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Escrito te lo dejo
Disquisiciones variopintas sobre
la personalidad múltiple de un haragán
Acerca de
Soy yonki de la escritura y no entiendo nada. Y ya no quiero entenderlo. Vivo a gusto en la absoluta incomprensión. Escribo sobre ella, para pasar el mono y para entender menos.
Sindicación
 
Rien ne va plus
El otro día mi niña y yo nos permitimos uno de esos lujos que parecen reservados para los muy pudientes pero que también están pensados para los que, como nosotros, entienden que un día es un día y que por sentirse todopoderoso durante un par de horas bien merece la pena desequilibrar nuestra frágil economía. Nos fuimos al Casino Gran Madrid. Ahí queda eso.
Yo, con mi camisa oscura y rayas verticales moradas, y con unos pantalones elegantes y discretos, cubriendo por último mis pies con zapatos tipo mocasines.
Ella, con un vestido rojo corto, que se ata a la espalda, desnuda, y que termina en las rodillas. Por debajo de la tela colorada, nada, y en sus pies, unas sandalias con plataforma y tiras para atar al tobillo.
Aparcamos nuestro Fiat Punto del ’93 en el aparcamiento, abarrotado un sábado a las once de la noche, y prescindiendo del servicio de aparcacoches, que aunque un día sea un día tampoco vamos a ir de sobrados. En el aparcamiento se mezclaban los coches de alta gama con los pequeños utilitarios, pero también con vehículos de profesionales, con la publicidad pintada en la carrocería. Furgonetas de una empresa de mudanzas, otra de un panadero, y más allá otra de un frutero. Antes de entrar, ya estábamos asombrados. Allí estaban los más ricos y los más modestos, los más guapos y los más barrigones, las más descocadas y las viejecitas más inválidas.
Entramos. Cámaras ocultas y visibles, neón por todas partes, televisiones enormes con videos musicales, hombres de negro con pingajillo en la oreja y mujeres de negro con bandejas. Como en una peli de Scorsese. Me pido ser De Niro, tú Sharon Stone (que además vas sin bragas, nena). Nuestra cara de alucine debió de llamar la atención de una de las recepcionistas, pues vestida con una sonrisa nos hizo una seña. La entrada son 3 euros. Nos sonreímos. Eso nos lo podemos permitir sobradamente. Le pedimos consejo a la amable recepcionista, que rápidamente nos señala donde está la zona de fumadores en la que las apuestas mínimas son eso, mínimas. Dos euros la apuesta. Ese es nuestro destino, clarísimamente.
Un bloody mary para mí, que para eso estamos donde estamos, y un Ballantines Cola para ella, que qué más da donde estemos si es lo que más le gusta. Buscamos hueco en alguna mesa de Blackjack, pero los allí sentados no parecen tener intención de levantarse hasta que ganen varias veces al croupier, algo para lo que se necesita casi una eternidad. Y yo que me había estudiado las reglas del jueguito. En fin, vayamos a ver qué se cuece en la ruleta.
Yendo hacia ella nos deprimimos viendo a parejas octogenarias dándole a la manivela de las maquinas, con el bote con fichas repleto y bien sujeto, con las dentaduras postizas chascando ante cada mal resultado, con una copa de bebida indeterminada indefinidamente medio vacía, y con una mirada más vacía todavía. Ataviados con camisas hawainas ellos y con zapatos dorados y más maquillaje que en la factoría de Max Factor ellas, centran toda su atención y su pensión en la maquina de la suerte. Y eso los que van en parejas, porque son muchos los solitarios. Es la decadencia. Pero luego están los que van a ese punto de la carretera de A Coruña con una sonrisa y con amigos, con ganas de fiesta y sin importar mucho si se pierde dinero. Un día es un día.

En la ruleta americana (¿las hay de más sitios?), un tipo con pelo en cortinilla a lo Anasagasti, barriga prominente, camisa azul clarita con los primeros tres botones abiertos, y piernas cortas deja 500 euros en la ruleta para que el croupier se lo cambie. 500 euros. Sí, un billete de esos morados, de los que habré visto dos o tres. Nosotros cambiamos 50 euros. Llegamos a hacer dos plenos, al 1 y al 13, y seguimos jugando, para irnos tan contentos sin un duro pero habiendo estado más de dos horas cuando creíamos que en una hora escasa nuestro dinero habría volado a las acaudaladas arcas del casino. Mientras, nuestro hombre de los 500 euros se iba de la mesa con más de 3.000 y habiendo repartido suculentas propinas al croupier de turno.
El truco está en apostar poco a muchos números. Perderás varias partidas, pero las que ganes, la partes. Y así, aumentando la apuesta pero no la cantidad de números a los que confiar el destino de la bolita blanca, nuestro amigo se fue de la mesa con una montaña de fichas espectacular.
Conocimos gente, nos enseñaron y aconsejaron, nos sentimos reyes, nos forramos, lo perdimos todo, bebimos, fumamos, llamamos al croupier por su nombre cuando nos daba las ganancias, y nos fuimos de allí con los bolsillos vacíos pero con las pilas cargadas, con ganas de hacer el amor y de contar la aventura.
Volveremos, con dinero, experiencia y las mismas ganas, pero dentro de mucho, que para ganar hay que apostar fuerte. Rien ne vas plus, hagan juego, uno negro, trece rojo, 36 a uno, somos los mejores, y vámonos, hazte un porro, fóllame y bésame con sabor a zumo de tomate con ginebra.

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Comentario:
Me ha gustado leerte, pero me gustó más cuando me lo contaste en vivo y directo, con esa risa tan original que te caracteriza, XDDD

Qué te voy a decir? Que me das mucho asco y mucha envidia. Y que cada día me caes peor :-)

KissXxx.
 
Comentario:
¿ Zumo de tomate con ginebra? ¡qué cosas más raras bebeis en Madrid! Se me acaba de agriar el café sólo de pensarlo.
Un abrazo.
No