P. – Tío, ahora sólo puedes dejar pasar tiempo.
Tú – Ya, pero me da miedo. Me da miedo dejar que pase el tiempo, dejar que cada uno rehaga su vida completamente. Si pasan seis meses y los dos ya estamos estupendo, ¿para qué va ella a llamarme a los seis meses? ¿Para tirar por tierra lo que ha conseguido?
P. – Eso no lo sabes, no puedes decidir por ella, decide por ti que suficiente es. Y ahora no puedes decidir nada, estás deprimido, tío, y la depresión hace que veas las cosas distorsionadas. Me decías antes que te sentías pequeñito. Y, claro, si tú eres pequeñito, todo lo demás lo ves enorme, mejor que tú. La ves a ella mejor que tú, ves incluso gigante al pibe que se la folló este finde, y perdona que te lo diga así, pero así es. Tienes que darte cuenta de que ni tú eres pequeño ni el resto son enormes. Eres igual de grande. Pero para eso necesitas respirar hondo, tener tiempo, y pensar lo justo.
Tú – Ya, tío, pero no puedo dejar de pensar.
P. – Pues tienes que empezar a identificar tus neuras. Que además son cíclicas, y se repetirán en tu cabeza, hasta que llegues a identificarlas y decir ‘mmm, ésta me la conozco’. Entonces, cuando veas que te asalta una neura, tendrás que darle al botón “Neura”… piiiii… y pasar de ella, decir fuera. Tú ahora no estás para decidir cosas importantes, como volver con ella. No. Tu liga ahora es otra. Tú ahora tienes que decidir sólo cosas como ¿qué me apetece hacer que me vaya a resultar saludable? ¿A quién llamo, a Menganito o a Fulanito? ¿Qué hago el sábado, me voy a Chueca o a la fiesta de no sé quien? Eso es lo que tienes que pensar, en nada más. Las trascendencias las dejas para cuando estés mejor.
Tú – Es verdad, tío. Pero…yo qué sé… ahora pienso que lo que no me gustaba de la relación sólo lo puedo achacar a la convivencia. Y, claro, eso me lleva a pensar que sería maravilloso volverlo a intentar, ella en su casa y yo en la mía, desde cero. Que podemos hacerlo, que nos llevábamos debuti, …
P. - ¿De verdad que sólo le achacas cosas a la convivencia? Bueno… eso se llama el síndrome de la edad dorada. Cuando estás hundido en la mierda te crees que cualquier tiempo pasado es mejor. Nada. Mentira cochina. Es como pensar que tú eres lo peor. Cuando estás deprimido, crees que así es como eres de verdad. Un despojo, un asco de tío. Pero no es verdad. Tú no eres así. Tú eres más como cuando no estás deprimido. Pero para ver eso tienes que racionalizarlo todo y tener perspectiva, y ahora no la tienes. Tiempo, tío, tiempo.
Tú – Puto tiempo.
P. – Y desde luego lo que no puedes hacer es darte tanta caña, que te das mucha caña. Que no te dejas pasar una, coño, que no te permites un fallo. Y deja de intentar averiguar quien es el que se la folla ahora, que eso no te hace ningún bien.
Tú – Soy demasiado curioso.
P. – Pues te jodes, y te callas, y no preguntes. Y lo que tampoco deberías hacer es verla, tío. Viéndola como la viste el otro día, cuando fuiste a su casa, lo único que hace es que ella, en el archivo mental que tiene de ti, guarde cada vez más imágenes de tu cara de bajón. Y, por tu parte, si insistes en verla, lo que vas a tener en tu archivo son las caras de los tíos a los que se folla. Necesitas tiempo sin verla, tío, y que eso no te dé miedo. Es imposible que dejéis de saber el uno del otro. Tenéis amigos en común.
Tú – Ya, pero me apetece verla.
P. – Pues te jodes. Por tu salud mental, deberías tirarte un tiempo sin verla y haciendo lo que te apetece y que te reporte satisfacción inmediata. Y deja de pensar.
Tú – Para eso os necesito a vosotros.
P. – Aquí estamos, tío, aquí estamos. Tú no eres pequeñito, tío, eres grande y tienes el mundo a tus pies. Confía en ti. Nada es irreversible, además.
Tú - Además...





