Con los brindis entrañables hechos, entre el revuelto de morcilla y la espuma de salmón, decidimos que aquella noche bien se merecía farlopa en cantidad. J. era el primero que se casaba, y su despedida debía ser recordada por los 15 rabos que allí estábamos reunidos… y por todo el que se cruzara en nuestro camino, qué pelotas, que seguro que esta noche somos lo mejor de la ciudad.
Tres llamadas y en veinte minutos nos traían el tema, tiempo de sobra para ventilarnos la mejor tarta de chocolate que hemos probado nunca, pagar una cantidad que nos dejará turulatos diez segundos y salir de allí escopetados en busca de aventuras. Joder, como putos amos del cotarro. Cenando en reservado, pidiendo botellas y botellas sin preocuparnos el coste, y con un telecamello a nuestra disposición recorriendo la calles iluminadas con tres gramos en la guantera. Qué nivel, ya no somos los diecisieteañeros que se ponían nerviosos pillando droga y que tenían que mover cielo y tierra, kilómetros mediante, para encontrar cualquier cosa parecida a la perica.
Y empezó la noche de verdad.
De bar en bar. Tiros por doquier, amigos en cada esquina, la policía presionando cauta, Madrid a nuestros pies.
La mandíbula de J. describiendo arcos de herradura, mis ojos absorbiendo un mundo por segundo, nuestras risas compitiendo contra el ruido capitalino, gente que reconoce a J. y a algún otro actor que va en el grupo y no se lo puede creer y más risas y vacile y el argentino que se nos escapa.
Las putas de Montera acosándonos y nosotros que no queremos nada, que nuestra despedida se basa en risas, alcohol y perico y toda una villa para recorrer.
Cerramos bares y antros. Visitamos demasiados cajeros y empleamos demasiados contenedores de basura como mesas improvisadas, mientras la filosofía alcohólica va ganando terreno en las conversaciones.
Reclutamos algún voluntario nocturno. Hablamos con pijas y con punkis y discutimos de política con borrachos apolíticos. Parlamentamos con porteros y camareros, que tenían mala fama entre la clientela que conocimos pero que acabaron riendo nuestras gracias y reconociendo que aquella era nuestra noche y que ningún rumano o mulato o madrileño musculoso iba a poder hacer nada por impedirlo.
Era la noche de J. Él lo pasaba bien, todos lo pasábamos bien. De los 15 que éramos, empecé la noche conociendo a 5 y terminé siendo máximo colega de todos. En la boda nos vemos, y en las mismas circunstancias. Y me voy para casa que ya es de día desde hace demasiado rato, me duelen los pies, he vomitado sólo porque no me cabía más alcohol y eso no podía ser, tengo un examen en tres días y el sueño es algo que no conozco.
Enhorabuena, J., que seas muy feliz, que cuides mucho a R. y que ella cuide de ti, y en una semana te veo vestido de pingüino y diciendo “sí, qué cojones, quiero”.
40 pavos en la cuenta hasta fin de mes, pero mereció la pena. Deseando que llegue la boda, olvidando el puto examen, un día es un día, la vida me sonríe, voy a tocarle un poco los cojones, y a liarla en una finca de Alcalá, donde sí habrá mujeres esta vez, donde estarán los mismos que no las querían para nada el finde pasado, y donde volverá a ver cocaína, y basta ya, que no podemos con todo.
A mis pies, mundo. Chicos, el sábado más. Descansad, preparad el papel en blanco y la pluma, o el Word y el cursor parpadeando, que habrá que escribir sobre ello, porque no sé qué pasara, pero algo seguro.
Que no tengo metadona para pasar el mono, hombre...
Gracias.
En fin... cAsà me coloco yo también con las letras... jejeje...
Animo!! Y suerte con todo!!
Estudia, aprueba, diviértete, disfruta de tus amigos, de tu trabajo, de tu último año de uni... en fin, vive y se feliz, como cantan en el Rey León.
Un abrazo.
PD: ese mensaje en la botella te va a interesar. Te lo contaré si hay respuesta. Os lo contaré.
KissxxX





