Vuelvo a fumar. El hachís vence en mi cabeza y las manos aporrean más despacio el teclado. Antes pensaba que no podía escribir mientras me fumaba un porro. Ahora entiendo que no eran los porros los que me impulsaban a dejar de escribir, a levantarme de la silla y tumbarme en la cama, mareado. No, lo que me doblegaba era el abismo en blanco, en el papel y en mi cerebro; un torrente por el que debían navegar las palabras sufría la más salvaje de las sequías, y yo me rendía antes de empezar a rellenarlo. Ahora fumo y escribo, no por ello queriendo defender ningún supuesto efecto beneficioso de los petas. Los conozco demasiado. Simplemente compruebo que eran las pocas ganas y la nula voluntad de forzarme lo que me incitaba a cerrar el Word, bufarle al ordenador y buscar algo que hacer para sacarme de un tedio provocado.
Y, de repente, ya ves, tres párrafos escritos, en los que seguramente no habré dicho nada, pero tres párrafos al fin y al cabo.
En un principio pensé contar que ayer quedé con la mujer que aquí sólo yo conozco, que compartió su vida conmigo, que fue mi mano derecha tanto tiempo. Pero luego deseché la idea, pues ni quiero ni creo que pueda describir una situación así, cuando te reencuentras con la mujer a la que amaste hasta hace tan poco. Mutilé la distancia que me había impuesto como bálsamo, prefiriendo la nostalgia en solitario que verla y dudar, o discutir, o llorar, o sufrir, o besar movido por el cariño, poderoso y traicionero impulso. Así que mejor ni intento narrar cómo fue. Fue bien, pero nada más diré. Dudé luego, tras la eterna despedida, claro, pero también comprendí que a la larga las dudas se van desvaneciendo, reafirmando lo que sentías y pensabas antes de encontrarte de nuevo con sus ojos, con su boca, con su sonrisa, incluso con su risa. Y si no se desvanecen esas lógicas dudas, si se quedan perennes, ilógicas y zumbantes, ay, amigo, tal vez sea demasiado tarde para descubrir al fin que te habías equivocado.
Así que no cuento más. Dejo de escribir. Si alguien que no sea yo ha llegado hasta este último párrafo, una de tres (o las tres a la vez, que de todo hay en esta vida), o bien es un suicida en potencia buscando una nueva excusa, o es un conocido de este cavilador practicante de la escritura automática que soy yo, o en última instancia, es un público fácil que es capaz de verse hasta el final, títulos de créditos incluidos, peliculones del calibre de Daredevil o Rocky XXVII. He ocupado minutos que pedían ser alargados, sigo escribiendo todos los días, y encima mi raciocinio se ha ido de copas con el humo de la droga, blanda, pero droga, siempre… dudas, ¿qué dudas? Por hoy, ya no hay.
Solo deseo disfrutar el hoy sin importarme lo que venga mañana.
Un Besazo enorme.
Aída
Me encantó eso.
Kissxxx
Un abrazo.





