llaba Remigio Harcher, tendido en
un charco de sangre y con el pecho abierto por una bala de
cañón. Cuando sus hermanos le levantaron para trasportarlo
a la espalda de la casa, era ya cadáver. Andrés Farran, con un
hombro destrozado, estaba ya allí, a donde lo habían cond u-
cido el señor de Vaudreuil y Vicente Hodge, quienes, de s-


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pués de dejarle en seguridad, se volvieron a su puesto de
combate.
Pero iba a hacerse muy pronto necesario abandonar este
último refugio. Los montones de árboles, destruidos por los
cañonazos, dejaban libre la entrada al campamento, y el t e-
niente coronel Witherall, habiendo mandado cargar a la b a-
yoneta, hizo «una verdadera carnicería» se gún los relatos de
este sangriento episo dio de la insurrección fra n-
co-canadiense.
Allí perecieron valientes patriotas, que, agotadas sus
municiones, se batían a cu latazos, y allí murieron los dos
hermanos Herbert, menos felices que A. Papineau, Amiot y
Marchessault, quienes llegaron a abrirse paso por medio de
los sitiadores, después de una heroica defensa. Allí caye ron
también, para no levantarse más, otros partidarios de la ca u-
sa nacional, cuyo número jamás fue conocido, porque el río
arrastró sus cadáveres.
Algunas víctimas hubo a la vez entre los personajes que
figuran en esta histo ria; y si bien Juan Sin Nombre, habié n-
dose batido como un león, siempre a la cabeza de los suyos
en medio de la pelea, no recibió ni una contusión siquiera,
otros en cambio, fueron más desgraciados. Después de R e-
migio, sus dos hermanos Miguel y Santiago, heridos grav e-
mente por la metralla, fueron llevados fuera del campamento
por Tomás y Pedro Harcher, y sus traídos de este modo al
atroz degüello que siguió a la victoria ganada por los rea-
listas.
William Clerc y Vicente Hodge hicieron también prod i-
gios de valor; veinte veces se les vio en lo más recio del


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combate con el fusil en una mano y la pistola en la otra. En
medio de la refriega siguieron a Juan Sin Nombre hasta la
batería establecida en lo alto de la colina, y en aquel m o-
mento hubiera tal vez muerto Juan, si Vicente Hodge no le
hubiese librado del tiro que le disparó un artillero.
-Gracias, señor Hodge, le dijo el joven patriota, pero tal
vez hayáis hecho mal... Todo hubiera concluido para mí aho-
ra.
Y, en efecto, más hubiera valido que el hijo de Simón
Morgaz quedase en el campo de batalla, puesto que la cau sa
de la independencia sucumbía en San Carlos.
Juan Sin Nombre, volviendo a la pelea, divisó al pie de
la colina al señor de Vaudreuil, que yacía en el suelo bañado
en su propia sangre.
Este había sido derribado de un sablazo cuando la caba-
llería de Witherall daba cargas en derredor del campamento
para acabar de dispersar a los insurrectos.
Y entonces, Juan oyó así como una voz interior que le
decía: «Salvad a mi padre.»
En medio del humo de la pólvora, Juan se arrastró hasta
el señor de Vaudreuil, sin conocimiento, muerto tal vez; le
levantó entre sus brazos y se lo llevó a lo largo de las tri n-
cheras. Después, mientras que los soldados perseguían a los
rebeldes con un encarnizamiento increíble, pudo llegar sin
tropiezo hasta el barrio alto de San Carlos, atravesando por
entre las casas ardiendo, y se refugió con su carga bajo el
pórtico de la iglesia.


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Eran entonces las cinco de la tarde, y las tinieblas, lo
hubieran dominado todo, a no ser por las llamas que se l e-
vantaban terribles por encima de las ruinas de aquel pueblo.
La insurrección, victoriosa en San Dionisio, acababa de
ser vencida en San Car los, no pudiéndose decir siquiera que
ambos partidos estaban iguales, no; esta derrota había de
tener peores resultados para la causa nacional que ventajas
reales había obtenido con su victoria, pues ani quilaba por
completo las esperanzas concebidas por los reformistas.
EL triunfo de Witherall fue completo, y los insurrectos
supervivientes tuvieron que huir a la desbandada.
William Clerc y Andrés Farran, lige ramente heridos, tu-
vieron que correr a campo traviesa, y expuestos a mil pel i-
gros, consiguieron pasar la frontera, no sabiendo lo que
había sido del señor Vaudreuil ni de Vicente Hodge.
¿Qué pasaría ahora a Clary en aque lla casa de San Di o-
nisio, en donde espe raba noticias? ¿No tendría que temerlo
todo de los vencedores si no huía de allí?
En esto meditaba Juan cuando se halla ba en la iglesia
custodiando al señor de Vaudreuil, que si bien no había
vuelto en sí daba, sin embargo, algunas señales de vida, pues
su corazón latía, aunque débilmente. Con cuidados inm e-
diatos hubiera sido tal vez fácil devolverle la salud; pero
¿dónde y cómo prodigarle estos cuidados? No había que
titubear; era preciso transportarle aquella misma noche a
Casa Cerrada.
Esta, en efecto, no estaba muy lejos; apenas unos
cuantos centenares de pasos bajando la calle principal de la
ciudad, y Juan resolvió hacerlo así en cuanto los soldados de


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Witherall salieran de San Carlos o acampasen para pasar la
noche.
¡Pero el señor de Vandreuil en casa de su madre, en casa
de la viuda de Simón Morgaz...! ¿Y si el padre de Clary s u-
piese algún día bajo que techo le había trans portado Juan...?
Es verdad. Mas él, el hijo del traidor, ¿no se había hosped a-
do en la villa Montcalm...? ¿No había sido com pañero de
armas del señor de Vandreuil...? ¿No acababa de librarle de
una muerte segura...? ¿Por qué no había de recibir los cuid a-
dos de una Bridget Mor gaz? Y además, ¿quién había de h a-
cérselo saber? Nadie podía despejar el incógnito bajo el que
se ocultaba aquella miserable familia.
Resuelto ya Juan a cumplir su proyecto, esperó el m o-
mento propicio para ponerlo en ejecución.
Y entonces su pensamiento voló hacia aquella casa de
San Dionisio, en la que Clary iba a saber la derrota de los pa-
triotas. Viendo que su padre no regresaba, ¿no pensaría que
había sucumbido? ¿Sería posible avisarla de que el señor de
Vaudreuil había sido transportado a Casa Cerrada, y librarla a
ella también de los peli gros que la amenazaban en aquella
ciudad quo iba a ser entregada a la venganza de los vencedo-
res?
Estas ideas llenaban de desconsuelo a Juan, cuya alma se
hallaba bastante lace rada por los desastres tan terribles que
acabara de sufrir la causa nacional. Tantas esperanzas conce-
bidas después de la victoria obtenida en San Dionisio, el al-
zamiento general de los condados, la insu rrección ganando
terreno en el valle del Richelieu y del San Lorenzo, el ejército
realista reducido a la impotencia, la inde pendencia conquis-


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tada, y él, Juan, habien do compensado con gloria el mal he-
cho a su país por la traición de su padre, ¡todo se había pe r-
dido... absolutamente todo!
¿Todo?... Sin embargo, ¿no sería posi ble emprender de
nuevo la lucha? ¿Acaso había muerto el patriotismo en el
corazón de los franco -canadienses porque algunos centena-
res de patriotas habían sido degollados en San Carlos?... No:
Juan empezaría de nuevo su obra; lucharía hasta morir.
Aun cuando estaba ya bien entrada la noche, en la ci u-
dad se mezclaban todavía los ruidosos hurras de los soldados
con los quejidos de los heridos. Las llamas, con su respla n-
dor siniestro, alumbraban las calles, pues habiendo reducido
a cenizas el campamento, se habían apoderado de las casas
más próximas, y Juan se preguntaba en dónde se detendría el
incendio... ¿Se habría corrido el fuego hasta el extremo del
pueblo, y, propagándose las llamas hasta la Casa Cerrada, no
encontraría ya a su madre?
Este temor le aterrorizó, no por él, que podría siempre
huir al campo, llegar a los bosques en medio de las tinieblas
de la noche y estar al amanecer fuera del alcance de sus pe r-
seguidores; pero ¿qué sería del señor de Vaudreuil? Si cayese
en poder de los realistas, estaba perdido sin remedio, pues ni
aun los heridos tuvieron cuartel en aquella sangrienta jorn a-
da.
A eso de las ocho, una relativa tranqui lidad pareció rei-
nar en San Carlos, ya fuera porque los habitantes habían sido
echados de la población, o porque, habiéndose marchado las
tropas de Whiterall, se ha bían refugiado en algunas de las
casas que se salvaron del incendio.


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Estando las calles desiertas en aquel momento, Juan
quiso aprovechar la oportunidad, para lo cual avanzó hasta la
puerta de la iglesia, echó una rápida mirada a la plaza, y bajó
las gradas del pórtico.
A nadie vio en aquella plaza medio alumbrada por lej a-
nas llamas.
Volvió al lado del señor de Vaudreuil, tendido al lado de
un pilar, le incorporó y le cogió en brazos.
Aquel cuerpo inerte era una pesada car ga aun para un
hombre tan vigoroso como Juan, teniendo que llevarle hasta
el recodo del camino cerca del cual se levantaba Casa Cerr a-
da.
El joven atravesó la plaza y se deslizó a lo largo de la pa-
red de la calle más próxima.
Tiempo era ya de que desapareciese, porque apenas a n-
duvo unos cuantos pa sos, oyó resonar grandes clamores, al
mismo tiempo que el suelo retumbaba bajo los cascos de los
caballos.
Era el destacamento de caballería que volvía a San Ca r-
los, pues antes de lanzarlo en persecución de los fugitivos, el
teniente coronel Witherall le había dado or den de replegarse
sobre la ciudad, designándole la iglesia para pernoctar en ella.
Un instante después, los jinetes se ins talaron en la nave
principal, tomando desde luego las convenientes precauci o-
nes en previsión de alguna nueva algarada; y no solamente se
establecieron los soldados en el templo, sino que también los
caballos fueron introducidos en él.


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Inútil es reseñar las profanaciones a que se entregó
aquella soldadesca desenfrenada en un edificio consagrado al
culto católico.
Juan continuaba su marcha por la soli taria calle, det e-
niéndose de vez en cuando, presa del temor que le invadía, a
medida que se acercaba a Casa Cerrada, de no hallar más que
ruinas.
Por fin llegó, y se detuvo delante de la morada de su
madre. El incendio no había cundido hasta allí; la casa estaba
intacta, perdida entre la sombra, no dejando filtrar, ni un
solo rayo de luz por las ventanas, herméticamente cerradas.
Juan, llevando siempre al señor de Vau dreuil, se halló
delante de la reja que cerraba el patio, la empujó, y arrastrán-
dose hasta la puerta de la casa, dio la señal convenida.
Un momento después; Juan y el herido estaban en segu-
ridad en la casa de Bridget Morgaz.


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III
VAUDREUIL EN CASA CERRADA
-Madre mía, dijo Juan después de de jar al herido en la
cama que su hermano o él ocupaban cuando iban a pasar la
noche en Casa Cerrada; madre mía, la vida de este hombre
corre peligro, si no se le cuida con esmero:
-Le asistiré con gran voluntad, Juan.
-Si los soldados de Whiterall le descubriesen aquí, tu vi-
da estaría amenazada, madre mía.
-¡Mi vida!... No me importa nada, respondió Bridget.
Juan no quiso decirle que el enfermo era el señor de
Vaudreuil, una de las víctimas de Simón Morgaz, para no
traer a la memoria de la infeliz viuda, recuerdos infa mantes.
Más valía que no lo supiera; el hombre a quien daba asilo
era, un patriota, y esto bastaba para que tuviese derecho a
que se desvelara por él.
Colocado ya el herido en la cama, Bridget y Juan se diri-
gieron hacia la puerta para escuchar si aún se oía ruido hacia
la iglesia, y ver si el camino estaba solitario.


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Los últimos reflejos del fuego que con sumiera las casas
en la barriada alta del pueblo empezaban, a apagarse poco a
poco, lo mismo que el tumulto producido por los realistas
que habían acabado de quemar, de saquear y de degollar.
Unas veinte casas habían sido reduci das a cenizas; Casa
Cerrada, por su posición, había escapado a la venganza de la
soldadesca: pero Bridget y Juan, ¿no podían temerlo todo de
los vencedores cuan do el sol alumbrase las ruinas de San
Carlos?
Madre e hijo experimentaron varios sustos durante
aquella noche, pues de hora en hora patrullas de soldados y
de voluntarios pasaban por delante de la casa vigilando los
alrededores de la población, y a veces se detenían a algunos
pasos de la verja que cerraba el patio.
¿Sería acaso que los agentes de policía vinieran a pract i-
car pesquisas, ayudados por los soldados? En este caso no
era por sí mismo por quien Juan Sin Nombre temía, sino por
el señor de Vaudreuil, por el pobre herido a quien hubieran
rematado sin piedad en la casa de su madre...
Mas estos temores no habían de reali zarse, por lo m e-
nos durante aquella noche.
Bridget y su hijo hicieron todo cuanto les fue posible en
beneficio del herido, y después ambos se sentaron a la cab e-
cera de la cama para velarle. Hacíanse nece sarios ciertos me-
dicamentos. ¿Cómo procurárselos? Era preciso que un
médico viese al paciente... ¿Y en dónde encontrar uno a
quien se pudiera confiar, al mismo tiempo que la vida de un
patriota, los se cretos de Casa Cerrada? Examinaron con
atención el pecho del señor de Vaudreuil; la herida produc i-


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da por el sablazo era profunda, extendiéndose en línea obl i-
cua hacia el lado izquierdo; sin embargo, parecía que no h a-
bía interesado ningún órgano vital, y solamente la pérdida de
la sangre era la que ocasionaba la gran debilidad que exper i-
mentaba el padre de Clary, debilidad, que podía muy bien
hacerle morir de un síncope.
Después de lavar la herida con agua fresca, Bridget la
cubrió con un vendaje. ¿Se animaría el enfermo bajo la i n-
fluencia de los cuidados asiduos que le prodigaba la infeliz
mujer y del reposo de que goza ría en Casa Cerrada, si los
soldados de Witherall abandonaban el pueblo? Ni Juan ni su
madre se atrevían a esperarlo así.
Dos horas después el señor de Vaudreuil, si bien no ha-
bía abierto aún los ojos, dejó escapar algunas palabras; y era
evidente que sólo el recuerdo de su hija lo hacía sostener la
vida. La llamaba, tal vez para que le cuidase, o porque se
acordase de los peligros que la amenazaban en San Dionisio.
Bridget, teniendo cogida la mano del enfermo, le esc u-
chaba, y Juan, de pie a su lado, procurando impedir que por
un brusco movimiento el señor de Vandreuil hi ciera que la
herida se abriese de nuevo, escuchaba también al mismo
tiempo sus palabras entrecortadas por suspiros, te miendo
que revelase lo que su madre no debía oír.
El herido articuló un nombre, en medio de frases i n-
coherentes.
Era el de Clary.
-¡Este desgraciado tiene, pues, una hija! murmuró
Bridget mirando a Juan.
-Sin duda... madre mía.


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-¡Y pregunta por ella!... ¡No quiere morir sin verla!... Si
su hija se encontra se a su lado, estaría más tranquilo... ¿En
dónde se halla?... ¿No podríamos buscarla y traerla aquí en
secreto?
-¡A ella! exclamó Juan.
-Sí... Su sitio se halla al lado de su pa dre que la llama y
que se está muriendo...
En aquel momento el herido, delirante, quiso incorp o-
rarse, y después se escapa ron de sus labios estas palabras,
que demostraban la angustia que estaba sufriendo:
-¡Clary!... ¡sola... allá... en San Dionisio!
Bridget se levantó.
-¡San Dionisio! repitió. Allí es en don de ha dejado a su
hija... ¿Lo oyes, Juan?
-¡Los realistas!... ¡En San Dionisio!... repuso el herido.
¡No podrá escapar!... ¡Los miserables se vengarán en Clary de
Vaudreuil!...
-¡Clary de Vaudreuil! repitió Bridget.
Después, bajando la cabeza, añadió:
-¡El señor de Vaudreuil aquí!
-Pues bien, sí, el señor de Vaudreuil, respondió Juan; y
puesto que él está en Casa Cerrada, es preciso que su hija
venga también.
-¡Clary de Vaudreuil! murmuró Bridget.
E inmóvil al lado de la cama en que gemía el herido, mi-
raba a aquel patriota que había vertido su sangre por la causa
da la independencia, el mismo que doce años antes estuvo a
punto de pagar con su cabeza la traición de Simón Morgaz.
Si llegase a saber algún día en que casa había recibido la ho s-


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pitalidad, que manos habían disputado su presa a la muerte,
¿no le causaría horror? Y aun cuando hubiera de arrastrarse
de rodillas, ¿no se apresuraría a huir del infamante contacto
de aquella familia?
En un prolongado gemido, el señor de Vaudreuil dejó
oír otra vez el nombre de Clary.
-Puede morir, dijo Juan; es preciso que no muera sin
haber visto a su hija...
-Irá yo a buscarla, respondió Bridget:
-¡No!... Yo soy el que debe ir, madre mía.
-¡Tú, a quien persiguen por todas partes!... ¿Quiere s su-
cumbir antes de acabar tu obra?... ¡No, Juan; todavía no ti e-
nes derecho para morir!... Iré yo a buscar a Clary da
Vaudreuil.
-Madre mía, Clary de Vaudreuil rehusará seguiros.
-No lo hará así cuando sepa que su padre está moribu n-
do y que la está llamando. ¿En qué casa vive la señorita de
Vaudreuil en San Dionisio?
-En la del juez Sr. Froment... Pero es demasiado lejos,
madre mía... No tendréis fuerzas bastantes para ir y volver;
¡son doce millas las que tenéis que andar!... Mientras que yo,
partiendo al momento, tendré tiempo suficiente para llegar a
San Dionisio y traer a Clary de Vaudreuil antes de que am a-
nezca. Nadie me verá salir ni nadie me verá volver a Casa
Cerrada...
-¿Nadie? repuso Bridget. Y los soldados que vigilan por
el camino, ¿cómo harás para evitar que te vean? Y si caes en
sus manos, ¿cómo podrás escaparte? Aun admitiendo que no
te conozcan, ¿acaso te dejarían en libertad? Yo, en cambio,


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soy una anciana... no puedo inspirar sospecha. ¿Qué ganarían
prendiéndome? Ya hemos discutido bastante, hijo mío; el
señor de Vaudreuil quiere ver a su hija...; es preciso, pues,
que la vea, y puesto que yo sola puedo traerla a su lado, voy
por ella. Juan tuvo que ceder a las instancias de Bridget, po r-
que aun cuando la noche estuviese muy oscura, el aventurar-
se en los caminos, vigilados por las patrullas de Whiterall,
hubiera sido arriesgarse a no cumplir su proyecto, e impo r-
taba mucho que Clary de Vaudreuil entrase en Casa Cerrada
antes de la salida del sol. ¡Quién sabe si la vida de su padre se
prolongaría hasta ese instante! ¿Podría él, Juan Sin Nombre,
conocido ya de todos por haber se batido con la cara desc u-
bierta, llegar sin tropiezo hasta San Dionisio? ¿Podría vol ver
con Clary de Vaudreuil sin exponerla a caer en poder de los
realistas?
Esto último fue lo que le decidió a dejar marchar a su
madre; pues en cuanto a él, poco le importaban los peligros
que podía correr. Dio a Bridget las instrucciones ne cesarias
para que pudiese llegar hasta la casa del juez Froment, y le
entregó una esquelita que debía inspirar entera confianza a la
joven, con estas solas palabras: «Confiad en mi madre, y
seguidla»
Hecho esto, Juan entreabrió la puerta, cerrándola en s e-
guida después de la salida de Bridget, y fue a sentarse de
nuevo a la cabecera de la cama donde estaba el señor de
Vaudreuil.
Eran poco más de las diez cuando la viuda de Simón
Morgaz emprendió el camino, desierto a la sazón.


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.
El frío glacial de las largas noches ca nadienses, inva-
diendo toda la campiña, facilitaba la marcha por la dureza del
suelo, y Bridget andaba a buen paso, sin miedo, no obstante
aquella oscura soledad que la rodeaba; iba impelida por la
voz del deber, y había encontrado de nuevo su antigua ene r-
gía, de la que tantas pruebas tenía que dar aún.
El camino de San Carlos a San Dionisio le era bien c o-
nocido por haberlo pasado muchas veces durante su juve n-
tud; lo úni co que tenía que temer era el encontrarse con
algún destacamento, y esto le sucedió dos o tres veces d u-
rante la travesía. Pero a una anciana, ¿por qué no habían de
dejarla pasar? No sufrió, pues, más que el son rojo de oír
algunas palabras soeces de los soldados, que estaban un
tanto alcoholizados. El teniente coronel Witherall no había
ordenado reconocimiento alguno en al término de San Di o-
nisio, porque antes de castigar a aquella desgraciada ciu dad,
deseaba asegurarse de las disposiciones tomadas por los ven-
cedores de la antevíspera, no queriendo comprometer su
victoria por un ataque impremeditado.
Esta fue la causa de que durante las dos terceras partes
del trayecto, Bridget no tu viera ningún mal encuentro. Las
gentes que encontró, y a quienes también adelantó, eran f u-
gitivos de San Carlos que se espar cían por las parroquias del
condado, por no tener ya asilo desde que sus casas habían
sido entregadas al saqueo y a las llamas.
Pero era demasiado cierto que por donde pudo pasar li-
bremente Bridget, Juan se hubiera visto imposibilitado de
hacerlo. Al encontrarse con las patrullas, no hubiera tenido
más remedio que salir de la carretera, dirigiéndose a San


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Dionisio por algún atajo, siéndole imposible volver a Casa
Cerrada antes de que fuera completamente de día. Y si algún
piquete de caballería la hubiese detenido, y tal vez conocido,
ya sabemos cual sería la sentencia que para él habían de di c-
tar los tribunales de Montreal.
A las once y media de la noche, Bridget llegó a la ma r-
gen del Richelieu.
La casa del juez señor Froment, que ella conocía bien,
estaba situada en aquella orilla, en las afueras de San Dion i-
sio, no teniendo, por consiguiente, que atra vesar el río; le
bastaba, pues, seguir la ribera durante un cuarto de milla para
llegar delante de la puerta de la mencionada casa.
El sitio que recorría estaba completa mente desierto, y
un profundo silencio reinaba en el valle.
A lo lejos, alguna que otra luz brillaba en las ventanas de
las primeras casas del pueblo, entregados sus moradores al
reposo, que no turbaba ningún rumor.
Acaso la noticia de la derrota de San Carlos no había
llegado todavía a San Dionisio.
Esto pensó Bridget. Clary de Vaudreuil debía ignorarlo,
y sería por ella por quien lo sabría; iba a ser, pues, la mens a-
jera de la desgracia.
La viuda de Simón Morgaz subió los peldaños de una
escalerita colocada en un ángulo de la casa, y llamó a la
puerta; pero viendo que no contestaban, llamó segunda vez.
Al poco rato se oyeron pasos en el ves tíbulo, que se
alumbró débilmente, y una voz preguntó:
-¿Qué queréis?
-Ver al señor juez.


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-No está en San Dionisio, y durante su ausencia no me
es lícito abrir.
-Tengo gravísimas noticias que comu nicarle, repuso
Bridget insistiendo.
-Se las daréis cuando vuelva.
La determinación de no abrir parecía tan formal, que la
pobre mujer no titubeó en servirse del nombre de Clary.
-Si el señor Froment no está en su casa, dijo, la señorita
Clary de Vaudreuil debe de hallarse en ella, y es preciso que
yo la hable sin pérdida de tiempo.
-La señorita de Vaudreuil se ha marchado, le respondie-
ron, después de titubear un instante.
-¿Se ha ido?
Ayer mismo.
-¿Y no sabréis decirme a dónde?
-A reunirse con su padre, sin duda.
-¿Con su padre? repuso Bridget.
Pues bien, de su parte vengo a buscarla...
-¿Mi padre? exclamó Clary desde el fondo del vestíbulo
en que se hallaba.
-Clary de Vaudreuil, repuso Bridget bajando la voz; he
venido para llevaros al lado de vuestro padre, y Juan es quien
me envía.
Y ya los cerrojos de la puerta habían sido quitados,
cuando Bridget dijo de pronto:
-¡No... no abráis!... ¡Esperad un momento!
Y bajando apresuradamente, se ocultó detrás de la e s-
calera, pues importándole mucho que no la viese nadie e n-


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trar en aquella casa, en aquel instante una turba de hombres,
mujeres y niños se acercaban siguiendo la orilla del Richelieu.
Eran los primeros fugitivos que llegaban a San Dionisio
después de atravesar por medio del campo para no expone r-
se a malos encuentros en las carreteras. Entre ellos iban h e-
ridos, sostenidos por sus parientes o por sus amigos; pobres
mujeres arrastrando consigo la familia que les quedaba, y
también algunos patriotas que habían podido sustraerse al
incendio y al degüello. Muchos de ellos debían de conocer a
Bridget, y no queriendo que supie ran que había salido de
Casa Cerrada, se quedó acurrucada en su escondite hasta que
pasaron los fugitivos de San Carlos.
Pero, durante aquellos instantes, ¿qué pensaría Clary
oyendo los gritos de deses peración que lanzaban aquellas
gentes?
Muchas horas hacía que esperaba noticias, bien fuera de
su padre o de Juan, ha ciéndose la ilusión de que uno u otro
se las traerían en persona, en el caso de que no decidieran
marchar inmediatamente a Montreal, una vez alcanzada la
nueva victoria; pero semejante ilusión no podía sostenerse. A
través de aquella puerta que Clary no se atrevía a abrir, tristes
gemidos llegaban hasta ella.
Los fugitivos, después de pasar por de lante de la casa,
siguieron el ribazo hasta que les fuera posible atravesar el río.
El camino estaba ya solitario, por más que se oyera aún
lejano murmullo.
Bridget se levantó; y en el momento en que iba a llamar,
la puerta se abrió, cerrándose inmediatamente a su paso.


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Clary de Vaudreuil y Bridget Morgaz se hallaban frente a
frente en una habita ción alumbrada por una lámpara cuya
luz no podía filtrarse al exterior, por hallarse las ventanas y
las persianas herméticamente cerradas. La anciana y la joven
se miraban, mientras la criada se mantenía apartada.
Clary estaba muy pálida, y presintiendo alguna desgracia,
no se atrevía a preguntar.
-¿Los patriotas de San Carlos?, dijo por fin.
-¡Derrotados! respondió Bridget.
-¿Mi padre?
-Herido...
-¿Moribundo?...
-¡Tal vez!
Clary no tuvo fuerzas para sostenerse, y Bridget la rec i-
bió en sus brazos.
-¡Valor, Clary de Vaudreuil! dijo; vuestro padre os llama
a su lado... Es menester que partáis, que me sigáis sin perder
tiempo.
-¿En dónde está mi padre? preguntó Clary apenas r e-
puesta de su desmayo.
-En mi casa... en San Carlos, respondió Bridget. .
-¿Quién os envía, señora?
-Ya os lo he dicho... Juan... Soy su madre...
- ¡Vos! exclamó Clary.
-Leed, Clary tomó la esquela que le ofrecía la anciana.
Era, en efecto, la letra, que tan bien conocía, del joven pro s-
crito.
«Confiaos a mi madre...» decía.


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Pero ¿cómo se hallaba el señor de Vau dreuil en aquella
morada? ¿Sería Juan quien le había salvado, arrastrándole
fuera del campo de batalla para llevarle des pués a Casa C e-
rrada?
-Estoy pronta a seguiros, señora, dij o Clary de Va u-
dreuil.
-En ese caso, partamos sin dilación, respondió Bridget.
No cambiaron una palabra más.
Los detalles de este desgraciado inci dente, Clary los co-
nocería más tarde, pues demasiado sabía ya: su padre mor i-
bundo, los patriotas dispersados, y la victoria de San
Dionisio anulada por la derrota de San Carlos.
Clary se envolvió rápidamente en un abrigo oscuro para
seguir a la señora Bridget.
La sirviente abrió la puerta, y ambas mujeres salieron.
Las únicas palabras que pronunció Bridget, señalando
hacia San Carlos, fueron éstas:
-Tenemos que andar seis millas, y para que nadie sepa
que estáis en Casa Cerra da, es preciso que lleguemos allí
antes del amanecer.
Ambas remontaron rápidamente el curso del río por la
orilla hasta llegar al camino que va directamente hacia el
Norte, por medio del condado de San Jacinto.
Bien hubiera querido la joven andar más de prisa, d e-
seando hallarse cuanto an tes a la cabecera de la cama de su
padre; pero tuvo que moderar su impaciencia, porque, por
más que Bridget llamase en su auxilio toda su energía, no
hubiera podido seguirla.


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Experimentaron además varios retrasos, porque encon-
trándose con algunos grupos de fugitivos que iban en sent i-
do inverso, hubiera sido imprudente mezclar se con ellos,
quienes tal vez quisieran arrastrarlas consigo hacia San Di o-
nisio. Convenía que no las hallasen; y para evitarlo, Bridget y
Clary se apartaban de la carretera, escondiéndose en los
matorrales; nadie las veía, pero ellas observaban y oían.
Aquellas pobres gentes avanzaban con gran trabajo, d e-
jando algunas huellas san grientas en el suelo. Las mujeres
llevaban a sus hijos en brazos, los hombres más jó venes
sostenían a los ancianos, que que rían echarse en el suelo,
abrumados por la fatiga, y morir allí.
Después, oyéndose gritos a lo lejos, el tropel desaparecía
en la oscuridad.
¿Acaso los soldados y los voluntarios perseguían aún a
aquellos desgraciados que huían de su pueblo, entregado a
las llamas, buscando en los campos un abrigo que no hall a-
ban en San Carlos? ¿O era que la columna de Whiterall est a-
ba ya en marcha para sorprender ala luz del alba a los
patriotas que huían?
No; eran otros fugitivos que erraban por aquellas tierras,
y muchos de ellos hubieran perecido durante aquella noche,
si algunas alquerías no hubiesen abierto sus puertas para
recibirlos.
Clary, con el corazón angustiado, presenciaba tales h o-
rrores; pero, sin embar go, allá en el fondo de su alma no
quería desesperar aún del triunfo de la indepen dencia nacio-
nal, en cuyas aras su padre acababa de verter su sangre, y por


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cuya defensa se encontraba quizás próximo a exhalar su ú l-
timo suspiro.
Cuando el camino quedaba libre; ambas mujeres se p o-
nían de nuevo en marcha, y durante hora y media anduvi e-
ron contrariadas por tan difíciles circunstancias. A medida
que avanzaban hacia San Carlos, los encuentros con los que
huían eran me nos frecuentes, pues todos cuantos habían
podido escapar estaban ya cerca de San Dionisio, o dispersos
por los condados de Verchères y de San Jacinto.
Lo que más tenían que temer en los alrededores de San
Carlos eran las patru llas de voluntarios, cuya presencia co n-
venía evitar.
A las tres de la madrugada aún les que daba que andar
dos millas para llegar a Casa Cerrada.
En aquel momento Bridget, agotadas sus fuerzas, se
dejó caer al suelo.
Clary quiso levantarla.
-Dejad que os ayude, dijo a la anciana; apoyaos en mi
brazo... no debemos ya estar muy lejos...
-Una hora de marcha todavía, respon dió Bridget; jamás
podré...
-Descansad algunos minutos; después marcharemos
otra vez... os apoyaréis en mí... no temáis cansarme, no... soy
fuerte...
-¡Fuerte!... ¡Pobre niña!... ¡Bien pronto caeríais también!
Bridget sé incorporó sobre las rodillas.
-Escuchadme, dijo; procuraré dar aún algunos pasos;
pero si caigo de nuevo, me dejaréis sola...
-¡Dejaros sola!... exclamó Clary.


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-Sí. Lo necesario es que esta misma noche os halléis al
lado de vuestro padre...
El camino es recto... Casa Cerrada es el primer edificio
que encontraréis en la carretera antes de llegar a la pobl a-
ción... Llamaréis a la puerta... diréis vuestro nombre, y Juan
os abrirá en seguida.
-No quiero abandonaros en tal estado, repuso la joven.
No iré sin que me acompañéis.
-Es preciso que así lo hagáis, Clary de Vaudreuil, re s-
pondió Bridget; y cuando estéis ya en seguridad, mi hijo
vendrá a buscarme... me llevará en brazos, como lo ha hecho
con vuestro padre.
-Os lo ruego, procurad andar, señora Bridget.
Esta consiguió ponerse en pie, pero a duras penas podía
arrastrarse; sin embargo, anduvieron así una milla.
Entonces una leve claridad empezó a dibujarse en el ho-
rizonte en dirección a San Carlos ¿Sería ya el alba, y no p o-
drían llegar a Casa Cerrada antes que fuera de día? ¡Partid!
murmuró Bridget. ¡Partid sin demora, Clary de Vaudreuil!...
¡Dejadme aquí!...
-No es el alba... respond ió la joven; son apenas las cu a-
tro... Debe de ser el reflejo de un incendio.
Clary no concluyó la frase, pues el mis mo pensamiento
acudió a la mente de ambas mujeres. ¿Será quizás que Casa
Cerrada esté envuelta en llamas, que el asilo del señor de
Vaudreuil haya sido descubierto, y que él y Juan se vean en
poder de los soldados de Witherall, si no han muerto defe n-
diéndose?


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Este temor produjo en Bridget un supremo esfuerzo de
energía, y Clary y ella, apresurando el paso, se acercaron a
San Carlos.
El camino formaba recodo en aquel si tio, y poco más
allá estaba Casa Cerrada.
Clary y Bridget llegaron hasta la vuelta.
No era la morada que daba asilo al señor de Vaudreuil la
que ardía; era un cortijo situado a la derecha del pueblo, y
cuyas llamas reflejaban en el cielo.
-¡Allí... es allí! exclamó Bridget, seña lando su casa con
temblorosa mano.
Algunos minutos más, y ambas encon traban su anhela-
do refugio.
Pero en aquel momento un grupo de tres hombres ap a-
reció en el camino; eran tres voluntarios que se tambaleaban,
ebrios de aguardiente y manchadas las ropas de sangre.
Clary y Bridget quisieron evitar su en cuentro; pero era
demasiado tarde.
Habiéndolas divisado los voluntarios, se precipitaron
sobre ellas. Todo había que temer de aquellos miserables,
uno de los cuales se apoderó de la joven, procu rando arras-
trarla consigo, mientras que los demás detenían a Bridget.
De repente, un hombre saltó de entre las breñas a la i z-
quierda de la carretera, y, con un garrote en la mano, de un
fuerte golpe tendió en tierra al miserable que mal trataba a la
joven.
-¡Clary de Vaudreuil! exclamó des pués, reconociendo a
la joven.
-¡Vicente Hodge!


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Y Clary se apoyó en el brazo de su sal vador quien tam-
bién conoció.
Cuando et señor de Vaudreuil cayó en el campo de b a-
talla de San Carlos, Vi cente Hodge no pudo socorrerle por
entonces, e ignorando que algunos instantes más tarde Juan
Sin Nombre se había llevado al herido fuera de todo peligro,
volvió después de los últimos tiros, quedán dose en los alr e-
dedores del pueblo, a ries go de caer en manos de los reali s-
tas. Llagada la noche, hizo lo posible para hallar al padre de
Clary entre los heridos y los muertos amontonados, en los
límites del campamento; pero habiéndole buscado en vano
hasta la hora en que iba a amanecer, se marchaba ya en busca
de un asilo, cuando los gritos de Clary, le atrajeron al sitio en
que la joven forcejeaba para escapar a un peligro peor que la
muerte.
Pero Vicente Hodge no tuvo tiempo para saber que el
señor de Vaudreuil estaba en una casa a algunos centenares
de pasos del sitio en que se hallaba, porque se vio obligado a
hacer frente a los dos bribones que, habiendo soltado a
Bridget, y dando desairadas voces, se disponían para ata carle
a su vez; y como en el silencio de la noche sus gritos habían
sido oídos a lo lejos, cinco o seis voluntarios acudían a ap o-
yarlos. Urgía, pues, que Clary y su compañera se refugiasen a
toda prisa en Casa Cerrada.
-¡Huid!... ¡huid! exclamó Vicente Hodge. Ya sabré yo es-
caparme.
Bridget y Clary echaron a correr cuanto se lo permiti e-
ron sus agotadas fuerzas, mientras que el joven, tan resuelto
como vigoroso, derribaba a sus agresores, a quienes la e m-


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briaguez hacia menos temibles; y cuando los vio en tierra, y
antes de que los voluntarios llegasen al lado de sus compañe-
ros, saltó como un corzo por en tre los matorrales, en medio
de los tiros que le dirigieron sin alcanzarle.
Algunos instantes después, Bridget llamaba ala puerta de
Casa Cerrada, que se abrió sin tardanza para dar paso a Clary
y a la pobre madre, quien cayó desfallecida en los brazos de
su hijo.


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IV
LOS OCHO DÍAS SIGUIENTES
Casa Cerrada ofrecía, pues, un asilo efímero, quizás el
señor de Vaudreuil y a su hija. Ambos se hallaban bajo el
mismo techo que la «Familia Sin Nombre», al lado de la m u-
jer y del hijo del traidor; y si aquellos, ignoraban los lazos
que unían con Simón Morgaz a la anciana y al joven que
arriesgaban su vida por darles hospitalidad, Bridget y Juan no
lo olvidaban un solo instante; y lo que más temían era que
una desgraciada casualidad descubriera tan vergonzoso s e-
creto a sus huéspedes.
Durante la mañana de aquel mismo día, 26 de Novie m-
bre, el señor de Vau dreuil recuperó algo el conocimiento.
Tal vez la voz de su hija, sacándole del amo dorramiento, le
hizo abrir los ojos.
-¡Clary! murmuró.
-Sí, padre mío... yo soy, respondió la joven, estoy a
vuestro lado... No me moveré ya de aquí.
Juan estaba da pie al lado de la cama, oculto en la so m-
bra, como si hubiera querido que no le viesen; sin embargo,


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las miradas del herido se fijaron en él, y sus labios dejaron
escapar estas palabras:
-¡Juan!.... ¡Ah!... ¡Ya recuerdo!
Después, al ver a Bridget que se inclinaba hacia su cabe-
cera, pareció preguntar quién era aquella mujer.
-Es mi madre, respondióle Juan. Es táis en casa de mi
madre; sellar de Vau dreuil, y sus cuidados y los de vuestra
hija no os faltarán...
-¡Sus cuidados!... repitió el enfermo con voz débil.. ¡Si...
ya me acuerdo... he rido... vencido... mis compañeros hu i-
dos... muertos tal vez! ¡Ah! ¡Mi pobre país... mi pobre país...
más que nunca entregado a la tiranía de sus opresores!
El señor de Vaudreuil dejó caer, de nue vo la cabeza. Y
sus ojos se cerraron otra vez.
-¡Padre mío! exclamó Clary arrodillán dose; y al cogerle
la mano, sintió una ligera presión responder a la suya.
Juan dijo:
-Sería, necesario que un médico viniera aquí. ¿Pero en
dónde encontrarle? ¿A quién dirigirnos en una comarca oc u-
pada por los realistas? Puede ser que en Mon treal... sí, sólo
allí es posible. Indicadme cual es el médico que posee vue s-
tra confianza, e iré a buscarle.
-¿A Montreal? preguntó Bridget.
-Es preciso, madre mía. Bien vale la vida del señor de
Vaudreuil que yo arriesgue la mía...
-No es por ti por quien temo, Juan; pero yendo a Mo n-
treal puedes ser espia do, y si se sospecha que el S eñor de
Vaudreuil está aquí, es perdido.
-¡Perdido! murmuró Clary.


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-¿Y no lo está con más seguridad si le faltan inteligentes
cuidados? repuso Juan.
-Si la herida es mortal, nadie es capaz de curarlo; si no lo
es, Dios nos concederá su salvación a su hija y a mí. Su her i-
da proviene de un sablazo, que no ha hecho más que desg a-
rrar las carnes, y el señor de Vaudreuil está debilitado, a mi
parecer, por la mucha sangre que ha perdido. Bastará, según
creo, aplicarle paños de agua fresca para la cicatrización, que
obtendremos con el tiempo. Créeme, hijo mío; nuestro
huésped está relativamente en se guridad aquí, y mientras
podamos evitarlo, importa que nadie conozca el sitio de su
retiro.
Bridget hablaba con una confianza tal, que tuvo por
primer efecto devolver a Clary alguna esperanza. Lo que se
hacía necesario antes que todo era que ningún extraño entra-
se en Casa Cerrada; peligra ba por ello la vida de Juan Sin
Nombre y más aún, la del señor de Vaudreuil. En efecto, a la
menor alarma, si bien Juan podía huir a través de los bo s-
ques, del con dado, y pasar la frontera americana, el herido
estaba imposibilitado de hacerlo.
Al día siguiente de la llegada de Clary, el estado del e n-
fermo justificó la confianza que había inspirado a Bridget.
Desde que la hemorragia había podido ser detenida, el señor
de Vaudreuil estaba, si bien muy débil, en posesión de todo
su conocimiento. Lo que más necesitaba era tranquili dad
moral, y esa no le faltaría teniendo al lado a su hija; podría
entregarse al sosiego que se gozaba en aquella morada, má-
xime cuando los soldados de Witherall no tardarían en ma r-


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FAMILIA SIN NOMBRE
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charse de San Carlos para recorrer el condado, librando así la
comarca de su odiosa presencia.
Bridget tomó ciertas disposiciones para instalar a sus
huéspedes con alguna más comodidad en su estrecha mor a-
da. El señor de Vaudreuil ocupaba la habitación reservada a
Joann o a Juan cuando iban a pasar la noche a Casa Cerrada.
La otra habitación, la de Bridget, fue destinada a Clary, y
ambas mujeres velarían alterna tiv