<?xml version="1.0" encoding="ISO-8859-1" ?><feed version="0.3" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns="http://purl.org/atom/ns#"><title><![CDATA[Julio Verne]]></title><link rel="" type="" href="" title=""/><link rel="http://blogs.ya.com/julioverne/atom.xml" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/julioverne/atom.xml" title="Julio Verne"/><id><![CDATA[ID]]></id><tagline><![CDATA[&#32;]]></tagline><generator><![CDATA[http://www.ya.com]]></generator><entry><title><![CDATA[Familia sin nombre]]></title><link rel="Julio Verne" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/julioverne/atom.xml" title="Julio Verne"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200705]]></issued><modified><![CDATA[200705]]></modified><created><![CDATA[200705]]></created><summary><![CDATA[Familia sin nombre]]></summary><author><name><![CDATA[fulca]]></name></author><dc:subject><![CDATA[Familia sin nombre]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/julioverne/c_57.htm"><![CDATA[<br/>Page No 1<br/><br/>FAMILIA SIN <br/>NOMBRE <br/>JULIO VERNE<br/><br/><br/>Page No 2<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>3<br/><br/>CUADERNO PRIMERO<br/>I<br/>ALGUNOS HECHOS, ALGUNAS FECHAS<br/>Se tiene lástima del pobre género hu mano que se d e-<br/>güella por «algunas aran zadas de hielo» decían los filósofos<br/>del siglo XVIII; y esto es lo peor que podían decir tratándose<br/>del Canadá, cuya posesión disputaban, en aquella época, los<br/>franceses a los soldados de Inglaterra.<br/>Doscientos años antes, Francisco I exclamó, respecto a<br/>ciertos territorios americanos reclamados por el rey de E s-<br/>paña y por el de Portugal: «Me gustaría mucho ver el artículo<br/>del testamento de Adán que les lega esa vasta herencia» El<br/>rey de Francia no iba tan descaminado en sus pretensiones,<br/>puesto que algún tiempo después una parte de aquellos t e-<br/>rritorios tomaron el nombre de Nueva Francia; y aun cuando<br/>los franceses no han podido conservar aquella magnífica<br/>colonia ame ricana, la mayor parte da sus habitantes son<br/>franceses de corazón y están unidos a la antigua Galia por<br/>los lazos de la sangre, por la identidad da raza y por los in s-<br/><br/><br/>Page No 3<br/><br/>JULIO VERNE<br/>4<br/><br/>tintos naturales, que la política internacional no llegará nunca<br/>a desterrar.<br/>En realidad, las «algunas aranzadas de hielo» tan mal c a-<br/>lificadas por los filósofos, forman un reino cuya superficie es<br/>igual a la de Europa.<br/>Un francés fue el que tomó posesión de aquellos vastos<br/>territorios en 1534.<br/>Santiago Cartier, oriundo de Saint-Maló, penetró hasta<br/>el centro de dicha co marca, remontando el curso del río, al<br/>que se dio el nombre de San Lorenzo, y al año siguiente, el<br/>atrevido maluino, llevando adelante su exploración hacia el<br/>Oeste, llegó frente a un grupo de cabañas,  Canadá en idioma<br/>indio, en donde se fun dó Quebec; después llegó a la a l-<br/>dehuela de Hochelaga, hoy Montreal. Dos siglos más tarde,<br/>estas dos ciudades iban sucesivamente a tomar el nombre de<br/>capitales, en concurrencia con Kingston y Toronto, cuando<br/>para poner fin a sus rivalidades políticas la villa de Otawa fue<br/>declarada residencia del Gobierno de aquella colonia amer i-<br/>cana, que Inglaterra llama en la actualidad  Dominion of Cana-<br/>da. <br/>Algunos hechos y algunas fechas bas tarán para dar a<br/>conocer los progresos de este importante Estado desde su<br/>fundación hasta el período de 1830-40, durante el que se han<br/>desarrollado los acontecimientos que nos proponemos dar a<br/>conocer en el presente libro.<br/>En el año 1595, en el reinado de En rique IV, Cha m-<br/>plain, uno de los buenos marinos de aquellos tiempos, volvió<br/>a Europa después de su primer viaje a las al turas de que nos<br/>ocupamos, durante el cual escogió el sitio en que es había de<br/><br/><br/>Page No 4<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>5<br/><br/>fundar la ciudad de Quebec. Formó parte de la expedición<br/>de M. de Mons, portador, de patentes para el comercio e x-<br/>clusivo de pieles, que le otorgaban el derecho de conceder<br/>terrenos en el Canadá. Champlain, cuyo carácter aventurero<br/>no podía acostumbrarse sólo a tratar de negocios, abandonó<br/>a su compañero, y remontando de nuevo el curso del río San<br/>Lorenzo, edificó a Quebec en 1606.<br/>Hacía ya dos años que los ingleses ha bían empezado a<br/>fundar su primer esta blecimiento americano, en los límites<br/>de la Virginia. Naturalmente, nacieron de aquí los gérmenes<br/>de la notable rivalidad entre ambas naciones, y, más aun des-<br/>de aquella época se manifestaron los indicios de la lucha que<br/>Inglaterra y Francia sostuvieron en el Nuevo Mundo.<br/>En el principio, los indígenas tomaron necesariamente<br/>parte en las diversas fases de tal antagonismo. Los algonqu i-<br/>nes y los hurones se declararon por Champlain, en contra de<br/>los iroquisos, que for maban causa común con los soldados<br/>del Reino Unido. En 1609 éstos fueron bati dos en las orillas<br/>del lago que ha conservado el nombre del marino francés.<br/>En 1613 y 1615, Champlain verificó otros dos viajes y<br/>llegó hasta las regiones casi desconocidas del Oeste, en las<br/>orillas del lago Hurón; se marchó de allí y volvió por tercera<br/>vez al Canadá. Por fin, después de hacer frente a toda clase<br/>de intrigas, fue nombrado gobernador de Nueva F rancia en<br/>el año 1620.<br/>Con este nombre es creó entonces una sociedad, cuya<br/>constitución fue aprobada por Luis XIII en 1628, que se<br/>comprometía a llevar al Canadá cuatro mil franceses catól i-<br/>cos en el espacio de quince años. Los primeros buques e x-<br/><br/><br/>Page No 5<br/><br/>JULIO VERNE<br/>6<br/><br/>pedidos por la So ciedad a través del Océano, cayeron en<br/>poder de los ingleses, que avanzando después por el valle de<br/>San Lorenzo, intimaron a Champlain que se rindiera. El in-<br/>trépido marino rehusó; pero la falta de recursos y de socorro<br/>le impusieron la obligación de capitular, capitulación honr o-<br/>sa en verdad, que entregó Quebec a los ingleses en 1629.<br/>En 1632 Champlain salió de nuevo de Dieppe con tres<br/>navíos, volvió a tomar posesión del Canadá, restituido a<br/>Francia por el tratado del 13 de Julio del mismo año, fundó<br/>nuevas ciudades, estableció el primer colegio canadiense,<br/>dirigido los padres jesuitas, y murió el día de Navidad del<br/>año 1635 en el país conquistado a fuerza de voluntad y de<br/>audacia.<br/>Durante algún tiempo las relaciones comerciales cont i-<br/>nuaron entre los colonos franceses y los de Nueva Inglaterra,<br/>mas aquellos tenían que luchar contra los iroqueses, muy<br/>temibles por su número, pues la población europea no exc e-<br/>día aun de dos mil quinientas almas. Así es que la Sociedad,<br/>viendo que sus negocios andaban mal, se dirigió en demanda<br/>de socorro a Colbert, que envió al marqués de Tracy con una<br/>escuadra. Los iroqueses, rechazados al principio, volvieron<br/>pronto a la carga, viéndose apoyados por los ingleses, y un<br/>horrible degüello de colo nos tuvo lugar en la s cercanías de<br/>Montreal.<br/>Aun cuando en 1665 la población había crecido mucho<br/>en número, así como el dominio superficial de la colonia, no<br/>había, sin embargo, más que trece mil franceses en el Can a-<br/>dá, mientras que los ingleses tenían ya doscientos mil hab i-<br/>tantes de raza sajona en Nueva Inglaterra.<br/><br/><br/>Page No 6<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>7<br/><br/>La Acadia, que forma en la actualidad la Nueva Escocia,<br/>fue el teatro de una guerra que se extendió después hasta<br/>Quebec, de donde fueron rechazados los in gleses en 1690.<br/>El tratado de Ryswick, en 1697, aseguró a Francia la pos e-<br/>sión de todos los territorios que el atrevimiento de sus de s-<br/>cubridores o el valor de sus hijos habían hecho suyos en el<br/>Norte de América, y al propio tiempo, las tribus rebel des,<br/>iroqueses, hurones y otras, se pusie ron bajo la protecció n<br/>francesa por el convenio de Montreal.<br/>En 1703, el marqués de Vaudreuil, hijo de un primer<br/>gobernador del mismo nombre, fue a su vez nombrado para<br/>aquel alto puesto en el Canadá, que la neutrali dad de los iro-<br/>queses hacía más fácil de defender contra las agresiones de<br/>los colonos de la Gran Bretaña.<br/>La lucha empezó de nuevo en los establecimientos de<br/>Terranova, que eran ingleses, y en la Acadia, que en 1711 se<br/>escapó de las manos del marqués de Vau dreuil. Esta separa-<br/>ción permitió a las fuerzas angloamericanas reunirse para la<br/>conquista del dominio canadiense, en don de los iroqueses,<br/>ganados por los ingleses, volvieron a hacerse sospechosos.<br/>Entonces fue cuando el tratado de Utrecht, año de 1713<br/>consumó la pérdida de la Acadia, asegurando por treinta<br/>años la paz con Inglaterra.<br/>Durante este periodo de calma, la colo nia hizo grandes<br/>progresos, y los franceses construyeron algunos fuertes para<br/>asegurar a sus descendientes la posesión de aquellos terr e-<br/>nos.<br/>En 1721, la población alcanzaba la cifra de veinticinco<br/>mil almas, y de cincuenta mil en 1744. Podía creerse que los<br/><br/><br/>Page No 7<br/><br/>JULIO VERNE<br/>8<br/><br/>tiempos difíciles habían acabado ya; mas por des gracia no<br/>era así, pues por causa de la guerra de sucesión de Austria,<br/>Inglaterra y Francia volvieron a encontrarse frente a frente<br/>en Europa, y por consecuencia en América también. Tuvi e-<br/>ron ambas naciones varias alternativas de victorias y de d e-<br/>rrotas, hasta que el tratado de Aixla -Chapelle (1747) repuso<br/>las cosas en el estado en que estaban cuando el tratado de<br/>Utrecht.<br/>Si bien es verdad que la Acadia fue en adelante posesión<br/>británica, lo cierto es también que continuó siendo francesa<br/>por las generales tendencias y simpatías de sus habitantes; así<br/>es que el Reino Unido provocó la emigración anglosajona<br/>para asegurar su preponderancia de raza en las provincias<br/>conquistadas. Francia procuró hacer lo mismo en el Canadá;<br/>mas el éxito no correspondió a sus esfuerzos, y la ocupación<br/>de los terrenos del Ohio volvió a poner los rivales enfrente<br/>uno de otro.<br/>Entonces fue cuando, delante del fuerte Duquesne, r e-<br/>cientemente construido por los compatriotas del marqués de<br/>Vaudreuil, Washington apareció al frente de una fuerte c o-<br/>lumna angloamericana. Pero Franklin, ¿no acababa de decl a-<br/>rar que el Canadá no podía ser francés?<br/>Dos escuadras partieron al mismo tiempo de Europa, la<br/>una de Francia, y la otra de Inglaterra. Después de una e s-<br/>pantosa matanza que ensangrentó la Acadia y los territorios<br/>del Ohio, declaróse oficialmente la guerra por la Gran Br e-<br/>taña el 18 de Mayo de 1756.<br/>En aquel mismo mes, el gobernador señor de Vaudreuil<br/>pidió con instancia que le enviasen refuerzos, y el marqués<br/><br/><br/>Page No 8<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>9<br/><br/>de Montcalm fue encargado del mando del ejército can a-<br/>diense, compuesto solamente de cuatro mil hombres. El<br/>ministro no pudo disponer de un efectivo más considerable,<br/>porque la guerra de América tenía en Francia pocos partida-<br/>rios, sucediendo lo contrario en el Reino Unido. El principio<br/>de la campaña fue favorable al marqués de Montcalm, quien<br/>se apoderó del fuerte William -Henry, edificado al Sur del<br/>lago Jorge, que es una prolonga ción del de Champlain. D e-<br/>rrotó a las tropas, angloamericanas en la jornada de Carillon;<br/>pero a pesar de estas brillantes victorias, los franceses tuvi e-<br/>ron que evacuar el fuerte Duquesne, y perdieron el de Niága-<br/>ra, entregado por una guarnición demasiado débil, a quien,<br/>por otra parte, la traición de los indios impidió socorrer a<br/>tiempo. El general Wolfe, a la cabeza de ocho mil hombres,<br/>oportunamente desembarcados, se apoderó de Quebec en el<br/>mes de Septiembre de 1759; y aun cuando los franceses g a-<br/>naron la batalla da Montmorency, no pudieron evitar una<br/>derrota definitiva. Montcalm fue muerto, lo mismo que Wol-<br/>fe, y los ingleses quedaron, en parte, dueños de las provincias<br/>canadienses.<br/>Al año siguiente se hizo una nueva tentativa para rec u-<br/>perar a Quebec, llave del San Lorenzo, mas dicho intento<br/>salió mal, y poco tiempo después Montreal se vio obligada a<br/>capitular también, a pesar de la enérgica defensa que opusi e-<br/>ron los habitantes de la mencionada ciudad.<br/>El 10 de Febrero de 1763 se celebró un nuevo tratado,<br/>por el que Luis XV renunció a sus pretensiones sobre la<br/>Acadia, en provecho de Inglaterra, cediéndola además, en<br/><br/><br/>Page No 9<br/><br/>JULIO VERNE<br/>10<br/><br/>exclusiva propiedad, el Canadá y todas sus dependencias. La<br/>Nueva Francia no existió ya sino en el corazón de sus hijos.<br/>Pero los ingleses jamás han sabido atraerse a los pueblos<br/>que han sometido a su yugo; no saben más que destruirlos, y<br/>no se aniquila así como se quiera a una nacionalidad cuando<br/>la mayor parte de los habitantes han conservado el amor a su<br/>antigua patria y a sus aspiraciones de siempre. En vano la<br/>Gran Bretaña organizó tres Gobiernos, Quebec, Montreal y<br/>Trois-Rivières; en vano quiso imponer la ley inglesa a los<br/>canadienses y obligarlos a prestar un juramento de fidelidad,<br/>pues a consecuencia de enérgicas reclamaciones por parte de<br/>éstos en 1774, fue aprobado un  bill que estableció de nuevo<br/>en la colonia la legislación francesa.<br/>Si bien el Reino Unido no tenía ya nada que temer por<br/>parte de Francia, pronto se encontró enfrente de los amer i-<br/>canos, que, atravesando el lago Champlain, se apoderaron de<br/>Carillon, de los fuertes San Juan y Federico, y marchando<br/>después con el general Montgomery sobre Montreal, se apo-<br/>deraron de esta ciudad, dete niéndose ante Quebec, que no<br/>pudieron asaltar.<br/>Al año siguiente, 4 de Julio de 1776, se proclamó la i n-<br/>dependencia de los Estados Unidos de América.<br/>Hubo entonces un período lamentable para los fra n-<br/>co-canadienses.<br/>Los ingleses tenían gran temor de que la colonia sac u-<br/>diera su yugo para formar parte de la gran federación y se<br/>refugiara bajo la bandera estrellada que los americanos h a-<br/>bían desplegado.<br/><br/><br/>Page No 10<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>11<br/><br/>No sucedió nada de esto, y séanos permitido sentirlo en<br/>interés de los verdaderos patriotas.<br/>En 1791 una nueva Constitución dividió el país en dos<br/>provincias: al Alto Canadá, al Oeste, y el Bajo al Este, siendo<br/>Quebec la capital. Cada una de estas provin cias tuvo un<br/>Consejo legislativo nombrado por la Corona y una Cámara<br/>elegida por cuatro años por los terratenientes de las ciud a-<br/>des. La población ascendía entonces a ciento treinta y cinco<br/>mil habitantes, de los que sólo quince mil eran de origen<br/>inglés.<br/>Lo que debían de ser las aspiraciones de los colonos,<br/>violentados por la Gran Bretaña, está resumido en el enc a-<br/>bezamiento del periódico El Canadiense, fundado en Quebec<br/>en el año 1806, que decía así: Nuestras instituciones, nuestro idio-<br/>ma y nuestras leyes.  Combatieron para conquistar este triple<br/>desiderátum, y la paz, que se firmó en Gante en 1814, puso<br/>término a esa guerra, en la que victorias y derrotas fueron<br/>casi iguales para ambas partes.<br/>Pero la lucha empezó otra vez entre las dos razas que<br/>ocupaban el Canadá de un modo tan desigual; esa lucha<br/>principió un el terreno puramente político; los diputa dos<br/>reformistas, siguiendo las huellas de su colega el heroico<br/>Papineau, no cesaron de atacar en todas las cuestiones la<br/>autoridad de la metrópoli: cuestiones electora les, cuestiones<br/>de terrenos concedidos en proporciones enormes a los colo-<br/>nos de origen inglés, etc. Por más que los Gobernadores<br/>prorrogasen o disolviesen la Cámara, nada era bastante para<br/>amedrentar la oposición. Los realistas, los leales, como se<br/>llamaban ellos mismos, tuvieron entonces la idea de derogar<br/><br/><br/>Page No 11<br/><br/>JULIO VERNE<br/>12<br/><br/>la Constitución de 1791, de hacer del Canadá una sola pr o-<br/>vincia, para dar más influencia al elemento inglés; de prohibir<br/>el uso del idioma francés, que era el oficial en el Parlamento<br/>y en los Tribunales; pero Papineau y sus amigos reclamaron<br/>con tanta energía, que la Corona renunció a establecer ese<br/>detestable proyecto.<br/>A pesar de este acuerdo, las discusiones fueron cada vez<br/>más vivas, y las elecciones trajeron consigo serias colisiones.<br/>En Mayo de 1831 estalló en Montreal un motín que costó la<br/>vida a tres patriotas franco-canadienses. La población, de las<br/>villas y del campo se reunió en  meetings, y una activa propa-<br/>ganda se hizo en toda la provincia. Se publicó un manifiesto<br/>en el que se enumeraba en noventa y dos artículos las quejas<br/>de la raza canadiense en contra de la anglosajona, y en el que<br/>se pedía la acusación del gobernador general, lord Aylmer.<br/>Este manifiesto adoptóle la Cámara a pesar de la gran opos i-<br/>ción de algunos reformistas, que le encontraban insuficiente.<br/>En 1834 hubo nuevas elecciones; Papineau y sus partidarios,<br/>fueron reelegidos, y fieles a las reclamaciones de la prec e-<br/>dente legislatura, insistieron en que se presentara el Gobe r-<br/>nador general ante los Tribunales; pero la Cámara fue<br/>prorrogada en Marzo de 1835 y el Ministerio quitó a lord<br/>Aylmer, mandando en su puesto al Comisario real, lord Gos-<br/>ford, con otros dos encargados de estudiar las causas de la<br/>agitación que reinaba por aquel entonces. Lord Gosford<br/>manifestó públicamente las disposiciones conciliadoras de la<br/>Corona respecto a sus súbditos en Ultramar, sin poder co n-<br/>seguir que los diputados quisieran reconocer los poderes de<br/>la Comisión encargada de informar.<br/><br/><br/>Page No 12<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>13<br/><br/>Mientras tanto, merced a la emigración, el partido inglés<br/>se reforzó poco a poco en el Bajo Canadá. En Montreal y en<br/>Quebec se formaron asociaciones constitucionales para r e-<br/>primir a los reformistas, y si bien el Gobernador se vio obl i-<br/>gado a disolver tales asociaciones, creadas contra la ley ,<br/>quedaron, sin embargo, prontas para obrar, y se deja ver que<br/>el ataque hubo de ser muy fuerte por ambas partes.<br/>El elemento angloamericano, más audaz que nunca,<br/>trató por todos los medios po sibles de hacer ing lés al Bajo<br/>Canadá; y como los patriotas estaban decididos a re sistir<br/>legal o ilegalmente, ocurrieron terribles choques.<br/>La sangre de ambas razas corrió a rau dales en el suelo<br/>conquistado por la intrepidez de los descubridores franceses.<br/>Tal era la situación del Canadá en el año 1837, en que<br/>principia esta historia.<br/>Importa mucho que nuestros lectores conozcan, no sólo<br/>el origen del antagonismo que existiera entre los elementos<br/>franceses e ingleses, sino también la vitalidad del uno y la<br/>tenacidad del otro.<br/>Y además, aquella Nueva Francia ¿no era acaso un p e-<br/>dazo de la patria, como la  Alsacia-Lorena, que una brutal<br/>invasión iba a arrancarnos treinta años más tarde? Y los e s-<br/>fuerzos intentados por los franco canadienses para recuperar<br/>su autonomía, ¿no es un ejemplo que los franceses de Als a-<br/>cia y de Lorena no deban olvidar jamás?<br/>Para tomar disposiciones en previsión de una insurre c-<br/>ción probable, el gobernador, lord Gosford, el comandante<br/>general, sir John Colborne, el coronel Gore, y el ministro de<br/><br/><br/>Page No 13<br/><br/>JULIO VERNE<br/>14<br/><br/>Policía, Gilberto Argall, se reunieron en la tarde del 23 de<br/>Agosto.<br/>Los indios designan con la palabra  kebec toda parte de<br/>un río que  se estrecha de pronto por la proximidad de sus<br/>orillas. Esto es lo que ha dado el nombre a la capi tal, que<br/>está edificada en un promontorio al estilo de Gibraltar, y su<br/>levanta más arriba del sitio en que el San Lorenzo se  ensan-<br/>cha como un brazo de mar. La ciudad alta se halla situada<br/>sobre una colina que domina el curso del río; la baja se ex-<br/>tiende por la orilla, en donde se han construido los depósitos<br/>y los docks. Las calles son estrechas, con las aceras de tablas<br/>y la mayor parte de las casas son de ma dera; existen algunos<br/>edificios sin determinado estilo, como el palacio del Gober-<br/>nador, la casa correo, la de la marina, la catedral inglesa, la<br/>francesa, una explanada muy frecuentada por los que gustan<br/>pasear, y una ciudadela ocupada por una guarnición bastante<br/>importante; tal era entonces la antigua ciudad de Champlain,<br/>más pintoresca, seguramente, que ninguna da las modernas<br/>del Norte de América.<br/>Desde el jardín del Gobernador, la vista se extendía a lo<br/>lejos por el soberbio río, cuyas aguas se separan más abajo,<br/>en el sitio llamado «Horquilla de la isla Orleáns»<br/>La tarde era magnífica, y la atmósfera, templada, no se<br/>veía turbada por el áspero soplo del Noroeste, tan pernicioso<br/>en toda estación cuando azota el valle del San Lorenzo. En<br/>la sombra de un  square se distinguía, alumbrada por la clar i-<br/>dad de la luna, la pirámide triangular levantada en recuerdo<br/>de Wolfe y de Montcalm, muertos en un mismo día.<br/><br/><br/>Page No 14<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>15<br/><br/>Hacía por lo menos una hora ya que el Gobernador g e-<br/>neral y los otros tres altos personajes que le acompañaban<br/>conversaban respecto a la gravedad de una situa ción qua les<br/>obligaba a estar siempre alerta. Los síntomas de un próximo<br/>alzamiento eran por demás visibles, y convenía, por lo tanto,<br/>que estuviesen prontos a cualquier eventualidad.<br/>-¿De cuántos hombres podéis dispo ner? acababa de<br/>preguntar lord Gosford a sir John Colborne.<br/>-De un número, por desgracia, demasiado corto,  res-<br/>pondió el general; y necesito parte de las tropas que comp o-<br/>nen la guarnición para fuera del condado.<br/>-Precisad el número, comandante.<br/>-Puedo poner a vuestra disposición cuatro batallones y<br/>siete compañías de infantería, porque me es imposible quitar<br/>hombre ninguno a las guarniciones que ocupan las ciudad e-<br/>las de Quebec y de Montreal.<br/>-¿Qué artillería tenéis?<br/>-Tres o cuatro piezas de campaña.<br/>-¿Y caballería?<br/>-Sólo un piquete.<br/>-Si tenemos que repartir este efectivo en los condados<br/>limítrofes, dijo el coronel Gore, no será. bastante. Es muy<br/>probable que tengamos que sentir, señor Goberna dor, que<br/>vuestra señoría haya disuelto las asociaciones constitucion a-<br/>les formadas por los leales; hubiéramos tenido allí algunos<br/>centenares de carabineros voluntarios, cuyo concurso nos<br/>hubiera sido de gran utilidad.<br/>-No me era permitido dejarlas organizarse, contestó lord<br/>Gosford, pues su con tacto con la población hubiera prov o-<br/><br/><br/>Page No 15<br/><br/>JULIO VERNE<br/>16<br/><br/>cado colisiones diarias. Es preciso, que evitemos todo cuanto<br/>pueda ocasionar una explosión. Estamos pisando pólvora, y<br/>tenemos que andar con zapatillas de orillo.<br/>El Gobernador general no exageraba la gravedad de la<br/>situación; era un hombre de gran sentido y de espíritu muy<br/>conciliador. Desde su llegada a la colonia había mostrado<br/>mucha deferencia para los colonos franceses, teniendo, s e-<br/>gún ha dicho el historiador Garneau, «cierta ale gría irlandesa<br/>que se acomodaba muy bien a la canadiense» Y si la rebelión<br/>no había estallado todavía, era debido a la circunspección, a<br/>la dulzura y a la rectitud que lord Gosford usaba en sus rel a-<br/>ciones con sus administrados, pues por naturaleza, lo mismo<br/>que por raciocinio, era completamente opuesto a los medios<br/>violentos.<br/>La fuerza, decía muchas veces, comprime, pero no r e-<br/>prime. En Inglaterra se olvida demasiado que el Canadá está<br/>cerca de los Estados Unidos, y que éstos han acabado por<br/>conquistar su independencia. Con gran pesar reconozco que<br/>el Ministerio en Londres quiere una política mili tante, por<br/>cuyo motivo, y por el consejo de los comisarios, la Cámara<br/>de los Lores y la de los Comunes han adoptado por gran<br/>mayoría una proposición que tiende a procesar a los diput a-<br/>dos de la oposición, a emplear el dinero del Erario sin co m-<br/>probación y, a modificar la Constitución de un modo que<br/>permita doblar en los distritos el número de electores de<br/>origen inglés. Todo esto demuestra poca cordura y dará lugar<br/>a que la sangre corra por ambas partes.<br/>Y era de temer, en efecto, pues los últimos acuerdos<br/>adoptados por el Parlamen to inglés habían producido una<br/><br/><br/>Page No 16<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>17<br/><br/>agitación tal, que tarde o temprano tenía que pro ducir gran-<br/>des disturbios. Se celebraban reuniones clandestinas y  mee-<br/>tings públicos que servían para sobrexcitar los áni mos, y de<br/>esto se pasaría muy pronto a obrar. Los partidarios de la<br/>dominación anglosajona y los reformistas se provocaban sin<br/>cesar en Montreal, lo mismo que en Quebec, particularmente<br/>los antiguos miembros de las asociaciones constitucio nales.<br/>La policía no ignoraba que se había repartido una proclama<br/>revolucionaria en los distritos, los condados y las parro quias,<br/>y que habían llegado hasta a ahorcar en efigie al Gobernador<br/>general.<br/>Urgía, pues, tomar prontas disposiciones:<br/>-¿Ha sido visto en Montreal el señor de Vaudreuil? pr e-<br/>guntó lord Gosford.<br/>-Según noticias, no ha abandonado su residencia de<br/>Montcalm, respondió Gil berto Argall; pero sus amigos F a-<br/>rran, Clerc y Vicente Hodge le visitan con mu cha frecuencia<br/>y están diariamente en re lación con los diputados liberales,<br/>particularmente con el abogado Gramont de Quebec.<br/>-Si el movimiento estalla, dijo sir John Colborne, no ca-<br/>be duda de que ellos son los instigadores.<br/>-Si vuestra señoría los mandase prender, añadió el coro-<br/>nel Gore, pudiera suceder que la conspiración se frustrase.<br/>-Si antes no empezaba el motín, res pondió el Goberna-<br/>dor general.<br/>Y volviéndose hacia el ministro de Policía:<br/>-Si no me equivoco, dijo, el señor de Vaudreuil y sus<br/>amigos han figurado ya en las insurrecciones de 1832 y de<br/>1835.<br/><br/><br/>Page No 17<br/><br/>JULIO VERNE<br/>18<br/><br/>-Así es, en efecto, respondió sir Gilber to Argall, o, por<br/>lo menos, todo lo hace suponer, por más que nos faltan<br/>pruebas; por este motivo ha sido imposible perse guirlos,<br/>como se hizo cuando la conspiración de 1825.<br/>-Estas pruebas son las que es preciso adquirir a cua l-<br/>quier precio, dijo sir John Colborne; y antes de acabar para<br/>siempre con las turbulencias de los reformistas, dejémosles<br/>comprometerse aun más. Nada hay tan horrible como la<br/>guerra civil, lo sé; pero si es menester llegar hasta este punto,<br/>que se haga sin cuartel y que la lucha termine en provecho de<br/>Inglaterra.<br/>Hablando de este modo, el comandante de las fuerzas<br/>británicas en el Canadá dejaba comprender que conocía muy<br/>bien el papel que tenía que representar. Sin embargo, si bien<br/>John Colborne era hom bro a propósito para reprimir una<br/>insurrección con gran rigor, el mezclarse en una oc ulta vigi-<br/>lancia, que pertenece espe cialmente a la policía, hubiera r e-<br/>pugnado a su espíritu militar, y, por lo tanto, los agentes de<br/>Gilberto Argall eran únicamente los encargados de observar<br/>sin descanso los movimientos del partido franco-canadiense.<br/>Las ciudades, las parroquias del valle de San Lorenzo, y<br/>en particular las de los condados de Verchères, de Chambly,<br/>de Laprairie, de la Acadia, da Terrebonne, de Dos Montañas,<br/>eran recorridas sin cesar por los numerosos vigilantes del<br/>ministro. En Montreal, faltando aquellas asociaciones con s-<br/>titucionales, cuya disolución sentía tanto el coronel Gore, el<br/>Dorie Club,  cuyos miembros formaban entro los leales más<br/>decididos, se imponían el deber de reducir a los insurrectos<br/>por los medios extremos. Lord Gosford temía con razón<br/><br/><br/>Page No 18<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>19<br/><br/>que a cada instante, bien sea de día o de noche, el choque<br/>pudiera producirse.<br/>Se comprenda que, a pesar de sus personales tendencias,<br/>la camarilla del Gobernador general le empujaba a apoyar a<br/>los burócratas (así llamaban a tus partidarios de la autoridad<br/>de la Corona), en contra de los de la causa nacional. John<br/>Colborne, no gustaba de hacer las cosas a medias, como lo<br/>probó más tarde, cuando sucedió a lord Gosford en el g o-<br/>bierno de la colonia. En cuanto al coronel Gore, antiguo<br/>soldado condecorado en Waterlóo, decía, qua era necesario<br/>obrar militarmente y sin ninguna demora.<br/>El 7 de Mayo del mismo año tuvo lugar una junta de los<br/>principales reformistas en Saint-Ours, pueblecillo del conda-<br/>do de Richelieu, en la que acordaron ciertas proposiciones,<br/>que fueron el programa políti co de la oposición franco-<br/>canadiense.<br/>Entre otras, conviene que citemos ésta:<br/>«Canadá, como Irlanda, debe reunirse alrededor de un<br/>hombre dotado de un odio mortal para la opresión y de un<br/>gran amor patrio, y a quien ni promesas ni amenazas pueda<br/>quebrantar jamás»<br/>Este hombre era el diputado Papineau, cuyo sent i-<br/>miento popular la hacía parecerse a O’Connell.<br/>Al propio tiempo la Junta decidía «abstenerse, en cuanto<br/>posible fuera, de consumir los artículos importados y d e no<br/>usar más que los productos fabricados en el país, para privar<br/>al Gobierno de las rentas que cobraba como derechos i m-<br/>puestos sobre las mercancías extranjeras. »<br/><br/><br/>Page No 19<br/><br/>JULIO VERNE<br/>20<br/><br/>Lord Gosford se vio obligado a contestar a tales resolu-<br/>ciones, con fecha 15 de Junio, con una proclama prohibie n-<br/>do toda reunión sediciosa y ordenando a los magistrados y a<br/>los oficiales de la milicia que  disolviesen todas las que se<br/>celebrasen.<br/>La policía maniobraba con incansable insistencia e m-<br/>pleando a sus más hábiles agentes y no retrocediendo ante<br/>ningún medio, ofreciendo sumas considerables para prov o-<br/>car las traiciones, como lo habían hecho varias veces.<br/>Pero si bien Papineau era conocido por todos como jefe<br/>del partido, otro había que trabajaba en la sombra, y con<br/>tanto misterio, que los principales reformistas no lo habían<br/>visto sino en circunstancias ex traordinarias. Una verdadera<br/>leyenda se había creado alrededor de tal personaje, y esto le<br/>daba una influencia extraordinaria en el espíritu de las masas.<br/>Juan-Sin-Nombre; tal se llamaba el individuo a quien nos<br/>referimos. No se la conocía más que con este enigmático<br/>nombre; de suerte quo nada tenía de extraño que así se trata-<br/>ra de él en la conferencia que celebraba el Gobernador gene-<br/>ral con sus huéspedes.<br/>-¿Y se han encontrado las huell as de ese<br/>Juan-Sin-Nombre? preguntó sir John Colborne.<br/>-Aún no, respondió el ministro da Po licía; pero tengo<br/>motivos para creer que ha vuelto a aparecer en los condados<br/>del Bajo Canadá, y que ha venido recientemente a Quebec.<br/>-¿Y vuestros agentes no han podido prenderle? exclamó<br/>el coronel Gore.<br/>-No es tan fácil como creéis, mi General.<br/><br/><br/>Page No 20<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>21<br/><br/>-¿Posee ese hombre la influencia que le conceden? repu-<br/>so lord Gosford.<br/>-Seguramente, respondió el ministro, y puedo asegurar a<br/>vuestra señoría que esa influencia es grandísima.<br/>-¿Y quién es ese hombre?<br/>-He aquí lo que jamás se ha podido descubrir, dijo sir<br/>John Colborne. ¿No es así querido Argall?<br/>-En efecto, mi General. Nadie sabe quién es, ni de dó n-<br/>de viene, ni adónde va. Ha figurado, casi invisible, en las úl-<br/>timas insurrecciones, así es que no hay duda de que Pap i-<br/>neau, Viger, Lacoste, Vaudreuil, Farran, Gramont y todos los<br/>demás jefes cuentan con su intervención en el momento,<br/>preciso. Ese Juan -Sin-Nombre es casi un ser sobrenatural<br/>para los distritos del San Lorenzo, más arriba de Montreal lo<br/>mismo que más abajo de Quebec; y si se puede tener fe en la<br/>leyenda, ese hombre posee todo cuanto se ne cesita para<br/>arrastrar en pos de sí, lo mismo a los habitantes de las ciuda-<br/>des que a los del campo; es decir, una audacia extra ordinaria<br/>y un valor a toda prueba. Ade más, os lo he dicho ya, lo que<br/>lo da más fuerza es el misterio, lo desconocido.<br/>-¿Creéis cierto que ha venido hace poco a Quebec? pr e-<br/>guntó lord Gosford.<br/>-Los informes de la policía lo hacen suponer por lo m e-<br/>nos, respondió Gilberto Argall, y por este motivo he puesto<br/>en campaña a uno de mis agentes que ha dado ya muchas<br/>pruebas de actividad y de astucia; ese Rip que desplegó tanta<br/>inteligencia en el asunto de Simón Morgaz.<br/><br/><br/>Page No 21<br/><br/>JULIO VERNE<br/>22<br/><br/>-¡Simón Morgaz! dijo sir John Colborne: ¿el que en 1825<br/>entregó a precio de oro y con tanta oportunidad, a sus cóm-<br/>plices en la conspiración de Chambly?...<br/>-El mismo.<br/>-¿Y se sabe lo que ha sido de él?<br/>-Nada, respondió Gilberto Argall, sino que, rechazado<br/>por todos los de su raza, por todos los franco -canadienses a<br/>quienes había hecho traición, desapareció. Puede ser que<br/>haya abandonado el Nuevo Continente o que haya muerto...<br/>-Pues bien; ese medio, que tuvo tan buen éxito con S i-<br/>món Morgaz, ¿no podría emplearse de nuevo con alguno de<br/>los jefes reformistas? preguntó sir John Colborne.<br/>-No lo creo posible, respondió lord Gosford; tan bu e-<br/>nos patriotas (pues es menester confesar que lo son) no<br/>pueden dejarse seducir por el dinero. Que se de claren ene-<br/>migos de la influencia inglesa y sueñen para el Canadá con la<br/>independencia que los Estados Unidos han conquis tado<br/>sobre Inglaterra, es desgraciadamente una gran verdad. Pero<br/>esperar poderlos comprar, decidirlos a que sean traido res<br/>con promesas de dinero o de honores, jamás sucederá así;<br/>tengo la firme con vicción que no encontraréis entre ellos<br/>uno sólo que sea capaz de vender a los demás.<br/>-Lo mismo se decía de Simón Morgaz, respondió con<br/>ironía sir John Colborne; sin embargo, entregó a sus comp a-<br/>ñeros. ¡Y quién sabe si precisamente ese Juan -Sin-Nombre,<br/>de quien habláis, no se dejaría comprar!<br/>-No lo creo, mi General, replicó con viveza el ministro<br/>de Policía.<br/><br/><br/>Page No 22<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>23<br/><br/>-En todo caso, añadió el coronel Gore, bien sea para<br/>comprarle o para ahorcarle, lo primero que hay que hacer es<br/>apoderarse de su persona, y pu esto que ha sido visto en<br/>Quebec...<br/>En este momento un hombre apareció en la revuelta de<br/>una de las calles del jardín, y se detuvo a unos diez pasos de<br/>la asamblea.<br/>El ministro conoció en seguida a su agente, o más bien<br/>al maestro de la policía, calificativo a que por todos conce p-<br/>tos era acreedor.<br/>Este hombre, en efecto, pertenecía al Cuerpo de vigilan-<br/>cia de Comeau, jefe de los agentes franco-canadienses.<br/>Gilberto Argall le hizo señas de que se acercara.<br/>-Es Rip, jefe de la casa Rip y Compañía, dijo dirigiéndo-<br/>se a lord Gosford. ¿Permite vuestra señoría que nos diga los<br/>informes que haya adquirido?<br/>Lord Gosford hizo con la cabeza una señal de aquie s-<br/>cencia, y Rip se acercó respetuosamente, esperando que Gi l-<br/>berto Argall lo interrogase, cosa que se hizo en los siguientes<br/>términos:<br/>-¿Habéis sabido con certeza que Juan -Sin-Nombre ha<br/>visitado a Quebec?<br/>-Creo poder afirmarlo a vuestra señoría.<br/>-¿Y cómo es que no está preso ya? pre guntó lord Gos-<br/>ford.<br/>-Vuestra señoría tiene que dispensarnos, a mis socios lo<br/>mismo que a mí, respondió Rip; nos avisaron demasiado tar-<br/>de. Anteayer me dijeron que ese hombre iba a visitar una de<br/>las casas de la calle del Petit-Champlain, la que está contigua<br/><br/><br/>Page No 23<br/><br/>JULIO VERNE<br/>24<br/><br/>a la tienda del sastre Emotard, a la izquierda, subiendo los<br/>primeros escalones de la susodicha calle. Mandé carear la<br/>casa, que está habitada por un tal Sebastián Gramont, ab o-<br/>gado y diputado, miembro influyente del partido reformista,<br/>pero Juan-Sin-Nombre ni siquiera se había presentado allí,<br/>por más que el diputado Gramont ha tenido, con seguridad,<br/>relaciones con él. Nuestras pesquisas han resultado compl e-<br/>tamente inútiles.<br/>-¿Creéis que ese hombre está aún en Quebec? preguntó<br/>sir John Colborne.<br/>-No puedo responder afirmativamente a vuestra exc e-<br/>lencia, contestó Rip.<br/>-¿No lo conocéis?<br/>-Jamás le he visto, y, en realidad, pocas personas le c o-<br/>nocen.<br/>-¿Se sabe, por lo menos, la dirección, que ha tomado a<br/>su salida de la ciudad?<br/>-Lo ignoro en absoluto, respondió el polizonte.<br/>-¿Qué idea habéis formado respecto de esto? preguntó<br/>el ministro de Policía.<br/>-Que ha debido dirigirse hacia el condado de Montreal,<br/>en donde los agitadores parecen concentrarse con prefere n-<br/>cia. Si se prepara una insurrección, puede decirse con segur i-<br/>dad que estallará en esa parte del Bajo Canadá. Concluyo de<br/>esto que Juan -Sin-Nombre debe de estar oculto en algún<br/>pueblecillo cercano a las orillas de San Lorenzo...<br/>-No está mal pensado, dijo Gilberto Argall, y conviene<br/>proseguir las pesquisas por dicho lado.<br/><br/><br/>Page No 24<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>25<br/><br/>-Pues bien, dad las oportunas órdenes, dijo el Gobern a-<br/>dor general.<br/>-Vuestra señoría quedará satisfecho. Rip, mañana, sin<br/>más tardar, saldréis de Québec con los mejores agentes que<br/>tengáis. A mi vez haré que se vigile con mucho celo al señor<br/>de Vaudreuil y a sus amigos, con los que ese<br/>Juan-Sin-Nombre tiene segura mente entrevistas más o m e-<br/>nos frecuentes. Procurad encontrar sus huellas por cualquier<br/>medio hábil; esto es lo que os encarga especialmente el señor<br/>Gobernador general.<br/>-Y lo cumpliré fielmente, respondió el jefe de la casa Rip<br/>y Compañía. Partiré mañana sin falta.<br/>-Aprobamos, desde luego, añadió Gilberto Argall, todo<br/>cuanto hagáis para conseguir la captura de ese peligroso pa r-<br/>tidario; lo necesitamos muerto o vivo, antes de que subleve<br/>con su presencia a la población franco-canadiense. Sois inte-<br/>ligente y celoso en el cumplimiento de vuestras obligaciones;<br/>ya habéis dado pruebas de ello, Rip, hace una docena de<br/>años, en el asunto Morgaz. Contamos de nuevo con vuestro<br/>celo y vuestra inteligencia.<br/>Rip se preparaba a partir, y hasta anduvo algunos pasos<br/>hacia atrás, cuando de pronto se detuvo.<br/>-¿Vuestra señoría me permite que le haga una pregunta?<br/>dijo dirigiéndose al ministro.<br/>-¿Una pregunta?...<br/>-Sí, señor; y es necesario que se resuelva en seguida, para<br/>la regularidad de las escrituras en los libros de la casa Rip y<br/>Compañía.<br/><br/><br/>Page No 25<br/><br/>JULIO VERNE<br/>26<br/><br/>-Hablad, dijo Gilberto Argall.<br/>-¿Se ha puesto precio a la cabeza de Juan- Sin-Nombre?<br/>-Todavía no.<br/>-Es preciso que se haga, dijo sir John Colborne.<br/>-Hecho está, respondió lord Gosford.<br/>-¿Qué precio tiene?... preguntó Rip.<br/>-Cuatro mil piastras.<br/>-Vale seis mil, respondió Rip. Tendré muchos gastos de<br/>viaje y propinas que dar para informes especiales.<br/>-Tendréis esa suma, dijo lord Gosford.<br/>-¿Vuestra señoría no se arrepentirá y me dará con gusto<br/>lo que he pedido...?<br/>-Si lo ganáis... añadió el ministro.<br/>-Lo ganaré.<br/>Y después de esta afirmación, algo atrevida quizás, el je-<br/>fe de la casa Rip y Compañía se retiró.<br/>-Ese Rip es un hombre que parece es tar siempre seguro<br/>de sí mismo, dijo el coronel Gore.<br/>-Y que debe inspirar completa con fianza, replicó Gil-<br/>berto Argall; y además, la prima de seis mil piastras es más<br/>que suficiente para excitar su astucia y su celo. El asunto de<br/>la conspiración Chambly le valió sumas importantes, y si es<br/>aficionado a su oficio, no lo es menos al dinero que le pr o-<br/>duce. Es menester tomar a ese tipo original cual es, y en ve r-<br/>dad que nadie como él es capaz de apoderarse de<br/>Juan-Sin-Nombre, si éste es hombre que se deje prender.<br/>El general, el ministro y el coronel se despidieron e n-<br/>tonces de lord Gosford. Después sir John Colborne dio o r-<br/>den al coronel Gore de partir inmediatamente para Montreal,<br/><br/><br/>Page No 26<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>27<br/><br/>en donde les esperaba su colega el coronel Witherall, enca r-<br/>gado de prevenir, para impedirlo, cualquier mo vimiento in-<br/>surreccional en las parroquias.<br/><br/><br/>Page No 27<br/><br/>JULIO VERNE<br/>28<br/><br/>II<br/>DOCE AÑOS ANTES<br/>¡Simón Morgaz! ¡Nombre aborrecido hasta en las h u-<br/>mildes aldeas de las provincias canadienses! ¡Nombre entre-<br/>gado a la execración pública! Un Simón Morgaz es el traidor<br/>que entrega a sus hermanos y vende a su patria.<br/>Y esto se comprende, sobre todo en aquella Nueva<br/>Francia, que no ignora ya  ahora cuan implacable es el odio<br/>que merece el crimen de lesa patria.<br/>En 1825, doce años antes de la insurrección de 1837, al-<br/>gunos franco-canadienses habían sentado las bases de una<br/>conspiración cuyo objeto era libertar el Canadá de la dom i-<br/>nación inglesa, que les era tan pesada.<br/>Hombres audaces, activos, enérgicos, en buena pos i-<br/>ción, y siendo hijos, la mayor parte de ellos, de los primeros<br/>emigrantes que habían fundado Nueva Fran cia, no podían<br/>habituarse al pensamiento de que fuera definitivo el aband o-<br/>no de su colonia en provecho de Inglaterra. Admitiendo que<br/>el país no pudiera volver a manos de los nietos de los Cartier<br/>o de los Champlain, que lo habían descubierto en el siglo<br/><br/><br/>Page No 28<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>29<br/><br/>XVI, ¿no tenía el derecho de ser independiente? Sí; y para<br/>conquistar tal independencia era por lo que aquellos patri o-<br/>tas iban a jugarse la cabeza.<br/>Entre ellos se hallaba el señor de Vaudreuil, desce n-<br/>diente de los antiguos Gobernadores del Canadá en el reina-<br/>do de Luis XIV, una de aquellas familias cuyos apellidos<br/>franceses han dado, en su mayor parte, nombres geográficos<br/>a muchos puntos, como puede verse en los mapas del Can a-<br/>dá. <br/>En aquella época, el señor de Vaudreuil tenía treinta y<br/>cinco años, habiendo na cido en 1790, en el condado de<br/>Vaudreuil, situado entre el San Lorenzo al Sur y el río O u-<br/>taouais al Norte, en los confines de la provincia del Ontario.<br/>Sus amigos eran, como él, de origen francés, si bien v a-<br/>rias alianzas con las familias angloamericanas habían alterado<br/>sus nombres patronímicos. Entre ellos se contaban el prof e-<br/>sor Roberto Farran, de Montreal, Francisco Clerc, rico pr o-<br/>pietario de Chataugay y algunos otros que, bien sea por su<br/>fortuna o su nacimiento, tenían gran influencia en las pobl a-<br/>ciones de las aldeas y de los pueblos.<br/>El verdadero jefe de la conspiración era Walter Hodge,<br/>de nacionalidad america no, y que, a pesar de sus sesenta<br/>años, conservaba todavía el ardor de su sangre. Durante la<br/>guerra de la Independencia había formado parte de aquellos<br/>atrevidos voluntarios, de aquellos  skinners, a los que W a-<br/>shington tuvo que tolerar violencias por demás salvajes, pues<br/>sus compañías francas no dejaban un momento de reposo al<br/>ejército real.<br/><br/><br/>Page No 29<br/><br/>JULIO VERNE<br/>30<br/><br/>Ya es sabido que desde fines del si glo XVIII los Est a-<br/>dos Unidos excitaban al Canadá para que formara parte de la<br/>federación americana, y esto explica el por qué un americano<br/>como Walter Hodge había entrado en la conspiración, y<br/>hasta que fuera jefe de ella. ¿No era acaso uno de los que<br/>habían adoptado como lema estas palabras, que resumen<br/>toda la doctrina de Monroe: La América para los americanos?<br/>Walter Hodge y sus compañeros no ha bían cesado de<br/>protestar en contra de las exacciones de la Administración<br/>inglesa, que se hacían cada vez más insufribles.<br/>En 1822 sus nombres figuraban en la protesta contra la<br/>unión del Alto y del Bajo Canadá al lado de los dos herm a-<br/>nos Sanguinet que dieciocho años más tarde debían pagar<br/>con la vida su apego a la causa nacional.<br/>Combatieron también con la pluma y con la palabra<br/>cuando se trató de reclamar en contra del inicuo reparto de<br/>los terrenos, concedidos únicamente a los burócratas para<br/>reforzar el elemento inglés, y personalmente lucharon contra<br/>los gobernadores Sherbrooke, Richmond, Monk y Maitland;<br/>tomaron parte en la Administra ción de la colonia, y apo ya-<br/>ron todos los actos de los diputados de la oposición.<br/>En 1825 la conspiración, teniendo un objeto determina-<br/>do, se organizó, dejando aparte a los liberales de la Cámara<br/>canadiense. y si bien Papineau y sus colegas Cuvillier, B e-<br/>dard, Quesnel y otros no tu vieron conocimiento de ella,<br/>Walter Hodge podía contar con ellos para asegurar sus co n-<br/>secuencias, en el caso de que saliera bien.<br/><br/><br/>Page No 30<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>31<br/><br/>En primer lugar, se trataba de apoderar se de lord Da l-<br/>housie, que en 1820 había sido nombrado Gobernador gene-<br/>ral de las colonias inglesas de la América del Norte.<br/>Éste a su llegada, parecía haberse decidido por una polí-<br/>tica de concesiones, y merced a su gestión, el Obispo catól i-<br/>co de Quebec fue oficialmente reconocido como tal, y<br/>Montreal, Rose y Regiópolis tuvie ron también c ada cual el<br/>suyo.<br/>Pero, de hecho, el Gabinete británico rehusaba al Can a-<br/>dá el derecho de gobernarse por sí mismo.<br/>Los miembros del Consejo legislativo, nombrados vit a-<br/>licios por la Corona, eran todos ingleses de nacimiento y<br/>aniquilaban por completo la Cá mara elegida por el pueblo.<br/>En una población que contaba seiscientos mil habitantes, de<br/>los que quinientos veinticinco mil eran franco -canadienses,<br/>los empleos pertenecían en las tres cuartas partes a funciona-<br/>rios de origen sajón, y, en fin, se trataba  de nuevo de prohi-<br/>bir el uso legal del idioma francés en toda la colonia.<br/>Para impedir que rigieran estas disposiciones, era nec e-<br/>sario un acto de violencia: apoderarse de lord Dalhousie y de<br/>los principales miembros del Consejo legisla tivo, y después<br/>de realizar tal golpe de Es tado, provocar un movimiento<br/>popular en los condados del San Lorenzo, nombrar un G o-<br/>bierno provisional ínterin se constituyera por elección y p o-<br/>ner a las milicias canadienses frente a frente con el ejército<br/>inglés. Tal era el objetivo de Walter Hodge, de Roberto F a-<br/>rran, de Francisco Clerc y de Vaudreuil.<br/>La conspiración hubiera tal vez tenido éxito, si la tra i-<br/>ción de uno de sus cómplices no la hubiese hecho abortar.<br/><br/><br/>Page No 31<br/><br/>JULIO VERNE<br/>32<br/><br/>A Walter Hodge y a sus partidarios franco -canadienses<br/>se había unido un tal Simón Morgaz, cuya situación y origen<br/>conviene dar a conocer.<br/>En 1825 éste tenía cuarenta y seis años; era ahogado en<br/>un país en el que se cuen tan más abogados que clientes, así<br/>como más médicos que enfermos; vivía, como es cons i-<br/>guiente, con bastante escasez en Chambly, pequeña villa<br/>situada en la orilla izquierda del Richelieu, a más de diez l e-<br/>guas de Montreal y al lado opuesto al San Lorenzo.<br/>Simón Morgaz era un hombre resuelto, cuya energía ha-<br/>bía llamado la atención cuando los reformistas protestaron<br/>contra el modo de obrar del Gabinete británico.<br/>Sus maneras francas y su inteligente fisonomía le hacían<br/>simpático a todos, y nadie hubiese podido sospechar jamás<br/>qué bajo aquel aspecto seductor aparecería un día el más<br/>infame de los traidores.<br/>Simón Morgaz era casado.<br/>Su mujer, más joven que él, tenía en tonces treinta y<br/>ocho años; se llamaba Bridget Morgaz, y era de origen am e-<br/>ricano, hija del mayor Allen, cuyo valor había podido apr e-<br/>ciarse durante la guerra de la Independencia, pues formaba<br/>parte de los ayudantes de Washington. Verdadero tipo de la<br/>más absoluta lealtad, hubiera sacrificado su vida a su palabra<br/>con la serenidad e imperturbabilidad de un Régulo.<br/>En Albany, Estado de Nueva York, fue donde Simón<br/>Morgaz y Bridget se conocieron.<br/>El joven abogado era franco -canadiense de nacimiento,<br/>circunstancia que debía tener en cuenta el mayor Allen, que<br/><br/><br/>Page No 32<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>33<br/><br/>con seguridad no hubiera concedido la mano de su hija al<br/>descendiente de una familia inglesa.<br/>Aun cuando Simón Morgaz no poseía bienes de fort u-<br/>na, con la parte que tenía Bridget de la herencia de su madre<br/>podían vivir, si no en la abundancia, por lo menos con d e-<br/>cencia y sin temor a las privaciones.<br/>El casamiento se efectuó en Albany en el año 1806.<br/>La situación de los recién casados hubiera podido ser<br/>feliz, y, sin embargo, no sucedió así; no porque Simón Mo r-<br/>gaz tratara mal a su esposa, pues experimentó siempre para<br/>ella una sincera afección, sino porque le devoraba la pasión<br/>del juego. El patrimonio de Bridget fue disipado en pocos<br/>años y si bien Morgaz era considerado como buen abogado,<br/>su trabajo no bastó a reparar las mermas hechas en su fort u-<br/>na; su mujer sufrió dignamente las privaciones ocasionadas<br/>por la conducta de su marido, a quien no dirigió ningún r e-<br/>proche. Dióle consejos; más ineficaces éstos, arrostró con<br/>resignación y con valor el porvenir que se presentaba con<br/>muy sombríos colores.<br/>No era para ella sola para quien tenía que temer, pues<br/>durante los primeros años de su matrimonio tuvo dos hijos,<br/>a los que dieron el mismo nombre de pila, ligeramente modi-<br/>ficado, recordando de este modo su origen francés y amer i-<br/>cano.<br/>El mayor, Joann, habla nacido en 1807; el menor, Juan,<br/>en 1808.<br/>Bridget se consagró por entero a la educación de sus<br/>hijos; tarea tan dulce para una madre, y que la distraía de sus<br/>penas.<br/><br/><br/>Page No 33<br/><br/>JULIO VERNE<br/>34<br/><br/>Joann era de carácter dulce, y su hermano de temper a-<br/>mento muy vivo; mas ambos ocultaban bajo la dulzura y la<br/>viveza una gran energía. Poseían el espíritu serio de su m a-<br/>dre, el gusto al trabajo y la rectitud en mirar las cosas, que<br/>faltaba a Simón Morgaz. Tenían para con su padre una act i-<br/>tud siempre respetuosa, pero nada de ese abandono natural<br/>ni de esa confianza sin reserva, que es la esencia misma de la<br/>atracción de la sangre. En cambio experimentaban hacia su<br/>madre una adhesión sin límites y un afecto que no desbo r-<br/>daba de sus juveniles corazones sino para llenar el de<br/>Bridget.<br/>Madre o hijos estaban unidos por el doble lazo del amor<br/>filial y del amor materno, que nada podría romper jamás.<br/>Después del período de la niñez, Joann y Juan ingres a-<br/>ron en el colegio de Chambly, con un año de diferencia en<br/>los estudios; figuraban, con justicia, entre los mejores alu m-<br/>nos de las primeras divisiones. Cuando tuvieron doce o trece<br/>años entraron en el Instituto de Montreal, en donde se di s-<br/>tinguieron siempre por su inteligencia y su aplicación. Sólo<br/>faltaban dos cursos para concluir sus estudios, cuando suc e-<br/>dieron los acontecimientos de 1825.<br/>Simón Morgaz y su esposa se habían establecido en<br/>Montreal; pero su bufete de abogado decaía cada vez más.<br/>Conservaban una mo desta casa en Chambly, y en esta se<br/>reunían Walter Hodge y sus ami gos cuando Morgaz formó<br/>parte de la conspiración, cuyo primer acto, después del<br/>arresto del Gobernador general, debía ser la instalación de<br/>un Gobierno provisional en Quebec.<br/><br/><br/>Page No 34<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>35<br/><br/>En la pequeña villa de Chambly, al abri go de aquella<br/>modesta vivienda, los cons piradores creían estar con más<br/>seguridad que en Montreal, en donde la vigilancia de la pol i-<br/>cía se ejercía con extremado rigor. Sin embargo, obraban<br/>siempre con gran prudencia, procurando despistar cualquier<br/>tentativa de espionaje.<br/>Las armas y municiones de que dispo nían habían sido<br/>depositadas en casa de Simón Morgaz sin despertar la menor<br/>sospecha; era, pues, en la casa de Chambly en donde se an u-<br/>daban los hilos de la conspiración y de donde debía partir la<br/>señal del movimiento insurreccional.<br/>El Gobernador y su camarilla, a pesar del sigilo de los<br/>conspiradores, tuvieron algún indicio de que un golpe de<br/>Estado se preparaba en contra de la Corona, e hicieron vig i-<br/>lar con más cuidado que nunca a aquellos de los diputados<br/>que más se señalaban por su pertinaz oposición; pero, bueno<br/>es repetirlo, Papineau y sus colegas ignoraban complet a-<br/>mente los proyectos de Walter Hodge y de sus partidarios,<br/>que habían fijado el día 26 de Agosto para tomar las armas,<br/>sorprendiendo a la vez a amigos y a enemigos.<br/>Pero sucedió que en las primeras horas de la noche de la<br/>víspera del día señalado para la sublevación, la casa de Simón<br/>Morgaz fue invadida por agentes de po licía, dirigidos por<br/>Rip, en el momento en que los conspiradores se hallaban<br/>reunidos en ella.<br/>No tuvieron más tiempo que el preciso para destruir su<br/>secreta correspondencia y para quemar la lista de los afili a-<br/>dos. Los agentes se apoderaron de todas las armas ocultas en<br/>las cuevas.<br/><br/><br/>Page No 35<br/><br/>JULIO VERNE<br/>36<br/><br/>Descubierto el complot, Walter Hodge, Roberto Farran,<br/>Francisco Clerc, Simón Morgaz, Vaudreuil y unos diez p a-<br/>triotas más, fueron presos y conducidos con bue na escolta a<br/>la cárcel de Montreal.<br/>He aquí lo que había acontecido.<br/>Existía en aquella época en Quebec un tal Rip, de origen<br/>anglo-canadiense, director de una casa dedicada a informes y<br/>noticias para uso de los particulares, cuyas cualidades esp e-<br/>ciales había utilizado mu chas veces el Gobierno con gran<br/>provecho.<br/>Estas oficinas privadas funcionaban bajo la razón social<br/>Rip y Compañía.<br/>Un asunto de policía no era para él sino un negocio de<br/>dinero, y lo sentaba en sus libros lo mismo que un come r-<br/>ciante sus mercancías. Tenía una tarifa de pre cios: tanto por<br/>una indagatoria, tanto por una detención, tanto por un e s-<br/>pionaje. Era el tal Rip hombre astuto, listo, audaz y que, con<br/>cierto manejo, había sabido descubrir muchos secretos parti-<br/>culares.<br/>Con tales indicios no tenemos por qué decir que estaba<br/>completamente desprovisto de escrúpulos y que carecía en<br/>absoluto de sentido moral.<br/>En 1825, Rip, que acababa de fundar su Agencia, tenía<br/>treinta y dos años, y ya, sirviéndose de su facilidad de alterar<br/>su fisonomía y de su habilidad para disfrazarse, había podido<br/>intervenir en varios negocios con diferentes nombres.<br/>Hacía algunos años que conocía a Simón Morgaz, con el<br/>que había trabado re laciones con motivo de algunas causas<br/>judiciales. Ciertas circunstancias, que hubie ran pasado inad-<br/><br/><br/>Page No 36<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>37<br/><br/>vertidas para otro cualquiera que no fuese él, le hicieron pen-<br/>sar que el abogado de Montreal debía de estar afiliado en la<br/>conspiración.<br/>Se hizo su sombra, lo copió hasta en los secretos de su<br/>vida privada y frecuen tó su casa, por más que Bridget no<br/>disimulaba la antipatía que le inspiraba.<br/>Una carta sustraída en el correo dio bien pronto a Rip la<br/>casi certidumbre de la complicidad del abogado.<br/>El ministro de Policía, informado por el agente del r e-<br/>sultado de sus indagaciones, le recomendó que obrara con<br/>mucha destreza respecto a Simón Morgaz, utilizando la noti-<br/>cia que se tenía de hallarse apurado de recursos metálicos.<br/>Por fin, Rip presentó bruscamente un día a aquel desgraci a-<br/>do estas dos alternativas: ser perseguido como culpable de<br/>alta traición, o tomar la enor me suma de cien mil piastras si<br/>consentía en entregar el nombre de sus cómplices y los deta-<br/>lles de la conspiración de Chambly.<br/>El ahogado se aterró. ¡Ser traidor a sus compañeros, que<br/>tenían fe en él! ¡Venderlos por dinero! ¡Entregarlos al cada l-<br/>so! Y, sin embargo, sucumbió, aceptó el precio de su infame<br/>traición, entregó los secretos del complot después de recibir<br/>la promesa de que su inicua venta no sería jamás divulgada, y<br/>convinieron en que los agentes de policía le prendieran al<br/>mismo tiempo que a Walter Hodge y demás conspiradores,<br/>que le juzgarían los mismos jueces y que el castigo que había<br/>de serles impuesto, la pena de muerte, sería lo mismo para él.<br/>Después le procurarían el medio de evadirse antes de la ej e-<br/>cución de la condena.<br/><br/><br/>Page No 37<br/><br/>JULIO VERNE<br/>38<br/><br/>Esta odiosa maquinación no sería conocida de este mo-<br/>do sino por el ministro de Policía, el jefe de la casa Rip y<br/>Compañía, y el traidor.<br/>Las cosas se hicieron así como se había convenido, y el<br/>día indicado por Simón Morgaz los conspiradores fueron<br/>sorprendidos inopinadamente en la casa de Chambly.<br/>Walter Hodge, Roberto Farran, Fran cisco Clerc, Vau-<br/>dreuil y algunos otros cómplices, incluso Simón Morgaz,<br/>comparecieron en el banco de los acusados en 25 de Se p-<br/>tiembre de 1825.<br/>A los cargos que les hizo el fiscal (el juez abogado como<br/>se le llamaba entonces), los reos no contestaron sino con<br/>justos y directos ataques en contra del Gabinete británico. A<br/>los argumentos legales opusieron otros sacados del más puro<br/>patriotismo. ¿No sabían acaso que estaban condenados de<br/>antemano y que nada podía salvarlos?<br/>Los debates duraban ya desde algunas horas y la causa<br/>seguía su curso regular, cuando un incidente improvisto dio<br/>a conocer la conducta de Simón Morgaz.<br/>Uno de los testigos de cargo, el Sr. Turner, de Chambly,<br/>declaró haber visto va rias veces al abogado conferenciando<br/>con el jefe de la casa Rip y Compañía.<br/>Esto lo reveló todo.<br/>Walter Hodge y Vaudreuil, que desde algún tiempo h a-<br/>bían concebido ciertas sospechas, motivadas por el modo de<br/>obrar de Simón Morgaz, las vieron confirmadas por la decla-<br/>ración del testigo Turner. Para que la conspiración, organ i-<br/>zada con tanto sigilo, hubiera sido descubierta con tanta<br/><br/><br/>Page No 38<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>39<br/><br/>facilidad, era preciso que un traidor hubiese denunciado a los<br/>autores de ella.<br/>Rip, acosado por preguntas, contestó con evasivas.<br/>Simón Morgaz procuró defenderse de los cargos que<br/>pesaban contra él; pero lo que dijo era tan inverosímil, dio<br/>explicaciones tan singulares, que la opinión de los con-<br/>jurados, así como la de los jueces, se dejó traslucir bien<br/>pronto.<br/>Un miserable había vendido a sus hermanos, y el traidor<br/>era Simón Morgaz.<br/>Entonces un irresistible movimiento de repulsión se<br/>produjo en el banco de los acusados, y se propagó entre el<br/>público amontonado en la sala del Tribunal.<br/>-Señor presidente, dijo Walter Hodge; pedimos que S i-<br/>món Morgaz sea expulsado de este banco, honrado con<br/>nuestra presencia, deshonrado por la suya... ¡No queremos<br/>ser manchados más tiempo con el contacto de ese hombre!<br/>Vaudreuil, Clerc, Farran, todos, en fin, se unieron a<br/>Walter Hodge, que ya, fuera de sí, se precipitó sobre Simón<br/>Morgaz, quien lo hubiera pasado muy mal, sin la interve n-<br/>ción de los guardias que acudieron para defenderle.<br/>La concurrencia hizo causa común con los acusados, y<br/>exigió que se expulsara al traidor. El presidente dio orden de<br/>que se le llevasen y le encerraran de nuevo en su prisión. La<br/>gritería que le acompañó en su salida, y las amenazas de que<br/>fue objeto, demostraron que se le tenía por un infame, cuya<br/>traición iba a costar la vida a los más ardientes apóstoles de<br/>la independencia canadiense.<br/><br/><br/>Page No 39<br/><br/>JULIO VERNE<br/>40<br/><br/>Y, en efecto, Walter Hodge, Francisco Clerc y Roberto<br/>Farran, considerados como los principales jefes de la conspi-<br/>ración de Chambly, fueron sentenciados a muerte.<br/>El día 27 de Septiembre, después de ha cer una última<br/>llamada al patriotismo de sus conciudadanos, murieron en el<br/>cadalso.<br/>En cuanto a los demás acusados, entre los que se hall a-<br/>ba el señor de Vaudreuil, bien sea que estuviesen menos<br/>comprometidos, o que el Gobierno no quisiera castigar con<br/>la última pena más que a los jefes de más renombre, les pe r-<br/>donaron la vida, y sentenciados a prisión perpetua, no rec o-<br/>braron su libertad hasta 1829, por una amnistía concedida a<br/>los reos políticos.<br/>¿Qué fue de Simón Morgaz después de la ejecución?<br/>Una orden que le ponía en libertad le permitió salir de<br/>Montreal, y se apresuró a desaparecer.<br/>Pero una reprobación general iba a pesar sobre su nom-<br/>bre, y, por consecuencia, a herir otros desgraciados seres<br/>que, sin embargo, no eran responsables de su traición.<br/>Bridget fue brutalmente despedida de la morada que ocup a-<br/>ba en Montreal, echada de la casa de Chambly, en donde se<br/>había refugiado durante la instrucción de la causa. Tuvo que<br/>recoger a sus hijos, que acababan de ser expulsados del col e-<br/>gio, como lo había sido su padre del banco de los acusados.<br/>¿En dónde Simón Morgaz fue a ocultar su infamia<br/>cuando su esposa y sus hijos se reunieron a él algunos días<br/>después?<br/>En primer lugar, a una pequeña ciudad lejana, y después,<br/>fuera del distrito de Montreal.<br/><br/><br/>Page No 40<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>41<br/><br/>Sin embargo, la infeliz Bridget no po día creer en la cul-<br/>pabilidad de su marido, ni los hijos en el crimen de su padre.<br/>Se habían retirado los cuatro a Verchères, pueblo del cond a-<br/>do del mismo nombre, situado en la orilla derecha del San<br/>Lorenzo. Esperaban que allí ninguna sospecha los denuncia-<br/>ría a la animadversión pública. Estos desgraciados vivieron<br/>entonces con los últimos recursos que les quedaban, pues<br/>aun cuando Simón Morgaz había recibido el precio de su<br/>traición por conducto de la casa Rip, se guardaba muy bien<br/>de sacar ese dinero delante de su mujer o de sus hijos. En su<br/>presencia protestaba siempre de su inocencia, maldecía la<br/>injusticia de los hombres que pesaba sobre su familia y sobre<br/>él, diciendo:<br/>-Si yo hubiese sido traidor, ¿no tendría acaso sumas<br/>considerables a mi disposición? ¿Estaría reducido a esta e x-<br/>cesiva escasez, esperando la miseria que nos amenaza?<br/>Y Bridget, siempre creyendo en la inocencia de su mar i-<br/>do, se alegraba sufriendo unas privaciones que hacían caer<br/>por tierra las acusaciones de que su esposo era objeto, y la<br/>pobre mujer se decía que las apariencias estaban en contra de<br/>él... que no le habían permitido explicarse... que era víctima<br/>de un horrible concurso de circunstancias... que un día lleg a-<br/>ría en que se justificaría, puesto que era inocente, del crimen<br/>horroroso que se le imputaba.<br/>En cuanto a los hijos, tal vez se hubiera podido obse r-<br/>var en ellos alguna diferencia en su actitud respecto al jefe de<br/>la familia. El mayor, Joann, se apartaba muchas veces de los<br/>demás, no atreviéndose siquiera a reflexionar en el oprobio<br/>que recaería en adelante sobre su apellido; rechazaba, para<br/><br/><br/>Page No 41<br/><br/>JULIO VERNE<br/>42<br/><br/>no tener que profundizarlos, los argumentos en pro o en<br/>contra que se presentaban en su espíritu. No quería juzgar a<br/>su padre, temiendo que su juicio fuera imprudente; cerraba<br/>los ojos, se callaba y se alejaba cuando su madre o su herm a-<br/>no hablaban en favor del autor de sus días. Era evidente que<br/>el infeliz adolescente temía encontrar culpable al hombre que<br/>la había dado el ser.<br/>Juan, por el contrario, obraba de muy diferente modo;<br/>creía firmemente en la inocencia del cómplice de Walter<br/>Hodge, de Farran y de Clerc, aun cuando se ele vaban tantas<br/>voces para acusarte. De un carácter más impetuoso que<br/>Joann, pero menos dueño de su juicio, se dejaba llevar de sus<br/>instintos de cariño filial, asiéndose a ese lazo de la sangre que<br/>la naturaleza hace tan difícil de romper.<br/>Cuando algunas veces oía ciertas conversaciones ref e-<br/>rentes a Simón Morgaz, quería defender a su padre en públ i-<br/>co, y era precisa la intervención de su madre para impedirlo<br/>que se entregara a algún acto de violencia.<br/>La infortunada familia vivía en Verchères con un no m-<br/>bre supuesto, en una profunda miseria material y moral, y no<br/>se sabe a qué excesos hubieran llegado los habitantes de la<br/>ciudad si hubieran tenido conocimiento de que Simón Mo r-<br/>gaz se albergaba en ella.<br/>En todo el Canadá, en las villas, así como en el más m í-<br/>sero villorrio, el nombre del traidor era la más infame de las<br/>calificaciones. Se le unía al de Judas, y más especialmente a<br/>los de Black y de Dionisio Vitré, sinónimos de traidores des-<br/>de hacía mucho tiempo ya en el idioma franco-canadiense.<br/><br/><br/>Page No 42<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>43<br/><br/>¡Sí! En 1759, ese Dionisio Vitré, un francés, había ten i-<br/>do la infamia de pilotar a la flota inglesa de Quebec, ayuda n-<br/>do a arrancar esta capital a la Francia.<br/>¡Sí! En 1797, ese Black, un inglés, había entregado a un<br/>proscrito que había confiado en su lealtad, el americano M a-<br/>cLane, comprometido con los insurrectos canadienses, y este<br/>generoso patriota había sido ahorcado, y después le cortaron<br/>la cabeza y quemaron sus entrañas, arrancadas de su cadáver.<br/>Y ahora, así como habían dicho Black y Vitré, se decía<br/>Simón Morgaz; tres nombres entregados a la execración p ú-<br/>blica.<br/>La presencia de esta familia, cuyo origen no se conocía,<br/>que vivía de un modo tan misterioso y apartada por co m-<br/>pleto del trato de gentes, llamó la atención de los vecinos de<br/>Verchères, y empezaron a entrar en sospechas.<br/>Una noche el nombre de Black fue escrito en la puerta<br/>de la casa habitada por Simón Morgaz.<br/>Al siguiente día abandonó la población, acompañado de<br/>su esposa y de sus hijos. Atravesaron el San Lorenzo, est a-<br/>bleciéndose durante algunos días en uno de los pueblos de la<br/>orilla izquierda del río; pero fijándose en ellos la atención de<br/>los habitantes, salieron también de allí.<br/>No era ya sino una familia errante, ob jeto de la general<br/>reprobación.<br/>Parecía que la Venganza le perseguía con una antorcha<br/>encendida en la mano, como la representan en las leyendas<br/>bíblicas, siguiendo por todas partes al matador de Abel.<br/>Simón Morgaz y los suyos, no pudien do fijarse en ni n-<br/>guna parte, atravesaron los condados de la Asunción, de<br/><br/><br/>Page No 43<br/><br/>JULIO VERNE<br/>44<br/><br/>Terrebonne, de Dos Montañas y de Vaudreuil, caminando<br/>hacia el Este, en donde se hallan los pueblos menos popul o-<br/>sos; y sin embargo, siempre, tarde o temprano, se les echaba<br/>su nombre a la faz.<br/>Dos meses después del juicio del 27 de Septiembre, el<br/>padre, la madre, Joann y Juan habían tenido que huir hasta<br/>los territorios del Ontario. Tuvieron que partir en seguida de<br/>Kingston, en donde los conocieron en la posada que les se r-<br/>vía de albergue. Simón Morgaz tuvo que apro vechar las t i-<br/>nieblas de la noche para esca par; en va no Bridget y Juan<br/>quisieron defenderle, pues con mucho trabajo pudieron ellos<br/>mismos sustraerse a la ira de los habitantes, y Joann estuvo<br/>expuesto a perder la vida protegiendo la retirada de su madre<br/>y de su hermano.<br/>Se reunieron los cuatro a algunas mi llas más allá de<br/>Kingston, en la orilla del lago, del que resolvieron seguir la<br/>margen septentrional para ir a los Estados Unidos, puesto<br/>que no hallaban un refugio ni aun en el Alto Canadá, en<br/>donde no habían penetrado todavía las ideas reformistas.<br/>Y aun del otro lado de la frontera te nían que temer la<br/>misma acogida, porque allí se odiaba el nombre de Black,<br/>que había hecho traición a un ciudadano de la federación<br/>americana.<br/>Más valía dirigirse a un país desconocido, vivir en medio<br/>de una tribu india, en donde el nombre de Simón Morgaz no<br/>hubiera llegado aún. Todo fue en vano; él, miserable era<br/>echado de todas partes. Lo conocían por doquiera, como si<br/>llevara en la frente algún signo infamante que le señalara a la<br/>vindicta universal.<br/><br/><br/>Page No 44<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>45<br/><br/>Llegaron los últimos días de Noviem bre. ¡Qué penoso<br/>se hace el andar cuando es preciso arrostrar los malos tie m-<br/>pos, esa brisa glacial y esos rigurosos fríos propios del i n-<br/>vierno en el país de los la gos! Cuando atravesaban algún<br/>lugar, los hijos compraban algunas provisiones, mientras que<br/>el padre daba la vuelta por las afueras. Descansaban, cuando<br/>podían, en alguna choza abandonada, y si no en el hueco de<br/>alguna roca o debajo de los árboles de los inmensos bosques<br/>que cubren aquel terreno.<br/>Simón Morgaz estaba cada vez más sombrío y más h u-<br/>raño; no cesaba de disculparse delante de su familia, como si<br/>un invisible acusador, encarnizándose con él, le repitiera a<br/>cada instante: «¡traidor!... ¡traidor!...» No se atrevía a mirar<br/>cara a cara ni a Bridget ni a sus hijos, por más que aquella<br/>procurara darle ánimo con afectuosas palabras, y si bien<br/>Joann continuaba guardando. silencio, Juan decía:<br/>-¡Padre... padre!... No te dejes abatir de ese modo. ¡El<br/>tiempo te hará justicia contra los calumniadores!... ¡Recon o-<br/>cerán que se han eq uivocado... que las apa riencias te han<br/>sido contrarias!... ¿Cómo es posible, padre, que hayas hecho<br/>traición a tus compañeros y que hayas vendido a tu país?...<br/>-¡No!... ¡no!... respondía Simón Mor gaz con voz tan d é-<br/>bil, que apenas se dejaba oír.<br/>La desgraciada familia, errante de pueblo en pueblo y de<br/>ciudad en ciudad, llegó así hasta el extremo occidental del<br/>lago, a algunas millas del fuerte de Toronto. Dando la vuelta<br/>al litoral, bastaría bajar hasta el río Niágara, y atravesarlo en<br/>el sitio en que desemboca en el lago para llegar a la orilla<br/>americana.<br/><br/><br/>Page No 45<br/><br/>JULIO VERNE<br/>46<br/><br/>¿Era, pues, allí en donde Simón Morgaz quería detene r-<br/>se? ¿No fuera mejor ir más hacia el Oeste, hasta alcanzar una<br/>comarca tan lejana, adonde no hubiera llegado a saberse la<br/>noticia de la infamia recaída en su nombre?. Pero ¿cuál era el<br/>sitio que buscaba? Ni su mujer ni sus hijos lo sabían; iban<br/>siempre andando, y se contentaban con se guirlo sin hacerle<br/>ninguna pregunta.<br/>El 3 de Diciembre, cerca del anochecer, aquellos infel i-<br/>ces, extenuados por el cansancio y la necesidad, hicieron alto<br/>en una cueva, medio obstruida por la maleza y las zarzas;<br/>alguna guarida, abandonada quizás por las fieras en aquel<br/>momento. Las pocas provisiones que les quedaban habían<br/>sido colocadas encima de la arena; Bridget sucumbía bajo el<br/>peso del cansancio moral y físico. Era preciso que la familia<br/>Morgaz consiguiera de una tribu in dia, en el pueblo más<br/>próximo, algunos días de hospitalidad, que los canadienses le<br/>rehusaban sin piedad.<br/>Joann y Juan, acosados por el hambre, comieron un p o-<br/>co de venado frito; pero aquella noche Simón y Bridget no<br/>quisieron tomar ningún alimento.<br/>-¡Padre, es preciso que cobres fuerza! dijo Juan.<br/>Simón Morgaz no respondió.<br/>-Padre mío, dijo entonces Joann (esta fue la única vez<br/>que le dirigió la palabra desde su salida de Chambly); ¡padre<br/>mío, no podemos ir más lejos!... ¡Nuestra madre está incapaz<br/>de resistir nuevas fatigas!... ¡Estamos casi en la frontera ame-<br/>ricana!... ¿Pensáis ir más allá? Simón Morgaz miró a su hijo<br/>mayor, pero casi en seguida bajó la vista.<br/>Joann insistió.<br/><br/><br/>Page No 46<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>47<br/><br/>-¡Ved en qué situación se encuentra nuestra madre! r e-<br/>puso; no se halla en estado de moverse... ese entorpec i-<br/>miento va a quitarla la poca energía que le queda... Mañana<br/>se verá imposibilitada de levantarse... Mi hermano y yo la<br/>llevaremos en brazos, si es necesario; pero es menester que<br/>sepamos adónde queréis ir, y que no sea demasiado lejos.<br/>¿Qué decidís, padre mío?<br/>Simón Morgaz no respondió, inclinó la cabeza, y se reti-<br/>ró al fondo de la cueva.<br/>La noche habla llegado; ningún ruido turbaba aquella<br/>profunda soledad; espesas nubes cubrían el cielo y amenaza-<br/>ban trasformarlas en niebla. Ni un soplo de aire movía la<br/>atmósfera; solamente se dejaban oír a lo lejos, y de vez en<br/>cuando, los aullidos de las fieras. Una densa nieve empezó a<br/>caer.<br/>El frío se hizo tan vivo, que Juan fue a buscar un poco<br/>de leña, que encendió cer ca de la abertura de la cueva para<br/>que el humo saliera fuera.<br/>Bridget, tendida en un lecho de hierbas que Joann había<br/>amontonado, estaba siempre inmóvil. La poca vida que le<br/>quedaba se traslucía por una penosa respira ción, entrecorta-<br/>da por largos y dolorosos suspiros. Mientras que Joann tenía<br/>entre las suyas la mano de su madre, Juan se ocupaba en<br/>alimentar la fogata para man tener la temperatura a un grado<br/>soportable.<br/>Simón Morgaz acurrucado en el fondo, medio echado,<br/>en una actitud desesperada, como si tuviese horror de sí<br/>mismo, no se movía siquiera, y los reflejos de la llama alu m-<br/>braban su fisonomía convulsa.<br/><br/><br/>Page No 47<br/><br/>JULIO VERNE<br/>48<br/><br/>Después, la llama se apagó poco a poco, y Juan sintió<br/>que sus ojos se cerraban, a pesar suyo.<br/>¿Cuántas horas quedó adormecido? No hubiera podido<br/>decirlo; pero cuando se despertó, vio que las últimas brasas<br/>iban a apagarse.<br/>Se levantó, echó unos puñados de ra mas en la lumbre,<br/>que avivó soplando con fuerza, y la cueva se iluminó de nue-<br/>vo. <br/>Al lado uno de otro, Bridget y Joann conservaban la<br/>misma inmovilidad. En cuanto a Simón Morgaz, no se hall a-<br/>ba ya allí.<br/>¿Por qué había abandonado el sitio en que descansaban<br/>su esposa y sus hijos?<br/>Juan, presa de horroroso presentimien to, iba a lanzarse<br/>fuera de la cueva, cuando sonó una detonación.<br/>Bridget y Joann se incorporaron brus camente; ambos<br/>habían oído el tiro, que sonó a muy corta distancia.<br/>Bridget lanzó un grito de espanto, se levantó, y sosten i-<br/>da por sus hijos salió de la cueva.<br/>No habían dado veinte pasos cuando vieron un cuerpo<br/>tendido encima de la nieve.<br/>Era el de Simón Morgaz. El miserable acababa de tirarse<br/>un pistoletazo en medio del corazón.<br/>Estaba muerto.<br/>Joann y Juan retrocedieron aterrados. El pasado se l e-<br/>vantaba delante de ellos ¿Sería verdad que su padre era cu l-<br/>pable, o en un acto de desesperación había que rido concluir<br/>con una existencia que le era tan difícil de soportar?<br/><br/><br/>Page No 48<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>49<br/><br/>Y Bridget, echada encima del cuerpo de su marido, le<br/>apretaba entre sus brazos.<br/>No quería creer en la infamia del hombre de quien ll e-<br/>vaba el nombre.<br/>Joann levantó su madre, conducién dola a la cueva, en<br/>donde su hermano y él depositaron el cadáver de su padre en<br/>el sitio que ocupaba pocas horas antes.<br/>Una cartera cayó del bolsillo del muer to; Joann la reco-<br/>gió, y, al abrirla, un paquete de banknotes se escapó de ella.<br/>Era el precio de la traición.<br/>Era el dinero a cambio del cual Simón Morgaz había<br/>entregado a los jefes de la conspiración de Chambly. La m a-<br/>dre y los hijos no podían dudar ya. Joann y Juan se arrodill a-<br/>ron al lado de Bridget.<br/>¡Qué cuadro tan imponente! Delante del cadáver del<br/>traidor, que se había hecho justicia, sólo quedaba una familia<br/>infamada, cuyo nombre iba a desaparecer con el que le había<br/>deshonrado.<br/><br/><br/>Page No 49<br/><br/>JULIO VERNE<br/>50<br/><br/>III<br/>UN NOTARIO DE RAZA HURONA<br/>Grandes eran los motivos que obligaron al gobernador<br/>general, a sir John Colborne, al ministro de Policía y al cor o-<br/>nel Gore a conferenciar en el palacio de Quebec, en vista de<br/>las medidas que urgía tomar para reprimir la turbulencia de<br/>los patriotas.<br/>En efecto; una terrible insurrección iba muy pronto a<br/>sublevar la población francocanadiense.<br/>Pero si lord Gosford y sus amigos se preocupaban, y<br/>con razón, de lo que podía suceder, esto no parecía turbar en<br/>lo más mínimo a un joven que en la mañana del 3 de Se p-<br/>tiembre despachaba en el bufete del Sr. Nick, notario, Plaza<br/>del Mercado del Buen Socorro, en Montreal.<br/>Despachar no es tal vez la palabra adecuada al absorbente<br/>trabajo a que se hallaba entregado en aquel momento (nueve<br/>de la mañana) el segundo pasante Lionel Restigouche, cuya<br/>veloz pluma iba dejando en pos de sí una serie de líneas des-<br/>iguales y de letra muy menuda, que no es parecía en nada a la<br/>que se usa en las actas notariales. En algunos momentos,<br/><br/><br/>Page No 50<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>51<br/><br/>cuando la mano de Lionel descansaba para, fijar alguna idea<br/>indecisa, su mirada se dirigía vagamente por la entreabierta<br/>ventana hacia la columna levantada en medio de la plaza de<br/>Santiago Cartier, en honor de almirante Nelson. Sus ojos se<br/>animaban entonces, su frente se ponía radiante y su pluma<br/>empezaba de nuevo a correr sobre el papel, mientras que<br/>movía ligeramente la cabeza, como si hubiera llevado el<br/>compás bajo la influencia de un ritmo regular.<br/>Lionel, tenía apenas diecisiete años; su cara, casi femenil<br/>todavía, de tipo enteramente francés, era encantadora, con<br/>sus cabellos rubios, algo largos tal vez, y unos ojos azules<br/>cómo el agua de los grandes lagos canadienses.<br/>No tenía ni padre ni madre, pero puede decirse que el<br/>Sr. Nick le servía de ambos, pues este estimable notario le<br/>quería como si fuera hijo suyo. Lionel se hallaba solo en el<br/>bufete.<br/>En aquella hora los demás empleados estaban ocupados<br/>en varias diligencias fuera de la casa, y ningún cliente se h a-<br/>bía presentado todavía, a pesar de que el estudio del Sr. Nick<br/>era uno de los más frecuentados de la ciudad.<br/>Así es que Lionel, casi seguro de que no vendrían inc o-<br/>modarle, estaba muy tranquilo, y acababa de adornar su<br/>nombre con una magnífica rúbrica debajo del último re n-<br/>glón, cuando oyó que le interpelaban:<br/>-¡Eh! ¿Qué haces ahí, muchacho?<br/>Era el Sr. Nick, a quien el joven pasante no había oído<br/>llegar, absorto como estaba en su trabajo de contrabando.<br/>El primer movimiento de Lionel fue el de abrir la cart e-<br/>ra que tenía delante para deslizar en ella el papel de que se<br/><br/><br/>Page No 51<br/><br/>JULIO VERNE<br/>52<br/><br/>trata; pero el notario se apoderó con presteza del pliego so s-<br/>pechoso, contra la voluntad del muchacho, que procuraba en<br/>vano recuperarlo.<br/>-¿Qué es esto, Lionel? preguntó; una minuta... una copia<br/>de contrato...<br/>-Sr. Nick, creed que...<br/>El notario se puso las gafas, y con el ceño arrugado r e-<br/>corrió la hoja de papel con aire estupefacto.<br/>-¡Qué es lo que veo! exclamó. Renglo nes desiguales...<br/>blanco por un lado... blanco por el otro... ¡Tanta tinta de s-<br/>perdiciada y tan buen papel gastado sin pro vecho en márge-<br/>nes inútiles¡<br/>-Sr. Nick, respondió Lionel rubori zándose hasta las<br/>orejas; esto se me ha ocurrido... por casualidad.<br/>-¿Qué es lo que se te ha ocurrido por casualidad?<br/>-Esos versos.<br/>-¡Versos!... ¿Haces versos ahora? ¿No basta acaso la<br/>prosa para redactar un acta?<br/>-Es que no se trata de un acta, señor Nick.<br/>-¿De qué se trata, pues?<br/>-De una poesía que he escrito para el concurso de la L i-<br/>ra Amical.<br/>-¡La Lira Amical! exclamó el notario. ¿Imaginas acaso,<br/>Lionel, que es para figu rar en el concurso de esa S ociedad<br/>parnásica, o de otra cualquiera, por lo que te he admitido en<br/>mi estudio? ¿Es para que te entregues a tus ardores poéticos<br/>por lo que te he nombrado mi segundo pasante? Entonces,<br/>tanto vale que pases el tiempo remando en una canoa en el<br/>San Lorenzo, o que pasees como un  dandy por las calles de<br/><br/><br/>Page No 52<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>53<br/><br/>Montreal o por el parque de Santa Elena. ¡Vaya, vaya! ¡Un<br/>poeta en el Notariado! ¡Una cabeza de pasante con una a u-<br/>reola! Esto es lo bastante para que huyan todos los clientes.<br/>-No os enfadéis, Sr. Nick, respondió Lionel con tono de<br/>pesadumbre. ¡Si supierais qué bien se acomoda la poesía con<br/>nuestro melodioso idioma francés, que tanto se presta al<br/>ritmo, a las cadencias a la armonía!... Nuestros poetas Lemay<br/>Elzear Labelle, Francisco Mons, Chapemann, Octavio Cr e-<br/>mazie...<br/>-Los Sres. Cremazie, Chapemann, Labelle, Lemay, no<br/>ocupan, que yo sepa, el importante puesto de segundo p a-<br/>sante, n tienen, además de casa y mesa, un sueldo de seis<br/>piastras mensuales, pagadas por mí, añadió el Sr. Nick. Tam-<br/>poco tienen que redactar contratos de venta ni testamentos,<br/>y, por consiguiente, pueden hacer versos a su antojo.<br/>-Sr. Nick, una vez no es costumbre...<br/>-Pues bien, sea... por una vez; ¿has querido ganar el<br/>premio de la Lira Amical?<br/>-He tenido, es verdad, esa loca presunción, Sr. Nick.<br/>-¿Y puedo saber el asunto de que trata tu poesía? Será<br/>sin duda alguna invoca ción ditirámbica a Tabellionoppe, la<br/>musa del perfecto notario.<br/>-¡Oh! exclamó el joven, protestando con un gesto.<br/>-Vamos a ver; ¿cómo se llama esa máquina de asonantes<br/>y consonantes?<br/>-¡El fuego fatuo!<br/>-¡El fuego fatuo exclamó el Sr. Nick. ¿Diriges tus versos a<br/>los fuegos fatuos?<br/><br/><br/>Page No 53<br/><br/>JULIO VERNE<br/>54<br/><br/>Y sin duda el notario iba a combatir los  djinns, los elfes,<br/>los brownies, los trasgos, los duendes, las ondinas y todas las poéticas<br/>figuras de la mitología escandinava, cuando el cartero llamó a<br/>la puerta y apareció en el umbral.<br/>-¡Ah, sois vos, amigo mío¡ dijo el señor Nick: os había<br/>tomado por un fuego fatuo.<br/>-¡Un fuego fatuo, Sr. Nick! respondió el cartero. ¿Me<br/>parezco acaso a...?<br/>-No, no; os parecéis a un cartero que me trae una carta.<br/>-Aquí está, Sr. Nick.<br/>-Gracias, amigo.<br/>El cartero se retiró en el momento en que el notario,<br/>viendo el sobre de la carta, la abría con viveza.<br/>Lionel pudo entonces recuperar su plie go de papel, y,<br/>doblándolo, se lo metió en el bolsillo.<br/>El notario leyó la carta con extremada atención, y de s-<br/>pués volvió el sobre para mirar el timbre y la fecha de salida.<br/>Llevaba el sello de San Carlos, pequeña po blación del con-<br/>dado de Verchères, y la fe cha del 2 de Septiembre , es decir,<br/>la víspera. Después de reflexionar algunos instantes, el nota-<br/>rio empezó de nuevo su filípica contra los poetas:<br/>-¡Ah! Haces sacrificios a las musas, Lionel... Pues bien;<br/>para castigarte, vas a acompañarme a Laval, y tendrás tie m-<br/>po, durante el viaje, de hilvanar versos.<br/>-¿Hilvanar, Sr. Nick?<br/>-Es necesario que dentro de una hora nos hallemos en<br/>camino, y si encontramos fuegos fatuos en el llano, les dirigi-<br/>rás toda clase de cumplidos.<br/><br/><br/>Page No 54<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>55<br/><br/>Diciendo estas palabras, el notario entró en su despacho<br/>particular, mientras que Lionel se preparaba para aquella<br/>corta excursión, que no le desagradaba, pensando que lleg a-<br/>ría tal vez a inspirar a su princi pal ideas más justas acerca de<br/>la poesía en general y de los hijos de Apolo, aun cuando é s-<br/>tos sean pasantes de notario.<br/>El Sr. Nick era en el fondo un hombre excelente, muy<br/>apreciado por la seguridad de su juicio y el valor de sus co n-<br/>sejos. Su amable fisonomía; su cara larga y casi siempre r i-<br/>sueña; su cabeza adornada de un cabello muy rizado, negro<br/>en otro tiempo y blanco en el presente; sus ojos grises, llenos<br/>de alegría; su boca, que de jaba ver una magnífica dentadura;<br/>sus la bios sonrientes, sus maneras afables, y, en fin, su<br/>constante buen humor, hacían de él una personalidad en<br/>extremo simpática.<br/>Un detalle que es menester tener en cuenta: debajo del<br/>cutis bronceado y hasta rojizo del Sr. Nick, se adivinaba que<br/>la sangre india corría por sus venas.<br/>Así era, en efecto, y el notario no lo ocultaba.<br/>Descendía de los más antiguos pueblos del país, de<br/>aquellos que poseían el suelo antes de que los europeos h u-<br/>biesen atravesado el Océano para conquistarlo. En aquella<br/>época, muchos casamientos se contrajeron entre la raza<br/>francesa y la indígena. Los Saint-Castin, los Enaud, los Nepi-<br/>signy, los Entremont y otros formaron ramas nuevas, y hasta<br/>se hicieron soberanos de algunas tribus salvajes.<br/>Así, pues, el notario, Nick era hurón por sus antepas a-<br/>dos, es decir, que perte necía a una de las cuatro grandes f a-<br/>milias de la rama india; y aun cuando tenía derecho a llevar el<br/><br/><br/>Page No 55<br/><br/>JULIO VERNE<br/>56<br/><br/>nombre retumbante de Nicolás Sagamore, se le llamaba más<br/>frecuentemente Nick. Se contentaba con éste, y no valía<br/>menos por ello.<br/>Se sabía, además, que su raza no estaba extinguida, y, en<br/>efecto, uno de sus innumerables primos, jefe de Pieles Rojas,<br/>reinaba en una de las tribus huronas, establecida al Norte del<br/>condado de Laprairie, al Oeste del distrito de Montreal.<br/>No hay por qué admirarse si esta parti cularidad se en-<br/>cuentra todavía en el Canadá. Últimamente vivía en Quebec<br/>un honrado notario que, por su nacimiento, tenía el derecho<br/>de blandir el tomahawl y de lanzar el grito de guerra a la cab e-<br/>za de una partida de iroqueses. Felizmente el Sr. Nick no<br/>pertenecía a esta tribu de pér fidos indios que las más de las<br/>veces hicieron alianza con los opres ores; si hubiera sido así,<br/>lo habría ocultado cuidadosamente. Pero no; pertenecía a la<br/>raza de aquellos hurones que fueron siempre ami gos de los<br/>franco-canadienses, no teniendo, pues, que ruborizarse por<br/>su origen.<br/>El joven Lionel estaba orgulloso de vi vir al lado de su<br/>principal, retoño de los grandes jefes del Norte de América,<br/>y no esperaba más que una ocasión para cele brarlo en sus<br/>versos.<br/>No siendo ni franco -canadiense ni anglo -americano, el<br/>Sr. Nick había observa do siempre, en Montreal, una pr u-<br/>dente neutralidad entre ambos partidos políticos. Todos lo<br/>estimaban y recurrían a sus buenos consejos, que no rehus a-<br/>ba a nadie. Es preciso, creer, sin embargo, que los instintos<br/>característicos de su sangre se habían modificado en él, pues<br/><br/><br/>Page No 56<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>57<br/><br/>hasta aquella época jamás había sentido despertarse en su<br/>corazón el ardor guerrero de los de su raza.<br/>No era más que notario, un perfecto notario, plácido y<br/>conciliador; además, no parecía haber experimentado nunca<br/>el deseo de perpetuar el nombre de los Sagamores, puesto<br/>que no se había casado, ni pensaba hacerlo.<br/>Según hemos manifestado ya, el señor Nick se prepar a-<br/>ba a partir en compañía de su segundo pasante para un viaje<br/>bastante corto, puesto que su anciana sirvienta Dolly recibió<br/>la orden de esperarlo para la hora de comer.<br/>La ciudad de Montreal está edificada en la costa meridional<br/>de una de las islas del San Lorenzo, que tiene una longitud<br/>de diez a once leguas, por cinco o seis de latitud, y que ocupa<br/>una vasta extensión formada por un ensanche del río O u-<br/>taouais. En dicho sitio fue en donde Santia go Cartier descu-<br/>brió la población india de Hochelaga, que en 1640 fue<br/>concedida por el rey de Francia a la congregación de San<br/>Sulpicio.<br/>La ciudad, que tomó su nombre del Monte Real que la<br/>domina, está situada en una posición muy favorable para el<br/>desarrollo de su comercio, y contaba ya más de 6.000 hab i-<br/>tantes en el año 1760.<br/>Se extiende al pie de una pintoresca coli na, de la que<br/>han hecho un parque mag nífico, y que participa, con otro<br/>formado en el islote de Santa Elena, de la ventaja de atraer<br/>gran número de paseantes.<br/>Un soberbio puente tubular, de tres kilómetros de largo,<br/>que no existía en 1837, une ahora la ciudad con la orilla d e-<br/>recha del río.<br/><br/><br/>Page No 57<br/><br/>JULIO VERNE<br/>58<br/><br/>Montreal se ha hecho una gran ciudad, de aspecto más<br/>moderno que Quebec, y, por lo tanto, menos pintoresca.<br/>Se pueden visitar con algún interés las dos catedrales, la<br/>anglicana y la católica, el Banco, la Bolsa, el hospital general,<br/>el teatro, el convento de Nuestra Señora, la Universidad<br/>protestante de Mac-Gill y el Seminario de San Sulpicio. Pero<br/>esta ciudad no es demasiado grande para los ciento cuarenta<br/>mil habitantes que se albergan en ella, y entre los que el el e-<br/>mento sajón forma sólo una tercera parte; proporción ba s-<br/>tante elevada si se la compara a la de las demás villas<br/>canadienses.<br/>Al Oeste se encuentra el barrio inglés o escocés, que los<br/>habitantes del país llaman  las falditas; al Este, el barrio fra n-<br/>cés. Ambas razas tenían entra sí muy poco trato, pues en<br/>1837 el comercio, la industria y la banca eran monopolio de<br/>banqueros, industriales o comerciantes de origen británico.<br/>La magnífica vía fluvial que presenta el San Lorenzo<br/>asegura la prosperidad de aquella hermosa ciudad, la que<br/>pone en comunicación, no solamente con los dife rentes<br/>condados del Canadá, sino también con Europa, sin que sea<br/>necesario embarcarse en Nueva York, en provecho de los<br/>buques del antiguo continente.<br/>A semejanza de los ricos negociantes de Londres, los de<br/>la población de que nos ocupamos separan la habitación de<br/>la familia de la casa de comercio, y cuando acaban su trabajo<br/>se dirigen hacia los ba rrios del Norte por las pendientes del<br/>Monte Real y de la avenida circular que rodea su base. Allí se<br/>elevan casas par ticulares, que parecen pal acios, y hermo-<br/>sísimos hoteles en medio de jardines.<br/><br/><br/>Page No 58<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>59<br/><br/>Fuera de estos barrios opulentos, los irlandeses están, si<br/>así puede decirse, con finados en su  Gheto de Santa Ana, s i-<br/>tuado en la desembocadura del canal de Lachine, en la orilla<br/>derecha del San Lorenzo.<br/>El Sr. Nick poseía una buena fortuna, y hubiera podido<br/>retirarse todas las noches, como lo hacen las notabilidades<br/>comerciales, a una de aquellas aristocráticas mo radas de la<br/>villa alta, debajo de los fron dosos árboles de San Antonio.<br/>Pero era de esos notarios de antigua raza, cuyo horizonte se<br/>limita por las paredes de su estudio y que justifican el no m-<br/>bre de  guardanotas, vigilando día y noche los con tratos, mi-<br/>nutas y papeles de familia confiados a sus cuidados.<br/>El descendiente de los Sagamores vivía, pues, en su a n-<br/>tigua casa de la plaza del Mercado del Buen Socorro. De allí<br/>salió, en la mañana del 3 de Septiembre, con su segundo<br/>pasante para ir a tomar el coche que hacía el servicio de<br/>Montreal a la isla Jesús, separadas por uno de los brazos<br/>intermedios del San Lorenzo.<br/>En primer lugar, el notario se fue al Banco, por anchas<br/>calles llenas de lujosas tiendas y esmeradamente cuidadas por<br/>los ediles montrealeses.<br/>Llegado que hubo delante del edificio, dijo a Lionel que<br/>lo esperara, entró en la  sala de la caja central, volvió un<br/>cuarto de hora después, y se dirigió hacia la oficina del coche<br/>público.<br/>Este era una de esas vagonetas de dos caballos que se<br/>llaman buggies en lenguaje canadiense. Esta especie de vehícu-<br/>los, suspendidos sobre buenos muelles, tienen el mov i-<br/>miento bastante suave, están construidos con mucha solidez<br/><br/><br/>Page No 59<br/><br/>JULIO VERNE<br/>60<br/><br/>para resistir la dureza de los caminos, y cabe en ellos media<br/>docena de viajeros.<br/>-¡Ah! ¡Es el Sr. Nick! exclamó el con ductor del coche,<br/>divisando al notario, que siempre y en todas partes era bien<br/>acogido.<br/>-Yo mismo, acompañado de  mi pa sante, respondió el<br/>descendiente de los hurones, con el tono de buen humor pe-<br/>culiar en él.<br/>-¿Estáis bueno, Sr. Nick?<br/>-Sí, Tom, es de desear que gocéis tan buena salud como<br/>yo, porque así no os arruinaréis comprando medicamentos...<br/>-Ni tendré que pagar al médico, respondió Tom.<br/>-¿Cuándo partimos? preguntó el notario.<br/>-Al instante.<br/>-¿Hay otros viajeros más que nosotros?<br/>-Todavía no, replicó Tom; pero tal vez venga alguno en<br/>el último momento...<br/>-Así lo deseo, Tom, porque me gusta hablar durante el<br/>viaje, y para esto es indispensable tener compañía.<br/>Sin embargo, parecía probable que los deseos del Sr.<br/>Nick no se verían cumplidos por esta vez, pues los caballos<br/>estaban enganchados, Tom hacía chasquear su látigo y nadie<br/>se presentaba para ocupar los asientos vacíos.<br/>El notario se sentó en el fondo del ve hículo al lado de<br/>Lionel. Tom echó una última mirada arriba y abajo de la<br/>calle, montó después en el pescante, recogió las riendas, y<br/>arreando a los caballos, el co che echó a andar en el m o-<br/>mento que algunas personas que pasaban y conocían al Sr.<br/>Nick (¡quién no conocía a aquel hombre excelente!) le d e-<br/><br/><br/>Page No 60<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>61<br/><br/>seaban un feliz viaje, a lo que respondió saludando con la<br/>mano.<br/>El mayoral guió hacia los barrios altos en dirección al<br/>Monte Real; el notario miraba a diestra y siniestra con tanta<br/>atención como Tom, aunque con diferente mo tivo; pero<br/>parecía que aquel día nadie tenía necesidad de ir al Norte de<br/>la isla ni de conversar con el Sr. Nick. No; Ni si quiera se<br/>presentaba un solo compañero de  viaje, y, sain embargo, el<br/>coche había llegado al paseo circular, desierto todavía a<br/>aquella hora, entrando en él al trote de los caballos.<br/>En aquel momento, un individuo avanzó hacia el veh í-<br/>culo, haciendo señas a cochero para que detuviera los cab a-<br/>llos.<br/>-¿Tenéis algún asiento desocupado? preguntó.<br/>-Uno y  tret  también, respondió Tom, que, según su<br/>costumbre, dio a este diptongo la pronunciación canadiense,<br/>como hubiera podido decir: il fait-fret, por hace frío.<br/>El nuevo viajero tomó asiento en el banco enfrente de<br/>Lionel, después de saludar al Sr. Nick y a su pasante. El c o-<br/>che echó a andar de nuevo, y algunos minutos después dio la<br/>vuelta al Monte Real, y desaparecieron a la vista los tejados<br/>de hierro estañado de las casas de la ciudad, que respland e-<br/>cían al sol como otros tantos espejos plateados.<br/>El notario vio con gran satisfacción que el recién llegado<br/>se sentara frente a él; porque podría, por lo menos, distraerse<br/>durante las cuatro leguas que separan. Montreal del brazo<br/>superior del San Lorenzo. Pero parecía que el viajero no<br/>estaba de humor de hablar, porque después de haber mirado<br/>con alguna atención al notario y a Lionel, se recostó en su<br/><br/><br/>Page No 61<br/><br/>JULIO VERNE<br/>62<br/><br/>rincón, y con los ojos medio cerrados, parecía absorberse en<br/>sus reflexiones.<br/>Era un joven de unos veintinueve años apenas. Su talle<br/>esbelto, su enérgica fisonomía, su cuerpo lleno de vigor, su<br/>resuelta mirada, sus varoniles facciones y su frente despejada,<br/>rodeada de negro cabello, hacían de él el más cumplido y<br/>hermoso tipo de la raza franco-canadiense.<br/>¿Quién era? ¿De dónde venía?<br/>El Sr. Nick, que conocía a todo el  mundo, no le había<br/>visto jamás, y, sin embargo, examinándole con alguna dete n-<br/>ción, le pareció que aquel joven, a pesar de que estaba ahora<br/>en la primavera de su vida, había debido pasar por duras<br/>pruebas y se había criado en la escuela de la desgracia.<br/>Bastaba ver su traje para conocer que pertenecía al pa r-<br/>tido que luchaba por la independencia nacional, pues vestía,<br/>poco más o menos, como aquellos intrépidos aventureros, a<br/>los que dan todavía el nombre de  corredores de los bosques. Lle-<br/>vaba en la cabeza la tuque azul, y su traje se componía de una<br/>especie de capote cruzado sobre el pecho, de un pantalón de<br/>una tela gris muy basta, sujeto a la cintura por una faja e n-<br/>carnada, productos todos del país.<br/>Nuestros lectores no habrán olvidado que el uso de esas<br/>telas indígenas equivalía a una protesta política, puesto que<br/>excluía los productos fabriles importados de Inglaterra. Era<br/>una de las mil maneras que tenían los patriotas de desafiar la<br/>autoridad metropolitana, y este ejemplo databa de muy atrás.<br/>En efecto, ciento cincuenta años antes, los habitantes de<br/>Boston, para demostrar su odio a la Gran Bretaña, prohibi e-<br/>ron el uso del té. Lo mismo que éstos, los canadienses no<br/><br/><br/>Page No 62<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>63<br/><br/>querían aprovecharse de ningún producto que fuese fabric a-<br/>do en el Reino Unido, para diferenciarse de los leales.<br/>En cuanto al Sr. Nick, como neutral, llevaba una levita<br/>de procedencia inglesa y un pantalón fabricado en el país;<br/>pero en el patriótico traje de Lionel no había entrado un solo<br/>hilo que no hubiera  sido hilado en el territorio por cuya<br/>independencia tantos en aquel momento suspiraban. El c o-<br/>che corría con bastante rapidez por aquel suelo asaz desigual<br/>de las llanuras que se desarrollan a través de  la isla de Mon-<br/>treal hasta el curso del San Lorenzo. El tiempo parecía muy<br/>largo al Sr. Nick, tan locuaz por naturaleza; y como el des-<br/>conocido no parecía dispuesto a tomar la palabra, el notario<br/>no tuvo más remedio que contentarse con hablar con Lionel,<br/>esperando que su compañero de viaje con cluiría por me z-<br/>clarse en la conversación.<br/>-¡Vamos, Lionel, dijo, ¿y ese fuego fatuo?<br/>-¿Qué fuego fatuo?... respondió el joven pasante.<br/>-Por más que me canse la vista, no veo rastro de él en la<br/>llanura.<br/>-Porque es de día, Sr. Nick, contestó Lionel, muy dec i-<br/>dido a responder en tono de chanza.<br/>-Puede ser que cantando la antigua copla de antaño:<br/>¡Vamos, alegría, compadre trasgo!<br/>¡Vamos, alegría, querido vecino!...<br/>Pero no, el compadre no responde. A propósito, Lionel:<br/>¿conoces tú el medio de librarse de las diabluras de los fu e-<br/>gos fatuos?<br/><br/><br/>Page No 63<br/><br/>JULIO VERNE<br/>64<br/><br/>-Sí, señor; basta preguntarles cuál es la fecha de Nav i-<br/>dad, y como la ignoran, hay tiempo de huir mientras buscan<br/>una respuesta.<br/>-Veo que estás al corriente de las tradiciones. Pues bien;<br/>mientras que uno de ellos nos intercepta el camino, si habl á-<br/>semos algo del que tienes escondido en el bolsillo...<br/>Lionel se ruborizó.<br/>-¡Queréis, Sr. Nick!... replicó.<br/>-Sí, muchacho, quiero que me lo leas; esto nos entreten-<br/>drá un rato.<br/>Y dirigiéndose al taciturno viajero:<br/>-¿No os incomodará oír leer versos, caballero? preguntó<br/>sonriendo.<br/>-De ningún modo, respondió el joven.<br/>-Se trata de una poesía que mi pa sante ha hecho para<br/>tomar parte en el concurso de la Lira Amical. Estos mu-<br/>chachos no dudan de nada... Vamos, jo ven poeta, ensaya tu<br/>pieza, como dicen los artilleros.<br/>Lionel, muy satisfecho por tener un oyente que acaso<br/>fuera más tolerante que el notario, sacó el pliego azulado de<br/>su bolsillo y leyó lo que sigue:<br/>“EL FUEGO FATUO. Este fuego impalpable y capr i-<br/>choso, -que en tinieblas se presenta y luce, -y que en las<br/>sombras de la noche,  -ni en el mar ni en la arena, -deja d e-<br/>trás de él rastro alguno.<br/>“Este fuego que súbito se apaga,  -es rojo, es blancuzco<br/>o es morado. -Para saber qué cosa fuera,  -preciso sería de él<br/>apoderarse. -¿Cómo coger un fuego fatuo?”<br/><br/><br/>Page No 64<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>65<br/><br/>-Sí, dijo el Sr. Nick, alcánzale y aprisiónale en una jaula.<br/>Continúa, Lionel.<br/>“Se afirma (¿será como se cree?) que es hidrógeno del<br/>suelo. -Mas quiero creer que en su vuelo-viene de una lejana<br/>estrella, “de Vega, de la Lira o de Algo!”<br/>-Lo que más te acomode, muchacho, dijo el notario con<br/>un movimiento de cabeza. Eso es cosa tuya.<br/>Lionel prosiguió:<br/>“¿No será más bien el aliento-de un silfo, de un trasgo o<br/>de un genio-que brilla, vuela y se apaga -cuando se despierta<br/>la naturaleza-con los rayos Alegres del astro matutino?<br/>¿O la luz de la linterna-del alto espectro que va a sentar-<br/>se-en el tejado de ras trojo del lagar,-cuando la luna, pálida y<br/>opaca-sale al horizonte por la noche?<br/>¿O tal vez el alma luminosa-de una loca que va busca n-<br/>do-la paz fuera d el mundo malo, -y pasa como una espiga-<br/>dora-que nada encuentra en el campo?”<br/>-¡Perfecto! exclamó el Sr. Nick. ¿Has concluido ya con<br/>tus descriptivas comparaciones?<br/>-¡Oh! no, señor, respondió el joven pasante.<br/>Y continuó en estos términos:<br/>“¿Será un efecto de espejismo -producido por el mov i-<br/>miento del aire.-En el horizonte ya menos claro,-o al final de<br/>una tormenta,-la luz de un último relámpago?”<br/>¿Será la luz de un bólido, -de un meteoro icario,-que en<br/>su curso aéreo  era luminoso y sólido, -y del que nada  queda<br/>ya?<br/><br/><br/>Page No 65<br/><br/>JULIO VERNE<br/>66<br/><br/>¿O en los campos en que alumbra-los surcos con pálido<br/>reflejo,-algún misterioso rayo-caído de una aurora polar,  -<br/>como nocturna mariposa?”<br/>-¿Qué os parece todo éste galimatías de trovador, cab a-<br/>llero? preguntó el notario a su compañero de viaje.<br/>-Que vuestro joven pasante no carece de imaginación, y<br/>que tengo curiosidad por saber a lo que podrá comparar<br/>todavía su fuego fatuo.<br/>-Continúa, pues, Lionel.<br/>Éste, que se ruborizó algún tanto por el cumplido del<br/>desconocido, prosiguió con voz vibrante:<br/>“¿Sería, acaso, en esas horas fúnebres  -en que los vivos<br/>duermen cansados, -el pabellón de arrugados pliegues -que<br/>aquí abajo-el ángel de tinieblas -enarbola en nombre de los<br/>difuntos?”<br/>-¡Brrr...! hizo el Sr. Nick.<br/>“¿O en medio de las noches sombrías, -cuando el m o-<br/>mento ha llegado, -será la señal convenida -que la tierra, del<br/>seno de las sombras,-envía al cielo hacia lo desconocido?”<br/>“Y que, como un fuego de marea, -a los espíritus que se<br/>agitan a través -de los vagos espacios abiertos, -indica la c e-<br/>leste entrada-de los puertos del inmenso universo?<br/>-¡Bien, joven poeta! dijo el viajero.<br/>-Sí, no está del todo mal, añadió el señor Nick. ¿De<br/>dónde sacas tú todo esto?... ¿Pero supongo que ya has co n-<br/>cluido?<br/>-Todavía no, respondió Lionel, que prosiguió con voz<br/>cada vez más acentuada:<br/><br/><br/>Page No 66<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>67<br/><br/>“Pero si es el amor, ¡oh niña! -que le mueve a lo lejos<br/>ante tu vista,-déjale solo entregado a su placer; guarda tu co-<br/>razón. Ese fuego brilla,-brilla mucho, pero no quema.”<br/>-¡Burladas las muchachas! exclamó el notario. Mucho<br/>me hubiera sorprendido que no se hablara algo de amor en<br/>estos acordes anacreónticos. Después de todo, es cosa pr o-<br/>pia de su edad. ¿No sois de mi parecer, caballero?<br/>-En un todo, respondió el desconocido, e imagino que...<br/>El joven interrumpió la frase viendo a un grupo de<br/>hombres apostados en la orilla del camino, y a uno de éstos<br/>que hacía señas al cochero para que se detuviera.<br/>Éste paró los caballos, y aquellos se acercaron al coche.<br/>-Me parece que es el Sr. Nick, dijo uno de aquellos ind i-<br/>viduos, descubriéndose con cortesía.<br/>-Y vos sois el Sr. Rip, respondió el notario, que añadió<br/>por lo bajo: ¡Demonio, desconfiemos!<br/>Felizmente para él, ni el Sr. Nick, ni su pasante, ni ta m-<br/>poco el jefe de la Agencia, notaron la súbita transformación<br/>que sufrió la fisonomía del desconoc ido cuando oyó pr o-<br/>nunciar el nombre de Rip. Su cara palideció, no con la pal i-<br/>dez del espanto, sino por el horror; visiblemente tuvo el<br/>pensamiento de echarse sobre el agente...; pero habiendo<br/>vuelto la cabeza, llegó a dominarse.<br/>-¿Os dirigís a Laval, señor notario? repuso Rip.<br/>-Así es, en efecto, Sr. Rip; voy allá para unos asuntos<br/>que me detendrán algunas horas, y espero estar de vuelta en<br/>Montreal esta misma noche.<br/>-Como más os convenga.<br/><br/><br/>Page No 67<br/><br/>JULIO VERNE<br/>68<br/><br/>-¿Y qué hacéis por aquí? preguntó el notario. ¿Vigiláis<br/>siempre por cuenta del Gobierno? ¡Cuántos malhechores<br/>habréis preso ya! Pero ¡bah! por más que se en cierren mu-<br/>chos, es semilla que se multipli ca, como las malas hierbas.<br/>En verdad, mejor sería que se hiciesen hombres de bien.<br/>-Tenéis razón, Sr. Nick; pero carecen  de vocación para<br/>ello.<br/>-¡La vocación! Siempre os gusta bromear, Sr. Rip. ¡E s-<br/>táis sobre la pista de algún criminal?<br/>-Criminal para unos, héroe para los demás, respondió el<br/>agente. Eso depende del modo de mirar las cosas.<br/>-¿Qué queréis decir?<br/>-Que han notado en la isla la presen cia de ese famoso<br/>Juan -Sin-Nombre...<br/>-¡Ah, ah! Sí, los patriotas, en efecto, lo califican de h é-<br/>roe, y no sin motivo; mas según parece, Su Graciosa Maje s-<br/>tad no es de esa opinión, puesto que el ministro Gil berto<br/>Argall os ha encargado de buscarlo.<br/>-Así es Sr. Nick.<br/>-¿Y decís que ese misterioso revolucionario ha sido visto<br/>en la isla Montreal?<br/>-Así lo pretenden, por lo menos, con testó Rip; pero<br/>empiezo a dudar de ello.<br/>-¡Oh! Si es verdad que haya venido, debe haberse ido ya,<br/>replicó el notario, o no estará mucho tiempo.<br/>¡Juan-Sin-Nombre no es fácil de prender!<br/>-Es un verdadero fuego fatuo, dijo el joven viajero dir i-<br/>giéndose al pasante.<br/><br/><br/>Page No 68<br/><br/><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=17460&amp;a=1370685&amp;g=137727"><img border="0" src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(img)g(137727)a(1370685)" /></a><br/><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=31099&amp;a=1370685&amp;g=16252330"><img border="0" src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(img)g(16252330)a(1370685)" /></a><br /><br/><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=53989&amp;a=1370685&amp;g=16637176"><img border="0" src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(img)g(16637176)a(1370685)" /></a></p><br/><p><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=53989&amp;a=1370685&amp;g=16625516"><img border="0" 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#000000">Diosa</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://valdeande.com/"><span style="color: #000000">Pueblo rural</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://contaminacioninvisible.blogspot.com/"><span style="color: #000000">la Contaminacion</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://electrosmog-movil.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Que es Electrosmog</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://lacontaminaciondelmovil.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Contamina el Movil</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://valdeandeenlaces.blogspot.com/"><span style="color: #000000">enlaces mágicos</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://caballodetroya100.blog.com/"><span style="color: #000000">Caballo de Troya</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://personal.telefonica.terra.es/web/valdeandemagico/"><span style="color: #000000">Magia</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://valdeande.blogspot.com/"><span style="color: #000000">rural</span></a><span style="color: #000000"> </span><a href="http://superviaje.blog.com/"><span style="color: #000000">Viajes</span></a> <a href="http://superhotel.blog.com/"><span style="color: #000000">Hoteles</span></a> <a href="http://reflexionescanarias.blogspot.com/"><span style="color: #000000">Reflexiones canarias</span></a><br/> <br/></p><br/><div><br/><span style="font-size: 9pt; font-family: Verdana"><span></span></span><br/></div><br/><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=17460&amp;a=1370685&amp;g=137727"><img border="0" src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(img)g(137727)a(1370685)" /></a><br/>]]></content></entry><entry><title><![CDATA[.]]></title><link rel="Julio Verne" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/julioverne/atom.xml" title="Julio Verne"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200705]]></issued><modified><![CDATA[200705]]></modified><created><![CDATA[200705]]></created><summary><![CDATA[.]]></summary><author><name><![CDATA[fulca]]></name></author><dc:subject><![CDATA[.]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/julioverne/c_56.htm"><![CDATA[FAMILIA SIN NOMBRE<br/>69<br/><br/>-¡Ah! ¡Bien! ¡Muy bien!... exclamó el Sr. Nick. ¡Saluda,<br/>Lionel, y da las gracias! A propósito, Sr. Rip, si encontráis,<br/>por casualidad, un fuego fatuo en vuestro camino, procurad<br/>cogerle para entregárselo a mi pasante, pues esa llama errante<br/>tendrá sumo gusto en oír cómo la trata un discípulo de<br/>Apolo.<br/>-Lo haría con mil amores, Contestó Rip, si no tuviés e-<br/>mos que volver en segui da a Montreal, en donde tengo que<br/>recoger noticias e instrucciones.<br/>Después, volviéndose al desconocido:<br/>-¿El señor os acompaña?<br/>-Hasta Laval... respondió éste.<br/>-Adonde tengo prisa de llegar, aña dió el notario. Hasta<br/>la vista, Sr. Rip, y si no me es posible desearos buena suerte<br/>en cuanto a la captura de Juan -Sin-Nombre, cosa que apesa-<br/>dumbraría demasiado a los patriotas, por lo menos os deseo<br/>muy buenos días.<br/>-Y yo feliz viaje, Sr. Nick.<br/>Los caballos partieron al trote, y Rip, con sus compañ e-<br/>ros, desaparecieron en un recodo del camino.<br/>Algunos instantes después, el notario decía al joven, que<br/>se había recostado de nuevo en su rincón:<br/>-¡Sí! Es menester esperar que Juan -Sin-Nombre no se<br/>dejará prender. Hace mucho tiempo que se le busca...<br/>-¡Ya pueden buscarle! exclamó Lionel; este bribón de<br/>Rip perderá en ello su fama de hábil polizonte.<br/>-¡Chitón, Lionel, esto no nos importa!<br/>-Ese Juan-Sin-Nombre está acostumbrado, por lo visto,<br/>a despistar a la policía, dijo el joven viajero.<br/><br/><br/>Page No 69<br/><br/>JULIO VERNE<br/>70<br/><br/>-Así es, en efecto, caballero; si se de jara prender, sería<br/>una gran pérdida para el partido franco-canadiense.<br/>-Los hombres de acción no faltan, señor Nick; uno más<br/>o menos...<br/>-No importa, contestó el notario. Ha oído decir, que se-<br/>ría una desgracia; pero como no me ocupo nunca de política,<br/>ni Lionel tampoco, más vale no hablar de ello.<br/>-Hemos sido interrumpidos en el mo mento en que<br/>vuestro joven pasante se entregaba a su inspiración poética.<br/>-Inspiración que había acabado, supongo...<br/>-No, señor, respondió Lionel, dando las gracias con una<br/>sonrisa a su benévola auditor.<br/>-¡Cómo! ¿tienes aliento todavía? excla mó el notario. He<br/>aquí un fuego fatuo que ha sido ya silfo,  djinn, trasgo, espec-<br/>tro, alma luminosa, espejismo, relámpago, bó lido, rayo, p a-<br/>bellón, fuego de marea, chispa amorosa, y no es bastante. En<br/>verdad que me estoy preguntando lo que puede ser todavía.<br/>-Tengo también gran curiosidad por saberlo, replicó el<br/>viajero.<br/>-En ese caso, prosigue, Lionel, prosi gue, hijo mío, y<br/>concluye de una vez, si es que esta nomenclatura tiene fin.<br/>Lionel, acostumbrado a las bromas de su principal, no<br/>se conmovió por tan poco, y continuó su lectura:<br/>“Seas lo que fueres, relámpago, soplo, alma, -para mejor<br/>penetrar tus secretos, ¡oh fuego caprichoso! yo quisi e-<br/>ra-poder absorberme en tu llama-.para seguirte por do quie-<br/>ra.<br/><br/><br/>Page No 70<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>71<br/><br/>“Cuando en la copa de los árboles-vienes a posar tu ala-<br/>da frente -o discreta mente llamado,  -cuando acaricias los<br/>mármoles-del camposanto...”<br/>-¡Triste, muy triste! murmuró el notario.<br/>“O cuando andas por las bordas -del, navío batido en el<br/>flanco,-por los golpes del tifón silbando, -deslizándote por el<br/>velamen,-como una blanca gaviota.<br/>“Y la unión sería completa -si el destino quisiera un día<br/>-que yo pudiera, como me gustaría, - ¡nacer contigo, loquilla<br/>llama,-y morir contigo, fuego fatuo!”<br/>-¡Ah, muy bien! exclamó el Sr. Nick. He aquí un final<br/>que me gusta. Puede cantarse:<br/>Loquilla llama,-fuego fatuo.<br/>¿Qué os parece, caballero?<br/>-Que este joven poeta reciba mi enhorabuena, y le deseo<br/>sinceramente alcance el premio de poesía en el concurso de<br/>la Lira Amical. Pero, suceda lo que quiera, sus versos me han<br/>hecho pasar momentos muy agradables, y nunca el viaje me<br/>ha parecido más corto.<br/>Lionel, muy confuso, bebía, sin embargo, a grandes tra-<br/>gos la copa de alabanzas que le tendía el joven, y el Sr. Nick,<br/>en el fondo, se mostraba muy satisfecho por los elogios dir i-<br/>gidos a su pasante predilecto.<br/>Mientras tanto el coche había andado a buen paso, y<br/>apenas daban las once cuan do llegó al brazo septentrional<br/>del río.<br/><br/><br/>Page No 71<br/><br/>JULIO VERNE<br/>72<br/><br/>En esa época, los primeros  steam-boats habían hecho ya<br/>su aparición en el San Lorenzo; no eran ni potentes ni ráp i-<br/>dos; recordaban más bien, por sus dimensio nes, esas chalu-<br/>pas de vapor, a las que se da en la actualidad en el Canadá el<br/>nombre de tug-boat, o, con más frecuencia, el de toc.<br/>En algunos minutos ese  toc transportó al Sr. Nick, a su<br/>pasante y al viajero a través del San Lorenzo, cuyas aguas<br/>verdosas se mezclaban todavía con las negras del río O u-<br/>taouais.<br/>Allí se separaron, después de saludarse y de cambiar<br/>apretones de manos; y mien tras el desconocido se dirigía<br/>hacia las calles de Laval, el notario y Lionel, dando la vuelta a<br/>la ciudad, se fueron hacia el Este de la isla de Jesús.<br/><br/><br/>Page No 72<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>73<br/><br/>IV<br/>LA VILLA DE MONTCALM<br/>La isla de Jesús, situada entre los dos brazos superiores<br/>del San Lorenzo, pero de menos extensión que la de Mo n-<br/>treal, encierra cierto número de parroquias y circunscribe en<br/>su perímetro el condado de Laval, cuyo nombre es también<br/>el de la grande Universidad de Quebec, en recuer do del pri-<br/>mer Obispo del país canadiense.<br/>Laval es igualmente el nombre de la principal ciudad de<br/>la isla de Jesús, situada en la orilla meridional; y aun cuando<br/>la morada del señor de Vaudreuil formaba parte de esta p a-<br/>rroquia, se hallaba, sin embargo, a una legua de distancia,<br/>según se sigue el curso del San Lorenzo.<br/><br/><br/>Page No 73<br/><br/>JULIO VERNE<br/>74<br/><br/>Era una casa de aspecto muy agradable, rodeada por un<br/>parque de unos cincuenta acres, cubiertos de praderas y de<br/>magnífico, arbolado, limitado, por la orilla del río.<br/>Su arquitectura, así como su ornamentación, se diferen-<br/>ciaban mucho de la anglosajona, consistente en el seudogóti-<br/>co, tan usado en la Gran Bretaña; pues el gusto francés<br/>dominaba allí como soberano, y si no hubiera sido por la<br/>marcha rápida y ruidosa de las aguas del San Lorenzo que<br/>mugía a sus pies, se hubiera podido creer que la villa<br/>Montcalm (así se llamaba) se hallaba en las orillas del Loira, a<br/>algunas leguas de Chenonceaux o de Amboise.<br/>Mezclado en las últimas insurrecciones reformistas del<br/>país, el señor de Vaudreuil había figurado en la conspiración<br/>a la que la traición de Simón Morgaz dio tan trágico desenl a-<br/>ce con la muerte de Walter Hodge, de Roberto Farran, de<br/>Francisco Clerc y con la prisión de los demás conjurados.<br/>Algunos años más tarde, una amnistía dio a éstos la libertad,<br/>y el señor de Vaudreuil volvió a su posesión de la isla de<br/>Jesús.<br/>La villa Montcalm estaba edificada en la orilla del río;<br/>los primeros peldaños de su terrado anterior, a los que una<br/>elegante marquesita abrigaba en parte delante de la fachada,<br/>se bañaban en la corriente del in dicado río. En las tranquilas<br/>sombras del parque, la brisa procuraba una frescura que h a-<br/>cía muy soportable los calurosos días del verano canadiense.<br/>Cualquier aficionado a la caza o a la pesca hubiera te nido<br/>mucha diversión en aquella comarca, pues el pescado era<br/>abundante en las caletas del San Lorenzo, en el que las leja-<br/>nas ondulaciones de la sierra de los Laurentidas formaban,<br/><br/><br/>Page No 74<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>75<br/><br/>en la orilla izquierda, un ancho marco de verdura, y las llanu-<br/>ras de la isla estaban pobladas de toda clase de caza.<br/>Aquella parte del país había conserva do, como si se ll a-<br/>mara todavía Nueva Francia, las costumbres todas del si glo<br/>XVII. Un autor inglés, Russel, ha di cho con mucha razón:<br/>«El Bajo Canadá es una Francia de los tiempos en que o n-<br/>deaba en ella la bandera blanca flordelisada.» Y un escritor<br/>francés, Eugenio Réveillaud, ha escrito: «Es el asilo del ant i-<br/>guo régimen. Es una Bretaña o una Vendée de hace sesenta<br/>años, que se prolonga más allá del Océano. Los habitantes<br/>de aquella parte del continente americano han con servado<br/>con celoso cuidado las costum bres, las ingenuas creencias y<br/>las supersticiones de sus padres.»<br/>Esto sucede aún en la época actual, y la raza francesa se<br/>conserva en toda su pureza en el Canadá, sin mezcla alguna<br/>de sangre extranjera.<br/>De vuelta a la villa de Montcalm hacia 1829, el señor de<br/>Vaudreuil se encontraba con todas las condiciones necesarias<br/>para ser feliz; y aun cuando su fortuna no era considerable, le<br/>aseguraba un bienestar, del que hubiera podido disfrutar con<br/>sosiego, si su patriotismo, siempre ardien te, no la hubiese<br/>colocado de nuevo en medio de las agitaciones de la política<br/>militante.<br/>En la época en que principia esta historia, el dueño de la<br/>villa de Montcalm tenía cuarenta y siete años. Sus cabellos<br/>grises le hacían parecer tal vez de más edad; pero su mirada<br/>vivísima, sus ojos de un azul oscuro y muy brillante, su e s-<br/>tatura más que mediana, su robusta constitución, que le as e-<br/>guraba una salud a toda prueba, su fisonomía simpática y<br/><br/><br/>Page No 75<br/><br/>JULIO VERNE<br/>76<br/><br/>llena de agrado, y su porte noble, sin altanería, hacían de él el<br/>tipo por excelencia del gentilhombre francés. Representaba<br/>el verdadero des cendiente de aquella audaz nobleza que<br/>atravesó el Atlántico en el siglo XVIII; el hijo de los fund a-<br/>doras de la más hermosa de las colonias ultramarinas, que la<br/>odiosa indiferencia de Luis XV abandonó a las exigencias de<br/>la Gran Bretaña.<br/>El señor de Vaudreuil era viudo hacía unos diez años.<br/>La muerte de su esposa, a quien amaba sinceramente, dejó<br/>en su vida un gran vacío, concentrando entonces toda su<br/>afección en su hija única, en la que re vivía el alma valiente y<br/>generosa de la que le había dado el ser.<br/>Clary de Vaudreuil tendría unos veinte años cuando<br/>principiaron los sucesos que nos proponemos relatar. Su<br/>talle elegante, su espesa cabellera, casi negra, sus gran des<br/>ojos, muy ardientes, su fresca y sonrosada tez y su fisonomía<br/>algo grave, la hacían más hermosa que linda, más impo nente<br/>que atractiva, como sucede con ciertas heroínas de Fenimore<br/>Cooper. Era fría y reservada por costumbre, o, para expl i-<br/>carnos mejor, toda su vida estaba concen trada en el único<br/>amor que había experimentado hasta entonces: el amor a su<br/>país.<br/>Y, en efecto, Clary de Vaudreuil era una verdadera p a-<br/>triota.<br/>Durante el período de los movimientos insurreccionales<br/>que se produjeron en 1832 y en 1834, siguió de cerca las<br/>diversas fases de la rebelión. Los jefes de la oposición la con-<br/>sideraban como la más valiente de las numerosas jóvenes<br/>cuya adhesión era sin límites respecto a la causa nacio nal; así<br/><br/><br/>Page No 76<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>77<br/><br/>es que cuando los amigos políticos de su padre se reunían en<br/>la villa de Mont calm, Clary tomaba parte en sus confe-<br/>rencias, no mezclándose en ellas sino con pocas palabras,<br/>siempre discretas; pero escuchaba, observaba y despachaba<br/>la correspondencia que se sostenía con los Co mités refor-<br/>mistas. Todos los franco -canadienses tenían en ella la más<br/>absoluta confianza, porque la merecía, y la más res petuosa<br/>amistad, de la que era digna.<br/>Sin embargo, hacía poco tiempo que en aquel corazón<br/>apasionado otro amor había llegado a confundirse con el que<br/>experimentaba por su país; amor ideal, vago, que no conocía<br/>siquiera al que lo inspiraba.<br/>En 1831 y 1834 un personaje misterioso había venido a<br/>representar un papel importantísimo en medio de las tentati-<br/>vas de rebelión de aquella época. Había arriesgado su cabeza<br/>con inaudita audacia, con un valor y un desinterés muy pr o-<br/>pios para herir las imaginaciones sensibles, y desde entonces,<br/>en todo el Canadá, su nombre era repetido con entusiasmo,<br/>o más bien lo que le quedaba de él, puesto que no se la ll a-<br/>maba más que Juan -Sin-Nombre. En los días de motín su r-<br/>gía de repente en lo más recio de la pelea, y concluida la lu-<br/>cha, desaparecía; pero se conocía que obra ba en la sombra y<br/>que no cesaba de trabajar preparando el porvenir.<br/>En vano la policía procuró por todos los medios pos i-<br/>bles descubrir su retiro; la casa Rip y Compañía no tuvo<br/>mejor éxito, por lo que tuvieron que desistir de su empeño<br/>hasta más propicia ocasión. Nada se sabía respecto al origen<br/>de este hombre, ni de su pasado, ni de su vida presente; pero<br/>no podía desconocerse que su influencia era todopoderosa<br/><br/><br/>Page No 77<br/><br/>JULIO VERNE<br/>78<br/><br/>en la población franco-canadiense; así es que había pasado al<br/>estado legendario, y los patriotas esperaban siempre que<br/>aparecería algún día tremolando la bandera de la indepe n-<br/>dencia.<br/>Tal era el héroe anónimo cuyos actos habían hecho tan<br/>profunda impresión en el espíritu de Clary de Vaudreuil. Sus<br/>más íntimos pensamientos eran siempre para él; la invocaba<br/>como a un ser sobrenatu ral, entregándose por completo a<br/>esa mística comunidad. Amando a Juan -Sin-Nombre con el<br/>más ideal de los amores, le pa recía que amaba aún más a su<br/>país; encerraba con cuidado dicho sentimiento en su cor a-<br/>zón, y cuando su padre la miraba, a través de las sombras del<br/>parque, pasearse allí pensativa, no podía sospechar que s o-<br/>ñaba con el joven patriota, que era para ella el símbolo de la<br/>revolución canadiense.<br/>Entre los amigos políticos que más a menudo se reunían<br/>en la villa Montcalm, eran de los más íntimos algunos cuyos<br/>parientes habían formado parte, con el señor de Vaudreuil,<br/>en el complot de 1825.<br/>Entro éstos, conviene citar a Andrés Farran y William<br/>Clerc, cuyos hermanos, Roberto y Francisco, habían perec i-<br/>do en el cadalso el 28 de Septiembre de 1825; luego, Vicente<br/>Hodge, hijo de Walter Hodge, el patriota americano muerto<br/>por la independencia del Canadá, después de haber sido e n-<br/>tregado con sus compañeros por Simón Morgaz. Al par que<br/>éstos, frecuentaba la morada del señor de Vaudreuil un ab o-<br/>gado de Quebec, el diputado Sebas tián Gramont, el mism o<br/>en cuya casa había sido falsamente señalada a la agencia Rip<br/>la presencia de Juan-Sin-Nombre.<br/><br/><br/>Page No 78<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>79<br/><br/>El más ardiente entre los miembros de la oposición era,<br/>con seguridad, Vicente Hodge, que contaba treinta y dos<br/>años de edad. De sangre americana por su padre, y francés<br/>por su madre, muerta de pesar poco tiempo después del<br/>suplicio, Vicente Hodge no había podido vivir al lado de<br/>Clary sin admirarla primero y amarla después, cosa que de<br/>ningún modo hubiera desagradado al señor de Vaudreuil,<br/>pues aquel joven era un hombre distin guido, simpático y de<br/>modales muy finos, por más que tuviera el porte del  yankee<br/>de las fronteras. En cuanto a firmeza en los sentimientos, en<br/>los afectos y en un valor a toda prueba, Clary Vaudreuil no<br/>hubiera podido escoger un marido más digno de ella; pero la<br/>joven ni siquiera había notado, las preferencias de que era<br/>objeto. Entre Vicente Hodge y ella no po día existir sino un<br/>lazo: el del patriotismo.<br/>Apreciaba las cualidades del amigo de su padre; pero no<br/>podía amarle, puesto que su vida, sus pensamientos y sus<br/>aspiraciones todas pertenecían a otro, al desco nocido que<br/>ella esperaba y que aparecería un día delante de su vista.<br/>El señor de Vaudreuil y sus amigos ob servaban con<br/>atención el movimiento de los espíritus en las provincias<br/>canadienses, conociendo que la opinión estaba en extremo<br/>sobrexcitada respecto a los leales. No se tramaba todavía,<br/>como en el año 1825, un complot entre personajes políticos,<br/>en contra del Gobernador gene ral. No. Era más bien, una<br/>conspiración universal en estado latente, y para que la reb e-<br/>lión estallara, bastaría que un jefe llamase a sí a los liberales,<br/>sublevando las parroquias de todos los condados. No cabía<br/>duda de que entonces los diputados reformistas, el señor de<br/><br/><br/>Page No 79<br/><br/>JULIO VERNE<br/>80<br/><br/>Vaudreuil y sus amigos, formarían en las primeras filas de los<br/>insurrectos.<br/>Y jamás las circunstancias se habían mostrado más favo-<br/>rables para una revolución. Los reformistas, faltos de pacien-<br/>cia ya, dejaban oír violentas protestas y denunciaban las<br/>exacciones del Gobierno, que se decía autorizado por el G a-<br/>binete británico para disponer de los fondos pú blicos sin la<br/>aprobación de la Cámara. Los periódicos, entre otros  El<br/>Canadiense, fundado en 1806, y El Vindicator, de creación más<br/>reciente, disparaban bala rasa, permítase la frase, contra la<br/>Corona y sus agentes. Publicaban los discursos pronunciados<br/>en el Parlamento o en los comicios populares por los Pap i-<br/>neau, los Viger, los Quesnel, los Saint  Real, los Bourdages y<br/>tantos otros que rivalizaban en talento y audacia en sus p a-<br/>trióticas acusaciones. Así las cosas, bastaría una chispa para<br/>provocar una explosión popular; esto lo sabía muy bien lord<br/>Gosford, y los partidarios de la refor ma no lo ignoraban<br/>tampoco.<br/>En la mañana del día 3 de Septiembre el cartero llevó a<br/>la villa Montcalm una carta depositada la víspera en el correo<br/>de Montreal, por medio de la que se avi saba al señor de<br/>Vaudreuil que sus amigos Vicente Hodge, Andrés Farran y<br/>William Clerc habían sido invitados a reunirse con él en la<br/>tarde del presente día. El señor de Vaudreuil no conocía la<br/>letra, y la firma sólo decía: Un hijo de la Libertad.<br/>El padre de Clary quedó muy sorpren dido por esta co-<br/>municación y por el modo de hacerla. La víspera había visto<br/>a sus amigos en Montreal y se habían separado sin citarse<br/>para el siguiente día. ¿Habrían recibido también ellos una<br/><br/><br/>Page No 80<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>81<br/><br/>carta de igual procedencia que la suya, citándolos en la villa<br/>Montcalm? Así debía de ser; pero ¿no podía tornarse que<br/>fuera alguna ma quinación de la policía? Esta desconfian za<br/>era demasiado justificada por la traición de Simón Morgaz.<br/>Fuese lo que fuese, el señor de Vaudreuil no tenía más<br/>que esperar la llegada de sus amigos, que le explicarían sin<br/>duda lo que no comprendía de aquella cita singular. Este fue<br/>el parecer de Clary después de enterarse del contenido de la<br/>carta, cuya letra examinaba con suma atención. ¡Extraña dis-<br/>posición de su espíritu! Allí en donde su padre presentía una<br/>asechanza de sus adversarios políticos para sus amigos y para<br/>él, la joven creía, por el contrario, en alguna poderosa inter-<br/>vención para la causa nacional. ¿Iba a mostrarse por fin la<br/>mano que cogería los hilos de una nueva sublevación, que la<br/>dirigiría llevándola a buen fin?<br/>-Padre mío, dijo, tengo confianza.<br/>Sin embargo, como la cita era para la tarde, el señor de<br/>Vaudreuil quiso ir antes a Laval para ver si le daban alguna<br/>noticia que motivara la urgencia de la pro yectada conferen-<br/>cia, y además para recibir a Vicente Hodge y a sus compañe-<br/>ros cuando desembarcaran en la isla Jesús. Pero en el<br/>momento en que iba a dar la orden de enganchar, un criado<br/>anunció que una visita acababa de llegar a la villa Montcalm.<br/>-¿Quién es? preguntó con viveza el señor de Vaudreuil.<br/>-He aquí su tarjeta, respondió el criado mostrándosela.<br/>El amo leyó el nombre inscrito en el trozo de cartulina,<br/>y exclamó:<br/>-¡Es el excelente Sr. Nick! Sea bien venido. Hacedle e n-<br/>trar en seguida.<br/><br/><br/>Page No 81<br/><br/>JULIO VERNE<br/>82<br/><br/>Un instante después, el notario se ha llaba en presencia<br/>del señor de Vaudreuil y de su hija.<br/>-¡Vos por aquí, Sr. Nick! dijo el dueño de Montcalm.<br/>-En persona, y pron to a presentaros mis respetos, así<br/>como a la señorita Clary, respondió el notario.<br/>Y apretó la mano que le tendía el señor de Vaudreuil,<br/>después de haber dirigido a la joven uno de esos saludos<br/>oficiales de que los notarios parecen haber conservado la<br/>tradición.<br/>-He aquí, Sr. Nick, una visita inesperada, pero no menos<br/>agradable.<br/>-Agradable sobre todo para mí, respondió el desce n-<br/>diente de los hurones. ¿Cómo estáis de salud, señorita... y<br/>vos, señor de Vaudreuil? Vuestro aspecto me dice que os<br/>encontráis perfectamente. Se conoce que el aire que se respi-<br/>ra en esta villa es muy sano. Será preciso que me lleve un<br/>poquito a mi casa del Mercado del Buen Socorro.<br/>-De vos depende hacer una buena pro visión, Sr. Nick;<br/>venid a vernos más a menudo.<br/>-Quedaos con nosotros algunos días, añadió Clary.<br/>-¡Y mi estudio y mis actas! exclamó el locuaz notario.<br/>No me dejan tiempo para gozar de los placeres campestres.<br/>Los testamentos no, porque se vive tantos años en el Can a-<br/>dá, que creo llegará un día en que nadie se muera. ¡Es incre í-<br/>ble el número de octogenarios y aun de cen tenarios que<br/>existen por aquí! ¡Esto pasa los límites ordinarios de la est a-<br/>dística!... Pero los casamientos no me dejan un instante de<br/>reposo. Y a propósito: dentro de mes y medio estoy citado<br/>en Laprairie, casa de uno de mis clientes, de los mejores por<br/><br/><br/>Page No 82<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>83<br/><br/>cierto, para hacer el contrato de boda de su decimonono<br/>retoño.<br/>-Ese debe ser mi arrendador Tomás Harcher, replicó el<br/>señor de Vaudreuil.<br/>-El mismo, y precisamente en vuestro cortijo de Chip o-<br/>gán es donde me esperan.<br/>-¡Qué familia tan hermosa, Sr. Nick!<br/>-En verdad que sí; y estoy aún muy lejos de acabar con<br/>las actas referentes a ellos.<br/>-Pues bien, Sr. Nick, dijo Clary, es probable que nos<br/>veamos en Chipogán, pues Tomás Harcher ha insistido de<br/>tal modo en que asistamos al casamiento de su hija, que mi<br/>padre y yo, si nada nos detiene en Montcalm, queremos darle<br/>ese gusto.<br/>-Que lo será también mío, respondió el notario, pues<br/>sabéis desde hace mucho tiempo que experimento una gran<br/>alegría siempre que tengo el gusto de veros. Sólo tengo que<br/>reconveniros por una cosa, señorita Clary.<br/>-¡A mí! ¿Por qué, Sr. Nick?<br/>-Porque siempre me recibís como ami go, pero nunca<br/>me hacéis llamar como notario.<br/>La joven se sonrió por aquella insinuación; mas casi en<br/>seguida sus facciones tomaron de nuevo su habitual grav e-<br/>dad.<br/>-Y sin embargo, dijo el señor de Vaudreuil, además del<br/>carácter de amigo, mi querido Nick, habéis venido hoy con<br/>el de notario a la villa Montcalm...<br/>-Es verdad, es verdad, respondió el Sr. Nick; pero no es<br/>por cuenta de la señorita Clary. En fin, esto sucederá algún<br/><br/><br/>Page No 83<br/><br/>JULIO VERNE<br/>84<br/><br/>día, pues todo llega. A propósito, señor de Vaudreuil; tengo<br/>que deciros que no he venido solo...<br/>-¡Cómo, Sr. Nick! ¿Habéis traído un compañero y le<br/>dejáis en la antesala? Voy a dar la orden de que le hagan e n-<br/>trar.<br/>-No, no. No os incomodéis. Es sencillamente mi segun-<br/>do pasante; un muchacho que hace versos; ¿habéis visto cosa<br/>igual? y corre detrás de los fuegos fatuos.<br/>¿Qué os parees de un pasante poeta o un poeta pasante,<br/>señorita Clary? Como deseo hablaros en particular, señor de<br/>Vaudreuil, le he dicho que fuera a pasearse por el parque.<br/>-Bien está, Sr. Nick; pero, de todos modos, voy a ma n-<br/>dar que se sirva algún refresco a ese joven poeta.<br/>-Es inútil, porque no bebe más que néctar, y como no lo<br/>tengáis de la última cosecha...<br/>El señor de Vaudreuil no pudo menos de reírse de las<br/>bromas del excelente hombre a quien conocía tantos años, y<br/>cuyos consejos le habían sido siempre tan útiles para la d i-<br/>rección de sus asuntos personales.<br/>-Os dejo con mi padre, Sr. Nick, dijo entonces Clary.<br/>-Os ruego que os quedéis, señorita, replicó el notario. Sé<br/>que puedo hablar delante de vos hasta de cosas que se re-<br/>lacionen con la política; a lo menos lo su pongo yo, pues no<br/>ignoráis que no me mezclo nunca...<br/>-Bien, bien, Sr. Nick, interrumpió el Señor de Vaudreuil,<br/>Clary asistirá a nues tra conversación; pero sentémonos: de<br/>este modo hablaremos con más comodidad.<br/><br/><br/>Page No 84<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>85<br/><br/>El notario se instaló en uno de los si llones de bambú,<br/>mientras que el dueño de la casa y su hija tomaban asiento<br/>en un sofá enfrente de él.<br/>-Y ahora, amigo Nick, permitidme preguntaros el mot i-<br/>vo de vuestra venida a la villa Montcalm.<br/>-Para entregaros esto, respondió el notario.<br/>Y sacó de su bolsillo un fajo de banknotes.<br/>-¡Dinero!... exclamó el señor de Vaudreuil, no pudiendo<br/>ocultar su extremada sorpresa.<br/>-Sí, dinero, buen dinero; y, que os guste o no, una suma<br/>bastante crecida.<br/>-¿Una crecida suma decís?<br/>-Miradlo. Cincuenta mil piastras, en bonitos billetes que<br/>tienen curso legal.<br/>-¿Y este dinero es para mí?<br/>-Para vos, sólo para vos.<br/>-¡Quién me lo envía!<br/>-Me es completamente imposible decí roslo, por la se n-<br/>cilla razón de que no lo sé.<br/>-¡A qué uso está destinado!<br/>-Lo ignoro.<br/>-¿Y cómo os han encargado de remi tirme una cantidad<br/>tan considerable?<br/>-Leed.<br/>El notario presentó a su interlocutor una carta, que no<br/>contenía más que estos renglones:<br/>«El Sr. Nick, notario en Montreal, se servirá remitir al<br/>presidente del Comité reformista de Laval, en la villa<br/><br/><br/>Page No 85<br/><br/>JULIO VERNE<br/>86<br/><br/>Montcalm, el restante de la suma que salda nuestra cuenta<br/>con él.<br/>»2 de Septiembre de 1887. <br/>J. B. J. »<br/>El señor de Vaudreuil miraba al notario sin comprender<br/>nada de este envío, que indudablemente era para él.<br/>-¿De dónde viene esa carta? preguntó.<br/>-De San Carlos condado de Verchères.<br/>Clary había cogido la carta y examinaba cuidadosamente<br/>la letra, pensando que podía haber sido escrita por la misma<br/>mano que la que avisaba a su padre de la llegada de sus am i-<br/>gos Vicente Hodge, Clerc y Farran...<br/>Pero no; ninguna semejanza existía en la letra de ambas<br/>cartas, cosa que Clary hizo notar a su padre.<br/>-¿No sospecháis siquiera, Sr. Nick, preguntó la joven,<br/>quién pueda ser el fir mante de esta misiva, que oculta su<br/>nombre bajo las iniciales J. B. J?<br/>-De ningún modo, señorita Clary.<br/>-Y, sin embargo, ésta no es la primera vez que est áis en<br/>relación con esa misma persona.<br/>-En efecto...<br/>-Aún diré más; con esas mismas personas, pues la carta<br/>no dice mi, sino  nuestra cuenta, lo que da lugar a pensar que<br/>esas iniciales pertenecen a tres nombres diferentes.<br/>-Así es, respondió el Sr. Nick.<br/>-Observo también, dijo el señor de Vaudreuil, que<br/>puesto que se trata de un saldo de cuenta, es que anterio r-<br/>mente habéis dispuesto...<br/><br/><br/>Page No 86<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>87<br/><br/>-Señor de Vaudreuil, replicó el notario, he aquí todo<br/>cuanto puedo, es más, cuanto debo deciros.<br/>Y después de reflexionar algunos instantes antes de en-<br/>trar en materia, el señor Nick contó lo que sigue:<br/>-En 1825, un mes después del juicio que costó la vida a<br/>algunos de vuestros amigos más queridos, Señor de Va u-<br/>dreuil, y a vos la libertad, recibí un pliego certi ficado, que<br/>contenía en banknotes la enorme suma de cien mil piastras. El<br/>pliego de que se trata había sido puesto en el correo de Que-<br/>bec, y encerraba una carta concebida en estos términos:<br/>«Esta suma de cien mil piastras se de posita en manos<br/>del Sr. Nick, notario en Montreal, para que la emplee según<br/>avisos que recibirá ulteriormente. Se cuenta con su discr e-<br/>ción para que no hable a nadie del depósito que se le confía<br/>ni del uso que más tarde pueda hacer de él.»<br/> -¿Y estaba firmada? Preguntó, Clary.<br/>-J. B. J respondió el Sr. Nick.<br/>-¡Las mismas iniciales! Dijo el señor de Vaudreuil.<br/>¡Las mismas! repitió Clary.<br/>-Sí, señorita, y, cómo bien podéis pen sarlo, me quedé<br/>muy sorprendido del misterio que encerraba ese depósito;<br/>pero siéndome imposible devolver esa suma al cliente de s-<br/>conocido que me la había en tregado, y pareciéndome in o-<br/>portuno, y aun indigno, notificarlo a la autoridad, colo qué<br/>ese dinero en el Banco y esperé.<br/>Clary y su padre escuchaban al señor Nick con la más<br/>viva atención. ¿No había dicho el notario que pensaba que<br/>aquel dinero pudiera muy bien destinarse a un fin político?<br/>Y, en efecto, ya veremos cómo no se equivocaba.<br/><br/><br/>Page No 87<br/><br/>JULIO VERNE<br/>88<br/><br/>-Seis años más tarde, repuso, se me pidió una suma de<br/>veintidós mil piastras mediante una carta firmada con esas<br/>enigmáticas iniciales, rogándome la mandara inmediatamente<br/>a Berthier, en el condado del mismo nombre.<br/>-¿A quién? preguntó el señor de Vaudreuil.<br/>-Al presidente del Comité reformista, y poco tiempo<br/>después estalló la rebelión que sabéis. Pasaron cuatro años, y<br/>recibí otra carta prescribiéndome el envío de veinte mil<br/>piastras a Santa Martina, al presidente del Comité de Ch a-<br/>teauguai. Un mes más tarde se produjo la violenta reac ción<br/>que señaló las elecciones de 1834, dando por resultado la<br/>prorrogación de la Cámara y la demanda de que es present a-<br/>ra ante los Tribunales el gobernador lord Aylmer.<br/>El señor de Vaudreuil reflexionó algunos instantes re s-<br/>pecto a lo que acababa de oír, y después, dirigiéndose al n o-<br/>tario, exclamó:<br/>-¿De modo que, amigo Nick, creéis que existe cierta r e-<br/>lación entre esas diversas manifestaciones y el envío del di-<br/>nero a los Comités reformistas?<br/>-Yo, señor de Vaudreuil, replicó el notario, nada creo.<br/>No soy hombre político, sino un funcionario público. Nada<br/>he hecho sino restituir las sumas que tenía en depósito, s e-<br/>gún me lo han indicado. Os digo las cosas tal como han p a-<br/>sado, y os dejo el cuidado de sacar las consecuencias.<br/>-Está muy bien, mi prudente amigo respondió el señor<br/>de Vaudreuil sonriendo. No es comprometeros; pero si h a-<br/>béis venido hoy a la villa Montcalm...<br/>-Ha sido para hacer por tercera vez lo que ya he hecho<br/>dos. Me han avisado esta mañana, día 3 de Septiembre, pr i-<br/><br/><br/>Page No 88<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>89<br/><br/>mero, que disponga de la suma que me quedaba, o sea ci n-<br/>cuenta mil piastras; y segundo, que la entregase al presidente<br/>del Comité de Laval; por lo que, siendo el señor de Va u-<br/>dreuil presidente del susodicho Comi té, he venido a traerle<br/>aquella suma. ¿A qué uso está destinado ese dinero? No lo<br/>sé, ni deseo saberlo. Entre las manos del men cionado presi-<br/>dente he dejado aquella cantidad, y si no la he mandado por<br/>el correo, si he preferido traerla yo mismo, ha sido para<br/>aprovechar la ocasión de hacer una visita a mi amigo el señor<br/>de Vaudreuil y a su hija la señorita Clary.<br/>El Sr. Nick concluyó su discurso sin que nadie le int e-<br/>rrumpiese, y después de decir lo que quiso, se levantó, y,<br/>acercándose a la puerta de cristales que daba al terrado, se<br/>puso a examinar las embarca ciones que bajaban o remont a-<br/>ban el río.<br/>El señor de Vaudreuil, entregado a pro fundas reflexio-<br/>nes, guardaba silencio, y un mismo trabajo de deducciones se<br/>hacía en el espíritu de su hija; no era dudoso para ellos que<br/>ese dinero, con tanto misterio depositado en la caja del Sr.<br/>Nick, había sido empleado en parte para las necesida des de<br/>la causa nacional, y que se reser vaba a lo que quedaba el<br/>mismo destino, en previsión de un próximo movimiento.<br/>Este envío de dinero, coincidiendo con el recibo de la carta<br/>firmada por Un hijo de la Libertad, por la que se comprendía<br/>que acababa de convocar en la villa Montcalm a los más í n-<br/>timos amigos del señor de Vaudreuil, ¿no parecía que hubi e-<br/>se en esto una singular conexión?<br/>La conversación se prolongó todavía durante algún<br/>tiempo, y no podía ser de otro modo, dada la verbosidad del<br/><br/><br/>Page No 89<br/><br/>JULIO VERNE<br/>90<br/><br/>notario. Hablaron de lo que el señor de Vaudreuil sabía tan<br/>bien o mejor que Nick; esto es, de la situación política, sobre<br/>todo respecto al Bajo Canadá. Y estas cosas, no dejaba de<br/>repetirlo, las relataba con la mayor reser va, pues no le gusta-<br/>ba mezclarse en lo que no le importaba; lo que decía era para<br/>que el señor de Vaudreuil desconfiara, porque la vigilancia de<br/>la policía era muy ac tiva en las parroquias del condado de<br/>Montreal.<br/>Y a propósito de esto, el notario dijo:<br/>-Lo que las autoridades temen, sobre todo, es que un je-<br/>fe venga a ponerse al frente de un movimiento popular, y<br/>que éste sea precisamente el famoso Juan Sin Nombre.<br/>Al oír estas últimas palabras, Clary se levantó y se as o-<br/>mó a la ventana abierta, por la que se veía el parque.<br/>-¿Conocéis a ese audaz agitador amigo Nick? preguntó<br/>el señor de Vaudreuil.<br/>-Nunca lo he visto, respondió el notario, ni he visto<br/>tampoco a nadie que le conozca; pero no hay duda de que<br/>existe. Me lo figuro, como suelen pintarnos los héroes en las<br/>novelas; un joven de alta estatura, de nobles facciones, de<br/>simpática fisonomía y de voz seductora, como no sea algún<br/>buen patriarca, en el límite de la vejez, arrugado y cascado<br/>por la edad; porque con esos personajes no se sabe nunca a<br/>qué atenerse.<br/>-Sea lo que fuere, respondió el señor de Vaudreuil, ¡ojalá<br/>tenga pronto el pensamiento de ponerse a nuestra cabeza, y<br/>le seguiremos tan lejos como quiera llevarnos!...<br/>-¡Eh, señor de Vaudreuil, puede ser que suceda antes de<br/>mucho tiempo! exclamó el Sr. Nick.<br/><br/><br/>Page No 90<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>91<br/><br/>-¿Qué decía? preguntó Clary volviendo con viveza al<br/>centro del salón.<br/>-Digo, señorita Clary... o, más bien, no digo nada... Es<br/>más cuerdo.<br/>-Insisto, repuso la joven, ¡Hablad... hablad, os lo ruego!<br/>¿Qué sabéis?<br/>-Lo que otros saben también, respondió el Sr. Nick; que<br/>Juan-Sin-Nombre ha vuelto a aparecer en el condado de<br/>Montreal; así se dice, por desgracia.<br/>-¡Por desgracia!, repitió Clary.<br/>-Sí; pues si es cierta la noticia, temo mucho de que<br/>nuestro héroe no pueda escapar a la vigilancia de la policía.<br/>Hoy mismo, atravesando la isla de Montreal, he encontrado<br/>a los agentes que el ministro Gilberto Argall ha lanzado s o-<br/>bre las huellas de Juan-Sin-Nombre, y he visto entro ellos al<br/>jefe de la casa Rip y Compañía.<br/>-¿Cómo... Rip? dijo el señor de Vaudreuil.<br/>-El mismo, respondió el notario. Es un hombre, hábil,<br/>atraído sin duda por una. buena prima. Si, llega a apoderarse<br/>de Juan-Sin-Nombre la condena de este joven patriota... sí,<br/>decididamente debe ser joven,  su condena es cierta, y el<br/>partido nacional contará una víctima más.<br/>A pesar de su fuerza de espíritu, Clary palideció de r e-<br/>pente, sus ojos se cerraron, y apenas si pudo comprimir los<br/>latidos de su corazón. El señor de Vaudreuil, muy pensativo,<br/>iba y venía por el salón.<br/>El Sr. Nick, queriendo borrar el penoso efecto produc i-<br/>do por sus últimas palabras, añadió:<br/><br/><br/>Page No 91<br/><br/>JULIO VERNE<br/>92<br/><br/>-Después de todo, es un hombre de una audacia poco<br/>común, que ha sabido hasta ahora sustraerse a las más sev e-<br/>ras pesquisas. En el caso de que corriera peligro de ser<br/>aprehendido, todas las casas del condado le darían asilo, t o-<br/>das las puertas se abrirían delante de él, incluso la del estudio<br/>del Sr. Nick, si se presentaba a pedirle refugio, aun cuando el<br/>Sr. Nick no quiera mezclarse para nada en la política.<br/>Después de estas palabras, el notario se despidió del s e-<br/>ñor y de la señorita de Vaudreuil, pues no tenía tiempo que<br/>perder si quería estar de vuelta en Montreal para la hora de<br/>comer, esa hora regular y siempre bienvenida, en la que<br/>cumplía con uno de los actos más importantes de su existen-<br/>cia. <br/>El señor de Vaudreuil quiso dar orden de que engancha-<br/>sen un carruaje para lle var al Sr. Nick y a su pasante hasta<br/>Laval, pero, como hombre prudente, el notario rehusó, d i-<br/>ciendo que más valía que no se supiera nada de su visita a la<br/>villa Montcalm; que, a Dios gracias, tenía buenas piernas,<br/>que una legua más o menos no era cosa para cansar a uno de<br/>los mejores andarines del notariado canadiense. Y luego, ¿no<br/>corría por sus venas la sangre de los Sagamores? ¿No de s-<br/>cendía de aquellos robustos indios, cuyos guerreros seguían<br/>durante meses enteros el sendero de la guerra, etc., etc.?<br/>En fin, el Sr. Nick llamó a Lionel, que sin duda corría<br/>por las calles del parque detrás del sagrado batallón de las<br/>musas, y ambos, remontando la orilla izquierda del San L o-<br/>renzo, tomaron de nuevo el camino de Laval.<br/>Después de tres cuartos de hora de marcha llegaron al<br/>sitio en que atracaba el toc, en el momento en que desembar-<br/><br/><br/>Page No 92<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>93<br/><br/>caban los Sres. Vicente Hodge, Clerc y Farran que se dirigían<br/>a la villa Montcalm.<br/>Cruzándose con ellos, el notario fue saludado con un<br/>inevitable y cordial «buenos días, Sr. Nick.» Después de atra-<br/>vesar el río subió otra vez al coche de Tom, llegó a su casa<br/>del Mercado del Buen Socorro en el instante preciso en que<br/>su anciana sirvienta, mistress Dolly, ponía la humeante sopa<br/>en la mesa.<br/>El Sr. Nick se sentó en seguida en su ancho sillón, y<br/>Lionel se colocó enfrente de él, mientras el buen señor tar a-<br/>reaba: <br/>Nacer contigo, loquilla llama,<br/>Morir contigo, fuego fatuo.<br/>-Sobro todo, añadió, si te tragas algunos versos durante<br/>la comida, ten mucho cuidado con las espinas.<br/><br/><br/>Page No 93<br/><br/>JULIO VERNE<br/>94<br/><br/>V<br/>EL DESCONOCIDO<br/>Cuando Vicente Hodge, William Clerc y Andrés Farran<br/>llegaron a la villa Montcalm, el señor de Vaudreuil los recibió<br/>solo, pues Clary acababa de subir a su habitación.<br/>Puesta a la ventana, que estaba abierta de par en par, la<br/>joven dejaba vagar su mirada a través de la campiña, cuyo<br/>horizonte se hallaba limitado por la sierra de los Laurentidas.<br/>El recuerdo del ser mis terioso de que acababan de hablar,<br/>ocupaba por entero su pensamiento. Lo ha bían visto en la<br/>comarca, y como se le perseguía con actividad en la isla de<br/>Montreal, quizás trataría de buscar un refugio en la de Jesús,<br/>para lo cual le bastaba atravesar uno de los brazos del río y<br/>en tal caso iría tal vez a pedir asilo a la villa Montcalm, pues<br/>no podía dudar de que allí tenía amigos que se considerarían<br/>muy felices al acogerte. Pero ¿no se ex pondría a mayores<br/>peligros albergándose en la quinta del señor de Vaudreuil,<br/>presidente del Comité reformista? La morada de éste debía<br/>de ser particularmente vigilada, y, sin embargo, Clary tenía el<br/>presentimiento de que Juan -Sin-Nombre iría, aun que no<br/><br/><br/>Page No 94<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>95<br/><br/>fuera más que por un día, por una hora. Y con la imagin a-<br/>ción sobrexcitada, deseosa de encontrarse sola, había aban-<br/>donado el salón antes de que los amigos de su padre fuesen<br/>introducidos en él.<br/>William Clerc y Andrés Farran, ambos de la misma edad<br/>que el señor de Vaudreuil, habían sido oficiales de la milicia<br/>canadiense. Separados de su empleo después del juicio del 25<br/>de Septiembre, que había mandado al patíbulo a sus dos her-<br/>manos, condenados ellos mismos a prisión perpetua, recupe-<br/>raron la libertad merced a la amnistía, que había aprovech a-<br/>do también el señor de Vaudreuil. El par tido nacional veía<br/>en ellos a dos hombres de acción que no pensaban en otra<br/>cosa sino en arriesgar por segunda vez su vida tomando de<br/>nuevo las armas. Eran enérgicos, acostumbrados a la fatiga<br/>por el hábito que tenían de grandes cacerías a través de los<br/>bosques y de los llanos del condado de los Tres Ríos, en<br/>donde poseían vastas propiedades.<br/>En cuanto Vicente Hodge hubo apretado la mano del<br/>señor de Vaudreuil, le preguntó si sabía que Farran, Clerc y<br/>él habían sido convocados por escrito.<br/>-Sí, respondió, el padre de Clary; y sin duda la carta que<br/>cada uno de vosotros ha recibido está firmada, como la que<br/>se me ha dirigido, por Un hijo de la libertad...<br/>-Así es, respondió Andrés Farran.<br/>-¿No te parece que esto encierra algu na asechanza de<br/>nuestros enemigos? preguntó William Clerc al señor de Vau-<br/>dreuil. Reuniéndonos aquí ¿no querrán sorprendernos en<br/>flagrante delito de conspiración?<br/><br/><br/>Page No 95<br/><br/>JULIO VERNE<br/>96<br/><br/>-El Consejo legislativo no ha prohibido todavía, que yo<br/>sepa, a los canadienses el derecho de reunión, respondió el<br/>señor de Vaudreuil.<br/>-No, dijo Andrés Farran; pero, en fin, ¿quién puede ser<br/>el firmante de estas car tas tan sospechosas,  como si fueran<br/>anónimas, y por qué no ha puesto en ellas su verdadero<br/>nombre?...<br/>-Es muy singular, en efecto, repuso el señor de Va u-<br/>dreuil; y lo es tanto más, cuanto que ese personaje, quien<br/>quiera que sea, no dice siquiera si tiene intención de prese n-<br/>tarse a la cita que nos ha dado, pues la carta que he recibido<br/>me avisa sencillamente que llegaríais los tres esta tarde a la<br/>villa Montcalm.<br/>-Lo mismo que en las nuestras, añadió William Clerc.<br/>-Reflexionándolo bien, dijo Vicente Hodge, no es ver o-<br/>símil que nos haya con vocado no teniendo intención de<br/>asistir a nuestra conferencia, y mi parecer es que vendrá.<br/>-Pues bien, que venga, replicó Farran; en primer lugar,<br/>veremos qué clase de hombre es, escucharemos las comun i-<br/>caciones que se propone hacernos, y des pués lo despedire-<br/>mos si no nos conviene entrar en relaciones con él.<br/>-Vaudreuil, dijo William Clerc: ¿tiene tu hija conoc i-<br/>miento de esa carta? ¿Qué piensa de ella?<br/>-Nada malo ni sospechoso, William.<br/>-¡Esperemos, pues! repuso Vicente Hodge.<br/>En todo caso, si el firmante de las cartas tenía intención<br/>de acudir a la cita dada por él, era indudable que había queri-<br/>do tomar ciertas precauciones, puesto que por lo visto sería<br/><br/><br/>Page No 96<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>97<br/><br/>de noche cuando llegase a la villa Montcalm, cosa muy pr u-<br/>dente en las actuales circunstancias.<br/>La conversación del señor de Vaudreuil y de sus amigos<br/>no podía tener más objeto que la situación política tan t i-<br/>rante a consecuencia de las opresivas disposiciones que m a-<br/>nifestaba el Parlamento inglés. Comprendían que tal estado<br/>de cosas no podía durar, y a propósito de esto, el señor de<br/>Vaudreuil notificó a sus amigos que, en su cualidad de pres i-<br/>dente del Comité de La val, había recibido por el conducto<br/>del señor Nick una suma considerable, destina da, de seguro,<br/>para hacer frente a las necesidades de la causa nacional.<br/>Mientras se paseaban por el parque es perando la hora<br/>de comer, Vicente Hodge, William Clerc y Andrés Farran<br/>confirmaron al señor de Vaudreuil lo que le ha bía dicho el<br/>notario. Los agentes de Gil berto Argall no se daban punto<br/>de reposo, y no solamente el personal de la Agencia Rip y<br/>Compañía, sino muchos individuos de la policía regular,<br/>recorrían los campos y las parroquias de los condados, ha-<br/>ciendo cuanto era posible para encontrar las huellas de<br/>Juan-Sin-Nombre, pues el Gobier no temía, y con fund a-<br/>mento, que bastara la presencia de este personaje para pr o-<br/>vocar una sublevación. Era fácil, por consiguiente, que el<br/>desconocido pudiera informar respecto de esto al señor de<br/>Vaudreuil.<br/>A eso de las seis todos volvieron al sa lón, adonde Clary<br/>acababa de bajar. William Clerc y Andrés Farran le hicieron<br/>un paternal saludo que autorizaba su edad y su intimidad,<br/>mientras que Vicente Hod ge, más reservado, apretó resp e-<br/><br/><br/>Page No 97<br/><br/>JULIO VERNE<br/>98<br/><br/>tuosamente la mano que la joven le tendía, y ofreciéndole el<br/>brazo, pasaron todos al comedor.<br/>La comida se sirvió con abundancia, pero con modestia,<br/>y en las condiciones en que se servía en aquella época, lo<br/>mismo en las más humildes que en las más ricas moradas<br/>canadienses. Se componía de peces del río, de caza de los<br/>vecinos bosques, de legumbres y de frutas cogidas en el<br/>huerto de la villa.<br/>En la mesa no se trató del desconocido, esperado con<br/>tanta impaciencia, pues la prudencia aconsejaba no hablar de<br/>tales cosas delante de los criados, por más que éstos eran<br/>fieles servidores y estaban desde hacía mucho tiempo al se r-<br/>vicio de la familia Vaudreuil.<br/>Después de comer, Clary, atraída por la suavidad de la<br/>temperatura y la hermosura de la tarde, se sentó debajo de la<br/>marquesina.<br/>El San Lorenzo acariciaba los primeros escalones del terr a-<br/>do, bañándolos con sus aguas, que la quietud del aire inm o-<br/>vilizaba en la sombra. El señor de Vaudreuil y sus amigos<br/>fumaban paseándose por delante de la barandilla, y apenas si<br/>cambiaban alguna que otra palabra en voz baja.<br/>Eran algo más de las siete; la noche empezaba a oscur e-<br/>cer el valle, y mientras que el largo crepúsculo se retiraba<br/>hacia el Oeste, las estrellas aparecían poco a poco en la<br/>opuesta zona.<br/>Clary miraba tan pronto hacia arriba como hacia abajo<br/>el curso del San Lorenzo. El desconocido ¿vendría por la vía<br/>fluvial? Así debía de ser si no quería dejar huellas de su paso,<br/>porque era fácil a una ligera embarcación deslizarse entre las<br/><br/><br/>Page No 98<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>99<br/><br/>hierbas y las cañas que crecían en la orilla, y una vez llegado<br/>al pie del terrado el misterioso personaje, podría penetrar en<br/>la casa sin ser visto de nadie, y abandonarla después sin que<br/>ninguno de los criados notara su presencia.<br/>Sin embargo, como podía suceder que el visitador no c-<br/>turno no viniera por el San Lorenzo, el señor de Vaudreuil<br/>dio orden de que hiciesen entrar inmediatamente a cualquier<br/>persona que es presentase en la villa. Una lámpara encendida<br/>en el salón no dejaba ver sino una luz muy tenue, que se<br/>filtraba a través de las cortinas de las ventanas, ocultas en<br/>parte, por los opacos cristales de la marquesina, y, por consi-<br/>guiente, no era posible observar desde fuera nada de lo que<br/>pasara en el salón.<br/>No obstante, si es verdad que todo estaba tranquilo por<br/>el lado del parque, no sucedía lo mismo en el río, en el que<br/>aparecían de cuando en cuando algunas embarcaciones, que<br/>tan pronto se acercaban a la orilla derecha como a la izquier-<br/>da, se aproximaban unas a otras o se separaban, y en las que<br/>rápidas palabras se cambiaban entre los que las ocupaban,<br/>alejándose después en distintas direcciones.<br/>El señor de Vaudreuil y sus amigos observaban con<br/>atención aquellas idas y venidas, cuyo móvil. comprendían.<br/>-Son polizontes, dijo William Clerc.<br/>-Sí, respondió Vicente Hodge; vigilan el río con más<br/>cuidado que nunca.<br/>¡Y tal vez también la villa Montcalm!<br/>Estas últimas palabras habían sido pronunciadas en voz<br/>muy baja; pero no por el señor de Vaudreuil, ni por su hija,<br/>ni por sus amigos.<br/><br/><br/>Page No 99<br/><br/>JULIO VERNE<br/>100<br/><br/>En el mismo instante, un hombre, oculto entre las altas<br/>hierbas que crecían al pie de la barandilla, apareció a la der e-<br/>cha de la escalera, que subió en seguida, con paso rápido,<br/>penetró en el terrado, quitóse el gorro que cubría su cabeza,<br/>e inclinándose ligeramente dijo:<br/>-Soy El Hijo de la Libertad que os ha escrito, señores.<br/>El señor de Vaudreuil, Clary, Vicente Hodge, Clerc y<br/>Farran, sorprendidos por aquella brusca aparición, procur a-<br/>ban ver la cara del hombre que acababa de introducirse en la<br/>villa de un modo tan singular, pues su voz les era tan desc o-<br/>nocida como su persona.<br/>-Señor de Vaudreuil, repuso el recién llegado; m e dis-<br/>pensaréis el modo de presentarme en vuestra casa, cuando<br/>sepáis que es de gran importancia el que no me vean llegar<br/>aquí, así como también lo es el que no me vean salir.<br/>-Venid, pues, caballero, respondió el amo de la casa.<br/>Y todos entraron en el salón, cuya puer ta cerraron en<br/>seguida.<br/>El hombre que acababa de llegar a la villa Montcalm no<br/>era otro que el joven viajero en cuyo compañía el Sr. Nick y<br/>su pasante habían recorrido el trayecto que existe entre<br/>Montreal y la isla Jesús. El señor de Vaudreuil y sus amigos<br/>observaron, así como el notario lo había hecho ya, que pe r-<br/>tenecía a la raza franco-canadiense.<br/>He aquí lo que había hecho después de despedirse del<br/>Sr. Nick en la entrada de las calles de Laval.<br/>Se dirigió, en primer lugar, hacia una modesta taberna<br/>de los barrios de la ciudad, y allí, recostado en un rincón<br/>esperando la hora de comer, recorrió los pe riódicos que pu-<br/><br/><br/>Page No 100<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>101<br/><br/>sieron a su disposición. Su cara impasible no dejaba traslucir<br/>ninguna de las impresiones que le producían la lectura de<br/>aquellos diarios, redactados entonces con mucha violencia<br/>en pro o en contra de la Corona.<br/>La reina Victoria acababa de subir al trono, sucediendo<br/>a su tío Guillermo IV, y se discutía, en apasionados artículos,<br/>las modificaciones que el nuevo reinado im pondría al g o-<br/>bierno de las provincias del Canadá. Pero aun cuando fuese<br/>una mano femenina la que empuñaba el cetro del Reino<br/>Unido, era de temer que se hiciera muy pesado para la col o-<br/>nia ultramarina.<br/>Hasta las seis de la tarde el joven se quedó en la taberna,<br/>en donde se hizo ser vir de comer, y a las ocho se puso de<br/>nuevo en camino.<br/>Si un espía la hubiera seguido entonces, le hubiese visto<br/>dirigirse hacia el ribazo del San Lorenzo, deslizarse entre las<br/>malezas en dirección a la villa Montcalm, en donde llegó tres<br/>cuartos de hora después, esperando el momento oportuno<br/>para presentarse, y ya sabemos cómo intervino en la conve r-<br/>sación del señor de Vaudreuil y de sus amigos.<br/>Y ahora, en aquel salón, con las puer tas y las ventanas<br/>cerradas, podían hablar sin temor de ser oídos.<br/>-Caballero, dijo entonces el señor de Vaudreuil dirigié n-<br/>dose a su nuevo hués ped: ¿no os extrañaréis si en primer<br/>lugar os pregunto quién sois?<br/>-Os lo he dicho ya, señor de Vau dreuil; soy, como lo<br/>sois todos, un Hijo de la Libertad.<br/>Clary hizo un gesto involuntario de contrariedad, pues<br/>esperaba, un nombre, y no tal calificativo, tan común en<br/><br/><br/>Page No 101<br/><br/>JULIO VERNE<br/>102<br/><br/>aquella época entre los partidarios de la causa fra n-<br/>co-canadiense. ¿Persistiría dicho jo ven en conservar el i n-<br/>cógnito en la villa Montcalm?<br/>-Caballero, dijo entonces Andrés Fa rran: si nos habéis<br/>citado aquí será sin duda para que conferenciemos sobre co-<br/>sas de cierta importancia. Pues bien; an tes de explicarnos<br/>con más claridad, encontraréis muy natural que deseemos sa-<br/>ber con quién vamos a hablar.<br/>-Hubierais dado pruebas de ser muy imprudente si no<br/>me hubieseis dirigido esta pregunta, respondió el joven, y no<br/>sería yo digno de perdón si rehusara contestaros.<br/>Y sacó de su bolsillo una carta, que presentó al señor de<br/>Vaudreuil.<br/>Esta carta informaba a éste de la visita del desconocido,<br/>en quien sus partidarios y él podían tener completa confia n-<br/>za, aun en el caso en que les ocultara su nombre. Estaba<br/>firmada por uno de los principales jefes de la oposición en el<br/>Parlamento, por el abogado Gramont, diputado en Quebec,<br/>correligionario político del señor de Vau dreuil; el abogado<br/>añadía que si el joven pedía hospitalidad por algunos días, o<br/>en Montcalm, el señor de Vaudreuil podía concedérsela en<br/>interés de la buena causa.<br/>El amo de la villa comunicó aquella carta a su hija, a<br/>Clerc, a Farran, y después dijo:<br/>-Caballero, estáis en vuestra casa y podéis permanecer<br/>en ella todo el tiempo que os plazca.<br/>-Todo lo más dos días, señor de Vaudreuil, respondió el<br/>joven, pues dentro de cuatro es preciso que me reúna con<br/>mis compañeros en la embocadura del San Lorenzo. Os doy<br/><br/><br/>Page No 102<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>103<br/><br/>gracias por la acogida que me hacéis, y os ruego me prestéis<br/>toda vuestra atención.<br/>El desconocido tomó entonces la pala bra. Habló con<br/>mucha precisión del estado actual de los espíritus en las pro-<br/>vincias canadienses, y afirmó que el país estaba pronto a<br/>sublevarse contra la opresión de los leales y de los agentes de<br/>la Corona pues acababa de verlo por sí mismo ha ciendo una<br/>campaña de propaganda reformista, durante varias semanas,<br/>en los condados del Alto San Lorenzo y del Outaouais. Dijo<br/>que dentro de algunos días iba a recorrer por última vez las<br/>parroquias de los condados del Este para concluir de anudar<br/>los elementos de una próxima insurrección, que se extend e-<br/>ría desde la embocadura del río hasta los territorios del On-<br/>tario. A este levantamiento general, ni lord Gosford con los<br/>representantes de la autoridad, ni el general Colborne con<br/>algunos miles de uniformes colorados que formaban el efe c-<br/>tivo del ejército anglo -canadiense, podrían oponer fuerzas<br/>suficientes, y el Canadá, así lo creía firmemente, sacudiría<br/>por fin el yugo de sus opresores.<br/>-Una provincia arrancada a su país añadió, es lo mismo<br/>que un hijo arrancado de los brazos de su madre. Debe de se<br/>objeto de continuas reclamaciones y de perpetuas luchas; es<br/>un hecho que no puede olvidarse jamás. Diciendo todo esto<br/>el desconocido hablaba con una sangre fría que demostraba<br/>cuan dueño de sí era siempre y en todas partes; y, sin embar-<br/>go, se dejaba ver el fuego que abrasaba su alma y el ardiente<br/>patriotismo que inspiraban sus pensa mientos. Mientras que<br/>entraba en minuciosos detalles respecto a lo que había hecho<br/>y a lo que iba a hacer, Clary no apar taba su mirada de él;<br/><br/><br/>Page No 103<br/><br/>JULIO VERNE<br/>104<br/><br/>todo le inducía a creer que tenía delante de ella al héroe en<br/>quien su imaginación encarnaba la revolución canadiense.<br/>Cuando los señores de Vaudreuil, Vicente Hodge, Clerc<br/>y Farran estuvieron al corriente de sus trabajos, el joven aña-<br/>dió: <br/>-Todos estos partidarios de nuestra autonomía, señores,<br/>necesitarán un jefe, y éste surgirá cuando llegue la hora de<br/>ponerse a su cabeza; mientras tanto, es preciso que se forme<br/>un Comité de acción para concentrar los esfuerzos indiv i-<br/>duales. ¿El señor de Vaudreuil y sus amigos aceptan formar<br/>parte de ese Comité? Ha béis sufrido todos ya, bien sea en<br/>vuestras familias o en vuestras personas, por la causa naci o-<br/>nal, que ha costado la vida a nuestros mejores patriotas, a<br/>vuestro padre Vicente Hodge, a vuestros hermanos William<br/>Clerc y Andrés Farran...<br/>-¡Por la traición de un mise rable, caballero! respondió<br/>Vicente Hodge.<br/>-¡Sí!... ¡de un miserable! repitió el joven.<br/>Y Clary creyó sorprender una ligera alteración en su<br/>voz, tan clara hasta entonces.<br/>-Pero, añadió, ese traidor murió.<br/>-¿Estáis cierto de ello?... preguntó William Clerc.<br/>-¡Ha muerto! replicó el desconocido, que no titubeó en<br/>responder de un modo afirmativo respecto a un hecho del<br/>que nunca había podido tenerse corteza.<br/>-¡Muerto!... ¡Ese Simón Morgaz!... ¡Y no he sido yo<br/>quien ha hecho justicia!... exclamó Vicente Hodge.<br/>-Amigos míos, no hablemos más de ese traidor, dijo el<br/>señor de Vaudreuil, y dejadme responder a la proposición<br/><br/><br/>Page No 104<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>105<br/><br/>que se nos está haciendo. Caballero, repuso vol viéndose<br/>hacia su huésped: lo que nues tros amigos o parientes han<br/>hecho ya, estamos prontos a hacerlo también. Arriesgaremos<br/>nuestra vida como arriesgaron la suya, y, por consiguiente,<br/>podéis disponer de nosotros; nos comprometemos a hacer<br/>de la villa de Montcalm el centro de los esfuerzos de que<br/>habéis tomado la iniciativa. Estamos en comunicación cot i-<br/>diana con los diferentes Comités del distrito, y a la primera<br/>señal acudiremos todos indefectiblemente. ¿Vuestra inte n-<br/>ción es, según habéis dicho, partir dentro de un par de días<br/>para recorrer las parroquias del Este? Sea; cuando volváis<br/>nos encontraréis prontos a seguir al jefe, quien quiera que<br/>sea, que despliegue la bandera de la independencia.<br/>-Vaudreuil ha hablado en nombre de todos, añadió V i-<br/>cente Hodge. ¡No tenemos más que un pensamiento: el de<br/>libertar nuestro país de las garras de sus opresores, asegurán-<br/>dole el derecho de ser autónomo!<br/>-Y sabrá conquistarlo esta vez, dijo Clary de Vaudreuil<br/>adelantándose hacia el desconocido.<br/>Pero éste acababa de dirigirse a la puerta del salón que<br/>daba al terrado.<br/>-¡Escuchad, caballeros! dijo.<br/>Un sordo rumor, que no se podía de finir, se oía en d i-<br/>rección a Laval.<br/>-¿Qué será? preguntó William Clerc.<br/>-¿Estallará ya algún motín? replicó Andrés Farran.<br/>-¡Dios quiera que no sea así! murmu ró Clary. ¡Sería<br/>obrar demasiado pronto!<br/>-Tenéis razón, respondió el desconocido.<br/><br/><br/>Page No 105<br/><br/>JULIO VERNE<br/>106<br/><br/>-Pero ¿qué puede ser eso? preguntó el señor de Va u-<br/>dreuil. ¡Escuchad! Ese ruido se aproxima.<br/>-¡Se oye como una tocata de clarines! replicó Andrés Fa-<br/>rran.<br/>Y, en efecto, el sonido de algunos ins trumentos de co-<br/>bre, atravesando el espa cio, llegaba por intervalos regulares<br/>hasta la villa Montcalm. ¿Sería acaso un destacamento que se<br/>dirigiera hacia la morada del señor de Vaudreuil?<br/>-Éste abrió la puerta de salón, y sus ami gos le siguieron<br/>al terrado.<br/>Todas las miradas se volvieron hacia el Oeste, pero nin-<br/>guna claridad sospechosa se divisaba de aquel lado, siendo,<br/>por lo tanto, evidente que aquel rumor no se propagaba a<br/>través de las llanuras de la isla Jesús. Y, sin embargo, el ru i-<br/>do, cada vez más cercano, llegaba hasta la villa al mismo<br/>tiempo que el sonido de las trompetas.<br/>-¡Allí, allí es!... dijo Vicente Hodge.<br/>Y señalaba con el dedo el curso del San Lorenzo, r e-<br/>montando hacia Laval. En aquella dirección, algunas anto r-<br/>chas esparcían una claridad poco acentuada todavía, reflejada<br/>en las aguas ligeramente brumosas del río.<br/>Dos o tres minutos pasaron, y después, una embarc a-<br/>ción que bajaba con la marea atravesó el río entre los rem o-<br/>linos y se aproximó a un ribazo, a un cuarto da milla hacia<br/>arriba. La barca contenía, unas diez personas, cuyo uniforme<br/>fue fácil cono cer merced a la luz de las antorchas. Era un<br/>constable, acompañado por unos cuantos agentes de policía.<br/>De vez en cuando la embarcación se de tenía, y en s e-<br/>guida, una voz, precedida de una llamada de trompeta, se<br/><br/><br/>Page No 106<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>107<br/><br/>elevaba en el aire; pero todavía era imposible oír distint a-<br/>mente lo que decía desde la villa de Montcalm.<br/>Debe de ser un pregón, dijo William Clerc.<br/>-Y es preciso, que publique algo importante, replicó<br/>Andrés Farran, para que lo haga a estas horas.<br/>-Esperemos un momento, dijo el seño r de Vaudreuil, y<br/>no tardaremos en saber...<br/>-¿No os parece prudente que volvamos al salón? dijo<br/>Clary dirigiéndose al desconocido.<br/>-¿Para qué retirarnos, señorita? respondió éste. Lo que<br/>las autoridades creen preciso anunciar, debe ser bueno de<br/>oír. <br/>Mientras tanto, la barca, empujada por los remos y s e-<br/>guida por algunas canoas que le servían de comitiva, había<br/>avanzado hasta delante del terrado.<br/>Sonó la trompeta, y he aquí lo que esta vez el señor de<br/>Vaudreuil y sus amigos oyeron distintamente:<br/>«Proclamación del lord Gobernador general de las pr o-<br/>vincias canadienses.<br/>«Hoy 3 de Septiembre de 1837.<br/>Se ha dispuesto precio a la cabeza de Juan-Sin -Nombre,<br/>que de nuevo ha aparecido en los condados del Alto San<br/>Lorenzo. Se ofrecen seis mil piastras a cualquiera que le d e-<br/>tenga o le mande detener.<br/>Por orden de lord Gosford, <br/>El ministro de Policía,<br/>GILBERTO ARGALL.»<br/><br/><br/>Page No 107<br/><br/>JULIO VERNE<br/>108<br/><br/>Después del pregón,  la barca se movió de nuevo si-<br/>guiendo la corriente del río.<br/>Los señores de Vaudreuil, Farran, Clerc y Vicente H o-<br/>dge se quedaron inmóviles en el terrado, envuelto en las<br/>tinieblas de la noche. Ni un solo movimiento se había esc a-<br/>pado al joven desconocido mientras que la voz del constable<br/>repetía las palabras de la proclama. Clary solamente, casi sin<br/>conciencia de lo que hacía, había dado algunos pasos ace r-<br/>cándose a él.<br/>El señor de Vaudreuil fue el primero que tomó la pal a-<br/>bra. <br/>-¡Otra prima ofrecida a los traidores! dijo; mas espero<br/>que, para el buen nombre de las provincias canadienses, será<br/>en vano esta vez.<br/>-¡Bastante es, y demasiado también, que se haya podido<br/>encontrar un Simón Morgaz! exclamó Vicente Hodge.<br/>-¡Que Dios proteja a Juan-Sin-Nombre! dijo, Clary con<br/>voz  profundamente conmovida.<br/>Hubo algunos instantes de silencio.<br/>-Entremos, y vámonos a descansar, dijo el señor de<br/>Vaudreuil. Voy a conduciros a vuestra habitación, añadió<br/>dirigiéndose al joven patriota.<br/>-Mil gracias os doy, señor de Vaudreuil, pero me es de<br/>todo punto imposible quedarme por más tiempo en esta<br/>morada...<br/>-¿Y por qué?<br/>-Cuando, apenas hace una hora, acepté la hosp italidad<br/>que me ofrecisteis, no me encontraba en la situación en que<br/>me coloca la proclama que acabamos de oír.<br/><br/><br/>Page No 108<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>109<br/><br/>-Explicaos con más claridad, caballero.<br/>-Mi presencia aquí no serviría más que para compr o-<br/>meteros, puesto que el Gobernador general acaba de poner<br/>precio a mi cabeza. ¡Soy, Juan-Sin-Nombre!<br/>Y éste, después de haberse inclinado se dirigía hacía el<br/>ribazo, cuando Clary, deteniéndole con un gesto:<br/>-Quedaos, dijo.<br/><br/><br/>Page No 109<br/><br/>JULIO VERNE<br/>110<br/><br/>VI<br/>EL SAN LORENZO<br/>El pintoresco valle del San Lorenzo es quizá uno de los<br/>más vastos que las convulsiones geológicas hayan dibujado<br/>en la superficie del globo. M. de Humboldt, le atribuye una<br/>superficie de doscientas setenta mil leguas cuadradas, supe r-<br/>ficie poco más o menos igual a la de Europa entera. El río,<br/>en su caprichoso curso, sembrado de islas, lleno de pe n-<br/>dientes y de caídas, atraviesa ese rico valle que forma el C a-<br/>nadá francés por excelencia. Esos territorios, en que se<br/>establecieron los  primeros individuos de la nobleza em i-<br/>grante, están repartidos en la actualidad en condados y di s-<br/>tritos. En la embocadura del San Lorenzo, en aquella ancha<br/>bahía, se hallan el archipiélago de la Mag dalena, las islas del<br/>cabo Bretón y del príncipe Eduardo y la gran isla de Ant i-<br/>costi, que las cuestas de tan diversos as pectos del Labrador,<br/>de Terranova y de la Acadia o Nueva Escocia, abrigan contra<br/>los temibles vientos del Atlántico septentrional.<br/>Hacia mediados de Abril es cuando em piezan a desha-<br/>cerse los hielos amontonados por el riguroso y largo período<br/><br/><br/>Page No 110<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>111<br/><br/>invernal del clima canadiense;  entonces el San Lorenzo se<br/>hace navegable, y los navíos de gran tonelaje pueden r e-<br/>montarlo hasta la región de los lagos, esos mares de agua<br/>dulce que se desarrollan a través de aquel poético país que<br/>con tanta justicia han llamado el país de Cooper. En dicha épo-<br/>ca el río, teniendo flujo y reflujo, se anima cual una rada en<br/>los momentos de levan tarse un bloqueo. Buques de vela,<br/>steamers, steam-boats, balsas cargadas de maderas, barcos pi-<br/>lotos, de cabotaje y de pesca, buques de recreo y canoas de<br/>todas clases, se deslizan en la superficie de sus aguas, libres<br/>ya de su espesa corteza.<br/>Es la vida por medio año, después de una muerte de seis<br/>meses.<br/>El 13 de Septiembre, a eso da las seis de la mañana, una<br/>embarcación con apa rejos de balandra dejaba el puertecit o<br/>de Santa Ana, situado en la embocadura del San Lorenzo, en<br/>la orilla meridional y en la parte redonda del golfo. La trip u-<br/>lación de esa barca se componía de cinco de esos pescadores<br/>que ejercen su fructuosa profesión en las partes del río que<br/>más corriente tiene, cerca de Montreal, hasta los remansos, y<br/>que después de tender sus redes o sus cañas allí en donde el<br/>instinto profesional los guía, se van a vender la pesca que<br/>han cogido de pueblo un pueblo, o más bien de casa en casa,<br/>pues ambas orillas del río están cubiertas por una serie ap e-<br/>nas interrumpida de habitaciones hasta el límite Oeste de la<br/>provincia.<br/>Un extranjero hubiera, sin fijarse mu cho en ello, cono-<br/>cido que esos pescadores eran de Acadia, por las formas de<br/>su lenguaje y por la pureza de su tipo  conservado en esa<br/><br/><br/>Page No 111<br/><br/>JULIO VERNE<br/>112<br/><br/>Nueva Escocia, en donde tanto se ha desarrollado la raza<br/>francesa. Remontando la escala de las edades, se en contraría<br/>con seguridad entre sus antepa sados a algunos de aquellos<br/>proscritos que medio siglo antes habían sido diezmados por<br/>las tropas reales, y de los que Longfellow ha cantado las de s-<br/>gracias en su encantador poema  Evangelina. En cuanto al<br/>oficio de pescador, es tal vez, el mejor mirado en el Canadá,<br/>y sobre todo en las parroquias de la ribera, en la que se cuen-<br/>ta de diez a quince mil barcas pescadoras y más de treinta mil<br/>marinos que explotan las aguas del río y de sus afluentes.<br/>La embarcación de que hemos hablado antes contenía<br/>un sexto pasajero, que, aun cuando iba vestido como sus<br/>compañeros, no tenía de pescador  más que el traje. Nadie<br/>hubiera podido sospechar que bajo aquel disfraz se ocultaba<br/>el joven que durante cuarenta y ocho horas había sido el<br/>huésped de los dueños de la villa Mont calm. Era, en efecto,<br/>Juan-Sin -Nombre.<br/>Durante su estancia en aquella morada se cuidó mucho<br/>de no descubrir el incóg nito que ocultaba su nombre y su<br/>familia. Juan fue el único que le dieron el señor y la señorita<br/>de Vaudreuil.<br/>En la tarde del mismo día 3 de Sep tiembre, después de<br/>acabada su conferencia, los señores Vicente Ho dge, William<br/>Clerc y Andrés Farran se retiraron para marcharse a Mo n-<br/>treal; y dos días después de su llegada a la villa, Juan se de s-<br/>pidió del señor de Vaudreuil y de su hija.<br/>¡Cuántas horas pasaron, durante esta corta hospitalidad,<br/>hablando de la nueva tentativa que iba a verificarse para<br/>arrancar al Canadá a la dominación inglesa! ¡Con qué pasión<br/><br/><br/>Page No 112<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>113<br/><br/>oía Clary al joven proscrito glorificar la causa que les era tan<br/>querida a ambos! Él abandonó poco a poco la frialdad que<br/>demostró en un prin cipio; tal vez sufri era la influencia del<br/>alma ardiente de la joven, cuyo patriotis mo concordaba tan<br/>bien con el suyo.<br/>En la tarde del 5 de Septiembre Juan dejó al señor y a la<br/>señorita de Vaudreuil para tomar de nuevo su vida errante y<br/>acabar la campaña de propaganda reformista en los cond a-<br/>dos del Bajo Canadá. Antes de separarse, acordaron los tres<br/>reunirse otro día en el cortijo de Chipogán, en casa de T o-<br/>más Harcher, de cuya familia, según veremos, formaba parte<br/>el denodado patriota. ¿Pero la joven y él se volverían a ver ,<br/>siendo así que tantos peligros amenazaban su cabeza?<br/>Nadie en la finca, excepción hecha de sus dueños, había<br/>sabido que fuese Juan-Sin-Nombre el que había estado cu a-<br/>renta y ocho horas hospedado en la villa Montcalm; y ad e-<br/>más, el jefe de la casa Rip y Compañía, lanzado sobre falsas<br/>huellas, no había podido descubrir su retiro. Juan, por lo<br/>tanto, pudo sin peligro abandonar en secreto la villa, atrav e-<br/>sar el San Lorenzo en la barca de paso al extremo de la isla<br/>Jesús y llegar al interior del terri torio por la frontera amer i-<br/>cana, con el fin de atravesarla, si necesario fuese para su s e-<br/>guridad. Como en medio de las parro quias del río alto era<br/>donde se hacían las pesquisas, y con razón, puesto que Juan<br/>acababa de recorrerlas, alcanzó, sin que nadie le conociera ni<br/>lo persiguiera, el río San Juan, cuyo curso sirve en par te de<br/>límite a Nueva Brunswick; allí, en el puertecito de Santa Ana,<br/>le esperaban los atrevidos compañeros asociados a su obra, y<br/>en los que podía confiar sin reserva alguna.<br/><br/><br/>Page No 113<br/><br/>JULIO VERNE<br/>114<br/><br/>Estos eran cinco hermanos: los mayores gemelos, Pedro<br/>y Remigio, de treinta y dos años de edad, y los tres restantes,<br/>Miguel, Tony y Santiago, de veintinueve, veintiocho y veint i-<br/>siete respectivamente, cinco de los numerosos hijos de T o-<br/>más Harcher y de su mujer Catalina, domici liados en el<br/>condado de Laprairie y arrendatarios del cortijo de Chip o-<br/>gán.<br/>Algunos, años antes, después de la insurrección de 1831,<br/>Juan-Sin-Nombre, perseguido de cerca por la policía, encon-<br/>tró asilo en aquella alquería, que ignora ba perteneciera al<br/>señor de Vaudreuil. Tomás Harcher recibió al fugitivo, le<br/>admitió en su familia como a hijo, sabiendo que daba asilo a<br/>un patriota, pero igno rando que ese patriota, era Juan -Sin-<br/>Nombre.<br/>Mientras permaneció en el cortijo, Juan, a quien se lo<br/>conocía sólo con este nombre se unió estrechamente con los<br/>hijos mayores de Tomás Harcher, pues sus sentimientos eran<br/>en un todo iguales a los suyos, siendo intrépidos partidarios<br/>de la reforma y encerrando en su corazón ese odio instintivo<br/>contra todo lo que pertenecía a la raza anglosajona, lo que olía<br/>a inglés, como se decía entonces en el Canadá.<br/>Cuando el joven patriota abandonó a Chipogán, se e m-<br/>barcó con los cinco her manos, que recorrían el río desde<br/>Abril hasta Septiembre. Para todo el mundo era pescador;<br/>esto le daba entrada en todas las casas de las parroquias de la<br/>ribera; así es como pudo burlar constantemente las pesquisas<br/>de la policía y preparar un nuevo movimiento insurreccional.<br/>Antes de su llegada a la villa Montcalm había recorrido<br/>los condados del Outaouais, en la provincia del Ontario, y<br/><br/><br/>Page No 114<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>115<br/><br/>ahora, remontando el río desde su embocadura hasta Mo n-<br/>treal, daría las últimas instruc ciones a los habitantes de los<br/>condados del Bajo Canadá, que tantas veces repetían, aco r-<br/>dándose de los franceses de antaño: «¡Cuándo volveremos a<br/>ver a nuestra buena gente!»<br/>La embarcación acababa de dejar el puerto de Santa<br/>Ana, y aun cuando la marea empezaba a bajar, una fresca<br/>brisa que soplaba del Este permitía navegar contra la c o-<br/>rriente, con ayuda de la vela mayor, la flecha y los foques,<br/>mandados izar por Pedro Harcher, patrón del Champlain, que<br/>así se llamaba la barca pescadora.<br/>El clima del Canadá, menos templado que el de los E s-<br/>tados Unidos, es muy cá lido en verano y muy frío en el i n-<br/>vierno, por más que su territorio se halle en la misma latitud<br/>que Francia. Esto consiste probablemente en que las aguas<br/>templadas del Gulf-stream, apartadas de su litoral, no moderan<br/>los excesos de su temperatura.<br/>Durante la primera quincena de Sep tiembre el calor fue<br/>sumamente fuerte, y las velas del  Champlain se hinchaban a<br/>impulsos de una brisa ardiente.<br/>-El día será rudo hoy, dijo Pedro, sobre todo si el viento<br/>cae a la hora de la siesta.<br/>-Sí, respondió Miguel; y ¡ojalá el de monio se llevara los<br/>mosquitos y los cíni fes negros, cuya picadura es insufrible!<br/>Los hay a millares en esta playa de Santa Ana.<br/>-Hermanos, pronto terminarán los calores y gozaremos<br/>de las dulzuras del verano indio.<br/>El que acababa de dar a sus compañeros esa fraternal<br/>calificación, era Juan. Y tenía razón alabando la hermosura<br/><br/><br/>Page No 115<br/><br/>JULIO VERNE<br/>116<br/><br/>del indian summer del Canadá, que se veri fica más particular-<br/>mente en los meses de Septiembre y de Octubre.<br/>-¿Pescamos esta mañana, le preguntó Pedro Harcher, o<br/>continuamos remontando el río?<br/>-Echemos las cañas hasta las diez, respondió Juan. De s-<br/>pués vamos a vender el pescado a Matane.<br/>-Entonces demos una bordada hacia la punta de Mons,<br/>replicó el patrón del Champlain. Las aguas son allí mejores, y<br/>volveremos sobre Matane durante la pleamar.<br/>Tendieron las escotas, y la embarcación orzó, bien ap o-<br/>yada por la brisa, mientras que la corriente la empujaba por<br/>la cala, y se dirigió en línea oblicua hacia la punta de Mons,<br/>situada en la orilla septentrional del río, cuya anchura mide<br/>en ese sitio nueve o diez leguas.<br/>Después de una hora de navegación, el  Champlain dis-<br/>minuyó su velocidad, y con el foque barloventado empez a-<br/>ron a pescar. La barca se encontraba en el centro  de aquel<br/>magnífico remanso, rodeado por una zona de terrenos cult i-<br/>vables que se extiende al Norte hasta la base de las pri meras<br/>ondulaciones de la sierra de los Laurentidas, al Sur hasta los<br/>montes Nótre-Dame, cuyos picos más elevados dominan en<br/>mil trescientos píes de altura el nivel del mar.<br/>Pedro Harcher y sus hermanos eran muy hábiles en su<br/>oficio, que ejercían en todo el curso del río. En medio de las<br/>más rápidas corrientes y las barras de Mon treal, cogían mul-<br/>titud de sábalos por medio de haces de ramaje.<br/>En los alrededores de Quebec pescaban salmones y<br/>otros peces, arrastrados en la época de la cría, a las aguas<br/><br/><br/>Page No 116<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>117<br/><br/>más dulces del alto río. Era muy raro que su pesca no fuese<br/>en extremo fructuosa.<br/>Durante aquella mañana, la cata fue abundantísima, y<br/>varias veces las redes se llenaron de tal modo, que estuvieron<br/>a punto de romperse; así es que a eso de las diez, el  Cham-<br/>plain, abriendo sus velas, puso la proa al Noroeste para nave-<br/>gar hacia Matane.<br/>Y, en efecto, les convenía dirigirse cuanto pudieran a la<br/>ribera meridional, pues al Norte las aldeas y los pueblos,<br/>están muy lejos unos de otros, y la población es muy escasa<br/>en aquella árida región. Y esto se comprende, siendo, dicho<br/>territorio formado por un amontonamiento de rocas caót i-<br/>cas; el rendimiento de los vegetales es casi nulo, si se exce p-<br/>túa el valle del Saguenay, que es terreno de aluvión, por el<br/>que corre el sobrante de las aguas del lago San Juan, y los<br/>ricos bosques que cubren alguna parte del polo.<br/>Lo contrario sucede al Sur; allí la tie rra es muy fecunda,<br/>las parroquias tienen más importancia, los pueblos son más<br/>numerosos, y, como lo hemos dicho ya, aquella ribera parece<br/>un panorama de habitaciones que se desarrolla desde las bo-<br/>cas del San Lorenzo hasta la altura de Quebec. Si los viaj e-<br/>ros, son atraídos por pintoresco del valle del Saguenay o de<br/>la Malbaie, los bañistas canadienses o americanos, partic u-<br/>larmente aquellos que huyen de la ardiente temperatura de la<br/>Nueva Inglaterra, buscando las frescas zonas del gran río,<br/>frecuentan con preferencia su orilla meridional.<br/>Al mercado de Matane llevó el  Champlain sus primeras<br/>cargas de pescado. Juan y dos de los hermanos Harcher,<br/><br/><br/>Page No 117<br/><br/>JULIO VERNE<br/>118<br/><br/>Miguel y Tony, fueron de puerta en puerta ofreciendo el<br/>producto, de su pesca.<br/>Si alguien se hubiese fijado en cier tos detalles, hubiera<br/>podido observar que Juan se quedaba en algunas de aquellas<br/>casas más tiempo del que necesitaba en realidad su tráfico;<br/>que penetraba en lo interior de las habitaciones, y que habl a-<br/>ba algunas palabras, no con los criados, sino con los amos, y<br/>también que en ciertas viviendas de modestas condiciones<br/>entregaba a veces más dinero que el que sus compañeros<br/>recibían como precio de su mercancía.<br/>Lo mismo sucedió, durante varios días en los diversos<br/>pueblos de la costa meri dional, en Rimouski, en Bic, en<br/>Trois-Pistoles y en la playa de Caconna, una de las estaciones<br/>balnearias más preferidas en aquella orilla del San Lorenzo.<br/>En la Rivière-du-Loup, pequeña ciudad en la que Juan<br/>se detuvo en la mañana del 17 de Septiembre, el  Champlain<br/>recibió la visita de los agentes encargados de la vigilancia<br/>especial del río; pero nada sucedió, porque hacía algunos<br/>años ya que figuraba Juan en el rol de la balandra como uno<br/>de los hijos de Tomás Har cher, y jamás hubiera sospechado<br/>la policía que, debajo del traje de pescador acadiense, se<br/>ocultaba el proscrito cuya cabeza valía ahora seis mil piastras<br/>para cualquiera que la entregase.<br/>Luego, cuando los agentes terminaron su visita, dijo Pe-<br/>dro Harcher:<br/>-Tal vez fuera mejor que buscásemos un refugio en la<br/>orilla opuesta.<br/>-Ese es también nuestro parecer, dijo Miguel.<br/><br/><br/>Page No 118<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>119<br/><br/>-¿Y por qué? preguntó Juan. ¿Nuestra harca ha parecido<br/>acaso sospechosa a esos hombres? ¿Ha ocurrido alguna n o-<br/>vedad durante la visita? ¿O es que pueden dudar de que yo<br/>pertenezca a la familia Harcher, como tú y como tus herm a-<br/>nos?<br/>-¡Pues me parece que perteneces a ella de verdad! e x-<br/>clamó Santiago, el más joven de los cinco, y que poseía un<br/>carácter muy alegre. Nuestro buen padre tiene tantos hijos,<br/>que uno más no le estorbaría mucho, y bien podría equiv o-<br/>carse en el número.<br/>-Además, añadió Tony, te quiero como si lo fueras en<br/>realidad, y nosotros como si una misma sangre corriera por<br/>nuestras venas.<br/>-Y así sucede Juan. ¿No somos, como tú, de raza fra n-<br/>cesa? dijo Remigio.<br/>-Es cierto, respondió Juan. Sin embargo, creo que nada<br/>tenemos que temer por parte de la policía.<br/>-¡Nadie se arrepiente nunca por haber tenido prudencia!<br/>replicó Tony.<br/>-No, sin duda, respondió Juan, y si es únicamente la<br/>prudencia el motivo que induce a Pedro a proponer que<br/>atravesemos el río...<br/>-¡Por prudencia, sí, replicó el patrón del  Champlain, por-<br/>que el tiempo va a cambiar!<br/>-Eso ya es otra cosa, contestó Juan.<br/>-Mira, repuso Pedro. La borrasca de Noreste no tardará<br/>en levantarse, y tengo así como un presentimiento de que ya<br/>a ser muy dura. Lo adivino. ¡Oh! hemos arrostrado otras<br/>muchas, pero es menester pensar en nuestra barca, y no<br/><br/><br/>Page No 119<br/><br/>JULIO VERNE<br/>120<br/><br/>quiero exponerla a que se pierda en las rocas de la R i-<br/>vière-du-Loup o de Kamouraska.<br/>-¡Pues bien, sea! respondió Juan. Al cancemos la orilla<br/>del Norte por el lado de Tadousac, si es posible, y desde allí<br/>remontaremos la corriente del Saguenay hasta Chicoutini; no<br/>perderemos ni mucho tiempo ni gran trabajo.<br/>-¡Vamos pronto, entonces! Exclamó Miguel. Pedro tiene<br/>razón, ese bribón de Noreste no tardará en llegar, y si tomara<br/>al Champlain por el costado hacíamos cien veces más camino<br/>hacia Quebec que el que hay basta Tadousac.<br/>Las velas fueron orientadas lo mejor posible, y ponie n-<br/>do la proa en dirección del Norte, la balandra empezó a ir en<br/>contra del viento, que se alargaba cayendo poco a poco.<br/>Las tempestades de Noreste no son allí, desgraciad a-<br/>mente, raras, aun en el vera no: bien sea que no duren sino<br/>dos o tres horas, o que se desencadenen durante una semana<br/>entera, traen siempre consigo, las heladas brumas del Golfo<br/>e inundan el valle con lluvias torrenciales.<br/>Eran los ocho de la noche. Pedro Harcher no se había<br/>equivocado a la vista de ciertas nubes, agudas como flechas,<br/>diciendo que iba a haber borrasca y que el tiempo apremiaba<br/>para buscar un abrigo en la orilla septentrional.<br/>Cinco o seis leguas, a lo sumo, separan Rivière-du-Loup<br/>de la embocadura del Saguenay; pero costó mucho trabajo<br/>recorrerlas. Un golpe de aire se lanzó como una tromba en el<br/>Champlain cuando estaba, a la tercera parte del camino, ha-<br/>ciéndose preciso reducir el velamen al bajo rizo; y, sin e m-<br/>bargo, la balandra se vio acometida de tal modo por el vie n-<br/>to, que hubo temores de que los mástiles se rompiesen al<br/><br/><br/>Page No 120<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>121<br/><br/>nivel del puente. La superficie del río, agitada como debía<br/>serlo el mar en el Golfo, se levantaba en olas enormes, que<br/>pegaban contra la roda del  Champlain y lo cubrían por co m-<br/>pleto. Era, un tiempo muy duro para una embarcación de<br/>una docena de toneladas; pero su tripulación tenía mucha<br/>sangre fría y era hábil en la maniobra.<br/>Varias veces había arrostrado grandes tempestades<br/>cuando se aventuraba a navegar entre Terranova y el cabo<br/>Bretón, y era permitido, por lo tanto contar con sus cualid a-<br/>des marineras, como con la solidez de su casco.<br/>Sin embargo, Pedro Harcher se vio muy apurado para<br/>llegar a la embocadura del Saguenay y tuvo que luchar d u-<br/>rante tres horas mortales, y cuando llegó el reflujo, si bien<br/>favoreció la marcha de la balandra, hizo también más tem i-<br/>ble el choque de las olas.<br/>Quien no haya presenciado una de esas borrascas del<br/>Noreste a través del valle del San Lorenzo, desenvuelto en<br/>tanta anchura, no puede imaginarse su extremada violencia.<br/>Son un verdadero azote para los condados situados más<br/>abajo de Quebec.<br/>Felizmente el  Champlain, después de haber hallado el<br/>abrigo de la orilla septentrional, pudo refugiarse, antes de<br/>que cerrara por completo la noche, en la embocadura del<br/>Saguenay.<br/>La borrasca no duró más que algunas horas; así es que al<br/>amanecer del 19 de Septiembre, Juan pudo continuar su<br/>campaña remontando el Saguenay, cuyo curso se desarrolla<br/>al nivel de aquellos altos acantilados de los cabos de la Trin i-<br/>dad y de la Eternidad, que miden mil ochocientos pies de<br/><br/><br/>Page No 121<br/><br/>JULIO VERNE<br/>122<br/><br/>altura. Aquel pintoresco país ofrece a las miradas los más<br/>hermosos sitios, las más extrañas vistas de la provincia can a-<br/>diense, y entre otras, aquella maravillosa bahía, de  ¡Ha-H!<br/>nombre onomatopéyico que le ha dado la admiración de los<br/>viajeros.<br/>El Champlain  llegó a Chicoutini, en donde Juan pudo<br/>entrar en relación con los miembros del Comité reformista, y<br/>al día siguiente, aprovechando la marea de la noche, tomó la<br/>dirección de Quebec.<br/>Pero Pedro Harcher y sus hermanos, no olvidaban que<br/>eran pescadores de oficio, y todas las noches tendían sus<br/>redes y sus cañas, y a la madrugada arribaban a los numer o-<br/>sos pueblos de ambas orillas.   De este modo recorrieron la<br/>ribera septentrional, de un aspecto casi salvaje, a lo largo del<br/>condado de Charlevoix, desde Tadoussac hasta la bahía de<br/>San Pablo, los pueblos de La Malbaie, San Ireneo, Nuestra<br/>Señora de los Desplomamientos, cuyo nombre significativo<br/>está por demás justificado por su situación en medio de un<br/>caos de rocas. Visitaron también las costas de Beauport y de<br/>Beaupré, en donde Juan trabajó con utilidad para el partido,<br/>desembarcando en Chateau Richer y después en la isla de<br/>Orleáns, situada más abajo de Québec.<br/>En la orilla meridional el  Champlain hizo escala suces i-<br/>vamente en San Miguel y en la Punta Levis. En estos últimos<br/>tuvieron que tomar ciertas precauciones, por la excesiva v i-<br/>gilancia que se ejercía en aquella parte del río, y, tal vez h u-<br/>biera sido más prudente no detenerse en Quebec, adonde<br/>llegó la balandra a la caída de la tarde del 22 de Septiembre;<br/>pero Juan estaba citado con el abogado Sebastián Gramont,<br/><br/><br/>Page No 122<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>123<br/><br/>uno de los más ardientes diputados de la oposición can a-<br/>diense.<br/>Cuando la oscuridad se hizo completa, Juan se dirigió<br/>hacia los barrios altos y llegó, por la calle del P e-<br/>tit-Champlain, a la casa de Sebastián Gramont.<br/>Las relaciones del joven patriota con el abogado tenían<br/>ya algunos años de fecha, pues el diputado, de treinta y seis<br/>años de edad, se había mezclado en todas las manifestaci o-<br/>nes políticas de los últimos años, y en particular en 1835, en<br/>las que figuró personalmente. De esto resultó que ambos se<br/>conocieran y simpatizaran, pero Juan- Sin- Nombre no des-<br/>cubrió nunca nada ni de su origen ni de su familia, y Seba s-<br/>tián Gramont no sabía más que, llega da la hora propici a, el<br/>joven se pondría a la cabeza de los insurrectos; así es que, no<br/>habiéndole vuelto a ver desde la tenta tiva que abortó en<br/>1835, le esperaba con la mas viva impaciencia.<br/>Cuando Juan llegó, fue cordialmente acogido.<br/>-No puedo estar aquí más que algunas horas, dijo.<br/>-Entonces, respondió el abogado, empleémoslas en h a-<br/>blar del pasado y del presente.<br/>-¡Del pasado!... ¡no! repuso Juan. De presente... del po r-<br/>venir... sobre todo de porvenir.<br/>Sebastián Gramont, desde que conocí a Juan, había r e-<br/>flexionado muchas veces  respecto a la conducta de éste, y<br/>sospechaba que existía en la vida del joven patriota un s u-<br/>frimiento del que no adivinaba la causa, pues guardaba con<br/>él una reserva tal, que hasta evitaba darle la mano cuando se<br/>veían. El abogado no le preguntó nunca nada, diciéndose<br/>que cuando conviniera a su amigo confiarle sus se cretos,<br/><br/><br/>Page No 123<br/><br/>JULIO VERNE<br/>124<br/><br/>estaría siempre pronto para escu charle y consolarle, si nec e-<br/>sario fuese.<br/>Durante las pocas horas que estuvieron juntos, ambos<br/>no hablaron más que de la situación política. El abogado<br/>participó a Juan el estado de los espíritus en el Parlamento, y<br/>éste a su vez puso a Sebastián Gramont al corriente de las<br/>medidas ya tomadas, en previsión de un próximo le-<br/>vantamiento; la formación de un Comité de concentración<br/>en la villa Montcalm, los resultados de su viaje en el Alto y el<br/>Bajo Canadá, no quedándole ya sino recorrer el distrito de<br/>Montreal para acabar su campaña propagandista.<br/>El abogado le escuchó con extremada atención y auguró<br/>favorablemente de los progresos que la causa nacional había<br/>hecho durante las últimas semanas, pues no existía ni una<br/>aldea ni un pueblo en el que no se hubiera repartido dinero<br/>para comprar armas y municiones, y que no esperara la señal<br/>de la insurrección para tomar en ella parte activa.<br/>Juan supo entonces cuáles eran las últimas disposiciones<br/>adoptadas por las autoridades de Quebec.<br/>-En primer lugar, mi querido Juan, le dijo Sebastián<br/>Gramont, ha corrido el rumor de que estuvisteis aquí hará<br/>cosa de un mes. Muchas pesquisas se hicieron para descubrir<br/>vuestro retiro, y hasta vinieron a mi casa, en donde decían<br/>que habíais estado. A ese propósito recibí la visita de varios<br/>agentes, y entre otros la de cierto Rip...<br/>-¡Rip! exclamó Juan con voz ahogada, como si este<br/>nombre hubiera quemado sus labios al pronunciarlo.<br/><br/><br/>Page No 124<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>125<br/><br/>-Sí; el jefe de la casa Rip y Compañía respondió Seba s-<br/>tián Gramont, y no olvidéis que ese polizonte es de los más<br/>peligrosos.<br/>-¡Peligroso! murmuró Juan.<br/>-Es preciso que desconfiéis de él, añadió Sebastián<br/>Gramont.<br/>-¡Desconfiar! replicó Juan. ¡Sí , hay que desconfiar, po r-<br/>que es un miserable!<br/>-¿Le conocéis?<br/>-Le conozco, replicó Juan que había recuperado su sa n-<br/>gre fría; pero él a mí no.<br/>-¡Esto es lo más importante! añadió el abogado, algo<br/>sorprendido por la actitud de Juan.<br/>Pero éste, llevando la conversación a otro terreno, int e-<br/>rrogó al abogado respec to a la marcha de la política en el<br/>Parlamento durante las últimas semanas.<br/>-En la Cámara, respondió el abogado, la oposición ha<br/>llegado al período álgido. Papineau, Cuvillier, Quesnal y<br/>Bourdage atacan todos los actos del Gobierno. Lord Go s-<br/>ford quisiera prorrogar la Cámara, pero comprende que esto<br/>daría lugar a una sublevación.<br/>-¡Dios quiera que no lo haga antes de que estemos<br/>prontos! replicó Juan. ¡Ojalá los jefes no precipiten impr u-<br/>dentemente las cosas!<br/>-Se les avisará, y no harán nada que pueda contrariar<br/>nuestros proyectos. No obstante, en previsión de un próx i-<br/>mo movimiento, han sido tomadas ciertas medi das por el<br/>Gobernador general; sir John Colborne ha concentrado las<br/>tropas de que pueda disponer, de modo que pueda man-<br/><br/><br/>Page No 125<br/><br/>JULIO VERNE<br/>126<br/><br/>darlas a toda prisa a los principales pue blos de los condados<br/>del San Lorenzo, en donde, según dicen, ha de principiar la<br/>lucha<br/>-Allí y en otros veinte puntos a la vez; así lo espero por<br/>lo menos, respondió Juan. Importa que la población can a-<br/>diense se levante en masa en el mismo día y a la misma hora,<br/>y que los burócratas sean agobiados por el número. Si el<br/>movimiento no fuera más que local, se correría el riesgo de<br/>que le ahogaran en su principio, y en esta convicción, para<br/>generalizarlo, he recorrido las parroquias del Este y del<br/>Oeste, y voy a visitar las del Centro. Pienso partir esta misma<br/>noche.<br/>-Partid, pues, amigo Juan; pero no echéis en olvido que<br/>los soldados y los voluntarios de sir John Colborne están<br/>con intención y estratégicamente acanto nados alrededor de<br/>Montreal, al mando de los coroneles Gore y Witherall. Allí<br/>será, sin duda, en donde tengamos que sufrir el más temible<br/>choque.<br/>-Todo estará combinado para que ob tengamos ventaja<br/>desde los primeros tiros, respondió Juan. Precisamente, el<br/>comité de la villa Montcalm está muy bien situa do en previ-<br/>sión de una común acción, y conozco la energía del señor de<br/>Vaudreuil que lo dirige, y además en los condados de Ve r-<br/>chères, de San Jacinto, de Laprairie, cercanos al de Montreal,<br/>los más ardientes Hijos de la Libertad han comunicado a los<br/>habitantes de las ciudades, de los pueblos y de las aldeas, el<br/>fuego de su patriotismo.<br/>-El mismo clero lo aviva también, re plicó Sebastián<br/>Gramont. En público y en particular, en los sermones como<br/><br/><br/>Page No 126<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>127<br/><br/>en las conversaciones, nuestros sacerdotes pre dican en con-<br/>tra de la tiranía anglosajo na. Hace algunos días que, aquí<br/>mismo, en la catedral, un joven predicador se ha atrevido a<br/>hacer un llamamiento al sentimiento nacional, y sus palabras<br/>han tenido tal resonancia, que el ministro de Policía ha qu e-<br/>rido mandarlo prender. Mas por prudencia, lord Gosford,<br/>deseoso de atraerse al clero canadiense, se ha opuesto a tal<br/>rigor, contentándose con obtener del Sr. Obispo que ese<br/>sacerdote saliese de la ciudad (como lo ha hecho), y ahora<br/>prosigue su misión en las parro quias del condado de Mo n-<br/>treal. Es un ver dadero tribuno de la cátedra sagrada; po see<br/>una elocuencia que arrastra las masas y no le detiene ninguna<br/>consideración personal. Seguramente que ese joven sa-<br/>crificaría, en pro de la causa nacional, su libertad y hasta su<br/>vida.<br/>-¿Y decís que ese sacerdote de quien habláis es joven?<br/>preguntó Juan.<br/>-Apenas tendrá treinta años.<br/>-¿A qué Orden pertenece?<br/>-A los sulpicianos.<br/>-¿Y cómo se llama?<br/>-El abate Joann.<br/>¿Evocó este nombre un recuerdo en el espíritu de Juan?<br/>Sebastián Gramont debió pensarlo así porque el joven p a-<br/>triota quedó silencioso durante algunos instan tes, y después<br/>se despidió del abogado y se marchó, no obstante las insta n-<br/>cias de éste para que se quedase en su casa hasta el día s i-<br/>guiente.<br/><br/><br/>Page No 127<br/><br/>JULIO VERNE<br/>128<br/><br/>-Mil gracias, mi querido Gramont, dijo. Importa mucho<br/>que me reúna a mis compañeros antes de la medianoche,<br/>porque tenemos que partir durante la marea alta. <br/>-Id, pues, Juan, respondió el abogado. Que vuestra, em-<br/>presa tenga o no éxito, siempre seréis uno de los que más ha-<br/>brán trabajado en favor del país.<br/>-¡Nada habré hecho mientras esté bajo el yugo de I n-<br/>glaterra! exclamó el joven patriota; y si algún día llegara a<br/>libertarle, aun a costa de mi vida...<br/>-Os debería eterno agradecimiento, respondió Gramont.<br/>-¡Nada me debería!<br/>Tras estas palabras, ambos amigos se separaron, y de s-<br/>pués de volver al Champlain, que estaba anclado a poca di s-<br/>tancia de la orilla, Juan y sus compañeros si guieron la<br/>corriente hacia Montreal.<br/>FIN DEL CUADERNO PRIMERO<br/><br/><br/>Page No 128<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>129<br/><br/>CUADERNO SEGUNDO<br/>I<br/>DESDE QUEBEC A MONTREAL<br/>A media noche, la balandra había andado ya algunas mi-<br/>llas. Pedro Harcher maniobraba con toda seguridad en m e-<br/>dio de la noche, alumbrada por la luna llena, aun cuando<br/>tenía que correr algunas bordadas, porque el viento, que<br/>soplaba del Oeste, no era más que una fresca brisa.<br/>El Champlain no se detuvo hasta poco tiempo antes de<br/>amanecer. Ligeras brumas ocultaban a la vista, en aquel m o-<br/>mento, las anchas praderas que se hallaban más allá de los<br/>ribazos; pero pronto la cima de los árboles, agrupados más<br/>allá, salió por encima de esos vapores que el sol empezaba a<br/>disolver, y el curso del río se hizo más visible.<br/>Numerosos pescadores habían empezado ya su faena,<br/>arrastrando sus redes y sus cañas a remolque de esas pequ e-<br/>ñas embarcaciones que no abandonan casi nunca el alto cu r-<br/>so del San Lorenzo o sus afluentes de la derecha y de la<br/>izquierda. El  Champlain se perdió en medio de esta flotilla,<br/><br/><br/>Page No 129<br/><br/>JULIO VERNE<br/>130<br/><br/>entregada a sus matutinas ocupaciones, entre las riberas de<br/>los condados de Port-Neuf y de Lothinière.<br/>Los hermanos Harcher se pusieron también al trabajo,<br/>después de haber echado el ancla del lado septentrional. N e-<br/>cesitaban algunas banastas de pescado para ir a venderlo en<br/>los pueblos en cuanto la marea permitiese remontar el río a<br/>pesar de la corriente.<br/>Durante la pesca, algunas canoas hechas con cortezas de<br/>árboles, abordaron al  Champlain. Eran dos o tres de esos<br/>esquifes tan ligeros que pueden llevarse al hombro cuando<br/>hay que pasar los  portages, o sea el espacio en que una co-<br/>rriente de agua no se puede atravesar por causa de las rocas<br/>que obstruyen el paso, las caídas o saltos que ofrecen una<br/>barrera infranqueable, las corrientes demasia do rápidas y las<br/>ollas que turban con tanta frecuencia los ríos canadienses.<br/>Los tripulantes de estas canoas eran la mayor parte de<br/>raza india; venían a com prar pescado, que transportaban<br/>después a las aldeas y pueblos del interior, en donde pen e-<br/>traban sus embarcaciones por los múltiples ríos de su territo-<br/>rio. <br/>Varias veces también fueron canadien ses los que se<br/>aproximaron al  Champlain. Hablaban algunos minutos con<br/>Juan, dirigiéndose después a la orilla para cum plir la misión<br/>que les había sido confiada. Si los hermanos Harcher no<br/>hubiesen buscado en la pesca, durante aquella ma ñana, más<br/>que la ganancia o el placer, su ambición hubiese quedado<br/>ampliamente satisfecha, pues redes y cañas hicieron marav i-<br/>llas cogiendo un sinnúmero de solios, tencas y otras especies<br/><br/><br/>Page No 130<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>131<br/><br/>que abundan en los ríos del. Canadá, los  maskinongis y toura-<br/>dis, muy apreciados en el Norte de América.<br/>Pescaron también bastante cantidad de esos peces  blan-<br/>cos que buscan con afán, por la fineza de su carne, las pers o-<br/>nas de gusto delicado. Por lo tanto, se haría bue na acogida<br/>en los pueblos a los pesca dores del Champlain, y así sucedió,<br/>en efecto.<br/>Los favorecía además un tiempo mag nífico; ese tiempo<br/>especial, si así puede decirse, del feliz e incomparable valle<br/>del San Lorenzo. ¡Qué delicioso aspecto pre sentaban los<br/>campos desde los ribazos del río hasta el pie de la sierra de<br/>los Laurentidas! Y, según la poética expresión de Fenimore<br/>Cooper, eran más hermosos que nunca por haberse revest i-<br/>do de su librea otoñal, verde y amarilla, que duraría basta los<br/>primeros fríos.<br/>El Champlain arribó en primer lugar en el límite del co n-<br/>dado de Port-Neuf, situado en la orilla izquierda. En el pu e-<br/>blo de este nombre, así como en los de Santa Ana y de San<br/>Estanislao, nuestros pesca dores hicieron negocios bastante<br/>buenos, por más que en algunos puntos el  Champlain dejara<br/>más dinero que el que reco gía como producto de la pesca;<br/>pero los hermanos Harcher no pensaban siquiera en queja r-<br/>se. <br/>Durante los dos días siguientes, Juan navegó así de una<br/>a otra orilla. En el con dado de Lothinière, en la ribera der e-<br/>cha, estuvo en Lothinière y en San Pedro de los Bosquec i-<br/>llos; en el condado de Cham plain, en la opuesta orilla, en<br/>Batiscan; después, volviendo otra vez a la derecha, visitó<br/>Gentilli, Doucette, y los principales reformistas recibieron<br/><br/><br/>Page No 131<br/><br/>JULIO VERNE<br/>132<br/><br/>sus órdenes. En Nicolet se puso en relación con uno de los<br/>personajes más influyentes, ardoroso partidario de la causa<br/>nacional; éste era el señor Aubineau, juez de paz y comisario<br/>del distrito. Allí, como en Quebec, Juan tuvo noticia de que<br/>el abate Joann acababa de recorrer las parroquias del conda-<br/>do de Nicolet, y de que sus predicaciones ha bían inflamado<br/>los espíritus hasta tal pun to, que los habitantes deseaban<br/>empuñar las armas para libertar la patria. Después el Sr. A u-<br/>bineau le enteró minuciosamente de cuanto le hacía falta en<br/>municiones y armas para el día de la insurrección.<br/>-Pronto recibiréis todo lo necesario, le dijo Juan. Un<br/>tren de maderas ha debido salir de Montreal la noche pasada,<br/>y no puede tardar en llegar aquí; trae fusiles, pólvora y pl o-<br/>mo. Estaréis, por consiguien te, armados desde luego; pero<br/>no os mováis antes de tiempo, y si fuera preciso, podéis c o-<br/>municaros con el Comité de la villa Montcalm, en la isla J e-<br/>sús, escribiendo a su presidente.<br/>-¿No es éste el señor de Vaudreuil?<br/>-EL mismo.<br/>-Seguiré vuestras órdenes.<br/>-¿No me habéis dicho, repuso Juan, que el abate Joann<br/>había estado en Nicolet?<br/>-Aquí se hallaba hará unos cinco o seis días.<br/>-¿Sabéis hacia dónde se ha dirigido?<br/>-Al condado de Verchères, y en segui da, si no me equ i-<br/>voco, irá al de Laprairie.<br/>Juan se despidió del juez de paz y vol vió a bordo del<br/>Champlain, al mismo tiempo que los hermanos Harcher se<br/>retiraban después, de haber vendido todo el pescado que<br/><br/><br/>Page No 132<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>133<br/><br/>poseían. Atravesaron entonces el río en línea oblicua, nav e-<br/>gando hacia el condado de San Mauricio.<br/>En la embocadura del río de este nom bre se eleva uno<br/>de los más antiguos pue blos del país; el burgo de los<br/>Tres-Ríos, situado al principio de un valle fertilísimo. En<br/>aquella época acababan de establecer allí una fundición de<br/>cañones dirigida por una Sociedad franco-canadiense, que no<br/>empleaba sino obreros del mismo origen.<br/>Esta fundición, recientemente creada, estaba aún en su<br/>periodo de organización: algunos meses más tarde, los r e-<br/>formistas hubieran podido, tal vez, abastecerse allí de esas<br/>bocas de fuego, de las que desgra ciadamente carecían. Sin<br/>embargo, era posible que, trabajando día y noche, pu diesen<br/>oponer a la artillería de las tropas reales los primeros cañ o-<br/>nes fundidos en San Mauricio. Juan tuvo respecto de esto<br/>una importante conferencia con los jefes del Comité de<br/>aquella ciudad, pues si las piezas se fabricasen con tiempo,<br/>no faltarían brazos para servirlas..<br/>Al salir de los Tres-Ríos, el Champlain siguió a la izquier-<br/>da la ribera del condado de Maskinongi, arribó a la pequeña<br/>ciudad del mismo nombre y después des embocó, en la n o-<br/>che del 24 al 25 de Septiembre, en un ensanche bastante<br/>grande del San Lorenzo, que llaman el lago de San Pedro.<br/>Allí se desarrolla, en efecto, una especie de lago de cinco<br/>leguas de longitud, sirviéndole de límite, río arriba, una se rie<br/>de islotes que se extienden desde Ber thier, pueblo del co n-<br/>dado del mismo nom bre, hasta Lorel, que pertenece al de<br/>Richelieu.<br/><br/><br/>Page No 133<br/><br/>JULIO VERNE<br/>134<br/><br/>En dicho sitio los hermanos Harcher tendieron sus r e-<br/>des, o más bien las pu sieron en reata, y, servidos por la co-<br/>rriente; continuaron remontando el río con pequeña veloc i-<br/>dad.<br/>Espesas nubes cubrían el cielo, y la os curidad era tan<br/>profunda, que se hacía imposible distinguir las orillas ni en el<br/>Sur. <br/>Un poco antes de media noche, Pedro Harcher, de<br/>guardia en la proa, divisó una luz que brillaba en lontananza.<br/>-Será sin duda el farol de un buque que sigue la c o-<br/>rriente, dijo Remigio, quien había ido a juntarse con su he r-<br/>mano.<br/>-¡Atención a las redes! replicó Santia go; hay treinta br a-<br/>zas fuera y se perderían si ese buque nos cogiera de costado.<br/>-Pues bien, naveguemos a estribor, dijo Miguel; a Dios<br/>gracias, el espacio no nos falta..<br/>-No, respondió Pedro; pero el viento no nos ayuda y<br/>vamos a perder el rumbo.<br/>-Más valiera recoger las redes, dijo Tony;  sería más s e-<br/>guro...<br/>-Tienes razón, no perdamos tiempo, replicó Remigio.<br/>Los hermanos Harcher se preparaban a retirar sus art e-<br/>factos a bordo, cuando Juan les dijo:<br/>-¿Estáis ciertos de que lo que veis es un buque que se<br/>deja conducir por la corriente?<br/>-No, puedo asegurarlo, respondió Pe dro; pero, sea lo<br/>que fuere, se aproxima con mucha lentitud y la luz está muy<br/>cerca del agua.<br/>-Tal vez sea una cage... dijo Santiago.<br/><br/><br/>Page No 134<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>135<br/><br/>-Si así fuera, replicó Remigio, es un motivo más para<br/>evitarla. Difícil sería desenredarnos si nos cogiese. ¡Vamos,<br/>recojamos pronto!<br/>Y, en efecto, el Champlain hubiera con seguridad perdido<br/>sus redes, si los hermanos Harcher no se hubiesen apresura-<br/>do a subirlas a bordo sin darse siquiera el tiempo de sacar los<br/>peces enredados entre las mallas. No había un instante que<br/>perder, pues la luz se encontraba ape nas a doscientas o tres-<br/>cientas brazas de distancia.<br/>Se llaman  cages en el Canadá, a las balsas de madera<br/>compuestas de sesenta o se tenta cribs, es decir, secciones a<br/>manera de trenes, cuyo conjunto comprende por lo menos<br/>mil pies cúbicos. Desde el día; en que el deshielo permite<br/>navegar por él río, numerosos  cages bajan hacia Montreal o<br/>Quebec, procedentes de aquellos inmen sos bosques del<br/>Oeste, que son una de las inagotables riquezas de la provi n-<br/>cia canadiense.<br/>Esas cages, esas balsas enormes; se forman con troncos<br/>de árboles escuadrados en el bosque por el hacha del leñ a-<br/>dor, o con vigas y tablas aserradas en las fábricas establec i-<br/>das, utilizando las caídas de las Calderas en el río Outaouais.<br/>Millares de esos trenes bajan así desde Abril hasta m e-<br/>diados, de Octubre, evitando las corrientes demasiado fue r-<br/>tes o los saltos del agua, por medio de resbaladeros<br/>construidos sobre el fondo de estrechos canales de rápida<br/>pendiente. Si bien algunas de estas cages se detienen en Mon-<br/>treal para proveer al cargamento de los buques que tran s-<br/>portan aquellas maderas a los mares de Europa, la mayor<br/>parte siguen hasta Quebec, pues es donde está el centro de<br/><br/><br/>Page No 135<br/><br/>JULIO VERNE<br/>136<br/><br/>explotación de los buques, cuyo rendimiento suma cada año<br/>veinticinco o treinta millones de pesetas en provecho del<br/>comercio canadiense.<br/>Esos trenes de madera son un gran estorbo para la n a-<br/>vegación por el río, sobre todo cuando penetran en alguno<br/>de los brazos intermedios, cuya anchura suele ser muy red u-<br/>cida. Abandonados a la corriente del reflujo, mientras dura<br/>es casi imposible dirigirlos. Los buques, barcas pescadoras y<br/>otros tienen que tener, pues, el cuidado de separarse de su<br/>paso si no quieren arriesgar un abordaje que les causaría s e-<br/>rias averías. Se comprende por qué los hermanos Harcher no<br/>titubearon en recoger sus redes, tendidas al paso de la  cage,<br/>que la calma les impedía evitar.<br/>Santiago no se había equivocado; era, en efecto, una<br/>balsa que bajaba el río. Un farol, colocado a proa, indicaba el<br/>rumbo que seguía, y no estaba más que a unas veinte brazas<br/>de distancia cuando nuestros pescadores acabaron de rec o-<br/>ger sus redes.<br/>Entonces, en medio del silencio de la noche, una voz<br/>bien timbrada entonó esa antigua canción del país, que es,<br/>según hace notar el Sr. Reveillaud, un verdade ro canto n a-<br/>cional, si bien (preciso es confesarlo), lo es más por el tono<br/>que por las palabras. Era fácil conocer por su acento y por el<br/>modo de pronunciar con la boca muy abierta el diptongo  ai,<br/>que el cantor, que no era otro que el patrón de la  cage, era<br/>canadiense de origen francés.<br/>He aquí lo que cantaba:<br/>Volviendo de las bodas<br/><br/><br/>Page No 136<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>137<br/><br/>estaba muy cansado,<br/>y a la clara fuente<br/>me fui a descansar...<br/>Juan conoció sin duda la voz del que cantaba, porque<br/>acercándose a Pedro Harcher en el momento en que el<br/>Champlain dejaba caer sus remos para apartarse de la cage:<br/>-Aborda, le dijo.<br/>-¿Que aborde?... replicó Pedro.<br/>-¡Sí!... ¡es Luis Lacasse !...<br/>-¿Vamos a conversar con él?...<br/>-Cinco minutos nada más, respondió Juan. No tengo<br/>más que decirle algunas palabras.<br/>En un instante Pedro Harcher, después de un golpe d a-<br/>do en el timón, se aproxi mó al tren de madera, en el que<br/>amarró al Champlain por la proa.<br/>El cantor, viendo esa maniobra, interrumpió su canción<br/>para gritar:<br/>-¡Eh, los de la balandra!... ¡Tened cuidado!<br/>-¡No hay peligro, Luis Lacasse! res pondió Pedro Ha r-<br/>cher; es el Champlain.<br/>De un salto Juan acababa de subir al tren de maderas,<br/>reuniéndose con el patrón, que le dijo en cuanto pudo cono-<br/>cerle, merced a la luz del farol:<br/>-Siempre estoy pronto a serviros, señor Juan.<br/>-Gracias, Lacasse.<br/>-Contaba encontraros en el camino y estaba decidido a<br/>esperar al Champlain en mi próxima parada durante la marea<br/>alta; pero puesto que estáis aquí...<br/><br/><br/>Page No 137<br/><br/>JULIO VERNE<br/>138<br/><br/>-¿Está todo a bordo? preguntó Juan.<br/>-¡Todo, y bien  oculto entre los made ros y las vigas!...<br/>Está muy bien arreglado, os lo aseguro, añadió Luis Lacasse,<br/>sacando un eslabón para encender su pipa.<br/>-Los aduaneros, ¿han practicado algún registro?<br/>-Sí... en Verchères... Se quedaron lo menos media hora<br/>charla que te charla... Pero nada han visto... está todo como<br/>en una caja...<br/>-¿Cuánto?... preguntó Juan.<br/>-Doscientos fusiles.<br/>-¿Y sables?<br/>-Doscientos cincuenta.<br/>-¿De dónde vienen?...<br/>-Del Vermont. Nuestros amigos los americanos han<br/>trabajado bastante y no nos cuesta muy caro, sólo que han<br/>tenido mucho que hacer para transportarlo hasta el fuerte<br/>Ontario, en donde nos lo han en tregado; pero ya se venci e-<br/>ron todas las dificultades.<br/>-¿Y las municiones?...<br/>-Llevo tres toneles de pólvora y algu nos miles de balas.<br/>Si cada una de ellas mata a un hombre, pronto veremos el<br/>Canadá limpio de uniformes encarnados. ¡Serán comidos por<br/>los comedores de ranas, como nos llaman los anglosajones!<br/>-¿Y sabes, preguntó Juan, a qué parroquia están destina-<br/>das esas armas y municiones?<br/>-Perfectamente, respondió el marine ro. ¡No temáis, no<br/>hay miedo de que me sorprendan! Durante la noche, en la<br/>marea más baja, anclaré mi  cage, y unas ca noas vendrán a<br/>buscar cada cual su parte.<br/><br/><br/>Page No 138<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>139<br/><br/>Pero os advierto que no voy más allá de Quebec, donde<br/>tengo que cargar mis ma deras, a bordo del  Moravian, con<br/>destino a Hamburgo.<br/>-Está entendido, respondió Juan. Antes de llegar a Que-<br/>bec ya habrás entregado los últimos fusiles y el último barril<br/>de pólvora.<br/>-Entonces todo va bien.<br/>-Dime, Luis Lacasse, ¿tienes  confianza en los hombres<br/>que te acompañan?<br/>-Como en mí mismo. Son verdaderos Juan Bautista;<br/>mas no se quedarán atrás cuando haya que tirar tiros.<br/>Juan le entregó entonces cierta cantidad de piastras, que<br/>el bravo marinero dejó caer, sin contarlas, en el bolsillo de su<br/>ancha blusa.<br/>Después, vigorosos apretones de mano se cambiaron<br/>con la tripulación de la balandra.<br/>Juan se embarcó de nuevo en el  Champlain, que se alejó<br/>en dirección a la orilla izquierda, y mientras que la balsa s e-<br/>guía la corriente, se oyó de nuevo la voz sono ra de Luis La-<br/>casse, que repetía:<br/>Y a la clara fuente me fui a descansar.<br/>Una hora más tarde la brisa volvió con la pleamar, y el<br/>Champlain penetró entre esos numerosos islotes que sirven<br/>de límite al lago San Pedro, y siguió sucesivamente el litoral<br/>de los condados Joliete y de Richelieu, situados enfrente uno<br/>de otro. Después hizo escala en los pueblos de la ribera, de<br/>los condados de Montcalm y de Verchères, cuyas mujeres<br/><br/><br/>Page No 139<br/><br/>JULIO VERNE<br/>140<br/><br/>tan valerosamente se batieron a fines del siglo XVII para<br/>defender un fuerte atacado por los salvajes.<br/>Juan visitó a los jefes reformistas, y pudo asegurarse por<br/>sí mismo del estado de ánimo de los habitantes. Le hablaron<br/>varias veces de Juan-Sin-Nombre, cuya cabeza estaba prego-<br/>nada. ¿En dónde estaría en la actualidad? ¿Aparecería cuando<br/>empezara la lucha? Los patriotas con taban con él, y, a pesar<br/>de la orden del Gobernador general, podía, sin temor alguno,<br/>venir al condado, donde, bien fuera por una hora o por<br/>veinticuatro, todas las casas se abrirían para recibirle.<br/>Ante esas muestras de una adhesión que podía llegar<br/>hasta el último sacrificio, Juan se sentía profundamente<br/>conmovido. ¡Sí; era esperado como un Mesías por la pobl a-<br/>ción canadiense! Pero se contentaba con responder:<br/>-No sé en dónde se halla Juan -Sin-Nombre; pero cuan-<br/>do llegue el día de la lucha, estará donde deba estar.<br/>A la mitad de la noche del 26 al 27 de Septiembre, el<br/>Champlain llegó al brazo meridional del San Lorenzo, que<br/>separa la isla de Montreal de la ribera Sur.<br/>La balandra tocaba entonces al término de su viaje, y los<br/>hermanos Harcher iban a desarmarla dentro de pocos días<br/>para la estación invernal, que hace completamen te impracti-<br/>cable la navegación en el río. Después, Juan y ellos se irían al<br/>condado de Laprairie, al cortijo de Chipogán, don de debía<br/>reunirse toda la familia para la celebración del casamiento<br/>proyectado.<br/>Entre la isla de Montreal y la orilla de recha, el brazo del<br/>San Lorenzo está formado por varias corrientes muy rápidas<br/>que se pueden considerar como una de las curiosidades del<br/><br/><br/>Page No 140<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>141<br/><br/>país. En aquel sitio se desarrolla una especie de lago, seme-<br/>jante al de San Pedro, donde el Cham plain encontró la  cage<br/>del patrón Luis Lacasse. Se le llama el Salto de San Luis, y<br/>está situado enfrente de Lachina, pe queño burgo edificado<br/>más arriba que Montreal, y que es el sitio predilecto de los<br/>montrealeses para pasar el verano. Este lago parece un mar<br/>tumultuoso, en el que desembocan las aguas de uno de los<br/>brazos del Outauais. Espesos bosques cubren la orilla der e-<br/>cha; alrededor de un pueblo de iroqueses convertidos al cris-<br/>tianismo, el Caughnawaga, cuya pequeña iglesia levanta su<br/>modesta flecha poco más arriba que la copa de los árboles.<br/>En esta parte del río, si la subida es difícil, la bajada lo es<br/>mucho más, puesto que basta una falsa maniobra para preci-<br/>pitar una embarcación en medio de las corrientes. Pero los<br/>marineros, acostumbrados a tan peligrosos pasos, y sobre<br/>todo, los pescadores que cogen allí sollos a millares, son muy<br/>hábiles en la maniobra en medio de aquellas aguas furiosas.<br/>Con la condición de no apartarse de la orilla meridional<br/>y de sirgar, no es imposible llegar a Laprairie, capital del con-<br/>dado del mismo nombre, en donde el  Champlain tenía co s-<br/>tumbre de invernar.<br/>A eso del medio día, Pedro Harcher se encontraba un<br/>poco más abajo de Lachina. ¿De dónde le viene ese nombre,<br/>que es del vasto Imperio asiático? Pues senci llamente de los<br/>primeros navegantes del San Lorenzo, que al llegar cerca del<br/>país de los grandes lagos, creyeron hallarse en el litoral del<br/>Océano Pacífico, y, por con siguiente, cerca del reino de los<br/>Celestes.<br/><br/><br/>Page No 141<br/><br/>JULIO VERNE<br/>142<br/><br/>El patrón del  Champlain maniobró, por lo tanto, para<br/>llegar a la orilla derecha del río, que alcanzó a eso de las ci n-<br/>co de la tarde, cerca del límite que separa el condado de<br/>Montreal del de Laprairie.<br/>En aquel momento le dijo Juan:<br/>-Voy a desembarcar, Pedro.<br/>-¿No vienes con nosotros hasta Laprairie? preguntó P e-<br/>dro Harcher.<br/>-No; es necesario que visite la parroquia de Chambly, y<br/>desembarcando en Caughnawaga, tendré menos camino que<br/>recorrer para llegar allí.<br/>-Es arriesgarte mucho, dijo Pedro, y no te veré alejarte<br/>sin inquietud. ¿Por  qué nos dejas, Juan? Espera siquiera un<br/>par de días y partiremos juntos después de desarmar la b a-<br/>landra.<br/>-No puede ser, hermano, repuso Juan; tengo precisión<br/>de estar en Chambly esta misma noche.<br/>-¿Quieres que dos de nosotros te acompañemos?<br/>-No; vale más que vaya sólo.<br/>-¿Y te quedarás mucho tiempo en Chambly?<br/>-Algunas horas nada más, Pedro; pienso salir de allí m a-<br/>ñana al amanecer.<br/>Y como Juan no parecía deseoso de entrar en explic a-<br/>ciones respecto a lo que iba a hacer en aquella ciudad, Pedro<br/>no insistió, contentándose con añadir:<br/>-¿Te esperamos en Laprairie?<br/>-Es inútil. Haced cuanto tengáis que hacer sin inquiet a-<br/>ros por mi ausencia.<br/>-¿En dónde nos encontraremos?<br/><br/><br/>Page No 142<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>143<br/><br/>-En el cortijo de Chipogán.<br/>-Ya sabes, repuso Pedro, que debemos estar allí todos<br/>en la primera semana de Octubre.<br/>-No lo he olvidado.<br/>-No faltes a la cita, Juan, pues sabes que tu ausencia<br/>apesadumbraría mucho a mi padre, a mi madre y a todos.<br/>Nos esperan para una fiesta de familia, y puesto que te dices<br/>hermano nuestro, es preciso que te halles allí para que la<br/>familia esté completa.<br/>-Iré con oportunidad, Pedro.<br/>Juan apretó la mano de los hijos Har cher, después bajó<br/>al camarote, se puso el traje que llevaba el día de su visita a la<br/>villa Montcalm, y se despidió de sus buenos compañeros.<br/>Un momento después saltó al ribazo, y dando un último<br/>adiós, desapareció deba jo de los árboles, cuyas espesuras<br/>rodean el pueblecillo iroqués.<br/>Pedro, Remigio, Miguel, Tony y Santiago se pusieron en<br/>seguida a la mani obra, y no sin grandes esfuerzos y rudas<br/>fatigas llegaron a halar su barca contra la corriente, aprov e-<br/>chando los remolinos que se formaban detrás de las puntas.<br/>A las ocho de la noche, el Champlain estaba sólid a-<br/>mente amarrado en una pequeña caleta, al pie de las primeras<br/>casas del burgo de Laprairie.<br/>Los hermanos Harcher habían acabado su campaña de<br/>pesca, después de haber recorrido durante seis meses do s-<br/>cientas leguas, subiendo y bajando las aguas del gran río.<br/><br/><br/>Page No 143<br/><br/>JULIO VERNE<br/>144<br/><br/>II<br/>UN ANIVERSARIO<br/>Eran las cinco de la tarde cuando Juan dejó el Champlain.<br/>Tres leguas, poco más o menos, le separaban de la ciudad de<br/>Chambly, hacia donde se dirigía.<br/>¿Qué iba a hacer en Chambly? ¿No había acabado ya su<br/>obra de propaganda en los condados del Suroeste antes de<br/>su llegada a la villa Montcalm? Sí; pero esa parroquia no h a-<br/>bía recibido todavía su vi sita. ¿Por qué motivo? Nadie h u-<br/>biera podido adivinarlo. No había hablado de ello a persona<br/>alguna, y apenas si se lo decía a él mismo. Iba allí, hacia<br/>Chambly, como si alguna cosa le atrajera y le rechazara a la<br/>vez, teniendo, sin embargo, concien cia del combate que se<br/>libraba en su corazón.<br/>Doce años habían transcurrido desde que Juan aband o-<br/>nó el pueblo en que había nacido; y como nunca le habían<br/>vuelto a ver, con seguridad no le conocerían. Y él mismo,<br/>después de tan larga ausencia, ¿no habría olvidado la calle en<br/>donde jugaba cuando niño, ni la casa en que se ha bía desli-<br/>zado su infancia?<br/><br/><br/>Page No 144<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>145<br/><br/>No. Esos recuerdos de los primeros años de su vida no<br/>podían haberse borrado de su memoria. Al salir del bosque<br/>se encontró en medio de las praderas que recorría en otros<br/>tiempos, cuando se diri gía a la barca para atravesar el San<br/>Lorenzo. No era un extranjero quien atra vesaba ese territo-<br/>rio; era un hijo del país, que no titubeó un solo instante para<br/>tomar caminos de travesía o para evitar al gunos recodos, a<br/>fin de abreviar el trayecto que tenía que recorrer; y segur a-<br/>mente que al llegar a Chambly no dejaría de re conocer la<br/>plazoleta en donde se elevaba la casa paterna; la estrecha<br/>callejuela que seguía, por lo regular, para retirarse por la n o-<br/>che; la iglesia a que le llevaba su madre, y el colegio en que<br/>había empeza do sus estudios antes de que le llevasen a<br/>Montreal.<br/>Juan quería volver a ver estos sitios, de los que se había<br/>alejado durante tantos años. En los momentos en que iba a<br/>jugar su cabeza en una suprema lucha, sintió irresistible d e-<br/>seo de volver allí, adonde su miserable existencia había e m-<br/>pezado para  él. No era Juan -Sin-Nombre el que se<br/>presentaba a los reformistas del condado; era el niño que<br/>volvía, quizá por última vez, al pueblo que le había visto<br/>nacer.<br/>Juan andaba con paso rápido para lle gar a Chambly an-<br/>tes de que cerrase la noche y salir antes del amanecer. Absor-<br/>to en sus dolorosos recuerdos, su mirada no se detenía en<br/>nada de lo que en otro tiempo hubiera fijado su atención. Ni<br/>las parejas de antes que corrían por el bos que, ni los pájaros<br/>de mil colores que gor jeaban entre el ramaje, ni la caza que<br/><br/><br/>Page No 145<br/><br/>JULIO VERNE<br/>146<br/><br/>andaba por los surcos, nada e ra capaz de distraerle en su<br/>ensimismamiento.<br/>Cuando encontraba algún labrador ocupado todavía en<br/>las faenas agrícolas, se desviaba de su camino para no tener<br/>que contestar a su cordial saludo; quería pasar sin ser visto a<br/>través de los campos, y volver a ver Chambly sin que le c o-<br/>nociesen.<br/>Eran las siete cuando divisó la punta del campanario de<br/>la iglesia, que sobresalía por encima de los árboles. Aun m e-<br/>dia legua, y se encontraría en su pueblo. El sonido de las<br/>campanas, traído por el aire, llegaba a sus oídos, y en vez de<br/>exclamar:<br/>-¡Sí, soy yo¡... ¡Yo, que quiero hallarme en medio de<br/>cuanto he amado!... ¡Vuelvo al nido!...¡Vuelvo a la nada de mi<br/>infancia!...<br/>Se callaba, preguntándose asustado:<br/>-¿Qué vengo a hacer aquí?<br/>Sin embargo, por los sonidos no inte rrumpidos de las<br/>campanas, Juan com prendió que no eran las oraciones las<br/>que tocaban en aquel momento. ¿Para qué fiesta llamaban a<br/>los feligreses de Chambly a una hora tan avanzada?<br/>-¡Tanto mejor! se dijo Juan. Estarán todos en la iglesia.<br/>No tendré que pasar por delante de las puertas abiertas; así<br/>nadie me verá ni me hablará. Y puesto que a nadie quiero<br/>pedir hospitalidad, nadie sabrá tampoco que he venido aquí.<br/>Esto se decía, y proseguía su camino. En algunos m o-<br/>mentos quería volverse; pero no, una fuerza invencible le<br/>empujaba hacia adelante.<br/><br/><br/>Page No 146<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>147<br/><br/>Cuanto más se acercaba Juan a Cham bly, más fijaba su<br/>atención en lo que le rodeaba, y a pesar de los cambios op e-<br/>rados en el país durante los últimos doce años, no dejaba de<br/>reconocer las casas, los cercados y las alquerías establecidas<br/>en las cercanías de la ciudad.<br/>Llegado que hubo a la calle principal, se deslizó a lo la r-<br/>go de las casas, cuyo aspecto era tan francés, que cualquiera<br/>hubiera creído hallarse en la cabeza de partido de una bailía<br/>del siglo XVII. Aquí vivía un amigo de su familia, en cuya<br/>casa Juan pasaba algunas veces los días de asueto. Allí mor a-<br/>ba el cura de la pa rroquia que le había dado sus primeras<br/>lecciones: ¿Vivirían todavía aquellas buenas gentes? Después<br/>distinguió un vas to edific io a su derecha; era el colegio<br/>adonde iba todas las mañanas, que se ele vaba a algunos cen-<br/>tenares de pasos, subiendo a la parte alta de Chambly.<br/>Aquella calle llegaba a la plaza de la iglesia, en uno de<br/>cuyos ángulos estaba situada su casa paterna, con la fachada<br/>a la plaza, y a la espalda un jardín que lle gaba hasta los árbo-<br/>les agrupados alrededor de la ciudad.<br/>La noche era bastante oscura, pero la puerta entreabierta<br/>de la iglesia dejaba ver en el interior bastante gente, alumbra-<br/>da por la araña suspendida en la bóveda.<br/>Juan, no teniendo ya temor de ser conocido, admitiendo<br/>que hubiesen conservado de él algún recuerdo, tuvo un in s-<br/>tante el pensamiento de entrar en aquella iglesia, de asistir a<br/>los oficios de la noche, de arrodillarse en aquellos bancos en<br/>que había rezado; pero se sintió atraído hacia el lado opuesto<br/>de la plaza, y dirigiéndose a la izquierda, llegó por fin al á n-<br/>gulo formado por la casa de su familia.<br/><br/><br/>Page No 147<br/><br/>JULIO VERNE<br/>148<br/><br/>Se acordaba perfectamente de ella; allí era donde estaba<br/>edificada. Todos sus de talles se presentaban a su imagin a-<br/>ción; la puerta enrejada, que cerraba un peque ño patio d e-<br/>lante; el palomar, que domina ba el tejado, a la derecha; las<br/>cuatro ventanas del piso bajo, la puerta en medio, el balcón<br/>de la izquierda en el primer piso, donde había visto tantas<br/>veces a su ma dre en medio de las flores que le adorna ban.<br/>Quince años tenía cuando salió de Chambly, y a esa edad<br/>todas las cosas  quedan ya profundamente grabadas en la<br/>memoria. No podía dudarlo; en aquel si tio tenía que estar la<br/>casa construida por sus antepasados en los principios de la<br/>colonia canadiense.<br/>Y, sin embargo, ningún edificio se veía allí. Un solar ll e-<br/>no de ruinas, y nada más. Ruinas siniestras, ocasionadas, no<br/>por el tiempo, sino por alguna violenta acción. La duda era<br/>imposible, pues se veían pie dras calcinadas, trozos de pared<br/>renegridos, pedazos de vigas medio quemados y montones<br/>de cenizas, blancos en aquellos momentos, decían bastante<br/>que en una época, relativamente remota, la casa había sido<br/>pasto de las llamas.<br/>Un horrible pensamiento atravesó el espíritu de Juan.<br/>¿Quién había encendido aquel fuego? ¿Sería obra de la<br/>casualidad, de una imprudencia, o de la mano de un justici e-<br/>ro? <br/>Juan, irresistiblemente arrastrado, penetró en las ruinas y<br/>holló con los pies las cenizas amontonadas en el suelo.<br/>Algunos murciélagos, asustados por el ruido de sus p a-<br/>sos, empezaron a revolo tear alrededor de su cabeza. Era<br/>indudable que nadie entraba allí nunca. ¿Por qué dejaban<br/><br/><br/>Page No 148<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>149<br/><br/>subsistir aquellas ruinas en una parte de las más frecuentadas<br/>de la ciudad? ¿Cómo es que después del incendio ni siquiera<br/>se habían tomado el trabajo de quitar los escombros?<br/>En los doce años que faltaba de allí, Juan no había oído<br/>decir nunca que la casa paterna había sido destruida y que no<br/>quedaba de ella más que un montón de piedras ennegrecidas<br/>por el fuego.<br/>Inmóvil, no cabiéndole el corazón en el pecho, pensaba<br/>en aquel triste pasado, y en el presente, más triste aún.<br/>-¡Eh! ¿Qué hacéis ahí, caballero? le gritó un anciano que<br/>acababa de detenerse, yendo hacia la iglesia.<br/>Juan, no habiéndole oído, no respondió.<br/>-¡Eh! repuso el buen hombre. ¿Sois sordo? No os qu e-<br/>déis ahí, pues si os vieran, sería muy posible que oyeseis algo<br/>que no os gustaría.<br/>Juan salió de las ruinas, entró en la plaza, y dirigiéndose<br/>a su interlocutor, le preguntó:<br/>-¿Es a mí a quien habláis?<br/>-Sí, señor. Está prohibido entrar en ese sitio.<br/>-¿Por qué?<br/>-¡Porque es un lugar maldito!<br/>-¡Maldito! murmuró Juan.<br/>Pero esto fue dicho en voz tan baja, que el anciano no<br/>pudo oírlo.<br/>-¿Sois forastero, caballero?<br/>-Sí, respondió Juan.<br/>-¿Y sin duda hará muchos años que no habéis venido<br/>aquí?<br/>-Sí... muchos.<br/><br/><br/>Page No 149<br/><br/>JULIO VERNE<br/>150<br/><br/>-Entonces no es extraño que no sepáis... Creedme... s e-<br/>guid mi consejo... No volváis a entrar allí. <br/>-Pero... ¿por qué?<br/>Porque basta que piséis esas cenizas para que quede<br/>empañada vuestra honra. ¡Esa fue la casa del traidor!...<br/>-¿Del traidor?<br/>-¡Sí, de Simón Morgaz!<br/>El desgraciado lo sabía bastante bien.<br/>De la morada que había querido ver por última vez, y de<br/>donde su familia había sido echada doce años antes, que él<br/>creía existiera todavía, no quedaban más que al gunos trozos<br/>de pared. La habían quemado, y la tradición la había infama-<br/>do de tal modo, que nadie osaba acercarse a ella y ningún<br/>habitante de Chambly pasaba por delante de ella sin mald e-<br/>cirla. ¡Sí; doce años habían pasado, y allí, lo mismo que en las<br/>demás provincias canadienses, nada había podido disminuir<br/>el horror que inspiraba el nombre de Simón Morgaz!<br/>Juan, con la vista inclinada al suelo, las manos tembloro-<br/>sas, se sentía desfallecer, y si no hubiera sido por la oscur i-<br/>dad; el anciano hubiera notado el rubor de la vergüenza<br/>impreso en la cara del joven.<br/>El anciano repuso:<br/>-¿Sois canadiense?<br/>-Sí, contestó Juan.<br/>-¡Entonces no podéis ignorar el crimen cometido por<br/>Simón Morgaz!<br/>-¿Quién lo ignora en el Canadá?<br/>-Nadie, en verdad, caballero. ¿Sois de los condados del<br/>Este?<br/><br/><br/>Page No 150<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>151<br/><br/>]]></content></entry><entry><title><![CDATA[.]]></title><link rel="Julio Verne" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/julioverne/atom.xml" title="Julio Verne"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200705]]></issued><modified><![CDATA[200705]]></modified><created><![CDATA[200705]]></created><summary><![CDATA[.]]></summary><author><name><![CDATA[fulca]]></name></author><dc:subject><![CDATA[.]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/julioverne/c_55.htm"><![CDATA[-Sí; de allí soy: del Nuevo Brunswick.<br/>-Está lejos, muy lejos... Tal vez no supierais que esa casa<br/>había sido destruida.<br/>-¡No! Una desgracia... sin duda...<br/>-Nada de eso, caballero, nada de eso, repuso el anciano.<br/>Tal vez hubiera sido mejor que cayera en ella el rayo, lo que<br/>hubiera sucedido un día u otro, puesto que Dios es justo.<br/>Pero se han adelantado a su justicia, y al día siguiente en que<br/>Simón Morgaz fue echado de Chambly con su familia, pren-<br/>diéronla fuego: Después, para que sirviera de ejemplo y para<br/>que no se olvide jamás la traición de aquel malvado; han<br/>dejado las ruinas en el estado en que las estáis viendo, y está<br/>prohibido acercarse a ellas; pero no era nece saria esa prohi-<br/>bición, pues tal es el horror que este sitio inspira, que nadie<br/>es capaz de entrar en él.<br/>Juan, completamente inmóvil, escucha ba aquel relato,<br/>que le partía el corazón. La animación con que hablaba el<br/>anciano demostraba bien el odio que se conservaba a todo<br/>cuanto había pertenecido a Simón Morgaz.<br/>Allí adonde iba el joven a buscar re cuerdos de su fami-<br/>lia, no los hallaba más que de vergüenza.<br/>El anciano, hablando, se había alejado poco a poco de la<br/>casa maldita, y se dirigía hacia la iglesia. La campana acababa<br/>de lanzar sus últimas notas a través del espacio; el oficio iba<br/>a empezar, y algunos cantos se dejaban oír ya, interrumpidos<br/>por largos silencios.<br/>El buen hombre dijo entonces:<br/><br/><br/>Page No 151<br/><br/>JULIO VERNE<br/>152<br/><br/>-Voy a dejaros, caballero, como no sea que me acomp a-<br/>ñéis a la iglesia; si así es, oiréis un sermón que producirá gran<br/>efecto en la parroquia.<br/>-No puedo acompañaros, respondió Juan; tengo que<br/>estar en Laprairie al amanecer.<br/>-En ese caso, no tenéis tiempo que perder, caballero; los<br/>caminos están seguros, porque de algún tiempo a esta parte<br/>los agentes de policía recorren día y noche el condado de<br/>Montreal, persiguiendo a Juan -Sin-Nombre, que segur a-<br/>mente no cogerán, porque Dios es tan bueno que no nos<br/>negará esa gracia que le pide el país entero, pues contamos<br/>con ese joven héroe, caballero, para libertar nuestra patria<br/>del yugo que la oprime. Si se pueden creer los rumores que<br/>corren, hallará aquí buenos patriotas prontos a seguirle.<br/>-Lo mismo sucede en todos los condados, respondió<br/>Juan.<br/>-¡Aquí más que en ninguna p arte, porque tenemos que<br/>borrar la mancha que nos ha dejado Simón Morgaz!<br/>El anciano, según se ve, era bastante hablador; pero iba<br/>ya a despedirse de Juan, deseándole un feliz viaje, cuando<br/>éste le detuvo, diciéndole:<br/>-Amigo mío, ¿habéis conocido a la familia de ese Simón<br/>Morgaz?<br/>-Sí, señor; mucho. Tengo setenta años, y tenía cincuenta<br/>y ocho cuando sucedió lo que sabéis ya. He vivido siempre<br/>en este país, que lo era también suyo, y jamás, jamás hubiera<br/>pensado que dicho señor Simón fuera capaz de tal cosa.<br/>¿Qué ha sido de él? ¡No lo sé! Tal vez haya muerto... Tal vez<br/>se haya expatriado, bajo un nombre supuesto, para que no le<br/><br/><br/>Page No 152<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>153<br/><br/>echaran el suyo al rostro. ¡Pero su pobre mujer, sus hijos!<br/>¡Ah, desgraciados, qué lástima me inspiran!... La señora<br/>Bridget, tan buena, tan generosa, aun cuando no gozaba más<br/>que de una mediana fortuna... ¡Ella que era tan querida de<br/>todos... ella que encerraba en su corazón el más ardiente<br/>patriotismo!... ¡Cuánto ha debido sufrir aquella pobre mujer;<br/>cuánto ha debido sufrir!<br/>Imposible es pintar lo que pasaba en el alma de Juan,<br/>oyendo hablar de su madre y de todas las desgracias de su<br/>vida, enfrente de las ruinas de la casa destruida, en la que se<br/>efectuó el último acto de la traición, y en donde fueron pr e-<br/>sos los compañeros de Simón Morgaz. Era más de lo que<br/>puede soportar la naturaleza humana, y era preciso que Juan<br/>estuviera dotado de una extraordinaria energía para cont e-<br/>nerse y no dejar escapar de su pecho un grito de angustia.<br/>Y el anciano proseguía:<br/>-Lo mismo que a la madre he c onocido también a los<br/>hijos. Se parecían mucho a ella. ¡Ah, qué lástima de familia!...<br/>¿En dónde estarán? Todos aquí los queríamos mucho por su<br/>buen carácter, su franqueza, su excelente corazón. El mayor<br/>era ya muy serio y muy estudioso; el pe queño, más alegre y<br/>más determinado, tomaba siempre el partido del más débil<br/>contra el más fuerte. Este se llamaba Juan, y el otro Joann,<br/>precisamente lo mismo que el joven sacerdote que va a pr e-<br/>dicar.<br/>-¡El abate Joann! exclamó Juan.<br/>-¿Le conocéis?<br/>-¡No, amigo mío, no! He oído hablar de sus sermones.<br/><br/><br/>Page No 153<br/><br/>JULIO VERNE<br/>154<br/><br/>-Pues bien; si no le habéis visto nun ca, caballero, se os<br/>presenta la ocasión de conocerle. Ha recorrido todos los<br/>condados del Oeste, y por todas partes se han apresurado<br/>para oírle. Si podéis retrasar por una hora vuestra partida,<br/>veréis el entusiasmo que despierta en los ánimos.<br/>-Os sigo, pues, respondió Juan.<br/>Y ambos entraron en la iglesia, costán doles algún tr a-<br/>bajo hallar un sitio en donde colocarse.<br/>Las preces habían concluido, y el predicador acababa de<br/>subir al púlpito.<br/>El abate podía tener unos treinta años, a lo sumo. Su f i-<br/>sonomía era apasionada, su mirada penetrante, su voz son o-<br/>ra y persuasiva; se parecía a su hermano, sien do, como él,<br/>imberbe. En ellos se hallaban las características facciones de<br/>su madre. Viéndole, lo mismo que escuchando sus palabras,<br/>se comprendía la influencia que el abate Joann ejercía sobre<br/>el público, atraído por su fama. Orador de la fe cató lica y de<br/>la fe nacional, era un apóstol, en el verdadero sentido de la<br/>palabra, un hijo de esa fuerte raza de misioneros, capaces de<br/>verter toda su sangre por confesar sus creencias.<br/>El predicador empezó su sermón. En todo cuanto decía<br/>respecto a Dios, se adi vinaba lo que quería decir en pro de<br/>su país. Sus alusiones al estado actual del Canadá eran pr o-<br/>pias para apasionar a sus oyentes, cuyo patriotismo no esp e-<br/>raba más que una ocasión para manifestarse. Sus gestos, su<br/>palabra y su actitud, producían sordos estremecimientos,<br/>entre la gente que llenaba la iglesia, cuando invocaba el soco-<br/>rro divino contra los expoliadores de las libertades públicas.<br/>Parecía que su vibrante voz sonaba como un clarín, y que su<br/><br/><br/>Page No 154<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>155<br/><br/>brazo extendido agitaba, desde lo alto del púlpito, la tan d e-<br/>seada bandera de la independencia.<br/>Juan, oculto en la sombra, escuchaba; le pareció que h a-<br/>blaba él por la boca de su hermano; y es que las mismas<br/>ideas, las mismas aspiraciones, movían a aquellos dos seres,<br/>tan iguales por el corazón. Ambos luchaban por su país, cada<br/>cual a su manera; el uno por la palabra, el otro por sus actos,<br/>igualmente prontos los dos a toda clase de sacrificios.<br/>En aquella época, el clero católico po seía en el Canadá<br/>una influencia real, desde el doble punto de vista social e<br/>intelectual, considerándose allí a los sacerdotes como pers o-<br/>nas sagradas. Era la lucha de las an tiguas creencias católicas,<br/>traídas por el elemento francés desde el origen de la co lonia,<br/>con los dogmas protestantes que los ingleses procuraban<br/>introducir en todas las clases de la sociedad. Los feligreses se<br/>reconcentraban en derredor de sus curas, verdaderos jefes en<br/>sus parroquias; y la política, que tendía a desprender las pr o-<br/>vincias canadienses de las manos anglo sajonas, no era extra-<br/>ña a aquella alianza del clero y de los fieles.<br/>El abate Joann, lo sabemos ya, pertenecía a la orden de<br/>los sulpicianos; pero lo que el lector ignora tal vez, es que esa<br/>orden, poseedora de una parte del territorio, desde el princ i-<br/>pio de la conquista saca de él, aun en la actualidad, impo r-<br/>tantes rentas. Varias servidumbres, creadas principalmente<br/>en la isla de Montreal, en virtud de derechos señoriales que<br/>le habían sido concedidos, por Richelieu, se ejerce siempre<br/>en provecho de la Congregación. De esto resulta que los<br/>sulpicianos forman en el Canadá una corporación tan honra-<br/>da como poderosa, y que los sacerdotes, siendo los propieta-<br/><br/><br/>Page No 155<br/><br/>JULIO VERNE<br/>156<br/><br/>rios más ricos del país, son, por lo mismo, los que gozar de<br/>más influencia.<br/>El sermón, más bien pudiéramos decir la arenga patri ó-<br/>tica del abate Joann, duró unos tres cuartos de hora, y ent u-<br/>siasmó de tal modo a sus oyentes, que, si no hu biese sido<br/>por la santidad del lugar, ruidosos y prolongados aplausos se<br/>hubieran escuchado.<br/>La fibra nacional había sido profunda mente conmovida<br/>por la elocuente palabra de aquel orador sagrado.<br/>Causará tal vez extrañeza el que las au toridades no pu-<br/>sieran freno a aquellas predicaciones en que la propaganda<br/>reformista se hacía desde la cátedra del Espí ritu Santo; pero<br/>semejante extrañeza desaparecerá al considerar que era difícil<br/>encontrar en ellas una provocación directa a la insurrección,<br/>y que el púlpito gozaba de una libertad que el Gobierno no<br/>quería atacar sino con gran reserva.<br/>Concluido el sermón, Juan se retiró a un rincón de la<br/>iglesia, mientras que la gente salía. ¿Quería, tal vez, darse a<br/>conocer a Joann, apretarle la mano y camb iar con él algunas<br/>palabras antes de reunirse con sus compañeros en el cortijo<br/>de Chipogán? Sí; sin duda. Ambos hermanos no se habían<br/>visto hacía algunos meses, por que cada cual iba por su lado<br/>para cumplir la misma obra de patriótica abnegación.<br/>Juan esperaba, pues, detrás de los primeros pilares de la<br/>nave, cuando un gran tumulto estalló fuera; eran gritos, voci-<br/>feraciones y hasta aullidos. Parecía así co mo una especie de<br/>ira popular que se manifestaba con extraordinaria violencia.<br/>Al mismo tiempo, grandes luces iluminaban el espacio y su<br/>reflejo penetraba hasta el interior de la iglesia.<br/><br/><br/>Page No 156<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>157<br/><br/>La turba de oyentes salió, y Juan, arras trado a pesar su-<br/>yo, los siguió hasta en medio de la plaza.<br/>¿Qué pasaba allí?<br/>Delante de las ruinas de la casa del traidor acaban de en-<br/>cender una gran fogata. Algunos hombres, ayudados por<br/>niños y por mujeres, avivaban el fuego echándole brazadas<br/>de leña seca.<br/>Y a la par que gritos de horror, estas palabras de odio se<br/>oían por doquier:<br/>-¡A la hoguera el traidor! ¡A la hoguera Simón Morgaz!<br/>Y en aquel instante, una especie de maniquí, vestido con<br/>harapos, fue arrastrado hacia las llamas.<br/>Juan comprendió.<br/>La población de Chambly procedía, en efigie, a la ejec u-<br/>ción del miserable, lo mismo que se hace todavía en Lo n-<br/>dres, en cuya población se arrastra por la calle la imagen de<br/>Guy Fawkes, el criminal héroe de la conspiración des Poudres.<br/>Aquel día era el 27 de Septiembre; era el aniversario del<br/>inolvidable en que Walter Hodge y sus compañeros Francis-<br/>co Clerc y Roberto Farran habían muerto en el cadalso. S o-<br/>brecogido de horror, Juan quiso huir. Pero no pudo<br/>moverse; parecía que sus pies habían echado raíces en el<br/>suelo. Allí veía a su padre, injuriado, golpeado, manchado<br/>por el lodo que le tiraba aque lla turba presa del delirio del<br/>odio, y le parecía que todo aquel oprobio recaía so bre él,<br/>Juan Morgaz.<br/>En aquel momento el abate Joann apareció, y la gente se<br/>apartó para dejarle paso.<br/><br/><br/>Page No 157<br/><br/>JULIO VERNE<br/>158<br/><br/>Él también había comprendido el sentido de esa man i-<br/>festación popular, y en aquel instante conoció a su hermano,<br/>cuya cara lívida le apareció entre el reflejo de las llamas,<br/>mientras cien voces gritaban la odiosa fecha del 27 de Se p-<br/>tiembre, y el nombre aborrecido de Simón Morgaz.<br/>El abate Joann no fue dueño de sí; ex tendió el brazo, y<br/>se lanzó hacia la hoguera en el momento en que iban a echar<br/>en ella el maniquí.<br/>-¡En nombre del Dios de misericordia, exclamó, tened<br/>piedad de la memoria de aquel desgraciado! ¡Dios perdona<br/>todos los crímenes!<br/>-¡No tiene perdón para los qué hacen traición a su patria<br/>y a los que combaten por ella! respondió uno de aquellos<br/>energúmenos.<br/>Y en un instante el fuego devoró, como lo había hecho<br/>en los demás aniversarios, la efigie de Simón Morgaz.<br/>Los clamores redoblaron, y no cesaron sino cuando las<br/>llamas hubieron de apagarse.<br/>En la sombra, nadie pudo ver que Juan y Joann se h a-<br/>bían reunido, y que allí, agarrados de las manos, ambos baj a-<br/>ban la cabeza.<br/>Después, sin pronunciar una palabra, abandonaron el<br/>teatro de tan horrible escena y huyeron de la ciudad de<br/>Chambly, a la que no habían de volver.<br/><br/><br/>Page No 158<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>159<br/><br/>III<br/>LA CASA CERRADA<br/>En el condado de San Jacinto, que confina con el de<br/>Montreal, y a seis leguas de San Dionisio, se halla situado el<br/>burgo de San Carlos, en la orilla Norte del Richelieu.<br/>Bajando este río, uno de los mayores afluentes del San<br/>Lorenzo, se llega a la pequeña ciudad de Sorel, en donde el<br/>Champlain había hecho escala durante su última campaña de<br/>pesca.<br/>En la época en que pasa nuestro relato, una casa aislada<br/>se elevaba a algunos centenares de pasos antes del recodo<br/>que da de pronto nueva dirección a la calle principal de San<br/>Carlos, antes de llegar a las primeras casas.<br/>Era una modesta y triste habitación, que no se comp o-<br/>nía más que de un piso bajo, el cual no tenía más aberturas<br/>que una puerta y dos ventanas. Un patio pequeño se enco n-<br/>traba delante de la fachada principal; pero estaba tan descu i-<br/>dado, que las hierbas crecían en él a su antojo, haciéndole<br/>poco menos que intransitable:<br/><br/><br/>Page No 159<br/><br/>JULIO VERNE<br/>160<br/><br/>Por lo regular, la puerta estaba cerrada, y las ventanas no<br/>se abrían nunca. Si la luz del día penetraba en el interior de<br/>aquella casa, era únicamente por otras dos ventanas abiertas<br/>en la fachada opuesta y que daban a un jardín reducidísimo,<br/>cercado de alta pared, cubierta por largas plantas parietarias,<br/>y en uno de cuyos ángulos se veía un pozo con brocal de<br/>mampostería.<br/>En aquel jardín crecían diversas verduras, entre las que<br/>vegetaban árboles frutales, perales, avellanos y manzanos, sin<br/>más cuidados que los de la naturaleza.<br/>Un corralito, tomado del jardín y contiguo a la casa, e n-<br/>cerraba cinco o seis gallinas, que daban la cantidad suficiente<br/>de huevos para el consumo diario.<br/>El interior de aquella morada no contenía más que tres<br/>habitaciones con gran modestia amuebladas, sin otra cosa<br/>que lo más estrictamente necesario. Una de aquellas piezas,<br/>la primera o, la izquierda de la entrada, servía de cocina, y las<br/>demás, a la derecha, eran los cuartos de dormir. El estrecho<br/>corredor que las dividía establecía una comunicación entre el<br/>patio y el jardín.<br/>¡Sí! Aquella casa era humilde y miserable, pero se con o-<br/>cía que sus moradores querían vivir en tales condiciones de<br/>miseria y humildad. Los habitantes de San Carlos no se equi-<br/>vocaban pensándolo así; pues si algún mendigo llamaba a la<br/>puerta de la Casa Cerrada (así la llamaba el pueblo), jamás<br/>sucedía que se fuera sin recibir una corta limosna. La Casa<br/>Cerrada hubiera podido llamarse Casa Caritativa, porque se<br/>ejercía allí la caridad a todas horas.<br/>¿Quién vivía allí?<br/><br/><br/>Page No 160<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>161<br/><br/>Una mujer, siempre sola, siempre ves tida de negro, y<br/>cubierta con el largo velo de crespón de las viudas. Raras<br/>veces dejaba su casa, como no fuera los domingos, para asis-<br/>tir a los oficios, o si alguna compra indispensable la obligaba<br/>a salir, en cuyo caso esperaba, para verificarlo, que anoch e-<br/>ciese, se dirigía por las calles más oscuras, siguiendo a lo<br/>largo de las casas, entraba en la tienda, hablaba en voz baja<br/>muy pocas palabras, pagaba sin regatear, y volvía a su mor a-<br/>da con la vista fija en el suelo e inclinando la cabeza como<br/>una pobre criatura que tuviera vergüenza de que la vieran.<br/>Cuando iba a la iglesia, era a la misa del alba, colocándo-<br/>se en el rincón más os curo; allí se arrodillaba, y reconce n-<br/>trándose en sí misma, debajo de los pliegues de su velo<br/>negro, su inmovilidad era es pantosa, y hubiérasela podido<br/>creer muerta si dolorosos suspiros no se hubieran escapado<br/>de su pecho.<br/>Que aquella mujer no padeciera los horrores de la mise-<br/>ria, ya se comprendía; pero era, con seguridad, un ser muy<br/>desgraciado.<br/>Una o dos veces, algunas buenas almas se habían ace r-<br/>cado a ella para ofrecerle sus servicios, dirigiéndole palabras<br/>de simpatía; pero ella, recogiendo más estrecha mente contra<br/>su cuerpo su traje de luto, se echaba vivamente hacia atrás,<br/>como si temiera inspirar horror a aquellas perso nas compa-<br/>sivas.<br/>Nadie conocía, pues, en San Carlos a la extranjera, m e-<br/>jor pudiera decirse a la re clusa. Doce años antes había lleg a-<br/>do allí para ocupar aquella casa que habían com prado para<br/>ella a muy bajo precio, pues el Municipio, a quien pertenecía,<br/><br/><br/>Page No 161<br/><br/>JULIO VERNE<br/>162<br/><br/>deseaba vender tal inmueble, y hasta entonces no había e n-<br/>contrado comprador.<br/>Un día se supo en el pueblo que la nue va propietaria<br/>había llegado de noche a su morada, en la que nadie la había<br/>visto entrar.<br/>¿Quién la había ayudado a transportar su modesto m o-<br/>biliario?<br/>Nadie lo sabía.<br/>Tampoco tomó sirvienta para el cuidado de la casa.<br/>Su vida cenobítica no había variado en lo más mínimo<br/>desde su aparición en San Carlos. Las paredes de la Casa<br/>Cerrada eran las de un claustro, cuya entrada es taba prohibi-<br/>da a todos.<br/>Los habitantes del pueblo no procuraron tampoco p e-<br/>netrar los secretos de la existencia de aquella mujer. Durante<br/>los primeros días que siguieron a su instalación, se admir a-<br/>ron, sí, de su modo de vivir; algunas suposiciones se hicieron<br/>respecto a la dueña de la Casa Cerrada, pero luego de jaron<br/>de ocuparse de ella; y como se mos traba siempre caritativa<br/>con los pobres del país, esto le valió la estimación general.<br/>Alta, encorvada más bien por el dolor que por la edad,<br/>la forastera podría tener en la actualidad unos cincuenta<br/>años. Debajo del velo, que la envolvía medio cuer po, se<br/>ocultaba una cara que debía de ha ber sido bella, una frente<br/>despejada, y grandes y rasgados ojos negros. Sus cabellos<br/>eran completamente blancos, y su mirada como impregnada<br/>por las huellas de lágrimas, largo tiempo detenidas.<br/><br/><br/>Page No 162<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>163<br/><br/>En lo presente, el carácter de aquella fisonomía, en otro<br/>tiempo dulce y sonrien te, presentaba una energía sombría y<br/>una implacable voluntad.<br/>Sin embargo, si la curiosidad pública se hubiera aplicado<br/>con más cuidado a vigilar la Casa Cerrada, hubiera adquirido<br/>la prueba de que no estaba prohibida la entrada a toda visita,<br/>pues tres o cuatro veces al año, siempre de noche, la puerta<br/>se abría tan pronto para uno como para dos forasteros, que<br/>no descuidaban ninguna precaución para llegar o para ma r-<br/>charse sin que nadie los viera.<br/>¿Quedaban allí algunos días, o solamente algunas horas?<br/>Nadie lo hubiera podido decir.<br/>Partían antes del amanecer, y ninguno de los vecinos del<br/>pueblo pudo sospechar nunca que aquella mujer tuviese rela-<br/>ciones fuera del lugar.<br/>Esto fue lo que precisamente sucedió hacia las once de<br/>la noche del 30 de Septiembre de 1837.<br/>La carretera que después de atravesar el condado de San<br/>Jacinto de Oeste s Este, pasa por San Carlos, y sigue más<br/>allá, estaba desierta a aquella  hora avanzada. Una profunda<br/>oscuridad reinaba en el pueblo, cuyos vecinos, descansaban<br/>de las faenas diarias, y, por lo tanto, ninguno de éstos pudo<br/>ver a dos hombres bajar por el camino en dirección a la Casa<br/>Cerrada, levantar el picaporte de la reja que daba al patio, y<br/>llamar a la puerta de un modo que debía de ser una señal de<br/>reconocimiento.<br/>Esta se abrió, y se cerró en seguida.<br/><br/><br/>Page No 163<br/><br/>JULIO VERNE<br/>164<br/><br/>Ambas visitas entraron en la primera habitación de la<br/>derecha, alumbrada solamente por una mariposa, cuya débil<br/>luz no podía filtrarse al exterior.<br/>La mujer no dio a conocer que se sor prendía por la lle-<br/>gada de aquellos dos hombres, que la apretaron entre sus<br/>brazos, besándola en la frente con afecto filial.<br/>Eran Juan y Joann, y la indicada mujer su madre,<br/>Bridget Morgaz.<br/>Doce años antes, después de la expul sión de Simón<br/>Morgaz, echado de Chambly por sus compatriotas, nadie<br/>dudó de que aquella desgraciada familia hubiese abandonado<br/>el Canadá, expatriándose, bien sea en alguna de las provi n-<br/>cias de la América del Norte o del Sur, o en cual quier punto<br/>lejano de Europa. El dinero percibido por el traidor le pe r-<br/>mitiría vivir cómodamente, sea el que fuera el sitio escogido<br/>para su residencia, y de este modo, mudando de nombre, no<br/>sería en lo sucesivo el blanco del desprecio general.<br/>Mis lectores saben que las cosas no habían sucedido así.<br/>Una noche Simón Morgaz se hizo justicia, y nadie sabía que<br/>sus restos descansaban en un sitio oculto de la ribera se p-<br/>tentrional del lago Ontario.<br/>Bridget Morgaz y sus hijos habían com prendido todo el<br/>horror de su situación; si bien ellos eran inocentes del cr i-<br/>men de su esposo y de su padre, las preocupacio nes son<br/>tales, que en ninguna parte po dían esperar ni piedad ni pe r-<br/>dón. En el Canadá, como en cualquier punto del glo bo, su<br/>nombre sería objeto de una reprobación universal. Resolvie-<br/>ron, pues, despojarse de él, sin pensar siquiera en tomar otro.<br/><br/><br/>Page No 164<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>165<br/><br/>¡Qué necesidad tenían de ello aquellos míseros, para quienes<br/>la vida no podía ser ya sino una serie de vergüenzas!<br/>Sin embargo, ni la madre ni los hijos se expatriaron; a n-<br/>tes de dejar para siempre el Canadá, les quedaba que llenar<br/>una misión, y aun cuando hubieran de sacrificar a ella su<br/>vida, resolvieron cumplirla los tres juntos.<br/>Lo que querían aquellos tres generosos seres era reparar<br/>el mal que Simón Mor gaz había hecho a su país. Sin la tra i-<br/>ción provocada por el odioso agente Rip, la conspiración de<br/>1825 hubiera tenido grandes probabilidades de éxito; porque<br/>después de apresar al Gobernador general y a los jefes del<br/>ejército inglés, las tropas no hubieran podido resistir el e m-<br/>puje de la población franco-canadiense, que se hubie ra le-<br/>vantado en masa. Pero una delación infame había entregado<br/>el secreto de la conspiración, y el Canadá permaneció en<br/>poder de sus opresores.<br/>Pues bien: Juan y Joann prosiguieron la obra interru m-<br/>pida por la traición de su padre: Bridget, cuya energía hizo<br/>frente a su espantosa situación, les demostró que éste era y<br/>debía ser el único objeto de su existencia, y así lo compre n-<br/>dieron aquellos dos hermanos, que no tenía n entonces más<br/>que diecisiete y dieciocho años  respectivamente, consagrán-<br/>dose desde aquel momento a ese trabajo de reparación.<br/>Bridget, resuelta a vivir con lo poco que la quedaba de<br/>su perdido patrimonio, no quiso guardar el dinero encontr a-<br/>do en la cartera del suicida, que no podía ni debía emplearse<br/>sino en las necesidades de la causa nacional. Se depositó en<br/>secreto en manos del notario Nick, de Montreal, en las co n-<br/><br/><br/>Page No 165<br/><br/>JULIO VERNE<br/>166<br/><br/>diciones que ya sabemos. Juan, sin embargo, conservó una<br/>parte para distribuirla directamente entre los reformistas.<br/>Así es como en 1831 y en 1835 los comités recibieron<br/>las cantidades necesarias para la compra de armas y mun i-<br/>ciones; en 1837, el resto de aquel depósito, consi derable to-<br/>davía, acababa de entregarse al Comité de la villa Montcalm,<br/>que tenía por presidente al señor de Vaudreuil.<br/>Esto era ya cuanto quedaba del precio de la traición.<br/>Sus hijos venían de vez en cuando, y siempre sigilos a-<br/>mente, a ver a Bridget. encerrada en la casa de San Carlos,<br/>pues hacía algunos años que cada cual había escogido una<br/>vía diferente para llegar al mismo objeto.<br/>Joann, el mayor de los dos, habíase di cho que todas las<br/>felicidades de la existen cia le estaban para siempre prohib i-<br/>das, y por la influencia de ideas religiosas, desarrolladas t o-<br/>davía más por la amargura de su situación, quiso ser<br/>sacerdote, pero sacerdote militante. Entró en la Orden de los<br/>Sulpicianos, con la intención de apo yar con su palabra los<br/>imprescriptibles derechos de su país. Una elocuencia natural,<br/>sostenida por el más ardiente patrio tismo, le atraía las si m-<br/>patías de los habitantes de las ciudades y del campo; en los<br/>últimos tiempos su fama se había engran decido mucho, es-<br/>tando ya en todo su apogeo.<br/>Juan trabajaba en pro del partido refor mista, no con la<br/>palabra, sino con sus actos.<br/>Aun cuando las rebeliones de 1831 y de 1835 no habían<br/>tenido feliz éxito, no por eso se amenguó su reputación de<br/>ardiente patriota. Las masas le consideraban como el jefe<br/>misterioso de Los Hijos de la Libertad, que no aparecía más<br/><br/><br/>Page No 166<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>167<br/><br/>que en el momento en que tenía que pagar con su persona,<br/>desapareciendo después para proseguir su obra.<br/>Ya sabemos a qué altura había llegado en el partido de la<br/>oposición liberal; parecía que la causa de la independencia<br/>estaba en las manos de un solo hombre, de aquel Juan-<br/>Sin-Nombre, como se llamaba él mismo, y que únicamente<br/>de él espera ban los patriotas la señal de una nueva in-<br/>surrección.<br/>La hora se aproximaba, y por tal moti vo ambos herma-<br/>nos, a quienes la casua lidad acababa de reunir en Chambly,<br/>vinieron a la Casa Cerrada para abrazar a su madre, quizá por<br/>última vez.<br/>Y ahora estaban sentados a su lado; los tres, agarrados<br/>de las manos, hablaban en voz baja; Juan y Joann le decían<br/>todo cuanto habían hecho, y que la lucha sería terrible, como<br/>lo es siempre toda lucha suprema.<br/>Bridget, entregada por completo a los sentimientos que<br/>desbordaban de su corazón, se dejaba mecer por la espera n-<br/>za de que el crimen del padre sería, por fin, redimido por sus<br/>hijos, y entonces tomó la palabra.<br/>-Hijos queridos, dijo, nece sito participar de vuestra e s-<br/>peranza, y creer en el éxito...<br/>-Sí, madre, tengamos confianza, respondió Juan. Dentro<br/>de pocos días el movimiento se iniciará...<br/>-¡Quiera Dios concedernos el triunfo debido a las causas<br/>santas! añadió Joann.<br/>-¡Ojalá Él nos ayude, repuso Bridget, para que pueda te-<br/>ner el derecho de rogarle por!...<br/><br/><br/>Page No 167<br/><br/>JULIO VERNE<br/>168<br/><br/>Nunca, no, nunca los labios de esta des graciada mujer<br/>habían podido formular una plegaria para el alma del que fue<br/>su esposo.<br/>-¡Madre mía, dijo Joann, madre mía!<br/>-Y tú, hijo mío,  repuso Bridget, ¿has rezado por tu p a-<br/>dre; tú, sacerdote del Dios misericordioso?<br/>Joann inclinó la cabeza sin responder.<br/>Bridget repuso:<br/>-Hijos míos: hasta aquí ambos habéis cumplido con<br/>vuestro deber; pero, no lo olvidéis; sacrificando hasta vuestra<br/>vida, si es preciso no habréis hecho más que lo que debéis, y<br/>si nuestro país os es deudor algún día de su independencia, el<br/>nombre que llevábamos antes, ese nombre de Morgaz...<br/>-No puede existir ya, madre mía, re plicó Juan; no hay<br/>rehabilitación posible para él. Es tan imposible devolverle su<br/>honra, como la vida a los patriotas que la traición de mi p a-<br/>dre llevó al cadalso. Lo que Joann y yo hacemos no es para<br/>borrar la infamia unida a nuestro nombre. ¡Eso es imposible!<br/>No es este trato el que hemos hecho. Nuestros esfuerzos no<br/>tienden más que a un objeto, y éste es reparar el daño hecho<br/>a nuestro país, no el que se nos ha hecho a nosotros mimos.<br/>¿No es así, Joann?<br/>-Sí, respondió el joven sacerdote. Si Dios puede perd o-<br/>nar, sé que eso está pro hibido a los hombres; pues mientras<br/>la honra sea una de las leyes humanas, nuestro nombre será<br/>siempre objeto de pública reprobación.<br/>-¡Jamás podrán olvidar!... dijo Brid get, besando a sus<br/>dos hijos en la frente, como si quisiera borrar una señal inde-<br/>leble.<br/><br/><br/>Page No 168<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>169<br/><br/>-¡Olvidar! exclamó Juan. Vuelve a Chambly, madre mía,<br/>y verás si, el olvido...<br/>-Juan, interrumpió Joann con viveza;¡cállate! <br/>-¡No, hermano mío! Es preciso que nuestra madre s e-<br/>pa... Tiene la suficiente energía para saberlo todo; no es co n-<br/>veniente dejarla con la es peranza de una habilitación que es<br/>de todo punto imposible.<br/>Y Juan, en voz baja y con palabras entrecortadas por la<br/>emoción, contó a su madre lo que había presenciado en<br/>Chambly, cuna de la familia Morgaz, delante de las ruinas de<br/>la casa paterna.<br/> Bridget escuchaba sin que una, lágrima brotase de sus<br/>ojos; la infeliz mujer ni siquiera podía llorar ya.<br/>¿Era verdad, pues, que semejante situación no tenía s a-<br/>lida? ¿Era posible que aquella traición, aunque horrible, no<br/>podría olvidarse, y que la responsabilidad de dicho crimen<br/>cayera sobre unas cabezas inocentes? ¿Estaba escrito en la<br/>conciencia humana que semejante mancha, impresa en el<br/>nombre de una familia, no podría borrarse jamás?<br/>Durante algunos instantes no se oyó palabra alguna en<br/>aquella triste estancia. Madre e hijos no se miraban siquiera;<br/>sus manos se había desunido, sufrían horriblemente pensa n-<br/>do que, lo mismo que en Chambly, serían en todas partes, y<br/>siempre, unos parias, unos  outlaws, rechazados por la soci e-<br/>dad entera.<br/>A las tres de la madrugada Juan y Joann pensaron ya en<br/>despedirse de la infeliz reclusa, porque no querían exponerse<br/>a ser vistos; ni convenía tampoco que nadie supiera que la<br/>puerta de la Casa Cerrada se había abierto aquella noche para<br/><br/><br/>Page No 169<br/><br/>JULIO VERNE<br/>170<br/><br/>las únicas personas que habían pisado su umbral. La inte n-<br/>ción de ellos era la de separarse a la salida del pueblo, porque<br/>importaba que no los viesen juntos por el camino que tenían<br/>que seguir para recorrer el condado.<br/>Ambos hermanos se levantaron de su asiento; en el<br/>momento de una separación que podía ser eterna, conocían<br/>cuan fuerte era el lazo que los unía unos a otros. Felizmente,<br/>Bridget ignoraba que ha bían puesto precio a la cabeza de<br/>Juan; si bien su hermano lo sabía, tan terrible no ticia no ha-<br/>bía llegado todavía a la Casa Cerrada. Juan, por no aumentar<br/>las penas de su madre, no quiso decírselo; y ade más, ¿nece-<br/>sitaba acaso saberlo para temer no volver a ver a su hijo?<br/>El instante tan temido por cada uno de aquellos tres<br/>desgraciados seres, había llegado.<br/>-¿Adónde vas, Joann?... le preguntó Bridget.<br/>-A las parroquias del Sur, respondió el joven sacerdote;<br/>allí esperaré que llegue el momento de reunirme con mi<br/>hermano cuando esté a la cabeza de los patriotas canadie n-<br/>ses. <br/>-¿Y tú, Juan?<br/>-Voy al cortijo de Chipogán, en el condado de Laprairie,<br/>contestó el valiente reformista. Allí es donde volveré a e n-<br/>contrar a mis compañeros para que tomemos las últimas<br/>disposiciones... en medio de una de esas fiestas de familia<br/>que nos están prohibidas, madre mía; esas buenas gen tes me<br/>han acogido como si fuese su hijo; darían basta su vida por<br/>mí; y, sin embargo, si supieran quién soy yo, que nombre es<br/>el mío... ¡Ah! ¡Cuán míseros somos, pues nuestro solo co n-<br/>tacto es una mancha! Pero ni ellos, ni nadie, sabrán nunca...<br/><br/><br/>Page No 170<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>171<br/><br/>Juan cayó de nuevo en su asiento, ocultó la cara en las<br/>manos, agobiado por la vergüenza que se le hacía cada día<br/>más pesada.<br/>.-¡Alza, hermano! dijo Joann. ¡Esta es la expiación! ¡C o-<br/>bra ánimo para sufrir! ¡Levántate y partamos!<br/>-¿En dónde volveré a veros, hijos míos? preguntó la po-<br/>bre madre.<br/>-Aquí ya no, respondió Juan. Si triun famos, dejaremos<br/>los tres el país. Iremos lejos... muy lejos, a un sitio en el que<br/>no podamos ser conocidos. ¡Si devolvemos al Canadá su<br/>perdida independencia, que no sepa nunca que lo debe a los<br/>hijos de un Simón Morgaz! ¡No, que no lo sepa nunca!<br/>-¿Y si todo se pierde? repuso Bridget.<br/>-En ese caso, madre mía, no nos ve remos ni aquí ni en<br/>ninguna parte. ¡Habremos muerto!<br/>Ambos jóvenes abrazaron por última vez a su madre, y<br/>la puerta se abrió, volviéndose a cerrar enseguida.<br/>Juan y Joann anduvieron juntos un cen tenar de pasos, y<br/>después se separaron, mas no sin echar una postrera mirada<br/>hacia la Casa Cerrada, en donde la pobre madre rogaba a<br/>Dios por sus hijos.<br/><br/><br/>Page No 171<br/><br/>JULIO VERNE<br/>172<br/><br/>IV<br/>EL CORTIJO DE CHIPOGÁN<br/>Este cortijo, situado a siete leguas de la ciudad de L a-<br/>prairie, en el condado del mismo nombre, ocupaba una em i-<br/>nencia de terreno en la orilla de un riachuelo tri butario del<br/>San Lorenzo. El señor de Vaudreuil poseía allí, en una super-<br/>ficie de cuatrocientos a quinientos acres, una propiedad ba s-<br/>tante hermosa y de buenos rendimientos, administrada por el<br/>arrendador Tomás Harcher.<br/>Delante de la casa-habitación, del lado del río, se exte n-<br/>dían vastos campos, un verdadero juego de damas de verdes<br/>praderas, rodeadas de esas cercas enrejadas que se llaman en<br/>el Reino Unido  fewies. Era una excelente muestra del dibujo<br/>regular, sajón o americano, en todo su rigor geométrico.<br/>Cuadros y más cuadros de barreras que cerraban esos he r-<br/>mosos cultivos, que prosperaban merced a los ricos el e-<br/>mentos de una tierra negruzca, cuya espesa capa, de tres o<br/>cuatro pies, descansa, por lo regular, sobre otro terreno arc i-<br/>lloso. Esto es lo que compone el suelo canadiense hasta los<br/>primeros estribos de la sierra de los Laurentidas.<br/><br/><br/>Page No 172<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>173<br/><br/>Entre estos cercados, cultivados con minucioso cuid a-<br/>do, crecían diversas clases de cereales que el cultivador cos e-<br/>cha en las temperaturas medias de Europa, trigo, maíz,<br/>cáñamo, lúpulo, tabaco, etc. Abundaba también allí ese arroz<br/>silvestre llamado avena loca, que se multiplicaba en los cam-<br/>pos medio encharcados que se ha llaban en la orilla del ri a-<br/>chuelo y cuyo grano cocido da una excelente sopa.<br/>Hermosos pastos de suculentas hierbas se desarrollaban<br/>detrás de la casa hasta el límite de un bosque de frondosos<br/>árboles, plantados en una ondulación del suelo, y cuya super-<br/>ficie era tan grande, que la vista no alcanzaba a su término.<br/>Estos pastos eran más que suficientes para la alimen tación<br/>del ganado del cortijo de Chipogán, y Tomás Harcher h u-<br/>biera podido arrendar algunas praderas para que pastaran en<br/>ellas toros, vacas, bueyes, carneros, puer cos, sin contar esos<br/>caballos tan vigoro sos de la raza canadiense, tan buscados<br/>por americanos que tienen criaderos.<br/>Los bosques no eran de menos impor tancia en los alre-<br/>dedores del cortijo, pues cubrían en otros tiempos todos los<br/>territorios limítrofes al San Lorenzo, desde su remanso hasta<br/>la vasta región do los la gos. Pero desde algunos años atrás,<br/>¡cuántos claros se habían hecho por las manos de los ho m-<br/>bres! ¡Qué árboles tan soberbios, cuya copa se balancea mu-<br/>chas veces a ciento cincuenta pies de altura, caen todavía<br/>bajo los golpes del hacha, turbando el silencio de los inmen-<br/>sos bosques en que pululan los pitorreales, los ruiseñores, las<br/>alondras, los verdecillos, las aves de paraíso, de deslumbr a-<br/>dor plumaje, y tam bién los encantadores canarios, que son<br/>mudos en las provincias del Canadá! Los lumbermen, o sea los<br/><br/><br/>Page No 173<br/><br/>JULIO VERNE<br/>174<br/><br/>leñadores, tienen un fructuoso, pero sensible trabajo, derri-<br/>bando robles y arces, fresnos, castaños y abedules, álamos y<br/>olmos, chopos y no gales, pinos, ojaranzos y otros, los que,<br/>descortezados solamente, o aserrados, forman esos trenes de<br/>maderas que bajan la corriente del río.<br/>Si a fines del siglo XVIII uno de los más famosos h é-<br/>roes de Cooper, Nataniel Bumpoo, llamado Ojo de halcón,<br/>Larga carabina o Media de cuero, se lamentaba ya de la tala<br/>de los árboles, ¿no diría de esos despiadados devastadores lo<br/>que se dice de los arrendadores que agotan la fecundidad<br/>terrestre por costumbres viciosas? ¡Han asesinado el suelo!<br/>Conviene observar, sin embargo, que este reproche no<br/>hubiera podido aplicarse al gerente del cortijo de Chipogán.<br/>Tomás Harcher era demasiado práctico en su ofi cio, era ser-<br/>vido por un personal demasia do inteligente, y tomaba con<br/>demasiada honradez los intereses de su amo para merecer<br/>jamás esa calificación de asesino del terreno. Su granja pas a-<br/>ba, con razón, por un modelo de explotación agronómica en<br/>una época en que la rutina hacía ley, como si la agricultura<br/>canadiense estuviese atrasada en doscientos años.<br/>El cortijo de Chipogán era, pues, uno de los mejor cu i-<br/>dados del distrito de Montreal. Los métodos de amielga i m-<br/>pedían que la tierra se empobreciese; no se contentaban con<br/>dejarla descansar en bar bechos, sino que se variaban las<br/>siembras, lo que daba excelentes resultados. En cuanto a los<br/>árboles frutales colocados en un huerto que encerraba las<br/>diversas especies que prosperan en Europa, eran podados y<br/>cuidados con esmero. Todos daban exquisitas frutas, menos<br/>el albaricoquero y el melocotonero, que dan mejores result a-<br/><br/><br/>Page No 174<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>175<br/><br/>dos en el Sur del Onta rio que en el Este de la provincia de<br/>Quebec. Pero las demás castas honra ban al arrendador, en<br/>particular los manzanos, que producen esas frutas de pulpa<br/>rojizas transparente, conocida con el nom bre de  famosas.<br/>Respecto a las legumbres y a las verduras, coles de varias<br/>clases, calabazas, melones, batatas y mirtilas de los bosques,<br/>cuyo fruto negruzco es un excelente postre, se recogía lo<br/>bastante para abastecer dos veces a la semana el mercado de<br/>Laprairie.<br/>En suma, con los centenares de fanegas de trigo y otros<br/>cereales cosechados en Chipogán, el rendimiento de las fr u-<br/>tas y de las verduras y la explotación de al gunos acres de<br/>bosque, aquel cortijo ase guraba al señor de Vaudreuil una<br/>importante renta, merced a los cu idados de Tomás Harcher<br/>y de su familia.<br/>El clima del Canadá es muy favorable para el cultivo.<br/>En vez de lluvia es nieve lo que cae desde fines de N o-<br/>viembre hasta últimos de Marzo, y ésta protege la verde a l-<br/>fombra de los prados; aquel frío, seco y vivo, e s preferible a<br/>continuos aguaceros, pues deja los caminos practicables para<br/>los trabajos del suelo. En ningún punto de la zona templada<br/>se encuentra igual rapidez en la vegetación, puesto que los<br/>trigos sembrados en Marzo están maduros en Agosto, y los<br/>pastos se siegan en Junio y en Julio; así es que, entonces c o-<br/>mo en la actualidad, si algún porvenir está asegu rado en<br/>aquel país, es sobre todo el de los agricultores.<br/>La casa y sus dependencias estaban aglomeradas en un<br/>recinto de empaliza das de unos doce  pies de altura, y una<br/>sola puerta, fuertemente ajustada a sus montantes de piedra,<br/><br/><br/>Page No 175<br/><br/>JULIO VERNE<br/>176<br/><br/>daba paso a estos edificios. Excelente precaución para los<br/>tiempos, poco remotos todavía, en que eran de temer los<br/>ataques de los indígenas, que viven ahora en buena inteligen-<br/>cia con la población rural; y hasta a dos leguas al Este, en el<br/>pueblo de Walhatta, prosperaba la tribu hurona de los<br/>mahogannis, algunos de los cuales visitaban muchas veces a<br/>Tomás Harcher para cambiar los productos de su cacería<br/>con otros del cortijo.<br/>El edificio principal se componía de una larga constru c-<br/>ción de dos pisos, un cuadrilátero regular, que contenía el<br/>número suficiente de habitaciones para la familia Harcher.<br/>Una vasta sala ocupaba la mayor parte del piso bajo, entre la<br/>cocina y la despensa por un lado, y del otro el departamento<br/>reservado especialmente para el arrendador, su mujer y los<br/>hijos más pequeños.<br/>En una esquina, en el mismo patio que se hallaba d e-<br/>lante de la casa y por detrás comunicando con el huerto, las<br/>dependencias formaban una escuadra, apoyándose en las<br/>empalizadas del recinto. En estas se encontraban las cuadras,<br/>los establos, las cocheras y los graneros. Luego se veían los<br/>corrales, en los que pululaban esos conejos de América, cuya<br/>piel, dividida en tiras y tejida, sirve para hacer una tela de<br/>mucho abrigo; y muchas de esas gallinas de los prados, ll a-<br/>madas fasanielles, que se multiplican con más abundancia en<br/>el estado doméstico que en el salvaje.<br/>La gran sala del piso bajo era sencilla, pero cómod a-<br/>mente amueblada  con enseres de fabricación americana. Allí<br/>era en donde la familia almorzaba, comía y pasaba las vel a-<br/>das. Lugar muy convenien te para los Harcher de todas las<br/><br/><br/>Page No 176<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>177<br/><br/>edades que gustaban de encontrarse juntos des pués que ha-<br/>bían concluido sus cotidianas ocupaciones. Nadie se admira-<br/>rá, pues, de que una biblioteca de libros usuales ocupase el<br/>primer lugar, y el segundo un piano, en que tocaban los d o-<br/>mingos, muchachas y muchachos, valses o rigodones france-<br/>ses, que bailaban cada cual a su vez.<br/>La explotación de este cortijo exigía, no hay que duda r-<br/>lo, un numeroso personal, y Tomás Harcher lo había e n-<br/>contrado en su propia familia, no habiendo en Chipogán ni<br/>un solo criado asalariado.<br/>Tomás Harcher tenía cincuenta años en dicha época;<br/>descendía de aquellos atrevidos pescadores que un siglo a n-<br/>tes fueron los primeros colonos de la Nueva Escocia; era,<br/>por consiguiente, de origen francés, y había nacido en Ac a-<br/>dia. Constituía el tipo perfecto del cultivador canadiense, de<br/>aquel que llaman en la campiña norteamericana, no el aldea-<br/>no, sino el habitante.<br/>Era el arrendador de Chipogán de alta estatura, y tenía<br/>los hombros anchos, lo mismo que el pecho, los miembros<br/>vigorosos, la cabeza fuerte, los cabellos ape nas tenían canas,<br/>la mirada viva, los dien tes blancos y firmes, la boca gr ande,<br/>como conviene a todo el que por causa de su trabajo nec e-<br/>sita copioso alimento, y poseía también una amable y franca<br/>fisonomía, que le atraía buenas amistades en los pueblos<br/>circunvecinos; tal era, en suma, el buen Tomás Harcher, lo<br/>que no impedía que fuera también buen patriota, enemigo<br/>implacable de los anglosajones, siempre pron to a cumplir<br/>con su deber en defensa de la patria.<br/><br/><br/>Page No 177<br/><br/>JULIO VERNE<br/>178<br/><br/>En vano hubiera buscado el arrendador en todo el valle<br/>del San Lorenzo una compañera mejor que su esposa Catal i-<br/>na, de edad entonces de cuarenta y cinco años, fuerte como<br/>su marido, y como él también joven aún de cuerpo y de espí-<br/>ritu: tenía, en verdad, algo de rudeza en las facciones y en el<br/>porte; pero era buena y trabajadora, en fin, la  madre, como él<br/>era el padre, en toda la acepción de la palabra.<br/>Ambos formaban, como vulgarmente se dice, una he r-<br/>mosa pareja, y gozaban de tan perfecta salud, que prometían<br/>contarse más adelante entre los numerosos centenarios cuya<br/>longevidad honra al clima canadiense.<br/>Hubieran podido reprochar tal vez una cosa a Catalina<br/>Harcher; mas todas las mujeres del país lo merecen como<br/>ella, si se han de creer los comentarios de la opi nión pública.<br/>En efecto, si las canadienses son buenas mujeres de gobie r-<br/>no, es con la condición de que sus maridos cuiden de la casa,<br/>hagan las camas, pongan la mesa, desplumen los pollos, o r-<br/>deñen las vacas, hagan la manteca, monden las pa tatas, en-<br/>ciendan el fuego, frieguen la vajilla, vistan a los niños, barran<br/>la casa, limpien los muebles y hagan la colada. Sin embargo,<br/>Catalina no llevaba hasta ese extremo el espíritu de domin a-<br/>ción que hace al esposo el esclavo de su mujer en la mayor<br/>parte de las casas de la colonia. No; para que seamos justos,<br/>es preciso que reconozcamos que tomaba su parte del tr a-<br/>bajo diario, y Tomás Harcher se sometía con gusto a su v o-<br/>luntad y a sus caprichos. ¡Y qué hermosa familia le ha bía<br/>dado su Catalina, desde Pedro, el patrón del Champlain, hasta<br/>el último bebé, que contaba sólo algunas semanas, cuyo bau-<br/>tizo iba a celebrarse aquel día!<br/><br/><br/>Page No 178<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>179<br/><br/>Ya es cosa sabida que en el Canadá la fecundidad de los<br/>matrimonios es extraor dinaria, pues son bastante comunes<br/>las familias en que se cuentan doce y hasta quince hijos, y las<br/>de veinte no son tampoco raras. Se citan algunas que han te-<br/>nido más de veinticinco; pero ya no son familias, sino tribus<br/>que se desarrollan bajo la influencia de costumbres patria r-<br/>cales.<br/>Si Ismael Busch, el anciano gastador de Fenimore Co o-<br/>per, uno de los persona jes de la novela  La Pradera, podía<br/>mostrar con orgullo a los siete hijo s, sin contar las hijas, na-<br/>cidos de su casamiento con la robusta Ester, ¡qué superior i-<br/>dad tenía sobre él Tomás Harcher, padre de veintiséis hijos,<br/>que gozaban de perfecta salud en el cortijo de Chipogán!<br/>Quince varones y once hembras, de todas edades, desde<br/>tres semanas hasta treinta años. De los quince varones, cua-<br/>tro casados, y de las once hembras, dos en poder de marido.<br/>De estos matrimonios habían nacido diecisiete nietos, y t o-<br/>dos ellos, incluyendo a Tomás y a su mujer, formaban un<br/>total de cincuenta y dos miembros, en línea recta, de la fami-<br/>lia Harcher.<br/>Conocemos a los cinco mayores, que eran los que co m-<br/>ponían la tripulación del  Champlain, los adictos compañeros<br/>de Juan.<br/>Inútil es perder el tiempo enumerando los nombres de<br/>los demás, o dar a cono cer la originalidad de sus caracteres;<br/>baste saber que hijos, hijas, yernos y nueras, vivían todos en<br/>el cortijo, trabajaban bajo la dirección del jefe de la familia,<br/>ocupados unos en las faenas del campo, en las que no faltaba<br/><br/><br/>Page No 179<br/><br/>JULIO VERNE<br/>180<br/><br/>que hacer, y otros en la explotación de los bosques hacían el<br/>oficio de lumbermen, no faltándoles nunca ocupación.<br/>Dos o tres de los mayores cazaban en los montes que<br/>rodeaban el cortijo, abasteciendo sin gran trabajo la inmensa<br/>mesa de familia, pues en esos territorios abundan los orignaus,<br/>los caribous, especie de rengíferos de gran talla, los bisontes,<br/>los gamos, los corzos, los antas, sin hablar de la caza menor<br/>de pelo o de pluma, ocas, ánades, chochas, perdices, s o-<br/>mormujos, becadas, codornices y gallinetas.<br/>Es cuanto a Pedro Harcher y a sus her manos, Remigio,<br/>Miguel, Tony y Santiago, en la época en que el frío les obl i-<br/>gaba a abandonar la pesca, venían a pasar el invierno al co r-<br/>tijo y se dedicaban a la caza de pieles. Se les citaba entre los<br/>más intrépidos squatters, los más infatigables corredores de<br/>bosques, y vendían pieles más o menos preciosas en los<br/>mercados de Montreal y de Quebec. En aquellos tiempos,<br/>los osos negros, los linces, los gatos silvestres, las martas, los<br/>carcajúes, los bisontes, las zorras, los castores, los ar miños,<br/>las nutrias y las ratas de almizcle no habían emigrado todavía<br/>a las comarcas del Norte, y se ganaba mucho con el come r-<br/>cio de peletería cuando no había ne cesidad de ir a buscar<br/>fortuna hasta las lejanas orillas de la bahía de Hudson.<br/>Se comprende que para albergar esa fa milia de padres,<br/>hijos y nietos, un cuartel no hubiera sobrado; y era, en efe c-<br/>to, un verdadero cuartel el edificio que dominaba con sus<br/>dos pisos las dependencias del cortijo de Chipogán. Se reser-<br/>vaban, además, algunas habitaciones para los huéspedes que<br/>de vez en cuando visitaban a Tomás Harcher, amigos del<br/>mismo con dado, arrendadores de los cortijos cerca nos al<br/><br/><br/>Page No 180<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>181<br/><br/>suyo, viajeros, es decir, marineros de esos que dirigen los tr e-<br/>nes de maderas por los afluentes del río; y, en fin, el de-<br/>partamento reservado exclusivamente al señor de Vaudreuil<br/>y a su hija cuando ve nían a visitar a la familia de su arren-<br/>dador.<br/>Y precisamente acababan de llegar aquel día, 5 de Oct u-<br/>bre. <br/>No eran solamente las relaciones de amo a dependiente<br/>las que existían entre Tomás y el dueño del cortijo, sino un<br/>recíproco afecto, amistad por una parte, adhesión sin límites<br/>por la otra, que nada había desmentido durante el transcurso<br/>da muchos años. Además, estaban ligados por la comunidad<br/>de su patriotismo, pues el arrendador, lo mismo que el amo,<br/>hubieran sacrificado gustosos su vida a la causa nacional.<br/>En aquel día la familia toda estaba re unida. Hacía tres<br/>que Pedro y sus hermanos, después de desaparejar el  Cham-<br/>plain en el muelle de Laprairie, habían venido a la alquería<br/>para pasar en ella el invierno, como lo tenían por costumbre.<br/>Sólo faltaba el hijo adoptivo, y el no menos querido de los<br/>habitantes de Chipogán.<br/>Pero se le esperaba de un momento a otro, y para que<br/>Juan faltase a aquella fiesta de familia hubiera sido preciso<br/>que el agente Rip le hubiese apresado, y la noticia de su<br/>arresto se sabría ya.<br/>Y es que Juan tenía que cumplir con un deber que est i-<br/>maba tan ineludible como Tomás Harcher.<br/>No estaba muy lejano todavía el tiempo en que el señor<br/>de la parroquia era padrino de todos los hijos de sus arren-<br/>datarios, lo que sumaba por centenares los ahijados. Pero el<br/><br/><br/>Page No 181<br/><br/>JULIO VERNE<br/>182<br/><br/>señor de Vaudreuil no había apadrinado más que dos en la<br/>descendencia de Tomás, y esta vez era Clary la que iba a ser<br/>madrina de su vigésimosexto hijo, y Juan el padrino. La j o-<br/>ven se sentía muy feliz con aquel lazo que los uniría uno a<br/>otro durante breves instantes.<br/>Y no era solamente un bautizo lo que iba a celebrarse en<br/>el cortijo de Chipogán.<br/>Cuando sus cinco hijos mayores llegaron, Tomás Ha r-<br/>cher les dijo:<br/>-Sed bien venidos, muchachos, pues llegáis en el m o-<br/>mento oportuno.<br/>-Como siempre, padre, respondió Santiago.<br/>-No, mejor que nunca; pues si estamos reunidos hoy pa-<br/>ra el bautizo del  bebé, mañana, Clemente y Cecilia harán su<br/>primera comunión, y pasado mañana se celebrará la boda de<br/>vuestra hermana Rosa con Bernardo Miquelon.<br/>-¡Qué bien se porta la familia! replicó Tony.<br/>-Si, muchachos, no anda mal, exclamó el arrendador, y<br/>¡quién sabe si todavía no os convocaré el año que viene para<br/>alguna ceremonia del mismo género!<br/>Y Tomás Harcher soltó una sonora carcajada, mientras<br/>que Catalina abrazaba a sus cinco vigorosos retoños, los<br/>primeros nacidos de ella.<br/>El bautizo no debía verificarse hasta las tres de la tarde;<br/>Juan tenía tiempo todavía de llegar antes de la hora de la<br/>ceremonia, y en cuanto se presentase, toda la familia iría en<br/>procesión hasta la iglesia parroquial, distante como una m e-<br/>dia legua.<br/><br/><br/>Page No 182<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>183<br/><br/>Tomás, su mujer, sus hijos, hijas, yernos, nueras y ni e-<br/>tos, llevaban sus mejores trajes, de los que no se despojarían<br/>regularmente en tres días. Las mujeres vestían corpiño bla n-<br/>co, saya de vistosos colores y el pelo suelto. Los muchachos<br/>habían dejado la chaqueta de trabajo y el gorro normando<br/>que usan por lo regular para ponerse el traje de los días festi-<br/>vos, que consiste en una especie de capote de tela negra, faja<br/>de colores y zapatos plegados de piel de vaca del país.<br/>La víspera, el señor y la señorita de Vaudreuil, después<br/>de atravesar el San Lorenzo, enfrente de Laprairie, en una<br/>barca que hacía este servicio, encontraron, al desembarcar, a<br/>Tomás Harcher que los esperaba con un carruaje enganch a-<br/>do con dos buenos trotones.<br/>Durante el trayecto de tres leguas que tenían que rec o-<br/>rrer para llegar al cortijo, el señor de Vaudreuil se apresuró a<br/>advertir a su arrendador que estuviese alerta, porque la pol i-<br/>cía no debía ignorar que ha bía salido de la villa Montcalm<br/>con su hija, y que era muy posible que le vigilasen de un mo-<br/>do especial.<br/>-Estaremos con cuidado, nuestro amo, respondió T o-<br/>más Harcher, en boca de quien esa locución nada tenía de<br/>servil.<br/>-¿No habéis visto hasta ahora ninguna cara sospechosa<br/>en los alrededores de Chipogán?<br/>-No; ni siquiera uno de esos  canouaches...; perdonad la<br/>palabra.<br/>-Y vuestro hijo adoptivo, preguntó Clary, ¿ha llegado ya<br/>al cortijo?<br/>-Todavía no, señorita, y esto me causa cierta inquietud.<br/><br/><br/>Page No 183<br/><br/>JULIO VERNE<br/>184<br/><br/>-¿Desde que se separó de sus compa ñeros en Laprairie<br/>no habéis tenido noticias de él?<br/>-Ninguna.<br/>Y desde que el señor y la señorita de Vaudreuil estaban<br/>instalados en las dos habitaciones más hermosas del cortijo,<br/>nada se había sabido del joven patriota.<br/>Todo estaba pronto para la ceremonia del bautizo, y si<br/>Juan no llegaba aquella tarde, no sabrían qué hacer.<br/>Tomás y Catalina hablaron entonces de ese inexplicable<br/>retraso.<br/>-¿Qué haremos si no llega antes de las tres? preguntó el<br/>arrendador.<br/>-Esperaremos, respondió sencillamente Catalina.<br/>-¿Esperar? ¿Qué?<br/>-Seguramente que no será la llegada de un vigésimo<br/>séptimo hijo, replicó la cortijera.<br/>-Tanto más, repuso Tomás, cuanto que, sin que puedan<br/>tildarnos, bien puede ser que no llegue nunca.<br/>-¡Bromead, Sr. Harcher, bromead!<br/>-¡No hago tal! Pero si Juan tardara demasiado, será n e-<br/>cesario, tal vez, pasarla sin él.<br/>-¡Pasarse sin él! exclamó Catalina. Nada de eso; y cómo<br/>tengo empeño en que sea el padrino de uno de nuestros h i-<br/>jos, esperaremos que venga para bautizar a éste.<br/>-Sin embargo; ¿y si no viniera? dijo Tomás, que no qu e-<br/>ría que el bautizo se aplazara indefinidamente. ¿Si algún ne-<br/>gocio le imposibilita para?...<br/><br/><br/>Page No 184<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>185<br/><br/>-No hagas malos pronósticos, Tomás, in terrumpió la<br/>buena mujer, y ten un poco de paciencia, ¡qué demonio! Si<br/>no se bautiza hoy, se bautizará mañana.<br/>-¡Bueno! Mañana, Clemente y Cecilia, el decimosexto y<br/>la decimaséptima, harán su primera comunión.<br/>-Pues bien, será para pasado mañana.<br/>-Pasado mañana se celebrará la boda de nuestra hija Ro-<br/>sa con el buen Bernardo Miquelon.<br/>-¡Basta ya, Tomás? Si es preciso, todo se hará a un tiem-<br/>po, porque cuando quiere la suerte que nuestro hijo tenga un<br/>padrino como Juan y una madrina como la señorita Clary, no<br/>sé por qué quieres apresurarte a darle otros.<br/>-¿Y qué dirá el señor cura, que nos espera hoy? replicó a<br/>su intratable cónyuge.<br/>-Eso corre de mi cuenta, repuso Cata lina; nuestro p á-<br/>rroco es un excelente hom bre, y además no perderá su<br/>diezmo, ni querrá disgustar a tan buenos feligreses como<br/>nosotros.<br/>El hecho es que pocos vecinos habían dado tanto que<br/>hacer al señor cura como Tomás y Catalina con sus veintiséis<br/>hijos.<br/>Sin embargo, cuanto más tiempo pasaba, más viva era la<br/>inquietud, pues si bien, la familia Harcher ignoraba que su<br/>hijo adoptivo era Juan-Sin-Nombre, el señor de Vaudreuil y<br/>su hija lo sabían, y todo lo temían para él.<br/>Así es que quisieron saber por Pedro en qué circunsta n-<br/>cias el joven patriota se había separado de sus hermanos y de<br/>él cuando abandonó el Champlain.<br/><br/><br/>Page No 185<br/><br/>JULIO VERNE<br/>186<br/><br/>-Ha desembarcado en el pueblo de Caughnawaga, re s-<br/>pondió el mayor de los hijos Harcher.<br/>-¿Qué día?<br/>-El 26 de Septiembre, a eso de las cinco de la tarde.<br/>-Entonces hace ya nueve días que se separó de vosotros,<br/>dijo el señor de Vaudreuil.<br/>-Si, nueve días cabales.<br/>-¿Y no os dijo lo que pensaba hacer?<br/>-Su intención, respondió Pedro, era visitar él condado<br/>de Chambly, adonde no había ido todavía durante nuestra<br/>campaña de pesca.<br/>-Sí, comprendo la razón que le asiste, pero siento que se<br/>haya aventurado solo en un terreno que debe de vigilar m u-<br/>cho la policía.<br/>-Quise que Santiago y Tony le acom pañasen, replicó<br/>Pedro; pero rehusó.<br/>-¿Y qué pensáis de todo esto, Pedro? preguntó la señ o-<br/>rita Vaudreuil.<br/>-Mi opinión es que Juan había formado hac e tiempo el<br/>proyecto de ir a Chambly, sin hablar de ello con nadie; y<br/>como habíamos convenido desembarcar en Laprairie para<br/>volver todos juntos al cortijo después de desaparejar el<br/>Champlain, no nos ha dicho nada hasta llegar a Caughnawaga.<br/>-Y cuando os dejó, ¿se comprometió a estar aquí para el<br/>bautizo?<br/>-Sí, señorita, respondió Pedro; sabe que tiene que ap a-<br/>drinar con vos el  bebé, y que aun cuando no fuera así, sabe<br/>también que sin su presencia la familia Har cher no estaría<br/>completa.<br/><br/><br/>Page No 186<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>187<br/><br/>Ante promesa tan formal, convenía es perar con pacien-<br/>cia. <br/>No obstante, si el día concluía sin que Juan hubiese p a-<br/>recido, los temores esta rían por demás justificados, porque<br/>para que un hombre determinado como él no viniera en el<br/>día señalado, es que la policía debía de haberse apoderado de<br/>su persona, y en ese caso el señor de Vaudreuil y su hija,<br/>demasiado lo sabían, estaba perdido sin remedio.<br/>En ese instante la puerta que daba a patio se abrió, y un<br/>salvaje apareció en el umbral.<br/>¡Un salvaje! Así se llama todavía en el Canadá a los i n-<br/>dios, hasta en los actos oficiales, como llaman también sauva-<br/>geneses a sus mujeres, que, llevan el nombre de  squaw en<br/>lengua iroquesa o hurona.<br/>Aquel salvaje era un hurón de pura raza; esto se conocía<br/>en su cara imberbe, en sus salientes y cuadrados pómulos y<br/>en sus ojos pequeños y vivos. Su alta es tatura, su mirada<br/>penetrante, el color de su piel y la disposición de su cabell e-<br/>ra, formaban el tipo perfecto de los indígenas del Oeste de<br/>América.<br/>Si bien es cierto que los indios han con servado las cos-<br/>tumbres de las antiguas tribus, el hábito de aglomerarse en<br/>sus pueblos, una tenaz pretensión en reser varse ciertos pri-<br/>vilegios que no les niega la autoridad, y una propensión natu-<br/>ral a vivir apartados de las  caras pálidas, lo es también que se<br/>han modernizado algún tanto, sobre todo en cuanto al vestido,<br/>y solamente en ciertas circunstancias es cuan do visten toda-<br/>vía su traje de guerra.<br/><br/><br/>Page No 187<br/><br/>JULIO VERNE<br/>188<br/><br/>El hurón que acababa de presentarse en la puerta del<br/>cortijo vestía, poco más o menos, según la moda canadiense,<br/>y pertenecía a la tribu de los Mahogannis, que ocupaba un<br/>pueblo de mil cuatrocientos a mil quinientos fuegos en el<br/>Norte del con dado. Esta tribu, lo hemos dicho ya, tenía<br/>ciertas relaciones con el cortijero de Chi pogán, que recibía<br/>siempre con mucha cordialidad a los que se presentaban en<br/>su casa.<br/>-¡Eh! ¿Qué se os ofrece, hurón? excla mó el cortijero,<br/>cuando el indio, después de acercarse, le dio con toda s o-<br/>lemnidad el tradicional apretón de mano.<br/>-Tomás Harcher se servirá, sin duda, responder a la pre-<br/>gunta que voy a hacerle, replicó el hurón, con esa voz gutural<br/>peculiar a los de su raza.<br/>-No tengo inconveniente en hacerlo así, contestó T o-<br/>más, si mi respuesta puede interesaros.<br/>-Mi hermano me escuchará, y hará después lo que más<br/>le convenga.<br/>Esa forma de lenguaje, en que el sal vaje no hablaba si<br/>no en tercera persona, su aire digno y su actitud para pedir,<br/>probablemente, un informe de los más senci llos, bastaban<br/>para conocer en él uno de los descendientes de las cuatro<br/>grandes naciones que poseían en otros tiempos el territorio<br/>del Norte de América, que se di vidían entonces en Algo n-<br/>quines, Hurones, Montagnais e Iroqueses, que comprendían<br/>estas diversas tribus: Mohawks, Oneidas, Onondagas, Tusca-<br/>roras, Delawares, Mohicanes, que se ven figurar más part i-<br/>cularmente en los relatos de Fenimore Cooper. En la<br/><br/><br/>Page No 188<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>189<br/><br/>actualidad no quedan más que algunos restos diseminados de<br/>aquellas antiguas razas.<br/>Después de un instante de silencio, el indio, dando a su<br/>gesto una amplitud característica, tomó de nuevo la palabra.<br/>-Según se nos ha dicho, mi hermano conoce al notario<br/>Nicolás Sagamore, de Montreal.<br/>-Tengo ese honor, hurón.<br/>-¿No debe venir aquí un día de éstos?<br/>-En verdad que sí.<br/>-¿Podría decirme mi hermano si ha llegado ya?<br/>-Todavía no, respondió Tomás Harcher. No  le espera-<br/>mos hasta mañana, para hacer el contrato de boda de mi hija,<br/>Rosa y de Bernardo Miquelon.<br/>-Doy las gracias a mi hermano por sus informes.<br/>-¿Tenéis alguna comunicación importante que hacer al<br/>Sr. Nick?<br/>-Muy importante, respondió el hurón. Mañana lo s gue-<br/>rreros de la tribu saldrán de Walhatta y vendrán a hacerle<br/>una visita.<br/>-Siempre seréis bien recibidos en el cortijo de Chipogán,<br/>respondió Tomás Harcher.<br/>Después de apretar de nuevo la mano del cortijero, el<br/>hurón se retiró con gravedad.<br/>Apenas había transcurrido un cuarto de hora desde que<br/>el indio se marchó, cuando la puerta se abrió de nuevo. Esta<br/>vez era Juan el que llegaba, y su presencia fue acogida por<br/>unánimes gritos de alegría.<br/>Tomás, Catalina, sus hijos y sus nietos se precipitaron al<br/>encuentro del joven, que necesitó algún tiempo para respon-<br/><br/><br/>Page No 189<br/><br/>JULIO VERNE<br/>190<br/><br/>der a los agasajos de toda esa buena gente, tan feliz en vo l-<br/>verle a ver. Los apretones de manos y los abrazos duraron<br/>más de cinco minutos.<br/>Como la hora apremiaba, el señor de Vaudreuil, Clary y<br/>Juan no pudieron de cirse más que unas cuantas palabras;<br/>pero puesto que habían de pasar tres días juntos en el cortijo,<br/>tendrían tiempo sobrado para hablar de sus negocios.<br/>Tomás Harcher y su mujer tenían mu cha prisa para ir a<br/>la iglesia, porque el señor cura había esperado ya bastante, y<br/>puesto que el padrino y la madrina esta ban ya reunidos, no<br/>había que demorar la partida.<br/>-¡En marcha, en marcha! gritaba Ca talina, que iba de<br/>uno a otro, riñendo y mandando a la vez. Vamos, hijo mío,<br/>dijo a Juan ofrece el brazo a la señorita Clary. ¿Y Tomás?<br/>¡En dónde está Tomás... ¡Nunca acaba!... ¡Tomás!...<br/>-¡Ya estoy aquí, mujer!<br/>-¿Llevarás tú el niño?<br/>-Está convenido.<br/>-¡Cuidado con dejarle caer!<br/>-¡No tengas miedo! He llevado ya vein ticinco al señor<br/>cura; por consiguiente, tengo costumbre...<br/>-¡Está bien! dijo Catalina cortándole la palabra. ¡En mar-<br/>cha!<br/>La comitiva salió del cortijo en el orden siguiente: T o-<br/>más Harcher iba delante con el niño en brazos y Catalina a<br/>su lado; el señor de Vaudreuil, su hija y Juan, los seguían;<br/>detrás de éstos, la familia ente ra, que comprendía tres gen e-<br/>raciones, en las que las edades estaban de tal modo en-<br/>tremezcladas, que el niño que iban a bauti zar tenía ya entre<br/><br/><br/>Page No 190<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>191<br/><br/>los hijos de sus herma nos o hermanas cierto número de s o-<br/>brinos y sobrinas de mucha más edad que él.<br/>El tiempo era bastante hermoso; sin embargo, en esa<br/>época del año la tempe ratura hubiese sido bastante baja si,<br/>en un cielo sin nubes, el sol no hubiera enviado a la tierra sus<br/>cálidos rayos.<br/>La comitiva penetró por debajo de los árboles en un s i-<br/>nuoso sendero, en cuyo final se divisaban las puntas del<br/>campanario de la iglesia. Una alfombra de ho jas secas cubría<br/>el suelo, y los colores tan variados del otoño se mezclaban<br/>en la cima de los castaños, los abedules, los robles, los olmos<br/>y los álamos, que mostraban en parte sus desnudas ramas<br/>entre los juncos, que conservaban sus verdes, penachos.<br/>Durante el trayecto, algunos arrenda dores de las cerc a-<br/>nías, amigos de Tomás, se fueron uniendo a la familia; las<br/>filas engrosaban cada vez más, y seguramente que no baj a-<br/>rían de cien personas las que llegaron a la iglesia, porque<br/>además de los mencionados, algunos forasteros, bien sea por<br/>curiosidad o porque no tuvieran otra cosa que hacer, sigui e-<br/>ron la comitiva para ver aquel bautizo.<br/>Pedro Harcher fijó su atención en uno de éstos, cuya<br/>actitud le pareció sospechosa, pues estaba cierto de que ese<br/>intruso no era del país, no habiéndole visto nunca, y hasta se<br/>le figuró que procuraba grabar en su memoria la fisonomía<br/>de los habitantes del cortijo; tanta era la fijeza con que los<br/>miraba.<br/>Pedro no se equivocaba, y tenía mucha razón en de s-<br/>confiar de aquel hombre, que era nada menos que uno de los<br/><br/><br/>Page No 191<br/><br/>JULIO VERNE<br/>192<br/><br/>polizontes que habían recibido la orden de vigilar al señor de<br/>Vaudreuil desde su salida de la villa Montcalm.<br/>Rip, lanzado sobre la pista de Juan -Sin-Nombre, que se<br/>suponía oculto en los al rededores de Montreal, había dest a-<br/>cado a este agente con expreso mandato de vigi lar, no sola-<br/>mente al señor de Vaudreuil, sino también a todos los<br/>miembros de la familia Harcher, muy conocida por sus op i-<br/>niones reformistas.<br/>El señor de Vaudreuil, su hija y Juan, que marchaban al<br/>lado unos de otros, conversaban respecto al retraso que éste<br/>había sufrido para llegar al cortijo.<br/>-Hemos sabido por Pedro, dijo Clary, que l e habéis de-<br/>jado para ir a visitar a Chambly y a las parroquias circunve-<br/>cinas.<br/>-Así es, en efecto, respondió Juan.<br/>-¿Llegáis directamente de ese punto?<br/>-No; he tenido que ir al condado de San Jacinto, de<br/>donde no he podido volver tan pronto como hubiese quer i-<br/>do, porque he tenido que dar un rodeo por la frontera...<br/>-¿Los agentes habían acaso encontrado vuestras huellas?<br/>preguntó el señor de Vaudreuil.<br/>-Sí, respondió Juan; pero he podido, sin gran trabajo,<br/>hacérselas perder una vez más.<br/>-Cada hora de vuestra vida encierra un peligro, repuso la<br/>señorita de Vau dreuil; ni un solo instante vuestros ami gos<br/>dejan de temblar por vos; desde que habéis dejado la villa<br/>Montcalm nuestras inquietudes han sido continuas.<br/>-Ese es el motivo, respondió Juan, que me hace d esear<br/>concluir cuanto antes con esta existencia que tengo que di s-<br/><br/><br/>Page No 192<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>193<br/><br/>putar sin cesar al enemigo, para obrar con él fren te a frente.<br/>¡Sí, es tiempo ya de que prin cipie la lucha; y eso no tardará,<br/>os lo aseguro! Pero, en este momento, olvidemos el porvenir<br/>por el presente; esto es como una tregua antes de la batalla.<br/>Aquí, señor de Vaudreuil, no soy más que el hijo adoptivo de<br/>esta buena y honrada familia.<br/>La comitiva había llegado, y apenas bastaría la iglesia pa-<br/>ra contener toda la gente que había seguido a la familia Ha r-<br/>cher.<br/>El párroco estaba de pie en el umbral, cerca de la m o-<br/>desta pila que servía para las ceremonias bautismales de los<br/>innumerables recién nacidos de la parroquia.<br/>Tomás Harcher presentó, no sin cierto orgullo, al vig é-<br/>simosexto retoño, nacido de su matrimonio con la no menos<br/>orgullosa Catalina.<br/>Clary de Vaudreuil y Juan se colocaron uno al lado del<br/>otro para sostener al niño mientras que el cura le ungía.<br/>-¿Cómo ha de llamarse?... pregunté.<br/>-Juan, como su padrino, respondió Tomás Harcher,<br/>tendiendo la mano al joven.<br/>Tenemos que hacer constar que las cos tumbres france-<br/>sas de antaño se conservan todavía en las ciudades y pueblos<br/>de las provincias canadienses, y particularmente en las p a-<br/>rroquias rurales; el único sueldo que percibe el clero católico<br/>es el diezmo, que se compone de la vigésimasexta parte de<br/>todos los frutos de la tierra. Y a conse cuencia de una trad i-<br/>ción curiosa y enternecedora a la vez, no es solamente de las<br/>cosechas de lo que se extrae ese diezmo.<br/><br/><br/>Page No 193<br/><br/>JULIO VERNE<br/>194<br/><br/>Así es que Tomás Harcher no se admiró cuando, acaba-<br/>da la ceremonia, el cura dijo en voz alta:<br/>-Este niño pertenece a la Iglesia, Tomás Harcher; si bien<br/>es el ahijado del pa drino y de la madrina que habéis escogi-<br/>do, es también mi pupilo. ¿No son los hi jos la cosecha del<br/>matrimonio? Pues bien; lo mismo que me da la vigésim a-<br/>sexta gavilla de trigo, pertenece también a la Iglesia vuestro<br/>vigésimosexto hijo.<br/>-Reconocemos su derecho, señor cura, respondió T o-<br/>más Harcher, y mi mujer y yo nos sometemos de buen grado<br/>a su voluntad.<br/>Llevaron entonces al niño a la casa rectoral, en donde le<br/>recibieron con gran alegría.<br/>Conforme a la tradición del diezmo, el pequeño Juan<br/>pertenecía a la iglesia, y, por lo tanto, los gastos de su crianza<br/>y de su educación eran de cuenta de la parroquia.<br/>Y cuando la comitiva se puso de nuevo en camino para<br/>volver al cortijo de Chipogán, los gritos de júbilo retumb a-<br/>ron a centenares en honor de Tomás y de Catalina Harcher.<br/><br/><br/>Page No 194<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>195<br/><br/>V<br/>EL ÚLTIMO DE LOS SAGAMORES<br/>A primera hora del siguiente día una nueva comitiva s a-<br/>lió del cortijo para ir a la iglesia, observándose el mismo r e-<br/>cogimiento a la ida y la misma alegría a la vuelta.<br/>Los adolescentes Clemente y Cecilia Harcher, el primero<br/>con su traje negro, que le hacía parecer un hombrecito, y la<br/>segunda con su vestido blanco que le daba apariencia de<br/>novia, figuraban entre los niños de los cercanos cortijos que<br/>iban a hacer su primera comunión. Si los demás habitantes<br/>no eran tan ricos en progenitura como Tomás Harcher, t e-<br/>nían, sin embargo, un número muy respetable de retoños. El<br/>condado de Laprairie era, en verdad, bendito por el Señor, y<br/>hubiera podido luchar, en cuanto a la fecundidad de sus<br/>mujeres, con los pueblos de Nueva Escocia.<br/>Aquel día Pedro no vio al forastero, cuya presencia la<br/>víspera le había causado cierta inquietud. En efecto, aquel<br/>agente se había marchado. ¿Habría sospechado algo respecto<br/>a Juan? ¿Habría ido a dar cuenta al jefe de la policía de<br/>Montreal? Pronto se sabría sin duda.<br/><br/><br/>Page No 195<br/><br/>JULIO VERNE<br/>196<br/><br/>Cuando la familia estuvo de vuelta en el cortijo, no tuvo<br/>más que sentarse para al morzar, pues todo estaba pronto,<br/>merced a las múltiples amonestaciones que Tomás Harcher<br/>había recibido de Catalina. El cortijero había tenido que<br/>ocuparse sucesivamente de la mesa, de la despensa, de la<br/>cueva y de la cocina; se entiende, con ayuda de sus hijos, que<br/>tuvieron su buena parte en los regaños maternos.<br/>-¡Bueno es que se acostumbren! solía decir Catalina.<br/>Cuando se casen sabrán lo que tienen que hacer.<br/>-¡Excelente aprendizaje, en verdad!<br/>Pero si tanto habían tenido que hacer para el almuerzo<br/>de aquel día, ¿qué sería para la comida del siguiente? Sería<br/>necesario poner una mesa para cien convida dos, por lo me-<br/>nos, contando con los pa rientes y amigos del novio, y no<br/>olvidando tampoco al notario Nick y a su segundo pasante,<br/>que se esperaban para la firma del contrato.<br/>Sería una boda sin igual, en la que To más pretendía ri-<br/>valizar con el arrendador Camacho, de cervantesca memoria.<br/>Pero eso se quedaba para el otro día, pues en el presente<br/>no se trataba mas que de hacer buena acogida al notario, que<br/>uno de los hijos Harcher tenía que ir a buscar a Laprairie a<br/>las tres en punto, con el buggie de familia.<br/>A propósito del Sr. Nick, Catalina, creyó de su deber re-<br/>cordar a su marido que aquel tenia muy buen apetito y que<br/>era a la vez muy delicado para comer, que por consiguiente<br/>no entendía (esa era su manera de amonestar a su gente), que<br/>no entendía que el bueno del notario no estu viese servido a<br/>medida de sus deseos.<br/><br/><br/>Page No 196<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>197<br/><br/>-¡Descuida! respondió el cortijero; puedes estar tranquila<br/>mi buena Catalina.<br/>-No lo estoy del todo, respondió la matrona, ni lo estaré<br/>hasta que acaben las fiestas, porque en el último momento<br/>siempre falta algo, y no lo entiendo así.<br/>Tomás Harcher se fue a sus quehaceres repitiendo:<br/>-¡Tengo una excelente mujer!... ¡Algo machacona tal vez!<br/>¡No entiendo esto!... ¡No entiende lo otro!... Y, sin embargo,<br/>no es sorda.<br/>Desde la víspera el señor de Vaudreuil y Clary habían<br/>conversado largo tiempo con Juan respecto a su viaje a tr a-<br/>vés de los condados del Bajo Canadá, y a su vez el joven<br/>patriota había sido puesto al corriente de lo que el Comité de<br/>Montcalm había hecho desde su partida. Andrés Farran,<br/>William Clerc y Vicente Hodge habían vuelto con frecuencia<br/>a la villa Mont calm, en donde el señor de Vaudreuil recibió<br/>también la visita de Sebastián Gramont, el abogado. Después<br/>éste habíase vuelto a Quebec para reunirse con los princip a-<br/>les diputados de la oposición.<br/>Después del almuerzo, que fue servido a la vuelta de la<br/>iglesia, el señor de Vau dreuil quiso aprovechar la salida de l<br/>coche que iba en busca del notario para irse a la ciudad a<br/>conferenciar con el presidente del Comité de Laprairie, vo l-<br/>viendo con el Sr. Nick para la firma del contrato de boda.<br/>La señorita de Vaudreuil y Juan le acompañaron por ese<br/>bonito camino de Chipogán, sombreado por altísimos ol-<br/>mos, y que sigue por la orilla de un ria chuelo de hermosa<br/>corriente, que es tributario del San Lorenzo.<br/><br/><br/>Page No 197<br/><br/>JULIO VERNE<br/>198<br/><br/>Anduvieron así media legua, siendo al canzados por el<br/>buggie, en el que subió el señor de Vaudreuil al lado de Pedro<br/>Harcher, y el vehículo desapareció pronto al trote rápido de<br/>los caballos.<br/>Juan y Clary volvieron entonces sobre sus pasos a través<br/>de los bosques umbríos y tranquilos, cuyos árboles estaban<br/>agrupados en la ribera. Nada estorbaba su marcha, pues las<br/>malezas y las ramitas de los matorrales en los bosques cana-<br/>dienses, en vez de arrastrarse por el suelo siempre crecen en<br/>línea recta. De cuando en cuando el hacha de un leñador<br/>retumbaba al pegar contra el tronco de añosos árboles; alg u-<br/>nos tiros se dejaban oír a lo lejos, o aparecían algunos gamos<br/>huyendo de los cazadores; pero ni éstos ni los le ñadores<br/>salían de la espesura, y en medio de una soledad profunda la<br/>señorita de Vaudreuil y Juan caminaban hacia el cortijo.<br/>Pronto iban a separarse... ¿En qué sitio volverían a ve r-<br/>se? El corazón de ambos jóvenes se apretaba pensando en su<br/>próxima separación.<br/>-¿No pensáis volver a la villa Montcalm? preguntó<br/>Clary.<br/>-La casa del señor de Vaudreuil debe de ser objeto de<br/>particular vigilancia, respondió Juan, y, en  su mismo interés,<br/>más vale que nuestras relaciones queden ignoradas.<br/>-Sin embargo, podéis encontrar un asilo en Montcalm...<br/>-No; más fácil es burlar las persecuciones en medio de<br/>una gran ciudad, y en ese caso más seguridad me ofrecerían<br/>las casas de Vicente Hodge, de Andrés Farran o de William<br/>Clerc, que la villa Montcalm...<br/>-¡Pero no mejor acogida! replicó la joven.<br/><br/><br/>Page No 198<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>199<br/><br/>-Lo sé, y nunca olvidaré que durante los pocos días que<br/>he pasado a vuestro lado, el señor de Vaudreuil y vos, señ o-<br/>rita, me habéis tratado como hijo y como hermano.<br/>-Hemos cumplido con un deber sagrado, respondió<br/>Clary. ¡Estar unidos por un mismo sentimiento patriótico es<br/>estarlo también por la sangre! Hasta me parece que siempre<br/>habéis formado parte de mi familia. Y ahora, si estáis solo en<br/>el mundo...<br/>-¡Solo en el mundo! repitió Juan inclinando la cabeza.<br/>¡Sí, solo... solo!...<br/>-Pues bien; después del triunfo de nuestra causa, nuestra<br/>morada será la vuestra. Mientras no llegue ese dichoso día,<br/>comprendo que busquéis un retiro más seguro que<br/>Montcalm; lo encontrareis con seguridad, porque ¿cuál es el<br/>canadiense que no abriría su puerta a un proscrito?...<br/>-Ninguno es capaz de tal cosa, lo sé, replicó Juan; ni n-<br/>guno tampoco sería capaz de venderme...<br/>-¡Venderos! exclamó la señorita de Vaudreuil. ¡N o!... ¡El<br/>tiempo de las traiciones se acabó! ¡Ya no se encuentra en<br/>todo el Canadá ni un Black ni un Simón Morgaz!...<br/>Este nombre, pronunciado con horror, hizo subir el r u-<br/>bor de la vergüenza a la frente del joven, que tuvo que vo l-<br/>ver la cabeza para ocultar su turbación.<br/>Clary de Vaudreuil de nada se enteró; pero al fijar de s-<br/>pués su mirada en el rostro de su compañero, vio que expr e-<br/>saba un sufrimiento tan grande, que le dijo llena de solícita<br/>inquietud:<br/>-¡Dios mío!... ¿Qué tenéis?<br/><br/><br/>Page No 199<br/><br/>JULIO VERNE<br/>200<br/><br/>-¡Nada... no es nada! respo ndió Juan. Palpitaciones que<br/>me atacan alguna que otra vez..., y durante las que parece<br/>que mi corazón va a estallar... Pero ya se acabó.<br/>Clary le miró fijamente, como para leer hasta el fondo<br/>de su pensamiento.<br/>El joven repuso entonces, para mudar el curso de una<br/>conversación tan dolorosa para él:<br/>-Lo más prudente será refugiarme en un pueblo de uno<br/>de los condados más cercanos, desde el que seguir comun i-<br/>cándome con el señor de Vaudreuil y sus amigos.<br/>-Sin alejaros mucho de Montreal, sir embargo, dijo<br/>Clary.<br/>-No, pues es muy probable que la insurrección principie<br/>en las parroquias próximas a esa ciudad. Y, además, poco<br/>importa adónde vaya yo.<br/>-El cortijo de Chipogán puede ser que sea para vos el<br/>asilo más seguro, repuso Clary.<br/>-¡Sí... tal vez!...<br/>-Sería difícil descubrir vuestro retiro en medio de la n u-<br/>merosa familia de nuestro arrendador...<br/>-Sin duda; pero si por desgracia esto sucediera, podrían<br/>resultar de ello graves consecuencias para Tomás Hacher.<br/>¡Ignora, que yo soy Juan-Sin-Nombre, cuya cabeza está pre-<br/>gonada!...<br/>-¿Creéis, pues, replicó Clary con viveza, que si lo supiera<br/>titubearía?...<br/>-No, no, repuso Juan. Sus hijos y él son buenos patri o-<br/>tas; los tengo bien pro bados durante nuestra campaña de<br/>propaganda. Pero no quisiera que Tomás Harcher fuese  víc-<br/><br/><br/>Page No 200<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>201<br/><br/>tima de su afecto por mí, y si la policía me encontrara en su<br/>casa, le apresaría. Pues bien, no: me entregaría antes.<br/>-¡Entregaros! murmuró Clary con una voz que expres a-<br/>ba dolorosamente lo que pasaba en su alma.<br/>Juan bajó la cabeza, porque comprendía demasiado bien<br/>de que naturaleza era el sentimiento a que se entregaba a<br/>pesar suyo, y el lazo que le unía más y más a Clary de Va u-<br/>dreuil. Y, sin embargo, ¿podía él amar a aquella joven? ¡El<br/>amor de un hijo de Simón Morgaz! ¡Qué opro bio! ¡Y qué<br/>traición también, puesto que no le había dicho a que familia<br/>pertenecía!... ¡No!... ¡Era preciso huir, no vol verla a ver j a-<br/>más!... Y cuando fue dueño de sí mismo, dijo:<br/>-Mañana, durante la noche, abando naré el cortijo de<br/>Chipogán y no volveré a aparecer hasta la hora de la lucha.<br/>¡Entonces ya no tendré que ocultarme!<br/>La cara de Juan, que se había animado un instante, tomó<br/>de nuevo su calma habitual.<br/>Clary le miraba con una indefinible ex presión de triste-<br/>za. Hubiera querido conocer mejor la vida del joven patriota.<br/>Pero ¿cómo interrogarle sin herirle, tal vez, con alguna pr e-<br/>gunta indiscreta?<br/>Sin embargo, después de tenderle la mano, que él ap e-<br/>nas rozó con la suya, le dijo:<br/>-Juan, perdonadme si mi simpatía para vos me hace<br/>abandonar una reserva que debiera guardar. Existe un miste-<br/>rio en vuestra vida, un pasado lleno de des gracias... ¡Juan,<br/>habéis sufrido mucho!...<br/>-¡Muchísimo! respondió el joven.<br/><br/><br/>Page No 201<br/><br/>JULIO VERNE<br/>202<br/><br/>Y como si esta confesión hubiera sido involuntaria,<br/>añadió en seguida:<br/>-¡Sí, mucho he sufrido, puesto que todavía no he podido<br/>hacer a mi país todo el bien que tiene derecho a esperar de<br/>mí! <br/>-¡El derecho de esperar de vos!... re plicó la señorita de<br/>Vaudreuil. ¡El derecho de esperar de vos!...<br/>-Sí, de mí, replicó Juan, como de to dos los canadienses,<br/>cuyo deber es sacrificarse para devolver a su país su perdida<br/>independencia.<br/>La joven comprendió cuántas angustias se ocultaban en<br/>ese arranque de pa triotismo. Hubiera querido conocerlas,<br/>participar de ellas, para suavizarlas tal vez. Pero ¿qué podía<br/>hacer ella, persistiendo Juan en no responder más que con<br/>evasivas?<br/>Sin embargo, Clary creyó poder añadir, sin faltar a la r e-<br/>serva que le imponía la situación del joven:<br/>-Juan, tengo la esperanza de que la causa nacional o b-<br/>tendrá el triunfo.<br/>Ese triunfo lo deberá, sobre todo, a vuestros sacrificios,<br/>a vuestro valor y al ardor que habéis sabido inspirar a sus<br/>partidarios. Entonces tendréis derecho a su  agradecimiento.<br/>-¡Su agradecimiento, Clary de Vaudreuil! exclamó Juan<br/>alejándose por un brusco movimiento. ¡No, jamás!<br/>-¡Jamás!... Si los franco -canadienses que habréis hecho<br/>libres, os piden que seáis su jefe...<br/>-Rehusaré.<br/>-No podréis.<br/><br/><br/>Page No 202<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>203<br/><br/>-¡Rehusaré, os digo! repitió Juan con tono tan afirmat i-<br/>vo, que Clary se quedó cortada.<br/>Entonces el joven repuso con más dulzura:<br/>-Clary de Vaudreuil, no podemos prever el porvenir; es-<br/>pero, sin embargo, que los acontecimientos favorecerán<br/>nuestra causa. Pero lo mejor que pudiera suceder me sería el<br/>sucumbir defendiéndola...<br/>-¡Sucumbir vos!... exclamó la joven cuyos ojos se llen a-<br/>ron de lágrimas. ¡Sucumbir Juan!... ¿Y vuestros amigos?<br/>-¡Amigos yo, amigos!<br/>Y su actitud era la de un miserable cubierto de oprobio<br/>ante la humanidad entera.<br/>-Juan, repuso la señorita de Vaudreuil; habéis sufrido<br/>horriblemente, y sufrís todavía. Y lo que hace vuestra situ a-<br/>ción más dolorosa es no poder... no... no querer confiaros a<br/>nadie, ni siquiera a mí, que tanta parte tomaría en vuestras<br/>penas. Pues bien; sabré esperar, y en cambio no os pido más<br/>que una cosa, y es que creáis en mi sincera amistad.<br/>-¡Vuestra amistad! murmuró Juan.<br/>Y dio algunos pasos hacia atrás, como si sólo su amistad<br/>hubiese podido empañar la honra de la joven.<br/>Sin embargo, ¿no hubiera encontrado en la intimidad de<br/>la señorita de Vaudreuil los únicos consuelos que le hubieran<br/>ayudado a soportar el peso de su ho rrible existencia? D u-<br/>rante el poco tiempo que había pasado en la villa Montcalm,<br/>su corazón se había sentido invadido por esa ardiente si m-<br/>patía que inspiraba a la joven, y que él experimentaba para<br/>ella. ¡Pero no! ¡Era imposible, desgraciado! Si algún día Clary<br/>llegara a saber de quién era hijo... ¡le rechazaría horrorizada!<br/><br/><br/>Page No 203<br/><br/>JULIO VERNE<br/>204<br/><br/>¡Un Morgaz! No le quedaba más recurso que hacer lo que<br/>había dicho a su madre en el caso en que Joann y él sobrev i-<br/>viesen a esta última tentativa: desaparecer. ¡Sí! Después de<br/>cumplir con su deber, la des honrada familia se iría lejos; tan<br/>lejos, que jamás se volvería a oír hablar de ella. Silenciosa y<br/>tristemente, Clary y Juan volvieron al cortijo.<br/>A eso de las cuatro de la tarde, un gran tumulto se oyó<br/>delante de la puerta del patio; era el coche que volvía, sal u-<br/>dado por los gritos de alegría de los convida dos; en él v e-<br/>nían, con el señor de Vau dreuil, el notario y su joven<br/>pasante.<br/>¡Qué recibimiento se hizo al amable no tario de Mo n-<br/>treal! Acogida en verdad de que era merecedor; tan felices<br/>eran por su visita en el cortijo de Chipogán.<br/>-¡Felices días, Sr. Nick, muy felices! exclamaban los hijos<br/>mayores, mientras que los medianos le daban abrazos y los<br/>pequeños se agarraban a sus piernas.<br/>-Si, amigos míos, yo soy, dijo sonriendo; yo en cuerpo y<br/>alma. Pero haya calma; no es necesario romper mi traje, para<br/>aseguraros de mi identidad.<br/>-¡Vamos, chiquillos, basta ya! exclamó Catalina.<br/>-En verdad que estoy encantado de veros y de verme<br/>también en casa de mi querido cliente Tomás Harcher.<br/>-Señor Nick, ¡qué bueno sois! os agra dezco infinito el<br/>haberos incomodado para venir aquí, respondió el cortijero.<br/>-¡Bah! De más lejos hubiera venido si hubiese sido nece-<br/>sario, hasta de más allá del fin del mundo, del sol, de las e s-<br/>trellas. ¡Sí, Tomás, de las estrellas!<br/><br/><br/>Page No 204<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>205<br/><br/>-Es demasiado honor para nosotros, señor Nick, dijo<br/>Catalina, indicando a sus once hijas que hicieran una rev e-<br/>rencia.<br/>-Y para mí un placer. ¡Ah, señora Catalina, os conserváis<br/>siempre hermosa!... Veamos. ¿Cuándo dejaréis de rejuven e-<br/>cer?<br/>-¡Nunca, nunca! exclamaron a una los quince hijos de la<br/>arrendadora.<br/>-Es preciso que os dé un abrazo, se ñora Catalina, repu-<br/>so el Jovial notario: ¿Me lo permitís? dijo a Tomás después<br/>de haber aplicado dos sonoros besos en las mejillas de su<br/>vigorosa esposa.<br/>-Todos los que queráis, respondió el cortijero, y más<br/>aún, si así os place.<br/>-Ahora te toca A ti, Lionel, dijo el se ñor Nick dirigién-<br/>dose a su pasante. Abraza a la señora Catalina.<br/>-Con mucho gusto, respondió el joven, que recibió dos<br/>abrazos a cambio del suyo.<br/>-Vaya, repuso el notario, espero que será muy alegre la<br/>boda de la encantadora Rosita, que tantas veces he tenido en<br/>mis rodillas cuando era niña. ¿En dónde está?<br/>-Aquí estoy, Sr. Nick, respondió la joven, rebosando<br/>salud y buen humor.<br/>-Sí, en verdad, es encantadora, repi tió el notario; dema-<br/>siado encantadora para que no la bese en ambos carrillos,<br/>dignos del nombre que lleva.<br/>Y así lo hizo; pero esta vez con gran pesar de Lionel,<br/>que no fue invitado a participar de esa buena suerte.<br/><br/><br/>Page No 205<br/><br/>JULIO VERNE<br/>206<br/><br/>-¿En d ónde está el novio? preguntó en tonces el Sr.<br/>Nick. ¿Habrá olvidado acaso que se firma hoy el contrato?<br/>¿Dónde está el novio, dónde está?<br/>-Presente, respondió Bernardo Miquelon.<br/>-¡Ah, hermoso muchacho! ¡Bien plan tado, exclamó. De<br/>buena gana le abrazaría también para concluir...<br/>-Hacedlo, si así os place, Sr. Nick, respondió el joven<br/>abriendo los brazos.<br/>-Bueno, respondió el notario sacudien do la cabeza; me<br/>parece que Bernardo Miquelon tendrá más placer en recibir<br/>un abrazo de Rosita que dos de los míos. Por lo tanto, m u-<br/>chacha, abraza muy fuerte a tu futuro marido, de mi parte.<br/>Lo que Rosa, algo confusa, hizo con aplauso de toda la<br/>familia.<br/>-¡Eh! Ahora que me acuerdo, exclamó Catalina. Debéis<br/>necesitar tomar algo, señor Nick, y vuestro pasante también.<br/>-Tengo mucha sed, mi buena Catalina.<br/>-Muchísima es la mía también, añadió Lionel.<br/>-Vamos, Tomás, ¿qué haces ahí mirándonos? Corre a la<br/>despensa y trae un buen toddy para el Sr. Nick y otro para ese<br/>joven. ¡Habré de decírtelo otra vez!...<br/>No; una sola bastaba, pues el cortijero echó a correr h a-<br/>cia la despensa, seguido de dos o tres de sus hijas.<br/>Mientras preparaban el refresco, el señor Nick, que aca-<br/>baba de ver a Clary de Vaudreuil, se acercó a ella.<br/>-Querida señorita, la dijo, en la última visita que os  hice<br/>en Montcalm, nos citamos para el cortijo de Chipogán, y soy<br/>en extremo feliz...<br/><br/><br/>Page No 206<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>207<br/><br/>La frase del notario fue interrumpida por una exclam a-<br/>ción de Lionel, cuya sor presa era muy natural, porque se<br/>encontró de pronto enfrente del joven descono cido que<br/>algunas semanas antes había acogido con tanta benevolencia<br/>sus ensayos poéticos.<br/>-Si no me equivoco, sois el señor... el señor... repetía.<br/>El señor de Vaudreuil y Clary es mi raron, dominados<br/>por viva inquietud. ¿Cómo era que Lionel conocía a Juan? Y<br/>si lo conocía, ¿sabría acaso lo que la fami lia Harcher ignora-<br/>ba todavía, es decir, que aquel huésped del cortijo de Chip o-<br/>gán fuese Juan-Sin-Nombre, perseguido por los agentes de<br/>Gilberto Argall?<br/>-En efecto, dijo el notario volviéndose hacia el joven<br/>patriota. Os reconozco, ca ballero, hemos viajado juntos al<br/>principio del mes de Septiembre, un día que mi pasante y yo<br/>tomamos el coche para irnos a la villa Montcalm.<br/>-No os equivocáis, Sr. Nick, respon dió Juan; y con mu-<br/>cho gusto, creedlo, os vuelvo a ver aquí, en compañía de<br/>nuestro joven poeta...<br/>-¡Cuya poesía ha sido premiada con una mención hon o-<br/>rífica por la Lira Amical! exclamó el notario. Tengo decidida-<br/>mente la honra de poseer en mi estudio un poeta para embo-<br/>rronar mis actas.<br/>-Recibid mi más cumplida enhorab uena, mi joven am i-<br/>go, dijo Juan. No he olvidado vuestro encantador estribillo:<br/>Nacer contigo, loquilla llama;<br/>morir contigo, fuego fatuo.<br/><br/><br/>Page No 207<br/><br/>JULIO VERNE<br/>208<br/><br/>-¡Ah! ¡Mil gracias, caballero! respon dió Lionel, muy o r-<br/>gulloso por los elogios que le valían esos dos versos, impr e-<br/>sos en la memoria de un inteligente.<br/>Oyendo este cambio de corteses pala bras, el señor y la<br/>señorita de Vaudreuil se tranquilizaron respecto al joven<br/>proscrito.<br/>El notario les refirió entonces en qué circunstancias se<br/>habían encontrado en el camino de Montreal a la isla de J e-<br/>sús. Juan fue presentado como hijo adoptivo de la familia<br/>Harcher, y la explicación acabó con sendos apretones de<br/>manos por ambas partes.<br/>Catalina seguía gritando con voz imperiosa:<br/>-¡Vamos, Tomás, vamos!... ¿Acabarás? ¿Cuándo vas a<br/>traer esos dos  toddys?... ¿Quieres que el Sr. Nick y el joven<br/>Lionel se mueran de sed?<br/>-Ya voy, Catalina, ya voy, respondió el cortijero. No te<br/>impacientes, mujer.<br/>Y Tomás, apareciendo en el umbral, invitó al notario a<br/>pasar al comedor.<br/>Si el Sr. Nick no se hizo rogar, tampoco Lionel.<br/>Ambos tomaron asiento en la mesa, provista de bonitas<br/>tazas y de servilletas de sin igual blancura, refrescaron con el<br/>toddy, agradable bebida compuesta de ginebra, azúcar y c a-<br/>nela, a la que acompañaban dos soberbias tostadas. Este<br/>piscolabis les permitiría esperar la hora de la comida.<br/>Después, cada cual se ocupó de los últimos preparativos<br/>para la gran fiesta del siguiente día, que daría que hablar m u-<br/>cho tiempo, sin duda, en el cortijo de Chipogán.<br/><br/><br/>Page No 208<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>209<br/><br/>El notario iba de uno a otro, teniendo una palabra am a-<br/>ble para cada cual, mientras el señor de Vaudreuil, Clary y<br/>Juan hablaban de cosas más serias, paseándose debajo de los<br/>árboles del jardín.<br/>A las cinco de la tarde, parientes y convidados se reunie-<br/>ron en la gran sala para la firma del contrato de boda. No<br/>tenemos por qué decir que el Sr. Nick era quien iba a pres i-<br/>dir esa importante ceremonia, en la que desplegaría toda la<br/>dignidad y gracia notarial de que era capaz.<br/>En aquel momento, diversos regalos fueron entregados<br/>a los futuros esposos, pues todos los hermanos y cuñados<br/>habían comprado algo en provecho de Rosa Harcher y de<br/>Bernardo Miquelon. Tanto las alhajas como los utensilios<br/>para uso más práctico, bastarían con seguridad para empezar<br/>la vida matrimonial. Además, aun cuando Rosa sería en ade-<br/>lante la señora de Miquelon, no por eso pensa ba en dejar el<br/>cortijo. Bernardo y los hi jos, que seguramente no faltarían,<br/>era un nuevo personal que sería bien acogido en la morada<br/>de los Harcher.<br/>Los presentes de más valor fueron ofre cidos por el s e-<br/>ñor y la señorita de Vaudreuil. Para Bernardo Miquelon, una<br/>carabina de caza que hubiera podido rivali zar con el arma<br/>favorita de Media de Cue ro, y para Rosita, un collar que la<br/>hizo parecer más encantadora todavía.<br/>En cuanto a Juan, entregó a la herma na de sus bravos<br/>compañeros un cofrecillo provisto de todos esos finos ens e-<br/>res de costura, de bordar en blanco y en tapicería, que hacen<br/>las delicias de una mujer trabajadora.<br/><br/><br/>Page No 209<br/><br/>JULIO VERNE<br/>210<br/><br/>Y a cada nuevo regalo los gritos de sor presa se unían a<br/>los aplausos que retum baban en la sala, y que llegaron a su<br/>colmo cuando el Sr. Nick colocó solemne mente en el dedo<br/>de los novios el anillo de desposados, que él había comprado<br/>en casa del mejor joyero de Montreal, y cuyo círculo de oro<br/>llevaba grabado el nombre de Rosa y de Bernardo.<br/>Después leyó el contrato en alta o inte ligible voz; como<br/>se dice en estilo notarial. Los concurrentes se enternecieron<br/>algún tanto cuando el Sr. Nick dio parte de que el señor de<br/>Vaudreuil, para demostrar su afecto a Tomás Har cher, y en<br/>recompensa de sus buenos servicios, añadía una suma de<br/>quinientas piastras al dote de la novia.<br/>¡Quinientas piastras cuando, medio si glo antes, una j o-<br/>ven provista de un dote de cincuenta pesetas pasaba en las<br/>provincias canadienses por un magnifico partido!<br/>-Ahora, mis buenos amigos, dijo el notario, vamos a<br/>proceder a la firma del contrato; los novios los primeros,<br/>después los padres, luego el señor, de Vaudreuil y su hija; los<br/>demás...<br/>-Todos, todos firmaremos, exclamaron con tal alboroto,<br/>que el Sr. Nick se quedó ensordecido:<br/>Y entonces, grandes y pequeños, pa rientes y amigos,<br/>fueron uno tras otro a poner su rúbrica en el acta que aseg u-<br/>raba el porvenir de los jóvenes cónyuges.<br/>Esto necesitó bastante tiempo, pues ade más de las f a-<br/>milias de los contrayentes, bastante numerosas, los que p a-<br/>saban por delante del cortijo, atraídos por la algaza ra,<br/>entraban y firmaban también el acta, a la que sería preciso<br/>añadir pliegos sin fin, por poco que aquello continuase. ¿Y<br/><br/><br/>Page No 210<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>211<br/><br/>por qué no hubiera acudido todo el pueblo en masa, y ta m-<br/>bién todo el condado, puesto que Tomás Harcher ofrecía a<br/>la elección de los firmantes las bebidas más variadas, cok-tails,<br/>vight caps, tom-jerries, hot -scotchs, y sobre todo ese  whisky que<br/>corre tan naturalmente por las gargan tas canadienses, como<br/>el San Lorenzo hacia el Atlántico?<br/>El Sr. Nick se preguntaba, pues, cuán do acabaría la c e-<br/>remonia, lo cual no era impedimento para que ese hombre<br/>dignísimo y en extremo alegre, dirigiese una broma a cada<br/>cual mientras que Lionel pasaba la pluma de uno a otro, h a-<br/>ciendo observar que pronto habría que tomar una nueva,<br/>pues aquella se usaba con la interminable firma, que se ala r-<br/>gaba más y más.<br/>-¿No hay más? preguntó el Sr. Nick.<br/>-Aún quedan por firmar, exclamó Pe dro Harcher, que<br/>habíase adelantado hasta el umbral para ver si pasaba alguien<br/>por el camino.<br/>-¿Quién viene todavía? preguntó el notario.<br/>-Una tribu de hurones.<br/>-¡Que entren, que entren! replicó el señor Nick. Sus fi r-<br/>mas honrarán a los novios. ¡Qué contrato, amigos míos, qué<br/>contrato! ¡Centenares he escrito durante mi vida, pero ni n-<br/>guno ha reunido en su última hoja el nombre de tanta buena<br/>gente!<br/>En aquel momento los salvajes apare cieron y fueron<br/>acogidos por alegres gritos de bienvenida. No fue necesario<br/>invitarlos para qué entrasen en el patio, porque allí era adon-<br/>de venían, en número de unos cincuenta entre hombres y<br/>mujeres. Entre ellos, Tomás Harcher conoció al que se había<br/><br/><br/>Page No 211<br/><br/>JULIO VERNE<br/>212<br/><br/>presentado la víspera para preguntar si el Sr. Nick se hallaba<br/>en el cortijo.<br/>¿Por qué habían salido aquellos hurones de Walhatta, su<br/>pueblo? ¿Por qué venían con gran ceremonia a visitar al no-<br/>tario de Montreal?<br/>Era por un motivo de suma importan cia, que pronto<br/>conoceremos.<br/>Estos hurones ostentaban su traje de guerra, cosa que<br/>no hacen sino en ocasiones solemnes. Su cabeza iba adorna-<br/>da con plumas multicolores; sus largos y espesos cabellos<br/>flotaban sobre sus hombros, de los que caía el manto de lana<br/>de vivísimos colores; llevaban en el torso una casaca de piel<br/>de gamo, y los pies envueltos en cue ro original; todos iban<br/>armados con esos largos fusiles que, desde hace muchos<br/>años, han reemplazado en las tribus indias al arco y la flecha<br/>de sus antepasados. Pero, sin embargo, el hacha tradicional,<br/>el tomahawk de guerra, pendía siempre de la correa de fibra<br/>de corteza de árbol que les ceñía la cintura.<br/>Además, un detalle que acentuaba, toda vía más la gr a-<br/>vedad del asunto que los traía al cortijo de Chipogán, es que<br/>una capa de pintura fresca aún cubría su rostro. El azul, el<br/>negro de humo y el bermellón ponían un extraño relieve a su<br/>nariz aguileña, a su boca grande, adornada con dos filas de<br/>dientes encorvados y regula res, a sus pómulos salientes y<br/>cuadrados, a sus ojos pequeños y vivos, cuya negra órbita<br/>relucía como una brasa.<br/>A esta comisión de la tribu se habían unido algunas<br/>mujeres de Walhatta, sin duda las más jóvenes y lindas entre<br/>las Mahogannias. Estas  squaws llevaban un corpiño de tela<br/><br/><br/>Page No 212<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>213<br/><br/>bordada, cuyas mangas dejaban en descubierto el antebrazo;<br/>una falda de deslumbrantes colores y  mitasses en cuero de<br/>caribou, guarnecidos de púas de erizo, y atadas en las pie r-<br/>nas; y sus pies, cuya pequeñez hubiera podido envidiar una<br/>francesa, iban aprisionados en unos suaves mocassins, adorna-<br/>dos con cuentas de vidrio de diferentes colores.<br/>Estos indios habían doblado, si es posi ble, el aire de<br/>gravedad peculiar en ellos.<br/>Avanzaron ceremoniosamente hasta el umbral de la sala<br/>en que se hallaban el señor y la señorita de Vaudreuil, el n o-<br/>tario, Tomás y Catalina Harcher, mientras que los demás<br/>concurrentes se amontonaban en el patio.<br/>Y entonces el que parecía jefe de esa tropa, un hurón de<br/>alta estatura, de unos cincuenta años de edad, teniendo en la<br/>mano una capa da fabricación indígena, dijo con voz grave al<br/>arrendador:<br/>-¿Nicolás Sagamore está en el cortijo de Chipogán?<br/>-Está, respondió Tomás Harcher.<br/>-¡Aquí estoy! exclamó el notario, muy sorprendido por<br/>aquella visita hecha a su persona.<br/>El hurón se volvió entonces hacia él, levantó fieramente<br/>la cabeza, y con tono todavía más imponente dijo:<br/>-¡El jefe de nuestra  tribu acaba de ser llamado por el<br/>gran Wacondah, el Mitsimanitou de nuestros padres! ¡Cinco<br/>lunas hace ya que recorre los felices territorios de las cac e-<br/>rías! ¡El heredero directo de su sangre es ahora Nicolás, el<br/>último de los Sagamores, y a él pertenece en adelante el d e-<br/>recho de enterrar el tomahawk de paz o de desenterrar el h a-<br/>cha de guerra!<br/><br/><br/>Page No 213<br/><br/>JULIO VERNE<br/>214<br/><br/>Un largo silencio, producido por la estupefacción, ac o-<br/>gió esta inesperada aren ga. Bien se sabía en el país que el<br/>señor Nick era hurón de origen, y que descen día de los<br/>grandes jefes de la tribu de los Mahogannis; pero nadie, h u-<br/>biera podido figurarse nunca, y él menos que nadie, que el<br/>orden hereditario le llamase para tomar el mando de una<br/>tribu india.<br/>En medio del silencio, que ninguno de los presentes se<br/>había atrevido a interrumpir, el indio prosiguió en estos té r-<br/>minos:<br/>-¿Cuándo querrá mi hermano venir a sentarse al fuego<br/>del Gran Consejo de su tribu, revistiéndose con el manto<br/>tradicional de sus antepasados?<br/>El que llevaba la palabra en nombre de la Comisión no<br/>dudaba, en modo alguno, de que aceptara el notario de<br/>Montreal el mando que se le ofrecía, y lo presentaba el<br/>manto mahoganni.<br/>Y como el Sr. Nick, no sabiendo lo que le pasaba, no se<br/>decidía a contestar, se oyó una exclamación, a la que se unie-<br/>ron otras cincuenta a la vez:<br/>-¡Honor! ¡Honor a Nicolás Sagamore!<br/>Lionel, el joven pasante, era el que ha bía dado ese grito<br/>de entusiasmo. Estaba orgulloso por lo que la sucedía a su<br/>principal, pensando que el brillo de su posición recaería a l-<br/>gún tanto sobre sus pasantes, en particular, sobre él; y al e-<br/>grándose con la idea de que marcharía en adelante al lado del<br/>gran jefe de los Mahogannis, no pudo contenerse y vitoreó a<br/>su principal.<br/><br/><br/>Page No 214<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>215<br/><br/>El señor de Vaudreuil y su hija no pudieron disimular<br/>una sonrisa viendo la cara estupefacta del notario. ¡Pobre<br/>hombre! Mientras que el cortijero, su mujer, sus hijos y sus<br/>amigos le felicitaban sinceramente, no sabía a quién atender.<br/>Entonces el indio preguntó de nuevo, y de un modo<br/>que no daba lugar a dudas:<br/>-¿Consiente Nicolás Sagamore en seguir a sus hermanos<br/>al wigwam de Walhatta?<br/>El Sr. Nick se quedó con la boca abierta, pues de ni n-<br/>guna manera pensaba en dejar su notaría para ir a reinar s o-<br/>bre una tribu hurona, y, por otra parte, no quería herir con<br/>una negativa la susceptibilidad de los indios de su misma<br/>raza, que le llamaban a tal honra por derecho de sucesión.<br/>-Mahogannis, dijo por fin, yo no esperaba... ¡No soy<br/>digno, en verdad!... ¡Comprendedme... amigos míos... no<br/>estoy aquí sino como notario!...<br/>Balbuceaba, buscaba las palabras, y no encontraba nada<br/>concreto que responder.<br/>Tomás Harcher vino a apoyarle.<br/>-Hurones, dijo: el Sr. Nick es aquí notario, por lo menos<br/>hasta que termine la ceremonia del casamiento. Si le convi e-<br/>ne después dejar el cortijo de Chipogán para volver con sus<br/>hermanos a Walhatta, queda en libertad para hacerlo.<br/>-¡Sí... eso es, después de la boda! exclamaron los conc u-<br/>rrentes, que querían a toda costa que se quedara el notario.<br/>El hurón movió suavemente la cabeza, y después de<br/>tomar el parecer de los demás diputados, dijo:<br/><br/><br/>Page No 215<br/><br/>JULIO VERNE<br/>216<br/><br/>-Mi hermano no puede titubear; la san gre de los Maho-<br/>gannis, que corre por sus venas, le impone derechos y deb e-<br/>res que no querrá desatender...<br/>-¡Derechos... derechos... pase! murmuró el Sr. Nick. ¡Pe-<br/>ro deberes!...<br/>-¿Acepta mi hermano? respondió el indio.<br/>-¡Si acepta!... exclamó Lionel: ¡ya lo creo! Y para dar fe<br/>de sus sentimientos, es preciso que se revista al instante con<br/>el manto real de los Sagamores.<br/>-¡Este imbécil no se callará! repetía entre dientes el nota-<br/>rio. <br/>Y con mucho gusto hubiera calmado con un puntapié el<br/>entusiasmo intempestivo de su pasante.<br/>El señor de Vaudreuil comprendió que el Sr. Nick no<br/>quería más que ganar tiem po; así es que, dirigiéndose al i n-<br/>dio, le dijo que, de seguro, el descendiente de los Sagamores<br/>no pensaba en sustraerse a los deberes que le imponía su<br/>nacimiento, pero que necesitaba algunos días, tal vez algunas<br/>semanas, para arreglar sus negocios en Montreal, y que, por<br/>lo tanto, no convenía apremiarle.<br/>-Esto es obrar con cordura, respondió el hurón; y<br/>puesto que mi hermano acep ta, reciba, pues, como prenda<br/>de su compromiso, el tomahawk del gran jefe, llamado por el<br/>Wacondah para cazar en las felices praderas, y que le coloque<br/>en su cintura.<br/>EL Sr. Nick tuvo que tomar el arma fa vorita de las tri-<br/>bus indias, y completamen te aturrullado, no teniendo cint u-<br/>rón, se lo colocó en el hombro de un modo lastimoso.<br/><br/><br/>Page No 216<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>217<br/><br/>La diputación hizo oír entonces el ¡ hugh! tradicional de<br/>los salvajes de Far -West, especie da aclamación afirmativa,<br/>usada en el lenguaje indio.<br/>Aun cuando su principal le pareciera en extremo contra-<br/>riado por una situación que no daría poco que reír en el c o-<br/>legio de los notarios canadienses, Lionel no cabía en el de<br/>alegría, porque su natura leza poética le hacía entrever que<br/>sería llamado un día a  celebrar, en versos líricos, los altos<br/>hechos de los Mahogannis y el canto de guerra de los Sag a-<br/>mores; sin embargo, le asaltaba el temor de no encon trar un<br/>consonante a tomahawk.<br/>Los hurones iban a retirarse, aun cuando sintieran que el<br/>Sr. Nick, teniendo que llenar sus funciones de notario, no sa-<br/>liera del cortijo con ellos, cuando Catalina tuvo una idea, que<br/>no le agradeció seguramente el descendiente de los Sagam o-<br/>res. <br/>-Mahogannis, dijo la buena mujer: una boda es la que<br/>nos reúne aquí a parientes y amigos. ¿Queréis quedaros en<br/>compañía de vuestro nuevo jefe? Os ofrecemos con gusto la<br/>hospitalidad, y mañana tomaréis parte en el festín en que<br/>Nicolás Sagamore ocupará el sitio de honor.<br/>Atronadores aplausos estallaron después que Catalina<br/>Harcher formuló esta invita ción; aplausos que se prolong a-<br/>ron a porfía cuando los indios aceptaron el convite que se les<br/>ofrecía con tanta amabilidad.<br/>Tomás Harcher no tenía más que añadir unos cincuenta<br/>cubiertos a la mesa; pero esto no ofrecía inconveniente alg u-<br/>no, porque la sala era tan vasta, que bastaba y aun sobraba<br/>para contener ese aumento de convidados.<br/><br/><br/>Page No 217<br/><br/>JULIO VERNE<br/>218<br/><br/>El Sr. Nick, no pudiendo evitarle, tuvo que resignarse y<br/>recibir el abrazo de los guerreros de su tribu, que de buena<br/>gana hubiera enviado a todos los demonios.<br/>Al anochecer, muchachos y muchachas se pusieron a<br/>bailar toda suerte de  gigues, como se decía entonces en el<br/>Canadá, y en particular los corros, acompañados de este al e-<br/>gre estribillo: <br/>Bailemos en redondo,<br/>dondo, dondo;<br/>bailemos en redondo;<br/>y también los  scotch-reelo, de origen es cocés, tan en boga a<br/>principios del siglo.<br/>Y de este modo terminó el segundo día de fiesta en el<br/>cortijo de Chipogán.<br/><br/><br/>Page No 218<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>219<br/><br/>VI<br/>EL FESTÍN<br/>El gran día había llegado ya: el último de las consecut i-<br/>vas fiestas de bautizo; pri mera comunión y casamiento, que<br/>habían llenado de alegría a los hospedados en Chipogán.<br/>El enlace de Rosa Harcher y de Bernar do Miquelon,<br/>después de verificarse civilmente por la mañana; se celebraría<br/>seguidamente en la iglesia, y por la tarde la comida d e boda<br/>reuniría a los convidados, cuyo número se había aumentado<br/>considerablemente por circunstancias ya conocidas.<br/>Y en verdad que era hora que todo aca bara; porque si<br/>no, hubiera podido suce der que todos los habitantes del<br/>condado de Laprairie, y aun del distrito de Mon treal; hubie-<br/>sen ocupado un sitio en la hospitalaria mesa de Tomás Ha r-<br/>cher.<br/>Al día siguiente los invitados se separarían. El señor y la<br/>señorita de Vau dreuil volverían a la villa Montcalm; Juan<br/>abandonaría el cortijo, para no aparecer ya sino el día en que<br/>tuviera que capitanear al partido reformista; en cuanto a sus<br/>compañeros del  Champlain, continuarían con su oficio de<br/><br/><br/>Page No 219<br/><br/>JULIO VERNE<br/>220<br/><br/>cazadores, corredores de los bosques, que ejercían, como<br/>hemos dicho ya, en la estación invernal, esperando la hora de<br/>unirse a su hermano adoptivo, mientras que la familia pros e-<br/>guiría los acostumbrados trabajos del cortijo. Los hurones<br/>irían a preparar en Walhatta la entrada triunfal de Nicolás<br/>Sagamore para el día en que por vez primera éste fuera a<br/>fumar el calumet en el hogar de sus antepasados.<br/>Según hemos visto ya, el Sr. Nick se hallaba poco sati s-<br/>fecho de los homenajes que se le prodigaban, estando muy<br/>decidido a no abandonar su estudio de notario para ocupar<br/>el sitio de jefe de tribu; había hablado en este sentido con el<br/>señor de Vaudreuil y con Tomás Harcher. El buen hombre<br/>estaba de tal modo pasmado por lo que le sucedía, que era<br/>muy difícil no reírse de aquella aventura.<br/>-No os riáis así, repetía sin cesar. ¡Bien se conoce que no<br/>tenéis vosotros un trono pronto a abrirse bajo vuestros pies!<br/>-Amigo Nick, no hay que tomarlo en serio, respondía el<br/>señor de Vaudreuil.<br/>-Dadme un medio para evitarlo.<br/>-Esas buenas gentes no insistirán en sus pretensiones<br/>cuando se convenzan de que no os apresuráis a ir al wigwam<br/>de los Mahogannis.<br/>-¡Ah, qué poco los conocéis! exclama ba el señor Nick;<br/>¡no insistir ellos! Pues son capaces de ir a buscarme en Mon-<br/>treal... harán demostraciones de que no podré escapar... sitia-<br/>rán mi puerta... y ¿qué dirá mi vieja Dolly?... ¡Ya veréis cómo<br/>concluiré por pasearme con  mocassins en los pies y con pl u-<br/>mas en la cabeza!<br/><br/><br/>Page No 220<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>221<br/><br/>Y el excelente notario, que ninguna gana tenía de reír,<br/>acababa por participar de la hilaridad de sus interlocutores..<br/>Pero con su pasante sí que se ponía fu rioso; pues, por<br/>pura malicia, Lionel le trataba como si hubiese aceptado<br/>formalmente la sucesión del difunto hurón. Ya no le llamaba<br/>Sr. Nick, no le hablaba sino en tercera persona, usando el<br/>enfático lenguaje de los indios, y según conviene a todos los<br/>guerreros de las Praderas, le había dado a escoger entre los<br/>apodos de Cuerno de orinal o de Lagarto sutil, que bien valían los<br/>de halcón o Larga Carabina.<br/>A eso de las once de la mañana se formó en el patio del<br/>cortijo la comitiva que debía acompañar a los nuevos esp o-<br/>sos a la iglesia, cosa bien digna de inspirar al joven poeta, si<br/>la musa de Lionel no le hubiese arrastrado en adelante a más<br/>altas poesías.<br/>A la cabeza marchaban Bernardo Miquelon y Rosa Har-<br/>cher, agarrada la una del dedo meñique del otro, ambos e n-<br/>cantadores y radiantes de alegría. Detrás de éstos el señor y<br/>la señorita de Vaudreuil, al lado de Juan; después los parie n-<br/>tes más próximos, padres, madres, hermanos, hermanas, y,<br/>por fin, el Sr. Nick y su pa sante, escoltados por los mie m-<br/>bros de la diputación hurona.<br/>El notario no había podido sustraerse a ese honor, no<br/>faltándole, con gran pesar de Lionel, más que el traje indíg e-<br/>na, lo pintarrajado del torso y los dibujos de la cara, para<br/>representar dignamente la raza de los Sagamores.<br/>La ceremonia se verificó con toda la pompa correspo n-<br/>diente a la posición que la familia Harcher ocupaba en el<br/>país. Las campanas tocaron a vuelo, hubo mucho canto,<br/><br/><br/>Page No 221<br/><br/>JULIO VERNE<br/>222<br/><br/>mucho rezo, muchas detonaciones de armas de fuego, y en<br/>ese ruidoso concierto de tiros los hurones hicieron su parte<br/>con un a propósito y un conjunto tal, que hubieran merecido<br/>los aplausos de Nataniel Bumpoo, el célebre amigo de los<br/>mohicanos.<br/>Luego la comitiva llegó al cortijo procesionalmente, Ro-<br/>sa Miquelon del brazo de su marido, sin que ningún inc i-<br/>dente desagradable viniera a turbar la alegría de aquella<br/>familia.<br/>Al llegar a casa de Tomás Harcher, cada cual se fue por<br/>donde mejor le convino, teniendo el Sr. Nick algún trabajo<br/>para separarse de sus hermanos Mahogannis, para ir a resp i-<br/>rar más a gusto en la sociedad de sus amigos de raza can a-<br/>diense; y más aburrido que nunca, no cesaba de repetir el<br/>señor de Vaudreuil:<br/>-¡En verdad que no sé cómo desembarazarme de estos<br/>salvajes!<br/>Mientras cada cual se divertía a su manera, si alguno<br/>estuvo en extremo ocupado, regañado desde las doce a las<br/>tres, hora en que había de servirse la comida de boda co n-<br/>forme a las antiguas costumbres, ese fue el buen Tomás<br/>Harcher; pues si bien Catalina y sus hijas se apresuraron a<br/>prestarle ayuda, los cuidados que ofrecía un festín de aquella<br/>importancia no le dejaron un minuto de reposo. Y, en efe c-<br/>to, no sólo era preciso contentar muchos estómagos, sino<br/>que era necesario satisfacer gustos muy diferentes; así es que<br/>el menú comprendía la variedad ordinaria, y extraordinarios<br/>de los manjares que produce el suelo canadiense.<br/><br/><br/>Page No 222<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>223<br/><br/>En la inmensa mesa, en la que ciento cincuenta conv i-<br/>dados iban a sentarse, estaban dispuestas otras tantas cuch a-<br/>ras y tenedores envueltos en blanquísima servilleta, y un vaso<br/>de metal. Ningún cuchillo se veía allí, por la sencillísima r a-<br/>zón de que cada cual había de usar su navaja; tampoco había<br/>pan, pues la galleta amasada con azúcar de arce es la única<br/>admitida en las comidas de boda. Manjares cuya nomencl a-<br/>tura vamos a indicar, unos fríos, estaban colocados ya en la<br/>mesa, mientras que los calientes se servirían uno después de<br/>otro.<br/>En primer lugar, se sirvieron soperas llenas de hirviente<br/>sopa, que despedía gratísimo olor; después pescados fritos o<br/>cocidos cogidos en las aguas del San Lorenzo y de los lagos,<br/>truchas, salmones, anguilas, carpas, peces blancos, sábalos,<br/>touradis y  maskinongis; patos, pichones, codornices, chochas,<br/>becadas, guisos de ardillas; después, como platos de más<br/>resistencia, pavos, gansos, avutardas, aves engordadas en el<br/>corral del cortijo, unas doradas en el vivo fuego de los as a-<br/>dores, otras nadando en un jugo sustancioso; detrás de esto,<br/>pasteles calientes rellenos con ostras, picadillo de carne<br/>adornado con grandes cebollas, piernas de carnero, lomos<br/>asados de jabalíes, sagamites de origen indígena, lonchas de<br/>gamo en parrillas, y, por último, dos maravillas de caza que<br/>debieran atraer al Canadá los golosos de ambos mundos, la<br/>lengua de bisonte, tan apreciada por los cazadores de las<br/>Praderas, y la joroba del susodicho rumiante, asada en su<br/>envoltorio natural y sazonada con plantas odoríferas. A todo<br/>esto hay que añadir las salseras llenas de  relishs de veinte cla-<br/>ses diferentes, verdaderas montañas de verduras y legumbres<br/><br/><br/>Page No 223<br/><br/>JULIO VERNE<br/>224<br/><br/>maduradas en los últimos días del verano indio; bollos de<br/>todas clases, y, sobre todo, buñuelos, en cuya hechura sobre-<br/>salían las hijas de Catalina Harcher; frutas variadas cogidas<br/>en el jardín del cortijo, y, en fin, cien frascos de diferentes<br/>formas y tamaños llenos de sidra, cerveza y vino, sin contar<br/>el aguardiente, el ron y la ginebra, reservados para las lib a-<br/>ciones de los postres.<br/>La vasta sala del festín nupcial había sido artísticamente<br/>decorada en honor de Rosa y de Bernardo Miquelon. Frescas<br/>guirnaldas de hojas y flores adornaban las paredes; algunos<br/>arbustos parecían haber crecido a propósito en los ángulos;<br/>centenares de ramos de flores, colocados delante de las ven-<br/>tanas, embalsamaban el aire, y fusiles, pistolas, carabinas,<br/>todas las armas de una familia que contaba en su seno a<br/>tantos cazadores, formaban acá y allá brillantes panoplias.<br/>Los nuevos cónyuges ocupaban el cen tro de la mesa,<br/>formando herradura. A ambos lados de los recién casados se<br/>hallaban la señorita y el señor de Vaudreuil, Juan y sus co m-<br/>pañeros del  Champlain. Enfrente, entre Catalina y Tomás<br/>Harcher, presidía el Sr. Nick, acompañado de los principales<br/>guerreros de su tribu, de seosos, sin duda, de ver cómo fu n-<br/>cionaba su nuevo jefe; y respecto a esto, Nicolás Sagamore<br/>estaba dispuesto a demostrar un apetito digno de sus asce n-<br/>dientes.<br/>En contra de la tradición, y merced a la circunstancia<br/>excepcional de la fiesta de familia que se estaba celebrando,<br/>los niños habían sido admitidos a la mesa de los mayores, en<br/>derredor de la que circulaba un verdadero escuadrón de n e-<br/><br/><br/>Page No 224<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>225<br/><br/>gros, que se habían buscado para el servicio especial de la<br/>comida.<br/>A las cinco ya se había dado el primer asalto. A las seis<br/>hubo una suspensión de hostilidades, no para dar el tiempo<br/>necesario para sepultar a los muertos, sino para que los vivos<br/>cobrasen nuevos bríos, y entonces fue cuando empezaron<br/>los brindis en honor de los nuevos esposos y de la familia<br/>Harcher en general.<br/>Después empezaron las alegres canciones de boda, pues<br/>según antiguas costumbres, en toda reunión, en la comida lo<br/>mismo que en la cena, señoras y caballe ros tienen por co s-<br/>tumbre cantar alternativamente antiguas y alegres canciones<br/>francesas, alusivas a la fiesta que se celebra.<br/>Lionel recitó un gracioso epitalamio, compuesto por él<br/>para la circunstancia.<br/>-¡Bravo, Lionel, bravo! exclamó el señor Nick, que había<br/>ahogado en su vaso los fastidios ocasionados por su futura<br/>soberanía.<br/>El buen hombre estaba muy orgulloso en su fuero i n-<br/>terno por el éxito que obte nía su joven poeta, y propuso un<br/>brindis a la salud del galante laureado de la Lira Amical.<br/>Esta proposición fue aceptada con alegría por todos los<br/>invitados, y los vasos se chocaron con estrépito, levantados<br/>hacia Lionel, feliz y confuso a la par por la ovación que le<br/>hacían; así es que se creyó obligado a responder al brindis de<br/>su principal con otro concebido en estos términos:<br/>-¡A Nicolás Sagamore! ¡Honor a esa última rama del no-<br/>ble tronco al que el Gran Espíritu se ha servido confiar el<br/>destino de los hurones! Los aplausos estallaron de nuevo, los<br/><br/><br/>Page No 225<br/><br/>JULIO VERNE<br/>226<br/><br/>mahogannis se levantaron en derredor de la mesa, blandie n-<br/>do sus  tomahawks como si estuviesen a punto de lanzarse<br/>contra los iroqueses, los mungos o cualquier otra tribu en e-<br/>miga del Far-West.<br/>El Sr. Nick, con su buena cara tan plácida, parecía de un<br/>carácter demasiado pacifico para gobernar tan belicosos gue-<br/>rreros, y pensaba en aquel momento que esa aturdido de<br/>Lionel bien hubiera debido callarse.<br/>Cuando concluyó la algazara producida por el brindis<br/>del joven pasante, los convidados atacaron con nuevos bríos<br/>el segundo servicio.<br/>En medio de estas ruidosas manifestaciones, Juan, Clary<br/>de Vaudreuil y su padre hablaban con entera libertad y en<br/>voz baja. Al anochecer iban a separarse; y si bien el pres i-<br/>dente del Comité reformista y su hija no debían partir del<br/>cortijo hasta la mañana siguiente, Juan había resuelto verif i-<br/>carlo aquella misma noche para buscar un asilo más seguro<br/>que Chipogán.<br/>-Sin embargo, le dijo el señor de Vau dreuil; no es pr o-<br/>bable que la policía tenga la ocurrencia de buscar a<br/>Juan-Sin-Nombre entre los miembros de la familia Harcher.<br/>-¡Quién sabe si sus agentes han descubierto ya mis hu e-<br/>llas! re spondió Juan, como entregado a tristes presenti-<br/>mientos; y si me descubrieran aquí, cuando el buen Tomás y<br/>sus hijos supiesen quien soy...<br/>-¡Os defenderían! respondió Clary con viveza; ¡se harían<br/>matar por vos hasta el último!<br/>-Lo sé, repuso Juan; y entonces, en recompensa de la<br/>hospitalidad que me han dado, dejaría detrás de mí la ruina  y<br/><br/><br/>Page No 226<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>227<br/><br/>la desgracia. ¡Tomás Harcher y sus hijos se verían obligados<br/>a huir por haberme defendido! ¡Dios sabe hasta dónde llega-<br/>rían las represalias! Os lo digo en verdad; ten go ganas, mu-<br/>chas ganas de marcharme de aquí.<br/>-¿Por qué no volvéis en secreto a la villa Montcalm? dijo<br/>entonces el señor de Vaudreuil. Los peligros que queréis<br/>evitar a la familia Harcher estoy yo en el deber de arrostra r-<br/>los, y estoy pronto a hacerlo así. En mi posesión estaréis<br/>bien guardado.<br/>-La señorita Clary me lo ha ofrecido ya, respondió Juan;<br/>pero yo he debido rehusar.<br/>-Sin embargo, repuso el señor de Vau dreuil insistiendo;<br/>esto sería muy conve niente en cuanto a las últimas medidas<br/>que tenéis que tomar, pues todos los días podríais confere n-<br/>ciar con los miembros del Comité, y en seguida que el movi-<br/>miento estallara, Farran, Clerc, Vicente Hodge y yo estarí a-<br/>mos pronto a seguiros. ¿No es probable que la sublevación<br/>principié en el condado de Montreal?<br/>-Así lo creo, en efecto, o por lo menos en uno de los l i-<br/>mítrofes; eso dependerá de las posiciones que ocupe el ejé r-<br/>cito de nuestros opresores.<br/>-Pues bien, dijo Clary; ¿por qué no aceptáis la propos i-<br/>ción de mi padre? ¿Te néis intención de recorrer todavía las<br/>parroquias del distrito? ¿No habéis concluido vuestra ca m-<br/>paña propagandista?<br/>-Está acabada, respondió Juan; sólo me queda dar la s e-<br/>ñal. <br/>-¿Qué esperáis para darla? preguntó el señor de Va u-<br/>dreuil.<br/><br/><br/>Page No 227<br/><br/>JULIO VERNE<br/>228<br/><br/>-Una circunstancia que acabará de exasperar a los p a-<br/>triotas en contra de la tiranía anglosajona, replicó Juan, y ésa<br/>se producirá muy pronto. Dentro de unos días los diputados<br/>de la oposición nega rán al Gobernador general el derecho,<br/>que pretende tener, para disponer de los fondos públicos sin<br/>la autorización de la Cámara. Además, sé a ciencia cierta que<br/>el Parlamento inglés tiene intención de adop tar una ley que<br/>permita a lord Gosford revocar la Constitución de 1791, en<br/>cuyo caso los canadienses de origen francés no encontrarían<br/>ya ninguna garantía en el régimen representativo de la col o-<br/>nia, que, sin embargo, tan poca libertad de acción les deja ya.<br/>Nuestros amigos, y con éstos los diputados liberales, proc u-<br/>rarán resistir a este exceso de poder, siendo probable que<br/>lord Gosford, para poner freno a las reclamaciones de los<br/>reformistas, dé un decreto de disolución, o por lo menos de<br/>prorrogación de la Cámara. Aquel día el país se sublevará en<br/>masa, y no nos quedará más que dirigirle.<br/>-No es dudoso, en efecto, respondió el  señor de Va u-<br/>dreuil, que tal provocación por parte de los leales origine una<br/>rebelión general. Pero ¿el Parlamento inglés se atreverá a<br/>llegar a ese extremo? Y si ese atentado en contra de los dere-<br/>chos de los franco -canadienses se verifica, ¿estáis seguro  de<br/>que sea pronto?<br/>-Esto sucederá dentro de muy pocos días, dijo Juan. S e-<br/>bastián Gramont me lo ha asegurado así.<br/>-Y, hasta ese momento, ¿cómo os arre glaréis para esca-<br/>par?...<br/>-Sabré despistar a los agentes de policía.<br/>-¿Tenéis preparado un asilo?<br/><br/><br/>Page No 228<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>229<br/><br/><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=17460&amp;a=1370685&amp;g=137727"><img border="0" src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(img)g(137727)a(1370685)" /></a><br/><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=31099&amp;a=1370685&amp;g=16252330"><img border="0" src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(img)g(16252330)a(1370685)" /></a><br /><br/><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=53989&amp;a=1370685&amp;g=16637176"><img border="0" src="http://impes.tradedoubler.com/imp?type(img)g(16637176)a(1370685)" /></a></p><br/><p><a target="_blank" href="http://clk.tradedoubler.com/click?p=53989&amp;a=1370685&amp;g=16625516"><img border="0" 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Verne"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200705]]></issued><modified><![CDATA[200705]]></modified><created><![CDATA[200705]]></created><summary><![CDATA[.]]></summary><author><name><![CDATA[fulca]]></name></author><dc:subject><![CDATA[.]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/julioverne/c_54.htm"><![CDATA[-Lo tengo.<br/>-¿Estaréis en seguridad en él?<br/>-Más que en ninguna parte.<br/>-¿Lejos de aquí?<br/>-En San Carlos, pueblo del condado de Verchères.<br/>-Sea como queráis, dijo el señor de Vaudreuil; nadie<br/>puede juzgar mejor que vos lo que las circunstancias exigen,<br/>y si os parece que debéis tener secreto el sitio de vuestro<br/>retiro, no insistimos; pero no olvidéis que a cualquier hora<br/>del día o de la noche la villa Montcalm está abierta para rec i-<br/>biros.<br/>-Lo sé, señor de Vaudreuil, y por ello os doy las gracias.<br/>En medio de las incesantes aclamaciones de los invit a-<br/>dos y del tumulto, siempre creciente, nadie se había enterado<br/>de esta conversación, sostenida en voz baja y que no había<br/>sido interrumpida más que por algún alegre brindis, por una<br/>picante contestación o por una copla dirigida a los nuevos<br/>esposos. Y ahora parecía ya tocar a su fin, después de las<br/>últimas palabras cambiadas entre Juan y el señor de Va u-<br/>dreuil, cuando una postrer pregunta de Clary provocó una<br/>respuesta de naturaleza a sorprender al padre y a la hija.<br/>¿A qué sentimiento obedeció la joven haciendo esa pr e-<br/>gunta?<br/>Era, si no una sospecha, por lo menos el pesar de que<br/>no inspiraba todavía bastante confianza a Juan, puesto que<br/>éste conservaba aún con ella cierta reserva.<br/>Debía de ser así, pues la joven le dijo:<br/>-¿De modo que hay en alguna parte una casa más ho s-<br/>pitalaria que la nuestra para ofreceros un asilo?<br/><br/><br/>Page No 229<br/><br/>JULIO VERNE<br/>230<br/><br/>-Más hospitalaria... no; tanto, sí, respondió Juan con v i-<br/>va emoción.<br/>-¿Y cuál es?<br/>-¡La casa de mi madre!<br/>Juan pronunció estas palabras con un sentimiento tal de<br/>afecto filial, que la señorita de Vaudreuil se sintió profund a-<br/>mente enternecida. Era la primera vez que Juan, cuyo pasado<br/>estaba envuelto en el misterio, hacía alusión a su familia. No<br/>estaba, pues, solo en el mundo, como podían creerlo sus<br/>amigos; tenía a su madre, que vivía escondida en el pueblo<br/>de San Carlos, y sin duda Juan iba a verla de vez en cuando<br/>para disfrutar al lado de la que le había dado el ser de alg u-<br/>nos momentos de reposo y de tranquilidad, y ahora esperaría<br/>en la casa materna el instante propicio para lanzarse a la l u-<br/>cha.<br/>Clary nada contestó; su pensamiento estaba fijo en<br/>aquella lejana morada. ¡Ah! ¡Qué alegría hubiese experime n-<br/>tado en conocer a la madre del joven proscrito! Se le figur a-<br/>ba que había de ser una mujer heroica, como su hijo, una<br/>buena patriota, que hubiera amado, o más bien que amaba<br/>ya, y la joven tenía la certidumbre de que la vería algún día.<br/>¿No estaba su vida indisolublemente ligada en adelante a la<br/>de Juan-Sin-Nombre? ¿Quién podría romper este lazo? ¡Sí!<br/>En el momento de separarse de él, tal vez para siempre, se<br/>daba cuenta del poder del sentimiento que a ambos unía. :<br/>La comida de boda tocaba a su término, y la alegría de<br/>los comensales, sobrexci tada por las libaciones de los po s-<br/>tres, se propagaba en diversas formas. Felicitaciones para los<br/>recién casados partían de diferentes puntos de la mesa, pr o-<br/><br/><br/>Page No 230<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>231<br/><br/>duciendo un tumulto en extremo alegre, que dejaba oír de<br/>cuando en cuando estas exclamaciones:<br/>-¡Honra y felicidad para los jóvenes esposos!<br/>-¡Vivan Bernardo y Rosa Miquelon!<br/>Y bebían también a la salud del señor y de la señorita de<br/>Vaudreuil, de Catalina y de Tomás Harcher.<br/>El buen notario había aprovechado bien el festín; y si no<br/>pudo conservar la fría dignidad de un mahogannis, es porque<br/>esto era en absoluto contrario a su natu raleza franca y c o-<br/>municativa. Es menes ter confesar que también los repr e-<br/>sentantes de su tribu se habían despojado algún tanto de su<br/>aparatosa gravedad con la in fluencia de los manjares y del<br/>buen vino. Chocaban sus vasos, según las costum bres fran-<br/>cesas, para vitorear a la familia Harcher, que los hospedaba<br/>en aquel día.<br/>En ese momento, Lionel, que no podía estarse quieto,<br/>circulaba en derredor de la mesa dirigiendo un cumplido a<br/>cada uno de los invitados, y entonces se le ocurrió la idea de<br/>dirigirse al Sr. Nick, diciéndole con voz enfática:<br/>-¿Nicolás Sagamore no pronunciará un discreto discurso<br/>en nombre de la tribu de los Mahogannis?<br/>Merced a la feliz disposición de espíritu en que se hall a-<br/>ba; el notario no acogió mal la proposición de su joven p a-<br/>sante, aun cuando éste hubiese usado el lenguaje de los<br/>indios.<br/>-¡Cómo, Lionel, crees tú!<br/>-Creo, gran jefe, que ha llegado el momento de que t o-<br/>méis la palabra para felicitar a los recién casados.<br/><br/><br/>Page No 231<br/><br/>JULIO VERNE<br/>232<br/><br/>-Puesto que ese es tu parecer; respondió el Sr. Nick, voy<br/>a ensayar.<br/>Y el excelente hombre, levantándose, reclamó silencio<br/>con un gesto lleno de dignidad hurona.<br/>El orden se restableció en seguida.<br/>-Jóvenes esposos, dijo; un antiguo amigo de vuestra f a-<br/>milia no puede separarse de vosotros sin expresaron su agra-<br/>decimiento por...<br/>De repente el notario se detuvo; la frase empezada qu e-<br/>dó en suspenso: sus mira das, que denotaban una profunda<br/>sorpresa, estaban fijas en la puerta. Un hombre se hallaba de<br/>pie en el umbral, sin que nadie hubiera advertido su prese n-<br/>cia. <br/>El Sr. Nick acababa de conocer a aquel hombre, y e x-<br/>clamaba con un acento en que la sorpresa se mezclaba a la<br/>inquietud:<br/>-¡El Sr. Rip aquí!<br/><br/><br/>Page No 232<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>233<br/><br/>VII<br/>TIROS A LOS POSTRES<br/>El jefe de la casa Rip y Compañía no estaba acompañ a-<br/>do esta vez por sus propios agentes, sino por una docena de<br/>los de Gilberto Argall y unos cuarenta volun tarios del ejér-<br/>cito real que ocupaban la entrada principal del patio.<br/>Era muy probable, además, que la casa estuviera cerc a-<br/>da. <br/>¿Se trataba de una simple visita domi ciliaria, o era una<br/>detención lo que amenazaba al jefe de la familia Harcher?<br/>En todo caso, era preciso un motivo de excepcional<br/>gravedad para que el ministro de Policía juzgara necesario<br/>mandar un destacamento tan numeroso al cortijo de Chip o-<br/>gán.<br/>Al nombre de Rip, pronunciado por el notario, el señor<br/>de Vaudreuil y su hija se sintieron aterrorizados, pues sólo<br/>ellos sabían que Juan-Sin-Nombre se hallaba en aquella sala,<br/>y que Rip estaba particularmente encargado de su busca y de<br/>su captura. ¿Qué podían pensar, sino que el polizonte había<br/><br/><br/>Page No 233<br/><br/>JULIO VERNE<br/>234<br/><br/>descubierto por fin el retiro del joven patriota, y que venía a<br/>prenderle?<br/>Si Juan caía entre las manos de Gilber to Argall, estaba<br/>perdido sin remedio.<br/>Juan, conteniéndose por un esfuerzo su premo de v o-<br/>luntad, ni siquiera se estre meció; apenas si su cara adquirió<br/>algo más de palidez. Ningún movimiento, ni aun involunt a-<br/>rio, había podido denunciarlo a sus perseguidores, y, sin em-<br/>bargo, acababa de reconocer a Rip, con quien se había<br/>encontrado el día en que fue con el Sr. Nick y Lionel desde<br/>Montreal a la isla Jesús. ¡Rip, el agente lanzado en su pers e-<br/>cución hacía más de dos meses! ¡Rip, el provocador, que<br/>había sido la causa de la infamia recaída en su familia, e m-<br/>pujando a la traición a su padre Simón Morgaz!<br/>No obstante, conservó toda su sangre fría, no dando a<br/>conocer el odio que her vía en su corazón, mientras que el<br/>señor de Vaudreuil y su hija temblaban a su lado.<br/>Pero si bien es verdad que Juan conocía a Rip, éste no<br/>conocía a aquel. El agente ignoraba que el viajero que había<br/>entrevisto un instante en el camino de Mon treal fuese el<br/>patriota cuya cabeza estaba pregonada; lo único que sabía era<br/>que Juan-Sin-Nombre debía de hallarse en el cortijo de Ch i-<br/>pogán, y he aquí cómo pudo encontrar sus huellas.<br/>Algunos días antes el joven había sido visto a cinco o<br/>seis leguas de San Carlos, después de haberse marchado de la<br/>Casa Cerrada, y señalado como sospechoso a su salida del<br/>condado de Verchères. Notando que estaba descubierto,<br/>tuvo que huir ha cia el interior de dicho condado, y  no sin<br/><br/><br/>Page No 234<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>235<br/><br/>riesgo de caer muchas veces en manos de la policía, llegó a<br/>refugiarse en el cortijo de Tomás Harcher.<br/>Mas los agentes de la casa Rip y Com pañía no habían<br/>perdido su pista, como él lo creía; por el contrario, pronto<br/>tuvieron la casi certidumbre de que la alquería de Chipogán<br/>le servía de asilo. Rip fue en se guida avisado de lo que oc u-<br/>rría, y sabiendo, no solamente que aquel cortijo pertenecía al<br/>señor de Vaudreuil, sino también que éste se encontraba en<br/>dicha propiedad, no dudó un instante de q ue el forastero de<br/>que le habían hablado era Juan-Sin-Nombre.<br/>Después de dar orden a algunos de sus subordinados<br/>para que se mezclasen entre los numerosos invitados de<br/>Tomás Harcher, dio parte a Gilberto Argall de lo que suc e-<br/>día, poniendo éste a su disposición unos cuantos polizontes<br/>y un destacamento de voluntarios de Montreal.<br/>He aquí en que condiciones se presentó Rip en el u m-<br/>bral de la puerta, teniendo la certeza de que<br/>Juan-Sin-Nombre se hallaba en el número de los hospedados<br/>por el cortijero de Chipogán.<br/>Eran las cinco de la tarde, y aun cuando las lámparas no<br/>se hubiesen encendido todavía, era aún de día en el interior<br/>de la sala.<br/>En un instante Rip recorrió con la mi rada todos los<br/>asistentes, sin que Juan-Sin -Nombre llamara más particula r-<br/>mente su atención que los demás convidados re unidos en la<br/>sala.<br/>Sin embargo, Tomás Harcher, viendo el patio invadido<br/>por fuerza armada, es levantó, y encarándose con Rip:<br/>-¿Quién sois? le preguntó.<br/><br/><br/>Page No 235<br/><br/>JULIO VERNE<br/>236<br/><br/>-Un agente de policía, encargado de una misión por el<br/>Ministro del ramo, respondió Rip.<br/>-¿Qué venís a hacer aquí?<br/>-Vais a saberlo. ¿No sois Tomás Harcher, de Chipogán,<br/>arrendatario del señor de Vaudreuil?<br/>-El mismo soy, y os pregunto que con qué derecho h a-<br/>béis invadido mi casa.<br/>-Con el que me confiere una orden que me  han dado,<br/>pues vengo a proceder a una detención.<br/>-¡Una detención!... exclamó el cortije ro: ¡una detención<br/>en mi casa!... ¿Y a quién venís a prender?.<br/>-A un hombre cuya cabeza ha sido pregonada por orden<br/>del Gobernador general, y que se halla aquí.<br/>-¿Cómo se llama?<br/>-Se llama, respondió Rip alzando mu cho la voz, o más<br/>bien se hace llamar, Juan-Sin-Nombre.<br/>Esta respuesta fue seguida de un largo murmullo. ¡C ó-<br/>mo! ¿Era a Juan -Sin-Nombre a quien Rip venía a prender,<br/>afirmando que se encontraba allí?<br/>La actitud del cortijero, de su mujer, de sus hijos y de<br/>toda la concurrencia fue con tanta naturalidad la de una e s-<br/>tupefacción tan profunda, que Rip estuvo a punto de creer<br/>en un error de sus agentes; sin embargo, reiteró su pregunta,<br/>y esta vez de un modo más afirmativo.<br/>-Tomás Harcher, repuso; al hombre que busco está<br/>aquí, y os intimo a que me lo entreguéis.<br/>Al oír estas palabras, Tomás miró a su mujer, y Catalina,<br/>cogiéndole por el brazo, exclamó:<br/>-¡Pero contesta a lo que te preguntan!<br/><br/><br/>Page No 236<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>237<br/><br/>-Sí, amigo mío, contestad, añadió el Sr. Nick. Me parece<br/>que la respuesta es por demás fácil.<br/>-Muy fácil, en efecto, dijo el cortijero.<br/>Y volviéndose hacia Rip:<br/>-Juan-Sin-Nombre, a quien buscáis, dijo, no está en la<br/>alquería de Chipogán.<br/>-Pues yo afirmo que se halla aquí; Tomá s Harcher, re-<br/>puso Rip con bastante frialdad.<br/>-No; os repito que no está. Jamás ha venido por aquí.<br/>Ni siquiera le conozco. Pero digo también que si hubiese<br/>venido a pedirme asilo, le hubiera recibido, y que si estuviera<br/>en mi casa, no le entregaría.<br/>Rip no podía equivocarse respecto a las significativas<br/>demostraciones que acogieron la declaración de Tomás Har-<br/>cher, pues bien se dejaba ver que éste se había hecho el i n-<br/>térprete de los sentimientos de todos los presentes, y que<br/>admitiendo que Juan-Sin-Nombre se hubiese refugiado en la<br/>alquería, ni uno solo de los huéspedes hubiera sido bastante<br/>cobarde para hacerle traición.<br/>Juan, siempre impasible, escuchaba.<br/>El señor de Vaudreuil y Clary ni si quiera se atrevían a<br/>mirarle, por temor de atraer sobre él la atención de Rip.<br/>-Tomás Harcher, repuso éste, no ignoráis, sin duda, que<br/>una proclama fe chada en 3 de Septiembre do 1837 ofrece<br/>una prima de seis mil piastras para cual quiera que detenga o<br/>dé a conocer el retiro de Juan-Sin-Nombre.<br/>-No lo ignoro, respondió el cortijero, ni nadie lo ignora<br/>en el Canadá; pero no se ha encontrado todavía un solo c a-<br/><br/><br/>Page No 237<br/><br/>JULIO VERNE<br/>238<br/><br/>nadiense bastante miserable para cumplir tan odiosa traición,<br/>ni jamás se encontrará.<br/>Rip no se inmutó.<br/>-Tomás Harcher, repuso, si conocéis la proclama del 3<br/>de Septiembre, tal vez no conozcáis el nuevo decreto que el<br/>Gobernador general firmó ayer, 6 de Octubre.<br/>-En efecto, no tengo conocimiento de él, respondió el<br/>cortijero; pero si es del mismo género que el otro, si provoca<br/>a la delación, podéis dispensaros de participárnoslo.<br/>-Sin embargo, lo oiréis, replicó Rip.<br/>Y desplegando un papel rubricado por Gilberto Argall,<br/>leyó lo que sigue:<br/>«Se hace saber a todos los habitantes de las ciudades y<br/>del campo de las provincias canadienses que les está proh i-<br/>bido dar ayuda y protección al proscrito Juan-Sin-Nombre; y<br/>que tiene pena de muerte cualquiera que le dé asilo.<br/>»En nombre del Gobernador general, el ministro de Po-<br/>licía -Gilberto Argall.»<br/>¡El Gobierno inglés se había atrevido a llegar hasta tales<br/>extremos, y no contento con poner precio a la cabeza de<br/>Juan-Sin- Nombre, amenazaba ahora con la pena capital a<br/>cualquiera que le diese asilo!<br/>Este acto incalificable provocó las más violentas pr o-<br/>testas por parte de los oyen tes, y Tomás Harcher, sus hijos,<br/>sus invitados, dejaban ya su sitio para lanzarse sobre Rip,<br/>para echarle del cortijo con los agentes y voluntarios, cuando<br/>el notario los detuvo con un gesto.<br/><br/><br/>Page No 238<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>239<br/><br/>La fisonomía del Sr. Nick se había vuel to muy grave;<br/>como todos los patriotas reunidos en aquella sala, exper i-<br/>mentaba el horror tan natural que debía inspirar el decreto<br/>de lord Gosford, que Rip acababa de comunicarles.<br/>-Sr. Rip, dijo, el que buscáis no está en el cortijo de Chi-<br/>pogán. Tomás Harcher os lo ha asegurado, y yo afirmo que<br/>ha dicho la verdad; nada tenéis, pues, que hacer aquí, y mejor<br/>hubiera sido que no sacarais de vuestro bolsillo ese fatal d o-<br/>cumento. Creedme, Sr. Rip; es muy conve niente que no nos<br/>impongáis por más tiempo vuestra presencia.<br/>-¡Bien por Nicolás Sagamore! exclamó Lionel.<br/>-¡Si, retiraos al instante! repuso el cortijero, cuya voz<br/>temblaba de ira. Juan-Sin -Nombre no está aquí. Pero si v i-<br/>niera a pedirme asilo, a pesar de las amenazas del Gobern a-<br/>dor, le recibiría con los bra zos abiertos. Y ahora salid de mi<br/>casa, salid.<br/>-¡Salid, salid! repitió Lionel, cuya exasperación procur a-<br/>ba en vano calmar el Sr. Nick.<br/>-¡Cuidado, Tomás Harcher! repuso Rip. No os rebeléis<br/>en contra de la ley ni de la fuerza encargada de hacerla ejecu-<br/>tar. Agentes o voluntarios, tengo cincuen ta hombres a mi<br/>disposición, y vuestra casa está cercada.<br/>-¡Salid, salid!<br/>Y este grito era unánime, a la par que amenazas directas<br/>a Rip.<br/>-No saldré de aquí, respondió éste, sino después de h a-<br/>ber reconocido la identidad de todas las personas que están<br/>presentes.<br/><br/><br/>Page No 239<br/><br/>JULIO VERNE<br/>240<br/><br/>A una señal suya, los agentes agrupados en el patio se<br/>acercaron a la puerta, prontos a entrar en la sala, y por el<br/>hueco de las ventanas el señor de Vaudreuil y Clary veían a<br/>los voluntarios rodeando la casa.<br/>En previsión de una inminente reyerta, los niños y las<br/>mujeres, menos la señorita de Vaudreuil y Catalina, acababan<br/>de retirarse a las inmediatas habitaciones.<br/>Pedro Harcher, sus hermanos y sus amigos, habían a l-<br/>canzado sus armas colgadas de la pared; pero, tan inferiores<br/>en número, ¿cómo podrían impedir que Rip cumpliera con<br/>el mandato que había recibido? El señor de Vaudreuil iba de<br/>una a otra ventana para cerciorarse de la posibilidad de que<br/>Juan pudiera escaparse por detrás del cortijo, atravesando el<br/>jardín; pero por este lado, como por los demás, la huída era<br/>de todo punto impracticable.<br/>En medio de todo este tumulto, Juan se quedaba inm ó-<br/>vil al lado de Clary, que no había querido separarse de él.<br/>En el momento en que los agentes iban a invadir la sala,<br/>el Sr. Nick intentó un último esfuerzo para llegar a una av e-<br/>nencia.<br/>-Señor Rip, Sr. Rip, dijo, vais a hacer que se vierta sa n-<br/>gre, y bien inútilmente, os lo aseguro. Os repito que<br/>Juan-Sin-Nombre, que tenéis orden de prender, no se halla<br/>en el cortijo.<br/>-¡Y aun cuando estuviera, os repito yo, le defenderíamos<br/>hasta la muerte! exclamó Tomás Harcher.<br/>-¡Bien!... ¡Bien!... exclamó a su vez Catalina, entusiasm a-<br/>da por la actitud de su marido.<br/><br/><br/>Page No 240<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>241<br/><br/>-No os entrometáis en este asunto, Sr. Nick; replicó Rip,<br/>porque podríais arrepentiros por ello más tarde... ¡Suceda lo<br/>que suceda, cumpliré con mi deber!... ¡Y ahora, paso... p a-<br/>so!...<br/>Unos diez agentes entraron en la sala, mientras que<br/>Tomás Harcher y sus hijos se lanzaban hacia ellos para r e-<br/>chazarlos y cerrar la puerta.<br/>Y, moviéndose de un lado a otro, el no tario repetía, sin<br/>llegar a hacerse oír:<br/>-Juan-Sin-Nombre no está aquí, señor Rip, os afirmo<br/>que no está...<br/>-¡Sí está! dijo una voz fuerte que dominó el tumulto.<br/>Todos se detuvieron.<br/>Juan, inmóvil, con los brazos cruzados sobre el pecho, y<br/>mirando de frente a Rip, repuso sencillamente:<br/>-Juan-Sin-Nombre está aquí, y soy yo.<br/>El señor de Vaudreuil cogió al joven patriota de un br a-<br/>zo, mientras que Tomás Harcher y los demás exclamaban:<br/>-¡Eh!... ¡Eh!... ¡Juan-Sin-Nombre!<br/>Este indicó con un gesto que iba a ha blar, y hubo pro-<br/>fundo silencio.<br/>-Yo soy el que buscáis, dijo, dirigién dose a Rip. Soy<br/>Juan-Sin-Nombre.<br/>Después, volviéndose hacia el cortijero  y sus hijos, aña-<br/>dió: <br/>-Perdonadme, Tomás Harcher; perdonadme, mis bravos<br/>compañeros, por haberos ocultado quién soy, y os doy las<br/>gracias por la hospitalidad que he encon trado durante cinco<br/>años en el cortijo de Chipogán. Esta hospitalidad la he acep-<br/><br/><br/>Page No 241<br/><br/>JULIO VERNE<br/>242<br/><br/>tado mientras no ha podido ser peligrosa para vosotros; no<br/>la quiero ya, puesto que hay pena de la vida para cualquiera<br/>que me ofrezca un asilo. Sí: recibid las gra cias de aquel que<br/>hasta aquí fue vuestro hijo adoptivo, y que es<br/>Juan-Sin-Nombre para su país...<br/>Un indescriptible movimiento de entu siasmo acogió<br/>esta declaración.<br/>-¡Viva Juan -Sin-Nombre! ¡Viva Juan-Sin -Nombre! e x-<br/>clamaron por todos lados.<br/>Luego, cuando cesaron los gritos, dijo Tomás Harcher:<br/>-Pues bien; ahora, puesto que he di cho que defendería-<br/>mos a Juan-Sin-Nombre, defendámosle, hijos míos. ¡Defe n-<br/>dámosle hasta la muerte!<br/>Juan se interpuso en vano para impedir una lucha por<br/>demás desigual. Ningún caso le hicieron; Pedro y los demás<br/>hijos mayores se lanzaron sobre los agentes que obstruían la<br/>puerta, y los rechazaron, con la ayuda de sus amigos. Cerr a-<br/>ron en seguida la puerta, y la atrancaron con los muebles de<br/>más volumen. Para introducirse en la sala, y hasta en la casa,<br/>era preciso entrar por las ventanas, que se abrían a unos diez<br/>pies del suelo.<br/>Rip tenía, pues, que dar un asalto, y como no era ho m-<br/>bre que retrocediera, y favorecido además por la oscuridad<br/>(la noche había llegado ya), tomó sus medi das para ejecutar<br/>su mandato, lanzando a los voluntarios contra la casa.<br/>Pedro Harcher, sus hermanos y sus compañeros, apo s-<br/>tados en las ventanas, estaban prontos a empezar el fuego.<br/>-¡Te defenderemos, a pesar tuyo, si es preciso! decían a<br/>Juan, que no era ya dueño de detenerlos.<br/><br/><br/>Page No 242<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>243<br/><br/>Sin embargo, el cortijero había conseguido que Clary de<br/>Vaudreuil y Catalina fueran a reunirse con las demás mujeres<br/>y los niños en una de las habitaciones la terales en donde<br/>estarían al abrigo de los tiros, no quedando ya en la sala sino<br/>los hombres en estado de batirse, unos trein ta entre todos,<br/>pues no se podía contar con los Mahogannis para defender<br/>el cortijo. Indiferentes a esta escena, los indios conservaban<br/>su reserva habitual. Este asunto no les incumbía, ni tampoco<br/>al señor Nick ni a Lionel, que no tenían por qué pronuncia r-<br/>se en pro o en contra de la autoridad.<br/>El notario, guardándose para no recibir algún tiro,<br/>puesto que estaba resuelto a conservar la más completa ne u-<br/>tralidad, no cesaba de interpelar a Lionel, que estaba fuera de<br/>sí; pero el joven pasante no le hacía caso, queriendo defe n-<br/>der a todo trance en Juan -Sin-Nombre, no solamente al hé-<br/>roe popular, sino también al simpático oyente que tan buena<br/>acogida había hecho a sus ensayos poéticos.<br/>-¡Por última vez te prohíbo que te en trometas en todo<br/>esto! repitió el Sr. Nick.<br/>-¡Y por última vez, respondió Lionel, me admira que un<br/>descendiente de los Sagamores rehúse seguirme por los sen-<br/>deros de la guerra!<br/>-Ningún sendero seguiré, como no sea el de la paz, mal-<br/>dito muchacho, y vas a hacerme el favor de marcharte de<br/>esta sala, en la que nada bueno te puede suceder.<br/>-¡Jamás! exclamó el belicoso poeta.<br/>Y abalanzándose hacia uno de los mahogannis, se ap o-<br/>deró del hacha que colgaba de su cintura.<br/><br/><br/>Page No 243<br/><br/>JULIO VERNE<br/>244<br/><br/>Cuando Juan se convenció de que sus compañeros esta-<br/>ban muy decididos a rechazar la fuerza con la fuerza, tomó el<br/>partido de organizar la resistencia y la resolución de escapa r-<br/>se durante la coli sión, porque, cualquier cosa que sucedie ra<br/>ya, no podía comprometer más al cor tijero y a sus hijos,<br/>puesto que se habían declarado rebeldes a los agentes de la<br/>autoridad.<br/>Pero lo que más urgía por el momento era rechazar a<br/>Rip y a su destacamento; después se vería lo que más co n-<br/>vendría hacer.<br/>Si los sitiadores procuraban romper las puertas de la c a-<br/>sa, esto necesitaría cierto tiempo, y antes de que recibiesen<br/>refuerzos de Laprairie o de Montreal, agentes y voluntarios<br/>podían ser echados fuera de la puerta principal del patio.<br/>Juan, por lo tanto, se decidió a hacer una salida para<br/>despejar los alrededores del cortijo.<br/>Tomó, pues, sus disposiciones en consecuencia.<br/>Al principio de la lucha, una veintena de tiros estallaron<br/>de las ventanas de la fachada principal, lo que obligó a Rip y<br/>a sus subordinados a retroceder a lo largo de las empalizadas.<br/>Después la puerta se abrió de repente, y Juan salió pr e-<br/>cipitadamente al patio, se guido por el señor de Vaudreuil,<br/>por Tomás Harcher, Pedro, sus hermanos y sus amigos.<br/>Algunos voluntarios yacían ya por el suelo, habiendo<br/>también muy pronto heridos entre los defensores del cortijo,<br/>quienes, en medio de la oscuridad, se ha bían lanzado contra<br/>los sitiadores.<br/>Empezó una lucha cuerpo a cuerpo, en la que Rip tomó<br/>bizarramente parte; pero, a pesar de todo, sus hombres iban<br/><br/><br/>Page No 244<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>245<br/><br/>perdiendo terreno, ya llegaban a rechazarlos fuera del patio y<br/>a cerrar la puerta princi pal, les sería muy difícil escalar las<br/>altas empalizadas que cercaban el cortijo.<br/>A esto tendían todos los esfuerzos de Juan, perfect a-<br/>mente secundado por sus valerosos compañeros. Tal vez<br/>entonces, estando libres los alrededores de Chipogán, le sería<br/>posible huir a campo atraviesa, y si preciso fuera, pasar la<br/>frontera, esperando el momento oportuno para po nerse al<br/>frente de los insurrectos.<br/>Lionel, no hay porqué decirlo, se había mezclado intr é-<br/>pidamente en el grupo de los combatientes, mientras que el<br/>señor Nick no quiso salir de la sala, muy deci dido a conser-<br/>var la más estricta neutrali dad; pero esto no le impedía d e-<br/>sear el triunfo de Juan -Sin-Nombre y de sus defensores,<br/>entre los que contaba tantos amigos.<br/>Sin embargo, a pesar de su denodado valor, los hab i-<br/>tantes del cortijo no pudie ron resistir un nuevo empuje de<br/>los agentes y de los voluntarios, cuyo número era mucho<br/>mayor que el de los sitiados, que tuvieron que retroceder<br/>poco a poco hacia la casa para buscar en ella refugio.<br/>La sala no tardaría mucho, por consiguiente, en ser de<br/>nuevo invadida, toda salida cortada, y Juan -Sin-Nombre no<br/>tendría más remedio que rendirse.<br/>Y, en efecto, las fuerzas de los sitiados disminuían de un<br/>modo sensible; ya dos de les hijos mayores de Tomás Ha r-<br/>cher, Miguel y Santiago, así como tres o cuatro de sus co m-<br/>pañeros, habían tenido que ser transportados a una de las<br/>habitaciones contiguas, en donde Clary de Vaudreuil, Catal i-<br/>na y otras mujeres les prodigaban sus cuidados.<br/><br/><br/>Page No 245<br/><br/>JULIO VERNE<br/>246<br/><br/>Los sitiadores estaban perdidos sin re medio si algún re-<br/>fuerzo no viniera a sos tener a Juan y a sus compañeros, y<br/>con mayor motivo porque las municiones iban a faltarles.<br/>De pronto se operó un cambio favora ble para nuestros<br/>amigos.<br/>Lionel acababa de entrar en la sala, cubierto de sangre a<br/>consecuencia de una herida, felizmente poco grave, que le<br/>había rasgado un hombro.<br/>El Sr. Nick le vio.<br/>-¡Lionel!... ¡Lionel!... exclamó; ¡no has querido obed e-<br/>cerme!...: ¡Insoportable muchacho! Y cogiendo de un brazo a<br/>su joven pasante, quiso llevarle al cuarto de los heridos.<br/>El muchacho rehusó.<br/>-¡No es nada!... ¡no es nada! dijo. Pero ¿es posible, N i-<br/>colás Sagamore, que dejéis sucumbir a vuestros amigos,<br/>cuando vuestros guerreros no esperan más que una señal de<br/>su jefe para socorrerlos?<br/>-¡No!... ¡no!... exclamó el notario. ¡No tengo derecho pa-<br/>ra ello!... ¡Tomar partido en contra de la autoridad!...<br/>Y, sin embargo, queriendo intentar un supremo esfue r-<br/>zo, se precipitó en medio de los combatientes para detene r-<br/>los con sus exhortaciones.<br/>Esto no le salió bien, pues se vio rodea do por los agen-<br/>tes, que no le economizaron los golpes, llevándoselo en m e-<br/>dio del patio.<br/>El instinto belicoso de los guerreros mahogannis no<br/>pudo sufrir con paciencia semejante atentado en contra de<br/>su jefe. ¡Un Sagamore preso y maltratado por sus enemigos<br/>los Rostros-Pálidos!<br/><br/><br/>Page No 246<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>247<br/><br/>No fue necesario más para que el grito de guerra de la<br/>tribu retumbase en el espacio.<br/>-¡Adelante!... ¡adelante, hurones!... vociferó Lionel fuera<br/>de sí.<br/>La intervención de los indios cambió bruscamente la faz<br/>del combate. Con el hacha en la mano se precipitaron sobre<br/>los sitiadores; éstos, cansados por una lucha que duraba h a-<br/>cía más de una hora, tuvieron a su vez que retroceder.<br/>Juan-Sin-Nombre, Tomás Harcher y sus amigos se rehi-<br/>cieron e intentaron un nuevo esfuerzo para rechazar a Rip<br/>con su destacamento fuera del recinto. Los hurones los ay u-<br/>daron, después de libertar al Sr. Nick, que se sorprendió<br/>alentándolos con la voz, sino con el brazo, inhábil todavía en<br/>el manejo del tomahawk de sus antepasados.<br/>Y he aquí cómo un notario de Montreal, el más pacífico<br/>de los hombres, se vio comprometido por haber defendido<br/>una causa que no importaba ni a los mahogannis ni a su jefe.<br/>Agentes y voluntarios se vieron muy pronto obligados a<br/>salir atropelladamente del patio; y como los indios los pers i-<br/>guieron durante una milla o más, los alrede dores del cortijo<br/>de Chipogán quedaron enteramente libres.  ¡Mal negocio,<br/>decididamente, que figuraría con pérdida en el  próximo ba-<br/>lance de la casa Rip y Compañía!<br/>Aquel día la ley no triunfó, pero sí el patriotismo.<br/>FIN DEL CUADERNO SEGUNDO<br/><br/><br/>Page No 247<br/><br/>JULIO VERNE<br/>248<br/><br/>CUADERNO TERCERO<br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>SEGUNDA PARTE<br/>I<br/>PRIMERAS ESCARAMUZAS<br/>Lo ocurrido en la granja de Chipogán tuvo gran res o-<br/>nancia, pues la noticia se propagó con suma rapidez por<br/>todas las provincias canadienses.<br/>La opinión pública no podía encontrar ocasión más f a-<br/>vorable para manifestar sus sentimientos, porque no sol a-<br/>mente se trataba de un choque entre los campesinos y la<br/>policía, sino que ésta y los voluntarios realistas habían sido<br/>derrotados. Pero lo más grave del caso era la circunstan cia<br/>que hubo de motivar el envío de fuer zas a Chipogán. Juan<br/>Sin Nombre había aparecido de nuevo en el país, y noticioso<br/>Gilberto Argall de que se hallaba en el cor tijo, quiso que a<br/>todo trance fuese capturado; mas no pudiendo realizarse su<br/><br/><br/>Page No 248<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>249<br/><br/>afanoso deseo, el alma de la revolución, el que representaba<br/>la esperanza de la causa nacional, se hallaba libre, presintie n-<br/>do todos que muy pronto sabría servirse de su libertad con<br/>provecho.<br/>¿En dónde se refugió Juan Sin Nombre después de salir<br/>de Chipogán? Las más activas, minuciosas y sutiles pesquisas<br/>no bastaban para descubrir su retiro, si bien Rip, aun cuando<br/>desalentado por el mal éxito de sus gestiones, no desesper a-<br/>ba de tomar algún día su desquite; y como a ello le impelían<br/>de consuno el interés personal de salir bien de su empresa y<br/>la honra de su casa, era seguro que prose guiría su intento<br/>hasta salir vencedor. El Gobierno, que sabía muy bien a qué<br/>atenerse respecto de su agente, no le retiró su confianza,<br/>antes bien la dio nuevos ánimos. Rip, por lo tanto, comenzó<br/>su campaña con bríos, teniendo ahora la ventaja de no cami-<br/>nar a ciegas en la persecución del joven patriota, puesto que<br/>habiéndose encontrado frente a frente con él en la granja, le<br/>conocía personalmente, y eso le serviría de mucho en lo s u-<br/>cesivo.<br/>Quince días habían pasado, del 7 al 23, desde la escar a-<br/>muza de Chipogán, y la úl tima semana de Octubre acababa<br/>de expirar sin que Rip hubiese obtenido resultado alguno en<br/>sus propósitos.<br/>He aquí lo que aconteció.<br/>Al día siguiente de aquel en que se realizaron las escenas<br/>de que fue teatro la casa de Tomás Harcher, éste se vio obl i-<br/>gado a abandonar a Chipogán; y después de arreglar lo mejor<br/>posible sus más perentorios asuntos, se internó con sus hijos<br/>mayores en los bosques del condado de Laprairie; y cuando<br/><br/><br/>Page No 249<br/><br/>JULIO VERNE<br/>250<br/><br/>pudo traspasar la frontera ame ricana, se refugió en uno de<br/>los pueblos limítrofes, llamado Saint -Albans, situado en  la<br/>orilla del lago Champlain, en don de, en completa seguridad,<br/>puesto que los agentes de Gilberto Argall no podían allí<br/>apoderarse de su persona, esperó a ver el giro que iban a<br/>tomar los acontecimientos, no sin valerse desde allí de todos<br/>los medios disponibles para tener noticias ciertas.<br/>Si el movimiento nacional iniciado por Juan Sin No m-<br/>bre tenía favorable éxito; si el Canadá, recuperando su aut o-<br/>nomía, se libraba de la opresión anglo -sajona, Tomás<br/>Harcher  regresaría tranquilamente a su hogar; y si, lo que no<br/>era de suponer, la rebelión de los patriotas frac asara, espe-<br/>raría a que el tiempo lo hiciese olvidar todo, y cuando una<br/>amnistía, redimiendo las faltas del pasado, tornase las cosas a<br/>su estado normal, volvería del mismo mo do a su propio a l-<br/>bergue.<br/>Mientras tanto su mujer, muy apta para dirigir la casa,<br/>bastaba para cuidarlo todo; y aun cuando en la estación i n-<br/>vernal, en que ya se hallaban, los trabajos agrícolas están en<br/>suspenso, al llegar los días de cultivo, los intereses del señor<br/>de Vaudreuil no sufrirían perjuicio bajo la acer tada dirección<br/>de Catalina de Harcher.<br/>Pedro y sus hermanos, que estaban con su padre, segu i-<br/>rían ejerciendo su oficio de cazadores en los terrenos próx i-<br/>mos a la frontera canadiense, y probablemente an tes de<br/>medio año podrían empezar de nue vo la pesca en el San<br/>Lorenzo, si triunfaba la revolución.<br/>Y en verdad que Tomás Harcher salió a tiempo de su<br/>casa para buscar un refugio seguro, pues pocas horas de s-<br/><br/><br/>Page No 250<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>251<br/><br/>pués de su partida, Chipogán se vio ocupado militar mente<br/>por un destacamento de tropa lle gado de Montreal; pero<br/>como Catalina no tenía que temer nada por su marido ni por<br/>sus hijos, más comprometidos que los demás, se mantuvo<br/>serena, sabiendo hacerse respetar por los soldados, quienes,<br/>sin embargo de tener recomendada la circunspección en<br/>todas ocasiones, y la orden de no usar de represalias en el<br/>caso presente, por convenir al Gobierno la indulgencia, c o-<br/>meten siempre grandes abusos.<br/>En la villa Montcalm sucedió lo mismo que en la granja;<br/>las autoridades vigilaron sin cesar; pero el Sr. Vaudreuil, ha-<br/>biendo hecho causa común con el joven patriota, tuvo buen<br/>cuidado de no volver a su morada de la isla de Jesús. Dióse<br/>contra él, por el ministro de Policía, una orden de prisión; y<br/>el no hubiera huido, le hubieran preso y encarcelado en<br/>Montreal, no pudiendo, por lo tanto, unirse después a las<br/>filas de los insurrectos. Mas  ¿en dónde se refugió? Tal vez<br/>en casa de uno de sus amigos políticos; pero lo hizo con<br/>tanto sigilo, que fue imposible descubrir dónde se había r e-<br/>fugiado.<br/>Clary fue la única persona que volvió a la villa<br/>Montcalm, quedando en corres pondencia con los Sres. V i-<br/>cente Hodge, Farran, Clerc y Gramont; y en cuanto a Juan-<br/>Sin-Nombre, ella sabía que se hallaba en seguridad al lado de<br/>su madre.<br/>Varias veces recibió, por conducto de al gunos amigos,<br/>cartas suyas, en las que, si bien el proscrito no hablaba más<br/>que de política, adivinaba Clary que otro sen timiento se ha-<br/>bía apoderado del corazón del joven patriota.<br/><br/><br/>Page No 251<br/><br/>JULIO VERNE<br/>252<br/><br/>Digamos ahora que había sido del buen notario Nick y<br/>de su pasante.<br/>Nuestros lectores no habrán olvidado la parte que t o-<br/>maron los hurones en la refriega de Chipogán, pues sin su<br/>intervención los voluntarios no hubieran sido rechazados, y<br/>Juan Sin Nombre hubiera caído en poder de los agentes de<br/>Rip.<br/>Pero esta intervención de los Mahogannis, ¿quién la h a-<br/>bía provocado? ¿Fue acaso el pacífico notario de Montreal?<br/>No por cierto. Al contrario, todos sus esfuerzos tendieron a<br/>impedir la efusión de sangre, y no se precipitó en medio del<br/>combate sino para contener a los dos bandos, siendo aquel el<br/>instante en que los guerreros de Walhatta se mezclaron en la<br/>lucha con el único objeto de defender a Nicolás Sagamore,<br/>que, en poder de los sitiadores, corría el riesgo de ser tratado<br/>como rebelde. ¿Qué cosa más natural que la conducta de los<br/>guerreros indios defendiendo a su jefe? Es verdad que aqu e-<br/>lla acometida decidió el éxito del combate, dispersando a los<br/>voluntarios en el momento en que iban a forzar las puertas.<br/>Esto bastaba para que la autoridad hiciese responsable al Sr.<br/>Nick de aquel imprevisto desenlace, y, como es de suponer,<br/>el Notario temió, por la seguridad. de su persona, creyéndose<br/>seriamente comprometido a propó sito de una refriega que<br/>no tuvo otra cau sa que una simple detención que nada le<br/>importaba. Así las cosas, no quiso ya vol ver a su despacho<br/>de Montreal, y antes de que se apagara el ruido producido<br/>por aquella algarada, se dejó llevar sin resistencia al pueblo<br/>de Walhatta, consintiendo instalarse en el  wigwam de sus an-<br/>tepasados.<br/><br/><br/>Page No 252<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>253<br/><br/>Su estudio, es verdad, estaría cerrado durante un tiempo<br/>cuya duración no era fácil de apreciar; sus clientes sufrirían<br/>por su ausencia, y la anciana Dolly se entregaría a la desespe-<br/>ración. Pero ¿qué otra cosa podía determinar? Más valía ser<br/>Nicolás Sagamore en medio de su tribu, que el Sr. Nick d e-<br/>tenido en las prisiones de Montreal, acusado de rebelión<br/>contra los agentes de la fuerza pública.<br/>No tenemos por que decir que Lionel siguió a su princi-<br/>pal a aquel pueblo indio, perdido en medio de los espesos<br/>bosques del condado de Laprairie; porque habiéndose batido<br/>con mucho denuedo en contra  de los voluntarios, difícil le<br/>hubiese sido eludir la pena reservada a los rebeldes.<br/>El Sr. Nick se lamentaba in petto de la situación en que se<br/>hallaba; pero Lionel, por el contrario, se alegraba del giro<br/>que había llevado el asunto, y lejos de sentir haber tomado la<br/>defensa de Juan Sin Nombre, del héroe aclamado por las po-<br/>blaciones franco -canadienses, esperaba que las cosas no<br/>quedarían en tal estado, y que los indios se declararían en<br/>favor de los insurrectos.<br/>El Sr. Nick no era ya el Sr. Nick; era el jefe de los hur o-<br/>nes, y Lionel tampoco era su pasante, sino el brazo derecho<br/>del último de los Sagamores.<br/>Era de suponer, con razón, que el Go bernador general<br/>quisiese castigar a los Mahogannis, culpables por haber i n-<br/>tervenido en la refriega de Chipogán; pero la prudencia<br/>aconsejó a lord Gosford una reserva harto justificada por las<br/>circunstancias, porque las represalias hubiesen tal vez exa s-<br/>perado a las poblaciones indígenas dándoles ocasión de ayu-<br/>dar a sus hermanos, y entonces era de temer una sublevación<br/><br/><br/>Page No 253<br/><br/>JULIO VERNE<br/>254<br/><br/>general que hubiera complicado mucho el actual orden de<br/>cosas. El Gober nador general, pues, juzgó conveniente no<br/>perseguir a los guerreros de Walhatta, ni tampoco al nuevo<br/>jefe llamado a regir el destino de su tribu por derecho de<br/>sucesión; así es que el Sr. Nick y Lionel no fueron molest a-<br/>dos en su nuevo retiro.<br/>Lord Gosford observaba con extremada atención los<br/>trabajos de los reformistas que continuaban agitándose lo<br/>mismo en el Alto que en el Bajo Canadá. El distrito de<br/>Montreal estaba especialmente sometido a la vigilancia de la<br/>policía, que no se daba punto de descanso, esperando de un<br/>instante a otro estallase una insurrección en las parroquias<br/>cercanas al Richelieu, tomándose, como era natural, medidas<br/>para sofocarla en su principio, caso de no poder impedirla; y<br/>en esa previsión los soldados de que sir John Colborne podía<br/>disponer; fueron a situarse en los confines del condado de<br/>Montreal y limítrofes.<br/>Los partidarios de la reforma no ignoraban que la lucha<br/>sería muy difícil de sostener; pero esto no era bastante para<br/>detenerlos en sus propósitos, porque pensaban que la causa<br/>nacional tendría por defensores a todos los fra n-<br/>co-canadienses, quienes acudirían a reunirse en  masa alrede-<br/>dor de la bandera del reformismo; y, en efecto, éstos no<br/>esperaban más que una señal para empuñar las armas, desde<br/>que la escaramuza de Chipogán les reveló la presencia de<br/>Juan Sin Nombre; señal de que el popular agitador no había<br/>dado aun porque las  decisiones antiliberales que sin duda<br/>iba a tomar el Gabinete británico, no se habían acordado<br/>todavía.<br/><br/><br/>Page No 254<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>255<br/><br/>Desde el misterioso retiro de Casa Cerrada, en donde<br/>vivía con su madre, Juan no cesaba de observar con atención<br/>el estado de los espíritus. Durante las seis semanas que iban<br/>ya transcurridas, el abate Joann había ido varias veces, en<br/>medio de la noche, a conferenciar con su hermano; así es<br/>que éste se hallaba muy al corriente de las eventualidades de<br/>la política. Lo que él esperaba, como efecto de las tendencias<br/>opresivas de las Cámaras inglesas, es decir, la suspensión de<br/>la Constitución de 1791, y por lo tanto, la disolución de la<br/>Asamblea canadiense, si tal medida se adoptaba, o, la pr o-<br/>rrogación de ella en caso contrario, no era todavía más que<br/>un proyecto. El joven revolucionario, lleno de ardor, estuvo<br/>veinte veces a punto de abandonar Casa Cerrada para rec o-<br/>rrer públicamente el condado y excitar a los patriotas, hal a-<br/>gado con la esperanza de que los habitantes de las ciudades y<br/>del campo se alzarían a su voz, seguro de que todos harían<br/>buen uso de las armas de que había provisto a los centros<br/>reformistas en su último viaje de propaganda por el San L o-<br/>renzo. Los realistas, pensaba él, serían en el primer momento<br/>aniquilados por el número, y la aut oridad de los opresores<br/>terminaría.<br/>El abate Joann le aconsejó abandonara este designio,<br/>porque si por desgracia el primer choque producía una d e-<br/>rrota, arrastraría consigo toda esperanza para el porvenir; y<br/>dicha derrota era de temer, porque las tropas reunidas alr e-<br/>dedor de Montreal estaban prontas a marchar a cualquier<br/>punto de los condados limítrofes en donde se iniciara la r e-<br/>belión.<br/><br/><br/>Page No 255<br/><br/>JULIO VERNE<br/>256<br/><br/>Convenía, pues, obrar con extremada cautela, y valía<br/>más esperar que la exas peración pública llegase a su colmo<br/>por causa de las tiránicas medidas del Parla mento y las exac-<br/>ciones de los agentes de la Corona. Estas razones eran suf i-<br/>cientes para retrasar el movimiento, a pesar de la gran<br/>impaciencia que experimentaban los Hijos de la Libertad.<br/>Cuando Juan huyó de Chipogán, conta ba como seguro<br/>que el mes de Octubre no finalizaría sin que una insurre c-<br/>ción general se produjese en el Canadá; y no obstante, el 23<br/>de dicho mes nada indicaba que dicho movimiento estuviera<br/>próximo a estallar, cuando de repente la ocasión prevista por<br/>el joven patriota se presentó, provocando las primeras mani-<br/>festaciones.<br/>Según la relación hecha por los tres de legados nueva-<br/>mente nombrados por el Go bierno inglés, la Cámara de los<br/>Lores y la Cámara de los Comunes se habían apre surado a<br/>adoptar las proposiciones siguientes: empleo de los fondos<br/>públicos sin autorización de la Asamblea canadiense; acus a-<br/>ción de los principales diputados reformistas; modificación<br/>de la Constitución, exigiendo al elector francés un cen so<br/>doble que al inglés, e irresponsabilidad de los ministros ante<br/>las Cámaras.<br/>Estas medidas, tan injustas como vio lentas, turbaron el<br/>país entero y exaltaron los sentimientos patrióticos de la raza<br/>franco-canadiense. Era más de lo que los ciudadanos podían<br/>sufrir, y naturalmente todos los habitantes de las parroquias<br/>de ambas orillas del San Lorenzo acudieron en masa a los<br/>meettings.<br/><br/><br/>Page No 256<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>257<br/><br/>En Laprairie hubo el día 15 de Septiembre una reunión<br/>a la que asistieron el delegado francés, que había recibido al<br/>efecto órdenes de su Gobierno, y el encar gado de negocios<br/>de los Estados Unidos, residente en Quebec.<br/>En Santa Escolástica, en Saint -Ours; y en particular en<br/>los condados del Bajo Canadá, se pidió la ruptura inmediata<br/>de las relaciones con la Gran Bretaña; se provo có a los r e-<br/>formistas para que pasaran de las palabras a los hechos, y se<br/>decidió pedir el concurso de los americanos.<br/>Se estableció una caja, en la cual se recogerían las ofre n-<br/>das que se hicieran, por pequeñas que fuesen, para sostener<br/>la causa popular, e inmediatamente se orga nizaron manifes-<br/>taciones, en las que se veían banderas con los siguientes l e-<br/>treros:<br/>¡Huid, tiranos! ¡El pueblo despierta! ¡Unión de los pu e-<br/>blos, terror de los grandes! ¡Antes queremos lucha sangrienta<br/>que la opresión de un poder corrompido! Una bandera n e-<br/>gra, en la que se veía una calavera con huesos puestos en<br/>cruz, llevaba inscritos los nombres de Craig, Dalhousie,<br/>Aylmer y Gosford, gobernadores hasta la saciedad aborrec i-<br/>dos; y en honra de la antigua Francia, los manifestantes co n-<br/>ducían también enhiesta una bandera blanca con el águila<br/>americana rodeada de estrellas por un lado, y por el otro el<br/>águila canadiense sosteniendo en el pico una rama de arce<br/>con este lema ¡Nuestro porvenir! ¡Libre como el aire!<br/>Ya se ve hasta que grado llegaba la sobrexcitación de los<br/>espíritus. Inglaterra podía temer que la colonia rompiese de<br/>una vez el lazo que la unía a ella. Los re presentantes de su<br/>autoridad en el Cana dá turnaron importantes medidas en<br/><br/><br/>Page No 257<br/><br/>JULIO VERNE<br/>258<br/><br/>previsión de una suprema lucha, si bien apa rentaban no ver<br/>más que turbulencias de una facción en donde realmente se<br/>trataba de un movimiento nacional.<br/>El 23 de Octubre se reunió una asamblea en San Carlos,<br/>el mismo pueblo en que Juan Sin Nombre se refugió en casa<br/>de su madre y que iba a ser el teatro de acontecimientos<br/>tristemente célebres. Los seis condados de Richelieu, de San<br/>Jacinto, de Rouville, de Chambly, de Verchères y de Acadia;<br/>enviaron sus representantes. Trece diputados debían hablar,<br/>y entre ellos Papineau, entonces en el apo geo de su popula-<br/>ridad. Más de seis mil personas, hombres, mujeres, niños,<br/>acudieron de diez leguas en redondo y acam paron en medio<br/>de una vasta pradera perteneciente al doctor Duvert, alrede-<br/>dor de una columna rematada en un gorro fri gio; y para que<br/>no se dudase de que el elemento militar hacía causa común<br/>con el elemento civil, una compañía de milicianos agitaba sus<br/>armas al pie de dicha columna.<br/>Papineau pronunció, después de algunos otros oradores<br/>más fogosos que él, un discurso, que pareció acaso demasi a-<br/>do moderado, aconsejando mantenerse en el terreno de la<br/>agitación constitucional. El doctor Nelson, presidente de la<br/>Asamblea, le respondió en medio de frenéticas aclamaciones,<br/>diciendo.. «que había llegado el tiempo de fundir las cucharas<br/>para hacer balas.» El doctor Cote, representante de la Ac a-<br/>dia, apoyó a su colega con estas enér gicas y excitantes pala-<br/>bras:<br/>-¡Ha pasado ya el tiempo de los dis cursos! ¡Plomo es lo<br/>que ahora precisa enviar a nuestros enemigos!<br/><br/><br/>Page No 258<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>259<br/><br/>Trece proposiciones fueron adoptadas, mientras que los<br/>hurrahs se mezclaban a las salvas de los fusiles de los milici a-<br/>nos.<br/>Estas proposiciones, tales como las resume M. O. David<br/>en su folleto  Los Patriotas, empezaban por una distinción de<br/>los derechos del hombre; afirmaban el de recho y la neces i-<br/>dad de resistir a un Go bierno titánico; aconsejaban a los<br/>soldados ingleses que desertasen de sus filas; alentaban al<br/>pueblo para que rehusara obediencia a los magistrados y a<br/>los oficiales del ejército nombrados por el Go bierno, y, por<br/>fin, proclamaban la conve niencia de orga nizarse como los<br/>Hijos de la Libertad.<br/>Papineau y sus colegas desfilaron des pués por delante<br/>de la simbólica columna, mientras que todos los jóvenes<br/>entonaron en coro un himno adecuado a las circunstancias.<br/>En aquel momento parecía que el entu siasmo no podía<br/>llegar más allá, y sin em bargo, creció de punto algunos in s-<br/>tantes al aparecer en medio de la Asamblea un nuevo pers o-<br/>naje.<br/>Éste era un joven de mirada ardiente y apasionada, que,<br/>subiendo al pedestal de la columna, dominó a la muchedum-<br/>bre. En su mano ondeaba la bandera de la in dependencia<br/>canadiense. Algunos le conocieron; pero antes que nadie el<br/>abogado Gramont lanzó su nombre al aire, y todos los co n-<br/>currentes lo repitieron en medio de frenéticos aplausos:<br/>«¡Juan Sin Nombre!... ¡Juan Sin Nombre!»<br/>El joven, que acababa de dejar Casa Cerrada, se mostra-<br/>ba en público por primera vez desde la sublevación de 1835,<br/>y el entusiasmo fue indescriptible. Después de unir su no m-<br/><br/><br/>Page No 259<br/><br/>JULIO VERNE<br/>260<br/><br/>bre a los de los que protestaban, desapareció... Mas se le<br/>había visto, y el efecto producido fue inmenso.<br/>Estos incidentes ocurridos en San Car los fueron en se-<br/>guida conocidos en todo el Canadá. Otros meetings se celebra-<br/>ron en la mayor parte de las parroquias del distrito, y en<br/>vano fue que el obispo de Montreal, monseñor Lartigues,<br/>procurase calmar los espíritus por medio de una pas toral<br/>llena de moderación evangélica: la explosión estaba ya cerc a-<br/>na. <br/>El señor de Vaudreuil en su retiro, y Clary en la villa<br/>Montcalm, tuvieron aviso de ello por dos esquelas cuya letra<br/>les era bien conocida; y lo mismo sucedió con Tomás Ha r-<br/>cher y sus hijos, reunidos en Saint -Albans, ese pueblecillo<br/>americano en donde esperaban con impaciencia el tiempo<br/>oportuno para pasar otra vez la frontera.<br/>El invierno se había iniciado ya con ese cambio brusco<br/>propio del clima del Norte de América. Las vastas llanuras<br/>no ofrecían ningún obstáculo a las ráfagas que llegaban de<br/>las regiones polares, y el  Gulf-stream, yéndose hacia Europa,<br/>no les prestaba su agradable calor. Ninguna transición había<br/>habido entre los calores del estío y los fríos del período i n-<br/>vernal. La lluvia caía sin cesar, a través de la cual se dejaba<br/>ver de vez en cuando algún rayo de sol, completamente de s-<br/>provisto de calórico; en pocos días los árboles fueron de s-<br/>pojados por completo de sus hojas, formando en el suelo<br/>una espesa alfombra, bien pronto cubierta por la nie ve que<br/>invadiría todo el país canadiense.<br/><br/><br/>Page No 260<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>261<br/><br/>Pero ni la fuerza de las borrascas ni la ruda temperatura<br/>de aquel clima eran su ficientes para impedir a los patriotas<br/>alzarse a la primera señal.<br/>En estas condiciones, para todos desfavorables, una c o-<br/>lisión producida el 6 de Noviembre en Montreal puso frente<br/>a frente los dos bandos contrarios.<br/>El primer lunes de cada mes los Hijos de la Libertad<br/>acostumbraban reunirse en las grandes poblaciones para<br/>hacer una manifestación. pública; aquel día los pa triotas de<br/>Montreal quisieron que tuviera gran resonancia, y al efecto se<br/>citaron para dicha manifestación en el centro mis mo de la<br/>ciudad, en un local vastísimo de la calle de Santiago.<br/>Los miembros del Dorie-club, al saber la noticia, hicieron<br/>fijar en las esquinas una proclama diciendo: «que había llega-<br/>do ya la hora de aplastar la rebelión en su principio» y los<br/>leales al régimen opre sor, los constitucionales y los emple a-<br/>dos, fueron invitados para reunirse en la plaza de Armas.<br/>El meeting popular tuvo efecto en el día y en el sitio ind i-<br/>cado; Papineau se hizo aplaudir calurosamente por su discur-<br/>so, y otros oradores como Brown; Quinet y Eduardo Rollier<br/>provocaron entusiastas aclamaciones.<br/>De repente una lluvia de piedras cayó sobre el sitio en<br/>que estaban los manifestantes: eran los serviles que atacaban<br/>a los patriotas. Estos, armados sólo con bastones, formáron-<br/>se en cuatro columnas, se lanzaron a la calle, cayeron sobre<br/>los miembros del Dorie -club y los rechazaron vivamente<br/>hacia la plaza de Armas. Entonces los tiros empezaron por<br/>ambas partes; Brown recibió un violento golpe que le tendió<br/>en tierra, y uno de los más acérrimos partidarios de la refo r-<br/><br/><br/>Page No 261<br/><br/>JULIO VERNE<br/>262<br/><br/>ma, el caballero de Lorimier, fue herido en un muslo por una<br/>bala.<br/>Sin embargo, aun cuando los miembros del  Dorie-club<br/>habían sido rechazados, no se consideraban vencidos, s a-<br/>biendo que las tropas les apoyarían, y con gran pla cer de los<br/>demás leales, se dispersaron por las calles de Montreal, ro m-<br/>pieron a pedradas las ventanas de la casa de Papi neau y sa-<br/>quearon las prensas del  Vindicator, periódico liberal que<br/>combatía desde largo tiempo a favor de la causa franco -<br/>canadiense.<br/>Después de esta algarada, los patriotas fueron persegu i-<br/>dos con más encarniza miento. Ordenes de prisión, exped i-<br/>das por mandato de lord Gosford, obligaron a los<br/>principales jefes a salir precipitadamente de la ciudad, por<br/>más que todas las casas se abrieron para darles asilo. El s e-<br/>ñor de Vaudreuil, que se había batido también, tuvo que<br/>volver a su retiro, en donde le había buscado en vano la p o-<br/>licía desde la escaramuza de Chipogán.<br/>Lo propio sucedió con Juan -Sin-Nombre, que apareció<br/>de nuevo en las circunstancias siguientes:<br/>Después de la manifestación del 6 de Noviembre, alg u-<br/>nos ciudadanos notables habían sido presos en los alreded o-<br/>res de Montreal, entre otros el Sr. Demaray y el doctor<br/>Davignon, de San Juan de Iberville, a quienes un destac a-<br/>mento de caballería había de conducir al lugar designado el<br/>día 22 de Noviembre.<br/>Uno de los más atrevidos partidarios de la causa naci o-<br/>nal, representante del condado de Chambly, L. M. Viger, «el<br/>hermoso Viger» como se lo llamaba en las filas de los ins u-<br/><br/><br/>Page No 262<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>263<br/><br/>rrectos, fue avisado del arresto de sus dos amigos, y el ho m-<br/>bre que fue a darle la noticia le era desconocido.<br/>-¿Quién sois? le preguntó.<br/>-Poco importa eso, le respondió este hombre. Los pr i-<br/>sioneros, encerrados en un coche, van a atravesar la parr o-<br/>quia de Longueuil, y es preciso libertarlos.<br/>-¿Estáis solo?<br/>-Mis amigos me esperan.<br/>-¿En dónde nos reuniremos con ellos?<br/>-En el camino.<br/>-Vamos, pues.<br/>Y así lo hicieron. Los partidarios no faltaron ni a Viger<br/>ni a su compañero. Llegaron a la entrada de Longueuil, se-<br/>guidos de buen número de  patriotas que se apostaron a<br/>cierta distancia del pueblo; pero habiéndolo sabido el Go-<br/>bierno, un grueso destacamento de tropa acudió para apoyar<br/>a la caballería que es coltaba el coche, y el jefe de la fuerza<br/>hizo saber a los habitantes del pueblo que si se unían a Viger,<br/>la población sería entregada a las llamas.<br/>-Nada tenemos que hacer aquí, dijo el desconocido,<br/>cuando estas amenazas llegaron a sus oídos. Venid...<br/>-¿Adónde? preguntó Viger.<br/>-A dos millas de Longueuil, respon dió. No demos pr e-<br/>texto a los tiranos para que se entreguen a las represalias; no<br/>nos conviene por ahora.<br/>-¡Partamos! dijo Viger.<br/>Y ambos emprendieron la marcha por los atajos, segu i-<br/>dos de sus compañeros. Al llegar cerca de la granja de Tr u-<br/>deau, se apostaron en un campo, cercano. Ya era tiempo,<br/><br/><br/>Page No 263<br/><br/>JULIO VERNE<br/>264<br/><br/>pues una nube de polvo que se levantaba a un cuarto de m i-<br/>lla, anunciaba la aproximación de los prisioneros y de su<br/>escolta.<br/>El coche llegó, y en seguida Viger, avanzando hacia el<br/>jefe de la escolta:<br/>-¡Alto! dijo. ¡Entregadnos a los prisioneros, en nombre<br/>del pueblo!<br/>-¡A mí! gritó el oficial dirigiéndose a su tropa. ¡Pronto!<br/>-¡Alto! repitió el desconocido.<br/>De repente un hombre se abalanzó para prenderle; era<br/>un agente de la casa Rip y Compañía, uno de los que se h a-<br/>bían hallado en la refriega de Chipogán.<br/>-¡Juan Sin Nombre! exclamó cuando estuvo frente por<br/>frente del joven proscrito...<br/>-¡Juan Sin Nombre! repitió Viger corriendo hacia su<br/>compañero.<br/>Y de repente estallaron, con una irresistible alegría, gr i-<br/>tos de indecible entusiasmo.<br/>En el momento en que el oficial daba orden de apod e-<br/>rarse de Juan Sin Nombre, fue derribado del caballo por un<br/>vigoroso canadiense que había salido al camino, mientras<br/>que los demás, ocultos entre el follaje, aguardaban las órd e-<br/>nes de Viger, órdenes que éste multiplicaba con voz de tru e-<br/>no, como si hubiera dispuesto de un centenar de<br/>combatientes. Durante aquel tiempo, Juan se aproximó al<br/>coche, rodeado por algunos de sus partidarios, tan de cididos<br/>a defenderla como a libertar a los señores Demaray y Davi g-<br/>non.<br/><br/><br/>Page No 264<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>265<br/><br/>Pero, después de levantarse, el oficial mandó hacer fu e-<br/>go, y seis o siete tiros so naron a la vez. Viger recibió dos<br/>balas que le hirieron, pero no mortalmente, pues la una le<br/>rozó una pierna y la otra le llevó la última falange del dedo<br/>meñique, lo que no le impidió disparar un pistoletazo, que<br/>alcanzó en la rodilla al jefe de la escolta.<br/>Entonces se apoderó un gran pánico de los caballos del<br/>destacamento; varios de ellos, heridos, se desbocaron, y los<br/>soldados, creyendo habérselas con un millar de hombres, se<br/>dispersaron por la campiña. Libre ya el coche, Juan Sin<br/>Nombre y Viger corrieron a las portezuelas, que abrie ron, y<br/>los prisioneros fueron llevados en triunfo hasta el pueblo de<br/>Boucherville.<br/>Un momento después de la refriega, cuando Viger y los<br/>demás buscaron a Juan Sin Nombre, éste había desaparec i-<br/>do, sin que ninguno advirtiera la dirección que había tom a-<br/>do, si bien nadie dudaba de que se le volvería a ver<br/>seguramente, cuando empezara la lucha que había de decidir<br/>de la independencia canadiense.<br/><br/><br/>Page No 265<br/><br/>JULIO VERNE<br/>266<br/><br/>II<br/>SAN DIONISIO Y SAN CARLOS<br/>No estaba lejano el día en que estallara la revolución,<br/>pues ambos partidos se ha llaban ya, puede decirse, frente a<br/>frente. Pero ¿cuál sería el teatro de la lucha? Sin duda los<br/>condados limítrofes al de Montreal, en los que la efervescen-<br/>cia tomaba proporciones muy inquietantes para el Gobierno,<br/>sobre todo en los de Verchères y San Jacinto. Se hablaba<br/>muy particularmente de dos de las más ricas parroquias b a-<br/>ñadas por el Richelieu y situadas a po cas leguas una de otra:<br/>San Dionisio, en donde los reformistas habían concentrado<br/>sus fuerzas, y San Carlos, en la que Juan, vuelto a Casa C e-<br/>rrada, se preparaba a dar la señal del alzamiento.<br/>El Gobernador general había tomado todas las medidas<br/>que exigían las circunstancias, y por lo tanto los revoluciona-<br/>rios no podían contar con sorprenderle en su palacio para<br/>aprisionarle y sustituir con la autoridad popular la de la M e-<br/>trópoli. En previsión de que el ataque se iniciara por los pa r-<br/>tidarios de la dominación in glesa, los defensores de la<br/>independencia canadiense se acantonaron en unas posiciones<br/><br/><br/>Page No 266<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>267<br/><br/>en que la resistencia podía organi zarse en mejores condicio-<br/>nes, y todos sus esfuerzos tenderían a pasar de la defensa al<br/>ataque.<br/>La primera victoria obtenida traería en pos de sí el co n-<br/>dado de San Jacinto,  la sublevación general de las poblaci o-<br/>nes ribereñas del San Lorenzo, y por con siguiente el<br/>aniquilamiento de la tiranía anglo-sajona desde el lago Onta-<br/>rio hasta la embocadura del río.<br/>Lord Gosford no ignoraba ninguno de estos detalles;<br/>pero no disponiendo sino de pocas fuerzas, que seguramente<br/>sucumbirían bajo el peso de la insurrección, importábale<br/>sofocar ésta en un principio, por un golpe certero en San<br/>Dionisio y en San Carlos, lo que se intentó después de la<br/>refriega de Longueuil. Sir John Colborne, que tenía la jefat u-<br/>ra del ejército anglo-canadiense, lo dividió en dos colum nas;<br/>la una mandada por el teniente coronel Witherall, y la otra<br/>por el coronel Gore.<br/>Este ultimo, después de hacer con ra pidez sus prepara-<br/>tivos, salió de Montreal el 22 de Noviembre. Su columna,<br/>compuesta de cinco compañía s de tiradores y de un dest a-<br/>camento, de a caballo, no tenía más artillería que una pieza<br/>de campaña. Llegó a Sorel el mismo día por la tarde, y sin<br/>descansar apenas; se puso nuevamente en marcha, pues aun<br/>cuando estaba el tiempo malísimo y el camino poco menos<br/>que impracticable, no titubeó ni un solo instante en pros e-<br/>guir su ruta, en medio de una noche muy oscura. Su pr o-<br/>yecto era el de batir a los insurrectos de San Carlos, des pués<br/>de haber derrotado a los de San Dionisio; pero antes de todo<br/><br/><br/>Page No 267<br/><br/>JULIO VERNE<br/>268<br/><br/>ataque pensaba procederá la detención de cuantos cabeci llas<br/>pudiese, con ayuda del diputado sheriff, que le acompañaba.<br/>El coronel Gore había salido de Sorel hacía algunas h o-<br/>ras cuando el teniente Weir, que pertenecía al regimiento nú-<br/>mero 32, llegó allí para entregarle un plie go cerrado de sir<br/>John Colborne. Como el despacho era urgentísimo, Weir se<br/>puso nuevamente en camino; y tomando por un atajo se dio<br/>tanta prisa, que, llegando a San Dionisio antes que los sold a-<br/>dos, cayó en poder de los patriotas. El doctor Nelson, encar-<br/>gado de la defensa, interrogó a este joven oficial y pudo<br/>obtener de él la confesión de que el coronel Gore, a marchas<br/>forzadas, se dirigía al pueblo, y que llegaría, sin duda alguna,<br/>al amanecer del día siguiente.<br/>Sabido esto, puso al detenido bajo la custodia de alg u-<br/>nos hombres, recomendándoles que le guardasen las may o-<br/>res atenciones, y procedió a activar con gran rapidez los<br/>preparativos de defensa.<br/>Entre otras compañías de patriotas exis tían las que se<br/>designaban con el nombre de  Castors y de  Raquettes, hábiles<br/>en el manejo de las armas, y cuya conducta fue en extremo<br/>brillante en aquella jornada. Bajo las órdenes del doctor Nel-<br/>son se hallaban Papineau y algunos otros diputados, el comi-<br/>sario general Felipe Pacaud y los señores de Vaudreuil,<br/>Vicente Hodge, Andrés Farran; William Clerc y Sebastián<br/>Gramont; quienes; llamados todos por Juan, habían ido a<br/>unirse con los reformistas; esquivando, no sin trabajo, las<br/>pesquisas de la policía.<br/>Clary de Vaudreuil también se encontraba allí, porque<br/>acababa de llegar al lado de su padre, a quien no había vuelto<br/><br/><br/>Page No 268<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>269<br/><br/>a ver desde las ocurrencias de Chipogán; pues noticioso éste<br/>de que había recaído orden de arresto contra él, tuvo necesa-<br/>riamente que abandonar con precipitación la villa Montcalm,<br/>lleno, sin embargo, de inquietud por dejar sola en ella a su<br/>hija, expuesta a toda clase de peligros. Así es que cuando<br/>resolvió irse a San Dionisio, la propuso que fuera a re u-<br/>nírsele, lo que Clary hizo sin vacilar un instante: máxime<br/>cuando no dudaba del éxito definitivo de la insu rrección,<br/>sabiendo que Juan Sin Nombre iba a ponerse al frente de los<br/>patriotas. El señor y la señorita de Vaudreuil estaban, por lo<br/>tanto, reunidos en aquel pueblo, bajo la hospitalidad de su<br/>amigo el juez Froment, que sigilosamente los albergaba.<br/>Los conjurados de San Dionisio adop taron una medida<br/>a la que Papineau tuvo que someterse, muy a pesar suyo. El<br/>doctor Nelson y algunos otros hicieron com prender al vale-<br/>roso diputado que su sitio no estaba en el teatro de la lucha;<br/>que su vida era preciosa en demasía para que la arriesgara sin<br/>necesidad, y que debía irremisiblemente salir de San Dionisio<br/>y ocultarse en un sitio tan reservado y seguro, que los age n-<br/>tes de Gilberto Argall no pudieran descubrirle.<br/>Y así lo hizo, no obstante el pesar que semejante proc e-<br/>der le producía. La noche entera la pasaron los patriotas<br/>fundiendo balas, arreglando municiones y pertre chándose<br/>para la guerra.<br/>El hijo del doctor Nelson, sus compa ñeros, el señor de<br/>Vaudreuil y demás amigos, trabajaron también sin descanso;<br/>pero desgraciadamente el armamento de jaba mucho que<br/>desear, pues los fusiles, sobre ser escasos en número, eran de<br/><br/><br/>Page No 269<br/><br/>JULIO VERNE<br/>270<br/><br/>chispa, marraban muchas veces, y su al cance no pasaba más<br/>allá de un centenar de pasos.<br/>Nuestros lectores no habrán olvidado que Juan, durante<br/>sus correrías por el San Lorenzo, había distribuido armas y<br/>municiones por todas partes, y que como cada uno de los<br/>condados hubo de recibir su contingente en previsión de un<br/>alzamiento general, no hicieron depósito de ellas en un<br/>punto determinado; cosa que hubiera sido conveniente en<br/>San Carlos y en San Dionisio, si hubieran podido prever que<br/>era allí donde iba a producirse el primer choque.<br/>Mientras tanto, el coronel Gore avanzaba en medio de<br/>aquella noche fría, y un poco antes de llegar a San Dionisio,<br/>dos canadienses franceses que cayeron en sus manos le dij e-<br/>ron que los insurrectos no le dejarían atravesar la parroquia,<br/>pues lucharían hasta morir.<br/>El coronel, sin dar un instante de tregua a sus soldados,<br/>los arengó diciéndoles que la nación inglesa los miraba, que<br/>el honor Militar exigía batirse con denuedo, que no tenían<br/>que esperar cuartel de los sublevados; y hecho esto, los div i-<br/>dió en tres columnas, colocando una en un bosquecillo que<br/>se hallaba al Este del pueblo, otra en la orilla del río, mie n-<br/>tras que la tercera, arrastrando consigo su único cañón, co n-<br/>tinuó su marcha por la carretera.<br/>A las seis de la mañana el doctor Nelson, los señores<br/>Vicente Hodge y Vaudreuil montaron a caballo para hacer<br/>un reconocimiento por el camino de Saint-Ours. La oscur i-<br/>dad era -tanta, que faltó<br/>muy poco para que los tres cayesen en poder de la va n-<br/>guardia enemiga.<br/><br/><br/>Page No 270<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>271<br/><br/>Retrocedieron inmediatamente, y al entrar en San Di o-<br/>nisio dieron orden de cortar los puentes y de repicar las<br/>campanas, para que los patriotas se reunieran, sin perder<br/>tiempo, en la plaza.<br/>¡Cuántos eran! A lo sumo setecientos u ochocientos,<br/>pocos en número y mal armados, pues mientras unos llev a-<br/>ban fusiles, otros empuñaban hoces, horquillas y picas; pero<br/>todos absolutamente decididos a perder la vida antes que<br/>permitir la entrada a los soldados del coronel Gore.<br/>Ya reunidos, el doctor Nelson segregó a los que se h a-<br/>llaban en estado de hacer fuego, y los apostó del siguiente<br/>modo: en el piso segundo de una gran casa de piedra situada<br/>en la orilla del camino, colocó a unos sesenta, y con ellos<br/>estaban el señor de Vaudreuil y Vicente Hodge; a veinticinco<br/>pasos de allí, detrás de una fábrica de alcoholes cuya propi e-<br/>dad le pertenecía, parapetó a treinta, entre los que se veían<br/>William Clerc y Andrés Farran; en el fondo de un almacén,<br/>dependiente de la mencionada fábrica, ocultó una docena, en<br/>compañía del diputado Gramont. Los demás, reducidos a<br/>combatir con arma blanca, se resguardaron detrás de los mu-<br/>ros de la iglesia, prontos a precipitarse sobre los sitiadores.<br/>En aquel momento, a eso de las nueve y media de la<br/>mañana, tuvo lugar un trá gico acontecimiento, nunca bien<br/>explicado por nadie.<br/>El teniente Weir, prisionero del doctor Nelson, y a<br/>quien algunos hombres acom pañaban por el camino, tan<br/>luego como divisó la vanguardia del coronel Gore, procuró<br/>escapar para unirse a los suyos; mas habiendo tropezado,<br/>cayó, y, no te niendo tiempo para levantarse, fue muerto a<br/><br/><br/>Page No 271<br/><br/>JULIO VERNE<br/>272<br/><br/>sablazos. ¿Quiénes fueron los que le mataron? No se supo<br/>jamás.<br/>Presentes ya en el pueblo los soldados, empezó el co m-<br/>bate; una de las primeras balas de cañón lanzadas contra la<br/>casa de piedra, mató a dos canadienses apostados en el s e-<br/>gundo piso, mientras que un tercero, que hacía fuego desde<br/>una de las ventanas, fue gravemente herido.<br/>Durante algunos minutos, numerosos tiros sonaron por<br/>ambas partes, y los soldados que ofrecían blanco a la punt e-<br/>ría pagaron muy caro la imprudente indife rencia con que se<br/>exponían al fuego de aquellos «aldeanos»como los llamaban.<br/>Pelearon con bizarría; pero fueron diezmados por los defen-<br/>sores de la casa de piedra, y tres de sus artilleros cayeron con<br/>la mecha en la mano, al lado de la pieza que servían.<br/>Sin embargo, los proyectiles no choca ban en balde con<br/>las paredes, y bien pronto se observó que el segundo piso de<br/>la mencionada casa no ofrecía seguridad alguna.<br/>-¡Al piso bajo! exclamó el doctor Nelson.<br/>-Sí, respondió Vicente Hodge; desde allí tiraremos más<br/>de cerca sobre las casacas encarnadas.<br/>Bajaron todos, y las descargas empezaron con rapidez.<br/>Los reformistas demostraban un valor sin igual; algunos,<br/>intrépidos hasta lo in descriptible, salieron al camino y se<br/>batían al descubierto; mas como esto era una imprudencia<br/>peligrosísima, el doctor Nelson envió a su ayudante Perrault,<br/>natural de Montreal, con orden  de que se retira ran; pero<br/>cumplió su misión con tan mala estrella, que recibiendo en<br/>aquel momento dos balazos, cayó muerto.<br/><br/><br/>Page No 272<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>273<br/><br/>Por espacio de más de una hora el ti roteo continuó sin<br/>cesar, si bien con gran daño para los sitiadores; quienes t u-<br/>vieron bastantes bajas, no obstante hallarse resguardados por<br/>las paredes y por montones de madera.<br/>Contrariado por esto el coronel Gore, y viendo además<br/>que se agotaban sus municiones, mandó al capitán Markman<br/>que atacara a los enemigos por retaguardia. Markman lo i n-<br/>tentó; no sin perder la mayor parte de sus hombres y no sin<br/>que una bala le alcanzara también, derribándole del caballo,<br/>teniendo que ser llevado en brazos de sus soldados.<br/>El combate tomaba mal giro para los realistas, quienes<br/>en aquel momento oye ron gritos por la parte del camino y<br/>comprendieron que iban a ser cercados.<br/>Un hombre acababa de presentarse; un hombre alred e-<br/>dor del cual los franco canadienses se apiñaban, siempre que<br/>aparecía, como en torno de una bandera.<br/>-¡Juan Sin Nombre! ¡Juan Sin  Nom bre! exclamaron,<br/>blandiendo sus armas.<br/>Era, en efecto, el joven patriota, que lle gaba a la cabeza<br/>de un centenar de insurrectos reclutados en San Antonio, en<br/>Saint-Ours y en Contrecœur, y con los cuales había atravesa-<br/>do el Richelieu en medio de las balas enemigas.<br/>-¡Adelante, Raquettes y  Castors! exclamó, lanzando a sus<br/>compañeros al encuentro de los contrarios.<br/>A su voz, los patriotas cayeron sobre los realistas, visto<br/>lo cual por los que aun se mantenían en la casa sitiada, y,<br/>alentados por tan  inesperado refuerzo, hicieron una salida.<br/>El coronel Gore tuvo que batirse en retirada, tomando la<br/>dirección de Sorel, dejando varios prisioneros y su ca ñón en<br/><br/><br/>Page No 273<br/><br/>JULIO VERNE<br/>274<br/><br/>poder de los vencedores. Contaba unas sesenta bajas entre<br/>muertos y heri dos, mientras que los  reformistas solamente<br/>tuvieron que deplorar la muerte de cuatro héroes y curar las<br/>heridas a otros cuatro.<br/>Tal fue el resultado de la batalla de San Dionisio.<br/>La noticia de aquella victoria se espar ció con extremada<br/>rapidez por todas las parroquias ribereñas de Richelieu y por<br/>los condados próximos al San Lorenzo.<br/>Era un buen principio para los partida rios del refo r-<br/>mismo, pero sólo un princi pio; así es que Juan, en el m o-<br/>mento en que sus parciales se reunían para recibir órdenes de<br/>sus jefes, les dijo estas palabras, como atándolas a una nueva<br/>victoria:<br/>-¡Patriotas, a San Carlos!<br/>Nuestros lectores no habrán olvidado que este pueblo<br/>se hallaba amenazado por la columna de Whiterall.<br/>Una hora más tarde, el señor de Vau dreuil y Juan, de s-<br/>pués de despedirse de Clary, conocedora ya por ellos del<br/>éxito de la jornada, se habían unido a sus com pañeros, que<br/>se dirigían a San Carlos.<br/>En aquella ciudad iba a decidirse, dos días después, la<br/>suerte de la insurrección de 1837.<br/>Merced a la concentración de los refor mistas en San<br/>Carlos, éste era ciertamente el principal teatro de la rebelión,<br/>y por consiguiente hacia este punto fue adonde el teniente<br/>coronel Whiterall se dirigió, con fuerzas relativamente consi-<br/>derables; así es que Brown, Desrivières, Gauvin y otros, o r-<br/>ganizaron una vigorosa defensa. Podían contar, sin duda<br/>alguna, con aque lla ardiente población, que se había pro-<br/><br/><br/>Page No 274<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>275<br/><br/>nunciado ya, expulsando de la ciudad a uno de los notables<br/>acusado de ser parti dario de los anglo -canadienses; y ¡cosa<br/>singular! alrededor de la casa de éste, convertida en fortaleza,<br/>fue donde Brown, jefe de los insurrectos, estableció un cam-<br/>pamento que debía servir de punto de reunión para las fue r-<br/>zas de que disponía.<br/>La distancia de San Dionisio a San Carlos no era más<br/>que de seis millas, y por lo tanto las detonaciones de artillería<br/>se oyeron perfectamente durante la jornada del 23; y antes de<br/>que llegara la noche; los habitantes de esta última ciudad su-<br/>pieron que los realistas habían tenido que batirse en retirada<br/>hacia Sorel.<br/>La impresión producida por esta primera victoria fue<br/>tan grande, que las puertas de todas las casas se abrieron de<br/>par en par, dando paso a sus moradores, que salían a la calle<br/>dominados por un patriótico delirio.<br/>Tan sólo una no se abrió; ésta era Casa Cerrada; situada<br/>en un extremo del pueblo, a la revuelta de la carretera, y por<br/>consiguiente algo lejos del campamento. La vivienda de<br/>Bridget estaba, por esta razón, menos en peligro que las c a-<br/>sas inmediatas para el caso de que la población fuese atacada<br/>y forzada por las tropas realistas.<br/>Bridget esperaba los acontecimientos con su acostu m-<br/>brada resignación, pronta a recibir a sus hijos si las circun s-<br/>tancias obligaran a éstos a ir a pedirle asilo; pero a la sazón el<br/>abate Joann visitaba las parroquias del Alto Canadá, pred i-<br/>cando en favor de la insurrección, y Juan, no ocultándose ya,<br/>había aparecido de nuevo a la cabeza de sus partidarios. Su<br/>nombre corría de boca en boca a través de los con dados de<br/><br/><br/>Page No 275<br/><br/>JULIO VERNE<br/>276<br/><br/>San Lorenzo, y por más que la casa de su madre estuviese<br/>constantemente cerrada, ese nombre llegó hasta allí, y con él<br/>la noticia de la victoria de San Dio nisio, a la que estaba ínt i-<br/>mamente unido.<br/>Bridget se preguntaba a sí misma si Juan acudiría al<br/>campamento de San Carlos; si le haría una visita; si traspas a-<br/>ría el umbral de su casa para decirle lo que había hecho, lo<br/>que pensaba hacer, y para abrazarla de nuevo. En realidad<br/>esto dependería de las fases que presentara la insurrección;<br/>así es que la pobre madre es taba pronta a cualquier hora del<br/>día o de la noche a recibir a su hijo en Casa Cerrada.<br/>Cuando lord Gosford supo la derrota de las tropas en<br/>San Dionisio, temiendo que los vencedores fueran a reunirse<br/>con los patriotas de San Carlos, aumentando así las fuerzas<br/>de éstos, dio orden de que la columna de Whiterall retroc e-<br/>diera; pero era ya demasiado tarde. Los correos en viados<br/>desde Montreal por sir John Colborne fueron detenidos en<br/>el camino, y las tropas, en vez de retroceder, prosiguieron su<br/>marcha.<br/>Nada podía ya impedir el choque entre los sublevados<br/>de esta población y los soldados de la Gran Bretaña.<br/>Desde el día 24, Juan se hallaba en medio de los defe n-<br/>sores del campamento, y con él habían acudido los señores<br/>de Vaudreuil, Andrés Farran, William Clerc, Vi cente Hodge<br/>y Sebastián Gramont.<br/>Dos días antes, Tomás Harcher y sus cinco hijos may o-<br/>res habían salido de Saint -Albans, y traspasando la frontera<br/>americana, llegaron a San Carlos resueltos a cumplir con su<br/>deber hasta el fin.<br/><br/><br/>Page No 276<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>277<br/><br/>Es preciso que consignemos aquí que nadie dudaba de<br/>un éxito definitivo, ni los jefes políticos del partido de la<br/>oposición, ni el señor de Vaudreuil y sus amigos, ni Tomás<br/>Harcher, ni Pedro, Remigio, Miguel, Tony y Santiago, sus<br/>valientes hijos, ni ninguno de los habitantes de la ciudad,<br/>sobrexcitados como estaban con el pensamiento de que a<br/>ellos se debería el último golpe dado a la tiranía anglosajona.<br/>Sin embargo, antes de atacar a San Car los, el teniente<br/>coronel Witherall mandó a Brown y a sus compañeros un<br/>mensaje en el que les decía que, si querían someterse, nada se<br/>les haría.<br/>Esta proposición fue rechazada por unanimidad; Brown<br/>y los suyos pensaron que cuando los realistas, después de lo<br/>ocurrido en San Dionisio, venían con arrogan cia y les ofr e-<br/>cían misericordia, era seguro que se sentían incapaces de<br/>forzar el campamento.<br/>¡No! No se les permitiría llegar a San Carlos para llevar<br/>allí a cabo sangrientas represalias, sino que, en cuanto se<br/>presentara la columna de Witherall, sería rechazada, dispersa;<br/>y la nueva derrota que es peraba a los realistas, derrota co m-<br/>pleta esta vez, aseguraría la victoria definitiva. Así se pensaba<br/>y se hablaba en las filas de los patriotas.<br/>Y en verdad que los defensores del cam pamento no<br/>eran muy numerosos: un pu ñado de hombres; pero lo más<br/>selecto del partido. Entre jefes y soldados sumaban apenas<br/>doscientos, armados con hoces, picas, palos y fusiles de<br/>chispa; y para responder a la artillería realista. dispo nían tan<br/>sólo de dos cañones casi inservibles.<br/><br/><br/>Page No 277<br/><br/>JULIO VERNE<br/>278<br/><br/>Mientras tanto se preparaban a recibir los; los soldados<br/>de Witherall marchaban rápidamente, sin que se vieran det e-<br/>nidos por los obstáculos que el invierno acumula en aquellas<br/>regiones; pues estando el tiempo muy frío y la tierra seca,<br/>andaban a buen paso, y las cureñas rodaban con bastante<br/>facilidad por aquel suelo endurecido.<br/>Los reformistas los aguardaban entu siasmados por su<br/>última victoria, electri zados por la presencia de jefes tales<br/>cono Brown, Desrivières, Gauvin, Vicente Hodge, Va u-<br/>dreuil, Amiot, A. Papineau; Marchessault, Maynard, y, sobre<br/>todo, de Juan Sin Nombre; ya hemos visto el caso que hici e-<br/>ron de las proposiciones de Witherall, pues a la intimación<br/>que les hizo para que se rindiesen y depusiesen las ar mas,<br/>estaban prontos a responder a tiros, a palos, con hoces y con<br/>picas.<br/>No obstante, el campamento establecido en un extremo<br/>de la ciudad ofrecía ciertas desventajas, que ya no era tiempo<br/>de remediar. Si bien se hallaba resguardado de un lado por el<br/>río y de otro por un gran montón de árboles cortados que<br/>rodeaban la casa Debartzch, en cambio una colina le dom i-<br/>naba por detrás, y los insurrectos canadienses estaban en<br/>corto número para ocuparla.<br/>Si los realistas llegaban a tomar posesión de ella, los pa-<br/>triotas no tendrían más abrigo contra los tiros que la casa<br/>Debartzch, llena de troneras; pero ¿podría en este caso resis-<br/>tir a un asalto? O lo que es lo mismo: si se viesen reducidos a<br/>la condición de sitiados, ¿Brown y sus compañeros tendrían<br/>fuerza bastante para sostenerse contra los sitiadores?<br/><br/><br/>Page No 278<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>279<br/><br/>A eso de las dos de la tarde lejanos cla mores se dejaron<br/>oír: después se produjo un gran desorden: un tropel de m u-<br/>jeres, niños y ancianos llegaban a campo travie sa a San Ca r-<br/>los. Eran los campesinos que huían.<br/>A lo lejos se divisaban espesas columnas de negro h u-<br/>mo, producidas por las casas incendiadas; las granjas cerc a-<br/>nas ardían, y la columna mandada por Whiterall avanzaba en<br/>medio de las ruinas y el degüello que señalaba su paso.<br/>Brown detuvo a aquellos de los fugiti vos que se hall a-<br/>ban en estado de empuñar las armas, y dejando el mando a<br/>Marchessault, se lanzó al camino con el fin de reunir a todos<br/>los hombres útiles para combatir. Después de tomar toda<br/>clase de medidas que diesen por resultado prolon gar la r e-<br/>sistencia, Marchessault apostó a sus hombres detrás de los<br/>grupos de árboles que protegían el campamento.<br/>-¡Aquí es, dijo, en donde va a decidirse la suerte del país!<br/>¡Aquí es en donde es preciso defendernos!...<br/>-¡Hasta morir! respondió Juan Sin Nombre.<br/>En este momento las primeras detonaciones sonaron<br/>muy cerca, y pudo com prenderse que desde el principio los<br/>realistas iban a maniobrar con gran ventaja.<br/>Y, en efecto, exponerse al fuego de los insurrectos, que,<br/>apostados detrás de los agrupados árboles, habían matado ya<br/>algunos soldados, hubiera sido una gran torpe za por parte<br/>del teniente coronel Witherall, al cual, disponiendo de tre s-<br/>cientos o cuatrocientos soldados de caballería y de dos pi e-<br/>zas de artillería, le era muy fácil domi nar el campamento de<br/>San Carlos y aplas tar a sus defensores. No es de extrañar,<br/>pues, que, comprendiéndolo así, diese orden de dar la vuelta<br/><br/><br/>Page No 279<br/><br/>JULIO VERNE<br/>280<br/><br/>a las trincheras, para tomar posición en la colina de que ya<br/>hemos hablado.<br/>Este movimiento se ejecutó sin ninguna dificultad. Los<br/>dos cañones fueron subidos a la cima, puestos en batería, y<br/>el combate empezó con igual energía por am bas partes. To-<br/>do esto se hizo con tal rapi dez, que Brown, ocupado en r e-<br/>clutar a los fugitivos esparcidos por la campiña, no pudo<br/>reunirse con los suyos, teniendo que refugiarse en San Di o-<br/>nisio.<br/>Los patriotas, aunque bastante mal res guardados, se de-<br/>fendían con ardor. Marchessault, el señor de Vaudreuil, V i-<br/>cente Hodge, Clerc, Farran, Gramont, Tomás Harcher, sus<br/>hijos, todos los que tenían un fusil, respondían sin cesar al<br/>fuego de los sitiadores. Juan Sin Nombre los ani maba sólo<br/>con su presencia; mas lo que hubiera sido necesario era un<br/>campo de batalla en donde los más valientes pudie ran com-<br/>batir, cuerpo a cuerpo con el ene migo; pero su arrojo estaba<br/>paralizado al verse obligados a sostener una lucha en aquellas<br/>condiciones.<br/>Si bien los defensores del campamento habían inutiliz a-<br/>do a muchos de los de casa ca colorada, también habían s u-<br/>frido pér didas muy sensibles. Una docena de sus<br/>compañeros habían caído heridos unos, y muertos otros.<br/>Entre estos últimos se ha llaba Remigio Harcher, tendido en<br/>un charco de sangre y con el pecho abierto por una bala de<br/>cañón. Cuando sus hermanos le levantaron para trasportarlo<br/>a la espalda de la casa, era ya cadáver. Andrés Farran, con un<br/>hombro destrozado, estaba ya allí, a donde lo habían cond u-<br/>cido el señor de Vaudreuil y Vicente Hodge, quienes, de s-<br/><br/><br/>Page No 280<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>281<br/><br/>pués de dejarle en seguridad, se volvieron a su puesto de<br/>combate.<br/>Pero iba a hacerse muy pronto necesario abandonar este<br/>último refugio. Los montones de árboles, destruidos por los<br/>cañonazos, dejaban libre la entrada al campamento, y el t e-<br/>niente coronel Witherall, habiendo mandado cargar a la b a-<br/>yoneta, hizo «una verdadera carnicería» se gún los relatos de<br/>este sangriento episo dio de la insurrección fra n-<br/>co-canadiense.<br/>Allí perecieron valientes patriotas, que, agotadas sus<br/>municiones, se batían a cu latazos, y allí murieron los dos<br/>hermanos Herbert, menos felices que A. Papineau, Amiot y<br/>Marchessault, quienes llegaron a abrirse paso por medio de<br/>los sitiadores, después de una heroica defensa. Allí caye ron<br/>también, para no levantarse más, otros partidarios de la ca u-<br/>sa nacional, cuyo número jamás fue conocido, porque el río<br/>arrastró sus cadáveres.<br/>Algunas víctimas hubo a la vez entre los personajes que<br/>figuran en esta histo ria; y si bien Juan Sin Nombre, habié n-<br/>dose batido como un león, siempre a la cabeza de los suyos<br/>en medio de la pelea, no recibió ni una contusión siquiera,<br/>otros en cambio, fueron más desgraciados. Después de R e-<br/>migio, sus dos hermanos Miguel y Santiago, heridos grav e-<br/>mente por la metralla, fueron llevados fuera del campamento<br/>por Tomás y Pedro Harcher, y sus traídos de este modo al<br/>atroz degüello que siguió a la victoria ganada por los rea-<br/>listas.<br/>William Clerc y Vicente Hodge hicieron también prod i-<br/>gios de valor; veinte veces se les vio en lo más recio del<br/><br/><br/>Page No 281<br/><br/>JULIO VERNE<br/>282<br/><br/>combate con el fusil en una mano y la pistola en la otra. En<br/>medio de la refriega siguieron a Juan Sin Nombre hasta la<br/>batería establecida en lo alto de la colina, y en aquel m o-<br/>mento hubiera tal vez muerto Juan, si Vicente Hodge no le<br/>hubiese librado del tiro que le disparó un artillero.<br/>-Gracias, señor Hodge, le dijo el joven patriota, pero tal<br/>vez hayáis hecho mal... Todo hubiera concluido para mí aho-<br/>ra. <br/>Y, en efecto, más hubiera valido que el hijo de Simón<br/>Morgaz quedase en el campo de batalla, puesto que la cau sa<br/>de la independencia sucumbía en San Carlos.<br/>Juan Sin Nombre, volviendo a la pelea, divisó al pie de<br/>la colina al señor de Vaudreuil, que yacía en el suelo bañado<br/>en su propia sangre.<br/>Este había sido derribado de un sablazo cuando la caba-<br/>llería de Witherall daba cargas en derredor del campamento<br/>para acabar de dispersar a los insurrectos.<br/>Y entonces, Juan oyó así como una voz interior que le<br/>decía:  «Salvad a mi padre.»<br/>En medio del humo de la pólvora, Juan se arrastró hasta<br/>el señor de Vaudreuil, sin conocimiento, muerto tal vez; le<br/>levantó entre sus brazos y se lo llevó a lo largo de las tri n-<br/>cheras. Después, mientras que los soldados perseguían a los<br/>rebeldes con un encarnizamiento increíble, pudo llegar sin<br/>tropiezo hasta el barrio alto de San Carlos, atravesando por<br/>entre las casas ardiendo, y se refugió con su carga bajo el<br/>pórtico de la iglesia.<br/><br/><br/>Page No 282<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>283<br/><br/>Eran entonces las cinco de la tarde, y las tinieblas, lo<br/>hubieran dominado todo, a no ser por las llamas que se l e-<br/>vantaban terribles por encima de las ruinas de aquel pueblo.<br/>La insurrección, victoriosa en San Dionisio, acababa de<br/>ser vencida en San Car los, no pudiéndose decir siquiera que<br/>ambos partidos estaban iguales, no; esta derrota había de<br/>tener peores resultados para la causa nacional que ventajas<br/>reales había obtenido con su victoria, pues ani quilaba por<br/>completo las esperanzas concebidas por los reformistas.<br/>EL triunfo de Witherall fue completo, y los insurrectos<br/>supervivientes tuvieron que huir a la desbandada.<br/>William Clerc y Andrés Farran, lige ramente heridos, tu-<br/>vieron que correr a campo traviesa, y expuestos a mil pel i-<br/>gros, consiguieron pasar la frontera, no sabiendo lo que<br/>había sido del señor Vaudreuil ni de Vicente Hodge.<br/>¿Qué pasaría ahora a Clary en aque lla casa de San Di o-<br/>nisio, en donde espe raba noticias? ¿No tendría que temerlo<br/>todo de los vencedores si no huía de allí?<br/>En esto meditaba Juan cuando se halla ba en la iglesia<br/>custodiando al señor de Vaudreuil, que si bien no había<br/>vuelto en sí daba, sin embargo, algunas señales de vida, pues<br/>su corazón latía, aunque débilmente. Con cuidados inm e-<br/>diatos hubiera sido tal vez fácil devolverle la salud; pero<br/>¿dónde y cómo prodigarle estos cuidados?  No había que<br/>titubear; era preciso transportarle aquella misma noche a<br/>Casa Cerrada.<br/>Esta, en efecto, no estaba muy lejos; apenas unos<br/>cuantos centenares de pasos bajando la calle principal de la<br/>ciudad, y Juan resolvió hacerlo así en cuanto los soldados de<br/><br/><br/>Page No 283<br/><br/>JULIO VERNE<br/>284<br/><br/>Witherall salieran de San Carlos o acampasen para pasar la<br/>noche.<br/>¡Pero el señor de Vandreuil en casa de su madre, en casa<br/>de la viuda de Simón Morgaz...! ¿Y si el padre de Clary s u-<br/>piese algún día bajo que techo le había trans portado Juan...?<br/>Es verdad. Mas él, el hijo del traidor, ¿no se había hosped a-<br/>do en la villa Montcalm...? ¿No había sido com pañero de<br/>armas del señor de Vandreuil...? ¿No acababa de librarle de<br/>una muerte segura...? ¿Por qué no había de recibir los cuid a-<br/>dos de una Bridget Mor gaz? Y además, ¿quién había de h a-<br/>cérselo saber? Nadie podía despejar el incógnito bajo el que<br/>se ocultaba aquella miserable familia.<br/>Resuelto ya Juan a cumplir su proyecto, esperó el m o-<br/>mento propicio para ponerlo en ejecución.<br/>Y entonces su pensamiento voló hacia aquella casa de<br/>San Dionisio, en la que Clary iba a saber la derrota de los pa-<br/>triotas. Viendo que su padre no regresaba, ¿no pensaría que<br/>había sucumbido? ¿Sería posible avisarla de que el señor de<br/>Vaudreuil había sido transportado a Casa Cerrada, y librarla a<br/>ella también de los peli gros que la amenazaban en aquella<br/>ciudad quo iba a ser entregada a la venganza de los vencedo-<br/>res? <br/>Estas ideas llenaban de desconsuelo a Juan, cuya alma se<br/>hallaba bastante lace rada por los desastres tan terribles que<br/>acabara de sufrir la causa nacional. Tantas esperanzas conce-<br/>bidas después de la victoria obtenida en San Dionisio, el al-<br/>zamiento general de los condados, la insu rrección ganando<br/>terreno en el valle del Richelieu y del San Lorenzo, el ejército<br/>realista reducido a la impotencia, la inde pendencia conquis-<br/><br/><br/>Page No 284<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>285<br/><br/>tada, y él, Juan, habien do compensado con gloria el mal he-<br/>cho a su país por la traición de su padre, ¡todo se había pe r-<br/>dido... absolutamente todo!<br/>¿Todo?... Sin embargo, ¿no sería posi ble emprender de<br/>nuevo la lucha? ¿Acaso había muerto el patriotismo en el<br/>corazón de los franco -canadienses porque algunos centena-<br/>res de patriotas habían sido degollados en San Carlos?... No:<br/>Juan empezaría de nuevo su obra; lucharía hasta morir.<br/>Aun cuando estaba ya bien entrada la noche, en la ci u-<br/>dad se mezclaban todavía los ruidosos hurras de los soldados<br/>con los quejidos de los heridos. Las llamas, con su respla n-<br/>dor siniestro, alumbraban las calles, pues habiendo reducido<br/>a cenizas el campamento, se habían apoderado de las casas<br/>más próximas, y Juan se preguntaba en dónde se detendría el<br/>incendio... ¿Se habría corrido el fuego hasta el extremo del<br/>pueblo, y, propagándose las llamas hasta la Casa Cerrada, no<br/>encontraría ya a su madre?<br/>Este temor le aterrorizó, no por él, que podría siempre<br/>huir al campo, llegar a los bosques en medio de las tinieblas<br/>de la noche y estar al amanecer fuera del alcance de sus pe r-<br/>seguidores; pero ¿qué sería del señor de Vaudreuil? Si cayese<br/>en poder de los realistas, estaba perdido sin remedio, pues ni<br/>aun los heridos tuvieron cuartel en aquella sangrienta jorn a-<br/>da. <br/>A eso de las ocho, una relativa tranqui lidad pareció rei-<br/>nar en San Carlos, ya fuera porque los habitantes habían sido<br/>echados de la población, o porque, habiéndose marchado las<br/>tropas de Whiterall, se ha bían refugiado en algunas de las<br/>casas que se salvaron del incendio.<br/><br/><br/>Page No 285<br/><br/>JULIO VERNE<br/>286<br/><br/>Estando las calles desiertas en aquel momento, Juan<br/>quiso aprovechar la oportunidad, para lo cual avanzó hasta la<br/>puerta de la iglesia, echó una rápida mirada a la plaza, y bajó<br/>las gradas del pórtico.<br/>A nadie vio en aquella plaza medio alumbrada por lej a-<br/>nas llamas.<br/>Volvió al lado del señor de Vaudreuil, tendido al lado de<br/>un pilar, le incorporó y le cogió en brazos.<br/>Aquel cuerpo inerte era una pesada car ga aun para un<br/>hombre tan vigoroso como Juan, teniendo que llevarle hasta<br/>el recodo del camino cerca del cual se levantaba Casa Cerr a-<br/>da. <br/>El joven atravesó la plaza y se deslizó a lo largo de la pa-<br/>red de la calle más próxima.<br/>Tiempo era ya de que desapareciese, porque apenas a n-<br/>duvo unos cuantos pa sos, oyó resonar grandes clamores, al<br/>mismo tiempo que el suelo retumbaba bajo los cascos de los<br/>caballos.<br/>Era el destacamento de caballería que volvía a San Ca r-<br/>los, pues antes de lanzarlo en persecución de los fugitivos, el<br/>teniente coronel Witherall le había dado or den de replegarse<br/>sobre la ciudad, designándole la iglesia para pernoctar en ella.<br/>Un instante después, los jinetes se ins talaron en la nave<br/>principal, tomando desde luego las convenientes precauci o-<br/>nes en previsión de alguna nueva algarada; y no solamente se<br/>establecieron los soldados en el templo, sino que también los<br/>caballos fueron introducidos en él.<br/><br/><br/>Page No 286<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>287<br/><br/>Inútil es reseñar las profanaciones a que se entregó<br/>aquella soldadesca desenfrenada en un edificio consagrado al<br/>culto católico.<br/>Juan continuaba su marcha por la soli taria calle, det e-<br/>niéndose de vez en cuando, presa del temor que le invadía, a<br/>medida que se acercaba a Casa Cerrada, de no hallar más que<br/>ruinas.<br/>Por fin llegó, y se detuvo delante de la morada de su<br/>madre. El incendio no había cundido hasta allí; la casa estaba<br/>intacta, perdida entre la sombra, no dejando filtrar, ni un<br/>solo rayo de luz por las ventanas, herméticamente cerradas.<br/>Juan, llevando siempre al señor de Vau dreuil, se halló<br/>delante de la reja que cerraba el patio, la empujó, y arrastrán-<br/>dose hasta la puerta de la casa, dio la señal convenida.<br/>Un momento después; Juan y el herido estaban en segu-<br/>ridad en la casa de Bridget Morgaz.<br/><br/><br/>Page No 287<br/><br/>JULIO VERNE<br/>288<br/><br/>III<br/>VAUDREUIL EN CASA CERRADA<br/>-Madre mía, dijo Juan después de de jar al herido en la<br/>cama que su hermano o él ocupaban cuando iban a pasar la<br/>noche en Casa Cerrada; madre mía, la vida de este hombre<br/>corre peligro, si no se le cuida con esmero:<br/>-Le asistiré con gran voluntad, Juan.<br/>-Si los soldados de Whiterall le descubriesen aquí, tu vi-<br/>da estaría amenazada, madre mía.<br/>-¡Mi vida!... No me importa nada, respondió Bridget.<br/>Juan no quiso decirle que el enfermo era el señor de<br/>Vaudreuil, una de las víctimas de Simón Morgaz, para no<br/>traer a la memoria de la infeliz viuda, recuerdos infa mantes.<br/>Más valía que no lo supiera; el hombre a quien daba asilo<br/>era, un patriota, y esto bastaba para que tuviese derecho a<br/>que se desvelara por él.<br/>Colocado ya el herido en la cama, Bridget y Juan se diri-<br/>gieron hacia la puerta para escuchar si aún se oía ruido hacia<br/>la iglesia, y ver si el camino estaba solitario.<br/><br/><br/>Page No 288<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>289<br/><br/>Los últimos reflejos del fuego que con sumiera las casas<br/>en la barriada alta del pueblo empezaban, a apagarse poco a<br/>poco, lo mismo que el tumulto producido por los realistas<br/>que habían acabado de quemar, de saquear y de degollar.<br/>Unas veinte casas habían sido reduci das a cenizas; Casa<br/>Cerrada, por su posición, había escapado a la venganza de la<br/>soldadesca: pero Bridget y Juan, ¿no podían temerlo todo de<br/>los vencedores cuan do el sol alumbrase las ruinas de San<br/>Carlos?<br/>Madre e hijo experimentaron varios sustos durante<br/>aquella noche, pues de hora en hora patrullas de soldados y<br/>de voluntarios pasaban por delante de la casa vigilando los<br/>alrededores de la población, y a veces se detenían a algunos<br/>pasos de la verja que cerraba el patio.<br/>¿Sería acaso que los agentes de policía vinieran a pract i-<br/>car pesquisas, ayudados por los soldados? En este caso no<br/>era por sí mismo por quien Juan Sin Nombre temía, sino por<br/>el señor de Vaudreuil, por el pobre herido a quien hubieran<br/>rematado sin piedad en la casa de su madre...<br/>Mas estos temores no habían de reali zarse, por lo m e-<br/>nos durante aquella noche.<br/>Bridget y su hijo hicieron todo cuanto les fue posible en<br/>beneficio del herido, y después ambos se sentaron a la cab e-<br/>cera de la cama para velarle. Hacíanse nece sarios ciertos me-<br/>dicamentos. ¿Cómo procurárselos? Era preciso que un<br/>médico viese al paciente... ¿Y en dónde encontrar uno a<br/>quien se pudiera confiar, al mismo tiempo que la vida de un<br/>patriota, los se cretos de Casa Cerrada? Examinaron con<br/>atención el pecho del señor de Vaudreuil; la herida produc i-<br/><br/><br/>Page No 289<br/><br/>JULIO VERNE<br/>290<br/><br/>da por el sablazo era profunda, extendiéndose en línea obl i-<br/>cua hacia el lado izquierdo; sin embargo, parecía que no h a-<br/>bía interesado ningún órgano vital, y solamente la pérdida de<br/>la sangre era la que ocasionaba la gran debilidad que exper i-<br/>mentaba el padre de Clary, debilidad, que podía muy bien<br/>hacerle morir de un síncope.<br/>Después de lavar la herida con agua fresca, Bridget la<br/>cubrió con un vendaje. ¿Se animaría el enfermo bajo la i n-<br/>fluencia de los cuidados asiduos que le prodigaba la infeliz<br/>mujer y del reposo de que goza ría en Casa Cerrada, si los<br/>soldados de Witherall abandonaban el pueblo? Ni Juan ni su<br/>madre se atrevían a esperarlo así.<br/>Dos horas después el señor de Vaudreuil, si bien no ha-<br/>bía abierto aún los ojos, dejó escapar algunas palabras; y era<br/>evidente que sólo el recuerdo de su hija lo hacía sostener la<br/>vida. La llamaba, tal vez para que le cuidase, o porque se<br/>acordase de los peligros que la amenazaban en San Dionisio.<br/>Bridget, teniendo cogida la mano del enfermo, le esc u-<br/>chaba, y Juan, de pie a su lado, procurando impedir que por<br/>un brusco movimiento el señor de Vandreuil hi ciera que la<br/>herida se abriese de nuevo, escuchaba también al mismo<br/>tiempo sus palabras entrecortadas por suspiros, te miendo<br/>que revelase lo que su madre no debía oír.<br/>El herido articuló un nombre, en medio de frases i n-<br/>coherentes.<br/>Era el de Clary.<br/>-¡Este desgraciado tiene, pues, una hija! murmuró<br/>Bridget mirando a Juan.<br/>-Sin duda... madre mía.<br/><br/><br/>Page No 290<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>291<br/><br/>-¡Y pregunta por ella!... ¡No  quiere morir sin verla!... Si<br/>su hija se encontra se a su lado, estaría más tranquilo... ¿En<br/>dónde se halla?... ¿No podríamos buscarla y traerla aquí en<br/>secreto?<br/>-¡A ella! exclamó Juan.<br/>-Sí... Su sitio se halla al lado de su pa dre que la llama y<br/>que se está muriendo...<br/>En aquel momento el herido, delirante, quiso incorp o-<br/>rarse, y después se escapa ron de sus labios estas palabras,<br/>que demostraban la angustia que estaba sufriendo:<br/>-¡Clary!... ¡sola... allá... en San Dionisio!<br/>Bridget se levantó.<br/>-¡San Dionisio! repitió. Allí es en don de ha dejado a su<br/>hija... ¿Lo oyes, Juan?<br/>-¡Los realistas!... ¡En San Dionisio!... repuso el herido.<br/>¡No podrá escapar!... ¡Los miserables se vengarán en Clary de<br/>Vaudreuil!...<br/>-¡Clary de Vaudreuil! repitió Bridget.<br/>Después, bajando la cabeza, añadió:<br/>-¡El señor de Vaudreuil aquí!<br/>-Pues bien, sí, el señor de Vaudreuil, respondió Juan; y<br/>puesto que él está en Casa Cerrada, es preciso que su hija<br/>venga también.<br/>-¡Clary de Vaudreuil! murmuró Bridget.<br/>E inmóvil al lado de la cama en que gemía el herido, mi-<br/>raba a aquel patriota que había vertido su sangre por la causa<br/>da la independencia, el mismo que doce años antes estuvo a<br/>punto de pagar con su cabeza la traición de Simón Morgaz.<br/>Si llegase a saber algún día en que casa había recibido la ho s-<br/><br/><br/>Page No 291<br/><br/>JULIO VERNE<br/>292<br/><br/>pitalidad, que manos habían disputado su presa a la muerte,<br/>¿no le causaría horror? Y aun cuando hubiera de arrastrarse<br/>de rodillas, ¿no se apresuraría a huir del infamante contacto<br/>de aquella familia?<br/>En un prolongado gemido, el señor de Vaudreuil dejó<br/>oír otra vez el nombre de Clary.<br/>-Puede morir, dijo Juan; es preciso que no muera sin<br/>haber visto a su hija...<br/>-Irá yo a buscarla, respondió Bridget:<br/>-¡No!... Yo soy el que debe ir, madre mía.<br/>-¡Tú, a quien persiguen por todas partes!... ¿Quiere s su-<br/>cumbir antes de acabar tu obra?... ¡No, Juan; todavía no ti e-<br/>nes derecho para morir!... Iré yo a buscar a Clary da<br/>Vaudreuil.<br/>-Madre mía, Clary de Vaudreuil rehusará seguiros.<br/>-No lo hará así cuando sepa que su padre está moribu n-<br/>do y que la está llamando. ¿En qué casa vive la señorita de<br/>Vaudreuil en San Dionisio?<br/>-En la del juez Sr. Froment... Pero es demasiado lejos,<br/>madre mía... No tendréis fuerzas bastantes para ir y volver;<br/>¡son doce millas las que tenéis que andar!... Mientras que yo,<br/>partiendo al momento, tendré tiempo suficiente para llegar a<br/>San Dionisio y traer a Clary de Vaudreuil antes de que am a-<br/>nezca. Nadie me verá salir ni nadie me verá volver a Casa<br/>Cerrada...<br/>-¿Nadie? repuso Bridget. Y los soldados que vigilan por<br/>el camino, ¿cómo harás para evitar que te vean? Y si caes en<br/>sus manos, ¿cómo podrás escaparte? Aun admitiendo que no<br/>te conozcan, ¿acaso te dejarían en libertad? Yo, en cambio,<br/><br/><br/>Page No 292<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>293<br/><br/>soy una anciana... no puedo inspirar sospecha. ¿Qué ganarían<br/>prendiéndome? Ya hemos discutido bastante, hijo mío; el<br/>señor de Vaudreuil quiere ver a su hija...; es preciso, pues,<br/>que la vea, y puesto que yo sola puedo traerla a su lado, voy<br/>por ella. Juan tuvo que ceder a las instancias de Bridget, po r-<br/>que aun cuando la noche estuviese muy oscura, el aventurar-<br/>se en los caminos, vigilados por las patrullas de Whiterall,<br/>hubiera sido arriesgarse a no cumplir su proyecto, e impo r-<br/>taba mucho que Clary de Vaudreuil entrase en Casa Cerrada<br/>antes de la salida del sol. ¡Quién sabe si la vida de su padre se<br/>prolongaría hasta ese instante! ¿Podría él, Juan Sin Nombre,<br/>conocido ya de todos por haber se batido con la cara desc u-<br/>bierta, llegar sin tropiezo hasta San Dionisio? ¿Podría vol ver<br/>con Clary de Vaudreuil sin exponerla a caer en poder de los<br/>realistas?<br/>Esto último fue lo que le decidió a dejar marchar a su<br/>madre; pues en cuanto a él, poco le importaban los peligros<br/>que podía correr. Dio a Bridget las instrucciones ne cesarias<br/>para que pudiese llegar hasta la casa del juez Froment, y le<br/>entregó una esquelita que debía inspirar entera confianza a la<br/>joven, con estas solas palabras: «Confiad en mi madre, y<br/>seguidla»<br/>Hecho esto, Juan entreabrió la puerta, cerrándola en s e-<br/>guida después de la salida de Bridget, y fue a sentarse de<br/>nuevo a la cabecera de la cama donde estaba el señor de<br/>Vaudreuil.<br/>Eran poco más de las diez cuando la viuda de Simón<br/>Morgaz emprendió el camino, desierto a la sazón.<br/><br/><br/>Page No 293<br/><br/>JULIO VERNE<br/>294<br/><br/>]]></content></entry><entry><title><![CDATA[.]]></title><link rel="Julio Verne" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/julioverne/atom.xml" title="Julio Verne"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200705]]></issued><modified><![CDATA[200705]]></modified><created><![CDATA[200705]]></created><summary><![CDATA[.]]></summary><author><name><![CDATA[fulca]]></name></author><dc:subject><![CDATA[.]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/julioverne/c_53.htm"><![CDATA[El frío glacial de las largas noches ca nadienses, inva-<br/>diendo toda la campiña, facilitaba la marcha por la dureza del<br/>suelo, y Bridget andaba a buen paso, sin miedo, no obstante<br/>aquella oscura soledad que la rodeaba; iba impelida por la<br/>voz del deber, y había encontrado de nuevo su antigua ene r-<br/>gía, de la que tantas pruebas tenía que dar aún.<br/>El camino de San Carlos a San Dionisio le era bien c o-<br/>nocido por haberlo pasado muchas veces durante su juve n-<br/>tud; lo úni co que tenía que temer era el encontrarse con<br/>algún destacamento, y esto le sucedió dos o tres veces d u-<br/>rante la travesía. Pero a una anciana, ¿por qué no habían de<br/>dejarla pasar? No sufrió, pues, más que el son rojo de oír<br/>algunas palabras soeces de los soldados, que estaban un<br/>tanto alcoholizados. El teniente coronel Witherall no había<br/>ordenado reconocimiento alguno en al término de San Di o-<br/>nisio, porque antes de castigar a aquella desgraciada ciu dad,<br/>deseaba asegurarse de las disposiciones tomadas por los ven-<br/>cedores de la antevíspera, no queriendo comprometer su<br/>victoria por un ataque impremeditado.<br/>Esta fue la causa de que durante las dos terceras partes<br/>del trayecto, Bridget no tu viera ningún mal encuentro. Las<br/>gentes que encontró, y a quienes también adelantó, eran f u-<br/>gitivos de San Carlos que se espar cían por las parroquias del<br/>condado, por no tener ya asilo desde que sus casas habían<br/>sido entregadas al saqueo y a las llamas.<br/>Pero era demasiado cierto que por donde pudo pasar li-<br/>bremente Bridget, Juan se hubiera visto imposibilitado de<br/>hacerlo. Al encontrarse con las patrullas, no hubiera tenido<br/>más remedio que salir de la carretera, dirigiéndose a San<br/><br/><br/>Page No 294<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>295<br/><br/>Dionisio por algún atajo, siéndole imposible volver a Casa<br/>Cerrada antes de que fuera completamente de día. Y si algún<br/>piquete de caballería la hubiese detenido, y tal vez conocido,<br/>ya sabemos cual sería la sentencia que para él habían de di c-<br/>tar los tribunales de Montreal.<br/>A las once y media de la noche, Bridget llegó a la ma r-<br/>gen del Richelieu.<br/>La casa del juez señor Froment, que ella conocía bien,<br/>estaba situada en aquella orilla, en las afueras de San Dion i-<br/>sio, no teniendo, por consiguiente, que atra vesar el río; le<br/>bastaba, pues, seguir la ribera durante un cuarto de milla para<br/>llegar delante de la puerta de la mencionada casa.<br/>El sitio que recorría estaba completa mente desierto, y<br/>un profundo silencio reinaba en el valle.<br/>A lo lejos, alguna que otra luz brillaba en las ventanas de<br/>las primeras casas del pueblo, entregados sus moradores al<br/>reposo, que no turbaba ningún rumor.<br/>Acaso la noticia de la derrota de San Carlos no había<br/>llegado todavía a San Dionisio.<br/>Esto pensó Bridget. Clary de Vaudreuil debía ignorarlo,<br/>y sería por ella por quien lo sabría; iba a ser, pues, la mens a-<br/>jera de la desgracia.<br/>La viuda de Simón Morgaz subió los peldaños de una<br/>escalerita colocada en un ángulo de la casa, y llamó a la<br/>puerta; pero viendo que no contestaban, llamó segunda vez.<br/>Al poco rato se oyeron pasos en el ves tíbulo, que se<br/>alumbró débilmente, y una voz preguntó:<br/>-¿Qué queréis?<br/>-Ver al señor juez.<br/><br/><br/>Page No 295<br/><br/>JULIO VERNE<br/>296<br/><br/>-No está en San Dionisio, y durante su ausencia no me<br/>es lícito abrir.<br/>-Tengo gravísimas noticias que comu nicarle, repuso<br/>Bridget insistiendo.<br/>-Se las daréis cuando vuelva.<br/>La determinación de no abrir parecía tan formal, que la<br/>pobre mujer no titubeó en servirse del nombre de Clary.<br/>-Si el señor Froment no está en su casa, dijo, la señorita<br/>Clary de Vaudreuil debe de hallarse en ella, y es preciso que<br/>yo la hable sin pérdida de tiempo.<br/>-La señorita de Vaudreuil se ha marchado, le respondie-<br/>ron, después de titubear un instante.<br/>-¿Se ha ido?<br/>Ayer mismo.<br/>-¿Y no sabréis decirme a dónde?<br/>-A reunirse con su padre, sin duda.<br/>-¿Con su padre? repuso Bridget.<br/>Pues bien, de su parte vengo a buscarla...<br/>-¿Mi padre? exclamó Clary desde el fondo del vestíbulo<br/>en que se hallaba.<br/>-Clary de Vaudreuil, repuso Bridget bajando la voz; he<br/>venido para llevaros al lado de vuestro padre, y Juan es quien<br/>me envía.<br/>Y ya los cerrojos de la puerta habían sido quitados,<br/>cuando Bridget dijo de pronto:<br/>-¡No... no abráis!... ¡Esperad un momento!<br/>Y bajando apresuradamente, se ocultó detrás de la e s-<br/>calera, pues importándole mucho que no la viese nadie e n-<br/><br/><br/>Page No 296<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>297<br/><br/>trar en aquella casa, en aquel instante una turba de hombres,<br/>mujeres y niños se acercaban siguiendo la orilla del Richelieu.<br/>Eran los primeros fugitivos que llegaban a San Dionisio<br/>después de atravesar por medio del campo para no expone r-<br/>se a malos encuentros en las carreteras. Entre ellos iban h e-<br/>ridos, sostenidos por sus parientes o por sus amigos; pobres<br/>mujeres arrastrando consigo la familia que les quedaba, y<br/>también algunos patriotas que habían podido sustraerse al<br/>incendio y al degüello. Muchos de ellos debían de conocer a<br/>Bridget, y no queriendo que supie ran que había salido de<br/>Casa Cerrada, se quedó acurrucada en su escondite hasta que<br/>pasaron los fugitivos de San Carlos.<br/>Pero, durante aquellos instantes, ¿qué pensaría Clary<br/>oyendo los gritos de deses peración que lanzaban aquellas<br/>gentes?<br/>Muchas horas hacía que esperaba noticias, bien fuera de<br/>su padre o de Juan, ha ciéndose la ilusión de que uno u otro<br/>se las traerían en persona, en el caso de que no decidieran<br/>marchar inmediatamente a Montreal, una vez alcanzada la<br/>nueva victoria; pero semejante ilusión no podía sostenerse. A<br/>través de aquella puerta que Clary no se atrevía a abrir, tristes<br/>gemidos llegaban hasta ella.<br/>Los fugitivos, después de pasar por de lante de la casa,<br/>siguieron el ribazo hasta que les fuera posible atravesar el río.<br/>El camino estaba ya solitario, por más que se oyera aún<br/>lejano murmullo.<br/>Bridget se levantó; y en el momento en que iba a llamar,<br/>la puerta se abrió, cerrándose inmediatamente a su paso.<br/><br/><br/>Page No 297<br/><br/>JULIO VERNE<br/>298<br/><br/>Clary de Vaudreuil y Bridget Morgaz se hallaban frente a<br/>frente en una habita ción alumbrada por una lámpara cuya<br/>luz no podía filtrarse al exterior, por hallarse las ventanas y<br/>las persianas herméticamente cerradas. La anciana y la joven<br/>se miraban, mientras la criada se mantenía apartada.<br/>Clary estaba muy pálida, y presintiendo alguna desgracia,<br/>no se atrevía a preguntar.<br/>-¿Los patriotas de San Carlos?, dijo por fin.<br/>-¡Derrotados! respondió Bridget.<br/>-¿Mi padre?<br/>-Herido...<br/>-¿Moribundo?...<br/>-¡Tal vez!<br/>Clary no tuvo fuerzas para sostenerse, y Bridget la rec i-<br/>bió en sus brazos.<br/>-¡Valor, Clary de Vaudreuil! dijo; vuestro padre os llama<br/>a su lado... Es menester que partáis, que me sigáis sin perder<br/>tiempo.<br/>-¿En dónde está mi padre? preguntó Clary apenas r e-<br/>puesta de su desmayo.<br/>-En mi casa... en San Carlos, respondió Bridget. .<br/>-¿Quién os envía, señora?<br/>-Ya os lo he dicho... Juan... Soy su madre...<br/>- ¡Vos! exclamó Clary.<br/>-Leed, Clary tomó la esquela que le ofrecía la anciana.<br/>Era, en efecto, la letra, que tan bien conocía, del joven pro s-<br/>crito.<br/>«Confiaos a mi madre...» decía.<br/><br/><br/>Page No 298<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>299<br/><br/>Pero ¿cómo se hallaba el señor de Vau dreuil en aquella<br/>morada? ¿Sería Juan quien le había salvado, arrastrándole<br/>fuera del campo de batalla para llevarle des pués a Casa C e-<br/>rrada?<br/>-Estoy pronta a seguiros, señora, dij o Clary de Va u-<br/>dreuil.<br/>-En ese caso, partamos sin dilación, respondió Bridget.<br/>No cambiaron una palabra más.<br/>Los detalles de este desgraciado inci dente, Clary los co-<br/>nocería más tarde, pues demasiado sabía ya: su padre mor i-<br/>bundo, los patriotas dispersados, y la victoria de San<br/>Dionisio anulada por la derrota de San Carlos.<br/>Clary se envolvió rápidamente en un abrigo oscuro para<br/>seguir a la señora Bridget.<br/>La sirviente abrió la puerta, y ambas mujeres salieron.<br/>Las únicas palabras que pronunció Bridget, señalando<br/>hacia San Carlos, fueron éstas:<br/>-Tenemos que andar seis millas, y para que nadie sepa<br/>que estáis en Casa Cerra da, es preciso que lleguemos allí<br/>antes del amanecer.<br/>Ambas remontaron rápidamente el curso del río por la<br/>orilla hasta llegar al camino que va directamente hacia el<br/>Norte, por medio del condado de San Jacinto.<br/>Bien hubiera querido la joven andar más de prisa, d e-<br/>seando hallarse cuanto an tes a la cabecera de la cama de su<br/>padre; pero tuvo que moderar su impaciencia, porque, por<br/>más que Bridget llamase en su auxilio toda su energía, no<br/>hubiera podido seguirla.<br/><br/><br/>Page No 299<br/><br/>JULIO VERNE<br/>300<br/><br/>Experimentaron además varios retrasos, porque encon-<br/>trándose con algunos grupos de fugitivos que iban en sent i-<br/>do inverso, hubiera sido imprudente mezclar se con ellos,<br/>quienes tal vez quisieran arrastrarlas consigo hacia San Di o-<br/>nisio. Convenía que no las hallasen; y para evitarlo, Bridget y<br/>Clary se apartaban de la carretera, escondiéndose en los<br/>matorrales; nadie las veía, pero ellas observaban y oían.<br/>Aquellas pobres gentes avanzaban con gran trabajo, d e-<br/>jando algunas huellas san grientas en el suelo. Las mujeres<br/>llevaban a sus hijos en brazos, los hombres más jó venes<br/>sostenían a los ancianos, que que rían echarse en el suelo,<br/>abrumados por la fatiga, y morir allí.<br/>Después, oyéndose gritos a lo lejos, el tropel desaparecía<br/>en la oscuridad.<br/>¿Acaso los soldados y los voluntarios perseguían aún a<br/>aquellos desgraciados que huían de su pueblo, entregado a<br/>las llamas, buscando en los campos un abrigo que no hall a-<br/>ban en San Carlos? ¿O era que la columna de Whiterall est a-<br/>ba ya en marcha para sorprender ala luz del alba a los<br/>patriotas que huían?<br/>No; eran otros fugitivos que erraban por aquellas tierras,<br/>y muchos de ellos hubieran perecido durante aquella noche,<br/>si algunas alquerías no hubiesen abierto sus puertas para<br/>recibirlos.<br/>Clary, con el corazón angustiado, presenciaba tales h o-<br/>rrores; pero, sin embar go, allá en el fondo de su alma no<br/>quería desesperar aún del triunfo de la indepen dencia nacio-<br/>nal, en cuyas aras su padre acababa de verter su sangre, y por<br/><br/><br/>Page No 300<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>301<br/><br/>cuya defensa se encontraba quizás próximo a exhalar su ú l-<br/>timo suspiro.<br/>Cuando el camino quedaba libre; ambas mujeres se p o-<br/>nían de nuevo en marcha, y durante hora y media anduvi e-<br/>ron contrariadas por tan difíciles circunstancias. A medida<br/>que avanzaban hacia San Carlos, los encuentros con los que<br/>huían eran me nos frecuentes, pues todos cuantos habían<br/>podido escapar estaban ya cerca de San Dionisio, o dispersos<br/>por los condados de Verchères y de San Jacinto.<br/>Lo que más tenían que temer en los alrededores de San<br/>Carlos eran las patru llas de voluntarios, cuya presencia co n-<br/>venía evitar.<br/>A las tres de la madrugada aún les que daba que andar<br/>dos millas para llegar a Casa Cerrada.<br/>En aquel momento Bridget, agotadas sus fuerzas, se<br/>dejó caer al suelo.<br/>Clary quiso levantarla.<br/>-Dejad que os ayude, dijo a la anciana; apoyaos en mi<br/>brazo... no debemos ya estar muy lejos...<br/>-Una hora de marcha todavía, respon dió Bridget; jamás<br/>podré...<br/>-Descansad algunos minutos; después marcharemos<br/>otra vez... os apoyaréis en mí... no temáis cansarme, no... soy<br/>fuerte...<br/>-¡Fuerte!... ¡Pobre niña!... ¡Bien pronto caeríais también!<br/>Bridget sé incorporó sobre las rodillas.<br/>-Escuchadme, dijo; procuraré dar aún algunos pasos;<br/>pero si caigo de nuevo, me dejaréis sola...<br/>-¡Dejaros sola!... exclamó Clary.<br/><br/><br/>Page No 301<br/><br/>JULIO VERNE<br/>302<br/><br/>-Sí. Lo necesario es que esta misma noche os halléis al<br/>lado de vuestro padre...<br/>El camino es recto... Casa Cerrada es el primer edificio<br/>que encontraréis en la carretera antes de llegar a la pobl a-<br/>ción... Llamaréis a la puerta... diréis vuestro nombre, y Juan<br/>os abrirá en seguida.<br/>-No quiero abandonaros en tal estado, repuso la joven.<br/>No iré sin que me acompañéis.<br/>-Es preciso que así lo hagáis, Clary de Vaudreuil, re s-<br/>pondió Bridget; y cuando estéis ya en seguridad, mi hijo<br/>vendrá a buscarme... me llevará en brazos, como lo ha hecho<br/>con vuestro padre.<br/>-Os lo ruego, procurad andar, señora Bridget.<br/>Esta consiguió ponerse en pie, pero a duras penas podía<br/>arrastrarse; sin embargo, anduvieron así una milla.<br/>Entonces una leve claridad empezó a dibujarse en el ho-<br/>rizonte en dirección a San Carlos ¿Sería ya el alba, y no p o-<br/>drían llegar a Casa Cerrada antes que fuera de día? ¡Partid!<br/>murmuró Bridget. ¡Partid sin demora, Clary de Vaudreuil!...<br/>¡Dejadme aquí!...<br/>-No es el alba... respond ió la joven; son apenas las cu a-<br/>tro... Debe de ser el reflejo de un incendio.<br/>Clary no concluyó la frase, pues el mis mo pensamiento<br/>acudió a la mente de ambas mujeres. ¿Será quizás que Casa<br/>Cerrada esté envuelta en llamas, que el asilo del señor de<br/>Vaudreuil haya sido descubierto, y que él y Juan se vean en<br/>poder de los soldados de Witherall, si no han muerto defe n-<br/>diéndose?<br/><br/><br/>Page No 302<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>303<br/><br/>Este temor produjo en Bridget un supremo esfuerzo de<br/>energía, y Clary y ella, apresurando el paso, se acercaron a<br/>San Carlos.<br/>El camino formaba recodo en aquel si tio, y poco más<br/>allá estaba Casa Cerrada.<br/>Clary y Bridget llegaron hasta la vuelta.<br/>No era la morada que daba asilo al señor de Vaudreuil la<br/>que ardía; era un cortijo situado a la derecha del pueblo, y<br/>cuyas llamas reflejaban en el cielo.<br/>-¡Allí... es allí! exclamó Bridget, seña lando su casa con<br/>temblorosa mano.<br/>Algunos minutos más, y ambas encon traban su anhela-<br/>do refugio.<br/>Pero en aquel momento un grupo de tres hombres ap a-<br/>reció en el camino; eran tres voluntarios que se tambaleaban,<br/>ebrios de aguardiente y manchadas las ropas de sangre.<br/>Clary y Bridget quisieron evitar su en cuentro; pero era<br/>demasiado tarde.<br/>Habiéndolas divisado los voluntarios, se precipitaron<br/>sobre ellas. Todo había que temer de aquellos miserables,<br/>uno de los cuales se apoderó de la joven, procu rando arras-<br/>trarla consigo, mientras que los demás detenían a Bridget.<br/>De repente, un hombre saltó de entre las breñas a la i z-<br/>quierda de la carretera, y, con un garrote en la mano, de un<br/>fuerte golpe tendió en tierra al miserable que mal trataba a la<br/>joven.<br/>-¡Clary de Vaudreuil! exclamó des pués, reconociendo a<br/>la joven.<br/>-¡Vicente Hodge!<br/><br/><br/>Page No 303<br/><br/>JULIO VERNE<br/>304<br/><br/>Y Clary se apoyó en el brazo de su sal vador quien tam-<br/>bién conoció.<br/>Cuando et señor de Vaudreuil cayó en el campo de b a-<br/>talla de San Carlos, Vi cente Hodge no pudo socorrerle por<br/>entonces, e ignorando que algunos instantes más tarde Juan<br/>Sin Nombre se había llevado al herido fuera de todo peligro,<br/>volvió después de los últimos tiros, quedán dose en los alr e-<br/>dedores del pueblo, a ries go de caer en manos de los reali s-<br/>tas. Llagada la noche, hizo lo posible para hallar al padre de<br/>Clary entre los heridos y los muertos amontonados, en los<br/>límites del campamento; pero habiéndole buscado en vano<br/>hasta la hora en que iba a amanecer, se marchaba ya en busca<br/>de un asilo, cuando los gritos de Clary, le atrajeron al sitio en<br/>que la joven forcejeaba para escapar a un peligro peor que la<br/>muerte.<br/>Pero Vicente Hodge no tuvo tiempo para saber que el<br/>señor de Vaudreuil estaba en una casa a algunos centenares<br/>de pasos del sitio en que se hallaba, porque se vio obligado a<br/>hacer frente a los dos bribones que, habiendo soltado a<br/>Bridget, y dando desairadas voces, se disponían para ata carle<br/>a su vez; y como en el silencio de la noche sus gritos habían<br/>sido oídos a lo lejos, cinco o seis voluntarios acudían a ap o-<br/>yarlos. Urgía, pues, que Clary y su compañera se refugiasen a<br/>toda prisa en Casa Cerrada.<br/>-¡Huid!... ¡huid! exclamó Vicente Hodge. Ya sabré yo es-<br/>caparme.<br/>Bridget y Clary echaron a correr cuanto se lo permiti e-<br/>ron sus agotadas fuerzas, mientras que el joven, tan resuelto<br/>como vigoroso, derribaba a sus agresores, a quienes la e m-<br/><br/><br/>Page No 304<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>305<br/><br/>briaguez hacia menos temibles; y cuando los vio en tierra, y<br/>antes de que los voluntarios llegasen al lado de sus compañe-<br/>ros, saltó como un corzo por en tre los matorrales, en medio<br/>de los tiros que le dirigieron sin alcanzarle.<br/>Algunos instantes después, Bridget llamaba ala puerta de<br/>Casa Cerrada, que se abrió sin tardanza para dar paso a Clary<br/>y a la pobre madre, quien cayó desfallecida en los brazos de<br/>su hijo.<br/><br/><br/>Page No 305<br/><br/>JULIO VERNE<br/>306<br/><br/>IV<br/>LOS OCHO DÍAS SIGUIENTES<br/>Casa Cerrada ofrecía, pues, un asilo efímero, quizás el<br/>señor de Vaudreuil y a su hija. Ambos se hallaban bajo el<br/>mismo techo que la «Familia Sin Nombre», al lado de la m u-<br/>jer y del hijo del traidor; y si aquellos, ignoraban los lazos<br/>que unían con Simón Morgaz a la anciana y al joven que<br/>arriesgaban su vida por darles hospitalidad, Bridget y Juan no<br/>lo olvidaban un solo instante; y lo que más temían era que<br/>una desgraciada casualidad descubriera tan vergonzoso s e-<br/>creto a sus huéspedes.<br/>Durante la mañana de aquel mismo día, 26 de Novie m-<br/>bre, el señor de Vau dreuil recuperó algo el conocimiento.<br/>Tal vez la voz de su hija, sacándole del amo dorramiento, le<br/>hizo abrir los ojos.<br/>-¡Clary! murmuró.<br/>-Sí, padre mío... yo soy, respondió la joven, estoy a<br/>vuestro lado... No me moveré ya de aquí.<br/>Juan estaba da pie al lado de la cama, oculto en la so m-<br/>bra, como si hubiera querido que no le viesen; sin embargo,<br/><br/><br/>Page No 306<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>307<br/><br/>las miradas del herido se fijaron en él, y sus labios dejaron<br/>escapar estas palabras:<br/>-¡Juan!.... ¡Ah!... ¡Ya recuerdo!<br/>Después, al ver a Bridget que se inclinaba hacia su cabe-<br/>cera, pareció preguntar quién era aquella mujer.<br/>-Es mi madre, respondióle Juan. Es táis en casa de mi<br/>madre; sellar de Vau dreuil, y sus cuidados y los de vuestra<br/>hija no os faltarán...<br/>-¡Sus cuidados!... repitió el enfermo con voz débil.. ¡Si...<br/>ya me acuerdo... he rido... vencido... mis compañeros hu i-<br/>dos... muertos tal vez! ¡Ah! ¡Mi pobre país... mi pobre país...<br/>más que nunca entregado a la tiranía de sus opresores!<br/>El señor de Vaudreuil dejó caer, de nue vo la cabeza. Y<br/>sus ojos se cerraron otra vez.<br/>-¡Padre mío! exclamó Clary arrodillán dose; y  al cogerle<br/>la mano, sintió una ligera presión responder a la suya.<br/>Juan dijo:<br/>-Sería, necesario que un médico viniera aquí. ¿Pero en<br/>dónde encontrarle? ¿A quién dirigirnos en una comarca oc u-<br/>pada por los realistas? Puede ser que en Mon treal... sí, sólo<br/>allí es posible. Indicadme cual es el médico que posee vue s-<br/>tra confianza, e iré a buscarle.<br/>-¿A Montreal? preguntó Bridget.<br/>-Es preciso, madre mía. Bien vale la vida del señor de<br/>Vaudreuil que yo arriesgue la mía...<br/>-No es por ti por quien temo, Juan; pero yendo a Mo n-<br/>treal puedes ser espia do, y si se sospecha que el S eñor de<br/>Vaudreuil está aquí, es perdido.<br/>-¡Perdido! murmuró Clary.<br/><br/><br/>Page No 307<br/><br/>JULIO VERNE<br/>308<br/><br/>-¿Y no lo está con más seguridad si le faltan inteligentes<br/>cuidados? repuso Juan.<br/>-Si la herida es mortal, nadie es capaz de curarlo; si no lo<br/>es, Dios nos concederá su salvación a su hija y a mí. Su her i-<br/>da proviene de un sablazo, que no ha hecho más que desg a-<br/>rrar las carnes, y el señor de Vaudreuil está debilitado, a mi<br/>parecer, por la mucha sangre que ha perdido. Bastará, según<br/>creo, aplicarle paños de agua fresca para la cicatrización, que<br/>obtendremos con el tiempo. Créeme, hijo mío; nuestro<br/>huésped está relativamente en se guridad aquí, y mientras<br/>podamos evitarlo, importa que nadie conozca el sitio de su<br/>retiro.<br/>Bridget hablaba con una confianza tal, que tuvo por<br/>primer efecto devolver a Clary alguna esperanza. Lo que se<br/>hacía necesario antes que todo era que ningún extraño entra-<br/>se en Casa Cerrada; peligra ba por ello la vida de Juan Sin<br/>Nombre y más aún, la del señor de Vaudreuil. En efecto, a la<br/>menor alarma, si bien Juan podía huir a través de los bo s-<br/>ques, del con dado, y pasar la frontera americana, el herido<br/>estaba imposibilitado de hacerlo.<br/>Al día siguiente de la llegada de Clary, el estado del e n-<br/>fermo justificó la confianza que había inspirado a Bridget.<br/>Desde que la hemorragia había podido ser detenida, el señor<br/>de Vaudreuil estaba, si bien muy débil, en posesión de todo<br/>su conocimiento. Lo que más necesitaba era tranquili dad<br/>moral, y esa no le faltaría teniendo al lado a su hija; podría<br/>entregarse al sosiego que se gozaba en aquella morada, má-<br/>xime cuando los soldados de Witherall no tardarían en ma r-<br/><br/><br/>Page No 308<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>309<br/><br/>charse de San Carlos para recorrer el condado, librando así la<br/>comarca de su odiosa presencia.<br/>Bridget tomó ciertas disposiciones para instalar a sus<br/>huéspedes con alguna más comodidad en su estrecha mor a-<br/>da. El señor de Vaudreuil ocupaba la habitación reservada a<br/>Joann o a Juan cuando iban a pasar la noche a Casa Cerrada.<br/>La otra habitación, la de Bridget, fue destinada a Clary, y<br/>ambas mujeres velarían alterna tivamente a la cabece ra del<br/>enfermo.<br/>En cuanto a Juan, no había por qué inquietarse, ni ta m-<br/>poco por su hermano, aun cuando por efecto de los últimos<br/>acontecimientos el abate Joann se atreviese a ir a ver a su<br/>madre. Un rincón de la casa bastaba para ambos.<br/>Además, el joven patriota no pensaba quedarse en San<br/>Carlos mucho tiempo, pues tan luego como estuviese tra n-<br/>quilo respecto a la salud del señor de Vaudreuil y pudiera<br/>hablar con él sobre las eventualidades futuras, volvería a<br/>emprender su tarea, porque a su parecer, la derrota de San<br/>Carlos no podía haber consumado la ruina de los patriotas, y<br/>sabría él arrastrarlos a tomar su desquite.<br/>El día 26 pasó con mucha tranquilidad; hasta pudo<br/>Bridget, sin despertar sospechas, salir de Casa Cerrada, según<br/>tenía por costumbre, para procurarse un suplemento de pro-<br/>visiones y alguna poción calmante para el herido.<br/>Desde que los soldados habían salido del pueblo, alg u-<br/>nas casas se habían abierto; pero cuántos desastres, cuánta<br/>ruina por todos lados, y sobre todo en el barrio alto, ince n-<br/>diado y devastado por la parte del campamento en donde la<br/>defensa había sido heroica, pues un centenar de patriotas<br/><br/><br/>Page No 309<br/><br/>JULIO VERNE<br/>310<br/><br/>habían vertido su sangre en aquel funesto combate, la mayor<br/>parte muertos o mortalmente heridos; y en donde unos cu a-<br/>renta habían caído en poder de los realistas. El aspecto de la<br/>población era la mentable, a consecuencia de los excesos<br/>cometidos por una soldadesca desenfrenada, a la cual su jefe<br/>procuraba en vano contener.<br/>Bridget, al regresar, tuvo el gusto de llevar a Casa Cerra-<br/>da la noticia de la partida de la columna.<br/>Durante aquel día, el señor de Vaudreuil experimentó<br/>alguna mejoría, pudiendo descansar unas cuantas horas; su<br/>sueño fue tranquilo; el delirio había cesado, y con él las pal a-<br/>bras incoherentes que pronunciaba llamando a su hija. Tenía<br/>conciencia de que Clary se hallaba a su lado, fuera de todos<br/>los peligros a que se hu biera visto expuesta con la vuelta de<br/>los realistas.<br/>Mientras que el enfermo dormía, Juan tuvo que hacer a<br/>la joven el relato de los acontecimientos de la víspera y de<br/>todo cuanto había pasado desde que su padre la dejó en casa<br/>del juez Sr. Froment para reunirse con sus compañeros en<br/>San Carlos, y, por fin; en qué circunstancias ha bía encontra-<br/>do al señor de Vaudreuil cuando lo llevó a Casa Cerrada.<br/>Clary escuchaba con el corazón angus tiado, los ojos<br/>preñados de lágrimas, haciéndose fuerte contra la desespera-<br/>ción. La desgracia parecía unir más estrecha mente a ambos,<br/>pues abrigaban las mismas ideas y los mismos sentimientos.<br/>Varias veces durante su relato, Juan se levantó profu n-<br/>damente turbado, querien do huir de una intimidad que la<br/>situación presente hacía más peligrosa todavía.<br/><br/><br/>Page No 310<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>311<br/><br/>Después de aquellos pocos días que ha bía pasado al la-<br/>do de Clary en la villa Montcalm, Juan experimentó sent i-<br/>mientos que quiso alejar de sí, y para conseguirlo contó con<br/>los sucesos que se preparaban para entregarse por completo<br/>a la tarea que, después del suicidio de su padre, se había i m-<br/>puesto. Y ¡cosa extraña! aquellos mismos acontecimientos<br/>eran los que habían llevado a la joven a la de su madre, a la<br/>par que le obligaban a él a permanecer en aquel retiro.<br/>Pronto conoció Bridget la naturaleza de los sentimie n-<br/>tos que experimentaba su hijo. El espanto que por esto se<br/>apoderó de ella fue tan. grande como el de Juan.<br/>¡Él! ¡El hijo de Simón Morgaz!... Sin embargo, la enérg i-<br/>ca mujer riada dejó traslucir de sus angustias. ¡Pero cuántos<br/>sufrimientos preveía para el porvenir!<br/>Al siguiente día supo el señor de Vandreuil la marcha de<br/>los soldados de Wi therall, y, sintiéndose con alguna  más<br/>fuerza, quiso hablar con Juan sobre las consecuencias de la<br/>derrota de San Carlos.<br/>¿Qué había sido de sus compañeros Vicente Hodge, Fa-<br/>rra, Clerc, Sebastián Gramont; el cortijero Harcher y sus<br/>cinco hijos que tan valerosamente se habían batido en la<br/>jornada del 25?<br/>Bridget, Clary, y Juan se sentaron, al lado de la cama del<br/>señor de Vaudreuil; y accediendo a su ruego, suplicándole<br/>que no se fatigase demasiado, Juan empezó, de este modo el<br/>relato de lo sucedido:<br/>-Después de luchar hasta lo último, nuestros  héroes su-<br/>cumbieron, agobiados por el número de los enemigos. Uno<br/>de mis bravos compañeros de Chipogán, el pobre Remigio,<br/><br/><br/>Page No 311<br/><br/>JULIO VERNE<br/>312<br/><br/>fue muerto casi al principio de la acción, sin que yo pudiera<br/>socorrerle; después Miguel y Santiago, heridos a su vez, t u-<br/>vieron que abandonar el campo de batalla, llevados por su<br/>padre y sus otros dos hermanos. ¿Adónde se re fugiaron<br/>cuando la lucha se hizo ya imposible? Lo ignoro; mas espero<br/>que habrán podido pasar la frontera americana. El diputado<br/>Gramont ha caído prisionero, debiendo hallarse ahora en la<br/>cárcel de Montreal, y ya sabemos por demás la suerte que le<br/>reservan los jueces de lord Gosford. Supongo que los Sres.<br/>Farran y Clerc han podido sustraerse a la persecu ción de la<br/>caballería realista; pero en cuanto a Vicente Hodge, impos i-<br/>ble me es decir...<br/>-Vicente Hodge ha escapado al degüe llo, respondió<br/>Clary. Al anochecer de aquel funesto día andaba errante a l-<br/>rededor de San Carlos, buscándoos, padre mío. La señora<br/>Bridget y yo lo hemos encontrado, y, gracias a él, pudimos<br/>escapar de las vio lencias de soldados ebrios que nos insul-<br/>taban, y refugiarnos aquí. No dudo de que esté ahora en<br/>seguridad en algún pueblo de los Estados Unidos.<br/>-¡Es un noble corazón y un valiente patriota! dijo Juan.<br/>Lo que ha hecho respecto a la señorita de Vaudreuil y a mi<br/>madre, lo hizo también conmigo en lo más recio de la pelea.<br/>Me ha salvado la vida, y tal vez hubiera valido más haberme<br/>dejado morir. ¡No hubiera tenido la tortura de sobrevivir a la<br/>derrota de los Hijos de la Libertad!<br/>-Juan, dijo la joven: ¿habéis perdido acaso toda esperan-<br/>za respecto a nuestra santa causa?<br/>-¡Perder la esperanza mi hijo!... respondió Bridget con<br/>viveza. Jamás lo creeré...<br/><br/><br/>Page No 312<br/><br/>FAMILIA SIN NOMBRE<br/>313<br/><br/>-¡No, madre mía! exclamó Juan. Después de la victoria<br/>de San Dionisio, la insurrección se hubiera extendido por<br/>todo el valle de San Lorenzo; pero la derrota de San Carlos<br/>me obliga a empezar una nueva campaña, y la empezaré. Los<br/>reformistas no están vencidos todavía, y hasta deben haberse<br/>organizado de nuevo para resistir a las columnas de sir John<br/>Colborne. Mucho he tardado en reunirme con ellos... esta<br/>misma noche partiré.<br/>-¿Adónde iréis, Juan? preguntó el señor de Vaudreuil.<br/>-En. primer lugar, a San Dionisio. Allí espero encontrar<br/>a los principales jefes con quienes habíamos rechazado con<br/>tanta felicidad a los soldados de Gore...<br/>-¡Parte, pues, Juan no te detengas! dijo Bridget, fijando<br/>en su hijo una pene trante mirada. ¡Sí, parte; tu sitio no está<br/>aquí!... ¡Está allá; en las primeras filas!...<br/>-¡Sí, partid Juan! repuso Clary. Es preciso que aparezcáis<br/>de nuevo a la cabeza de vuestros parciales... Que los realistas<br/>sepan que Juan Sin Nombre no ha muerto...<br/>La joven no pudo acabar la frase.<br/>El señor de Vaudreuil, medio incorporado, tomó la m a-<br/>no del joven patriota, diciéndole él también:<br/>-¡Partid, Juan! Dejadme a los cuidados de vuestra madre<br/>y de mi hija. Si volvéis a ver a mis amigos, decidles que me<br/>verán otra vez a su lado en cuanto tenga bastan tes fuerzas<br/>para abandonar esta morada. Pero, añadió con una voz que<br/>indicaba una extremada debilidad, si pudierais te nernos al<br/>corriente de todo lo que se pre pare... si os fuera posible vol-<br/>ver aquí... ¡Ah, Juan!... ¡Tengo tanta necesidad de saber qué<br/><br/><br/>Page No 313<br/><br/>JULIO VERNE<br/>314<br/><br/>ha sido de todos los que me son queridos... y a quienes qu i-<br/>zás no volveré a ver jamás!<br/>-Cuanto ocurra sabréis, señor de Vaudreuil, respondió el<br/>joven; y ahora descansad... olvidadlo todo, hasta el momento<br/>en que haya que combatir de nuevo.<br/>El consejo de Juan era bueno, pues en el estado en que<br/>se encontraba el herido era preciso evitarle la más mínima<br/>emoción; acababa de dormirse, y aquel sueño se prolongó<br/>hasta media noche; así es que dormía aún cuando Juan salió<br/>de Casa Cerrada, a eso de las once, después de despedirse de<br/>Clary y de abrazar a su madre, cuya energía no se desmintió<br/>ni un solo instante al separarse de su hijo.<br/>Las circunstancias no eran ya las mis mas que dos días<br/>antes, cuando Bridget no permitió que su hijo fuera a San<br/>Dionisio en busca de l