Cuando termine la beca, empieza la universidad, y me tocará buscarme otro curro. Pretendo irme de casa otra vez, claro, que quedarme con mis padres es recordarme una y otra vez que he vuelto a su casa porque lo dejé con P., y eso es algo que tengo que superar, y me va a costar más si vivo en una casa a la que llegué de rebote por la ruptura. Pero currando de becario, cobrando la mitad de un mileurista, ¿a dónde carajo voy? Tendría que buscarme un curro cualquiera, de media jornada. Pero ya estoy cansado. He trabajado de camarero, de acomodador en cines, dando clases extraescolares en colegios,…, suficientes curritos para haber satisfecho ya holgadamente mis ansias de tocar varios palos laborales, de los buenos y cómodos a los malos y duros. Si voy a ser periolisto, me tocará trabajar de periolisto, y ya es hora de empezar, ahora que ya he cogido el ritmo. Pero entonces pienso ¿qué quiero hacer con mi vida? ¿Quiero ser de verdad periolisto? ¿Periolisto de qué? ¿De política? No. ¿De deportes? No. ¿De economía? La economía para quien la entienda. ¿De qué entonces? De cultura, claro. De cine, por supuesto. Pero, ¿cómo?
Y en esas estoy cuando ya es 17 de agosto, cuando hace frío en Madrid, cuando me desespero por mi encierro en la urbe, cuando septiembre y sus exámenes están a la vuelta de la esquina y cuando estudiar más de dos horas seguidas se me presenta como la gesta de entre las gestas.
Sí, me escapo los fines. Sí, me emborracho, y follo, y fumo, y río, y corro, y duermo, y nado, y bailo, y canto… pero sólo los fines de semana. De hecho, sólo han sido dos fines de semana. Y luego llega el lunes y Madrid me saluda a base de claxons que hace años se habrían retirado estos treinta y un días. Mi casa, ocupada sólo por mí, se me hace enorme. Sé llevar la soledad, no me incomoda. Pero no es la soledad lo que me saca de quicio. Es la imposibilidad de salir de aquí, de tener un verano aunque sea de quince días. Es el segundo año que paso sin vacaciones. El primero fue porque a P. y a mí nos podía la ilusión de irnos a vivir juntos, y había que currar para ello. Ahora, mis vacaciones se frustran como se frustraron mis planes de futuro hace no tanto. No estoy triste, no estoy deprimido,… sólo un poco adormilado y un mucho hasta los cojones de esta ciudad inhumana, fría, enorme, y encima, no vacía en agosto. Mis amigos van y vuelven, pero al menos van. Yo, por no tener, no tengo un sitio al que volver, porque no quiero volver con mis padres, pero no tengo dinero para ir a ningún sitio. Sólo me queda un año de carrera, lo suyo sería que esperase a terminar estos estudios que no me han enseñado nada para independizarme por segunda vez. Pero el cuerpo, los ánimos, los recuerdos y las ganas de hacer tabula rasa se imponen a la lógica. Quiero irme de casa, pero no puedo. Quiero irme lejos de Madrid, pero no puedo. Quiero… quiero… quiero… quiero que pasen los exámenes, suspenderlos o aprobarlos, que se termine la beca, tirarme en un coche y que me lleven lejos, aunque sólo sean tres días, uno más que un fin de semana. Ay, si tampoco tengo coche. Sólo me tengo a mí, y aunque me es suficiente muchas veces, otras quiero… quiero… quiero… vacaciones!!!!!! Mucho pedir para un becario de periodista. Mucho pedir para un chaval de 25 que ha pasado el año más ajetreado de su vida. Mucho pedir para un madrileño que no se siente gato ni chulapo, aunque sé que lo soy, porque hago miau y me restriego cuando me gustan y porque soy chulo cuando follo, cuando fumo y cuando bailo. Lo que pasa es que en dosis de fines de semana eso se me empieza a olvidar. Ya no sé quien soy, si gato o pez fuera del agua. Mierda de pecera.
Animate...
Un saludin!
Yonki de la escritura y de los petas, sigo en mi palco, gracias por los pedacitos que nos regalas.
Un abrazo.
pd:agradezco también enormemente tus comentarios.





