logotipo

img_google
Escrito te lo dejo
Disquisiciones variopintas sobre
la personalidad múltiple de un haragán
Acerca de
Soy yonki de la escritura y no entiendo nada. Y ya no quiero entenderlo. Vivo a gusto en la absoluta incomprensión. Escribo sobre ella, para pasar el mono y para entender menos.
Sindicación
 
Tú, imbécil
Hace dos meses dijiste que aquella no era la vida que querías. Se lo dijiste a ella, a tu costilla, a la que es todavía, y no te resignas, parte de ti. Le dijiste quiero dejarlo, ya no te quiero. Ella se fue, tú te fuiste, la casa quedó vacía y triste. (rima)

Hoy ves que tampoco es ésta la vida que quieres.

Al dejarlo, estuviste un tiempo convencido, entero, coherente, “bien”.
Al mes, estabas flaqueando, dudando, pensando, “mal”.
Hoy estás hundido, imaginando, añorando, pensándola, deseándola.
No sabes si la fuerza que las dudas tienen ahora se debe al proceso en sí o a lo acaecido este fin de semana. Si las preguntas que dinamitan tu cabeza son producto de la noche del sábado, desaparecerán, con o sin respuesta. Estarás en el camino correcto.
Pero si las dudas sólo se han visto reforzadas por lo del sábado y son el resultado de un mes de monólogo continuo, estás jodido, estarás andando por el fango, dándote cuenta de que en la última bifurcación no elegiste el camino de bonitas vistas y sano andar.

Por primera vez en dos meses, de repente te arrepientes de lo que has hecho, de dejarla, a ella, a la única persona que te conoce, a la única mujer capaz de meterse en tu cabeza, bucear, y salir con una sonrisa y el pescado más grande y gordo.

El lunes quedaste con ella y te perdiste en su boca, en sus ojos, mientras en tu cabeza retumbaban las confesiones que tú, imbécil, le obligaste a hacer, movido por la curiosidad y tentando el dolor de conocer. Supiste entonces todo lo que ocurrió del sábado por la noche al domingo por la mañana. Expulsaste a la ignorancia, murió tu inocencia, y se impuso la rabia, la incomprensión, el enfado contigo mismo por sentir esas cosas.

El sábado por la noche ella salió con L. y M. Él es amigo tuyo, ella lo es suyo, vosotros les presentasteis y os han sobrevivido. Se encontraron los tres, oh, casualidad, con el resto de tus amigos, y decidieron unir fuerzas y hacer juntos la noche.
De eso te enteraste ayer. Te lo contó uno de tus amigos. Te narró vago que la vio bien, que no hablo mucho con ella, pero que todo muy bien y sin dramas.
Pero lo que no sabías es que L. y M. terminaron esa noche, esa madrugada, ese amanecer, en la casa de ella, en la casa de los que hasta hace poco eran tus suegros. L. y M. llevaban instalados en su casa desde el viernes.
Y tú, gilipollas, conociéndola, sabiendo que ella si invita a una pareja a su casa se busca convertirse ella también en pareja, vas y se lo haces decir. Intuyendo incluso quien es el tío al que ella llama de madrugada y él acude sin dudarlo, lo que te lleva a pensar, pensar, pensar, que no es la primera vez que se lo folla, vas tú, estúpido, y buscas confirmación de que efectivamente es él. Ya le pones cara. Ya puedes imaginar. Ya puedes visualizar un fin de semana entero en tu cabeza, un fin de semana ajeno a ti.
Un fin de semana en el que un amigo tuyo compartió porros y risas con el tío que se ha estado follando a la chica a la que ahora, serás subnormal, te das cuenta que lo mismo sí que sigues queriendo.
Un amigo tuyo. ¿Cómo te sentirías tú si yo me follara a alguien estando M. en la misma casa, fumándose M. unos petas con ella, riéndose con ella, llevándose bien con ella? Le preguntas, en buen tono, no estás enfadado con nadie excepto contigo mismo, sólo quieres que entienda. Ella sabe que tú tampoco has perdido el tiempo, que has follado con alguna. Pero no les puede poner cara.

Tú no sólo puedes ponerle cara, porque le conoces, sino que un amigo tuyo también.

Antes que tú, un amigo tuyo sabe quien es el que se folla ahora a la chica ante la que llorabas ayer.

Te sientes pequeñito.
Te sientes humillado, inexplicablemente. Y eso te enfada, te hace sentir asco de ti mismo. Te sientes machista, egoísta, retrogrado.

No buscas que ella lo entienda, no lo entiendes ni tú.

Escribes esto en segunda persona, habiendo pasado casi un día, buscando alejarte de la situación, ponerte como arbitro para no ser el flacucho que no puede parar de tejer historias, conversaciones, polvos, de escuchar gemidos, de oír como L. y el que no eras tú se ríen.

El que no eras tú.
Entre lágrimas, dices que es una mierda no ser tú el que estuvo el fin de semana con ella, con L. y con M. en casa, en su casa. Sorbes mocos y añades un como siempre que se queda resonando por las paredes encaladas de la casa de sus padres, de los que fueron tus suegros. ¿Qué coño haces ahí, tonto de los cojones? ¿A qué has ido, a que ella coja un cuchillo jamonero, tú le cojas a ella la mano, y empujes hacia tus tripas el cuchillo, esperando atravesarte de una santa vez para que la hoja no se quede dentro, revolviendo tus entrañas, tal y como está ahora?

Al final te fuiste de allí horas después. Después de abrazaros, de conseguir volver a reíros, de tentaros el uno al otro, de besaros incluso, sintiendo raras las sensaciones pero anhelantes los besos, te has ido por fin.

Pero hoy aquí estás, en segunda persona, deseando ver a todos tus amigos y que te consuelen pero sin querer llamarles porque sientes que tú no eres el que debe preocuparse por marcar un número (estás equivocado, seguro), y escribiendo folio y medio sin llorar pero sin dejar de pensar. Y dudar.

Joder.

Etiquetas:       
No