Llegué tarde a la cena - despedida, como ya avisé. Pero no fui el último en aparecer, ni de lejos el primero, por lo que mi entrada en escena fue perfecta, ni llamando la atención, ni pasando desapercibido. Encontré un hueco en la mesa, cerca de A., la pequeña pelirroja que se va a Berlín y a la que tocaba despedir. No nos veíamos desde hace ni se sabe, pero cuatro frases, dos besos, dos preguntas y un abrazo bastaron para ponernos al día.
Allí estábamos, frente a la tortilla de patatas con pimientos y el revuelto de huevos con setas, mis amigos de siempre, algunos compañeros del antiguo grupo de teatro y otra gente que A. y yo tenemos en común. Demasiados para el bar elegido, muchos más de los que cabíamos en la mesa. Robamos sillas, nos agolpamos, y nos abroncaron los camareros, claro. No sólo limitábamos el espacio por el que ellos, profesionales de la bandeja y los platos en equilibrio, tenían que pasar, sino que dejábamos otras mesas sin sillas, qué cosa más absurda. Pero prometíamos consumir, así que la reprimenda nunca fue dura.
Siguieron llegando más invitados a la despedida informal. Ya no podíamos coger más sillas, así que los rezagados se sentaban sobre las piernas de quien se dejaba.
Y llegó S., del grupo de teatro que A. y yo habíamos dejado hace un par de años. S. es una gran actriz, de esas que cuando se aprende un papel ya sólo lo puede recitar interpretándolo, está como una cabra, gusta de escribir y de leer, erudita del arte clásico y de culturas desaparecidas, enamorada de autores y cineastas de Europa del Este de los que nadie ha oído hablar, lesbiana sin pudor, capaz de narrarte un polvo con otra mujer con el mismo tono que cuando te comenta que ya ha terminado la carrera. Gusta también de hablar con hombres acerca de mujeres guapas, lo cual es provocar el deseo en el hombre que escucha e imagina. Pero ella no lo hace por eso. Ella lo hace porque ve el sexo como lo que es, algo divertido, totalmente normal, sea homosexual o heterosexual, y sin complejos. Necesario como comer y natural como crecer.
Y es ella la que opta por sentarse en mis rodillas.
El roce de su culo y sus historias de amantes francesas a las que descubrió lo que pueden hacer dos mujeres desnudas movidas por la lascivia motivan el peligro en mi cabeza, adormilada todavía, pero desperezándose a marchas forzadas.
Mantengo conversaciones trascendentales con A., S., y el resto de los que están en mi lado de la mesa. Resolvemos el mundo, definimos el amor, explicamos el porqué de todo. Corren las cervezas y el tiempo, y yo me quiero ir pronto que mañana, hoy, toca hacer todas esas cosas que no hice por desidia.
Y entonces S. dice que se va.
Y yo le digo que me voy en media hora, que se quede. No se porqué, ni para qué. Es lesbiana.
Y me dice que vale pero que ella va andando, en la dirección que yo tomaría en metro. Le digo que la acompaño y que me cojo el metro allá, más adelante. Se queda media hora.
La despedida se da, se prolonga, promesas con A. de mantener el contacto y de ir a Berlín a verla, que son dos horas. Besos, abrazos y unión de manos con el resto, y nos vamos.
En el camino le insto a que me cuente sus encuentros sexuales parisinos.
Ella lo hace encantada. Me cuenta situaciones que sólo se han dado en mi lujuriosa cabeza y que no he visto ni en Internet.
Cuando llegamos a donde nos debemos separar, dos besos y un nos vemos. Y entonces me giro y le digo: Supongo que invitarte a casa no tiene sentido, claro.
Ella me mira, se ríe, se para. No se va. Sonrío. De algún modo, no sé porqué, ya lo sabía. Me dice que será un experimento, que puede salir mal. Le respondo que yo no sé si saldrá bien o mal, pero que me apetece, ahora, así, punto.
Ella me mira y sentencia: experimentemos.
Media hora más tarde, hace unas horas, cuando era noche cerrada, mi cama acogía una escena que poco tenía de lésbico, o tal vez lo tenía todo. Quien me lo iba a decir. Yo, que no tenía ganas de hacer nada, ni de ir a la despedida, volví a casa acompañado por una mujer que ama a otras mujeres pero que hoy, ayer, esa noche, me permite investigar su cuerpo, un cuerpo olvidado de manos masculinas, obviando mi músculo que crece.
Terminó el día, nos sobrevino la noche, y con ella llegaron esas sorpresas y placeres inesperados que tanto alimentan, que devuelven esas ganas que ayer hice desaparecer; la recompensa, inmerecida, a haber tirado una jornada más a la basura. Ya puedo decir que ayer no perdí el día del todo. Y hoy ya estoy haciendo cosas, cumpliendo con lo que me prometí, costándome mucho menos de lo que esperaba gracias a un encuentro fortuito con una mujer idólatra de la feminidad que dejó de serlo un par de horas (¿o no?).
…no dejan de pasarme cosas raras…bien
| Teardrop |
Eso sí, sigue escribiendo con las tripas toda tu puta vida (aunque siga siendo con pseudónimo...)
Ovación unánime para un verdadero profesor de redacción!!
Suerte!!
Yo ahora ando en una epoca algo dificil.
Un Besote!!
Pd: Desde que trabajo, Hacia mucho que no te leia... Uf!!





